lunes, mayo 30, 2011
miércoles, mayo 25, 2011
Cintura de cristal
Ella se acuesta en la cama, y el mundo se recuesta a su lado para observar su descanso.
Ella se baña, y las gotas de agua se demoran por su piel, ansiosas de sentir su caricia.
Ella pasea por la calle, y el viento se arremolina a su alrededor, deseoso de su perfume.
Ella camina por la playa, y el mar lucha por alcanzar sus pies, cambiando mareas.
Ella me mira, y el universo se apaga, dos únicos puntos de luz marcan mi vida.
Ella habla, y me hace el hombre más feliz con dos palabras.
Ella me toca, y mi corazón se para.
Ella se baña, y las gotas de agua se demoran por su piel, ansiosas de sentir su caricia.
Ella pasea por la calle, y el viento se arremolina a su alrededor, deseoso de su perfume.
Ella camina por la playa, y el mar lucha por alcanzar sus pies, cambiando mareas.
Ella me mira, y el universo se apaga, dos únicos puntos de luz marcan mi vida.
Ella habla, y me hace el hombre más feliz con dos palabras.
Ella me toca, y mi corazón se para.
Ella no está, y tengo que seguir mi vida.
sábado, mayo 21, 2011
El arbol de lilas
Espero que este hermoso texto les emocione como a mí.
Espero.
Espero.
Espero.
Espero.
DOS
Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar, y tenía prisa.
El la vio pasar, alejarse, volverse pequeña, desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.
No lo creo, me voy, dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.
Te esperaba hace tiempo, ahora no, dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.
No, no soy yo, dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.
Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
Te espero.
UNO
Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.
Pasó un señor rico y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de trabajar y hacer dinero?
Y el hombre le contestó:Espero.
Pasó una mujer hermosa y le preguntó: ¿Qué hace sentado bajo este árbol, en vez de conquistarme?
Y el hombre le contestó:Espero.
Pasó un niño y le preguntó: ¿Qué hace Usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
Y el hombre le contestó:Espero.
Pasó la madre y le preguntó: ¿Qué hace este hijo mío, sentado bajo un árbol, en vez de ser feliz?
Y el hombre le contestó:Espero.
DOS
Ella salió de su casa.
Cruzó la calle, atravesó la plaza y pasó junto al árbol florecido de lilas.
Miró rápidamente al hombre. Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar, y tenía prisa.
El la vio pasar, alejarse, volverse pequeña, desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.
Ella fue por el mundo a buscar.
Por el mundo entero.
Por el mundo entero.
En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?
Lo siento, pero no, dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.
Lo siento, pero no, dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.
En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?Ella preguntó:
No lo creo, me voy, dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.
En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?Ella preguntó:
Te esperaba hace tiempo, ahora no, dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.
En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
¿Sos el que busco?Ella preguntó:
No, no soy yo, dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.
TRES
Ella siguió por el mundo buscando, por el mundo entero.
Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
El que buscas espera, bajo un árbol, en una plaza.Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
Ella recordó al hombre con los ojos de agua, al que tenía las manos de seda, al de los pies de alas y al que tenía la voz quebrada.
Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
Y después se acordó de una plaza, de un árbol que tenía flores lilas, y del hombre que estaba sentado a su sombra.
Entonces se volvió sobre sus pasos, bajó la cuesta, y atravesó el mundo. El mundo entero.
Llegó a su pueblo, cruzó la plaza, caminó hasta el árbol y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?
Y el hombre dijo con la voz quebrada:Te espero.
Después él levantó la cabeza y ella vio que tenía los ojos de agua, la acarició y ella supo que tenía las manos de seda, la llevó a volar y ella supo que tenía también los pies de alas.
http://www.teresaandruetto.com.ar/el-arbol-de-lilas.htm
Beso mojado de mariposa
Sus ojos color aguamarina parpadearon cuando la luz del sol les dio de frente, al salir de una nube, y tuvo que poner su mano sobre ellos para poder seguir viendo la playa. Él seguía paseando, como la primera vez que lo descubrió, escondida tras las rocas, observando el mar desde su escondite. Acostumbraba a pasar largas horas en esa posición; llegaba por la mañana, con la marea, y se sentaba en esa roca, a cubierto de la espuma y del viento, pasando las horas muertas mirando cómo las olas llegaban y se iban, viendo cómo las gaviotas se peleaban por los pocos desperdicios que el mar llevaba a esa playa. Era su refugio, el lugar donde sus pensamientos se hacían más claros, un sitio solitario y suyo, donde se permitía soñar, hasta que él llegó.
Esa mañana se había sentado en su roca, como de costumbre, acomodando su cuerpo a las oquedades del granito, moldeadas por las salpicaduras del océano durante eones, cuando le vio. Una pequeña figura en el lado más alejado de la playa, caminando hacia ella. En un principio le entró pánico, nunca había estado en presencia de un hombre, miró a su alrededor para encontrar un lugar dónde camuflarse, y lo encontró en un hueco hecho entre las rocas, producto de un derrumbamiento del acantilado en una tormenta lejana, desde donde podía ver sin ser vista. Allí se escondió, su primer impulso de huir vencido por su curiosidad.
El hombre continúo caminando, con paso tranquilo, no parecía tener prisa. Al poco se detuvo, y se sentó en la playa, su mirada ahora perdida en el mar. Desde su escondite podía verle claramente ahora: era un hombre joven, de fuertes manos, pelo negro como la tinta de calamar, y unos ojos claros como aguas poco profundas y cristalinas. No se movía, como si estuviera petrificado en coral, y así permaneció durante un largo rato, mirando las olas sin hacer o decir nada. Mientras, ella se preguntaba quién era, qué hacía en esa playa tan alejada de cualquier población…
Esto se repitió durante los días siguientes. El hombre llegaba a la playa, caminando o en ocasiones sobre un gran caballo de batalla, se sentaba en un lugar por encima del límite de la marea, y permanecía allí largas horas, mientras el caballo pastaba en las dunas. Las gaviotas volaban a su alrededor, a veces se posaban cerca, pero su mirada siempre estaba fija en la lejanía, como si esperase la llegada de algún barco a esa playa perdida. En algún momento, sin aviso ninguno, se levantaba y se iba por el mismo camino.
Ella se acostumbró a su presencia, a esconderse en el hueco en cuanto lo veía aparecer por la playa, en observar cómo caminaba hacia ella, en verlo sentado, a su alcance, pero lejos de ella. A veces, el viento le traía las palabras que ella creía que salían de su boca, un lenguaje desconocido pero fascinante para ella. Aprendió a conocer su estado de ánimo: solía llegar pensativo, melancólico, sus pasos iban despacio por la arena, sin preocuparse de las olas que lamían sus pies. Una vez, desmontó del caballo con rabia, golpeando la playa con sus manos, lanzando granos de arena al viento en su furia, hasta que se calmó, y se sentó a mirar el mar; esa mañana ella pudo ver cómo surgía el agua de sus ojos, y se sorprendió con el corazón herido, como si su pecho no fuera suficientemente grande... Siempre se iba tranquilo, sus pasos fuertes y seguros, el cabello al viento, como si el tiempo pasado en la playa le hubiera calmado, como si necesitara el mar para sentirse en paz.
Dejó de tenerle miedo, y poco a poco sus sentimientos hacía él cambiaron. Lo imaginaba un hombre sensible, movido por las mareas, fuerte como el oleaje, sereno como las profundidades… Comenzó a aparecer en sus sueños, unos ojos azules que la miraban desde más allá de la playa, una sonrisa que era para ella… Muchas veces quiso decirle algo, salir de su escondite, mostrarse, hablar con él, pero siempre sucedía algo: él se levantaba, un cangrejo llamaba su atención, una gaviota se acercaba demasiado a él…
Esa mañana llegó más temprano que de costumbre a su lugar. Lo había decidido. Había pasado la noche en vela, pensando, discutiendo consigo misma, y había decidido que hoy sería el día. Él no podía hacerla daño, era un hombre sensible, amoroso, se alegraría de verla, podrían pasar el tiempo juntos, ver el mar tomados de la mano…
Su corazón saltó cuando le vio aparecer a lo lejos, su figura perfilándose en la bruma de la mañana. Se levantó, elevó su mano y estaba a punto de llamarlo cuando la vio… otra figura que iba con él, un destello dorado en el cabello, una mano que iba sujeta con la mano de él. El viento traicionero le llevó las palabras de ambos, mientras se escondía de nuevo: no entendía el sonido, pero las risas eran claras. Los vio correr por la playa tomados de la mano, le vio a él elevarla a lo alto con sus manos en la cintura de ella, les vio tocarse las caras…
Con una flexión de su poderosa cola, la sirena saltó desde la roca desde dónde estaba, nadando entre los bancos de algas de la costa, buscando las profundidades oscuras y silenciosas, donde pudiera acallar el dolor de su corazón.
lunes, mayo 16, 2011
Tres colores
Verde.
Túneles que horadan la montaña, permitiendo que me acerque cada vez más a ti. Un grajo que recorre el aire, atravesando el verde de fondo como una nota de color fugaz y rebelde. Pizarra en los techos de las casas, casas antiguas, casas en ruinas o habitadas, formando pequeños pueblos o aisladas en medio del monte, en medio de los prados, en medio de los arboles, ves caminos perdidos que conducen a ellas. La montaña que se desgaja al cruce del camino, heridas apuntaladas con hierro para que no se cierren, ofreciendo miles de tonos grises y negros, marcados por los regatos y manantiales que brotan de la tierra.
Blanco.
Pinos marchando marciales a ambos lados del camino. Eucaliptos formados por todas partes, inhiestos, orgullosos de su altura, de su crecimiento. Manzanos, sauces, castaños, todos mostrando el color de la primavera en sus hojas nuevas, en sus brotes, cubriendo la tierra y la montaña. Helechos nuevos que aparecen entre las arboledas, con sus hojas abiertas y cerrando la luz del sol al suelo bajo ellos. Oscuras enredaderas que suben al cielo. Verduras, grelos, maíz, el fruto del trabajo del hombre y la mujer creciendo en parcelas cerca de casas y caseríos, a veces verás aldeanos trabajando en ellas, agachados y como pequeñas hormigas obreras en la lejanía. Grandes pastos y praderas, alimento de vacas y caballos, que aparecen en el fondo de los valles y en las faldas del monte.
Negro.
Túneles que horadan la montaña, permitiendo que me acerque cada vez más a ti. Un grajo que recorre el aire, atravesando el verde de fondo como una nota de color fugaz y rebelde. Pizarra en los techos de las casas, casas antiguas, casas en ruinas o habitadas, formando pequeños pueblos o aisladas en medio del monte, en medio de los prados, en medio de los arboles, ves caminos perdidos que conducen a ellas. La montaña que se desgaja al cruce del camino, heridas apuntaladas con hierro para que no se cierren, ofreciendo miles de tonos grises y negros, marcados por los regatos y manantiales que brotan de la tierra.
Blanco.
El brezo que salpica la sierra, apareciendo aquí y allí, en grupos o aislado, sus pequeñas flores destacando como un aviso sobre el uniforme color del monte. De vez en cuando se ve un tocón, un árbol muerto cubierto por liquen, abriendo un claro en el mar esmeralda que recorre nuestra vista. La línea blanca que me marca el camino hacia el encuentro con tus labios…
Y el mar, azul, lejano…
sábado, mayo 14, 2011
Fuego en la lluvia
Siguieron hablando durante toda la noche, desnudos y abrazados en la cama de él. Habían alcanzado un grado de intimidad tal que los silencios eran a veces más elocuentes que las palabras, las caricias más expresivas que las declaraciones de amor. Hablaron durante horas, mientras el tiempo pasaba lentamente, mientras la noche se convertía en madrugada, hasta que se durmieron con las primeras luces del alba, ella con su cabeza apoyada en el pecho de él, acunada por el rítmico y poderoso latir de su corazón.
Se habían encontrado por casualidad la tarde anterior, en la estación de autobuses del pueblo, él llegando de la capital donde trabajaba de lunes a viernes, ella tomando un coche hacia su casa, en las afueras del pueblo. Se habían reconocido casi al instante, y la vieja atracción había renacido, avivando brasas antiguas y poderosas. Esa noche la habían pasado en un hotel en los suburbios, incapaces de contenerse y deseosos de intimidad. Las viejas bromas habían vuelto a surgir, una excusa para acercarse el uno al otro, un pretexto que les ayudó a besarse la primera vez, y la segunda y la tercera…
Clara despertó unas horas después, con el cuerpo dolorido por la noche anterior, y sola. Buscó con la mano y con la mirada su presencia en la cama, y sólo pudo captar el leve olor de su cuerpo, algo más intenso en la almohada. Comprendiendo que él se había marchado, Clara se abrazó a la almohada, aspirando de nuevo su aroma mientras las lágrimas caían sobre el tejido…
Él, mientras tanto, caminaba por el pueblo, incapaz de dormir, de acallar su corazón ante el cuerpo dulce y hermoso de Clara; había salido de la habitación para dejarla descansar, una vez que había comprobado que el sueño le rehuía cuando estaba con ella, deseoso de grabar y retener cada momento. Los leves movimientos de su cuerpo, los ligeros espasmos que la sacudían antes de dormirse profundamente le habían parecido demasiado preciosos como para estropearlos con su presencia en esa estrecha cama de hotel barato.
Se volvieron a encontrar en el desayuno. Clara vestía un sencillo un pantalón vaquero y una camisa a juego con sus ojos azabache, él con el sueño aún pegado a sus pestañas y el corazón galopando al ver su belleza. Después de desayunar salieron de la mano a recorrer la zona, subidos en el coche que él había alquilado el día anterior. Pararon en una playa escondida, donde pasearon abrazados durante largo rato; el permanecía en silencio, observando el mar, pensando en las horas que habían pasado juntos, en las horas que les quedaban, al mismo tiempo que era consciente de su cuerpo a su lado, del calor de su piel, del roce de sus labios cuando se besaban…
Se habían encontrado por casualidad la tarde anterior, en la estación de autobuses del pueblo, él llegando de la capital donde trabajaba de lunes a viernes, ella tomando un coche hacia su casa, en las afueras del pueblo. Se habían reconocido casi al instante, y la vieja atracción había renacido, avivando brasas antiguas y poderosas. Esa noche la habían pasado en un hotel en los suburbios, incapaces de contenerse y deseosos de intimidad. Las viejas bromas habían vuelto a surgir, una excusa para acercarse el uno al otro, un pretexto que les ayudó a besarse la primera vez, y la segunda y la tercera…
Clara despertó unas horas después, con el cuerpo dolorido por la noche anterior, y sola. Buscó con la mano y con la mirada su presencia en la cama, y sólo pudo captar el leve olor de su cuerpo, algo más intenso en la almohada. Comprendiendo que él se había marchado, Clara se abrazó a la almohada, aspirando de nuevo su aroma mientras las lágrimas caían sobre el tejido…
Él, mientras tanto, caminaba por el pueblo, incapaz de dormir, de acallar su corazón ante el cuerpo dulce y hermoso de Clara; había salido de la habitación para dejarla descansar, una vez que había comprobado que el sueño le rehuía cuando estaba con ella, deseoso de grabar y retener cada momento. Los leves movimientos de su cuerpo, los ligeros espasmos que la sacudían antes de dormirse profundamente le habían parecido demasiado preciosos como para estropearlos con su presencia en esa estrecha cama de hotel barato.
Se volvieron a encontrar en el desayuno. Clara vestía un sencillo un pantalón vaquero y una camisa a juego con sus ojos azabache, él con el sueño aún pegado a sus pestañas y el corazón galopando al ver su belleza. Después de desayunar salieron de la mano a recorrer la zona, subidos en el coche que él había alquilado el día anterior. Pararon en una playa escondida, donde pasearon abrazados durante largo rato; el permanecía en silencio, observando el mar, pensando en las horas que habían pasado juntos, en las horas que les quedaban, al mismo tiempo que era consciente de su cuerpo a su lado, del calor de su piel, del roce de sus labios cuando se besaban…
viernes, mayo 13, 2011
Mezclar las drogas con los besos...
Camino por la orilla, descalzo y sin ropa, dejando huellas en la arena que la marea se encarga de borrar. No sé de dónde vengo, ni a dónde voy. Las olas me llaman, el blanco de su espuma rompe el azul infinito y la cascada de verdes. Me adentro en ese mar desconocido, bravo, marchando por una playa de aguas frías y calientes.
Te observo en la cama, descalza y sin ropa, tus manos ligeramente echadas hacia atrás, en una postura hermosa y lasciva a la vez. Mis manos recorren tu piel, dejando estelas de deseo en tu espalda, caminos de dicha en tu vientre, mientras mis besos se pierden en el océano de tu boca, chocando repetidas veces contra tus labios.
Mis piernas luchan contra la resaca, pugnando por adentrarme más y más en la llanura de agua que tengo ante mí. La fuerza de las olas choca contra mi vientre, y me giro para recibir su golpe en la espalda, protegiendo mi pecho y mis ojos. Al girarme te veo a lo lejos, sentada en una de las rocas de la playa, mirándome…
Observo cómo se curva tu cuerpo ante los avances del placer, urgiendo a mis manos, a mi boca, para que se apresuren, para llegar a la cima lo antes posible. Te veo cerrar los ojos, centrarte en las sensaciones que inundan tu cuerpo, sentir la electricidad que recorre tu espina dorsal, susurrar mi nombre con asombro… y mi mundo se hace añicos ante el sonido de tu voz, reconstruyéndose en el segundo siguiente gracias a tu aliento…
El mar cubre ahora mi cuerpo, su enorme poder me levanta y me hace salir a la superficie en cada embestida. Me bamboleo con cada ola, como en un enorme vientre materno, y pienso que no saldría nunca de ahí, de esa agua fría y en movimiento, que me rodea y quiere atraerme.
Te veo a lo lejos, de pie, con la toalla esperando, y sonrió. Porque estás ahí, entre dos mundos, paciente, viendo como retoza el niño que hay dentro de mí. Y sé que al volver a la orilla me ofrecerás tu abrigo, tu calor y tu boca, y yo solo podré susurrarte “gracias”, mientras mi corazón busca un lugar en esa playa, en ese mar, para quedarse y poder verte de nuevo.
Te observo en la cama, descalza y sin ropa, tus manos ligeramente echadas hacia atrás, en una postura hermosa y lasciva a la vez. Mis manos recorren tu piel, dejando estelas de deseo en tu espalda, caminos de dicha en tu vientre, mientras mis besos se pierden en el océano de tu boca, chocando repetidas veces contra tus labios.
Mis piernas luchan contra la resaca, pugnando por adentrarme más y más en la llanura de agua que tengo ante mí. La fuerza de las olas choca contra mi vientre, y me giro para recibir su golpe en la espalda, protegiendo mi pecho y mis ojos. Al girarme te veo a lo lejos, sentada en una de las rocas de la playa, mirándome…
Observo cómo se curva tu cuerpo ante los avances del placer, urgiendo a mis manos, a mi boca, para que se apresuren, para llegar a la cima lo antes posible. Te veo cerrar los ojos, centrarte en las sensaciones que inundan tu cuerpo, sentir la electricidad que recorre tu espina dorsal, susurrar mi nombre con asombro… y mi mundo se hace añicos ante el sonido de tu voz, reconstruyéndose en el segundo siguiente gracias a tu aliento…
El mar cubre ahora mi cuerpo, su enorme poder me levanta y me hace salir a la superficie en cada embestida. Me bamboleo con cada ola, como en un enorme vientre materno, y pienso que no saldría nunca de ahí, de esa agua fría y en movimiento, que me rodea y quiere atraerme.
Te veo a lo lejos, de pie, con la toalla esperando, y sonrió. Porque estás ahí, entre dos mundos, paciente, viendo como retoza el niño que hay dentro de mí. Y sé que al volver a la orilla me ofrecerás tu abrigo, tu calor y tu boca, y yo solo podré susurrarte “gracias”, mientras mi corazón busca un lugar en esa playa, en ese mar, para quedarse y poder verte de nuevo.
miércoles, mayo 04, 2011
¿Merece la pena soñar?
Estamos sentados en el restaurante, no lejos de la playa. Desde mi ventana veo cómo las olas se levantan con cada vez más furia, y pienso en el camino de vuelta al pueblo y en cómo llegaremos al hotel. Mientras, escucho como ella habla con el camarero, pidiendo vinos y una pequeña selección de platos. A pesar del tiempo que llevamos juntos aún me maravillan sus cambios de entonación: la voz que pone para hablar con extraños no tiene nada que ver con la voz con la que me habla a mí, o con la voz que tiene cuando estamos solos, con el tono que tiene cuando esta triste o melosa…
Ha terminado de hablar con el camarero, y vuelve sus ojos hacía mi. Veo cómo se ilumina su cara, e instantáneamente se me dibuja una sonrisa de felicidad en la cara. Esa misma sonrisa que tenía cuando empezamos a salir, cuando hablábamos de nuestras cosas paseando por el jardín del Retiro, en aquellas calurosas tardes de fin de semana, compartiendo el mundo con palomas, ardillas, ciclistas, patinadores, vendedores de frescor o azúcar... La misma sonrisa que surgía en mi cara mientras ella me tomaba la mano en el cine, o se agarraba a mi brazo cuando tenía susto. La misma sonrisa, en fin, que aparece en mi rostro cuando ella me dice: “no me mires así”.
La tarde ha ido avanzando, al mismo tiempo que nuestro almuerzo. Hemos hablado de muchas cosas. Estos días han sido especialmente fructíferos en eso, hemos hablado largo y tendido de muchas cosas. Otras muchas quedaron fuera, las más veces por mi timidez, otras porque no era el momento adecuado, otras, simplemente, porque no surgieron. Es curioso que podamos hablar de casi todo, pero hay temas que nos cuestan, tal vez porque pensamos que molestarían al otro, que nos odiaría; queremos protegernos tanto, que a veces olvidamos que los dos somos adultos, y que lo importante de nuestra relación es que nos apoyamos, que nos complementamos mutuamente, muchas veces de tal manera que podemos tener una misma línea de pensamiento…
Con el postre han desaparecido muchas incomodidades, posiblemente el vino ha sido el responsable de que le haya besado la mano, o que nuestros labios se hayan encontrado varias veces entre plato y plato. Una lujuriosa torta de chocolate se nos presenta, en plato único y dos cucharas, para compartir. Nos miramos con incredulidad ante el tamaño, aunque los dos sabemos que nos la terminaremos, quejándonos falsamente de la cantidad, pero contentos de poder extender esta complicidad un poco más con una taza de café.
El sol está comenzando a ocultarse cuando llegamos a la playa. El cielo plomizo no promete grandes espectáculos de luz, aunque las nubes se retiran, la temperatura es suave, y no hace viento. No hay nadie en la playa a esta hora. Me quito los zapatos para poder sentir la arena en mis pies, mientras ella hace lo mismo, acompañándome aunque le incomode ir descalza. Caminamos de la mano, disfrutando el momento; al poco, paso mi brazo por su cintura mientras ella hace lo mismo, bromeando con mi circunferencia. Hemos tomado una manta del coche, y la usamos para poder sentarnos en la playa al mismo tiempo que nos arropamos con ella, mirando cómo las olas se levantan, y la espuma llega hasta nosotros atrapada en la brisa marina que comienza a levantarse. Empieza a hacer frio, y nos abrazamos el uno al otro bajo esa manta, viendo como las primeras estrellas salen para nosotros, y pensando qué será de nosotros el día de mañana.
Ha terminado de hablar con el camarero, y vuelve sus ojos hacía mi. Veo cómo se ilumina su cara, e instantáneamente se me dibuja una sonrisa de felicidad en la cara. Esa misma sonrisa que tenía cuando empezamos a salir, cuando hablábamos de nuestras cosas paseando por el jardín del Retiro, en aquellas calurosas tardes de fin de semana, compartiendo el mundo con palomas, ardillas, ciclistas, patinadores, vendedores de frescor o azúcar... La misma sonrisa que surgía en mi cara mientras ella me tomaba la mano en el cine, o se agarraba a mi brazo cuando tenía susto. La misma sonrisa, en fin, que aparece en mi rostro cuando ella me dice: “no me mires así”.
La tarde ha ido avanzando, al mismo tiempo que nuestro almuerzo. Hemos hablado de muchas cosas. Estos días han sido especialmente fructíferos en eso, hemos hablado largo y tendido de muchas cosas. Otras muchas quedaron fuera, las más veces por mi timidez, otras porque no era el momento adecuado, otras, simplemente, porque no surgieron. Es curioso que podamos hablar de casi todo, pero hay temas que nos cuestan, tal vez porque pensamos que molestarían al otro, que nos odiaría; queremos protegernos tanto, que a veces olvidamos que los dos somos adultos, y que lo importante de nuestra relación es que nos apoyamos, que nos complementamos mutuamente, muchas veces de tal manera que podemos tener una misma línea de pensamiento…
Con el postre han desaparecido muchas incomodidades, posiblemente el vino ha sido el responsable de que le haya besado la mano, o que nuestros labios se hayan encontrado varias veces entre plato y plato. Una lujuriosa torta de chocolate se nos presenta, en plato único y dos cucharas, para compartir. Nos miramos con incredulidad ante el tamaño, aunque los dos sabemos que nos la terminaremos, quejándonos falsamente de la cantidad, pero contentos de poder extender esta complicidad un poco más con una taza de café.
El sol está comenzando a ocultarse cuando llegamos a la playa. El cielo plomizo no promete grandes espectáculos de luz, aunque las nubes se retiran, la temperatura es suave, y no hace viento. No hay nadie en la playa a esta hora. Me quito los zapatos para poder sentir la arena en mis pies, mientras ella hace lo mismo, acompañándome aunque le incomode ir descalza. Caminamos de la mano, disfrutando el momento; al poco, paso mi brazo por su cintura mientras ella hace lo mismo, bromeando con mi circunferencia. Hemos tomado una manta del coche, y la usamos para poder sentarnos en la playa al mismo tiempo que nos arropamos con ella, mirando cómo las olas se levantan, y la espuma llega hasta nosotros atrapada en la brisa marina que comienza a levantarse. Empieza a hacer frio, y nos abrazamos el uno al otro bajo esa manta, viendo como las primeras estrellas salen para nosotros, y pensando qué será de nosotros el día de mañana.
domingo, mayo 01, 2011
Después de todos estos años...
“La idea de este blog es ser un repositorio de ideas, comentarios, chascarrillos y demás neuras que se le ocurren a un español perdido en Chile; no sé qué es lo que va a salir. No creo que escriba todos los días, así que tampoco espero que me lea nadie, lo que es una ventaja.”
Me equivocaba cuando escribía esas primeras palabras. Sí, me ha leído gente, mucha más de la que yo esperaba. Y estoy agradecido por ello. Más aún porque en la lectura me han acompañado durante un instante, han sido parte de mí.
A veces empezar algo es encontrarse con una cosa totalmente diferente cuando echas la vista atrás. Hace más de cinco años comencé a escribir pensamientos, ideas que se me ocurrían, en un formato que entonces se había puesto de moda, el blog. Lo abandoné varias veces, lo reintenté otras tantas. Y sólo parece que ha fructificado cuando se ha convertido en el repositorio no de chasquarrillos y comentarios, sino de mis neuras y sentimientos más profundos en forma de relatos, de cortas historias.
Cinco años han dado para más de 100 entradas, varias botellas caídas en el camino, un matrimonio, un hijo, muchas lágrimas, otras tantas risas, amigos nuevos y amigos viejos... Y hoy siento que he llegado al final de un ciclo.
Estos años me han hecho cambiar de formas que no hubiera sospechado, y en las entradas de este blog se ha visto la evolución de mi vida. Muchas cosas han sido escritas, muchas sensaciones. Aún hoy, releer algunas de las cosas que he escrito significa que me broten las lágrimas, tan fuertes son los sentimientos que hay en ellas.
Ahora empieza un nuevo ciclo. Nuevas/viejas historias, nuevos/viejos personajes, las mismas neuras contadas de forma diferente. Espero que sigan ahí, para escucharlas al calor del fuego, con una persona amada al lado, y la mente abierta para disfrutarlas.
Me equivocaba cuando escribía esas primeras palabras. Sí, me ha leído gente, mucha más de la que yo esperaba. Y estoy agradecido por ello. Más aún porque en la lectura me han acompañado durante un instante, han sido parte de mí.
A veces empezar algo es encontrarse con una cosa totalmente diferente cuando echas la vista atrás. Hace más de cinco años comencé a escribir pensamientos, ideas que se me ocurrían, en un formato que entonces se había puesto de moda, el blog. Lo abandoné varias veces, lo reintenté otras tantas. Y sólo parece que ha fructificado cuando se ha convertido en el repositorio no de chasquarrillos y comentarios, sino de mis neuras y sentimientos más profundos en forma de relatos, de cortas historias.
Cinco años han dado para más de 100 entradas, varias botellas caídas en el camino, un matrimonio, un hijo, muchas lágrimas, otras tantas risas, amigos nuevos y amigos viejos... Y hoy siento que he llegado al final de un ciclo.
Estos años me han hecho cambiar de formas que no hubiera sospechado, y en las entradas de este blog se ha visto la evolución de mi vida. Muchas cosas han sido escritas, muchas sensaciones. Aún hoy, releer algunas de las cosas que he escrito significa que me broten las lágrimas, tan fuertes son los sentimientos que hay en ellas.
Ahora empieza un nuevo ciclo. Nuevas/viejas historias, nuevos/viejos personajes, las mismas neuras contadas de forma diferente. Espero que sigan ahí, para escucharlas al calor del fuego, con una persona amada al lado, y la mente abierta para disfrutarlas.
sábado, abril 30, 2011
Un beso es la promesa de lo que vendrá después
Siempre le había gustado ese sitio. La cueva del Moro era una oquedad en lo alto del risco, fresca en verano y bien orientada en invierno, que los pastores de la zona habían usado durante generaciones para guardar el rebaño en las jornadas de tormenta o lluvia intensa. La cueva era básicamente una gran oquedad en el lateral de la montaña, causada por un derrumbamiento en épocas pretéritas; un trozo del techo había caido hacia ya muchos años, y por el agujero entraba la luz del sol y la lluvia, pero la cueva proporcionaba un amplio abrigo en todo tiempo.
A Héctor le gustaba llegar hasta la cueva durante sus paseos; la ascensión al risco era complicada solo en la última parte, y su disposición, justo en la cuerda entre los dos valles, le permitía tener una visión magnífica del pueblo, por un lado, y el pantano y el valle adyacente por el otro. No era el único que pensaba así; durante el verano era punto obligado de excursion de los jóvenes del pueblo, que venían a pasar la tarde en un lugar que se prestaba a acciones escondidas.
Hector ya llevaba un buen rato sentado a la entrada de la cueva, como atestiguaban las numerosas colillas a sus pies. Habia dejado de fumar más de veinte años atrás, pero la tarde anterior, después de salir de casa de Lumia, confundido y aturdido, habia entrado en el estanco de la plaza y comprado papel y un paquete de picadura. No sabía quién se había sorprendido más, la estanquera al ver a un cliente inesperado, o él mismo, al liar el primer cigarrillo y encenderlo, después de tanto tiempo...
Esa noche durmió mal. Inquieto, su cabeza no paraba de dar vueltas e imaginar escenarios imposibles. Su corazón pugnaba por ganar la batalla a su razón, y en el combate él se desveló. No había salido aún el sol cuando se levantó, se puso la primera ropa que encontró, un abrigo liviano, y comenzó a caminar sin rumbo, primero alumbrado por las escasas luces del pueblo, luego por las estrellas al dejar las últimas casas, después por los primeros rayos del sol por encima de los riscos, eliminando poco a poco las estrellas.
El sol ya estaba muy alto en el cielo, y Héctor seguía sin poder decidirse. La tarde anterior se había visto sorprendido por el abrazo de Lumía, al que respondió con alegría y ternura después de un segundo de indecisión. Seguramente su alegría y ternura habrían sido mayores si no hubiese atisbado una mirada de preocupación entre los abuelos de la niña, confusos y sorprendidos al igual que él.
Una lagartija se subió a su zapato, mientras él la miraba sin ver, su cabeza perdida en los recuerdos de la tarde anterior, liando un nuevo cigarrillo: el perfume de Lumia, el brillo de sus ojos al verle, la luz en su rostro cuando saltó a abrazarle… Hector había vivido demasiado como para no reconocer los signos, así como los de su propio corazón: estaba enamorado de la muchacha desde hacía muchos meses, posiblemente desde las primeras horas que pasó con ella en la habitación de la casa del médico, tras su rescate. Nunca olvidaría las lágrimas que la muchacha volcó sobre su hombro cuando la llevaba en brazos a la casa, la fuerza con que se abrazó a él, como si no quisiera volver a caer en la desesperación ni la soledad…
A Héctor le gustaba llegar hasta la cueva durante sus paseos; la ascensión al risco era complicada solo en la última parte, y su disposición, justo en la cuerda entre los dos valles, le permitía tener una visión magnífica del pueblo, por un lado, y el pantano y el valle adyacente por el otro. No era el único que pensaba así; durante el verano era punto obligado de excursion de los jóvenes del pueblo, que venían a pasar la tarde en un lugar que se prestaba a acciones escondidas.
Hector ya llevaba un buen rato sentado a la entrada de la cueva, como atestiguaban las numerosas colillas a sus pies. Habia dejado de fumar más de veinte años atrás, pero la tarde anterior, después de salir de casa de Lumia, confundido y aturdido, habia entrado en el estanco de la plaza y comprado papel y un paquete de picadura. No sabía quién se había sorprendido más, la estanquera al ver a un cliente inesperado, o él mismo, al liar el primer cigarrillo y encenderlo, después de tanto tiempo...
Esa noche durmió mal. Inquieto, su cabeza no paraba de dar vueltas e imaginar escenarios imposibles. Su corazón pugnaba por ganar la batalla a su razón, y en el combate él se desveló. No había salido aún el sol cuando se levantó, se puso la primera ropa que encontró, un abrigo liviano, y comenzó a caminar sin rumbo, primero alumbrado por las escasas luces del pueblo, luego por las estrellas al dejar las últimas casas, después por los primeros rayos del sol por encima de los riscos, eliminando poco a poco las estrellas.
El sol ya estaba muy alto en el cielo, y Héctor seguía sin poder decidirse. La tarde anterior se había visto sorprendido por el abrazo de Lumía, al que respondió con alegría y ternura después de un segundo de indecisión. Seguramente su alegría y ternura habrían sido mayores si no hubiese atisbado una mirada de preocupación entre los abuelos de la niña, confusos y sorprendidos al igual que él.
Una lagartija se subió a su zapato, mientras él la miraba sin ver, su cabeza perdida en los recuerdos de la tarde anterior, liando un nuevo cigarrillo: el perfume de Lumia, el brillo de sus ojos al verle, la luz en su rostro cuando saltó a abrazarle… Hector había vivido demasiado como para no reconocer los signos, así como los de su propio corazón: estaba enamorado de la muchacha desde hacía muchos meses, posiblemente desde las primeras horas que pasó con ella en la habitación de la casa del médico, tras su rescate. Nunca olvidaría las lágrimas que la muchacha volcó sobre su hombro cuando la llevaba en brazos a la casa, la fuerza con que se abrazó a él, como si no quisiera volver a caer en la desesperación ni la soledad…
viernes, abril 29, 2011
Have you found what you’re looking for?
Amanece un día más. Un día más el camino se encuentra delante de mí. ¿Dónde me llevará hoy? ¿Estarás al final del día, esperándome?
Veo la carretera pasar bajo mis pies, llevo horas recorriendo este camino. El resto de los viajeros ya hace tiempo que desapareció para mí, el autobús es un lugar sombrío y cargado de olores, en el que me encuentro viajando hacia mi destino. No puedo pegar ojo. Pienso constantemente en qué encontraré al llegar. Por qué monté en este viejo autobús.
Recuerdo otros viajes, otras rutas. Compañeros habladores, compañeros silenciosos, la soledad como acompañante la mayoría de las veces. Recuerdo otros paisajes, otras noches en vela sentado en asientos como este, intentando distraer mi ansiedad con libros, canciones que siempre hablaban de ella, sueños imposibles, viejas sensaciones que acudían a mí en el amparo de la noche.
Las tinieblas de la noche son rotas por los faros de otros conductores, que vienen, que van, que me acompañan en este viaje. De vez en cuando amistosas luces me llaman a un lado del camino: descanso, comida, bebida, ¿tal vez amor? Continúo en la carretera, buscando mi destino final, esperando que esta vez sea realmente el final y no una parada más en un largo recorrer.
Veo la carretera pasar bajo mis pies, llevo horas recorriendo este camino. El resto de los viajeros ya hace tiempo que desapareció para mí, el autobús es un lugar sombrío y cargado de olores, en el que me encuentro viajando hacia mi destino. No puedo pegar ojo. Pienso constantemente en qué encontraré al llegar. Por qué monté en este viejo autobús.
Recuerdo otros viajes, otras rutas. Compañeros habladores, compañeros silenciosos, la soledad como acompañante la mayoría de las veces. Recuerdo otros paisajes, otras noches en vela sentado en asientos como este, intentando distraer mi ansiedad con libros, canciones que siempre hablaban de ella, sueños imposibles, viejas sensaciones que acudían a mí en el amparo de la noche.
Las tinieblas de la noche son rotas por los faros de otros conductores, que vienen, que van, que me acompañan en este viaje. De vez en cuando amistosas luces me llaman a un lado del camino: descanso, comida, bebida, ¿tal vez amor? Continúo en la carretera, buscando mi destino final, esperando que esta vez sea realmente el final y no una parada más en un largo recorrer.
jueves, abril 28, 2011
Qué andarás haciendo
Despertó a las cinco de la mañana, Silvia aún dormía, desnuda y abrazada a él. Con cuidado, tratando de no despertarla, se levantó y se vistió en silencio; una vez vestido, se acercó a ella y le dio un dulce beso en la frente, despidiéndose. No acostumbraba a quedarse a dormir en casas ajenas, le había explicado la noche antes, era un hábito que le costaba. Con la ciudad apenas despertando entró en el metro y se dirigió a su casa, observando en el trayecto a los noctámbulos y rezagados, chicos de extrarradio que iban a tomar el primer tren de vuelta a sus pueblos, después de una noche de juerga en la capital.
Después de una ducha y dormir un par de horas, se preparó para su visita semanal a casa de sus padres. Hacía ya algunos años que había dejado el nido, pero siempre que podía regresaba a pasar unas horas con ellos. No era solo para mantener el contacto, sino también para regresar a un estado de su vida que había perdido para siempre cuando se fue de casa. En el camino, llamó a Silvia, asegurándose de que estuviera bien, y no se hubiera enfadado por abandonar su casa tan sigilosamente; quedaron esa misma noche en el Trashoras, un local de moda en el centro al que hacía tiempo que quería ir.
Sus padres le estaban esperando, con el mismo ritual de siempre: su madre le dio dos besos, casi al mismo tiempo que se quejaba de su ropa, de su poco peso, de su aspecto desaliñado, mientras su padre le preguntaba por el trabajo, por sus novias, por su necesidad de dinero… Los dos sabían que él nunca les contaría nada que les preocupara, pero ambos intentaban sonsacar a su hijo menor en cada visita. Al poco rato llegó Víctor con las niñas. Víctor era su hermano mayor, un divorciado cuarentón con dos niñas de 7 y 10 años, a las que solo veía una vez al mes, y que en esa ocasión traía a comer con los abuelos. Sabía cuánto le costaba a su hermano ese paso, deseoso cómo estaba de estar con ellas todo el tiempo, y por eso las risas y chistes se adueñaron del salón de la casa hasta que la mesa estuvo puesta y se sentaron todos a comer.
Después de la comida, las niñas se quedaron dormidas. “Se despertaron muy temprano”, explicó Víctor, mientras las llevaba amorosamente a la cama matrimonial de sus padres. Su madre había preparado café, pero su hermano tenía ganas de hablar con él, por lo que le pidió que fueran a tomar café a un lugar cercano. “Cuidarme las niñas, ¿eh? Volvemos enseguida”
El café no era más que un viejo bar reconvertido, con mesas de hierro y mármol, donde ahora no había más que dos parejas, más interesadas en ver la tele que en su conversación. Hablaron largo rato, mientras tomaban un café y liaban unos cigarrillos. Tenían muy buena relación, a pesar de los años de diferencia, o quizás tal vez por eso. Víctor había estado a su lado cuando las cosas habían estado complicadas, y él le había pagado en la misma moneda cuando necesitó ayuda, en el proceso de divorcio y en los largos meses posteriores. En esa época acostumbraban a salir juntos, Víctor buscando el olvido en el alcohol y en los brazos de cualquiera, él intentando que no se perdiera en el proceso. Esas noches habían hablado mucho, más que en los 20 años anteriores; ver a su hermano derrotado y sin capacidad de respuesta había supuesto un duro golpe, acostumbrado como estaba a verle triunfando y siempre seguro. Habían seguido el camino de la recomposición juntos, y desde entonces Víctor y él estaban más unidos que nunca, y esa sensación, aunque menor, no se había perdido desde entonces.
Después de una ducha y dormir un par de horas, se preparó para su visita semanal a casa de sus padres. Hacía ya algunos años que había dejado el nido, pero siempre que podía regresaba a pasar unas horas con ellos. No era solo para mantener el contacto, sino también para regresar a un estado de su vida que había perdido para siempre cuando se fue de casa. En el camino, llamó a Silvia, asegurándose de que estuviera bien, y no se hubiera enfadado por abandonar su casa tan sigilosamente; quedaron esa misma noche en el Trashoras, un local de moda en el centro al que hacía tiempo que quería ir.
Sus padres le estaban esperando, con el mismo ritual de siempre: su madre le dio dos besos, casi al mismo tiempo que se quejaba de su ropa, de su poco peso, de su aspecto desaliñado, mientras su padre le preguntaba por el trabajo, por sus novias, por su necesidad de dinero… Los dos sabían que él nunca les contaría nada que les preocupara, pero ambos intentaban sonsacar a su hijo menor en cada visita. Al poco rato llegó Víctor con las niñas. Víctor era su hermano mayor, un divorciado cuarentón con dos niñas de 7 y 10 años, a las que solo veía una vez al mes, y que en esa ocasión traía a comer con los abuelos. Sabía cuánto le costaba a su hermano ese paso, deseoso cómo estaba de estar con ellas todo el tiempo, y por eso las risas y chistes se adueñaron del salón de la casa hasta que la mesa estuvo puesta y se sentaron todos a comer.
Después de la comida, las niñas se quedaron dormidas. “Se despertaron muy temprano”, explicó Víctor, mientras las llevaba amorosamente a la cama matrimonial de sus padres. Su madre había preparado café, pero su hermano tenía ganas de hablar con él, por lo que le pidió que fueran a tomar café a un lugar cercano. “Cuidarme las niñas, ¿eh? Volvemos enseguida”
El café no era más que un viejo bar reconvertido, con mesas de hierro y mármol, donde ahora no había más que dos parejas, más interesadas en ver la tele que en su conversación. Hablaron largo rato, mientras tomaban un café y liaban unos cigarrillos. Tenían muy buena relación, a pesar de los años de diferencia, o quizás tal vez por eso. Víctor había estado a su lado cuando las cosas habían estado complicadas, y él le había pagado en la misma moneda cuando necesitó ayuda, en el proceso de divorcio y en los largos meses posteriores. En esa época acostumbraban a salir juntos, Víctor buscando el olvido en el alcohol y en los brazos de cualquiera, él intentando que no se perdiera en el proceso. Esas noches habían hablado mucho, más que en los 20 años anteriores; ver a su hermano derrotado y sin capacidad de respuesta había supuesto un duro golpe, acostumbrado como estaba a verle triunfando y siempre seguro. Habían seguido el camino de la recomposición juntos, y desde entonces Víctor y él estaban más unidos que nunca, y esa sensación, aunque menor, no se había perdido desde entonces.
martes, abril 26, 2011
Universo propio
Luna es una niñita preciosa, con ojos de un azul intenso, una piel muy blanca y un cabello rubio claro, parece un ángel. Es una niña muy inteligente y activa, le gusta correr, le gusta saltar, se ríe mucho. No le gusta el colegio, no se encuentra a gusto con tanto niño, no le agrada que le toquen sus juguetes o tener que compartir. Lo pasa mal en el aula, en ocasiones sale llorando de clase por esa razón.
En casa es una niña adorable, no hace ruido, no molesta a sus papás, no rompe los juguetes… Es una niña que tiene un gran mundo interior, al que se aísla como refugio cuando no comprende el mundo de sus mayores. Allí están sus amigos, como Thomas el tren, o Rayo, su amigo el coche rojo. También están esos amigos que nadie ve y que le hacen reír a carcajadas por la noche…
A Luna no le gusta salir de casa. No le gusta dejar a sus amigos, ni ir a casas desconocidas, excepto a la de Paquito. Paquito es su amigo, y hacen buenas migas; en su casa se siente a gusto y puede caminar y retozar en el parque. Un día, se quiso llevar a Paquito a su casa, a jugar, pero su mamá no quiso, porque eran muy pequeños.
Sus papas se dieron cuenta de que algo iba mal cuando les dijeron que Luna no hacia contacto visual, que no miraba a los ojos. Luego les dijeron que se angustiaba con los cambios, con las texturas nuevas, con las novedades… Cada persona que consultaron les dijo una cosa diferente: que si era normal en una niña tan pequeña, que si era igual que el padre, que si tenían que pasar unos años antes de poder dar un diagnostico definitivo…
Mientras, Luna seguía yendo al colegio, pasándolo mal a veces, regresando a su casita, donde se sentía segura, jugando con sus juguetes y corriendo por el salón, riendo con sus amigos invisibles y regresando a ese mundo interno cada vez que el exterior le amenazaba.
Un día, llegaron unos señores muy amables que le estuvieron haciendo preguntas, mientras sus papás se miraban entre sí. A Luna no le gustaron los señores, y pronto se fue a jugar con sus amigos. Pero una señora que venía con ellos se sentó a su lado, y poco a poco fue penetrando en su mundo, hablándola con palabras claras y sin dobles significados, no como en el colegio, procurando cruzar su mirada cada vez, sonriendo y haciendo siempre gestos amistosos. Al poco rato, otro señor se sentó junto a ellas, y comenzó a preguntarla, ¡incluso le echó una carrera y le ganó!
Ahora Luna tiene nuevos amigos. Aún le asusta el mundo de los mayores, pero sus nuevos amigos le ayudan a etiquetarlo. Carlos le va mostrando cómo tiene que reconocer las nuevas formas y texturas, y que no hay que asustarse ni angustiarse por algo nuevo. Pilar le ayuda a interpretar las caras de la gente, ¡es divertido! Mamá y papá están con ella siempre que pueden, y le transmiten la seguridad que necesita cuando no está en su casa.
Pero a veces, algo la preocupa, no sabe cómo reaccionar ante algo nuevo o alguna persona le parece mala o agresiva. Y entonces vuelve a refugiarse en su universo propio, con sus amigos Thomas, Rayo, la abuela…
En casa es una niña adorable, no hace ruido, no molesta a sus papás, no rompe los juguetes… Es una niña que tiene un gran mundo interior, al que se aísla como refugio cuando no comprende el mundo de sus mayores. Allí están sus amigos, como Thomas el tren, o Rayo, su amigo el coche rojo. También están esos amigos que nadie ve y que le hacen reír a carcajadas por la noche…
A Luna no le gusta salir de casa. No le gusta dejar a sus amigos, ni ir a casas desconocidas, excepto a la de Paquito. Paquito es su amigo, y hacen buenas migas; en su casa se siente a gusto y puede caminar y retozar en el parque. Un día, se quiso llevar a Paquito a su casa, a jugar, pero su mamá no quiso, porque eran muy pequeños.
Sus papas se dieron cuenta de que algo iba mal cuando les dijeron que Luna no hacia contacto visual, que no miraba a los ojos. Luego les dijeron que se angustiaba con los cambios, con las texturas nuevas, con las novedades… Cada persona que consultaron les dijo una cosa diferente: que si era normal en una niña tan pequeña, que si era igual que el padre, que si tenían que pasar unos años antes de poder dar un diagnostico definitivo…
Mientras, Luna seguía yendo al colegio, pasándolo mal a veces, regresando a su casita, donde se sentía segura, jugando con sus juguetes y corriendo por el salón, riendo con sus amigos invisibles y regresando a ese mundo interno cada vez que el exterior le amenazaba.
Un día, llegaron unos señores muy amables que le estuvieron haciendo preguntas, mientras sus papás se miraban entre sí. A Luna no le gustaron los señores, y pronto se fue a jugar con sus amigos. Pero una señora que venía con ellos se sentó a su lado, y poco a poco fue penetrando en su mundo, hablándola con palabras claras y sin dobles significados, no como en el colegio, procurando cruzar su mirada cada vez, sonriendo y haciendo siempre gestos amistosos. Al poco rato, otro señor se sentó junto a ellas, y comenzó a preguntarla, ¡incluso le echó una carrera y le ganó!
Ahora Luna tiene nuevos amigos. Aún le asusta el mundo de los mayores, pero sus nuevos amigos le ayudan a etiquetarlo. Carlos le va mostrando cómo tiene que reconocer las nuevas formas y texturas, y que no hay que asustarse ni angustiarse por algo nuevo. Pilar le ayuda a interpretar las caras de la gente, ¡es divertido! Mamá y papá están con ella siempre que pueden, y le transmiten la seguridad que necesita cuando no está en su casa.
Pero a veces, algo la preocupa, no sabe cómo reaccionar ante algo nuevo o alguna persona le parece mala o agresiva. Y entonces vuelve a refugiarse en su universo propio, con sus amigos Thomas, Rayo, la abuela…
lunes, abril 25, 2011
El próximo verano
"Comienzas a gatear en esta vida, sin saber hacia dónde te diriges, y cuando quieres echar la vista atrás ya es demasiado tarde para cambiar de rumbo"
Las palabras de Víctor aún resonaban en sus oídos, cuando despertó a la mañana siguiente, con la cabeza dolorida y los ojos ardiendo, como cada lunes por la mañana, después de un fin de semana de alcohol y marcha. Una ducha fría y un par de píldoras le pusieron de nuevo en movimiento, despejando las últimas telarañas y preparándole para la jornada que se avecinaba.
Mirándose en el espejo del cuarto de baño intentaba recordar qué había pasado la noche anterior, pero la cara que le devolvía la mirada no podía responder. Pasó unos minutos mirando a su contraparte, espiando cualquier signo de vejez o restos de la noche. Mientras se afeitaba, rememoraba la ruta del fin de semana. Había empezado igual que los últimos meses, con unas cervezas con los compañeros a la salida del trabajo, en el bar debajo de la oficina. El buen ambiente de trabajo se reflejaba en esas tardes de viernes, cuando todos iban alegres, se comentaban los chismes semanales, se hablaba del trabajo pendiente con un cerveza en la mano, mientras Antonio, el dueño del bar, sacaba una bandeja tras otra de tapas calientes. Se recordaba con una croqueta en la mano y la otra en las caderas de Silvia, una compañera de contabilidad con la que había tenido ya algunos roces, y ella no parecía molesta…
De allí algunos, los más gamberros, fueron al Universal, un pub cerca de la oficina donde solían continuar las charlas una vez que Antonio les echaba los viernes. El sitio estaba bien, era amplio, con una barra grande y luminosa, un gran espacio interior para bailar, con una tarima en la que los fines de semana tocaban grupos locales, y una amplia terraza con una gran vista del centro financiero de la ciudad. Allí recordaba cómo Silvia y él se habían asentado en uno de los rincones, ya separados del resto del grupo, mientras sus manos y labios se encargaban de toda la conversación, apenas conscientes del resto del mundo.
Un taxi les había llevado a casa de ella, un piso amplio en el extrarradio, compartido con dos amigas, que en ese momento estaban fuera. Llegaron tambaleándose, riendo y besándose, intentando no hacer ruido para no molestar a los vecinos. Cuando entraron en el piso, ella dejó las llaves encima de un aparador y se volvió a él, con una sonrisa pícara y el deseo pintado en sus ojos…
Las palabras de Víctor aún resonaban en sus oídos, cuando despertó a la mañana siguiente, con la cabeza dolorida y los ojos ardiendo, como cada lunes por la mañana, después de un fin de semana de alcohol y marcha. Una ducha fría y un par de píldoras le pusieron de nuevo en movimiento, despejando las últimas telarañas y preparándole para la jornada que se avecinaba.
Mirándose en el espejo del cuarto de baño intentaba recordar qué había pasado la noche anterior, pero la cara que le devolvía la mirada no podía responder. Pasó unos minutos mirando a su contraparte, espiando cualquier signo de vejez o restos de la noche. Mientras se afeitaba, rememoraba la ruta del fin de semana. Había empezado igual que los últimos meses, con unas cervezas con los compañeros a la salida del trabajo, en el bar debajo de la oficina. El buen ambiente de trabajo se reflejaba en esas tardes de viernes, cuando todos iban alegres, se comentaban los chismes semanales, se hablaba del trabajo pendiente con un cerveza en la mano, mientras Antonio, el dueño del bar, sacaba una bandeja tras otra de tapas calientes. Se recordaba con una croqueta en la mano y la otra en las caderas de Silvia, una compañera de contabilidad con la que había tenido ya algunos roces, y ella no parecía molesta…
De allí algunos, los más gamberros, fueron al Universal, un pub cerca de la oficina donde solían continuar las charlas una vez que Antonio les echaba los viernes. El sitio estaba bien, era amplio, con una barra grande y luminosa, un gran espacio interior para bailar, con una tarima en la que los fines de semana tocaban grupos locales, y una amplia terraza con una gran vista del centro financiero de la ciudad. Allí recordaba cómo Silvia y él se habían asentado en uno de los rincones, ya separados del resto del grupo, mientras sus manos y labios se encargaban de toda la conversación, apenas conscientes del resto del mundo.
Un taxi les había llevado a casa de ella, un piso amplio en el extrarradio, compartido con dos amigas, que en ese momento estaban fuera. Llegaron tambaleándose, riendo y besándose, intentando no hacer ruido para no molestar a los vecinos. Cuando entraron en el piso, ella dejó las llaves encima de un aparador y se volvió a él, con una sonrisa pícara y el deseo pintado en sus ojos…
domingo, abril 24, 2011
Sueños y otras hierbas
Una habitación de hotel. Maletas por el suelo. Un gran hall con ascensores que suben y bajan. Agua. Niños jugando en el barro. Un muro que tengo que salvar para llegar al otro lado. Tú esperándome en el otro lado. Caminos que suben y se pierden en el cielo. Sensaciones de seguridad, no hay miedos, no hay dudas. La fiesta ya terminó. El metro se abre ante nosotros. Llega un tren, no hay nadie. Nos sentamos separados, nuestros destinos son distintos. El tren sale al exterior, un día soleado, con un cielo azul intenso. Parada. Bajo, me esperas en la playa. Camino por la arena, mientras el mar se levanta. Los castillos de arena se alzan mientras los niños corren entre ellos. Cambio de escenario. Intento encontrar mi habitación, me equivocó, una empleada del hotel me pregunta, “no hace falta, conozco mi camino”. Me dirijo a la zona correcta, pero dudo, hay tres puertas, no veo los números (¿mi habitación es la A?).
Despierto. No quiero despertar. Mi cabeza aún ronda en ese sueño, mi cuerpo está cómodo, caliente en esta fría mañana. El sol entra por mi ventana, me dice que es hora de empezar. Me doy media vuelta, abrazo a la almohada, y cierro los ojos.
Camino por un descampado, como los de mi niñez, lleno de niños jugando. Hay un agujero, una depresión en la que el muro se ha caido y el terreno se ha escapado, tengo que cruzar para ir al otro lado. No importa. Sé cómo hacerlo. Nada me impedirá llegar…
Despierto. No quiero despertar. Mi cabeza aún ronda en ese sueño, mi cuerpo está cómodo, caliente en esta fría mañana. El sol entra por mi ventana, me dice que es hora de empezar. Me doy media vuelta, abrazo a la almohada, y cierro los ojos.
Camino por un descampado, como los de mi niñez, lleno de niños jugando. Hay un agujero, una depresión en la que el muro se ha caido y el terreno se ha escapado, tengo que cruzar para ir al otro lado. No importa. Sé cómo hacerlo. Nada me impedirá llegar…
viernes, abril 22, 2011
Quiero beber de tu boca
La noche me envuelve. Hace rato que se apagaron las luces, y las estrellas brillan más que en ninguna otra noche que recuerde, dejando entrar la claridad por la ventana. Me envuelvo en la manta y me levanto de la cama. Salgo al exterior. Miro al cielo. No reconozco las constelaciones, es un cielo extraño para mí, pero muy hermoso. Hace frío, debería haber traído una chaqueta. El frescor nocturno me despeja la cabeza, me ayuda a eliminar preocupaciones, a dejar de sentir, mientras levanto la vista y permito que la luz de millones de puntos me llegue y me sane.
Me tumbo al lado de la piscina, el rumor del agua me recuerda al de los arroyos de mi juventud, a las fuentes que manaban de las rocas, a vida y luz. Cierro los ojos y me veo de nuevo en esos lugares, con la hierba alta y fresca, mariposas volando sobre los prados llenos de flores, el aire pasando entre los pinos, miles de insectos viviendo, y yo tumbado observando el color de una flor.
Vuelvo a la habitación. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, y con la luz de las estrellas veo el contorno de la cama, la silla en la que deje mi ropa en la tarde, la maleta con la que vinimos. Me acerco sin hacer ruido, el suelo de piedra está frio, pero no lo siento. Te veo dormida, con una mano apoyada sobre la almohada, las piernas flexionadas, respirando tranquilamente.
Recuerdo tus ojos hace apenas unas horas, mientras hablábamos, mientras nuestras manos mantenían una conversación sin nuestro conocimiento, más sincera, mostrando nuestros sentimientos, sin miedos. Recuerdo el sabor de tus lágrimas cuando las besé, el olor de tu pelo cuando enterraste tu cabeza en mi pecho, la expresión de tu rostro cuando entraba en ti…
Ahora duermes en paz, ¿qué sueñas? ¿Estoy yo en tus sueños?
Me tumbo al lado de la piscina, el rumor del agua me recuerda al de los arroyos de mi juventud, a las fuentes que manaban de las rocas, a vida y luz. Cierro los ojos y me veo de nuevo en esos lugares, con la hierba alta y fresca, mariposas volando sobre los prados llenos de flores, el aire pasando entre los pinos, miles de insectos viviendo, y yo tumbado observando el color de una flor.
Vuelvo a la habitación. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, y con la luz de las estrellas veo el contorno de la cama, la silla en la que deje mi ropa en la tarde, la maleta con la que vinimos. Me acerco sin hacer ruido, el suelo de piedra está frio, pero no lo siento. Te veo dormida, con una mano apoyada sobre la almohada, las piernas flexionadas, respirando tranquilamente.
Recuerdo tus ojos hace apenas unas horas, mientras hablábamos, mientras nuestras manos mantenían una conversación sin nuestro conocimiento, más sincera, mostrando nuestros sentimientos, sin miedos. Recuerdo el sabor de tus lágrimas cuando las besé, el olor de tu pelo cuando enterraste tu cabeza en mi pecho, la expresión de tu rostro cuando entraba en ti…
Ahora duermes en paz, ¿qué sueñas? ¿Estoy yo en tus sueños?
viernes, abril 15, 2011
Irreconocible desde que te conocí
Comenzaron a besarse en los postres. La cena había transcurrido con normalidad hasta ese momento, con charlas y comentarios sobre cosas banales, los dos aún temerosos de poner los sentimientos encima de la mesa. Tal vez fueron las dos copas de vino, o el perfume de ella, pero cuando retiraban el servicio del plato principal y ya habían ordenado el postre (tiramisú él y flan casero ella), él la tomó de la mano, por sorpresa. Ella se dejó querer, asombrada al principio pero deseosa de ese contacto, y a los pocos segundos envolvía la mano de él entre las suyas, mientras la conversación se hacía más intima, más susurrante, sus ojos buscándose con ganas, los dos inclinados hacia delante para poder estar más cerca el uno del otro.
No tomaron café. Tras firmar la cuenta se dirigieron hacia las escaleras cogidos de la mano. Se habían dado el primer beso, suave y delicado, antes de que llegaran los postres, sus cabezas muy juntas, y ninguno terminó su dulce. Los besos habían pasado de cortos y cariñosos a requerir el concurso de sus lenguas, ansiosas de conocerse…
Mientras esperaban el ascensor, él se puso detrás de ella, aspirando su aroma mientras ella bajaba la cabeza, coqueta. Un beso, rápido y dulce, sobre su cuello la hizo estremecerse, más cuando a ese le siguió otro, y luego otro más; a él le encantaba su nuca, y continuaba besándola cuando se abrió la puerta del ascensor y ambos entraron, ya completamente centrados el uno en el otro. Ella le atrajo hacia sí mientras le esperaba con la boca entreabierta, los ojos dilatados, su respiración entrecortada; él, cogiéndola de la cintura, la abrazaba mientras sus bocas se encontraban, besos largos y húmedos que bajaban por su cuello, hasta el principio de su escote.
Siguieron besándose en el pasillo, incluso mientras él buscaba a tientas la llave de la habitación. Se rieron los dos ante su torpeza para abrir la puerta. Entraron. La habitación estaba ligeramente a oscuras, un ambiente ideal para la noche que ambos esperaban.
Sus labios ya no se despegaban, sus manos recorrían el cuerpo del otro, atraían, acariciaban, preguntaban... Ella se apoyó en la pared, temerosa de que sus piernas la fallaran, mientras él recorría su cuello con sus labios, adivinando el placer que ella sentía. Ninguno de los dos decía nada, atentos solamente a sus sensaciones y al otro.
En un momento dado, él la hizo darse la vuelta, apoyando las manos en la pared, mientras apartaba su cabello para poder besar de nuevo el principio de su nuca. Con un movimiento rápido bajó la cremallera de su vestido, que quedó a los pies de ella, mudo testigo del combate. Comenzó entonces a besar y acariciar su espalda, mientras luchaba con un sujetador rebelde; ella gemía de placer, arqueando su cuerpo para ofrecerse por entero a sus caricias, a sus labios, solo pendiente de sus sentidos. Las fuertes manos de él ya rozaban sus senos, mientras ella sentía sus labios en su espalda, en su nuca, en su cuello, buscando su boca; solo quería que siguiese, que nunca acabara ese momento, sentir su cuerpo contra el suyo…
Jadeando, se dio la vuelta y atrapó su cabeza con sus manos, pasando los dedos entre su pelo, corto y fuerte, mientras su lengua buscaba ansiosa el enfrentamiento. Él respondió con pasión, las barreras ya derribadas, entregado por completo a ella. Ya no importaban las horas para la despedida, no importaba el largo viaje de vuelta, no importaba la separación, ese era su momento, real y compartido, y pensaba disfrutar de cada milésima de segundo con él…
No tomaron café. Tras firmar la cuenta se dirigieron hacia las escaleras cogidos de la mano. Se habían dado el primer beso, suave y delicado, antes de que llegaran los postres, sus cabezas muy juntas, y ninguno terminó su dulce. Los besos habían pasado de cortos y cariñosos a requerir el concurso de sus lenguas, ansiosas de conocerse…
Mientras esperaban el ascensor, él se puso detrás de ella, aspirando su aroma mientras ella bajaba la cabeza, coqueta. Un beso, rápido y dulce, sobre su cuello la hizo estremecerse, más cuando a ese le siguió otro, y luego otro más; a él le encantaba su nuca, y continuaba besándola cuando se abrió la puerta del ascensor y ambos entraron, ya completamente centrados el uno en el otro. Ella le atrajo hacia sí mientras le esperaba con la boca entreabierta, los ojos dilatados, su respiración entrecortada; él, cogiéndola de la cintura, la abrazaba mientras sus bocas se encontraban, besos largos y húmedos que bajaban por su cuello, hasta el principio de su escote.
Siguieron besándose en el pasillo, incluso mientras él buscaba a tientas la llave de la habitación. Se rieron los dos ante su torpeza para abrir la puerta. Entraron. La habitación estaba ligeramente a oscuras, un ambiente ideal para la noche que ambos esperaban.
Sus labios ya no se despegaban, sus manos recorrían el cuerpo del otro, atraían, acariciaban, preguntaban... Ella se apoyó en la pared, temerosa de que sus piernas la fallaran, mientras él recorría su cuello con sus labios, adivinando el placer que ella sentía. Ninguno de los dos decía nada, atentos solamente a sus sensaciones y al otro.
En un momento dado, él la hizo darse la vuelta, apoyando las manos en la pared, mientras apartaba su cabello para poder besar de nuevo el principio de su nuca. Con un movimiento rápido bajó la cremallera de su vestido, que quedó a los pies de ella, mudo testigo del combate. Comenzó entonces a besar y acariciar su espalda, mientras luchaba con un sujetador rebelde; ella gemía de placer, arqueando su cuerpo para ofrecerse por entero a sus caricias, a sus labios, solo pendiente de sus sentidos. Las fuertes manos de él ya rozaban sus senos, mientras ella sentía sus labios en su espalda, en su nuca, en su cuello, buscando su boca; solo quería que siguiese, que nunca acabara ese momento, sentir su cuerpo contra el suyo…
Jadeando, se dio la vuelta y atrapó su cabeza con sus manos, pasando los dedos entre su pelo, corto y fuerte, mientras su lengua buscaba ansiosa el enfrentamiento. Él respondió con pasión, las barreras ya derribadas, entregado por completo a ella. Ya no importaban las horas para la despedida, no importaba el largo viaje de vuelta, no importaba la separación, ese era su momento, real y compartido, y pensaba disfrutar de cada milésima de segundo con él…
jueves, abril 14, 2011
domingo, abril 10, 2011
Ya lo sabes...
Mi día ideal es mezcla de varias situaciones:
Me gustaría despertarme descansado, temprano, habiendo dormido bien toda la noche. Que sea domingo, y haga un día de sol radiante, luminoso, de esos en los que el cielo duele de tan azul. Salir a desayunar por ahí, algo rico, pausado, con mucha fruta y dulces, y un café largo, caliente y que me dure mucho, leyendo el periódico o charlando con alguien a quien aprecie, sentados en una terraza, con buenas vistas (recuerdo ahora la terraza de un hotel en Valparaíso, en Chile, en la que predominaban las flores y la vista al mar). Luego, me gustaría dedicar la mañana a caminar, a pasear, sin prisas, por el bosque o la playa, un lugar donde pueda descansar la vista, charlando con amigos o simplemente dejando volar mi imaginación.
Una buena comida con amigos: cordero, chino, un picnic con lo que llevemos, lo que sea pero con amigos, y una larga sobremesa junto a la chimenea, con café y copa, muchas risas y alegría. Que mi estómago quede satisfecho y mi corazón también.
Pasaría la tarde leyendo algo entretenido, o paseando de nuevo, o durmiendo la siesta, o jugando una partida de cartas, de manera que cuando llegase el atardecer me pondría a preparar algo de comer, picoteo, de ese que tardas más en hacer que en comer, con una copa de vino y mi gente. Hablar de la vida y de la muerte.
Llega la noche, y paso un tiempo conmigo mismo, al aire libre, bien abrigado, mirando las estrellas, sentado junto a la mujer que amo, acariciando su piel y sus cabellos, mientras ella respira tranquilamente a mi lado, confiada y segura. Me duermo dando gracias.
Me gustaría despertarme descansado, temprano, habiendo dormido bien toda la noche. Que sea domingo, y haga un día de sol radiante, luminoso, de esos en los que el cielo duele de tan azul. Salir a desayunar por ahí, algo rico, pausado, con mucha fruta y dulces, y un café largo, caliente y que me dure mucho, leyendo el periódico o charlando con alguien a quien aprecie, sentados en una terraza, con buenas vistas (recuerdo ahora la terraza de un hotel en Valparaíso, en Chile, en la que predominaban las flores y la vista al mar). Luego, me gustaría dedicar la mañana a caminar, a pasear, sin prisas, por el bosque o la playa, un lugar donde pueda descansar la vista, charlando con amigos o simplemente dejando volar mi imaginación.
Una buena comida con amigos: cordero, chino, un picnic con lo que llevemos, lo que sea pero con amigos, y una larga sobremesa junto a la chimenea, con café y copa, muchas risas y alegría. Que mi estómago quede satisfecho y mi corazón también.
Pasaría la tarde leyendo algo entretenido, o paseando de nuevo, o durmiendo la siesta, o jugando una partida de cartas, de manera que cuando llegase el atardecer me pondría a preparar algo de comer, picoteo, de ese que tardas más en hacer que en comer, con una copa de vino y mi gente. Hablar de la vida y de la muerte.
Llega la noche, y paso un tiempo conmigo mismo, al aire libre, bien abrigado, mirando las estrellas, sentado junto a la mujer que amo, acariciando su piel y sus cabellos, mientras ella respira tranquilamente a mi lado, confiada y segura. Me duermo dando gracias.
sábado, abril 09, 2011
Para mi corazón basta tu pecho
“… se encuentra firmando en nuestra librería, en la planta baja.”
A Daniela le sorprendió escuchar el nombre. Había ido a los grandes almacenes un poco a pasar el rato, realmente no necesitaba nada, pero siempre le había gustado curiosear por los distintos departamentos, y hoy el día aconsejaba estar a cubierto. El cielo plomizo y el viento no invitaban a pasar la tarde en el exterior.
Escuchó por segunda vez, para comprobar que no se había equivocado. Su mente retrocedió 15 años, a sus primeros años de universidad. Allí le conoció, en un foro sobre literatura romántica al que una de sus amigas le invitó, un joven de su misma edad, con ganas de ser escritor. Fue un flechazo. ¡Tenían tanto en común! Ella fue la destinataria de sus primeros escritos, torpes intentos de poesía que sin embargo le hicieron la mujer más feliz del mundo. Ella criticaba sus primeros intentos, le aportaba ideas, se embelesaba con su forma de escribir, de hablar. Durante el resto del curso estuvieron cogidos de la mano: conferencias, tardes en la biblioteca, salidas al cine, a bailar…
Sin saber cómo, Daniela se encontró en la sección de librería, sus pasos la habían llevado hasta allí de forma inconsciente. Cerca de la caja principal habían dispuesto una mesa con un tapete rojo, sobre la que había una pequeña pila de libros, seguramente dispuestos para la firma. Él estaba sentado, con un traje gris, sin corbata (nunca le gustaron), el pelo corto, inclinado hacia delante; una jovencita se encontraba en ese momento presentándole un libro, seguramente pidiendo el autógrafo del autor.
Terminó el curso y se separaron, para pasar el verano en compañía de sus familias. Durante las primeras semanas se escribieron con regularidad, manteniendo el contacto; las cartas de él eran declaraciones de amor, cada vez más elaboradas, cada vez más apasionadas. Pero poco antes del otoño Daniela sufrió un accidente, que le impidió empezar el curso académico en las fechas normales. Él no fue a visitarla, y en las pocas semanas que duró su convalecencia sus cartas fueron cada vez menos frecuentes y efusivas. Sus amigas no querían hablar de él, cuándo ella les preguntaba. Al volver finalmente a las clases, pasadas las fiestas de Navidad, Daniela fue en su busca. Le encontró en la cafetería de la facultad, de la mano de una muchacha rubia que le miraba embelesada, mientras él le hablaba con pasión. Lloró durante todo el trimestre, y solo gracias a la ayuda de sus amigas pudo recuperarse y volver a disfrutar la vida.
Los años habían sido buenos con él. Se le veía fuerte y saludable, el pelo quizás un poco escaso, tal vez por eso lo llevaba muy corto, lejos ya de las melenas estudiantiles. Ya no llevaba aquellas horribles gafas de pasta (Daniela recordó la primera vez que se las quitó para mirarla). Mientras se colocaba en la cola para la firma, Daniela pudo comprobar que la mayoría de sus lectores eran jóvenes adolescentes, en parejas o acompañadas de sus madres, claramente excitadas por la posibilidad de la dedicatoria.
Se había licenciado y empezado a trabajar en un bufete, como secretaría. Allí conoció a un hombre bueno, con el que se casó y tuvo una hija. Ahora era una señora casada, y le había olvidado por completo. Hasta que una tarde, en una de sus librerías favoritas, una portada le llamó la atención, y al leer el nombre del autor su cerebro recuperó todas las memorias olvidadas. Compró el libro y esa misma noche lo empezó. No estaba mal, era una historia un tanto manida, chico encuentra chica, chica deja chico, chico recupera a chica. Sin embargo, se notaba en las palabras y en la forma de combinarlas que el autor era capaz de cosas mejores.
A partir de entonces, le siguió la pista. Supo (y leyó) de sus obras posteriores, ya más adultas, de sus colaboraciones con periódicos… Cuando una de sus novelas fue llevada al cine, escuchó una entrevista suya en la radio del coche, mientras viajaba de camino a una cita con un cliente. Oír su voz le provocó una dulce nostalgia, que ante su marido ocultó con una excusa cualquiera.
No era una sesión de firmas común. Daniela observó como él dedicaba un tiempo a hablar y preguntar a cada una de sus jóvenes fans, intentando que el momento fuera agradable para todos. Su sonrisa no había perdido la calidez con la que la recordaba, y sus manos conversaban mientras hablaba con las jóvenes.
Llegó su momento. Estaba muy nerviosa. Se acercó a la mesa, intentando que no le temblaran las piernas, adelantando el libro con una mano, mientras con la otra sujetaba su bolso contra su costado, tal vez para que el corazón no le saltara del pecho.
Hola
Hola, cómo estás
Me encanta como escribes
Muchas gracias, ¿a quién dedico el libro?
A Daniela.
Mientras intercambiaban estas frases ella le observaba, vigilando su mirada mientras veía cosas que no había percibido en la distancia de la fila: ligeras arrugas en sus ojos y frente, una lejana cicatriz en la comisura de sus labios, canas en su cabello. Su mano, que había empezado a escribir en la primera página del libro, se detuvo al escuchar su nombre. Levantó su mirada y los ojos de ambos se encontraron por un momento
¿Daniela?
Sí, solo Daniela
¿Quién es? ¿Tu hija?
Sí, es mi hija.
Fueron tal vez dos segundos, pero Daniela creyó percibir en los ojos de él un atisbo de reconocimiento, y por un instante, su cara se relajó y se transformo en el rostro de aquel otro escritor al que había amado en su juventud. Solo un instante. En seguida, el bajó la mirada y con un trazo seguro y elegante terminó la dedicatoria, cerró el libro, y se lo entregó.
Espero que le guste
Muchas gracias, yo…
No pudo seguir. Él ya había desviado la mirada hacia la siguiente persona de la fila, indicando que su turno había terminado. Daniela se retiró, caminando hacia la salida, con la cabeza llena de pensamientos, de sentimientos, de cierta melancolía que se le pasó inmediatamente al llegar a su casa. Allí le esperaba su hija, y pronto olvidó el incidente.
Un par de días más tarde encontró el libro en el asiento del coche, donde lo había dejado. En la portada aparecía un faro sobre un gran peñasco en medio del océano, con olas batiendo contra su torre, que iluminaba a lo lejos. “Amor a distancia”. Lo abrió. En la primera página, con una letra alargada y elegante aparecía la dedicatoria:
Para Daniela, luz de mi juventud…
A Daniela le sorprendió escuchar el nombre. Había ido a los grandes almacenes un poco a pasar el rato, realmente no necesitaba nada, pero siempre le había gustado curiosear por los distintos departamentos, y hoy el día aconsejaba estar a cubierto. El cielo plomizo y el viento no invitaban a pasar la tarde en el exterior.
Escuchó por segunda vez, para comprobar que no se había equivocado. Su mente retrocedió 15 años, a sus primeros años de universidad. Allí le conoció, en un foro sobre literatura romántica al que una de sus amigas le invitó, un joven de su misma edad, con ganas de ser escritor. Fue un flechazo. ¡Tenían tanto en común! Ella fue la destinataria de sus primeros escritos, torpes intentos de poesía que sin embargo le hicieron la mujer más feliz del mundo. Ella criticaba sus primeros intentos, le aportaba ideas, se embelesaba con su forma de escribir, de hablar. Durante el resto del curso estuvieron cogidos de la mano: conferencias, tardes en la biblioteca, salidas al cine, a bailar…
Sin saber cómo, Daniela se encontró en la sección de librería, sus pasos la habían llevado hasta allí de forma inconsciente. Cerca de la caja principal habían dispuesto una mesa con un tapete rojo, sobre la que había una pequeña pila de libros, seguramente dispuestos para la firma. Él estaba sentado, con un traje gris, sin corbata (nunca le gustaron), el pelo corto, inclinado hacia delante; una jovencita se encontraba en ese momento presentándole un libro, seguramente pidiendo el autógrafo del autor.
Terminó el curso y se separaron, para pasar el verano en compañía de sus familias. Durante las primeras semanas se escribieron con regularidad, manteniendo el contacto; las cartas de él eran declaraciones de amor, cada vez más elaboradas, cada vez más apasionadas. Pero poco antes del otoño Daniela sufrió un accidente, que le impidió empezar el curso académico en las fechas normales. Él no fue a visitarla, y en las pocas semanas que duró su convalecencia sus cartas fueron cada vez menos frecuentes y efusivas. Sus amigas no querían hablar de él, cuándo ella les preguntaba. Al volver finalmente a las clases, pasadas las fiestas de Navidad, Daniela fue en su busca. Le encontró en la cafetería de la facultad, de la mano de una muchacha rubia que le miraba embelesada, mientras él le hablaba con pasión. Lloró durante todo el trimestre, y solo gracias a la ayuda de sus amigas pudo recuperarse y volver a disfrutar la vida.
Los años habían sido buenos con él. Se le veía fuerte y saludable, el pelo quizás un poco escaso, tal vez por eso lo llevaba muy corto, lejos ya de las melenas estudiantiles. Ya no llevaba aquellas horribles gafas de pasta (Daniela recordó la primera vez que se las quitó para mirarla). Mientras se colocaba en la cola para la firma, Daniela pudo comprobar que la mayoría de sus lectores eran jóvenes adolescentes, en parejas o acompañadas de sus madres, claramente excitadas por la posibilidad de la dedicatoria.
Se había licenciado y empezado a trabajar en un bufete, como secretaría. Allí conoció a un hombre bueno, con el que se casó y tuvo una hija. Ahora era una señora casada, y le había olvidado por completo. Hasta que una tarde, en una de sus librerías favoritas, una portada le llamó la atención, y al leer el nombre del autor su cerebro recuperó todas las memorias olvidadas. Compró el libro y esa misma noche lo empezó. No estaba mal, era una historia un tanto manida, chico encuentra chica, chica deja chico, chico recupera a chica. Sin embargo, se notaba en las palabras y en la forma de combinarlas que el autor era capaz de cosas mejores.
A partir de entonces, le siguió la pista. Supo (y leyó) de sus obras posteriores, ya más adultas, de sus colaboraciones con periódicos… Cuando una de sus novelas fue llevada al cine, escuchó una entrevista suya en la radio del coche, mientras viajaba de camino a una cita con un cliente. Oír su voz le provocó una dulce nostalgia, que ante su marido ocultó con una excusa cualquiera.
No era una sesión de firmas común. Daniela observó como él dedicaba un tiempo a hablar y preguntar a cada una de sus jóvenes fans, intentando que el momento fuera agradable para todos. Su sonrisa no había perdido la calidez con la que la recordaba, y sus manos conversaban mientras hablaba con las jóvenes.
Llegó su momento. Estaba muy nerviosa. Se acercó a la mesa, intentando que no le temblaran las piernas, adelantando el libro con una mano, mientras con la otra sujetaba su bolso contra su costado, tal vez para que el corazón no le saltara del pecho.
Hola
Hola, cómo estás
Me encanta como escribes
Muchas gracias, ¿a quién dedico el libro?
A Daniela.
Mientras intercambiaban estas frases ella le observaba, vigilando su mirada mientras veía cosas que no había percibido en la distancia de la fila: ligeras arrugas en sus ojos y frente, una lejana cicatriz en la comisura de sus labios, canas en su cabello. Su mano, que había empezado a escribir en la primera página del libro, se detuvo al escuchar su nombre. Levantó su mirada y los ojos de ambos se encontraron por un momento
¿Daniela?
Sí, solo Daniela
¿Quién es? ¿Tu hija?
Sí, es mi hija.
Fueron tal vez dos segundos, pero Daniela creyó percibir en los ojos de él un atisbo de reconocimiento, y por un instante, su cara se relajó y se transformo en el rostro de aquel otro escritor al que había amado en su juventud. Solo un instante. En seguida, el bajó la mirada y con un trazo seguro y elegante terminó la dedicatoria, cerró el libro, y se lo entregó.
Espero que le guste
Muchas gracias, yo…
No pudo seguir. Él ya había desviado la mirada hacia la siguiente persona de la fila, indicando que su turno había terminado. Daniela se retiró, caminando hacia la salida, con la cabeza llena de pensamientos, de sentimientos, de cierta melancolía que se le pasó inmediatamente al llegar a su casa. Allí le esperaba su hija, y pronto olvidó el incidente.
Un par de días más tarde encontró el libro en el asiento del coche, donde lo había dejado. En la portada aparecía un faro sobre un gran peñasco en medio del océano, con olas batiendo contra su torre, que iluminaba a lo lejos. “Amor a distancia”. Lo abrió. En la primera página, con una letra alargada y elegante aparecía la dedicatoria:
Para Daniela, luz de mi juventud…
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