miércoles, marzo 18, 2015

Cierre

“La idea de este blog es ser un repositorio de ideas, comentarios, chascarrillos y demás neuras que se le ocurren a un español perdido en Chile; no sé qué es lo que va a salir.”


Aquel 31 de octubre del 2005 un ilusionado Huelquén comenzaba una actividad de comunicación con el mundo gracias a las nuevas tecnologías. Efectivamente, no sabía qué iba a salir de todo eso, no estaba acostumbrado a hablar con extraños...


Casi diez años después, más de trescientas entradas publicadas (algunas más en el tintero por vergüenza o por miedo), muchas horas delante de la página vacía, muchas lágrimas vertidas en un teclado que ya va perdiendo las letras por el uso, algunas risas, mucho cariño y una gran gran cantidad de amor, toca cerrar ciclo e iniciar uno nuevo. La vida es cambio constante, poco a poco nos conocemos mejor, vamos ‘afilando’ nuestros sueños, nuestras metas y siento que ha llegado el momento de pasar página.


¿Lo mejor de todo? Tú. Tú que lees esto, que me has acompañado durante gran parte de este tiempo, esas más de nueve mil visitas desde España, México, Estados Unidos, Chile, India... los cientos de comentarios, el inmenso cariño e impagable amor que has puesto de tu lado. No esperaba nada de esto cuando empecé, nada. Y ahora, al despedirme de ti, no encuentro las palabras...

Tal vez lo mejor sea recurrir a una frase que escuché cuando era muy joven y que siempre me ha parecido una gran forma de despedirse de alguien a quién se quiere mucho.

"Adiós, que te vaya bonito"

miércoles, marzo 11, 2015

Silencio, brisa y cordura...

Hoy me he sentado delante de mi viejo portátil, con un vaso de whisky al lado, ese whisky que compré el verano pasado en Andorra, y he comenzado a escribir sin pensar. Las teclas se movían muy despacio al principio, como si le doliera al teclado en vez de a mi alma, hasta que las palabras han comenzado a fluir más y más deprisa, al mismo tiempo que el vaso se iba vaciando con regularidad.

Hemos (yo y la pantalla) hablado de muchas cosas: de aquel verano inconfesable en Ibiza, de las noches de angustia pasadas en el hospital, de los miedos que ni siquiera he contado a mí mismo, de esas horas en las que me vence la tristeza, de ayer, hoy y mañana. Bueno, en realidad he hablado yo. La pantalla del ordenador se ha limitado a poner negro sobre blanco las ideas que han ido surgiendo de mi cabeza, a veces torpemente, a veces aceleradas y muy claras. Han sido unas horas en las que he ido desgranando todas las emociones que se acumularon en estos días, mientras la tarde se convertía en noche y la música de piano llenaba esta habitación en la que me encuentro.

Son estos momentos los que me permiten seguir siendo cómo soy, aparentar que la vida no me afecta, que todo está bajo control. En ocasiones incluso me han echado en cara que carezco de esas mismas emociones que relato en esas líneas. No es fácil ser alguien como yo. No digo que sea distinto a otras muchas personas, a fin de cuentas cada ser humano es un mundo y he visto muchos mundos diferentes en mi vida. Escribir es para mí como la confesión para el católico devoto, un acto de liberación de mis pecados que me permite continuar con la vida normal, sin miedo a un infierno cada vez más cercano, una forma de ponerme en paz con un dios en el que deje de creer hace tantos años...

Los cubos de hielo ya han desaparecido en el vaso, apenas queda licor en ellos y la noche que veo por mi ventana solo se ve punteada por diminutos leds, destellos de las luces en las casas del valle o faros de coches bajando por la carretera. El sol se ha puesto tras las montañas y ya casi no las distingo, apenas perfiladas contra un horizonte cada vez más oscuro. Vuelvo a mirar las palabras que me observan desde la pantalla del portátil, hay un poco de mi sangre en ellas y bastante de mis lagrimas, esas lágrimas que últimamente parecen querer salir con más facilidad que antaño. Me hago viejo, sensible y sensiblero…
Un último trago, y con él el último trozo de hielo que quedaba entra en mi boca. Lo saboreo durante un minuto mientras releo parte de lo escrito. Inconexo, fútil, ardiente, dolorido, desesperanzado… Tomo el ratón con mi mano y lo llevo hacia la esquina superior derecha de la pantalla, hacia esa X que me ha estado llamando en los últimos minutos.

“¿Desea guardar los cambios efectuados en el documento?”

"No."

jueves, marzo 05, 2015

De nieve, huracán y abismos...

Se había levantado una brisa fresca, un ligero poniente que hacía que las salpicaduras del oleaje llegarán hasta la sala de control, remojando un poco el cristal de la tronera. Ignorante de esas gotas sobre el sílice de la ventana, un hombre miraba hacia el infinito, acodado ligeramente en la barandilla del balcón, sujetando su vieja taza de porcelana con un humeante café negro, mientras allá, en la lejanía, decenas de embarcaciones dependían de la luz de su lámpara para poder orientarse y regresar a salvo.

La jornada se esperaba tranquila. No había aviso de temporal ni se había anunciado nada que impidiera a los pescadores realizar su labor diaria. Sin embargo el hombre se sentía inquieto, no sabía por qué. Ni siquiera el fuerte sabor del café, preparado como siempre a última hora de la tarde para ayudarle a soportar la vigilia de cada noche, hizo desaparecer su desasosiego. Desde su privilegiada atalaya, el farero podía vislumbrar las luces de los barcos faenando en las proximidades de la costa. Se preparaba para una guardia más, no muy diferente de otras muchas que ya había hecho en ese puesto. Tomando un sorbo de caliente negrura entró en la torre y bajó hasta el cuarto de servicio, donde se acercó a la mesa que tenía dispuesta para la noche, justo debajo de la linterna giratoria. En ella se encontraban algunos utensilios necesarios para hacer su trabajo y pasar las horas: una vieja radio con la que se comunicaba con los barcos y otros faros; el diario de anotaciones, ya abierto por la página indicada para escribir cualquier incidencia que ocurriera; un ajedrez con una partida a medias, en la que las negras llevaban ventaja de un peón y un alfil; una cafetera llena, dispuesta en un hornillo eléctrico que mantendría el brebaje como a él le gustaba (“el café debe ser como un beso, dulce y ardiente” le gustaba citar)…

En una silla cercana se acomodaba su gato, un ejemplar atigrado, de rayas marrones casi negras en la semipenumbra bajo la linterna, que le observaba realizar su rutina cotidiana. Cuando el farero terminó de hacer sus comprobaciones, el animal se levantó y, desperezándose, se dirigió hacia la mesa en la que se acostó sobre un viejo diario de anotaciones, que parecía dispuesto para su comodidad.

“Una noche más, Mefistófeles, una noche más…” dijo el hombre, mientras observaba como el felino se limpiaba meticulosamente las patas con la lengua y finalmente se instalaba en su posición, guardando las manos bajo los brazos, en esa postura tan típica de los gatos al descansar. Sus ojos, de una rara tonalidad, a veces parecían verdes y en otros momentos grises como la pizarra de los montes natales del farero, dependiendo de cómo se reflejara en ellos la luz.

Dejando su taza de café a un lado, el farero comenzó por anotar los datos iniciales del día en su cuaderno: la fecha, la hora en que se encendió el faro, el estado de la mar, la previsión meteorológica, las pequeñas incidencias técnicas de un mecanismo con más de cuarenta años de servicio… Su letra era clara, funcional, su estilo parco en palabras y ceñido a los hechos.

Conforme iba rellenando su informe diario notaba como los párpados le comenzaban a pesar, así que tomó otro sorbo de café y siguió completando el diario. El sueño, sin embargo, pugnaba por ganarle y la escritura se le iba haciendo más y más complicada, de trazos sinuosos e irregulares. De su mano salían palabras cada vez más indescifrables, hasta que solo líneas curvas e inescrutables llenaron las páginas del viejo cuaderno.

Al mismo tiempo, su vista se iba haciendo menos aguda, y los continuos tragos de café no ayudaban en nada. Sacudiendo la cabeza, decidió que necesitaba un poco de aire fresco, y sus pasos le encaminaron de nuevo hacia la baranda del balcón, donde esperaba que el aire marino le ayudara a despejarse. El gato, sin moverse aún de su lugar en la mesa, observaba los torpes movimientos del humano, con una mirada que parecía definir miles de preguntas sin respuesta.

La sal y humedad que el viento portaba hicieron que recuperara algo de su agudeza mental, parecía incluso que podía respirar mejor allí, recibiendo la espuma del mar y escuchando el sonido de las olas romper contra la base del acantilado en el que se encontraba el faro. A lo lejos, las linternas de los pescadores iluminaban la noche como cuentas de un collar rodando por un suelo negro. Sorprendido, el hombre pensó en la tranquilidad que esa misma oscuridad le podría dar, una ausencia de sonido y luz que invitaban al descanso más eterno…

De pronto, se descubrió abriendo la boca espasmódicamente, como necesitado no ya de respirar sino de alimentarse de aire, mientras su cuerpo sufría ligeras convulsiones que iban a más. Al poco, apenas lograba sujetarse con sus puños a los oxidados hierros de la barandilla. En todo momento seguía sintiendo esa llamada de la oscuridad, de esa zona tranquila en la que podría soñar eternamente, entre algas y corales…

No sintió la caída, como tampoco sintió el golpe con la mar ni se dio cuenta de la transformación. En su mente solo podía ser consciente de la dicha de volver al origen, de regresar al mundo al que pertenecía, mientras una pequeña nube de escamas doradas salía de su cuerpo mientras se movía cada vez más velozmente hacia el mar abierto. En lo alto de la barandilla un gato atigrado, de intensos ojos verdes, movía la cola con tranquilidad y con su mirada felina observaba como el tritón desaparecía entre las olas. Sabía que volvería al amanecer, saliendo de entre las aguas con su forma humana de nuevo, para pasar el día como un simple farero en aquel remoto puesto, como lo había estado haciendo los últimos cuarenta años. Y él le esperaría en la puerta de la casa, mirándole con sus ojos enigmáticos, y le acompañaría en sus quehaceres, como había estado haciendo los últimos quinientos años…

domingo, marzo 01, 2015

De sol, espiga y deseo...

Se había levantado una brisa fresca, un ligero poniente que hacía que las salpicaduras del oleaje llegarán hasta la sala de control, remojando un poco el cristal de la tronera. Ignorante de esas gotas sobre el sílice de la ventana, un hombre miraba hacia el infinito, acodado ligeramente en la barandilla del balcón, sujetando su vieja taza de porcelana con un humeante café negro, mientras allá, en la lejanía, decenas de embarcaciones dependían de la luz de su lámpara para poder orientarse y regresar a salvo.

La jornada se esperaba tranquila. No había aviso de temporal ni se había anunciado nada que impidiera a los pescadores realizar su labor diaria. Sin embargo el hombre se sentía inquieto, no sabía por qué. Ni siquiera el fuerte sabor del café, preparado como siempre a última hora de la tarde para ayudarle a soportar la vigilia de cada noche, hizo desaparecer su desasosiego. Desde su privilegiada atalaya, el farero podía vislumbrar las luces de los barcos faenando en las proximidades de la costa. Se preparaba para una guardia más, no muy diferente de otras muchas que ya había hecho en ese puesto. Tomando un sorbo de caliente negrura entró en la torre y bajó hasta el cuarto de servicio, donde se acercó a la mesa que tenía dispuesta para la noche, justo debajo de la linterna giratoria. En ella se encontraban algunos utensilios necesarios para hacer su trabajo y pasar las horas: una vieja radio con la que se comunicaba con los barcos y otros faros; el diario de anotaciones, ya abierto por la página indicada para escribir cualquier incidencia que ocurriera; un ajedrez con una partida a medias, en la que las negras llevaban ventaja de un peón y un alfil; una cafetera llena, dispuesta en un hornillo eléctrico que mantendría el brebaje como a él le gustaba (“el café debe ser como un beso, dulce y ardiente” le gustaba citar)…

En una silla cercana se acomodaba su gato, un ejemplar atigrado, de rayas marrones casi negras en la semipenumbra bajo la linterna, que le observaba realizar su rutina cotidiana. Cuando el farero terminó de hacer sus comprobaciones, el animal se levantó y, desperezándose, se dirigió hacia la mesa en la que se acostó sobre un viejo diario de anotaciones, que parecía dispuesto para su comodidad.

“Una noche más, Mefistófeles, una noche más…” dijo el hombre, mientras observaba como el felino se limpiaba meticulosamente las patas con la lengua y finalmente se instalaba en su posición, guardando las manos bajo los brazos, en esa postura tan típica de los gatos al descansar. Sus ojos, de una rara tonalidad, a veces parecían verdes y en otros momentos grises como la pizarra de los montes natales del farero, dependiendo de cómo se reflejara en ellos la luz.

Dejando su taza de café a un lado, el farero comenzó por anotar los datos iniciales del día en su cuaderno: la fecha, la hora en que se encendió el faro, el estado de la mar, la previsión meteorológica, las pequeñas incidencias técnicas de un mecanismo con más de cuarenta años de servicio… Su letra era clara, funcional, su estilo parco en palabras y ceñido a los hechos.

Conforme iba rellenando su informe diario notaba como los párpados le comenzaban a pesar, así que tomó otro sorbo de café y siguió completando el diario. El sueño, sin embargo, pugnaba por ganarle y la escritura se le iba haciendo más y más complicada, de trazos sinuosos e irregulares. De su mano salían palabras cada vez más indescifrables, hasta que solo líneas curvas e inescrutables llenaron las páginas del viejo cuaderno.

Al mismo tiempo, su vista se iba haciendo menos aguda, y los continuos tragos de café no ayudaban en nada. Sacudiendo la cabeza, decidió que necesitaba un poco de aire fresco, y sus pasos le encaminaron de nuevo hacia la baranda del balcón, donde esperaba que el aire marino le ayudara a despejarse. El gato, sin moverse aún de su lugar en la mesa, observaba los torpes movimientos del humano, con una mirada que parecía definir miles de preguntas sin respuesta.

La sal y humedad que el viento portaba hicieron que recuperara algo de su agudeza mental, parecía incluso que podía respirar mejor allí, recibiendo la espuma del mar y escuchando el sonido de las olas romper contra la base del acantilado en el que se encontraba el faro. A lo lejos, las linternas de los pescadores iluminaban la noche como cuentas de un collar rodando por un suelo negro. Sorprendido, el hombre pensó en la tranquilidad que esa misma oscuridad le podría dar, una ausencia de sonido y luz que invitaban al descanso más eterno…

De pronto, se descubrió abriendo la boca espasmódicamente, como necesitado no ya de respirar sino de alimentarse de aire, mientras su cuerpo sufría ligeras convulsiones que iban a más. Al poco, apenas lograba sujetarse con sus puños a los oxidados hierros de la barandilla. En todo momento seguía sintiendo esa llamada de la oscuridad, de esa zona tranquila en la que podría soñar eternamente, entre algas y corales…


No sintió la caída, como tampoco sintió el golpe con la mar ni se dio cuenta de la transformación. En su mente solo podía ser consciente de la dicha de volver al origen, de regresar al mundo al que pertenecía, mientras una pequeña nube de escamas doradas salía de su cuerpo mientras se movía cada vez más velozmente hacia el mar abierto. En lo alto de la barandilla un gato atigrado, de intensos ojos verdes, movía la cola con tranquilidad y con su mirada felina observaba como el tritón desaparecía entre las olas. Sabía que volvería al amanecer, saliendo de entre las aguas con su forma humana de nuevo, para pasar el día como un simple farero en aquel remoto puesto, como lo había estado haciendo los últimos cuarenta años. Y él le esperaría en la puerta de la casa, mirándole con sus ojos enigmáticos, y le acompañaría en sus quehaceres, como había estado haciendo los últimos quinientos años…

lunes, febrero 09, 2015

Amanece en el asiento de atrás

Lo siento pero ya no quiero seguir así. Estoy cansado de justificar y justificarme a cada instante, de buscar las palabras adecuadas para poder hablar, de ocultar y ocultarme. Yo no soy así. No lo he sido nunca y no lo voy a ser ahora.

¿Recuerdas cuando comenzamos? Todo era nuevo, a cada momento encontrábamos algo que nos hermanaba, algo que compartir, recuerdos semejantes, las palabras que nuestras madres usaban… Luego, cuando nos fuimos conociendo, vimos amaneceres juntos, hacíamos que el tiempo se parase sólo por estar un poco más, no importaba la distancia. Cuántas noches se nos hacían madrugadas para despedirnos…

Y luego llegaron los malos días. No, no voy a hablar de ellos. Los hemos repetido tantas veces que no creo que me los quite de la piel. Gracias a ellos me he convertido en un hombre diferente, peor si quieres. No, no voy a hablar de ellos.

Y así estamos ahora. Más lejos que cuando nos conocimos, porque ahora, aunque queramos, no podemos desconocernos. Más lejos, más cerca, más tarde…

Y mientras tanto, las paredes se encalan, los andamios se desmontan, la arena de aquella playa ya no es la misma, cerraron aquel restaurante, aquel cantante ya no canta esa canción en sus recitales, el hilo amarillea entre las páginas de un libro que ya no volverás a abrir, las rosas se desmenuzan y desaparecen…


Y entretanto otras melodías de piano se abren paso, otras palabras son bendecidas por tus ojos, otras luces entran en ellos, mis dedos vuelven a golpear las teclas de la vieja máquina, tu vida sigue como siempre y la mía se aleja un poco más…

sábado, febrero 07, 2015

Los flecos del aire

En aquella época yo pasaba por una mala racha y tenía mucho tiempo libre, demasiado en realidad, así que la mayoría de las tardes recogía mi abrigo y me iba a pasear por el casco antiguo de mi ciudad. Aquellas largas caminatas sin rumbo ni destino me permitían no pensar en mi situación y al mismo tiempo me despejaban la cabeza.

No recuerdo cómo llegué aquel día al puerto. De un instante para otro me encontré rodeado de los olores de algas, diesel, madera en descomposición, herrumbre... Nuestros pescadores comenzaban a aparecer en el embarcadero en el momento en que yo llegaba a la entrada del muelle; me entretuve un momento en observar la descarga del fruto de su jornada, en ver cómo la plata viva del mar entraba entre cajones de sal e hielo en la lonja, pero pronto mis pasos y mis cavilaciones me llevaron a zonas más alejadas y de menos bullicio.

Tiene nuestra rada un gran espigón de cemento y piedras, construido después de la guerra, con la idea de aumentar la seguridad de los buques frente a la mar brava y conseguir que más barcos entraran en él, aumentando la actividad del lugar. Al final, sin embargo, sólo se consiguió que el muelle fuera mayor y que las embarcaciones locales dispusieran de mejores amarres, además de enriquecer a los proveedores de piedra y hormigón elegidos para la obra. El ayuntamiento puso alumbrado público y algunos bancos de hierro forjado en la cresta, formando una zona agradable de paseo y un mirador muy concurrido en los días buenos.

En uno de esos bancos me encontré ese día a Antón. Antón era un viejo marinero, una de esas personas que parece que han nacido entre salitre y gaviotas, con la piel morena por el aire y los ojos de ese azul que ves en las zonas poco profundas, casi de cristal. Siempre estaba mirando hacia el horizonte, como intentando adivinar qué barco sería el primero en asomar su trinqueta por encima de la línea. Ese día estaba sentado en el último banco del espigón, el más cercano a la entrada de la cala, como si quisiera meterse un poquito más en el mar.

Yo no me acerqué mucho. Mi humor esos días no era el más adecuado para compartir con otros seres humanos, ni parecía que Antón se hubiera dado cuenta de mi presencia, siempre con la vista fija en la distancia, perdido en sus pensamientos… Me detuve a unos pocos pasos y yo también miré hacia la lejanía, dejando que mis ojos se enfocaran en el infinito mientras mis pulmones se llenaban de aire marino, de sal y azul…

No aguanté mucho tanta ventilación en mis alvéolos y saqué un cigarrillo. Al darme la vuelta para proteger la brasa del mechero del viento me di cuenta que Antón me miraba, con una sonrisa amable en la cara, apoyadas las manos en el bastón. Le saludé y me acerqué para ofrecerle un cigarrillo, que me aceptó complacido. Nos sentamos juntos durante un buen rato, dejando que el humo formara una pantalla entre nosotros y el mundo. Es extraño como une el tabaco a los hombres, como dos extraños se pueden sentir cerca mientras se queman esas fibras vegetales, que generan una especie de complicidad entre los dos, como si absorber los mismos químicos creara una cierta hermandad.

Ya no recuerdo quién de los dos comenzó a hablar, ni por cuánto tiempo lo estuvimos haciendo. Cuando el sol ya se acercaba a darse su baño vespertino nos dimos cuenta de que se nos había acabado el tabaco, que era tarde, que yo tenía que recoger unos mandados y Antón tenía que volver a casa de su hija, con quien vivía. Caminamos despacio, tranquilos mientras se encendían las luces del espigón, y al llegar a la entrada del muelle nos despedimos, quedando para el día siguiente. “Sí, nos vemos mañana” le dije al alejarme hacía mis menesteres.

Al día siguiente lo volví a encontrar, sentado en el mismo banco, con la mirada de nuevo perdida en la línea del cielo y el mar, inconsciente de mi presencia hasta que encendí el primer cigarrillo y me senté a su lado, ofreciéndole papel y picadura de nuevo.

Durante las siguientes jornadas mis pasos se encaminaron casi invariablemente hacia el puerto, pasando de largo la lonja y los amarres y acercándome hacia los bancos del espigón, en los que me esperaba Antón, siempre sentado en uno de los bancos de hierro, siempre mirando a lo lejos, siempre callado hasta que el humo nos hacía hablar. Y hablamos de muchas cosas. Él me contó de su vida de marinero, sesenta años en la mar, primero como aprendiz en el barco de su padre, luego como marinero mercante durante la guerra, muchos años viajando por el mundo hasta regresar a su lugar natal, encontrar acomodo en un barco pesquero y en los brazos de una hembra. Pasó sus años yendo del cálido abrazo de su mujer y sus hijos al abrazo salado y húmedo del mar y sus frutos, peleando para sacar a los peces de su regazo y llevarlos a la lonja, primero como tripulante, luego como capitán en su propio barco hasta que los huesos no le dejaron seguir. Ya hacía dos años que se había mudado con su hija a esta ciudad, después de quedarse solo tras morir su mujer, pero llevaba tanta agua salada en sus venas que todos los días se acercaba hasta el espigón, para poder sentirla cerca, para poder olerla y recibir en su cara su saludo salado, las gotas que le llegaban de las olas rompiendo en las rocas eran las lagrimas que vertía el mar por no poder estar con él, lágrimas que enmascaraban las de él, por no poder estar con ella…


jueves, enero 15, 2015

Ríos de tinta

"Lo primero que sientes es una opresión en el pecho, como si un fantasma hubiera metido su mano intangible entre tus costillas y, volviéndola sólida de nuevo, te apretara con ella el corazón, impidiendo que puedas concentrarte. Es un dolor rudo, constante, marrón, que te hace preguntarte si no estarás teniendo un infarto de esos que tanto se habla. 

Después comienzan a arderte los ojos. No importa lo que estés haciendo, los ojos comienzan a calentarse y, en respuesta, nubes de vapor se elevan en tu mirada, impidiéndote ver correctamente lo que pasa a tu alrededor, por mucho que parpadees no consigues aclarar tu visión.Y el calor sigue. Y entonces, de un lugar que nunca pensaste que existía, torrentes de agua inundan tus cuencas oculares, apagando los ardores pero elevando su temperatura. El líquido que desborda, corriendo por tus mejillas como un arroyo, está caliente, quema tu piel…

En ocasiones, el incendio es muy grande, demasiado para que puedas aguantarlo, y te encoges y te agitas, te revelas ante el dolor que te taladra la cabeza, ríos manan de sus ojos incandescentes, todas tus articulaciones se quejan ante la tensión…

Y al final, cuando todo ha acabado, cuando la presión sobre el corazón se disipa, cuando tu piel quemada deja de recibir el dolor que viene de la puerta de tu alma, ésta se serena. La pena que inició todo el proceso está ahí, aún no se ha ido, pero las lágrimas han apaciguado..."

Llorar, definición en la "Enciclopedia de las cosas extrañas"

martes, enero 06, 2015

Estos días azules y este sol de la infancia

El sol de la tarde caía sobre los campos, resaltando los colores al tiempo que proporcionaba una tibieza que su espalda agradecía. Ya había pasado la hora más calurosa del día y los chiquillos del barrio habían empezado a asaltar los sembrados de trigo aún verde, formando extraños caminos al aplastar las mieses. Desde el camino no era posible ver a esos grupos de muchachos y muchachas, enfrascados en quién sabe qué labores, escondidos entre los cultivos, pero el caminante sabía que existían, él había hecho lo mismo en esos cultivos cuando había sido más joven. Paseaba despacio, disfrutando de la sinfonía de sentidos: colores, olores, movimientos, el roce de una ligera brisa en la piel…

El verde de los trigales se rompía aquí y allí por gotas de sangre vegetal, amapolas que erguían la cabeza como para destacar en la alfombra de cereal. El paso de los intrusos dejaba notas de un verde más apagado, tanto más cuanto mayor fuese el tiempo pasado desde que los tallos se quebraron. Vistos desde un altozano, esos surcos podrían parecer corrientes en el mar de trigo que era la llanura.

Señalando la frontera entre los cultivos y el camino había un pequeño mundo de color: margaritas y manzanillas desplegaban sus banderas blancas y amarillas, atrayendo a multitud de insectos que las pintaban de motas negras; arvejas y malvas ponían los toques de azul, mientras que otras pequeñas flores, apenas visibles a ras de suelo, parecían pequeñas estrellas rosas sobre el cielo de tierra. Algunos de los chicuelos se encontraban agachados al borde del camino, arrancando con cuidado las flores de malva para chupar la gota de rocío que quedaba en ellas, con su sabor dulzón…

Mientras dejaba que su mano acariciase las puntas de los tallos de trigo al pasar, el viajero sonrió recordando haber hecho lo mismo en su infancia, transcurrida no muy lejos de esas tierras. En aquellos tiempos los niños también se escondían en los sembrados, jugando a juegos prohibidos que ahora le parecían inocentes: los primeros descubrimientos del otro sexo, la exploración y las preguntas, el primer beso, las tardes mirando las nubes desde un castillo vegetal…


“¿Alguna novedad?” preguntó el doctor mirando el monitor. En él aparecía un hombre, con una camisa de fuerza y encerrado en una habitación de paredes acolchadas, mirando fijamente hacia el frente.

“No, doctor, el paciente sigue en el mismo estado desde hace días: sin respuesta a los estímulos y con la mirada perdida. Bueno, quizás sí; hace un momento me ha parecido verle sonreír…”

miércoles, diciembre 17, 2014

Sazonas mi interior

Veía la lluvia caer sobre el valle mientras tomaba una taza de café humeante, asomado a la ventana del salón, escuchando el crepitar de los troncos que había echado al fuego apenas unos momentos antes. Había reparado el tejado justo a tiempo. Los últimos días de sol otoñal los había pasado limpiando el desván, sacando a ratones de sus madrigueras y a palomas de sus nidos, reemplazando tejas, maderas y recubrimientos podridos o rotos. Fueron días extenuantes, de trabajo duro y honrado, hecho con las manos, como le gustaba, aunque su espalda se lo negaba.

Las nubes de color acero corrían veloces sobre la montaña, manteniendo un cielo oscuro y húmedo sobre el valle, en el que de vez en cuando se dejaban ver fugaces unos jirones de azul, como jugando. Sabía que el agua que caía fertilizaría el terreno de su jardín, haciendo que las cenizas de sus recuerdos se mezclaran e integrarán con la tierra. Había plantado grupos de lavanda, tomillo y otras hierbas, buscando el equilibrio entre las distintas floraciones y sus necesidades de tener siempre alguna nota de color a la vista. Más adelante pensaba comprar unos plantones de cerezo y manzano, y tal vez un nogal, aunque dudaba sobre este último; tenía suficiente espacio, ¿pero tendría suficiente vida?

Al limpiar el terreno había mantenido la higuera que crecía salvaje sobre una de las esquinas del muro, quizás porque sus retorcidas ramas le recordaban un poco de su pasado. Algunas tardes las había pasado observando sus vueltas y revueltas, las hormigas subiendo por el tronco para arrancar las últimas mieles de los pulgones, las marcas de su corteza que evidenciaban los embates del tiempo y del abandono... Y sin embargo, crecía fuerte y sana a pesar de todo, con las raíces buscando la vida en las profundidades y sus hojas anhelando el cielo.

Un estallido en el hogar le sacó del ensueño. La madera de encina que había comprado al viejo del pueblo ardía bien y proporcionaba un calor que su cuerpo agradecía. Volviendo la mirada hacia el interior de la casa no pudo dejar de sentir un cierto orgullo. En apenas unas semanas aquel viejo caserón se había convertido en un refugio a su gusto, con muebles cómodos y agradables, algunos cuadros de amigos o comprados en sus viajes, recuerdos gratos esparcidos por todas partes. No obstante, aún sentía que quedaba mucho por hacer: tenía que renovar parte de la estructura de los dormitorios, demasiado vieja para aguantar el paso de las estaciones, construir una estantería para colocar sus libros, buscar un artesano que le hiciera un baúl como siempre soñó y colocar el viejo escritorio en la habitación que había preparado en el desván, bajo la claraboya que se había hecho instalar y que le permitiría ver el cielo de verano mientras escribía.


Sí, todo parecía ir en orden. Y por eso sabía que no duraría demasiado.

jueves, diciembre 04, 2014

viernes, noviembre 28, 2014

En el nombre del viento

Una corriente de aire furioso agitaba su pelo, podía sentir cómo se levantaba su escaso flequillo y el aire le tiraba de cada uno de sus cabellos, ese viento frío y juguetón que le ponía mechones tapando sus ojos o que tiraba de su cabeza casi con delicadeza.

El muchacho estaba feliz. Le gustaban mucho esos días de ventolera, sobre todo cuando podía disfrutarlos a solas, como ocurría esta vez. Una tromba del noreste recorría el pueblo, un vendaval que había espantado a todos los parroquianos, yendo de la mano de aguanieve y bajas temperaturas. El chico estaba convenientemente abrigado, llevaba un grueso jersey de lana de color marrón que le había tejido su madre, un jersey de cuello doble que con los años iría adelgazando como si pudiera compensar el aumento de kilos de su portador. Una parka de recia tela completaba su abrigo, abierta por delante para que los remolinos jugaran con ella como si fuera parte del cuerpo infantil, creando alas para su imaginación desbocada... 

Recorría el niño las calles en dirección a la casa de su abuelo, apenas consciente del frío que reinaba en ellas. Sólo tenía pensamientos para el ventarrón, para ese viento amigo que le hacía volar en las noches más alegres, para ese ligero compañero que en esas ocasiones le permitía ver el mundo desde arriba, evitando que la soledad se adueñara de él.

Pasó el tiempo y ese niño creció, aumentó su perímetro y su altura, pero su alma no estiró su volumen de la misma manera, siendo incapaz de llenar todo el cuerpo, como esos trajes de una talla mayor que nuestras madres nos compraban para que sirvieran durante muchos años. Por eso la voluntad del chico, a veces, no llegaba a todas partes: así, cuando estaba en su cabeza los pies permanecían en automático, llevando al muchacho por el pueblo sin rumbo.

Habían pasado los años pero aún gustaba de esos días de ventolera, con el aire corriendo por entre las calles, aullando por las rendijas, provocando que los vecinos se encerraran, jugando con las hojas del olmo de la plaza, con los papeles que huían para encontrarse con los pájaros allá en lo alto…

Aquella semana las previsiones del tiempo habían sido muy claras: se acercaba una gran galerna, con lluvias torrenciales y rachas de aire que podían llegar a categoría de huracán, restos de un ciclón tropical de los que llegaban a esas tierras muy de vez en vez. Esa tarde el muchacho, ya hombre, salió de su casa con un viejo abrigo negro y un paraguas desvencijado, camino de la parroquia donde ayudaba al clérigo en las misas. Por el camino el aire comenzó a tentarle, a jugar con él, volteando su paraguas, haciendo que el pelo de la nuca se le levantase, a empujarle a la carrera en la calle Ancha, a intentar colarse por debajo de su abrigo… Las ventoleras, repentinas y muy fuertes, le iban guiando hacia las afueras del pueblo, hacia el inicio de la carretera. No podía rechazar la invitación del viento…

viernes, noviembre 07, 2014

Haiku con sobrepeso

Y se encerró cada vez más en su pequeño rincón del mundo, dejando morir las relaciones con su familia y amigos, perdiendo el contacto con la realidad cotidiana, hasta que se descubrió solo y perdido en un diminuto punto final.

martes, septiembre 16, 2014

No hablar es morir entre los seres

Llega el momento en que algo en tu interior se rompe, tú lo sabes bien, y a mí me llegó aquella tarde en la arboleda. Estábamos sentados en un banco del parque, tú leyendo el periódico mientras yo me calentaba al sol de febrero, los ojos cerrados, mi mente vagando. Y de repente, al abrir los ojos y verte ahí, a mi lado, un hombre cuarentón, gris, amable sí, pero sin ninguna chispa, me pregunté qué demonios hacía con mi vida, y a dónde iba contigo.

Me lo notaste enseguida, al girar la cabeza para mirarme. “¿Estas bien?” preguntaste, sin mucho interés, lo sé. “Nada, no me pasa nada. La luz del sol me ha deslumbrado”, respondí, y volviste a tu lectura, tranquilizado.

Pasaron los meses, y esa pequeña semilla de desazón que germinó aquel día no dejaba de crecer, alimentada por todas aquellas cosas que iba redescubriendo o en las que no me había fijado hasta ahora; tal vez no me hubieran importado antes, pero mi nueva yo se había vuelto intolerante, muy intolerante. Me desagradaba verte caminar en calzoncillos por la casa, tu falta de interés por mi día cotidiano, ese aire ausente que siempre tenías en las comidas; detestaba las tardes de paseo por el parque, ese “salir a tomar el aire” que tanto te satisfacía; incluso llegué a sentir asco algunas mañanas al despertar a tu lado y ver lo gris que era la casa en la que vivía.

Al principio traté de no hacer caso a estos sentimientos, de achacarlos al cambio de tiempo, a mis hormonas, a un cansancio inexistente, a… Tantas cosas intenté sin resultado. Luego, una tarde de otoño llegaste a casa con la noticia de que tenías que viajar unos días, que estarías fuera por necesidades de trabajo, un cliente en no sé dónde. “Por fin”, pensé, “unos días para mí”, y te ayudé a preparar la maleta, la ropa, los útiles del baño, los papeles. Te acompañé a la estación, y mientras veía como el tren se alejaba sentía mi cuerpo más y más ligero. 

Volví caminando, saboreando una libertad que creía reencontrada, entré en casa y preparé una pequeña maleta con cuatro cosas. Había decidido vivir esos días en una pequeña pensión del centro, no quería estar en casa, no quería sentir el polvo, la opresión que me embargaba en algunas habitaciones. Al salir me vi reflejada en el espejo de la entrada: una mujer joven, con el rostro arrebatado, las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la expresión de alguien que saborea el aire marino por primera vez. 

lunes, junio 30, 2014

La magía de la memoria

La casa estaba fría y oscura. Nadie había vuelto a ir desde el funeral, y el polvo comenzaba a acumularse sobre los estantes y los viejos trabajos de madera del abuelo. Yo no había podido ir a su funeral por razones de trabajo y ahora me acercaba a su casa con la intención de despedirme de él, a mi manera.

Mi tía me había dejado la llave, una de esas grandes llaves de hierro de las viejas casonas. “Puedes estar todo el tiempo que quieras”, me había dicho y yo planeaba tomarle la palabra. Aún no se había procedido al reparto de las cosas que había dentro de la casa, mis tías y tíos estaban esperando a que todos los hijos se reunieran en las próximas fiestas del pueblo, no había prisa. Mi abuelo ya había dejado todos sus asuntos en orden hace muchos años, cuando murió mi abuela, y todos los hermanos sabían qué pertenecía a cada uno.

Yo era el nieto primero, y, en consideración a mis largos viajes y extraños hábitos de trabajo, me habían dejado elegir entre las muchas cosas de mi abuelo. No había querido nada. Me parecía una costumbre tan bárbara esa de repartir las pertenencias del muerto que, educada y firmemente, les había agradecido y rechazado el ofrecimiento. “Ya tengo muchos recuerdos con él”, les había dicho.

Todo eso resonaba en mi memoria mientras subía por las escaleras de madera de roble hasta el primer piso, mis pasos crujiendo sobre las antiguas vigas, provocando ecos sobre las vacías habitaciones. Mis recuerdos me llevaron por toda la casa, mis dedos dejaron marcas sobre el polvo de aquellos sitios que recordaba tan bien: el arcón donde se guardaba el pan recién hecho en el horno aún tenía ese olor tan familiar, a harina y a leña vieja, a humo y tahona; la habitación en la que pasaba los veranos, con su cama de hierro forjado y el colchón de lana, tan blandito y cálido; la despensa, con sus enormes tinajas hundidas en la tierra, donde aún se veía el brillo del aceite de la última cosecha; el balcón, donde mi abuela pasaba las tardes de invierno viendo a la gente pasar por la calle mientras sus huesos se calentaban con el sol poniente…

El despacho de mi abuelo siempre fue un lugar mágico en mi infancia. Tantos libros, tantos colores, como aquel inmenso atlas que tenía todos los países dibujados para que mi imaginación los poblara de seres y batallas, tirado sobre el suelo y moviendo tropas con un dedo. Ahora estaba tranquilo y oscuro. Me senté en su sillón, detrás de la gran mesa de caoba que fue su lugar de trabajo durante tantos años, sintiendo su presencia en las formas y huecos que tenía. Sobre la mesa seguían sus cosas: una lupa, un cajoncito con folios en blanco para escribir, la vieja escribanía de plata que le regalaron a mi abuelo al jubilarse, ahora un poco gris por falta de cuidados, un antiguo secante para sus firmas con pluma y tinta, un marco de madera vacío…

Viendo ese marco mi mente regresó a aquella tarde en que, después de estar enredando un buen rato por la habitación, mi mirada infantil se fijó en aquellas cuatro tablas de madera. Ya había visto en otros sitios que la gente mayor tenía esos extraños cuadrados encima de las mesas o de las repisas, pero todos los que había visto hasta ahora tenían una fotografía o un dibujo dentro del cuadrado (incluso había algunos con mi imagen en casa). Pero el que estaba en la mesa del abuelo no tenía nada, como pudo comprobar mi manita al pasar por el espacio vacío.

“Abuelo, ¿por qué no tienes nada aquí?” le pregunté. Él me miró sonriendo, se quitó las gafas y me levantó del suelo para ponerme en sus rodillas. “Ah, pero el caso es que sí tiene, este es un marco mágico, ¿sabes? Si me fijo bien, puedo ver a tu abuela como la vi la primera vez que nos conocimos, con aquel vestido rojo tan bonito. O puedo ver a mis padres el día de nuestra boda, tan orgullosos y emocionados que casi parecían ellos los novios. Otras veces veo a tu madre, pequeña y frágil, corriendo por esta misma habitación como lo haces tú, o sentada con tu abuela en aquel rincón cosiendo. Puedo ver a tu tío Modesto antes de irse a hacer el servicio, tan marcial con aquel uniforme. Y cuando no estás aquí, te puedo ver en ese marco tan pequeño y desvalido como me pareciste al entrar en mi casa por primera vez.”

Yo miraba y miraba, y lo único que podía ver era la puerta del despacho a través del marco de madera. “Abuelo, no me engañes. No es mágico, no se ve nada.” Él volvía a sonreír, me bajaba al suelo y, tomándome de la mano, me llevaba con mi madre a tomar la merienda.

Ahora miró ese viejo y deslustrado recuadro y sé que mi abuelo tenía razón. Le veo a él, con su traje negro de sus últimos años, paseando con su bastón y la boina que nunca se quitaba. Puedo contemplar su expresión cuando regresé del extranjero por vez primera, sus lágrimas de orgullo y satisfacción. No solo eso. Veo a mis padres esperándome a la salida del colegio, a mi hermana correr delante de mí en los prados del norte, a Rebeca sonriéndome una mañana al despertar en nuestra cama…



El tren traquetea llevándome de vuelta a la ciudad. Sentado al lado de la ventana veo pasar los campos y dehesas de mi juventud. En mi maleta, envuelto entre periódicos para protegerlo, el marco mágico de mi abuelo, y con él, mi niñez y mi vida entera…

jueves, junio 26, 2014

A veces es azúcar...

Me acuesto y la noche alarga sus horas. Los minutos se hacen eternos mientras mi cama se hace más grande cada vez, aumentando mi soledad. Cierro los ojos e imagino mundos en los que podría ser feliz, a sabiendas de que se trata de un placebo que utilizo para que mi mente desvaríe y no se centre en tu pensamiento. Por eras paseo por esos mundos, me obligo a recorrer infinitos, a que mi cerebro se canse para poder descansar, en vano.

Durante esas pocas horas he recorrido cada noche miles de planetas, volado a través de los espacios sin sonido y navegado por los mares más tormentosos, he vivido en casas bajo las olas y he sentido el aire al atravesar nubes con mi cuerpo desnudo, he viajado a miles de lugares de mi memoria y a otros tantos que nunca he conocido y en los que sin embargo me encuentro como en mi casa…


Despierto en la mañana al sentir la presión de la luz sobre mis ojos. Mi gato me espera, sabe que he de darle de comer, que empieza la rutina de un nuevo día, que tu imagen vuelve a ocupar mi cabeza y mi ser. Siento las sabanas vacías, el lugar en el que deberías estar tú, mi ancla, mi libertad, mi prisión, mi cielo azul…

martes, junio 24, 2014

Fin de curso

Leía el otro día un artículo en el periódico sobre Salou, al parecer convertida en la ciudad preferida por los alumnos de 4º de ESO para celebrar el fin de selectividad, y vinieron a mi mente las imágenes de mi propio viaje, ya hace tantos años. Entonces Salou ya tenía su fama, era un centro de verano en la Costa Brava, con muchos hoteles, apartamentos, algunas discotecas, muchos bares enfocados a la clientela británica, supermercados…

Eramos un grupo de lo que entonces se llamaba COU. No habíamos terminado la selectividad, ni íbamos solos como los chicos de ahora; con nosotros vinieron la profe de física y el de inglés, el preferido de las chicas del instituto. Era el viaje de fin de curso, por el que habíamos estado trabajando todo el año, vendiendo bocadillos, haciendo fiestas en el gimnasio… Un largo viaje en tren desde Madrid para llegar y disfrutar de unos pocos días de sol, playa, amigos, discotecas...

Muchos recuerdos de ese viaje. La marcha nocturna a Tarragona, a la discoteca; la tarde en mi habitación tocando la guitarra, los desayunos comunales en la habitación de las chicas, sentados en la playa con el parka puesto, el mar elevando mi cuerpo, las voces en el rompeolas, las quejas de los vecinos por el ruido…

El profesor de inglés enfermó, no recuerdo si fue real o simplemente para darnos algún tipo de lección. Estábamos todos preocupados, no sabíamos qué hacer. Asomados a la puerta de su habitación, recuerdo haber oído a Mar decir “Y si se muere, ¿nos devuelven el dinero?”.

De ese viaje siempr me viene a la memoria otra anécdota. Ocurrió en el único apartamento mixto que había, en la que estaba uno de los guapos del grupo, Alberto, luego cantante en un grupo famoso en el que lleva muchos más años de los que parece. Alberto iba con su guitarra, a primera hora de la mañana (debía ser mediodía, por tanto) pasando delante de uno de los dormitorios de las chicas cuando se escuchó una voz desde dentro, “Alberto, pasa y tocanos algo”. La calenturienta y rápida mente de chavales adolescentes, con las hormonas en ebullición, hizo el resto.

Qué rápidos han pasado estos años. Ya Pedro no se pone el sujetador de una compañera con unas naranjas para celebrar su cumpleaños, ni Ana muestra su bikini por los pasillos del hotel. No sabe igual el desayuno, ni el mar es tan cristalino como lo es en mis recuerdos, aunque las risas siguen sonando con la misma fuerza de entonces.


sábado, junio 21, 2014

En aquel tiempo perdido

He tomado la costumbre de salir al balcón por las noches, antes de acostarme y cerrar el día. Con una copa de vino o un cigarrillo abro las ventanas y me asomo por la baranda, sintiendo como me envuelve la noche. Es tarde, me he acostumbrado a hacer largas las anochecidas ya que mi sueño es ligero y sobresaltado. No hay luces, mi terraza se asoma sobre una parte del pueblo que no tiene farolas a la vista, solo algunas bombillas se estremecen en invierno, y algunas ventanas se perfilan en la oscuridad del verano. Apenas unos conos amarillos destacan contra el fondo de las casas apagadas…

Es mi momento, los instantes en los que dejo que me cerebro descanse, que sea dominado por los sentidos sin elaborar sensaciones ni crear pensamientos conscientes. Observo las estrellas perfilarse contra las montañas, oscuro azabache contra un mar de perlas; la luna pasea entre ellas, haciendo que palidezcan y desaparezcan ante su brillo. Un búho ulula a lo lejos, llamando a su pareja a volver al nido mientras escucho el sonido del viento en los pinares de la umbría. Una polilla despistada se acerca a la brasa fugaz de mi cigarrillo, para desaparecer después, confundida y en busca de otras luces más poderosas.

El vino y el tabaco saben mejor en esos instantes, pareciera que todos mis sentidos se agudizan y que fuera capaz de reconocer el mundo con ellos: bayas de otoño y madera en mi copa, sol y tierra en mi mano, el frescor del vidrio contra la suavidad del papel de fumar, el peso menguante del vaso contra el calor del pequeño sol que me consume…

Son apenas unos minutos, tal vez ni siquiera eso, un instante que me refresca, que me calma y tranquiliza, dejando que los fantasmas y preocupaciones se aposenten en mi mente, quietos y sesteando para cuando el nuevo sol me despierte de mi sueño, para volver a empezar ese ciclo eterno de vida y muerte, de arena y nieve, de niebla y lluvia, en que se han convertido mis días.

viernes, abril 18, 2014

Hefesto

El mundo no se había acabado pero le habían dado un buen golpe. Eso era lo que pensaba Daniel mientras miraba el incendio desde su porche. El fuego se extendía por casi toda la línea del horizonte, lenguas rojas contra el fondo de la noche, devorando miles de hectáreas de matorral, casas, cultivos, vidas humanas…

Se había iniciado tres días atrás. Los noticieros habían dicho que los bomberos encontraron tres brotes diferentes a varios kilómetros entre sí. El fuerte viento y la sequía habían hecho el resto; ahora era una catástrofe de proporciones bíblicas, cientos de personas habían sido evacuadas, las comunicaciones entre la capital y la costa se habían interrumpido, varias urbanizaciones y pueblos habían quedado reducidos a cenizas, las pérdidas se estimaban en miles de millones…

Volvió a entrar. La luz de las llamas no le dejaba ver las estrellas con tranquilidad. Su casa se encontraba a sotavento, por lo que no había peligro y por eso no le habían obligado a marcharse todavía. Todo podía cambiar con un cambio en la dirección del viento. Unas horas y toda su vida, sus recuerdos, su pasado, quedaría reducido a brasas y escoria. Contemplo el salón con otra mirada. ¿Qué salvaría si pudiera? ¿Las fotos de los abuelos? ¿Los títulos de propiedad? ¿Los cuadros? ¿El oso de peluche de Sonia? El recuerdo de la niña le hizo sonreír. Seguramente ahora estaría en el porche, apoyada contra la barandilla, su rubia melena suelta y enmarañada, descalza, mirando al desastre como miraba la chimenea en el invierno. Y luego preguntaría: “El fuego es un ser vivo, ¿verdad?”

Se acercó a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Las cañerías que llevaban el agua desde el depósito en la montaña a su casa estaban ahora bajo el calor del incendio y, aunque enterradas y a salvo, el agua que traían estaba templada, así que tenía que tener siempre unas botellas en la nevera para poder beber agua fresca. Pensó en servirse un whisky. Era viernes por la noche, y normalmente lo hacía antes de irse a la cama, pero esa noche no le apetecía.

Se sentó en el sillón, mirando a la ventana, y a través de ella a la furia del fuego que se desataba en el horizonte. A pesar de la lejanía, casi podía oír el estallido de los pinos al calentarse y explotar la savia que corría por su interior, podía ver arder las diminutas hojas con pavesas que flotaban en el aire caliente, podía sentir el vapor que provocaba el agua que lanzaban los aviones traídos desde el norte, saborear el sudor de voluntarios y bomberos, batallando contra un enemigo al que no podían vencer. El olor a madera quemada y azufre le llenaba el olfato y, aunque sabía que no podía ser (el viento soplaba en dirección contraria), le parecía escuchar gritos y órdenes, el fragor de los árboles ardiendo, explosiones de calderas en las casas, el estruendo de las ventanas que se quebraban por el calor, el borboteo de las telas asfálticas de los tejados al fundirse…

En su mente veía lagos de petróleo eternamente en llamas, el cielo siempre cubierto por el humo que producían los pozos ardiendo. Si miraba a lo lejos las capas de aire en movimiento hacían que los objetos distantes danzasen para él. Hacía calor. El suelo quemaba tanto que lo podía sentir a través de sus pies descalzos… espera, ¿descalzos? No podía ser, el calor debería quemarle, veía como pequeñas llamaradas saltaban a su alrededor, pequeños golpes de metano que ardían en contacto con el aire. Y sin embargo, él caminaba sin sentir nada, como si fuera su hogar. Su mano acariciaba las llamas que lamían los grandes troncos, y ellas se enroscaban melosas en sus brazos, buscando su contacto, ser uno con él. En su sueño febril atravesaba casas haciendo que ardieran a su contacto, podía lanzar llamas desde sus dedos, atrapando entre ellas a bomberos perdidos, se regodeaba con sus gritos…

Abrió los ojos asustado. Estaba sudado y sediento. Las imágenes del sueño aún parpadeaban en su cabeza, aunque perdían luminosidad y nitidez por segundos. Se levantó y en la cocina se echó un poco de agua por la cara y nuca, refrescando su mente. El incendio seguía devorando el horizonte, tal vez un poco más feroz que antes, no podía asegurarlo. A la luz lejana de sus llamas, Daniel pudo ver cómo un círculo perfecto de ceniza rodeaba el sillón en el que había estado soñando con fuego unos segundos atrás, cenizas que olían a hojas, troncos, plásticos, huesos…

domingo, abril 13, 2014

En el valle de los recuerdos

La tarde se desvanece mientras el sol se va ocultando entre las brumas de la montaña. A esta hora del día me gusta sentarme en la terraza, observando cómo las sombras van tomando posesión del valle, ver como lentamente los colores luchan contra la oscuridad y desaparecen con las horas. Una de las razones por las que elegí pasar mis últimos años en estas tierras es la policromía del paisaje, cómo el ocre del desierto da paso al azul del río y a los distintos marrones y verdes de las montañas que protegen el horizonte.

Mientras veo acercarse la noche recuerdo otros atardeceres, otras vigilias. Ya soy un anciano, mi vida llega a su fin, lo he sabido desde hace años y no tengo miedo. He recorrido el mundo y conocido gentes que para otros son leyendas, he sentido el abrazo de los dioses y el aliento de la muerte en varias ocasiones. He matado, casi siempre para no ser muerto por otras manos, y no me arrepiento.

Un leve ruido en la alcoba. Ella duerme, su cuerpo desnudo sobre la cama a pesar del frescor del atardecer. La observo respirar calmada, sus sueños tranquilos, o eso quiero creer. Ya hace dos años que está en mi casa, que calienta mis pobres huesos por las noches, unos huesos que ya no pueden generar calor por sí mismos… Desde mi asiento casi puedo sentir su perfume, una mezcla de jazmín y arena, de agua y hierba fresca, algo indefinido que llegó a embriagarme alguna vez. Ya no. Mi mente puede que todavía piense en los placeres de la vida, pero mi cuerpo sólo pide descanso…

Un último rayo de sol aparece entre las nubes, la despedida del astro hasta el día siguiente. La luz juguetea con su piel, crea sombras e ilumina rincones ocultos. Mi cerebro convierte esas imágenes en recuerdos, en otra piel, otras sombras, un cabello dorado al viento, una risa contagiosa, unas manos suaves y frías…

Cuando enjuago las lágrimas de mis ojos el sol ya se ha ido, y la habitación se encuentra de nuevo en penumbra. El cuerpo de Atelis parece brillar encima de la cama, y la luz que emerge de sus ojos me dice que me observa, que conoce de mi pena y mis dolores y que ha sido enviada para mitigarlos. Su sonrisa me llama, haciendo que mis debilitadas piernas se acerquen al lecho, donde ella me abraza y reconforta hasta que el sueño me acoge en su seno…

Se me ha conocido por muchos nombres, pero ella me llamaba Perseo y esta es nuestra historia.