domingo, diciembre 04, 2011

Donde el silencio es azul

Los viajeros cruzaron el cabo entre vientos y nieve, azotados por un vendaval que ya duraba días y que les había conducido a gran velocidad por los estrechos que unían el Mediterráneo y el Caspio. Pocos de los pasajeros se mantenían en pie para entonces, superados por el mareo y la enfermedad, refugiados bajo cubierta en camarotes calientes y atestados, mientras los marineros realizaban sus labores procurando pasar el mínimo tiempo posible en el exterior. Las nubes de tormenta cruzaban el cielo, dejando espacios por donde un frio sol intentaba dejar algo de luz en ese gélido mundo.

Dos figuras se distinguían sobre la cubierta principal, una junto a la otra, cerca del puente de señales. Una de ellas, una mujer, se apoyaba en la baranda de babor, observando intensamente la niebla que cubría el continente. El viento jugaba con su pelo dorado, aunque ella no parecía estar afectada por el intenso frío. La otra figura se cubría con un abrigo de piel de oso; el curtidor había dejado las garras del animal como broches para la capa, y las fuertes uñas le daban un aire fiero al personaje.

De pronto, una gran ráfaga de viento levantó la niebla al mismo tiempo que el sol conseguía una momentánea victoria sobre las nubes, abriendo un gran espacio luminoso en el momento en que la nave terminaba de sobrepasar el cabo. Las dos figuras se movieron hacia el borde de la cubierta, escudriñando la tierra en busca de su destino.

Al principio no pudieron ver nada, hasta que los jirones grises de bruma se levantaron por completo. Lo primero que vieron fue una costa inhóspita, llena de rocas y bajíos, un lugar en el que pocos barcos se atreverían a recalar. Conforme la neblina se elevaba los viajeros podían observar más terreno, siempre rocas cortadas a cuchillo por la erosión o el hielo, afilados dientes pétreos que recordaban el origen del canal. Un fugaz rayo de luz llamó la atención de las dos figuras. Provenía de una alta construcción, camuflada con el entorno por el color negro de sus piedras. Un destello luminoso surgía de la cima, un faro que alertaba a las embarcaciones de la cercanía de puerto y de la peligrosidad de la costa.

Finalmente el viento despejó las nubes bajas, aunque el sol volvió a quedar oculto por un manto gris y la costa se sumergió de nuevo en un mundo de vapor. Las montañas del Cáucaso eran ahora visibles, altas y escarpadas, inaccesibles a los mortales, con el hielo y la nieve como eternas coronas. Unas gigantescas paredes verticales destacaban sobre el paisaje. Tenían cientos de metros de altura, y la limpieza de sus líneas las delataban como producto de la mano del hombre. Colosales contrafuertes de piedra gris se sujetaban contra las paredes de roca, proporcionando soporte y protección para inmensas plataformas situadas a gran altura; una larga escalera zigzagueante se podía ver subiendo desde el mar de niebla que era la costa hasta los niveles inferiores de los muros, donde se adivinaban edificios, templos y construcciones de menor tamaño. A media altura se vislumbraban largas hileras de ventanas, rompiendo la monotonía de la pared. Allí donde acababa la verticalidad, en la cima de los contrafuertes, contra un cielo gris e igualando la altura de la cumbre cercana, se encontraba un inmenso conjunto de edificios, coronado por un gran templo en la cúspide de la montaña. 

Así era Kadath, la ciudad en el cielo, en la época de nuestra historia.

sábado, noviembre 26, 2011

Nubes que flotan (II)

El lugar era perfecto para la emboscada. Una senda de conejos recorría parte del claro, y los arbustos proporcionaban un camuflaje ideal. El cazador sacó sus utensilios y comenzó a trabajar. No le preocupaba el ruido o dejar su olor en la zona. Sus trampas eran a largo plazo, y para cuando las hadas llegaran a ese lugar el bosque se habría encargado de borrar todo rastro de su presencia.

Con una vara de saúco limpió parte del lugar, dejando una porción de terreno libre y a la vista. De una bolsa hecha con la piel del estómago de un grifo sacó un puñado de semillas que enterró en el suelo con los dedos; eran semillas de minna tratadas mágicamente, protegidas por la bolsa de todo mal durante los años en los que Manhú las estuvo usando, transmitidas a él por el anterior cazador real. El suelo del bosque era fértil, tenía siglos de antigüedad y millones de hojas se encargaban de aportarle sus nutrientes, en él crecerían fuertes y listas para su cometido. Cuando brotaran, nadie las diferenciaría de arbustos normales y corrientes, excepto cuando un hada pasase cerca de sus ramas. Estas, flexibles y fuertes, se cerrarían sobre su cuerpo y la atraparían hasta que el cazador regresase…

Manhú había dispuesto centenares de trampas durante sus años de caza, muchas de ellas quedaban desiertas y tras un par de temporadas las plantas se marchitaban y morían. Pero otras conseguían su objetivo. Manhú realizaba un recorrido cada cierto tiempo por los lugares en los que había plantado sus semillas, comprobando el estado de las mismas y recolectando las presas cazadas.

Se encontraba a unos cien metros del lugar cuando escuchó el sonido. Era una música inconfundible, un canto élfico que significaba que algo había caído entre las ramas de la minna, no hacía mucho tiempo por el volumen y fuerza del son. Manhú se aproximó con cautela. En ocasiones las hadas intentaban liberar a su congénere de la trampa, y bien podía ocurrir que se fuera con varias presas de ese lugar. Su capa gris le permitía un camuflaje casi ideal entre los claroscuros del bosque, y el ruido de su presa le servía de referencia entre los helechos y arbustos.

Ahí estaba. Con una rama rodeando su tobillo, incapaz de volar, un hada hembra se debatía con desesperación por soltarse, consciente de la presencia del humano y su propósito. Sus finas y etéreas alas no le servían en ese momento, y con sus delicadas manos intentaba romper la rama de minna.

Tomando un pequeño cesto de mimbre de su mochila, el cazador se acercó a su presa, y con unos movimientos certeros y rápidos, producto de muchos años de experiencia, liberó al alado ser y lo encerró dentro del cesto. Sólo en ese momento se permitió dedicar un momento a observar a la criatura.

Nunca había visto nada tan hermoso. El largo cabello rubio le caía en cascada sobre la espalda, entretejido con diminutas flores y hojas; el tono de su piel de alabastro relucía a la luz de la luna, mientras intentaba cubrirse con sus manos de la mirada del hombre. Pero fueron sus ojos lo que más impresionó al cazador real. Un intenso violeta le devolvía la mirada, con fugaces ráfagas de ira y miedo, atrapando al hombre en sus profundidades.

Manhú no supo nunca decir cuánto tiempo estuvo mirando esos ojos, ni qué era lo que le habían comunicado. Despertó a la mañana siguiente, en el mismo claro del bosque, con la cesta de mimbre vacía, su cargo de cazador real ya sin sentido, y su corazón en paz por primera vez en muchos años. Desde entonces se gana la vida como guía para excéntricos monteros, respetando la vida del bosque tanto como le es posible. Algunos dicen que el hada se fundió con él, que tiene extraños poderes, que le han visto comunicarse con gnomos y gigantes, rodearse de la pequeña gente en lagos y claros, caminar hablando con sombras que solo él ve… Otros dicen que finalmente encontró su lugar, como embajador y viajero entre los mundos de la vida y los mundos de la magia. Él no habla de estas cosas, solo sonríe y piensa en esos ojos violetas que una noche le encantaron, y que no puede dejar de ver todas las noches al cerrar los suyos para descansar.

jueves, noviembre 24, 2011

Desde la distancia...

Querido hijo,

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, tu madre y yo nos encontramos bien, gracias a Dios.

Te escribo para contarte que hace frío, desde que te fuiste no ha habido calor en el hogar, y tu madre ha estado llorando casi todo el tiempo. A mí la congoja también me agarra el corazón y los ojos se me llenan de lágrimas, aunque los hombres no lloramos.

Te escribo para pedirte que nos perdones, nunca quisimos tu mal, todo lo hicimos siempre pensando en lo mejor para ti. Nunca pensamos en que nuestra vida juntos se acabase, ni quisimos que tú sufrieras por ello.

Te escribo para pedirte perdón, por los años en los que falté, por no haber estado cuando me llamabas, ni haber podido arroparte en las frías noches de invierno. Pero había que llevar pan a la casa, y tuve que marchar lejos para poder hacerlo. Los años que pasé lejos de ti fueron tristes y sin alegría, nunca me perdonaré haber perdido tu infancia.

Te escribo para que perdones a tu madre. Siempre te tuvo en su corazón y en su cabeza, y si trabajó como una esclava fue para poder darte lo mejor, una buena escuela, buenas ropas, comida... Siempre que pudo estuvo a tu lado, siempre que pudo jugó contigo, te ayudó con los deberes, hizo de padre y madre a un tiempo.

En fin hijo, ahora que eres un hombre y que pronto serás padre, perdona a tus padres por todo lo que te han faltado, aprende de nuestros errores y repite nuestros aciertos, que también los tuvimos.

Y si te acuerdas, riega de vez en cuando el árbol que plantaste sobre mis cenizas para que crezca fuerte y pueda sostener a mis nietos.

Tu padre que te quiere.

Nubes que flotan (I)

Manhú había sido el cazador de hadas del rey desde hacía incontables años. Con su capa gris recorría los bosques del reino tendiendo trampas a aquellos pequeños seres y llevando sus presas a palacio, donde el rey las mantenía prisioneras hasta su muerte. Se decía que tener hadas en palacio traía buena suerte, y prolongaba el vigor y fortaleza de su propietario, y debía ser cierto, ya que el reinado del presente monarca se extendía por los últimos ciento cuarenta y siete años, y no daba muestras de debilidad.

Nadie como Manhú conocía los bosques, nadie como él sabía dónde encontrar a las hadas, nadie tenía su habilidad para colocar los pequeños cepos y cebarlos con polen y miel. Durante años había sido un hombre solitario, un paria entre los suyos a pesar de los privilegios de su cargo, que incluían un lote de tierras en el sur, en los que vivía su familia. Las mujeres del norte no gustaban de los hombres que pasaban gran parte del año en el bosque, siempre en riesgo de muerte, y el cazador real se había acostumbrado a ser rechazado por todos excepto las prostitutas y taberneros, ansiosos por obtener su dinero.

Ese año Manhú se había internado aún más en el bosque de lo que acostumbraba. Los pequeños duendes que acompañaban a las hadas se habían retirado a lo más profundo de la montaña, buscando un refugio contra las inclemencias del invierno, y las hadas les habían seguido, ya que necesitaban de sus alimentos y protección.

sábado, noviembre 19, 2011

Dosis de vida fugaz

El río abarcaba casi un kilometro de orilla a orilla en aquella parte de su cauce. Habíamos pasado ya la zona de rápidos, creada por el estrechamiento del curso del rio al llegar a las primeras estribaciones de las montañas, cuando el agua salía con gran velocidad de una estrecha garganta para expandirse en un lento remanso unos kilómetros más allá. Se decía que el río en esta parte de su recorrido seguía el trayecto que el mismo Heracles le había puesto después de su titánica lucha con el dios del río, y su victoria sobre el mismo; le obligaba a horadar con fuerza la roca antes de poder descansar en el último tramo del viaje hacia el mar. Los rápidos expresaban la alegría del dios fluvial por haber terminado el paso por la zona más laboriosa de su camino.

Llevábamos ya varios días de ruta desde que me desperté en la choza, y apenas había cruzado una docena de palabras con Pandora, que seguía manejando el timón con una soltura que debo confesar que me admiraba, no era fácil dominar la corriente en estas aguas. Continuaba molesto con ella por haber utilizado sus malas artes para conseguir mi ayuda en esta empresa, pero en el fondo sabía que la aventura me tentaba desde el primer momento, y muy posiblemente le habría dicho que sí tras mucho discutir.

Desde nuestra salida de Azzin habíamos seguido el Camino del Norte, una antigua carretera que cruzaba el continente hasta las estepas heladas cercanas al Círculo Polar. En esta época del año no había muchos viajeros, el comercio con las minas de hierro de Vridujarorg se había detenido durante el invierno, y los pocos comerciantes que iban y venían entre las ciudades de interior apenas ya usaban el camino. Dejamos la carretera en Heidkreuzt, pasando de puntillas por la cercana Selva Negra, y tras un par de jornadas de viaje llegamos al río. El plan era aprovechar el curso del río hasta el Ponto y de ahí buscar un barco que nos acercase hasta las estribaciones del Cáucaso, siguiendo a pie hasta Kadath, la ciudad en el cielo, último punto de la civilización antes de las tierras altas. Al menos, esa era la teoría…

jueves, noviembre 17, 2011

Memoria en sepia

Recuerdo a mi abuela como una persona pequeña y eternamente vestida de negro, siempre a la sombra de mi abuelo, un hombre grande para los estándares de un niño de diez años. En el álbum familiar hay una foto de ella conmigo en brazos, cuando yo debía tener unos pocos meses de vida. Contrasta en el blanco y negro de las fotos antiguas el tono oscuro, siempre de riguroso luto, que llevó durante gran parte de su vida con la luminosidad que tenía mi ropa de bebé; estamos los dos frente al muro de la tía Tomasa, en la carretera, entonces un simple camino sin asfaltar, y ella tiene el gesto serio que tienen nuestros mayores cuando se retratan…

El otro día me acordé de ella. La veo sentada en su casa, la gran casa familiar de varios pisos, acomodada en el sol de la tarde en otoño, detrás de los cristales del balcón, observando a la gente pasar por la calle. Ahora me preguntó qué vería realmente, si tal vez sus ojos estaban mirando otras calles, otras personas, otras añoranzas...

No tengo mucha información sobre ella, desgraciadamente la perdí cuando aún no tenía edad para interesarme en las historias familiares, y luego… En mi memoria andan descolocados algún retazo de conversación oída a mis mayores, algo que descubrí revisando viejos legajos en el archivo parroquial, datos que he ido leyendo o escuchando en estos años. Una mujer joven, huérfana, con un tío eclesiástico que estuvo a punto de llevarla a América, cuando el continente era aún un lugar de esperanza para nuestra gente; una mujer que debió llevar una vida dura, en una casa pequeña y lejos de todo, en una época de penurias y desgracias.

Me la imagino unos años atrás, cuando, de la mano de mi abuelo, llega a la casa que han construido en el pueblo. Una casa grande, con muchas de las comodidades que la vivienda del campo no tenía, incluido el primer cuarto de baño de la localidad. Me la imagino durmiendo esos años en aquel cuartito en el que descansaban los dos, una cama y apenas un par de sillas, sin ventanas, con la puerta frente al hogar. Me la imagino, en fin, durmiendo y viviendo sola durante sus últimos años, tras la muerte del que fue su amigo y marido, siguiendo una rutina que muchas otras mujeres hicieron antes que ella: cocinar, lavar, limpiar la casa, esperar la visita esporádica de hijos y nietos, conversar con las vecinas, mirar en la tarde hacia el sol poniente, en el que se reflejaban aquellas sensaciones que habían vivido, tal vez recordando el olor de las flores en su puerta o el sonido del arroyo bajando por un costado de la casa. Tal vez, pensando en ese nieto que vive lejos, y que la extraña con todo su corazón…

lunes, noviembre 14, 2011

Camino al viento del sur

Desperté con un terrible dolor de cabeza y la boca seca como la arena del desierto. La luz del sol se filtraba a través del techo, en lo que parecía ser una pequeña choza, y uno de los rayos me daba directamente en los ojos. Mis escasas pertenencias se encontraban en un rincón, incluso mi rifle. Con un gigantesco zumbido en mis oídos intenté levantarme para caer de nuevo contra el suelo. Algo no iba bien. No soy un hombre que busque los placeres de la bebida con frecuencia, pero cuento en mi haber con algunas borracheras a consignar, y siempre me había levantado al día siguiente con el paso firme y la cabeza pulsando.

A gatas, de una manera muy poco elegante, me acerqué a mi mochila y busqué entre sus numerosos bolsillos algo para calmar el dolor de mis sienes, así como unas gafas de sol que me permitieran salir al exterior sin que me estallara el cerebro. Así pertrechado, y a cuatro patas, me dirigí hacia la puerta de la cabaña, decidido a enfrentarme al mundo.

El mundo se encontraba frente a mí, a apenas cinco metros de distancia, con su cabellera rubia ondulando al viento y sus torneados brazos sujetando un gran leño. Tardé unos momentos en acostumbrar la vista a la claridad del día, y entonces me di cuenta del por qué no conseguía ponerme en pie: el suelo se movía. Nos encontrábamos en una barca, unos troncos de madera atados de forma firme y en cuyo extremo se había construido un techo de mimbre que yo había confundido por una cabaña. Al otro lado estaba Pandora, gobernando la balsa mientras cruzábamos una zona de corrientes rápidas, las responsables de mi postura infantil.

“Buenos días, dormilón”, me gritó desde su posición, alegre y radiante a la luz del sol. Mi respuesta, que no merece ser transcrita en estas páginas, le arrancó una tremenda carcajada. “No me decías lo mismo anoche, eso seguro”.

“¿Qué me has hecho mujer?”, grité, aunque me arrepentí inmediatamente, al sentir los tambores en mi cráneo.

“Nada, tú te ofreciste a ayudarme, y aquí estamos”.

Tal vez fuese la brisa fresca del río, o la sangre que comenzaba a circular por mi cerebro, pero iba recordando retazos de los días anteriores: su seductora sonrisa en mi habitación del hostal, la noche de sexo apasionado que le siguió, mi promesa de ayudarla en su viaje a las tierras altas, la compra de víveres y la balsa, el río…

miércoles, noviembre 09, 2011

Ofrecimiento

Mi habitación en el Leonés no era precisamente el mejor lugar para seguir una conversación, y mucho menos para tenerla con una mujer como la que me acompañaba. La dueña me había echado una de esas miradas que cuajan la leche en la ubre antes de darme la llave, mientras Pandora sonreía, entre divertida y juguetona. El camino hasta el hostal había estado salpicado de frases soeces, piropos, peticiones de tarifa y algún que otro amago de toqueteo; me gustaba ese lugar, aunque el barrio no fuera de lo más recomendable.

Entramos en mi habitación, y Pandora tuvo el detalle de no mencionar nada sobre el estado de la misma.

"¿Por qué quieres ir a las tierras altas?" pregunté, apartando unas camisas para sentarme en la cama, mientras le ofrecía la única silla de la habitación.

"Te lo he dicho. Perdí algo que necesito recuperar."

"Perder algo en esas tierras es como no volver a verlo nunca. ¿Puedo saber qué es?"

"No. Tu trabajo es llevarme allí, encontrar un lugar que te describiré y regresar con vida."

"No suelo arriesgar mi vida con tan poca información", respondí.

"Lo harás por mí", dijo ella, mientras se levantaba de su asiento y se sentaba sobre mis piernas. Su pelo dorado reflejaba la poca luz de la bombilla, mientras me miraba a los ojos y acariciaba mis hombros. Acercó sus labios a los míos y me besó, un beso que levantó sensaciones dormidas hacía mucho y que correspondí con pasión, para mi sorpresa.

domingo, noviembre 06, 2011

En el corazón de los cielos sin fin

La muchacha subía trabajosamente las escaleras. Su más que evidente embarazo le hacía detenerse de vez en cuando, apoyándose en las pausas en la vieja barandilla de madera con unas manos delicadas y protegidas por unos finos guantes negros. Llevaba un largo abrigo azul que la preservaba del hiriente frio, y se cubría el cuello con una bufanda del mismo color. Después de varias paradas llegó al final de las escaleras, una calle principal en la que el tráfico era más abundante y el viento quedaba bloqueado por los edificios.

Caminó despacio por la acera, echando un vistazo a los iluminados escaparates, sintiendo la luz y la alegría de la estación, mientras el movimiento le hacía entrar en calor. No tenía prisa. Héctor no regresaría a casa hasta dentro de una hora, y el paseo le haría bien.

El embarazo estaba siendo normal, y a pesar de algunas pequeñas molestias no sentía pesadez o hinchazón, como le había pronosticado su abuela. “Las mujeres de nuestra familia siempre tienen buenos partos” le había dicho con cariño la última vez que se vieron, sentadas las dos frente a la chimenea, mientras los hombres conversaban de sus cosas fumando en el patio. En esa ocasión hablaron de lo que vendría, de la alegría de la anciana, de los preparativos… En pocos días los abuelos se trasladarían a vivir con ellos, de manera que la abuela pudiera ayudarla en los últimos momentos, y el abuelo pudiera estar con Héctor.

Los dos habían sido muy buenos y comprensivos. El abuelo había tenido un ataque de ira cuando conocieron sus intenciones, y casi había llegado a las manos con su hombre, aunque éste no respondió a la furia del anciano, consciente de las razones que le llevaban a ese estado. La intercesión de la abuela había salvado el momento, y, posteriormente, las largas caminatas juntos, el amor incondicional que sentían y el profundo cariño que se profesaban habían convencido al abuelo de que era mejor dejar que siguieran su camino. Aún así, Lumia sentía que el pobre viejo se preocupaba, y sabía de las largas conversaciones que tenía con Héctor las veces que regresaban al pueblo…

Llegó a un portal cerca de la plaza, y abrió la puerta con una llave diminuta que sacó de su monedero. En el interior se estaba más cómodo que en la calle, y se demoró unos minutos en recuperar un poco el calor en sus mejillas, y el aliento en sus pulmones, antes de subir las escaleras hasta el tercer piso. Podía tomar el ascensor, pero esa mañana el paseo había sido corto y necesitaba el ejercicio.

Al llegar al tercer piso se encontró de bruces con Héctor, que salía en ese momento del ascensor, con la vieja gorra y bufanda, el traje gastado y ese aire de viejo campesino que tanto le había llamado la atención cuando le conoció. No pudo evitar la sonrisa al ver cómo se iluminaban los ojos del hombre al verla.

“Has vuelto pronto”, le dijo mientras le tomaba las manos, cálidas y suaves a pesar de no llevar protección.

“Te echaba de menos”, respondió él, tras besarla delicadamente en los labios. “¿Qué tal el paseo?”

“Bien, pero cada vez me canso más”, le dijo, mientras se dejaba caer en el cómodo sofá del salón.

“Lógico, la pequeña está creciendo”. Las manos de Héctor acariciaban ahora su vientre, sus ojos como intentando escudriñar la vida que crecía en su interior, ver la vida creciendo y convirtiéndose en parte de él, de los dos... Cuando levantó su mirada, Lumia vio en ella parte aquello que le había hecho poner el corazón en las manos de ese hombre: una inmensa capacidad de amar, y un no menor deseo de ser amado. Los años que llevaban juntos se habían pasado volando, desde aquella tarde en que se abrieron sus almas, desde aquella noche en que sus cuerpos se tocaron…

“Te quiero”

“Lo sé, yo estaba enamorada de ti antes de conocerte.”

miércoles, noviembre 02, 2011

Una vez no hace daño...

Permitan que este trovador se tome una licencia, por una vez, dejando que otros juglares entren en este espacio. Posiblemente yo no lo hubiera dicho mejor en este instante...

http://www.myspace.com/tejadopimiento/music/songs/campanas-de-agua-bonus-track-76566627

martes, noviembre 01, 2011

Perdido a oscuras

Sentado a la puerta de mi casa veo cómo pasan las personas, cómo el mundo gira a mi alrededor, y pierdo el centro de mi universo. Paseando por el bosque, huelo y siento la vida en todo su esplendor. Y reconozco la zona muerta de mi corazón. El mar me envuelve y me protege, me llama y me hace suyo. Pero no alcanza la zona seca de mi alma. He perdido mi mundo, la persona que daba vida a mi corazón, que hacía florecer mi alma.
Y me pregunto si merece la pena seguir aquí, esperando un poco de calor, algo que me haga sentir vivo de nuevo…

lunes, octubre 24, 2011

Amantes que cantarían los poetas

"¿Sigues teniendo frio?"

Ella negó con la cabeza mientras le miraba fijamente a los ojos, intentando escrudiñar sus sentimientos en el profundo azul de su iris.

La tormenta les había cogido por sorpresa, mientras caminaban por uno de los senderos que rodeaba el balneario, ya algo lejos de los edificios principales. Habían tenido que correr bajo la intensa lluvia, hasta alcanzar un refugio bajo unas rocas, cerca del lago. Allí permanecieron, empapados y muertos de risa, mientras la tormenta descargaba sobre montes y prados.

Él consiguió hacer un fuego con unas ramas secas que encontraron cerca, usando su mechero y viejos papeles para iniciar la hoguera. Al poco tiempo ésta crepitaba alegremente, ayudándoles a mantenerse calientes y secos. Fuera, la tormenta arreciaba, convirtiendo el mundo en un lugar oscuro, húmedo y frio.

Nada de eso importaba. Estaban juntos, apoyados contra la roca, mirando cómo las llamas bailaban su canción eterna mientras sus dedos jugaban entre sí, sintiendo el calor de la piel del otro, su tacto y su presencia. No hablaban. Habían hablado ya demasiado en las últimas horas.

La mañana les encontró abrazados, uno de los brazos del hombre rodeando la cintura de ella, los de ella entrelazados con el otro. Había parado la lluvia, y la tierra olía a fresco y nuevo. Él despertó primero, moviéndose ligeramente; ella se revolvió en sueños, buscando el calor de su cuerpo mientras sus manos se aferraban a su brazo, como queriendo comprobar que seguía allí, que no se había marchado, que su unión seguía siendo completa…

Ninguno de los dos vio la sombra que uno de los salteadores proyectaba contra el fuego apagado, ni sintió el frio acero entrar en sus corazones…

Perseo despertó con un sobresalto, el corazón queriendo saltar de su pecho. La pesadilla había sido tan real que no pudo evitar echar una mirada a su alrededor mientras aferraba una pequeña pistola que siempre llevaba encima. Todo era normal. La habitación, en una de las muchas posadas del Camino al Este, estaba a oscuras, pero los primeros rayos del alba se adivinaban por la ventana. Sus cosas estaban pulcramente ordenadas a los pies de la cama, donde las había dejado, y la puerta seguía atrancada con una de las sillas, una costumbre que había tomado cuando estaba en lugares poblados. Nada se salía de lo habitual. Y sin embargo, ese sueño le intranquilizaba, sentía frio en su alma, las imágenes eran tan vívidas en su mente, aún podía percibir el olor del pelo de la mujer, la fuerza de sus manos en su abrazo… 

viernes, octubre 21, 2011

Una siesta y el olvido

Bebió un largo trago antes de pasar la botella al compañero. La noche era fría, y los agujeros en las mantas le quemaban la piel, necesitaba el falso calor que le proporcionaba la bebida, hoy más que nunca. Mientras el resto de vagabundos se confortaba con el alcohol, él se hundió aún más entre los montones de harapos y cartones que constituían su único hogar e intentó conciliar el sueño. No había vino suficiente para que acabara borracho, y la cabeza le ardía, arrancando ligeros quejidos a sus labios. Vio como el polaco le observaba por un instante, antes de volver la mirada indiferente hacia la posición de la botella; sabía que codiciaba su abrigo, y se arrebujó aún más en él.

La fiebre le hizo delirar. Imágenes y sensaciones de días pasados le rondaban la cabeza, intentando salir de su cerebro: el calor agrio del refugio bajo el puente, el tacto suave de aquella tela que encontró en el vertedero, el sabor fuerte y reconfortante de la sopa de las hermanitas, el dolor cuando se cayó y se rompió la cadera, la sensación de la lluvia de verano en su cara…

Acababa de despertar en una radiante mañana de domingo. La tibieza de las sabanas le llamaba y le prometía placeres temporales si se demoraba un poco más, pero él se levantó y corrió hacia la cocina, donde su madre se afanaba en prepararle el desayuno especial. Era su cumpleaños y sabía que ella estaría haciendo un pequeño pastel para comerlo luego juntos. Le sorprendió la frialdad de la cocina, normalmente siempre cálida y luminosa cuando su madre estaba en ella: no había fuegos encendidos, la habitación estaba en penumbra… Vio a su madre sentada en la mesa que usaban para comer a diario, una botella de vino a su lado, un vaso medio vacío en su mano, sus hombros moviéndose espasmódicamente con el llanto…

El movimiento de su compañero le sacó de sus ensueños, notaba el frio en el lado que había dejado descubierto al gélido aire de la madrugada. Buscó con la mano unos trozos de cartón y plástico y se tapó como buenamente pudo. Sabía que ardía de fiebre, sentía su cuerpo hirviendo, pero su cerebro aún le decía que se protegiera del frio, como tantas veces le había dicho su madre…

El día había sido duro. En los muelles había conseguido un trabajo como porteador y tenía una semana de paga en el bolsillo. No era mucho, pero bastaría para acallar al casero por una temporada y poder pagar algunas de las cuentas más urgentes, al menos hasta que pudiera encontrar alguna otra cosa. El color le llamó desde el otro lado de la acera. No seguía su camino habitual, y por eso la tienda de flores atrajo su atención tan repentinamente. Lirios, gladiolos, siemprevivas, grandes manojos de margaritas, rosas… Apenas fue consciente de su compra, se gastó casi todo el dinero en un hermoso ramo de rosas rojas, fragantes y frescas. Sabía que esa belleza desentonaba con su traje raido y polvoriento, pero con ellas en la mano se sintió distinto, como si la belleza de las flores se le contagiase. Caminó con esa dicha durante unas cuantas calles, hasta llegar a su destino. Llamó, nervioso y con miedo. Le abrió la puerta una muchacha algo más joven que él, con el pelo negro recogido en un apresurado montón. Llevaba un mandil de tela cubriendo un vestido gris y anodino, pero para él en ese momento era la mujer más bella del universo. Tuvo su recompensa cuando vio las flores. Sus ojos esmeralda se iluminaron por un instante, mientras tomaba el ramo que le ofrecía con miedo, como si temiera mancharlo.  Acarició los pétalos con una mano temblorosa, acercó su nariz hacia ellas, aspirando su aroma, y su cara se iluminó al sonreír, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla…

El ruido del tráfico en aumento le despertó. Varios de sus compañeros de refugio ya estaban en pie, recogiendo las pocas y dispersas pertenencias que tenían. Alguien había reavivado el fuego que les había dado calor esa noche. La cabeza aún le dolía, pero era un dolor conocido, ya presente, ya hermano. Con trabajo, se levantó y se dirigió hacia el rincón que hacía las veces de improvisada letrina para esa comunidad. A su vuelta guardó sus trapos y cartones en un montón que puso en el lugar habitual, en su cabeza aún persistían las sensaciones del sueño. El polaco le gruñó algo en la distancia, y él respondió con un agitar de manos mientras se dirigía al terraplén que le llevaría, a él y a los otros vagabundos, de vuelta a la ciudad, a la búsqueda de comida, alcohol y olvido. Esa mañana, sin embargo, un capullo de rosa daba una nota de color a su raido y sucio atuendo, y una sonrisa se dibujaba en sus cansados ojos, tal vez lo único que le quedaba ya…

miércoles, octubre 19, 2011

Una lágrima negra

“Quiero que me guíes hasta las tierras altas del este y me ayudes a encontrar algo que perdí.”

Ya había un buen montón de jarras de cerveza en nuestra mesa. La pistola seguía a mi alcance, pero necesitaba las dos manos para poder agarrar mi vaso, mientras ella permanecía tan fresca y lúcida como cuando se sentó en mi mesa, ya hacía un par de horas.

“¿Las tierras altas? ¡Tú estás loca!” El tono de mi voz no dejaba lugar a dudas sobre mi opinión acerca de esa idea. Por un instante, sus ojos relampaguearon con furia y tome nota mental de que no debía seguir bebiendo si quería sobrevivir a esa noche.

“Puede. Pero tengo que ir, y me han dicho que tú eres el único que puede llevarme con garantías.”

Eso era cierto. Sólo había dos hombres que habían conseguido volver con vida de aquella región y el otro ya no recordaba ni como atarse el cinturón. Pero no era un viaje que me gustaría repetir, si podía evitarlo. “Y tengo con qué pagarte” dijo, dejando caer sobre la mesa una reluciente moneda.

Hasta el momento habíamos pasado relativamente desapercibidos. Desde su entrada, Pandora había dejado bien claro que no le gustaba que la molestasen, y los parroquianos del Pireás sabían entender una indirecta como los mejores. Pero el sonido de esa moneda acalló de repente todos los murmullos y conversaciones, y un pesado silencio se impuso en el local. Sabía que todas las miradas estaban ahora puestas en nuestro rincón, podía sentir la codicia de varios cerebros en nuestra dirección.

No me hacía falta mirar la moneda para saber por qué. El oro divino era escaso y esa moneda tenía toda la pinta de haber salido de las fraguas del mismo Hefesto. Conocía gente que daría la mitad de su alma y todo su cuerpo por una de esas monedas, añadiendo a su familia como regalo. Durante la guerra vi atrocidades sin nombre impulsadas por ese oro…

“No me interesa el oro” dije, y el murmullo que se escuchó en la sala me convenció de que todos estaban ahora escuchando nuestra conversación, algunos ya miraban directamente a nuestra mesa, sin ocultar su codicia. La situación se estaba tornando peligrosa. No dudaba que Pandora podría ocuparse de dos o tres de los matones que había en el bar, y yo podría hacer otro tanto, pero eran demasiados para nosotros, y no convenía tomar riesgos. Sacando unas monedas de mi propio bolsillo las tiré sobre la mesa y le devolví la suya a Pandora.

“Será mejor que nos vayamos ahora” dije, sin comprender la divertida mirada de la mujer, que sin embargo se levantó y me acompañó fuera, antes de que ninguno de los presentes tuviera valor suficiente para intentar una locura.

lunes, octubre 17, 2011

El olor del trueno lejano

Durante la última fase de las Guerras Olímpicas formé parte de un pelotón de exploradores en la Selva Negra. Fueron días de largas caminatas, de ocultarse constantemente, de miedo y dolor, mientras espiábamos los movimientos de tropas del Eje a través de esa inmensa masa forestal que cubría gran parte del centro de Europa. En las noches, ocultos en cuevas o bajo refugios hechos con ramas, conversábamos de nuestros sueños y de lo que haríamos una vez terminara la guerra. Ahí escuché por primera vez el nombre de Pandora.

El mito decía que fue la primera mujer, creada por los dioses como regalo para los hombres, un compendio de todas las virtudes y talentos que uno podría esperar de una mujer. Zeus le había dado como dote en su matrimonio con un mortal una hermosa caja labrada, con la advertencia de que nunca se abriese. Eso fue demasiado para la codicia del hombre, y al abrir la caja todos los males del mundo quedaron libres: hambre, guerra, peste, odio… Se dice que, en un último esfuerzo, Pandora cerró la caja, dejando dentro el más terrible de los males, y que huyó perdiéndose en el tiempo y el espacio.

Era uno de tantos mitos de los que contaba mi sargento, un tipo musculoso y hosco, uno de los que menos se espera que sean capaces de recordar y contar historias antiguas. Tras la guerra me enteré que era descendiente de un largo clan de poetas y narradores, y le perdí la pista. Ahora tenía delante de mí a alguien que reclamaba el nombre de aquella mujer, y a la que yo me resistía a considerar real. La pistola aún permanecía en mis rodillas, mi dedo listo para apretar el gatillo, el seguro ya quitado.

“Necesito un favor” repitió, como si quisiera recalcar la petición de ayuda.

“Yo no hago favores, y menos a alguien a quién no conozco” dije, intentando ganar tiempo para pensar.

Pandora hizo algo que le vi hacer muchas veces después. Sonrió. El efecto de su sonrisa era casi mágico, conseguía eliminar tensiones y hacer que te sintieras bien. Una vez fui testigo de cómo conseguía calmar a un minotauro enfurecido de esa forma, antes de clavarle un cuchillo en la nuca y llevar su alma al otro mundo. Tenía ese efecto en los hombres, pero no en mí. Yo me tensé aún más, y ella notó enseguida esa reacción. Su sonrisa desapareció casi al instante, dejando tras de sí una mirada inquisitiva y curiosa.

“Me habían hablado de ti, Perseo, y no quise creer lo que me contaban. Ahora veo que es cierto,”

“¿Qué es lo que te han dicho, mujer?”

“Que tu corazón es distinto al del resto de mortales.”

Lo admito. En aquel momento sentí que mi escroto se tensaba y que todos mis sentidos se agudizaban. Esa mujer quería algo de mí, y no pararía hasta conseguirlo.

martes, octubre 11, 2011

Viento de ser y recuperar el aliento

Antonio se consideraba una persona afortunada. Trabajaba en una de las mejores zapaterías de la ciudad, justo en el centro de la calle Comercial, y tras varios años de duro trabajo se había convertido en el encargado de la planta de señoras. Tony, como le llamaban sus clientas, era un hombre todavía apuesto: cuarenta y pocos años, alto, con una espesa mata de pelo negro, en la que algunas canas le daban una especial distinción, un cuerpo bien cuidado a base de gimnasio y rayos UVA, al que acompañaba una gran capacidad para hablar y entretener a las mujeres, como las chicas de la planta de hombres sabían bien.

Esa mañana las ventas estaban un poco flojas. Ya había terminado la temporada de rebajas, y aún no había comenzado la fiebre de compras navideñas, por lo que los dependientes que no atendían a las escasas clientas pasaban el rato hablando o haciendo inventario. Antonio estaba repasando los números del día anterior cuando la vio entrar. Una mujer elegantemente vestida, con una falda negra que embutía sus caderas y sus largas piernas, subidas sobre unos finos tacones. Una simple mirada le hizo cerrar los libros, ante el asombro de su segundo, y ajustarse el nudo de la corbata mientras se acercaba hacia la dama con su mejor sonrisa.

¿En que puedo ayudarla, señora?, dijo con la mejor de sus sonrisas.

Quisiera unos zapatos, negros, para una ocasión especial.

Tony comenzó a hacer preguntas, al mismo tiempo que iba mentalmente repasando las existencias, hasta que creyó encontrar algo que podría ser lo que quería la clienta. Mientras, no podía dejar de admirar las bien torneadas piernas que se dejaban adivinar más allá de la tela de la falda, ni la poderosa cadera, y de pronto se descubrió mirando descaradamente a la mujer, observando la fina línea de sus cejas, estudiando sus ojos color avellana, admirando el perfil de su nariz y mentón, la finura de su cuello, el exquisito tono de piel que se dejaba adivinar entre los botones de su blusa…

Antonio se consideraba a sí mismo un admirador de la belleza, y esa mujer era indudablemente hermosa. Al regresar con algunos modelos para que la señora se probase, se la encontró ya sentada en uno de los cómodos sillones de prueba que tenía la tienda, en uno de los rincones más discretos, esperando, sonriéndole cuando él le hablaba y le elogiaba la calidad del calzado que iba a presentarle, mientras sus ojos buscaban los suyos. Él se arrodilló a sus pies, y con delicadeza le quitó uno de los zapatos, notando con agitación el tacto de su piel. Le sorprendió que ella le permitiera hacer, sin cambiar su sonrisa ni molestarse.

Tiene usted unos pies muy bellos, señora, pocas veces tenemos la oportunidad de calzar algo tan hermoso.

Ella se rió ante la galantería, aunque Tony sabía que le había gustado. Había acertado, y el zapato entró como un guante en ese pie pequeño y bien formado. Cuando la mujer levantó la pierna para verse, tuvo una fugaz visión de sus muslos, de su continuación e interior, un atisbo de oscuridad… No pudo evitarlo. Sus pupilas se agrandaron y se perdieron en ese punto, atónito al no ver prenda alguna, y por una vez en su vida se quedó sin palabras, casi petrificado, mientras la mujer seguía admirando la forma y levantando la pierna un poco más, juguetona e incitante. Con un gran esfuerzo de voluntad, Antonio pudo volver la mirada hacia el rostro de su clienta, y el corazón se le aceleró en ese mismo instante: la mujer no contemplaba su pie sino que le miraba a él con una expresión entre picara y lujuriosa, divertida y azorada a la vez, manteniendo la pierna en alto y tal vez separándola un poco más, para que la luz entrase en esa zona prohibida.

No supo cómo ocurrió, pero sintió como sus manos tomaban vida propia y se dedicaban a acariciar esas maravillosas piernas, mientras su dueña cerraba los ojos placenteramente. Sus suaves manos, acostumbradas al trato femenino, rozaban la tersa piel de sus muslos, mientras él no dejaba de observar sus reacciones. La zona interior de los muslos de la mujer le volvía loco, podía sentir el tacto sedoso de la epidermis, notando al mismo tiempo como su excitación iba en aumento.

Sus labios besaban ya las piernas de esa mujer, incapaz de contenerse, mientras sus dedos subían hacia ese refugio de placer que deseaba alcanzar. Ella seguía con los ojos cerrados, pero sus ligeras contracciones le hacían saber que estaba en el camino correcto. Podía sentir el olor y el sabor de esas piernas, el tono dorado de su piel, había ya perdido la noción de espacio y tiempo cuando finalmente su boca llegó al centro de la mujer, que respondió con un gemido mientras sus manos se aferraban a los brazos del sillón.

La lengua de Tony comenzó a moverse mientras sus sentidos se embriagaban, su excitación había crecido hasta hacerse casi dolorosa, sentía la seda de los muslos de la clienta a su alrededor, el calor que emanaba de su sexo le estaba haciendo enloquecer, no podía despegar su boca, mientras escuchaba sus gemidos, cada vez más rápidos, más profundos, hasta que en un espasmo final notó como todo su cuerpo se arqueaba para ofrecerle el premio a su esfuerzo mientras sus labios formaban palabras inconexas por el placer…

Con un último beso Tony se levantó y tomó la mano de aquella mujer que ahora estaba agotada y satisfecha en uno de los sillones de la tienda, notando el anillo dorado que portaba en uno de sus dedos, y con delicadeza beso la palma de sus manos, para luego depositar un suave beso en los labios, que fue respondido con una sonrisa de satisfacción y una mirada de amor.

Me encanta que vengas a buscarme al trabajo, mi amor, dame cinco minutos y nos vamos a comer.

Ella pasó su mano por la mejilla del hombre, ese hombre que le había conquistado años atrás y del que seguía enamorada, sonriendo y sabiendo que el sentimiento era mutuo. 

domingo, octubre 09, 2011

Todo lo que he visto

Sentado delante del teclado, con la pantalla en blanco mirándome desde el otro lado, me pregunto dónde han idos todas esas historias que antaño pedían ser contadas, esos personajes que asomaban su rostro a la ventana de mis ojos, esos sentimientos que pedían a gritos ser compartidos desde el fondo de mi alma…

Pasan las horas, y no consigo encontrar el hilo del que saldrá una nueva historia, mientras me descubro mirando sin pensar el bordado de las cortinas, o perdiendo el tiempo revisando las noticias de un mundo que dejó de importarme hace mucho. Hojeo viejos cuadernos de notas, buscando algo que me incite a escribir, un retazo, una imagen, algo que llame mi atención y se convierta en un nuevo relato.

Intento cambiar el teclado por la pluma, y la página me devuelve su pureza como si fuera una bofetada. A veces, decido salir a la noche, esperando tal vez encontrar la inspiración en el frescor del río o en las historias que las farolas a veces me cuentan, pero esta vez permanecen mudas para mí, y el rumor de la corriente es solo eso, sonido que me llega a través del aire frío y solitario.

Regreso a casa, cansado, agotado, el deseo de crear aún incompleto. Busco entre mis recuerdos algo que quiera ser contado, tal vez aquellos pendientes que ella se dejó en mi habitación, o la primera vez que el mar entró en mi vida, o quizás el dolor ante su muerte. Nada surge del pozo de mi memoria y se convierte en letras a través de mis manos.

Los murciélagos recorren el espacio que hay entre mis sueños y yo, y observando su vuelo rápido y desconcertante me siento en un banco solitario, a esperar la madrugada. El sueño me vence como casi siempre, incapaz de pelear como soy y deseando ser vencido, y al poco rato me encuentro en otro mundo: veloces trenes me llevan de un lado a otro mientras en sus cabinas mis amigos y amores me esperan para recuperar el tiempo perdido; me bajo en grandes estaciones y camino de nuevo entre los paseos del jardín real, con mi cámara colgando de mi cuello y con la juventud de ella en mis manos, y al instante siguiente me encuentro tumbado entre los brezos y jaras de mi tierra, agradeciendo la caricia del sol sobre mi cuerpo desnudo…

Despierto, con todas esas sensaciones aún latiendo en mi mente, y descubro la razón que me impide plasmarlas. No tengo la tinta con la que escribo mis historias, esa pintura especial con la que pinto mis sueños se encuentra lejos de mí.

Hoy me faltas tú.

sábado, octubre 01, 2011

Mi silencio te hizo salir

Una vez dejé la nereida en los establos de la ciudad, y cobré mi recompensa, me dirigí al puerto, a un bar que frecuento cuando me encuentro entre murallas. El Pireás no es precisamente un lugar recomendable, pero tienen una buena cerveza y los clientes saben dónde encontrarme. Llevaba ya un buen rato sentado en mi rincón, tomando cortos sorbos de mi cerveza fría mientras observaba a la gente pasar por la calle a través de la ventana, calculando cuánto me durarían las ganancias de mi último viaje y qué haría cuando se acabaran, cuando la vi entrar. Botas de cuero de centauro, unos ajustados pantalones que remarcaban sus piernas y su generosa cadera, ceñidos con un cinturón con una hebilla dorada, y un delicado top blanco que relucía en la penumbra del garito, reflejando su pelo dorado y su piel bronceada. Evidentemente, era una dama fuera de sitio, y así lo entendieron varios de los matones que estaban en el local en ese momento.

Al minuto de cruzar la puerta, ya se encontraba rodeada de tres o cuatro tipos grandes y sucios, algunos ya babeando ante el manjar que se presentaba ante ellos. No hice nada. No era mi problema, y había aprendido por las malas a no meterme en luchas en las que no podía ganar. Todavía me dolía la pierna cuando iba a cambiar el tiempo, y mis costillas nunca han vuelto a ser las mismas.

Sin embargo, ella no pareció darse cuenta del peligro. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del lugar, se acercó a la mugrienta barra y le dijo algo al cantinero, aunque éste apenas pudo contestar antes de que el primero de los mirones se acercara a ella y la agarrara del brazo. Se notaba que no estaba acostumbrado a tratar con mujeres de clase. Era un tipo alto, musculoso, más de dos metros y tal vez ciento cincuenta kilos de lujuria desatada. Seguramente tenía algún sátiro en su ascendencia cercana, por lo velludo de sus brazos y lo fuerte que parecían las piernas. Desde mi posición pude ver la mueca de desagrado que hizo la mujer cuando el hombre habló, seguro que su aliento no era mejor que su aspecto.

Su negativa no pareció llegar al cerebro de ese animal y siguió agarrándola del brazo, aunque ella se resistía. Al segundo tirón ella se zafó, y en ese momento él le arreó una bofetada que dejó su linda cara lívida y un hilillo de sangre en sus labios. El mestizo la agarró del brazo sin miramientos, mientras sus amigotes se reían de la situación. Y entonces todo se desató.

Confieso que en aquel momento apenas fui consciente de lo que pasó, pero luego, repasando la escena en mi mente pude llegar a entenderlo. La velocidad con que se movió la mujer fue escalofriante. Con un movimiento suave y fluido aprovechó la inercia del tirón para disparar su pierna contra los testículos del hombre, haciendo que su expresión cambiase en apenas un segundo, y que liberase su brazo. Antes de que el cerebro de aquel dinosaurio fuera consciente del dolor ella ya había sacado un afilado cuchillo de su bota derecha y lo había pasado por la garganta de la bestia, segando tendones, vasos y papada como si fuera mantequilla caliente. Mientras el hombre caía de rodillas, gorgoteando y con una expresión estúpida en su cara, ella se acercó por detrás suyo y le clavó el cuchillo en la base del cráneo. El pobre imbécil estaba muerto antes de caer al suelo entre un charco de sangre y levantando polvo.

En apenas un par de segundos la situación había cambiado completamente. La mujer estaba de pie sobre su víctima, limpiando el cuchillo en la sucia camisa del pobre idiota y guardándolo de nuevo en su bota, mientras miraba a su alrededor, buscando el siguiente contrincante.

Los parroquianos del Pireás no somos estúpidos. Muchos somos veteranos de las Guerras Olímpicas, y sabemos cuándo debemos meternos en nuestros asuntos. Nadie se levantó, nadie acudió en ayuda del muerto, nadie cruzó la mirada con la mujer, que se volvió de nuevo al cantinero, ahora menos arrogante y sonriente que al principio. Preguntó algo en voz baja, que no logré entender, pero sí vi que el barman me señalaba sin ningún disimulo. La mujer miró hacia el rincón en el que seguía tomando mi cerveza, sacó un puñado de monedas de sus bolsillos y las arrojó sobre la barra, diciendo en voz alta “Por los destrozos”, mientras se giraba y se dirigía hacia mí contoneándose como una pantera satisfecha.

Conforme se acercaba yo había puesto mi vieja pistola en mis rodillas, quitando el seguro mientras aparentaba no darme cuenta de nada. Ella se sentó en el lado opuesto, con la luz de la ventana dándole directamente, y pude observar su rostro con claridad. Parecía muy joven, casi una niña, pero al mirar sus ojos dorados comprendí que era una fachada: esa mujer tenía muchos más años que yo, y buscaba algo.

“Hola Perseo. Me llamo Pandora y necesito un favor” 

miércoles, septiembre 28, 2011

Corazón vacío

"Nunca podré perdonarte..."

Estaban sentados en el salón, en la vieja mesa de comedor, cara a cara. Los platos del desayuno se amontonaban frente a ellos: pan, mermelada, mantequilla, jamón dulce, pan de Pascua…Él se llevó la taza de café a los labios, evitando así mirarla a los ojos. Aunque parecía sereno, el ligero temblor de sus manos mostraba el efecto que sus palabras habían tenido en él.

Había sido una noche de pesadilla para ambos. Su llegada inesperada, tras varios días de ausencia por trabajo, había puesto sobre la mesa preguntas que ninguno de los dos quería plantearse. Cuando entró en la casa, cansado del largo viaje, no hubiera nunca esperado encontrarla en brazos de otro hombre, de su mejor amigo… Al shock inicial le siguió el dolor y la rabia, y esa rabia le había impulsado durante las siguientes horas, gritando, peleando, suplicando...

Ella no le esperaba. Hacía ya varios meses que tenía un amante, alguien que había convertido su anodina vida en algo excitante y nuevo, una persona con la que se complementaba físicamente y de la que recibía mucho de lo que necesitaba. Sin embargo, aún quería a su marido, a un nivel que en muchos matrimonios sólo se alcanza tras años de penurias y sueños compartidos. Simplemente, necesitaba otras cosas, y así lo sentía, así trató de explicárselo, interponiéndose entre los dos hombres, logrando que su amante saliera de la casa, abrazando y tratando de consolar a un marido que sufría tanto como ella.

Las lágrimas y el dolor sustituyeron a la furia cuando se calmó, cuando el otro hubo desaparecido de su vista y sólo quedaba ella. Ella, la mujer con la que se casó y de la que se había distanciado en los últimos años. Las recriminaciones, las preguntas, los porqués volaron esa noche en la casa, mientras recorría la sala de un extremo a otro, mientras ella lo miraba sentada, apenas vestida, con las lágrimas ya secas.

jueves, septiembre 22, 2011

No hay nada que fingir

Habíamos quedado en el Café Oriente, y yo llegué con suficiente antelación como para poder elegir mesa, así que pude verla caminar hacia el lugar desde lejos. Se había puesto un vestido verde manzana, con tirantes, dejando los hombros al descubierto y aprovechando la magnífica tarde que mayo nos estaba regalando; sabía lo mucho que me gustaba esa parte de su anatomía, en las noches que pasábamos juntos solía abrazarla mientras se dormía, besando con ternura su espalda y la delicada curva que bajaba desde la nuca a los brazos.

La observo cruzar la plaza, con ese aire decidido que tanto me gustó la primera vez que la vi, en aquella vieja estación de metro; acababa de llegar a la ciudad y se había provisto de un plano de las líneas que consultaba de vez en cuando. Yo la seguí con la mirada, ya entonces desprendía una luz que la hacía destacar sobre el resto de la multitud, todos apelotonados esperando que llegara el tren para ir a nuestros destinos. Recuerdo haberme preguntado quién sería el afortunado que ocupase su corazón, mientras yo mismo me hundía en el gris de la muchedumbre, como cada mañana.

La veo acercarse a la puerta del café y distingo en su muñeca la pulsera que compramos en el bazar de Asuán, cuando ya llevábamos algunos meses juntos. La había vuelto a ver en el metro en varias ocasiones y un día me armé de valor suficiente para acercarme a ella y entablar una conversación banal, que apenas duró un par de estaciones. Desde entonces la buscaba cada mañana, nuestras palabras fueron pasando de formales a abiertamente amistosas, y al cabo de varias semanas quedamos para tomar un café después del trabajo. No olvidaré ese momento en que, bajo una inesperada lluvia y atascados por un semáforo que se resistía a cambiar, la tomé de la mano para cruzar intempestivamente el paso de cebra y refugiarnos de nuevo en el metro; ella se sorprendió, rió, sus ojos se iluminaron, y no soltó mi mano desde entonces…

No me levanto cuando entra en el local. Quiero aguantar unos segundos más, seguir observando su figura y su belleza desde el anonimato, como sé que hacen la mayoría de los hombres que están en la cafetería. Me busca con la mirada, indecisa, hasta que me ve y de nuevo vuelve la sonrisa a su cara. Esa misma sonrisa que me despertó una madrugada, en un viejo hostal parisino, en el que tuvimos que tomar habitaciones separadas para evitar habladurías. Allí estaba, a mi lado, tocándome con suavidad y sin embargo despertándome de mi suelo profundo: “ven, te espero”, dijo antes de darme un beso y volver a su habitación.

Está radiante cuando se sienta. No puedo apartar la vista de sus ojos, que me hipnotizan desde el primer momento, mientras siento que se me pone la típica expresión idiota de hombre enamorado. Sus manos, cálidas y suaves, toman las mías a través de la mesa, antes siquiera de que haya podido decir nada. “Estoy tan contenta de que hayas podido venir” la escucho decir, y en su voz recuerdo noches de pasión, lágrimas de dolor y pena, un inmenso amor, que se también se derraman por la mía al responder…

“¡Antonio, Antonio! ¡Que te has quedado tonto! Anda, deja de mirar al infinito y paga la cuenta, que los niños quieren ir a la piscina”

Antonio parpadea, como volviendo a la realidad, y con un gesto llama al camarero mientras su mujer ya se ha levantado y camina con los dos niños hacia la salida de la heladería. No ve la lágrima que sale de su ojo derecho, ni el suspiro del hombre, cansado y derrotado, cuando la enjuaga con el dorso de la mano…

miércoles, septiembre 14, 2011

Háblame de tus abrazos

Encontré el lugar que buscaba poco antes del anochecer. Las noches son frescas en esta época del año, así que debía darme prisa en montar el refugio y la tienda. Por experiencias anteriores sabía que tendría estar al menos un par de días oculto antes de que el bosque se acomodara a mi presencia, y resultara invisible para animales y ojos no entrenados.

Terminé de montar la tienda con las últimas luces y la cubrí con ramas frescas de pino, que la impregnarían de su resina y ayudarían a camuflar el olor del plástico y la tela tratada. Con las manos heladas, abrí un sobre de sopa y lo eché en el cacillo que estaba ya hirviendo en el pequeño infiernillo de gas, que sería mi única cocina durante las próximas semanas.

No me importaba días oculto y encerrado. Soy cazador profesional y esto son gajes del oficio. Tenía suficiente comida envasada y cerca de mi posición había un riachuelo de aguas claras, había tenido la precaución de echar una botella de vino, por si acaso quería tomar una copa. Durante el día permanecía en el interior de mi escondite, observando a través de los agujeros que había dejado en la cubierta de ramas, mientras a mi alrededor los animales se acostumbraban a la nueva distribución de troncos y hojas que había dispuesto.

Por las noches abría un poco la tienda, dejando que el aire recalentado saliera y se ventilara, mientras yo observaba el cielo nocturno. Las luces del norte iluminaban las noches sin luna, dándome un espectáculo que para sí quisieran muchos de mis congéneres, allá en las ciudades del sur. Esta era la parte más hermosa de mi trabajo, las noches claras llenas de estrellas, descansar con un vaso de vino en la mano, mientras a mi alrededor la vida del bosque continuaba sin notar mi presencia.

Pasaban los días y mi presa no aparecía. Yo había escogido el lugar sabiendo que en la zona se habían visto ejemplares recientemente y, conociendo sus costumbres, sabía que tarde o temprano aparecerían por allí: los helechos cubrían gran parte del suelo, había árboles centenarios en esa parte del bosque, con sus ramas creando un gran dosel verde que hacía que la luz del sol tardase en penetrar hasta las zonas inferiores. A unos metros había una pequeña hondonada, de donde surgía un regato de aguas claras, con su líquido borboteando desde las profundidades para aparecer entre un pequeño lecho de arenas y hojas. Debían venir.

Una tarde, cuando ya la oscuridad estaba cubriendo esa parte de la zona, y cuando ya comenzaba a desesperar de encontrar a mi presa, escuché un chasquido cerca de la fuente. Con cuidado, y procurando que mis ropas no hiciesen ruido, me incorporé hasta poder observar por uno de los agujeros camuflados entre las ramas. ¡Allí estaba! un magnifico ejemplar estaba paseando cerca del arroyo, quedando su silueta a contraluz con los últimos rayos del sol.

Alcancé mi arma con un rápido movimiento y me la acomodé en el hombro, intentando que mi agitada respiración no alertase al animal. Con la mira nocturna enfoqué hacia su espalda, para no desperdiciar el tiro sedante que lo convertiría en mi pieza, y esperé hasta que estuvo en la posición precisa. ¡PAM!

El tiro había sido certero, como casi siempre. La bestia se quedó de pie un segundo, como sorprendida por el ruido del disparo, y al instante después yacía en el suelo del bosque. Esperé unos momentos, sin bajar el arma, atento a cualquier otro movimiento que pudiera surgir en el bosque, mientras se acallaban los gritos de los pájaros asustados por el ruido.

Cuando estuve convencido de que no habría sorpresas, bajé el rifle y salí de la tienda, acercándome al cuerpo inerte que estaba a unos metros. era un espécimen de primera, estaba seguro de que me darían mucho dinero en la ciudad: estaba tumbada sobre un costado, pero se veía que era pequeña, no tendría más de 140 cm de largo, con unas largas y torneadas piernas, y una inmensa cabellera pelirroja que le cubría parte del cuerpo desnudo. Al girarla para comprobar su estado no pude menos que maravillarme de su belleza, de la blancura de su piel, la perfección de sus rasgos, sus ojos verdes…

Pensé que era una pena que esta nereida fuera a parar a algún zoo privado, pero qué diablos, era mi trabajo.

viernes, septiembre 09, 2011

Acariciar el pelo y el alma

Sara destacaba entre la multitud. Su melena pelirroja junto con su estatura, mayor de la media de las chicas de su edad, hacían que la gente se parase a admirarla, alabando sus lindos ojos verde pizarra, la delicadeza de sus rasgos, el tono de su piel o sus largos y finos dedos. Siempre había sido así; desde que tenía uso de razón había recibido elogios y privilegios por su belleza física, y con los años dejó de asombrarse por ello y a aceptarlos como una consecuencia directa del hecho de su presencia.

Tal vez por ello le resultaba extraño Seamus. Seamus era un muchacho normal, ni muy alto ni muy bajo, ni muy guapo ni muy feo, ni muy listo ni muy tonto. Nada destacaba en su apariencia física o en su conversación. Podía perderse entre la multitud sin problemas, estar a tu lado y no notar su presencia. Solo cuando estaba junto a Sara se transformaba: sus ojos avellana se encendían, parecía más alto, más alegre, los pocos que le conocían detectaban alegría en las notas de su voz…

Los dos jóvenes se conocieron de una manera casual, en uno de los mercados dominicales a los que a Sara le gustaba ir, siempre en busca de algo original y barato para adornarse o para su habitación; muchas veces conseguía autenticas gangas sólo con una caída de sus largas pestañas o una sonrisa mostrando sus perfectos y blancos dientes. Chocaron, y enseguida el chico se disculpó: Perdona, no te había visto ¿No la había visto? ¿Qué no la había visto? ¿Pero quién se creía ese chico qué era, no verla a ella, la chica más hermosa del pueblo? ¿Y dónde se había metido?

Sara perdió de vista a Seamus casi al momento de chocar, pero durante todo el día, y el siguiente, estuvo enfadada, no sabía por qué. Ni siquiera los cariños de sus padres o de sus amigas, que le decían lo bien que le quedaba esa falda estilo hippie que había comprado, la consolaban.

Volvió a verlo unos días después, cuando una de sus compañeras de clase la llamó durante uno de los descansos. Estaba con un chico que le resultaba vagamente familiar, y cuando se lo presentaron él dijo:

- Ya nos conocemos, chocamos el otro en el mercadillo.

- ¡Tú! ¿Fuiste tú el desconsiderado que me golpeó?

- Solo fue un accidente, y no te golpeé, chocamos y me disculpé. Bueno, adiós, me voy a clase.

Sara no podía creerlo. Seamus ni le había mirado, ni le había dicho lo bonita que era, ni qué guapa iba ese día, ni… Vio desaparecer al muchacho entrando en una de las aulas, y no dejaba de pensar en que era la primera vez que alguien no se fijaba en ella.

Durante las siguientes semanas los dos coincidieron en varias ocasiones, en los pasillos del colegio, en las calles del pueblo, en la salida de la iglesia… Seamus siempre se comportaba cortésmente y la saludaba, de una forma que ella sabía significaba que se alegraba de verla, pero nunca le hizo un comentario acerca de su apariencia, a pesar de que Sara se esforzaba especialmente en estar bonita cuando pensaba que se verían.

Una tarde de principios de verano, caminando por el parque cercano a su casa, Sara vio a Seamus sentado en un banco. No sabía cómo, pero se había convertido en la única persona que podía distinguirle entre la multitud, diferenciándole enseguida del resto de la gente. El chico estaba sentado con la cabeza hacia atrás, disfrutando de los rayos de sol, con los brazos extendidos sobre el respaldo de madera, los ojos cerrados… Ella se sentó a su lado, intentando hacer el menor ruido posible: por una vez en su vida quería pasar desapercibida. Espiaba el perfil del muchacho, su respiración, cómo jugaba la luz con su pelo negro, el palpitar de su corazón en su cuello…

- Hola Sara, dijo él, asustándola de tan ensimismada que estaba.

- ¿Como sabes que soy yo?, preguntó, agradeciendo que el chico no hubiera abierto los ojos y descubierto su sonrojo.

- Tienes un perfume especial, lo sentí en cuanto te sentaste a mi lado.

- Seamus, ¿crees que soy guapa? se sorprendió preguntando, e inmediatamente deseó no haberlo hecho.

El joven abrió los ojos, mirando directamente hacia el verde claro de los suyos. Eres la mujer más hermosa que conozco, dijo con un tono tranquilo, pero que no dejaba lugar a dudas sobre sus sentimientos.

- Entonces, por qué nunca me dices nada como los otros, por qué no me piropeas como el resto de los chicos.

- Porque no soy como los demás, ellos sólo ven tu exterior y yo quiero conocer a la persona que está más allá de esa apariencia, lo he querido siempre.

Sara sentía que su rostro estaba al rojo, percibiendo como toda la sangre de su cuerpo se agolpaba en su cara mientras escuchaba esas palabras. Desvió la mirada para evitar que Seamus se diera cuenta, mientras intentaba pensar algo para responder a ese chico, sin éxito.

Seamus se volvió hacia ella, tranquilo, moviendo una pierna encima de la otra para estar más cómodo y cercano a ella, y con un movimiento confiado y sereno la tomó de la mano.

- ¿Quieres pasear?, aún tenemos un buen rato de luz

- Sí, quiero.

Sara no podía creer que esas palabras se hubieran escapado de sus labios, pero se levantó y, aún de la mano de Seamus, comenzó a caminar por la vereda, camino a un futuro que por primera vez le era desconocido, pero prometedor.


martes, septiembre 06, 2011

Vestir el aire que respiro

Todos los años, cuando llegaba el mes de septiembre, el abuelo encargaba una carga de leña al viejo leñero de la carretera. Para los nietos era la señal de que se acababa el verano, de que pronto vendrían nuestros padres a buscarnos para regresar a la ciudad, a la escuela y a la rutina diaria.

Sin embargo, la llegada de la carreta de la leña siempre era un espectáculo para los más pequeños, y, consciente de ello, el abuelo hacía la compra de combustible para el invierno mucho antes de lo habitual, haciendo que sus nietos disfrutaran de una última diversión antes de su partida. 

Todo empezaba cuando veíamos como el gran caballo de carga se acercaba subiendo por la calle Alta hacia la casa, con el tintineo de sus campanillas, sus lazos de colores, y el leñero y su ayudante subidos en el carro. Todos nos asomábamos al balcón de la primera planta, desde el que observábamos al abuelo hablar con el comerciante, inspeccionando el cargamento y dando finalmente su visto bueno. Entonces comenzaba el trajín. El carro subía por el pavimento hasta llegar a la esquina con la calle del Cura, en un nivel superior. 

La casa del abuelo estaba situada en una zona del pueblo en pendiente, y eso le daba acceso a tres vías distintas. La calle Alta nacía en la carretera, varias decenas de metros por debajo del nivel de la casona, y subía hasta el lavadero comunal que se encontraba a unos metros por encima de nosotros, pasando por delante de nuestra entrada principal. Todas las mañanas escuchábamos a las mujeres subir con sus cestos de ropas hasta el pilón, y por las tardes su animada y cantarina charla podía oírse desde la casa. En los veranos la abuela nos dejaba acompañarla, quitarnos los zapatos y meternos en una de las pilas, donde el agua helada que llegaba directamente de un manantial en la montaña nos refrescaba los pies. En los días de mucho calor, a los más pequeños nos desnudaba completamente y nos dejaba jugar en la última de las piletas, donde el agua no estaba tan fría, y allí pasábamos el rato hasta que la abuela terminaba de lavar.

En el nivel más bajo estaba la calle Santa Cruz, prácticamente una bocacalle de apenas unos metros de longitud en la que se abrían tres o cuatro casas, y a la que daban las puertas de nuestros establos, situados en el piso inferior. Ese callejón, que nosotros llamábamos la “calle pequeña”, ofrecía un lugar perfecto para jugar en las tardes de agosto, con la sombra de las casas cubriendo todo su recorrido, y protegidos de cualquier peligro por su estrechez y falta de salida. Solíamos divertirnos con la pelota o practicando el tejo, junto con los hijos de los vecinos, mientras la abuela nos miraba desde el balcón del primer piso, cosiendo o hablando con alguna de las vecinas.

Finalmente, por la parte alta de la casa pasaba la calle del Cura, llamada así porque a unos pocos cientos de metros estaba la iglesia y en el lateral que daba a esta travesía se abría la residencia del párroco. Por esta vía se accedía al piso superior de la casa, que tenía en ese nivel una pequeña entrada de madera y adobe que solamente se usaba en esta época del año. Esta puerta era el paso al amplio desván de la casa, la forma más cómoda de llevar alimentos y enseres a esta pieza.

La carreta de la leña subía dificultosamente los últimos metros de la calle y luego giraba para entrar por la del Cura, quedando así preparada para dejar los troncos y sacos de astillas en nuestro ático. Los nietos subíamos corriendo al desván, haciendo ansiosos la fila para poder escalar por la estrecha escalera de madera que lo comunicaba con la cocina del primer piso, única forma de acceder desde el interior de la casa. Allí, iluminados por los agujeros que dejaban entrar la luz a través del techo, veíamos como el leñero, el abuelo y su ayudante bajaban los troncos de encina, alcornoque, castaño y roble, y los iban dejando en la parte más cercana del desván, junto con los sacos de virutas y maderos pequeños que la abuela usaría durante el año para encender la vieja cocina de hierro.

Los rayos de luz de la tarde dejaban estelas de puntitos luminosos en el polvo del desván, que se movían como ondas marinas cuando uno de los adultos los atravesaba. Nosotros seguíamos esos movimientos mientras aspirábamos todos los aromas que se concentraban en ese lugar mágico, al que pocas veces podíamos subir: el humo de incontables inviernos, pegado a las paredes y pilares; los olores de la matanza del año pasado, colgando de ganchos de hierro; el orégano recién cosechado por San Lorenzo, que tomaríamos durante todo el año como infusión para protegernos de los catarros; el aroma de los botes de café, pimienta, pimentón, canela y otras mil especias que la abuela conservaba allí; el óxido de perolas y ollas de hierro; el perfume del sol y del aire que llenó nuestra infancia…

sábado, septiembre 03, 2011

Las palabras del tacto

Se querían como sólo puede quererse cuando no se conoce otro amor. Pasaban las horas del recreo juntos, tomados de la mano y sentados en uno de los bancos de la explanada que servía de patio al colegio, o bien en una de las esquinas del solar en el que otros chicos de su edad jugaban al balón o a la pidola.

Habían llegado con toda su clase, en una excursión cultural, a las ruinas del monasterio, y naturalmente viajaron juntos en el autobús. Él, un chico alto, delgado, con unas manos demasiado grandes para su cuerpo; ella, morena, con bonitos ojos color avellana que brillaban cuando le veía acercarse.

No se soltaron de la mano durante toda la excursión, siguiendo al grupo y escuchando distraídamente las explicaciones de su maestro. Cuando bajaron al nivel inferior, para ver los restos de las caballerizas y edificios de los sirvientes, ya estaban separados del resto, aislados en su mundo especial de caricias y almas compartidas.

Al llegar a la estrecha entrada a las bodegas, se miraron a los ojos un instante, todo lo que necesitaban para comprenderse, y empezaron a caminar hacia el interior con el resto del grupo, iluminados por la linterna del profesor, que iba marcando haces de claridad conforme se adentraban en el pasadizo. Este, ahora apenas una oquedad baja y pedregosa que se internaba en la montaña, conducía a las antiguas bodegas de la abadía. La oscuridad, el contraste con lo soleada mañana que disfrutaba el exterior, hacía que se volviera tenebroso a los pocos pasos.

Tras un corto trecho, la explicación sobre la constancia de la temperatura interior de la montaña, y cómo los monjes la usaban para mantener sus alimentos en buen estado durante más tiempo, terminó, y los escolares salieron al exterior, agradeciendo el calor de la mañana tras su paso por la cueva.

Ellos, sin embargo, se quedaron y avanzaron un poco más, agarrados de la mano y con el mechero de él alumbrando unos escasos centímetros a su alrededor. No importaban la soledad, el frio o la negrura que les rodeaba. Ella se había agarrado del brazo de él, caminaban pegados, corazón con corazón, alma con alma, hasta que el muchacho no aguantó más el calor del encendedor, y la oscuridad les cubrió de nuevo. Habían cruzado un recodo, por lo que ya no podían ver la entrada del túnel, y solo podían distinguir el tacto de sus manos.

Se abrazaron en la seguridad de la cueva. Ella sentía su caricia sobre su cuello, sus dedos rozando su nuca, mientras su otra mano presionaba su espalda, en un lento movimiento que la hacía suspirar. Había cruzado sus brazos alrededor del cuello de su amor, acercándolo hacia ella, casi hasta sentir su mirada en esa oscuridad. Apoyó la cabeza en su cuello, mientras comenzaban a moverse rítmicamente, sus cuerpos coordinados, sus mentes escuchando una música que sólo el corazón dictaba.

Pasaron horas, días, meses, una eternidad en ese lugar sin tiempo, hasta que la voz de su profesor y la luz de su linterna les devolvió a este mundo. Sonriendo, él acarició su mejilla, rozó sus labios con los suyos bebiendo antes una lágrima furtiva en sus ojos y rompió el abrazo, tomándola de la cintura y comenzando el regreso a la realidad.

jueves, septiembre 01, 2011

En el corazón de mis noches sin fin

La nieve había comenzado a caer durante la noche, y cuando Maribel se levantó ya cubría los tejados del pueblo con una capa blanca y uniforme, sobre la que se podían ver las pequeñas huellas de los gatos, y el humo de las chimeneas como cortos hilos blancos en la lejanía. El pueblo aparecía velado por la niebla, gris y húmeda, que llenaba todo el valle, impidiendo distinguir detalles más allá del roble que crecía en la esquina.

La noche había sido fría y Maribel se había despertado acurrucada bajo las mantas y el cobertor de lana que le había prestado su madre (el viejo “pollo” que su abuela había usado durante tantos años). A pesar de que no le apetecía levantarse, se obligó a salir del calor del lecho y dirigirse hacia la palangana que había en uno de los rincones de la habitación.

Cuando era pequeña le había encantado ese viejo sistema, una palangana de cerámica con una jarra de agua, dispuestos sobre un mueble de madera con un pequeño espejo oval, con una toalla y un pequeño hueco para el jabón. Durante muchos veranos de su infancia su primer deseo al llegar a la vieja casona, donde pasaría las semanas en compañía de primos y demás familiares, era "lavarse como la abuela". Con la modernidad, la casa tuvo agua corriente, y pusieron un cuarto de baño en la planta baja. Pero la abuela le había permitido conservar el antiguo mueble en su habitación, y todas las mañanas se lavaba la cara con el agua fresca que conservaba el gastado jarrón de latón.

El agua estaba muy fría esa mañana, y Maribel se lavó con rapidez, buscando a tientas la toalla en el colgador mientras sentía el picor del jabón en sus ojos. Cuando consiguió quitarse el escozor y el frio que había dejado el agua sobre su rostro, volvió a observar a la extraña que le devolvía la mirada.

Hoy no conocía a la persona del espejo. Tenía los ojos hinchados, el pelo enredado, una expresión de dolor antiguo en la cara… No reconocía su expresión, ni sus ojos, habitualmente claros y hoy enrojecidos por el llanto. Había despertado con una congoja en el corazón, que sólo podía atribuir a los sucesos del día anterior y a la discusión con Daniel. Había esperado que la cama de su niñez obrara el milagro, calmando su angustia, pero la noche había sido fría y se había descubierto buscando el calor de su amante en medio de la noche. Al darse cuenta de que Dani no había vuelto, su tristeza la sobrepasó y rompió en un llanto desconsolado hasta quedarse dormida, agotada y sola.