La
agarro firmemente con dos dedos, mí índice trabajando con el pulgar para
atrapar su dureza, mientras me admiro de su grosor, de cómo se mantiene sólida
a pesar de su longitud. Con cuidado, demorando el momento, la acerco a su
entrada, viendo cómo ondas de placer anticipado se muestran en su oscura piel.
El primer contacto es algo duro, difícil, pero mantengo mi presión constante y
enseguida me introduzco, sintiendo cómo el calor y la humedad me atrapan
inmediatamente. Una vez dentro, me muevo en pequeños círculos, que aumentan el
placer y hacen que mi boca comience a salivar. Una órbita, otra… La saco justo
antes de que pierda su densidad, un momento antes de que su dureza se ablande
por el placer. Embelesado, me quedo observando un instante cómo algo de líquido
fluye por su punta, cómo resbala una gota de dulce néctar de su extremo... No
aguanto más. Abro mi boca golosa, deseosa de su carne, y me la trago por
completo, sorbiendo su delicioso licor, cerrando los ojos para poder gozar más
de la experiencia…
“¿Le
pongo otra porra, señor? Hoy nos han salido riquísimas.”
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