miércoles, febrero 08, 2012

Rosas de vida fugaz

El país de los mirmidones es un lugar árido y pedregoso. Se decía que los dioses lo habían poblado de hombres creados a partir de las hormigas que moraban en sus campos, y por eso eran tantos y tan abundantes sus habitantes. Briséida había nacido allí, y en esos campos había pasado su infancia. Su padre era un aristócrata venido a menos, que presumía de un linaje que se remontaba a los dioses, pero que no tenía más que unas pocas tierras con las que mantener a su gran familia. Brise, como la llamaban sus hermanos, recordaba sus fuertes manos, su rostro siempre espinoso con barba de varios días y su voz clara y grave cuando les contaba historias antiguas.

Una mujer de pelo dorado entraba en un lugar oscuro, lleno de maldad, buscando un guía para encontrar aquello que había perdido...

Su madre era una mujer de ciudad, que nunca se acostumbró del todo a la vida en el campo, y que siempre estaba cosiendo u organizando el trabajo de la casa. Su pelo negro pronto se cubrió de plata, pero siempre tenía un momento para su hija, un dulce para calmar el hambre o una caricia para ahuyentar el dolor.

El viejo cazador brillaba de pureza, a través de su sombra podía ver los mundos de los dioses y la magia, mientras en sus manos sostenía un cristal con forma de hada, y el tiempo se congelaba a su alrededor...
  
Llegaron con los primeros días de verano. Los monjes venían acompañados por funcionarios de traje gris, y se instalaron en una de las posadas del pueblo. Hablaron con los maestros de la escuela, hicieron muchas preguntas y al final seleccionaron a una docena de niños y niñas, a los que juntaron en una de las salas del ayuntamiento. Su padre y su madre estaban muy nerviosos, aunque intentaban que Brise no se diera cuenta. Era una de las pocas niñas que estaba en el estrado, respondiendo a las preguntas sin sentido que les hacían los monjes. Uno a uno los otros niños fueron bajando con sus padres, mientras ella seguía contestando preguntas. Al principio estaba muy nerviosa, pero con el tiempo se relajó y se divirtió con el juego. Al cabo de varias horas, era la única persona sobre el entarimado del salón, los monjes sonreían y sus padres lloraban.

Dos hombres y una mujer de pelo como el sol cruzaban las puertas de la ciudad, mientras dioses y gigantes les observaban desde lo alto...

Pasó los siguientes años de su vida en un monasterio oculto en las montañas, preparando su cuerpo y su espíritu para las tareas que se esperaban de ella. Aprendió técnicas de relajación mental, a interpretar los más sutiles movimientos corporales, a dejar la mente en blanco mientras su cuerpo seguía funcionando... Hierbas y ejercicios hicieron que su organismo se quedara detenido en las últimas fases de su infancia, manteniendo una juventud y plenitud que le permitía superar enfermedades y heridas. Otras niñas y niños se unieron a ella con el tiempo, pero ninguno tenía los dones necesarios y poco a poco fueron dejando las montañas. Sólo uno de cada 100 candidatos lo conseguía, le habían dicho. Cuando cumplió los 16 años, el viejo abad la llamó a su celda y le entregó una túnica del más fino tejido, blanca como la nieve, y una capa azul que se cerraba con un broche en forma de luna creciente. "Has completado tu entrenamiento, no tenemos nada más que enseñarte, ha llegado el momento de que viajes a tu destino final" le dijo.

En las anchas planicies de las tierras altas se abría un gran agujero de oscuridad, su contenido velado a sus dones. Una diminuta figura se acercaba, portando un pequeño farol; en su hombro, un águila extendía sus alas....

La vida en Kadath era sencilla. Tenía sirvientes y personal cercano que se encargaba de que todas sus necesidades estuvieran cubiertas, incluso las más carnales. Los mayores pensadores y filósofos la visitaban con frecuencia, para discutir con ella preguntas y temas que les preocupaban. Estaba al tanto de casi todos los cotilleos y vaivenes de la política local y regional. No estaba sola. Había varios como ella en las estancias de los oráculos, gente dotada de su mismo don, y con la que podía compartir inquietudes y deseos. Había tenido varias relaciones con los años, aunque muy pocas personas del sexo opuesto podían atraerla. Con frecuencia, recibía preguntas del Consejo, preguntas de las que en muchas ocasiones dependía el destino de la ciudad. Para contestarlas se retiraba a sus aposentos y procedía a los viejos rituales. Luego, con la mente llena de imágenes y sensaciones, se reunía con sus compañeros para analizar y escudriñar los resultados, ofreciendo la respuesta más adecuada a los miembros del gobierno local.

El mar estaba en calma, volaban las gaviotas a lo lejos mientras ella caminaba descalza por la playa. Un niño rubio de piel dorada por el sol la llamaba, agitando sus manitas y llenando su corazón de dicha...

Briséida observó el horizonte desde la ventana de su habitación. Era una de las pocas estancias internas del palacio que tenía una ventana al mundo, a través de la que podía ver la explanada exterior y el mar, a lo lejos y casi siempre cubierto de brumas. Su puesto como el oráculo de mayor rango le permitía este y otros lujos. Había sido así en los últimos mil años, y así sería durante otros mil años. Estaba segura de eso.

viernes, febrero 03, 2012

Cinq heures

No parece que haya venido mucha gente, verdad. Claro, como tú nunca te molestaste en tener amigos. Menos mal que mi familia sí ha cumplido. Ellos saben que en determinadas ocasiones hay que estar con los tuyos, pase lo que pase. Y eso que la Gloria ni ha estado cinco minutos, ¿te fijaste?. Debía tener mucha prisa para lo que tuviera que hacer, ni siquiera te ha saludado. En fin, menos mal que ya se fueron todos, y podemos hablar tranquilamente. No hemos tenido mucho tiempo últimamente, bueno, tampoco es que nosotros seamos muy habladores. Si la comunicación es parte del éxito de una pareja… no me extraña que nosotros no tengamos hijos. Perdona que te diga esto ahora, pero nunca he soportado esos silencios tuyos cuando algún tema te incomodaba, o cuando no querías hablar. He aguantado todos estos años pero creo que es el momento de que lo pongamos sobre la mesa y lo digamos abiertamente: tú nunca me has querido. Recuerdo aquella noche en Sevilla, cuando estábamos recién casados, que desapareciste durante varias horas sin que supiera de ti. Yo preocupada, pensando que te habría pasado algo, que algún coche te habría atropellado… cielo santo, estaba tan contenta cuando apareciste al día siguiente que ni siguiera se me ocurrió preguntarte dónde habías estado. Ni esa ni las noches que siguieron… entiéndeme Paco, te quiero, siempre te he querido, he sido una esposa fiel, aunque he tenido mis tentaciones, vaya que si las he tenido, pero siempre te he respetado y me he respetado a mí misma, he honrado las promesas que nos hicimos en el altar, a pesar de que tú no lo hiciste. Sí, sé de tus paseos con esa chica de la oficina, de aquel congreso que no fue tal, de tantas noches de trabajo que no pasaste en la oficina. Siempre fuiste un poco tonto, o tal vez me subestimabas y pensabas que no me daba cuenta de los pequeños detalles: del olor a otro perfume, del pelo limpio y recién lavado aunque se suponía que llevabas horas trabajando, de las llamadas a escondidas… Siempre estaba ahí cuando volvías, dispuesta a sonreír, a darte un abrazo, un beso, hacerte la comida, tener un hogar para ti, sin quejas, sin reproches, sin lamentaciones. Sabía cómo eras cuando nos conocimos, y siempre tenía la secreta esperanza de que cambiases. Sí, reconozco que también tuvimos buenos momentos. Esos días en el Algarve fueron maravillosos, caminando cogidos de la mano como dos tortolitos, las miradas que me echaban las jovencitas, bueno, ¡y las que te echaban a ti! ¡Estabas tan guapo con aquel bigote y la chaqueta sobre los hombros! Hemos tenido ratos estupendos, cuando eras amable, cariñoso, atento, pendiente de mí y mis deseos, me hacías sentir una reina dentro de un pequeño reino de fantasía. ¡Cielos, qué enamorada estaba de ti, de qué forma te adoraba! Pero siempre volvía a ocurrir. No, no digas nada, sabes perfectamente que es verdad, no intentes engatusarme con tu palabrería, hoy no funcionara conmigo. No sé si es el vino que nos han servido o que por fin he reunido el valor suficiente para decirte, pero ahora puedo decirlo en voz alta: nunca me has querido, no cómo yo te he amado todos estos años, sin esperar nada… Pero esto no te lo perdono, ¿me oyes? Esto es lo último que podías hacerme, abandonarme así de esta manera, sin avisar, sin tener en cuenta cómo me siento, esto no te lo perdonaré jamás. Me has herido de una forma que no podré recobrarme, eres un desgraciado sin alma, un egoísta que solo piensa en sí mismo… ¿Cómo se te ocurrió estrellarte contra aquel muro en el coche? ¿Cómo? ¿Cómo?

Mientras unos empleados de la funeraria retiraban las flores de la sala, preparándola para la siguiente familia, otros cerraban y sacaban el féretro del difunto en dirección al coche mortuorio que lo llevaría a su lugar de descanso final. Una mujer de negro, que había estado sentada junto al difunto los últimos minutos, acompañaba al ataúd, como había acompañado a su ocupante tantos años de su vida…

martes, enero 31, 2012

Camino a la era (II)

Los puestos ya apenas se notan junto al camino, unas pulidas y semiocultas en el barro lajas de pizarra, y muy pocas de las mujeres del pueblo vienen aquí ya; las lavadoras han acabado con ese rito semanal de camaradería entre vecinas. Desde aquí el sendero se angosta y se vuelve apenas una cinta de tierra pisoteada entre jaras y alcornoques, olvidado ya para casi todos excepto para los cabreros de esta tierra. Lo recorro despacio, intentando adaptarme al ritmo de los árboles y las rocas, esperando no espantar con mi presencia las múltiples criaturas que las pueblan: veo saltar a la comadreja intentando atrapar a un pequeño jilguero descuidado, observo como los grandes lagartos toman el sol en los charcos de luz que dejan las frondosas encinas, recorro con la mirada la larga hilera de hormigas, afanosas en el calor de la tarde…

Poco a poco, con pasos cortos y lentos, voy subiendo por la ladera del valle. En el ascenso voy perdiendo a los robles y alcornoques, quejigos y carrascas, a favor de brezos y jaras. Estas tierras estuvieron antaño cubiertas de encinares y robledales, pero fueron diezmadas en los años de la postguerra, cuando el picón era la garantía de un plato en la mesa, y ahora los arbustos son amos y señores.

Dominan los colores del brezo, blanco, rosa, azul, junto con el verde intenso y pegajoso de las jaras, salpicadas aquí y allí por el blanco pintado de sus flores. Abejas, abejorros, mariposas, escarabajos y otros insectos se afanan en extraer el néctar para sus propios propósitos, y yo camino entre ellos intentando encontrar ya la cima. El calor ha hecho mella, y estoy deseando llegar a la cuerda de la montaña, ansioso por la fresca brisa que siempre la recorre.

Ya han pasado las horas de más calor de la tarde. Estoy viendo desde mi altura el pueblo y los campos y huertas de alrededor. Los castañares verdean en la falda de los collados, y allí abajo relumbra la tira de plata del río. Gris y escondida se ve la carretera que lleva hasta el paso, pardo el camino que asciende por el lado contrario hacia la solana.

A pocos metros de la cima se empieza a sentir una fresca brisa, que seca el sudor de mi cuerpo y aleja a los molestos moscardones. Estoy ya entre dos valles, a un lado el valle de mi pueblo, el de Viejas al otro. El camino aquí se junta con una carretera más reciente, hecha hace algunos años para que los habitantes de Viejas pudieran tener un acceso más cómodo y una salida mejor a sus productos: castañas, judías, verduras, leche, queso… Pero hoy no es el camino que elijo. Prefiero seguir por una senda apenas visible ya entre los arbustos, y que me lleva un poco más allá, siguiendo el borde de los collados, hacia el Norte.

Apenas unos minutos después llego a mi destino. Por aquí pasaban no hace tantos años las bestias cargadas con el trigo recién cosechado, los trillos esperando ser alimentados, la parva aventada en los días de trabajo. La vieja era apenas es reconocible ahora, ahogada entre hierbas y arbustos. Solo los bordes de piedra delatan lo que en su tiempo fue uno de los corazones de esta tierra, sus radios simétricos mudos testigos del afán de nuestros padres.

Permanezco a su lado durante un largo rato, mientras fumo uno de los pocos cigarrillos que me permito. El sol se pone frente a mí, y comienzan a aparecer las estrellas. A lo lejos se oye el sonido casi fantasmal de un búho llamando a su compañera, y me doy cuenta de que ha llegado el momento de regresar. La luna surgiendo por la serranía me ilumina el camino, hilos de plata me señalan los lugares de esta tierra que me vio nacer, y de la que tanto tiempo estuve separado.

sábado, enero 28, 2012

Ritos de pasaje (II)

La gran explanada frente al Palacio de Gobierno era un lugar bastante frío y poco acogedor. La altura, combinada con el viento helado que llega desde los picos nevados, hacen que los visitantes y peticionarios no estén mucho tiempo en ella. Por eso, el Consejo de la ciudad no se ha gastado mucho en adornarla. Apenas unos muros de mármol, para evitar caídas no deseadas, y un suelo desigual, que impide los resbalones debidos al hielo. Los funcionarios y otros trabajadores del Palacio llegan a él a través de caminos internos, cubiertos y vedados a los extranjeros. Se dice que a los antiguos gobernantes les divertía dejar en la explanada a aquellos a los que no querían recibir: o morían congelados o se retiraban sin ser recibidos…

Una vez entramos en el edificio todo cambió. Frente a la austeridad de la explanada encontramos lujo y ostentación, donde el exterior era frío y ventoso, el interior del Palacio era cálido y en ocasiones sofocante. Un sistema de canales de agua caliente circulaba bajo el suelo de pizarra, calentando las piedras y el ambiente. La sala de espera era una gran estancia abovedada, con dos hileras de columnas a los lados que soportaban un nivel superior, solo accesible a los iniciados; un ingenioso sistema de espejos hacía que la luz que entraba a través de pequeñas claraboyas en el techo se multiplique y aumente, dejando muy pocos espacios en sombra en la sala, y haciéndola acogedora como un mercado al aire libre.

Cuando llegamos, la habitación estaba llena de personajes diversos: comerciantes en busca de nuevos negocios, o deseando aumentar los existentes; monjes de túnicas azafrán que querían consultar la inmensa biblioteca de la ciudad; guardias recorriendo todo el recinto, ojo avizor ante comportamientos extraños; administrativos y correos, siempre con prisa y sin atender peticiones de información; un par de mujeres elegantemente vestidas, esposas o hijas de notables de la ciudad a juzgar por su comportamiento altivo… Muchos de ellos paseaban bajo los arcos laterales, comentando las noticias locales, o simplemente intentando averiguar algo que les fuera de provecho.

Nuestra entrada no suscito mayor interés, excepto el de algunos hombres que miraron admirativamente a Pandora por unos instantes, antes de volver a sus propios asuntos. Una vez hubimos declarado nuestros nombres, rango e intenciones al ujier de la entrada, nos dispusimos a pasar un rato de espera. Pandora tomó asiento en uno de los bancos, y casi inmediatamente comenzó a hablar con uno de los monjes, en una conversación animada y amable. Yo preferí caminar por la sala, buscando viejos conocidos o simplemente admirando su construcción.

Una de las pocas zonas sombrías tenía una puerta frente a la que montaban guardia dos lanceros en traje ceremonial. Mi experiencia me avisó que, aunque vestidos muy guapos con trajes de cuero y lana de colores, aquellos hombres no eran un simple adorno, sino perfectas máquinas de matar. Aquella puerta era una de las que daba acceso a una de las salas más protegidas de toda la ciudad, la Cámara de los Oráculos, donde jóvenes doncellas, seleccionadas desde la infancia en todo el continente por sus dotes especiales, vivían y atendían las peticiones de información del Consejo. Se decía que la prosperidad de la ciudad se debía a sus predicciones, que habían logrado que Kadath hubiera sobrevivido a guerras, maldiciones, terremotos y la ira de los dioses. El secreto, se contaba en susurros en las posadas del puerto, era un vapor procedente de pétalos blancos de la hierba cintoria, recogidos y procesados en determinada fecha.

Junto a la puerta se hallaba un hombre alto, con una capa gris que le cubría por completo, el pelo, negro pero con abundantes hebras de plata, largo y sujeto en una coleta por un anillo de cobre. Estaba apoyado en una de las columnas, observando el infinito, como si el murmullo de voces y el agobiante aire encerrado de la sala no fueran con él. Me llamó la atención inmediatamente, destacaba como una amapola en medio de un campo de trigo. Emanaba paz y tranquilidad, parecía estar aislado del resto del mundo, como si realmente no viviera en él sino que estuviera de paso. Entre tanto personaje de ciudad y petimetre, era como un soplo de aire del bosque primigenio, el aullido del lobo que llega en la noche…

Me acerqué a él para entablar conversación.

sábado, enero 21, 2012

Camino a la era (I)

Me he tumbado sobre la gran plataforma de piedra y he sentido el calor del día salir por sus vetas, mientras a mi alrededor los brezos y jaras destilan su olor, y los insectos zumban alegres. El sol ya ha comenzado su descenso por los cielos, y veo a los grandes alados surcar los vientos, en pos del aire caliente que necesitan para su supervivencia. El día ha sido cálido, y los dioses del aire piadosos con los buitres, que se elevan desde sus perchas hacia el firmamento, creando círculos cada vez más amplios hasta perderse de vista tras el horizonte o los roquedos.

Mientras siento como mi dolorido cuerpo se recobra me concentró en los sentidos con los ojos cerrados. Escucho el zumbido de abejas y otros insectos, que aprovechan las últimas horas de la tarde para continuar con su afanoso trabajo; la chicharra se pierde en la lejanía, posiblemente en alguna rama de los chaparros bajo el roquedal. Puedo saborear la sal de mi sudor, que rezuma de mi cara mientras el sol tuesta mi piel. La brisa me lleva los olores de los arbustos cercanos, cambiando de tonalidad con cada giro: jaras, brezos, genistas, la savia de los rebollos rezumando junto al camino, el fresco aroma de los lirios que crecen junto al regato, escondidos del sol…

El calor de la piedra, que ha almacenado durante el día para devolverlo en la noche, me conforta y calma mis cansados músculos, apenas conscientes de la rugosidad del granito que están bajo mis ropas. Mis dedos se desplazan inconscientemente por los caminos pétreos que los siglos han marcado, y entretanto, mi mente vaga por otros senderos, recordando la senda recorrida hasta acá. Vuelvo a subir por la vieja calle, buscando el final del pueblo y la ruta a los antiguos lavaderos; la hora de la siesta hace que me encuentre a poca gente, pero todos me saludan afectuosamente. Saben de mi gusto por estas caminatas vespertinas, por recibir los últimos rayos del sol en la cima de los canchares, por volver al pueblo con la luz de las estrellas. Y, aunque piensan que a este pobre hijo de la ciudad le falta algún que otro tornillo, son amables y no preguntan la razón de estas excursiones…

Continuo por el camino de herradura hasta llegar a las antiguas zonas de lavado, con sus piedras de lavar junto al arroyo, y recuerdo las historias que mi abuela contaba de sus días de aseo, con las mujeres hablando y colaborando mientras la ropa lavada se tendía sobre retamas y piedras, los niños jugando en el regato en los días de verano, los trabajos de los más pequeños ayudando con el jabón o oreando las blancas sábanas de tela.

Fuego y piedra

Salto sobre el pretil y empiezo a caer entre las nubes, el aire caliente que sube desde la caldera del volcán me chamusca el pelo antes de que el campo protector se conecte. Comienzo el planeo sobre el mar de lava, atento a las corrientes, escudriñando las grandes burbujas de vapor que pueden hacerme perder el vuelo. Me siento vivo. Puedo notar el calor a través del traje. Busco con la mirada la plataforma sobre la que debería aterrizar. No la veo. Sigo descendiendo, pero ahora sin control debido al cálido nordeste que sopla en las cumbres, y que me arrastra hacía el cráter, donde ruge el majestuoso magma, aliándose con mis ardientes y llorosos ojos. No la veo. He sobrepasado mi límite de seguridad, el fuego y la inconsciencia me acechan, pienso en su rostro como despedida antes de sentir la fría piedra bajo mis pies. He llegado.

martes, enero 17, 2012

Príncipe negro

Era un hijodeputa. Educado, elegante, con una gran conversación, mundo, inteligente, pero un hijodeputa. Raven se había enamorado locamente de él a pesar de que el tipo no la hacía ni caso, y en ocasiones la había humillado delante de todas sus amigas. No le importaba. A veces había conseguido una mirada, una caricia, algo que su corazón etiquetaba como cariño verdadero, cuando en realidad no eran sino las migajas que quedaban de una pasión animal. Con eso se conformaba, y cuando sus amigas le preguntaban qué veía en aquel canalla, ella se limitaba a sonreír y levantar los hombros.

Había estado viviendo con él, sirviendo a todos sus caprichos y deseos, incluso los más depravados, casi tres años cuando descubrió las cartas. Estaban guardadas en uno de los cajones de su escritorio, sin ocultar, casi como si él supiera que ella nunca entraría en su sancta sanctorum, que siempre le dejaría un espacio para él, comprensiva y enamorada.

Las cartas estaban fechadas desde hacía dos años algunas, y todas ellas seguían el mismo patrón: una mujer se declaraba a su hombre, en algunas ocasiones después de un largo galanteo, y él les escribía correspondiendo su amor. Había todas las variantes: desde el deseo más desenfrenado, con crudas y obscenas descripciones, hasta el amor más platónico, con frases tiernas que parecían surgidas directamente del alma de su amante.

Las leyó todas, algunas varias veces, hasta que la cruda realidad le llegó como un mazazo. Hubiera podido soportar un desliz, un flirteo con alguna de las muchas mujeres que él conocía. En su candidez pensaba que su hombre a veces podía tener necesidades que ella no fuera capaz de satisfacer, y estaba dispuesta a perdonar. Pero la enormidad del engaño era demasiado, incluso para una persona ciega de amor como ella.

Esa noche, cuando él regresó de su ronda tras el trabajo no la encontró en casa. Tardó unos minutos en darse cuenta de que ella no estaba; era extraño, siempre lo recibía con los brazos abiertos, deseosa de su presencia tras la ausencia. Recorrió la casa y no la encontró. No se preocupó, para él era casi un mueble más de la casa, y la cena estaba dispuesta, como siempre, incluso le había abierto una botella de vino. Cenó tranquilamente, viendo la televisión y se acostó temprano, satisfecho de su vida.

Despertó con un tremendo dolor de cabeza, aún de noche, y enseguida notó que no estaba en su casa. Sus sentidos internos le decían que estaba colgado, fuertemente atado, en el exterior; hacía frío y, aunque lo intentó, no pudo mover ni un músculo. Poco a poco la claridad de la mañana fue en aumento y pudo reconocer el lugar en el que estaba. Se encontraba colgado de una de las ramas de un viejo roble, en el jardín de una propiedad rural que usaba habitualmente para los encuentros furtivos con sus amantes. Volvió a intentar liberarse, ya con la cabeza más despejada, pero se dio cuenta de que estaba atado fuertemente.

Moviendo la cabeza hacia abajo pudo distinguir varias figuras, confusas al principio, pero luego inequívocamente claras: eran las mujeres que había engañado en los últimos años: Stephanie, Marie, la pequeña Cindy, incluso la secretaria que había seducido en el trabajo… y junto a ellas Raven, la mujer con la que convivía.

"¡Qué hacéis, locas, soltadme!" dijo con una voz pastosa que incluso a él sorprendió.

"No," dijo Raven, adelantando un paso hacia él. "Te has servido de nosotras para hacer tu vida más fácil, usando nuestros cuerpos y nuestras almas a tu antojo, sin tener en cuenta lo que nosotras sentíamos. Ahora es momento que hagas tu vida solo."

"Pero qué dices, puedo explicarlo todo…"

"Seguramente. Por eso te hemos traído aquí, a este lugar que tan bien conocemos todas, donde podrás explicar todo lo que quieras. Nadie podrá oírte. Nadie vendrá en tu ayuda. No podrás embaucar a nadie más."

Y dándose la vuelta, algunas del brazo de otras, sin lágrimas, decididas, el grupo de mujeres desapareció en la bruma de la mañana, dejando al hombre gritando obscenidades y bamboleándose en su capullo de cuerdas.

sábado, enero 14, 2012

El huevo de la serpiente

Las viejas historias dicen que el mundo surgió de un huevo de serpiente.

En el alba de los tiempos el joven dios Anh-Gupta paseaba por los confines del universo cuando se encontró con la serpiente Khandi, la devoradora de estrellas; se cuenta que esta criatura existía antes del nacimiento del primero de los dioses, y que seguirá reptando por el infinito cuando la última de las criaturas vivas sucumba. Anh-Gupta era curioso y temerario, como todos los niños, aunque incluso en su niñez su poder era inmenso. Se decía que una vez paró el curso del Tiempo, sólo para conseguir ventaja en una carrera con un cometa.

Cuando Gupta vio al gran reptil sintió ganas de cogerlo y estirarlo. La serpiente tenía la piel cubierta de perlas, esmeraldas y rubíes, y brillaba con mil colores a la luz eterna. Sonriendo, y pensando en conocer el secreto de su inmortalidad y su belleza mientras admiraba sus infinitas tonalidades, siguió al gran reptil a través de las estrellas. Después de recorrer gran parte del firmamento, procurando ocultarse a los ojos y al olfato de la sierpe, llegaron a una inmensa cueva, negra como la noche más oscura, en la que Khandi entró y se perdió de vista.

Atrevido y juguetón, el joven dios se adentró en la profunda sima, palpando con sus dedos infantiles las paredes de la caverna para encontrar el camino, hasta que una luz difusa le llegó desde el interior. Tras unos pasos llegó a una gran sala, en la que Khandi dormía, protegiendo con su cuerpo un huevo, sobre el que se enroscaba dejando apenas un pequeño trozo de su cubierta al descubierto.

Gupta vio el huevo y enseguida lo deseó con fuerza. La cáscara estaba cubierta de delicados arabescos, que cambiaban de forma continuamente, mediante una magia que el niño no alcanzaba a entender. Podía vislumbrar mares, formas de animales y plantas, incluso sentir sonidos y olores que procedían de ese objeto maravilloso.

El dios deseó con intensidad el huevo. Sin pensar en las consecuencias, salió del lugar dónde se escondía, recorrió con paso firme la escasa distancia que le separaba del reptil y su preciado tesoro, y extendió sus manitas hacia él, hasta alcanzar rozar su cubierta, justo en la parte que no estaba protegida por la serpiente.

Khandi tenía el sueño inquieto. La devoradora había consumido gran cantidad de estrellas esa noche y tenía el estómago lleno de hirvientes centellas, por lo que su digestión no era muy tranquila. Inquieta, la serpiente sufrió un espasmo muscular en el mismo momento en que Gupta llegaba a su lado, y se desenroscó un poco más, dejando gran parte del huevo desprotegida para que el joven dios pudiera agarrarlo.

Sin embargo, las manos de Gupta eran todavía débiles e inexpertas, y aunque consiguió tocar la cáscara con sus dedos, no tenía fuerza para sacarlo del abrazo de Khandi. Perplejo, tomó a la serpiente por su parte central y tiró con fuerza de ella, logrando que se despegara completamente del maravilloso juguete que deseaba, dejándolo a su merced.

Por desgracia, en ese mismo instante se despertó la gran devoradora, y con un movimiento reflejo de su larga cola golpeó al huevo, haciendo que se saliera de su soporte de piedra negra y cayera al suelo con estrepito. La cubierta, en la que se podían ver miles de formas cambiantes, se resquebrajó y rompió, y su contenido se desparramó por todo el suelo de la gran sala.

La yema, redonda y amarilla, se incendió al contacto con el aire, y comenzó a despedir una gran cantidad de calor y luz, iluminando toda la caverna y creciendo hasta convertirse en el Sol, que nos alumbra el día y calienta nuestro rostro en invierno. El gran ardor que despedía hizo que la clara se solidificara al instante, quedando grandes trozos de la cáscara multicolor pegados en ella. Uno de ellos, el más grande, con el fuego solar se fundió y tomó forma de esfera; las imágenes que estaban en esa parte de la cubierta del huevo divino se convirtieron en las tierras, animales y plantas que conocemos.

¿Y qué pasó con el joven dios Gupta y Khandi? Después de un momento de desconcierto, el dios se puso furioso por haberse quedado sin aquel maravilloso juguete, y con un poderoso movimiento de su mano lanzó a la serpiente hasta el techo de la caverna, donde quedó incrustada. Si te fijas, puedes verla por las noches, como un reguero de luces que recorre todo el firmamento.

Después de tirar al gran reptil, Anh-Gupta se sintió triste por no haber conseguido aquel objeto que tanto le gustaba, y lloró. Lloró de pena, y una de sus lágrimas cayó en el trozo de cáscara del huevo que se convertiría en el mundo, creando los mares, océanos y ríos que vemos actualmente.

Tras un rato, el joven dios se fijó en ese pequeño mundo que estaba a sus pies, enclavado en el tejido del universo y atado para siempre a una gran bola de fuego, y descubrió la vida en él: pájaros, peces, multitud de plantas, formas de vida que se movían, crecían y se reproducían, cubriendo todo el orbe. Incluso atisbó unas diminutas criaturas, que caminaban a dos patas en vez de cuatro, que construían ciudades e imperios, diseminándose por todo el mundo. Y se dice que el niño dios ya no se aburrió nunca más.

Muchas aventuras le ocurrieron al joven dios tras esto, pero eso es otra historia.

viernes, enero 06, 2012

El cuento de la nave tiburón

A mi hijo.


Había una vez una nave espacial que tenía una forma muy peculiar. Era alargada, como un pan, y tenía unas expansiones que le salían del centro, a los lados, y de la parte superior; su parte final se alargaba hasta quedar muy finita, y estaba unida a dos paneles horizontales. Delante tenía dibujada una enorme boca llena de cientos de dientes. Era una nave tiburón, una de las muchas que los tiburones espaciales tienen por el cosmos. Dentro había una tripulación de tiburones espaciales, grandes tiburones de todas las especies vestidos con trajes espaciales que les permitían vivir y moverse por la nave.

Los tiburones no eran felices. Habían nacido para nadar y bucear en grandes espacios de agua y en el interior de la nave se encontraban encerrados. Les gustaba pero querían un sitio donde pudieran bañarse y jugar a sus anchas. Por eso, un día el capitán de la nave decidió buscar un planeta que les permitiera hacerlo, con mucha agua para que pudieran quitarse los trajes y disfrutar con lo que más les gustaba: nadar muy veloces.

Y la nave espacial surcó las galaxias buscando ese planeta, volando por el cielo con los tiburones dentro. Y después de mucho tiempo encontraron un planeta, un planeta rojo. El capitán dijo “vamos a ver ese planeta, puede que tenga el agua que queremos para jugar”. La astronave descendió y aterrizó en el planeta, y una patrulla de tiburones bajó a través de unas puertas para visitar ese mundo rojo que habían descubierto.

Se encontraron con que el planeta rojo era todo desierto. Inmensas extensiones de arena, viento y rocas, con muy pocos árboles o animales. Y por supuesto, casi sin agua. “Este planeta no es bueno”, dijeron los tiburones de la patrulla al capitán, “no tiene agua para jugar”.

El capitán y toda la tripulación se pusieron muy tristes, porque realmente querían un lugar para divertirse nadando y chapoteando, y se habían hecho ilusiones con ese mundo. Pero el capitán dijo entonces “busquemos otro planeta, tal vez encontremos el agua que queremos”.

Y la nave espacial se elevó de la superficie roja y volvió a cruzar los cielos volando. Después de mucho tiempo, los observadores de la nave descubrieron otro planeta, y pensaron que sería el ideal: era un globo de un lindo color verde, y pensaron: donde hay verde hay plantas y donde hay plantas hay agua. Avisaron al capitán y la nave descendió suavemente sobre el planeta verde, levantando un montón de hojas y ramas con el viento.

Una patrulla de tiburones bajó de nuevo de la nave, envueltos en sus trajes espaciales, para aventurarse en ese mundo verde y descubrir sus secretos. Y se encontraron que todo el planeta estaba cubierto de plantas: grandes árboles cuyas ramas techaban tremendas extensiones de terreno, praderas inmensas que parecían mares de hierba, montañas cubiertas de arbustos y helechos… En ese planeta los tiburones encontraron agua: lagos, ríos, arroyos, riachuelos cruzaban todos los continentes, pero no había una gran cantidad de agua junta. “Aquí hay agua, pero no podemos jugar porque no hay mucha”, dijeron los de la patrulla al capitán. Los tripulantes de la nave se pusieron tristes de nuevo, porque no habían encontrado el lugar que querían, y la nave tiburón despegó de nuevo, volando hacia el cielo.

Los tiburones espaciales estaban muy desanimados. Ya habían pasado mucho tiempo buscando el lugar para jugar, que tuviera mucha agua para poder nadar, chapotear y jugar todos juntos. La nave estaba triste.

Después de mucho tiempo encontraron otro planeta, esta vez de un bonito color azul. El capitán dijo “bajemos a ver qué tiene este planeta”, y la nave descendió, y descendió y descendió y descendió, pero no encontró ningún lugar sobre el que posarse. El mundo azul estaba completamente cubierto de agua: grandes mares que envolvían todas las tierras. Cuando los tiburones vieron eso, se alegraron mucho, y quitándose los trajes espaciales se zambulleron en los océanos azules de ese planeta, y fueron muy felices nadando, jugando y chapoteando en sus aguas.

Y colorín colorado…

miércoles, enero 04, 2012

Ritos de pasaje (I)

Después de algunos días de descanso, completamente repuestos del cansancio del viaje, y con nuestro vestuario adecuadamente adaptado a la moda imperante, nos dirigimos a la Gran Escalinata, con intención de llegar a los niveles superiores de la ciudad. 

La zona urbana de Kadath está dividida en una parte baja, cercana al muelle y las laderas de la montaña, formada por un conglomerado de casas, posadas y fábricas, y una parte alta, sobre los inmensos contrafuertes que caracterizan a la ciudad desde lejos, en la que se encuentran los edificios administrativos y las casas de la gente rica. En medio, kilómetros y kilómetros de cuevas e inmensas habitaciones que se internan en la montaña, protegidas por los varios metros de grosor pétreo de pilares y murallas, con apenas algunas ventanas al exterior, y que forman realmente el corazón de la ciudad: graneros, almacenes, centrales de energía, hospitales, depósitos de agua y combustible, armerías… 

Cruzando todo ello, uniendo la parte alta y la baja, hay varias hileras de escalones, tramos de escaleras que pueden llegar a medir cientos de metros, algunos con una pendiente mortal, otros casi planos. La mayor de todas es la Gran Escalinata, miles de peldaños que suben ininterrumpidamente desde los muelles hasta la plaza central en la zona, sede de los edificios administrativos del Consejo. Posadas, vendedores, aguadores, comerciantes, profetas varios, en cada parada o tramo llano de la escalinata se agolpaba la gente, descansando de la subida o simplemente mirando el espectáculo. Allí nos dirigimos ese día con el fin de realizar los trámites que nos permitirían obtener el salvoconducto para continuar viaje.

Pandora se había puesto especialmente elegante para la ocasión. Sobre un vestido de lino blanco, entallado mediante el gran cinturón con el que la conocí, se había puesto una capa de terciopelo purpura, ribeteada con pieles de armiño blanco. Una sencilla diadema dorada se confundía con su pelo, recogido en un moño por unos prendedores de marfil y plata. Su apostura y forma de caminar levantaban las miradas y comentarios conforme íbamos subiendo los escalones. Yo me conformé con una sencilla chaqueta de cuero sobre una camisa roja con botones de hueso de unicornio, con mi pantalón de viaje limpio y planchado y unas lustrosas botas de piel de camello.

En algunos tramos especialmente empinados hay grupos de porteadores que permitían que los ancianos o los muy perezosos subieran cómodamente sentados en unas sillas de mimbre llevadas por un par de musculosos jóvenes. Con el fin de llegar lo más descansados posible, alquilamos una de estas sillas dobles para ascender los últimos tramos, llegando al final de la escalinata poco antes del mediodía. Habíamos subido un espacio de unos seiscientos metros en caída vertical en poco más de tres horas.

martes, diciembre 20, 2011

In pacen coelo (II)

El hombre se movió levemente, como si el sonido de la voz del padre Elías le hubiera despertado de un profundo trance. La poca luz que quedaba en la nave de la iglesia no permitía vislumbrar su rostro, envuelto en las sombras que proyectaba su capucha, su capa fundida con la oscuridad del rincón en el que se encontraban.

"Perdóneme padre, porque he pecado."

La antigua fórmula de confesión no pilló desprevenido al cura. El pueblo estaba en una región que aparecía con cierta frecuencia en la página de sucesos, y ya había tenido algunos encuentros con individuos que buscaban el perdón de Dios después de haber perdido su alma en el juego o en cosas peores.

"Cuéntame hijo mío, qué ha ocurrido", preguntó mientras tomaba asiento en uno de los bancos cercanos. El dolor de sus articulaciones le recordó el frio de esa tarde, y los consejos de su médico, siempre olvidados o pospuestos por alguna otra razón.

"Perdóneme padre, porque he pecado", respondió de nuevo el desconocido. El tono de su voz no había cambiado, triste y sombrío, ligeramente desfigurado por la posición de su cabeza, todavía en oración, con las manos firmemente unidas.

"¿Qué pecado has cometido? Nada puede ser tan grave como para que Dios no te otorgue su inmenso perdón."

"Dios no puede perdonarme."

"Dios perdona todo", siguió el cura, comenzando a intranquilizarse por el tono en que se habían dicho las últimas palabras.

"Esto no tiene perdón, padre."

Al decir esto, el hombre se movió ligeramente, y un breve rayo de luz iluminó parte de su rostro, dejando entrever una fuerte mandíbula, sombreada por una barba descuidada, y una cicatriz que surcaba el pómulo derecho, como una antigua marca.

"Lo que he hecho no tiene perdón del hombre ni de Dios. Necesito su absolución, padre Elías, necesito de su compasión y su generosidad."

El que el penitente conociera su nombre no afectó al anciano cura. Era muy conocido en los alrededores, después de casi sesenta años como párroco. "No puedo absolverte sin antes saber de qué pecado de acusas. Pero antes de que hables, ¿estás seguro de que quieres estar de nuevo en posesión de la gracia divina?"

"Ya le he dicho que Dios no puede ocuparse de mí, es su perdón el que busco."

El hombre se levantó. Desde su posición el padre Elías podía ahora ver lo alto que era, tendría cerca de dos metros de altura, con una gran corpulencia, que había quedado oculta de alguna manera al estar muy encorvado, como si tuviera un gran peso sobre su espalda. El padre se sintió intranquilo. Ya había cerrado la noche, y estaba solo en la iglesia con ese desconocido, que no dejaba de pedir perdón por algún pecado sangriento, sin ninguna duda. No temía por su vida, los años le habían quitado ese temor, pero aún permanecía el viejo pánico al dolor.

"¿Qué quieres de mí?" preguntó finalmente con un cierto temor.

El hombre se arrodillo frente al padre Elías, poniendo su cabeza en el regazo del anciano sacerdote, y dejando los brazos extendidos exclamó, con voz llorosa: "Absuelvame padre."

"¿Absolverte? ¿De qué pecados?" dijo el clérigo, cada vez más inquieto e inseguro ante la postura y el deseo del pecador.

"Voy a llevarme su alma, padre."

La forma en que las últimas palabras fueron pronunciadas, no como amenaza sino como algo inevitable, asustó al anciano, que comenzó a moverse intranquilo, deseando no haberse parado a preguntar a ese desconocido.

"¿Qué dices? ¿Llevarte mi alma?"

"Sí Marcos", respondió el extraño. "He venido a por tu alma en esta noche, y necesito que me perdones por ello". Había alzado el cuerpo, y las sombras de la parroquia parecían agruparse tras de él, fundiéndose con su capa, como si unas inmensas alas negras surgieran de su espalda y cubrieran los últimos bancos de la iglesia. El padre Elías respiraba entrecortadamente, su corazón desbocado intentaba llevar sangre a sus extremidades, congeladas en ese instante; no podía moverse ni apartar la mirada del rostro del desconocido, sus ojos aún ocultos por la capucha.

"He sido un buen siervo de Dios durante toda mi vida, logró articular finalmente. No tengo miedo a la muerte, estoy dispuesto." Conforme pronunciaba estas palabras el párroco notó como su cuerpo volvía a la vida lentamente, como podía mover los dedos de nuevo y cómo el miedo iba abandonándole para ser sustituido por una resignación cercana al abandono.

"Entonces perdóneme padre porque he pecado…" Bajando su capucha el forastero dejó al descubierto su cabeza, una gran mata de pelo negro como la noche pareció absorber toda la luz que quedaba en el edificio. Pero el padre Elías había quedado atrapado en la luz que surgía de los muchos ojos del mensajero, unos ojos de un rojo intenso, con una pupila azabache, que ahora miraban directamente al mortal, como esperando que reaccionara.

El viejo cura permaneció unos instantes mirando al extraño, no hubo palabras entre ellos. Al cabo de unos momentos el padre se levantó, sus dolores habían desaparecido y volvía a ser Marcos, el joven seminarista que estaba a punto de ayudar en su primera misa, lleno de fe y sueños, un alma inocente en un mundo degradado y despiadado. Levantando la mano, inició el antiguo ritual de la bendición para un ser que se arrodillaba ante él, sus doce negras alas abarcando ya todo el edificio, esperando su absolución, con una espada en la mano de la que pendía una gota casi cristalina.

"Ego te absolvo…"

Encontraron al cura a la mañana siguiente, cuando el grupo habitual de beatas llegó a la iglesia para la misa de siete. Sentado en uno de los bancos, su cuerpo ya frio, el padre había fallecido seguramente por una apoplejía debida a sus muchos años. Junto a él encontraron un antiguo misal, una edición prohibida por la Iglesia, abierto en el capítulo del perdón: His sacrifíciis, Dómine, concéde placátus, ut, qui própiis orámus absólvi delíctis, fratérna dimíttere studeámus…

domingo, diciembre 18, 2011

Paz en la tierra

Llegando al final de camino pudieron observar su destino: un establo escasamente iluminado con una macilenta lámpara de aceite, mientras sobre el heno descansaba una mujer joven, junto a un hombre ya mayor. Entre ellos, envuelto en un lienzo tras haber sido limpiado, un recién nacido dormía respirando de forma tranquila. Sus manos se cerraban firmemente en torno al dedo de su padre, mientras la madre, aún recordando los dolores del difícil parto, sonreía y sentía como el amor que ese niño traía se extendía hasta los recién llegados y más allá...

Feliz Navidad, estés dónde estés.


viernes, diciembre 16, 2011

La ciudad en el cielo

La última vez que estuve en el mercado de Kadath fue hace veinte años, y esta mañana me he dado cuenta de que conserva el mismo olor que entonces. Pandora y yo llegamos hace dos días, cansados y ateridos, después de una travesía de los canales de paso entre Mediterráneo y los Mares Interiores que nos dejó sin dinero y casi sin fuerzas. Conseguimos entrar en la ciudad antes de que la guardia nocturna cerrara las murallas, una costumbre ancestral que parece innecesaria en estos tiempos, pero que el Consejo de la ciudad mantiene a rajatabla: si no estás intramuros cuando el sol desaparece bajo el horizonte, duermes fuera.

Las posadas de los niveles inferiores están en buenas condiciones. La ciudad mantiene su lugar de privilegio como llave de las regiones asiáticas interiores, y el comercio la ha hecho muy rica, grandes caravanas llegan todos los años para vender o intercambiar sus mercancías, y un gran número de casas comerciales de todo el mundo tienen una delegación en la ciudad. Gracias a ello pudimos obtener una carta de crédito de nuestro banco, merced a la cual se nos admitió en la Makhaira, una posada de cuatro pisos cerca de una de las escaleras de subida. He de admitir que, tras varias semanas de viaje, un baño caliente me pareció uno de los placeres más grandes de esta vida.

Permanecimos en los barrios bajos de la ciudad durante un tiempo, recolectando información entre los mercaderes y viajeros que pululaban por ellos. Me interesaba especialmente conocer el estado de los pasos de montaña hacia las tierras altas. Hace veinte años no fueron muy fáciles, y ahora no tenía la temeridad de la juventud para atravesarlos. Por eso me alegró saber que la estación estaba siendo muy templada, con apenas algunas nevadas a principios del invierno, y días claros y sin viento en la mayoría de las regiones.

Mientras yo me preocupaba de la logística del viaje Pandora intentaba contactar con los funcionarios de la ciudad. Para poder atravesar los pasos debíamos tener un salvoconducto del Consejo, y eso no era fácil. Esos documentos te garantizaban víveres y repuestos en los diversos puestos que se alzaban en la ruta hacia China, y se cotizaban muy altos; algunas casas comerciales conservaban el suyo desde hacía siglos, en la caja fuerte de la sede central, mostrando copias solo cuando era necesario renovar los permisos parciales.

La mujer no había dejado de impresionarme durante el viaje. Desde la forma en que ‘contrató’ mis servicios, o cómo había resistido o solucionado los problemas que encontramos en el camino, bien fueran salteadores en las llanuras panonias o luchando contra los hijos de Briareo, el gigante de los cien brazos. Cada vez estaba más convencido de que, fuera lo que fuera que había perdido en las tierras altas, lo acabaría encontrando.

viernes, diciembre 09, 2011

Gota de lluvia

La tarde pasaba lentamente mientras el viento hacía bailar a las ramas de los sauces junto al canal. Juan estaba sentado en la terraza, mirando hacia los viñedos mientras escuchaba trajinar a María en la cocina, a través del ventanal abierto para que el frescor vespertino entrase en la casa.

Habían vuelto a discutir esa mañana, una discusión sin término, como últimamente estaban siendo sus pocas conversaciones. Juan no quería mudarse a la ciudad, donde María creía que habría mejores oportunidades de empleo para ella. A Juan no se le escapaban las verdaderas razones de su compañera: era una mujer inteligente, que se había ido a vivir al campo con él por un mal entendido sentido del amor, y que ahora se ahoga en el reducido círculo en el que se movían. Realmente no le amaba, pero se había sentido atraída por su aura de superioridad intelectual, por su progresismo en un mundo de derechas, por su antiguo compromiso revolucionario... Él se había sentido halagado, adulado por una mujer joven, bonita, muy diferente de las compañías que frecuentaba…

Pero el tiempo había puesto las cosas en su sitio. Ella había descubierto que del antiguo fuego revolucionario no quedaban más que unas pocas brasas, y él se había sentido atacado por su inteligencia y su mordacidad. Ambos, sin embargo, permanecían juntos para no reconocer su fracaso frente al resto de la sociedad, aunque eran perfectamente conscientes del mismo.

La vida se había convertido entonces en una seguidilla de reproches, discusiones, malas caras, etc., aunque para el resto del mundo seguían siendo la pareja modelo, dos almas gemelas con un mismo proyecto de vida.

Hacía meses que dormían separados.

jueves, diciembre 08, 2011

In pacem coelo (I)

Las hojas de castaños y abedules corrían por el parque, chocando con el padre Elías mientras caminaba cansinamente hacia la pequeña parroquia de San Mallan. Los bajos de su sotana barrían los restos del otoño, sus cortos pasos le llevaban hacia la entrada de la capilla donde ya le esperaba el grupo habitual de beatas, algunas ya con el rosario en la mano para ir adelantando tiempo mientras criticaban a medio pueblo. La llegada del cura rompió esas conversaciones, y tras unas pequeñas formalidades y saludos, el párroco abrió la puerta de la iglesia con una gran llave de hierro que llevaba colgando bajo la sotana. Las mujeres entraron en la nave, oscura y fría, y ocuparon los lugares habituales, luchando fieramente en silencio por conservar sus puestos.

El padre Elías entró en la sacristía, donde uno de los monaguillos ya tenía preparada el alba para la ceremonia, mientras el otro estaba sacando la casulla morada, que mostraba en algunas partes los muchos años de uso. Con algunos comentarios banales sobre el tiempo e instrucciones acerca del orden de la misa el sacerdote terminó de vestirse, entrando en la nave para comenzar el oficio.

Mientras comenzaba el rezo observaba a su parroquia, todas mujeres mayores, solo aquellas capaces de dejar el calor del hogar en aquella fría tarde para ir a la iglesia. Sabía que casi todas lo hacían únicamente para que se las viera y se comentara su fe, sus buenos sentimientos, aumentando así su reputación en el pueblo.

En esas estaba cuando observó cómo una persona rezagada entraba en el templo, dejando entrar un poco más del gélido aire serrano del que se colaba por los resquicios y agujeros del artesonado. Un hombre alto, cubierto con una capa larga y recia, que se santiguó y se arrodilló en uno de los últimos bancos, sin quitarse la capucha que cubría su cabeza. El padre Elías llevaba muchos años como párroco local, conocía a toda su feligresía, a muchos de los cuales había bautizado, confirmado, casado e incluso enterrado, y estaba seguro que el hombre no era del pueblo ni de sus alrededores.

Mientras celebraba la eucaristía pensaba en el extraño, y en el negocio que le podía traer a su pequeña ermita. El hombre permaneció en silencio, arrodillado y en actitud de rezo, durante toda la misa. Ni siquiera mostró el rostro cuando el padre levantó la hostia y procedió a la comunión con sus beatas; permaneció en la semipenumbra de los últimos bancos, incluso cuando terminó la ceremonia y las mujeres salieron en pequeños grupos, protegiéndose unas de otras del viento y del desconocido que no las miraba al salir.

El padre Elías se sentía más cansado de lo habitual, y tras quitarse las prendas sacerdotales con ayuda de los monaguillos y guardarlas en sus arcones, permaneció unos minutos en soledad en el interior de la vicaría, ordenando sus pensamientos y su corazón.

Finalmente salió a la nave principal, cerrando la puerta de la sacristía con su llave, siempre colgada de su cinturón. El extraño permanecía en actitud de rezo en el mismo lugar, aparentemente sin cambios y ajeno a su presencia. El sacerdote le observó durante unos instantes. Con sus pequeños pasos se acercó al forastero.

"Hijo, ¿puedo ayudarte en algo? El horario de confesión es por la mañana, pero puedo escucharte si lo necesitas."

domingo, diciembre 04, 2011

Donde el silencio es azul

Los viajeros cruzaron el cabo entre vientos y nieve, azotados por un vendaval que ya duraba días y que les había conducido a gran velocidad por los estrechos que unían el Mediterráneo y el Caspio. Pocos de los pasajeros se mantenían en pie para entonces, superados por el mareo y la enfermedad, refugiados bajo cubierta en camarotes calientes y atestados, mientras los marineros realizaban sus labores procurando pasar el mínimo tiempo posible en el exterior. Las nubes de tormenta cruzaban el cielo, dejando espacios por donde un frio sol intentaba dejar algo de luz en ese gélido mundo.

Dos figuras se distinguían sobre la cubierta principal, una junto a la otra, cerca del puente de señales. Una de ellas, una mujer, se apoyaba en la baranda de babor, observando intensamente la niebla que cubría el continente. El viento jugaba con su pelo dorado, aunque ella no parecía estar afectada por el intenso frío. La otra figura se cubría con un abrigo de piel de oso; el curtidor había dejado las garras del animal como broches para la capa, y las fuertes uñas le daban un aire fiero al personaje.

De pronto, una gran ráfaga de viento levantó la niebla al mismo tiempo que el sol conseguía una momentánea victoria sobre las nubes, abriendo un gran espacio luminoso en el momento en que la nave terminaba de sobrepasar el cabo. Las dos figuras se movieron hacia el borde de la cubierta, escudriñando la tierra en busca de su destino.

Al principio no pudieron ver nada, hasta que los jirones grises de bruma se levantaron por completo. Lo primero que vieron fue una costa inhóspita, llena de rocas y bajíos, un lugar en el que pocos barcos se atreverían a recalar. Conforme la neblina se elevaba los viajeros podían observar más terreno, siempre rocas cortadas a cuchillo por la erosión o el hielo, afilados dientes pétreos que recordaban el origen del canal. Un fugaz rayo de luz llamó la atención de las dos figuras. Provenía de una alta construcción, camuflada con el entorno por el color negro de sus piedras. Un destello luminoso surgía de la cima, un faro que alertaba a las embarcaciones de la cercanía de puerto y de la peligrosidad de la costa.

Finalmente el viento despejó las nubes bajas, aunque el sol volvió a quedar oculto por un manto gris y la costa se sumergió de nuevo en un mundo de vapor. Las montañas del Cáucaso eran ahora visibles, altas y escarpadas, inaccesibles a los mortales, con el hielo y la nieve como eternas coronas. Unas gigantescas paredes verticales destacaban sobre el paisaje. Tenían cientos de metros de altura, y la limpieza de sus líneas las delataban como producto de la mano del hombre. Colosales contrafuertes de piedra gris se sujetaban contra las paredes de roca, proporcionando soporte y protección para inmensas plataformas situadas a gran altura; una larga escalera zigzagueante se podía ver subiendo desde el mar de niebla que era la costa hasta los niveles inferiores de los muros, donde se adivinaban edificios, templos y construcciones de menor tamaño. A media altura se vislumbraban largas hileras de ventanas, rompiendo la monotonía de la pared. Allí donde acababa la verticalidad, en la cima de los contrafuertes, contra un cielo gris e igualando la altura de la cumbre cercana, se encontraba un inmenso conjunto de edificios, coronado por un gran templo en la cúspide de la montaña. 

Así era Kadath, la ciudad en el cielo, en la época de nuestra historia.

sábado, noviembre 26, 2011

Nubes que flotan (II)

El lugar era perfecto para la emboscada. Una senda de conejos recorría parte del claro, y los arbustos proporcionaban un camuflaje ideal. El cazador sacó sus utensilios y comenzó a trabajar. No le preocupaba el ruido o dejar su olor en la zona. Sus trampas eran a largo plazo, y para cuando las hadas llegaran a ese lugar el bosque se habría encargado de borrar todo rastro de su presencia.

Con una vara de saúco limpió parte del lugar, dejando una porción de terreno libre y a la vista. De una bolsa hecha con la piel del estómago de un grifo sacó un puñado de semillas que enterró en el suelo con los dedos; eran semillas de minna tratadas mágicamente, protegidas por la bolsa de todo mal durante los años en los que Manhú las estuvo usando, transmitidas a él por el anterior cazador real. El suelo del bosque era fértil, tenía siglos de antigüedad y millones de hojas se encargaban de aportarle sus nutrientes, en él crecerían fuertes y listas para su cometido. Cuando brotaran, nadie las diferenciaría de arbustos normales y corrientes, excepto cuando un hada pasase cerca de sus ramas. Estas, flexibles y fuertes, se cerrarían sobre su cuerpo y la atraparían hasta que el cazador regresase…

Manhú había dispuesto centenares de trampas durante sus años de caza, muchas de ellas quedaban desiertas y tras un par de temporadas las plantas se marchitaban y morían. Pero otras conseguían su objetivo. Manhú realizaba un recorrido cada cierto tiempo por los lugares en los que había plantado sus semillas, comprobando el estado de las mismas y recolectando las presas cazadas.

Se encontraba a unos cien metros del lugar cuando escuchó el sonido. Era una música inconfundible, un canto élfico que significaba que algo había caído entre las ramas de la minna, no hacía mucho tiempo por el volumen y fuerza del son. Manhú se aproximó con cautela. En ocasiones las hadas intentaban liberar a su congénere de la trampa, y bien podía ocurrir que se fuera con varias presas de ese lugar. Su capa gris le permitía un camuflaje casi ideal entre los claroscuros del bosque, y el ruido de su presa le servía de referencia entre los helechos y arbustos.

Ahí estaba. Con una rama rodeando su tobillo, incapaz de volar, un hada hembra se debatía con desesperación por soltarse, consciente de la presencia del humano y su propósito. Sus finas y etéreas alas no le servían en ese momento, y con sus delicadas manos intentaba romper la rama de minna.

Tomando un pequeño cesto de mimbre de su mochila, el cazador se acercó a su presa, y con unos movimientos certeros y rápidos, producto de muchos años de experiencia, liberó al alado ser y lo encerró dentro del cesto. Sólo en ese momento se permitió dedicar un momento a observar a la criatura.

Nunca había visto nada tan hermoso. El largo cabello rubio le caía en cascada sobre la espalda, entretejido con diminutas flores y hojas; el tono de su piel de alabastro relucía a la luz de la luna, mientras intentaba cubrirse con sus manos de la mirada del hombre. Pero fueron sus ojos lo que más impresionó al cazador real. Un intenso violeta le devolvía la mirada, con fugaces ráfagas de ira y miedo, atrapando al hombre en sus profundidades.

Manhú no supo nunca decir cuánto tiempo estuvo mirando esos ojos, ni qué era lo que le habían comunicado. Despertó a la mañana siguiente, en el mismo claro del bosque, con la cesta de mimbre vacía, su cargo de cazador real ya sin sentido, y su corazón en paz por primera vez en muchos años. Desde entonces se gana la vida como guía para excéntricos monteros, respetando la vida del bosque tanto como le es posible. Algunos dicen que el hada se fundió con él, que tiene extraños poderes, que le han visto comunicarse con gnomos y gigantes, rodearse de la pequeña gente en lagos y claros, caminar hablando con sombras que solo él ve… Otros dicen que finalmente encontró su lugar, como embajador y viajero entre los mundos de la vida y los mundos de la magia. Él no habla de estas cosas, solo sonríe y piensa en esos ojos violetas que una noche le encantaron, y que no puede dejar de ver todas las noches al cerrar los suyos para descansar.

jueves, noviembre 24, 2011

Desde la distancia...

Querido hijo,

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, tu madre y yo nos encontramos bien, gracias a Dios.

Te escribo para contarte que hace frío, desde que te fuiste no ha habido calor en el hogar, y tu madre ha estado llorando casi todo el tiempo. A mí la congoja también me agarra el corazón y los ojos se me llenan de lágrimas, aunque los hombres no lloramos.

Te escribo para pedirte que nos perdones, nunca quisimos tu mal, todo lo hicimos siempre pensando en lo mejor para ti. Nunca pensamos en que nuestra vida juntos se acabase, ni quisimos que tú sufrieras por ello.

Te escribo para pedirte perdón, por los años en los que falté, por no haber estado cuando me llamabas, ni haber podido arroparte en las frías noches de invierno. Pero había que llevar pan a la casa, y tuve que marchar lejos para poder hacerlo. Los años que pasé lejos de ti fueron tristes y sin alegría, nunca me perdonaré haber perdido tu infancia.

Te escribo para que perdones a tu madre. Siempre te tuvo en su corazón y en su cabeza, y si trabajó como una esclava fue para poder darte lo mejor, una buena escuela, buenas ropas, comida... Siempre que pudo estuvo a tu lado, siempre que pudo jugó contigo, te ayudó con los deberes, hizo de padre y madre a un tiempo.

En fin hijo, ahora que eres un hombre y que pronto serás padre, perdona a tus padres por todo lo que te han faltado, aprende de nuestros errores y repite nuestros aciertos, que también los tuvimos.

Y si te acuerdas, riega de vez en cuando el árbol que plantaste sobre mis cenizas para que crezca fuerte y pueda sostener a mis nietos.

Tu padre que te quiere.

Nubes que flotan (I)

Manhú había sido el cazador de hadas del rey desde hacía incontables años. Con su capa gris recorría los bosques del reino tendiendo trampas a aquellos pequeños seres y llevando sus presas a palacio, donde el rey las mantenía prisioneras hasta su muerte. Se decía que tener hadas en palacio traía buena suerte, y prolongaba el vigor y fortaleza de su propietario, y debía ser cierto, ya que el reinado del presente monarca se extendía por los últimos ciento cuarenta y siete años, y no daba muestras de debilidad.

Nadie como Manhú conocía los bosques, nadie como él sabía dónde encontrar a las hadas, nadie tenía su habilidad para colocar los pequeños cepos y cebarlos con polen y miel. Durante años había sido un hombre solitario, un paria entre los suyos a pesar de los privilegios de su cargo, que incluían un lote de tierras en el sur, en los que vivía su familia. Las mujeres del norte no gustaban de los hombres que pasaban gran parte del año en el bosque, siempre en riesgo de muerte, y el cazador real se había acostumbrado a ser rechazado por todos excepto las prostitutas y taberneros, ansiosos por obtener su dinero.

Ese año Manhú se había internado aún más en el bosque de lo que acostumbraba. Los pequeños duendes que acompañaban a las hadas se habían retirado a lo más profundo de la montaña, buscando un refugio contra las inclemencias del invierno, y las hadas les habían seguido, ya que necesitaban de sus alimentos y protección.

sábado, noviembre 19, 2011

Dosis de vida fugaz

El río abarcaba casi un kilometro de orilla a orilla en aquella parte de su cauce. Habíamos pasado ya la zona de rápidos, creada por el estrechamiento del curso del rio al llegar a las primeras estribaciones de las montañas, cuando el agua salía con gran velocidad de una estrecha garganta para expandirse en un lento remanso unos kilómetros más allá. Se decía que el río en esta parte de su recorrido seguía el trayecto que el mismo Heracles le había puesto después de su titánica lucha con el dios del río, y su victoria sobre el mismo; le obligaba a horadar con fuerza la roca antes de poder descansar en el último tramo del viaje hacia el mar. Los rápidos expresaban la alegría del dios fluvial por haber terminado el paso por la zona más laboriosa de su camino.

Llevábamos ya varios días de ruta desde que me desperté en la choza, y apenas había cruzado una docena de palabras con Pandora, que seguía manejando el timón con una soltura que debo confesar que me admiraba, no era fácil dominar la corriente en estas aguas. Continuaba molesto con ella por haber utilizado sus malas artes para conseguir mi ayuda en esta empresa, pero en el fondo sabía que la aventura me tentaba desde el primer momento, y muy posiblemente le habría dicho que sí tras mucho discutir.

Desde nuestra salida de Azzin habíamos seguido el Camino del Norte, una antigua carretera que cruzaba el continente hasta las estepas heladas cercanas al Círculo Polar. En esta época del año no había muchos viajeros, el comercio con las minas de hierro de Vridujarorg se había detenido durante el invierno, y los pocos comerciantes que iban y venían entre las ciudades de interior apenas ya usaban el camino. Dejamos la carretera en Heidkreuzt, pasando de puntillas por la cercana Selva Negra, y tras un par de jornadas de viaje llegamos al río. El plan era aprovechar el curso del río hasta el Ponto y de ahí buscar un barco que nos acercase hasta las estribaciones del Cáucaso, siguiendo a pie hasta Kadath, la ciudad en el cielo, último punto de la civilización antes de las tierras altas. Al menos, esa era la teoría…

jueves, noviembre 17, 2011

Memoria en sepia

Recuerdo a mi abuela como una persona pequeña y eternamente vestida de negro, siempre a la sombra de mi abuelo, un hombre grande para los estándares de un niño de diez años. En el álbum familiar hay una foto de ella conmigo en brazos, cuando yo debía tener unos pocos meses de vida. Contrasta en el blanco y negro de las fotos antiguas el tono oscuro, siempre de riguroso luto, que llevó durante gran parte de su vida con la luminosidad que tenía mi ropa de bebé; estamos los dos frente al muro de la tía Tomasa, en la carretera, entonces un simple camino sin asfaltar, y ella tiene el gesto serio que tienen nuestros mayores cuando se retratan…

El otro día me acordé de ella. La veo sentada en su casa, la gran casa familiar de varios pisos, acomodada en el sol de la tarde en otoño, detrás de los cristales del balcón, observando a la gente pasar por la calle. Ahora me preguntó qué vería realmente, si tal vez sus ojos estaban mirando otras calles, otras personas, otras añoranzas...

No tengo mucha información sobre ella, desgraciadamente la perdí cuando aún no tenía edad para interesarme en las historias familiares, y luego… En mi memoria andan descolocados algún retazo de conversación oída a mis mayores, algo que descubrí revisando viejos legajos en el archivo parroquial, datos que he ido leyendo o escuchando en estos años. Una mujer joven, huérfana, con un tío eclesiástico que estuvo a punto de llevarla a América, cuando el continente era aún un lugar de esperanza para nuestra gente; una mujer que debió llevar una vida dura, en una casa pequeña y lejos de todo, en una época de penurias y desgracias.

Me la imagino unos años atrás, cuando, de la mano de mi abuelo, llega a la casa que han construido en el pueblo. Una casa grande, con muchas de las comodidades que la vivienda del campo no tenía, incluido el primer cuarto de baño de la localidad. Me la imagino durmiendo esos años en aquel cuartito en el que descansaban los dos, una cama y apenas un par de sillas, sin ventanas, con la puerta frente al hogar. Me la imagino, en fin, durmiendo y viviendo sola durante sus últimos años, tras la muerte del que fue su amigo y marido, siguiendo una rutina que muchas otras mujeres hicieron antes que ella: cocinar, lavar, limpiar la casa, esperar la visita esporádica de hijos y nietos, conversar con las vecinas, mirar en la tarde hacia el sol poniente, en el que se reflejaban aquellas sensaciones que habían vivido, tal vez recordando el olor de las flores en su puerta o el sonido del arroyo bajando por un costado de la casa. Tal vez, pensando en ese nieto que vive lejos, y que la extraña con todo su corazón…

lunes, noviembre 14, 2011

Camino al viento del sur

Desperté con un terrible dolor de cabeza y la boca seca como la arena del desierto. La luz del sol se filtraba a través del techo, en lo que parecía ser una pequeña choza, y uno de los rayos me daba directamente en los ojos. Mis escasas pertenencias se encontraban en un rincón, incluso mi rifle. Con un gigantesco zumbido en mis oídos intenté levantarme para caer de nuevo contra el suelo. Algo no iba bien. No soy un hombre que busque los placeres de la bebida con frecuencia, pero cuento en mi haber con algunas borracheras a consignar, y siempre me había levantado al día siguiente con el paso firme y la cabeza pulsando.

A gatas, de una manera muy poco elegante, me acerqué a mi mochila y busqué entre sus numerosos bolsillos algo para calmar el dolor de mis sienes, así como unas gafas de sol que me permitieran salir al exterior sin que me estallara el cerebro. Así pertrechado, y a cuatro patas, me dirigí hacia la puerta de la cabaña, decidido a enfrentarme al mundo.

El mundo se encontraba frente a mí, a apenas cinco metros de distancia, con su cabellera rubia ondulando al viento y sus torneados brazos sujetando un gran leño. Tardé unos momentos en acostumbrar la vista a la claridad del día, y entonces me di cuenta del por qué no conseguía ponerme en pie: el suelo se movía. Nos encontrábamos en una barca, unos troncos de madera atados de forma firme y en cuyo extremo se había construido un techo de mimbre que yo había confundido por una cabaña. Al otro lado estaba Pandora, gobernando la balsa mientras cruzábamos una zona de corrientes rápidas, las responsables de mi postura infantil.

“Buenos días, dormilón”, me gritó desde su posición, alegre y radiante a la luz del sol. Mi respuesta, que no merece ser transcrita en estas páginas, le arrancó una tremenda carcajada. “No me decías lo mismo anoche, eso seguro”.

“¿Qué me has hecho mujer?”, grité, aunque me arrepentí inmediatamente, al sentir los tambores en mi cráneo.

“Nada, tú te ofreciste a ayudarme, y aquí estamos”.

Tal vez fuese la brisa fresca del río, o la sangre que comenzaba a circular por mi cerebro, pero iba recordando retazos de los días anteriores: su seductora sonrisa en mi habitación del hostal, la noche de sexo apasionado que le siguió, mi promesa de ayudarla en su viaje a las tierras altas, la compra de víveres y la balsa, el río…

miércoles, noviembre 09, 2011

Ofrecimiento

Mi habitación en el Leonés no era precisamente el mejor lugar para seguir una conversación, y mucho menos para tenerla con una mujer como la que me acompañaba. La dueña me había echado una de esas miradas que cuajan la leche en la ubre antes de darme la llave, mientras Pandora sonreía, entre divertida y juguetona. El camino hasta el hostal había estado salpicado de frases soeces, piropos, peticiones de tarifa y algún que otro amago de toqueteo; me gustaba ese lugar, aunque el barrio no fuera de lo más recomendable.

Entramos en mi habitación, y Pandora tuvo el detalle de no mencionar nada sobre el estado de la misma.

"¿Por qué quieres ir a las tierras altas?" pregunté, apartando unas camisas para sentarme en la cama, mientras le ofrecía la única silla de la habitación.

"Te lo he dicho. Perdí algo que necesito recuperar."

"Perder algo en esas tierras es como no volver a verlo nunca. ¿Puedo saber qué es?"

"No. Tu trabajo es llevarme allí, encontrar un lugar que te describiré y regresar con vida."

"No suelo arriesgar mi vida con tan poca información", respondí.

"Lo harás por mí", dijo ella, mientras se levantaba de su asiento y se sentaba sobre mis piernas. Su pelo dorado reflejaba la poca luz de la bombilla, mientras me miraba a los ojos y acariciaba mis hombros. Acercó sus labios a los míos y me besó, un beso que levantó sensaciones dormidas hacía mucho y que correspondí con pasión, para mi sorpresa.

domingo, noviembre 06, 2011

En el corazón de los cielos sin fin

La muchacha subía trabajosamente las escaleras. Su más que evidente embarazo le hacía detenerse de vez en cuando, apoyándose en las pausas en la vieja barandilla de madera con unas manos delicadas y protegidas por unos finos guantes negros. Llevaba un largo abrigo azul que la preservaba del hiriente frio, y se cubría el cuello con una bufanda del mismo color. Después de varias paradas llegó al final de las escaleras, una calle principal en la que el tráfico era más abundante y el viento quedaba bloqueado por los edificios.

Caminó despacio por la acera, echando un vistazo a los iluminados escaparates, sintiendo la luz y la alegría de la estación, mientras el movimiento le hacía entrar en calor. No tenía prisa. Héctor no regresaría a casa hasta dentro de una hora, y el paseo le haría bien.

El embarazo estaba siendo normal, y a pesar de algunas pequeñas molestias no sentía pesadez o hinchazón, como le había pronosticado su abuela. “Las mujeres de nuestra familia siempre tienen buenos partos” le había dicho con cariño la última vez que se vieron, sentadas las dos frente a la chimenea, mientras los hombres conversaban de sus cosas fumando en el patio. En esa ocasión hablaron de lo que vendría, de la alegría de la anciana, de los preparativos… En pocos días los abuelos se trasladarían a vivir con ellos, de manera que la abuela pudiera ayudarla en los últimos momentos, y el abuelo pudiera estar con Héctor.

Los dos habían sido muy buenos y comprensivos. El abuelo había tenido un ataque de ira cuando conocieron sus intenciones, y casi había llegado a las manos con su hombre, aunque éste no respondió a la furia del anciano, consciente de las razones que le llevaban a ese estado. La intercesión de la abuela había salvado el momento, y, posteriormente, las largas caminatas juntos, el amor incondicional que sentían y el profundo cariño que se profesaban habían convencido al abuelo de que era mejor dejar que siguieran su camino. Aún así, Lumia sentía que el pobre viejo se preocupaba, y sabía de las largas conversaciones que tenía con Héctor las veces que regresaban al pueblo…

Llegó a un portal cerca de la plaza, y abrió la puerta con una llave diminuta que sacó de su monedero. En el interior se estaba más cómodo que en la calle, y se demoró unos minutos en recuperar un poco el calor en sus mejillas, y el aliento en sus pulmones, antes de subir las escaleras hasta el tercer piso. Podía tomar el ascensor, pero esa mañana el paseo había sido corto y necesitaba el ejercicio.

Al llegar al tercer piso se encontró de bruces con Héctor, que salía en ese momento del ascensor, con la vieja gorra y bufanda, el traje gastado y ese aire de viejo campesino que tanto le había llamado la atención cuando le conoció. No pudo evitar la sonrisa al ver cómo se iluminaban los ojos del hombre al verla.

“Has vuelto pronto”, le dijo mientras le tomaba las manos, cálidas y suaves a pesar de no llevar protección.

“Te echaba de menos”, respondió él, tras besarla delicadamente en los labios. “¿Qué tal el paseo?”

“Bien, pero cada vez me canso más”, le dijo, mientras se dejaba caer en el cómodo sofá del salón.

“Lógico, la pequeña está creciendo”. Las manos de Héctor acariciaban ahora su vientre, sus ojos como intentando escudriñar la vida que crecía en su interior, ver la vida creciendo y convirtiéndose en parte de él, de los dos... Cuando levantó su mirada, Lumia vio en ella parte aquello que le había hecho poner el corazón en las manos de ese hombre: una inmensa capacidad de amar, y un no menor deseo de ser amado. Los años que llevaban juntos se habían pasado volando, desde aquella tarde en que se abrieron sus almas, desde aquella noche en que sus cuerpos se tocaron…

“Te quiero”

“Lo sé, yo estaba enamorada de ti antes de conocerte.”

miércoles, noviembre 02, 2011

Una vez no hace daño...

Permitan que este trovador se tome una licencia, por una vez, dejando que otros juglares entren en este espacio. Posiblemente yo no lo hubiera dicho mejor en este instante...

http://www.myspace.com/tejadopimiento/music/songs/campanas-de-agua-bonus-track-76566627

martes, noviembre 01, 2011

Perdido a oscuras

Sentado a la puerta de mi casa veo cómo pasan las personas, cómo el mundo gira a mi alrededor, y pierdo el centro de mi universo. Paseando por el bosque, huelo y siento la vida en todo su esplendor. Y reconozco la zona muerta de mi corazón. El mar me envuelve y me protege, me llama y me hace suyo. Pero no alcanza la zona seca de mi alma. He perdido mi mundo, la persona que daba vida a mi corazón, que hacía florecer mi alma.
Y me pregunto si merece la pena seguir aquí, esperando un poco de calor, algo que me haga sentir vivo de nuevo…