Se habían vuelto a encontrar por casualidad, en la librería de viejo del pasaje San Ginés; él, como siempre, atraído como una polilla por todo aquello que tuviera papel y letras, ella, bueno, nunca supo qué hacía allí. Habían pasado quince años desde su último encuentro, y le costó reconocerla. Al principio, no le dio mayor importancia a la figura femenina que ojeaba libros usados en francés, a unos pasos de él. No fue hasta que la oyó preguntar el precio de un viejo volumen de poesía que se fijo en ella, su voz había despertado un recuerdo imperioso en su cabeza.
Ella había cambiado; los años no habían sido benévolos, pero aún conservaba esa nariz grande, la sonrisa amplia, más patas de gallo, pero los ojos igual de alegres. Siguiendo un instinto se acercó con rapidez, y tomando el libro que ella estaba empezando a dejar sobre el tablón, dijo:
Permítame que se lo regale.
Ella le miro sorprendida, asustada ante su aparición. Él la sonreía con su mejor sonrisa, intentando que ella recordara su cara, sus gestos. Dudaba. Los años tampoco habían sido buenos con él, su pelo había perdido color, sus ojos brillo, su cuerpo había cambiado la musculatura por la grasa… Sin embargo, al cabo de pocos segundos, pudo ver en sus ojos el reconocimiento, primero, y la alegría después, premiándole con ese brillo que tantas veces había visto antes.
Se besaron como dos desconocidos. Ella agradeció el gesto, él ofreció tomar un café cerca, si no tenía prisa ni ninguna otra cosa que hacer, ella aceptó coqueta. Fueron a uno de los pocos cafés que conservaban su antiguo mobiliario, resistiéndose a cambiar por la moda del cuero y el metacrilato, y se sentaron frente a frente. Hablaron durante horas, tímidos al principio, habían perdido toda la intimidad, pero conforme fueron deshojando las hojas de sus libros de vida, contándose las peripecias de esos años ausentes, volvieron a recobrar parte de la complicidad de antaño.
¿Por qué te fuiste?, le preguntó él, después de varios cafés, ya cenando en un pequeño restaurante cerca de la Plaza de la Opera. Era la pregunta que le había estado rondando todos esos años
Era una gran oportunidad, dijo ella, significaba volver a mi país, con un trabajo estable, en lo que yo quería. Había estado demasiado tiempo negándome a mí misma.
¿Y por qué no supe de ti?
Ella le miró. Podía ver la angustia que ese hombre había sentido, el dolor de la separación sin sentido, bajo su pregunta. Pero también veía a un hombre fuerte, seguro de sí mismo, que había superado esa y otras etapas.
No eras nada para mí, le respondió, mirándole fijamente a los ojos. Antes de tomar esa decisión, ya no éramos más que amigos que a veces se acuestan juntos, no te sentía cerca de mí. Cuando me marché, rompí con todo lo que había sido mi etapa en Madrid: mi marido, mis cosas, mis amigas, tú. No tenía necesidad de vosotros.
El sonrió con tristeza. Había llegado a esa misma conclusión al tiempo de su marcha, al saber que no se había puesto en contacto con ninguno de sus conocidos, aunque ese conocimiento no le había ahorrado dolor ni pesar por la pérdida. Pero ya había superado ese y otros amores, y el muchacho que ella había conocido ya no existía.
Siguieron hablando largo rato, de sus vidas, de sus hechos, de las familias y conocidos. Se pusieron al día de cada uno durante la cena, y siguieron conversando frente a una copa en un bar, cerca de su casa, acerca de sus sueños y pesares. Así ella supo que él se había casado y separado dos veces, que había viajado por medio mundo y ahora se había refugiado en el centro de Madrid. Ella le contó cómo había trabajado muchos años como traductora en Bruselas, hasta que encontró un trabajo en su Toulouse natal, que le había llevado a Madrid por unos días. No había vuelto a casarse.
Las horas pasaron. Ella preguntó ¿me invitas a la última en tu casa?, él aceptó la insinuación. Ambos sabían que en ello no había más que la continuación lógica de una tarde de amistad entre dos personas adultas que se atraen, nada más. Sin embargo, hicieron el amor apasionadamente, como si quisieran recobrar los años perdidos, volver a ese piso de Antonio López, a esas noches de verano, a la juventud extraviada.
Por la mañana, él la llevo el desayuno a la cama, e hicieron el amor una vez más, sosegada y amorosamente, como una despedida. Al acompañarla al aeropuerto, tras haber recogido sus cosas en el hotel, él sabía que no la volvería a ver; pero esta vez ella no dejaba ningún hueco en su corazón, ni heridas que hubiera que sanar. Cuando se despidieron, ella le besó tiernamente en la mejilla sin afeitar, al mismo tiempo que le susurraba  bientôt, mon ami.
Esperó hasta que cruzó la puerta de aduanas, despidiéndose con la mano, y regresó a Madrid. Aún no había encontrado el libro que estaba buscando, pero había cerrado un capítulo abierto en su vida.
domingo, enero 23, 2011
viernes, enero 21, 2011
Urracas en las palmeras
Como a él le gustaba contar, empezó tomando una copa de anís a escondidas el día de su primera comunión, y terminó, varios años después, sin trabajo, abandonado por la familia, malviviendo en un refugio de cartones en el Paseo Fluvial. El Charly se levantaba al salir el sol, eso en las ocasiones en que conseguía dormir, por la tiritera del mono (el del anís, decía cuando estaba de buen humor), hacia sus necesidades bajos los arcos del Puente Viejo, y comenzaba su peregrinación diaria: misa del alba en el Cristo del Buen Dolor, donde alguna de las beatas madrugadoras le dejaba algo de calderilla, con suerte, para seguir con la misa de ocho en Nuestra Señora de la Soledad, zona rica, de derechas de toda la vida, donde a lo mejor conseguía para tomar un café y comprarse una barra de pan; pasaba luego por el Pryca, donde limosneaba hasta que los seguratas le echaban, y finalizaba la mañana en cola del comedor de las Hermanas Auxiliadoras, donde tomaba, si la cola no era muy grande y era su día bueno, la única comida caliente de la jornada.
En esas andaba cuando el coche patrulla se acercó. Dos policías de paisano se bajaron y, entre forcejeos y gritos, le obligaron a subir al auto, saliendo después en dirección a la autopista. Una hora más tarde, estaba en la estación de servicio, tomando un menú de consomé o ensalada, filete con patatas o pollo con zanahorias, flan o helado de postre, café y servicio 7,50 euros, con el subinspector Gallo.
Al subinspector Gallo le caía bien el Charly, aunque no se lo reconocería ni a su madre. Era un yonki desahuciado que vendería a su hermana como comida de gatos por una dosis, sí, pero no le vendería mierda a un chaval de 12 años; era un hijoputa pero era la clase de hijoputa que le gustaban al subinspector. Eran poli y confidente desde hacía varios años, cosa más que sabida en los barrios bajos, aunque aún seguían haciendo el paripé de la resistencia al arresto, por la ‘reputación’ del Charly. Ambos sabían que esa podía ser la única comida del Charly en varios días, pero tenían un acuerdo tácito: el Charly no devoraba como una bestia y el subinspector le dejaba repetir menú.
Como siempre esperaron al café para hablar de sus negocios, mientras la camarera atendía sus labores detrás de la barra del autoservicio.
Mucho frío, jefe, dijo Charly, mientras se hurgaba los dientes con unas uñas negras, provocando un eructo que hizo vibrar los cristales del bar.
No me jodas Charly, ¿qué sabes?
Ná, no he oído nada
El subinspector le miró por encima de las gafas. Lo que pasase en los barrios bajos de la ciudad, en las Ínsulas o en Villa Patria, acababa siempre, por arte de magía, llegando a los oídos del Charly. Hacía dos días había aparecido un cuerpo decapitado frente a la Delegación de Gobierno, y los periódicos estaban sacando toda la carnaza contra la policía. Esa mañana el subinspector había estado aguantando el chaparrón durante 20 minutos, mientras el comisario le gritaba de todo menos bonito. No estaba de humor para tonterías
Ya me estás contando qué mierda sabes
Bueno, dijo Charly, viendo que no estaba el horno para bollos, aunque le hubieran venido bien, se dice por ahí que hay gente nueva en la ciudad, extranjeros, que han venído con dinero y ganas de armarla
¿Quiénes son?
No sé, no he escuchado nada más, parece que rusos o rumanos
¿Qué quieren y qué tienen que ver con el fiambre? No habían conseguido identificar al muerto, y eso era lo que más cabreaba al comisario
El bisho es su tarjeta de visita, han venido para quedarse.
En esas andaba cuando el coche patrulla se acercó. Dos policías de paisano se bajaron y, entre forcejeos y gritos, le obligaron a subir al auto, saliendo después en dirección a la autopista. Una hora más tarde, estaba en la estación de servicio, tomando un menú de consomé o ensalada, filete con patatas o pollo con zanahorias, flan o helado de postre, café y servicio 7,50 euros, con el subinspector Gallo.
Al subinspector Gallo le caía bien el Charly, aunque no se lo reconocería ni a su madre. Era un yonki desahuciado que vendería a su hermana como comida de gatos por una dosis, sí, pero no le vendería mierda a un chaval de 12 años; era un hijoputa pero era la clase de hijoputa que le gustaban al subinspector. Eran poli y confidente desde hacía varios años, cosa más que sabida en los barrios bajos, aunque aún seguían haciendo el paripé de la resistencia al arresto, por la ‘reputación’ del Charly. Ambos sabían que esa podía ser la única comida del Charly en varios días, pero tenían un acuerdo tácito: el Charly no devoraba como una bestia y el subinspector le dejaba repetir menú.
Como siempre esperaron al café para hablar de sus negocios, mientras la camarera atendía sus labores detrás de la barra del autoservicio.
Mucho frío, jefe, dijo Charly, mientras se hurgaba los dientes con unas uñas negras, provocando un eructo que hizo vibrar los cristales del bar.
No me jodas Charly, ¿qué sabes?
Ná, no he oído nada
El subinspector le miró por encima de las gafas. Lo que pasase en los barrios bajos de la ciudad, en las Ínsulas o en Villa Patria, acababa siempre, por arte de magía, llegando a los oídos del Charly. Hacía dos días había aparecido un cuerpo decapitado frente a la Delegación de Gobierno, y los periódicos estaban sacando toda la carnaza contra la policía. Esa mañana el subinspector había estado aguantando el chaparrón durante 20 minutos, mientras el comisario le gritaba de todo menos bonito. No estaba de humor para tonterías
Ya me estás contando qué mierda sabes
Bueno, dijo Charly, viendo que no estaba el horno para bollos, aunque le hubieran venido bien, se dice por ahí que hay gente nueva en la ciudad, extranjeros, que han venído con dinero y ganas de armarla
¿Quiénes son?
No sé, no he escuchado nada más, parece que rusos o rumanos
¿Qué quieren y qué tienen que ver con el fiambre? No habían conseguido identificar al muerto, y eso era lo que más cabreaba al comisario
El bisho es su tarjeta de visita, han venido para quedarse.
Vía de servicio
En algún momento de mi azarosa vida, cometí el ‘error’ de apuntarme a varios de esos sitios webs que te prometen encontrar el amor de tu vida con apenas un par de clics. Los primeros días recibía comunicaciones casi diarias de parte de los administradores con fotos ‘reales’ de mujeres que se acomodaban a mis preferencias; cuando pinchaba en las fotos de las que me parecía que realmente podrían ser algo más que un dibujo, era entonces cuando te comunicaban el truco. Para poder acceder a datos reales, que te permitieran al menos conocer si la foto era de una persona real o trucada (hay mucho lagart@ por internet), tenías que haber pasado por caja previamente.
Claro, ese es el modo en que estos sitios consiguen sobrevivir, pero yo no estaba tan desesperado (algunos de mis amigos dirían ‘tacaño’) y aún no veía claro que pagar por contactos fuera a solucionar mi problema; aunque ahora que esta información va a desaparecer de los periódicos, igual me lo tengo que replantear.
El caso es que, como muchas de las cosas que he hecho en mi vida, no me descolgué de esos sitios de alterne virtual, y cada dos o tres días sigo recibiendo un correo con fotos de ‘mujeres que pueden ser de tu gusto’, correos que inmediatamente iban a la carpeta de correo basura y eran eliminados casi sin mirar.
Sin embargo, hoy he recibido un correo que me ha hecho reflexionar un poco; en este caso, las mujeres que se ajustan a mis gustos son jovencitas, ligeras de ropa, con nombres sugerentes, en posturas que dejan poco lugar a la imaginación. Vamos, que mi primera reacción ha sido cerrar con rapidez el correo y mirar a mi alrededor con culpabilidad, como si estuviera ‘repasando’ una revista porno entre los informes de productividad en el trabajo y entrara mi jefa al despacho.
Lo que me ha llamado la atención es el salto que ha dado esta página de citas, desde enviar fotos más o menos reales, con poses que podrían pasar por modosas y normales, a enviar imágenes que directamente parecen sacadas de alguna revista para pedófilos y similares. Y me pregunto si el truco de aumentar el grado de apetencia del producto funcionara como en otros sitios: rebajas sobre rebajas, comidas ultra light, dos o tres por uno…
En fin, voy a ver si me han mandado otro correo, por si la tendencia aumenta :)
Claro, ese es el modo en que estos sitios consiguen sobrevivir, pero yo no estaba tan desesperado (algunos de mis amigos dirían ‘tacaño’) y aún no veía claro que pagar por contactos fuera a solucionar mi problema; aunque ahora que esta información va a desaparecer de los periódicos, igual me lo tengo que replantear.
El caso es que, como muchas de las cosas que he hecho en mi vida, no me descolgué de esos sitios de alterne virtual, y cada dos o tres días sigo recibiendo un correo con fotos de ‘mujeres que pueden ser de tu gusto’, correos que inmediatamente iban a la carpeta de correo basura y eran eliminados casi sin mirar.
Sin embargo, hoy he recibido un correo que me ha hecho reflexionar un poco; en este caso, las mujeres que se ajustan a mis gustos son jovencitas, ligeras de ropa, con nombres sugerentes, en posturas que dejan poco lugar a la imaginación. Vamos, que mi primera reacción ha sido cerrar con rapidez el correo y mirar a mi alrededor con culpabilidad, como si estuviera ‘repasando’ una revista porno entre los informes de productividad en el trabajo y entrara mi jefa al despacho.
Lo que me ha llamado la atención es el salto que ha dado esta página de citas, desde enviar fotos más o menos reales, con poses que podrían pasar por modosas y normales, a enviar imágenes que directamente parecen sacadas de alguna revista para pedófilos y similares. Y me pregunto si el truco de aumentar el grado de apetencia del producto funcionara como en otros sitios: rebajas sobre rebajas, comidas ultra light, dos o tres por uno…
En fin, voy a ver si me han mandado otro correo, por si la tendencia aumenta :)
miércoles, enero 19, 2011
Paths to desire
Permaneció unos minutos mirando hacia el camino, como si esperase que el grupo volviera. El beso de Lumia le había provocado una especie de parálisis, su cerebro no acertaba a comunicarse con su cuerpo. Al cabo de un rato, prosiguió su camino con la cabeza llena de preguntas, de deseos, de esperanzas y miedos.
Consiguió llegar a su casa casi por instinto, ajeno a todo y todos durante el resto del trayecto. Una vez en su casa, Héctor se sentó en uno de los sillones de la biblioteca, intentando analizar lo sucedido. Aún podía sentir el suave contacto de sus labios, la presión contra su boca, recordaba como en un sueño haber notado que la joven cerró los ojos al besarle. Si cerraba los suyos, todavía creía oler el sutil perfume de su pelo.
La mañana pasó, y la tarde se consumió mientras permanecía sentado en la biblioteca, rememorando el instante, junto con todo lo que había pasado con esa joven: los sollozos en la noche en que se conocieron, sus sueños intranquilos durante la convalecencia, las noticias que le había dado Germán, su compañero de estudios, acerca de las razones del asesinato de sus padres, su autoimpuesto exilio… En esos meses, su pensamiento había ido más de una vez hacia la joven, aunque trató de ahogarlo en casi todos los licores conocidos.
Era noche cerrada cuando por fin se levantó, su cuerpo dolorido quejándose amargamente, y se dirigió a su habitación. Se desnudó fatigosamente, aún con los ojos llenos de ese instante que se empezaba a borrar por el uso, y se contempló en el espejo de cuerpo entero que cubría una de las paredes. Sus ojos, cansados y enrojecidos, le devolvieron la imagen de un hombre ya mayor, cercano a la derrota y con la mayor parte de sus sueños rotos. “No te hagas ilusiones, viejo”, le dijo, “dolerá menos.”
Consiguió llegar a su casa casi por instinto, ajeno a todo y todos durante el resto del trayecto. Una vez en su casa, Héctor se sentó en uno de los sillones de la biblioteca, intentando analizar lo sucedido. Aún podía sentir el suave contacto de sus labios, la presión contra su boca, recordaba como en un sueño haber notado que la joven cerró los ojos al besarle. Si cerraba los suyos, todavía creía oler el sutil perfume de su pelo.
La mañana pasó, y la tarde se consumió mientras permanecía sentado en la biblioteca, rememorando el instante, junto con todo lo que había pasado con esa joven: los sollozos en la noche en que se conocieron, sus sueños intranquilos durante la convalecencia, las noticias que le había dado Germán, su compañero de estudios, acerca de las razones del asesinato de sus padres, su autoimpuesto exilio… En esos meses, su pensamiento había ido más de una vez hacia la joven, aunque trató de ahogarlo en casi todos los licores conocidos.
Era noche cerrada cuando por fin se levantó, su cuerpo dolorido quejándose amargamente, y se dirigió a su habitación. Se desnudó fatigosamente, aún con los ojos llenos de ese instante que se empezaba a borrar por el uso, y se contempló en el espejo de cuerpo entero que cubría una de las paredes. Sus ojos, cansados y enrojecidos, le devolvieron la imagen de un hombre ya mayor, cercano a la derrota y con la mayor parte de sus sueños rotos. “No te hagas ilusiones, viejo”, le dijo, “dolerá menos.”
A las puertas
Dime, ¿por qué lo haces?
No lo sé, contesto el muchacho, es algo que me sale del alma.
El viejo escuchaba al niño con interés, intentando descubrir si mentía o decía la verdad. Había sido profesor durante muchos años, primero en escuelas parroquiales, y luego, cuando su fe decreció hasta desaparecer por completo, en escuelas de pueblo, donde sus conocimientos de latín y ciencias le situaban muy por encima de la media de maestros.
Estaban en una de las salas de la vieja escuela, ahora vacía de niños. El sol entraba por las ventanas e iluminaba los pupitres y sillas huérfanas, haciendo que el polvo de generaciones de tizas bailase en sus rayos. El viejo estaba sentado en la mesa del maestro, situada sobre una tarima poco elevada, mientras el niño se encontraba a su lado, de pie. La palmeta, sobre la mesa, indicaba a las claras el motivo de la reunión, y las miradas furtivas del chiquillo lo confirmaban.
Te lo preguntaré de nuevo, y más vale que la respuesta me convenza, dijo de pronto, con voz sonora el anciano, tomando el mango de la palmeta para hacer más real su amenaza.
El chiquillo le miró fijamente y luego a la tablilla, sopesando con cuidado una respuesta de la que podía depender su bienestar físico. Se mordía los labios, indeciso.
No sé, dijo finalmente, bajando la cabeza.
El golpe estalló en toda la sala, haciendo vibrar los cristales de las ventanas del extremo opuesto; las motas de polvo se movieron frenéticamente con las ondas que produjo. El impacto hizo que el muchacho metiera la cabeza entre los hombros, como si quisiera protegerla del inminente choque, cerrando con fuerza los ojos y apretando los dientes tan fuerte como podía.
Tan asustado estaba, que tardó unos segundos en darse cuenta que había sido la mesa la que había sufrido toda la fuerza del maestro, levantando décadas de polvo que ahora caían como una suave nevisca sobre ellos. Perplejo, abrió los ojos con mucho cuidado, mientras se relajaba poco a poco, la sorpresa aún le hacía retumbar el corazón.
El viejo estaba inmóvil, la mano que había golpeado la mesa marcada con un contorno de polvo, un ligero temblor en su cara. Márchate, dijo, ¡ahora!, gritó, desplomándose sobre la silla.
El muchacho salió corriendo, sin esperar a que el maestro cambiara de opinión, aliviado por haber escapado al castigo, deseoso de reunirse con sus compañeros y vanagloriarse de la hazaña.
El anciano permaneció varios minutos sentado, sin moverse. Finalmente, tanteó hasta encontrar el bastón que había dejado a un lado de la mesa, y se fue caminando, con una mano palpando el aire. Había acabado otro día de escuela.
No lo sé, contesto el muchacho, es algo que me sale del alma.
El viejo escuchaba al niño con interés, intentando descubrir si mentía o decía la verdad. Había sido profesor durante muchos años, primero en escuelas parroquiales, y luego, cuando su fe decreció hasta desaparecer por completo, en escuelas de pueblo, donde sus conocimientos de latín y ciencias le situaban muy por encima de la media de maestros.
Estaban en una de las salas de la vieja escuela, ahora vacía de niños. El sol entraba por las ventanas e iluminaba los pupitres y sillas huérfanas, haciendo que el polvo de generaciones de tizas bailase en sus rayos. El viejo estaba sentado en la mesa del maestro, situada sobre una tarima poco elevada, mientras el niño se encontraba a su lado, de pie. La palmeta, sobre la mesa, indicaba a las claras el motivo de la reunión, y las miradas furtivas del chiquillo lo confirmaban.
Te lo preguntaré de nuevo, y más vale que la respuesta me convenza, dijo de pronto, con voz sonora el anciano, tomando el mango de la palmeta para hacer más real su amenaza.
El chiquillo le miró fijamente y luego a la tablilla, sopesando con cuidado una respuesta de la que podía depender su bienestar físico. Se mordía los labios, indeciso.
No sé, dijo finalmente, bajando la cabeza.
El golpe estalló en toda la sala, haciendo vibrar los cristales de las ventanas del extremo opuesto; las motas de polvo se movieron frenéticamente con las ondas que produjo. El impacto hizo que el muchacho metiera la cabeza entre los hombros, como si quisiera protegerla del inminente choque, cerrando con fuerza los ojos y apretando los dientes tan fuerte como podía.
Tan asustado estaba, que tardó unos segundos en darse cuenta que había sido la mesa la que había sufrido toda la fuerza del maestro, levantando décadas de polvo que ahora caían como una suave nevisca sobre ellos. Perplejo, abrió los ojos con mucho cuidado, mientras se relajaba poco a poco, la sorpresa aún le hacía retumbar el corazón.
El viejo estaba inmóvil, la mano que había golpeado la mesa marcada con un contorno de polvo, un ligero temblor en su cara. Márchate, dijo, ¡ahora!, gritó, desplomándose sobre la silla.
El muchacho salió corriendo, sin esperar a que el maestro cambiara de opinión, aliviado por haber escapado al castigo, deseoso de reunirse con sus compañeros y vanagloriarse de la hazaña.
El anciano permaneció varios minutos sentado, sin moverse. Finalmente, tanteó hasta encontrar el bastón que había dejado a un lado de la mesa, y se fue caminando, con una mano palpando el aire. Había acabado otro día de escuela.
C'est l'amour qui retient dans ses chaînes
Le había parecido ver una chispa de alegría en los ojos del hombre al alzar sus ojos, pero había durado apenas un instante. Las convenciones sociales habían vuelto a dominar la escena enseguida, haciendo que intercambiaran vanas frases cordiales, antes de que el hombre se despidiera con amabilidad. Ella había quedado mirando un segundo su marcha, antes de volver hacia el grupo de sus amigas (que seguro estaban cuchicheando sobre su descarada actitud). Sentía que algo había quedado pendiente, algo no estaba bien.
Nunca supo qué le hizo decidirse, en qué estaba pensando en ese momento, qué instinto o sentimiento le hicieron comportarse cómo lo hizo. Más tarde, en el internado, mientras recordaba lo sucedido como en una nube, tuvo que admitirse a sí misma que fue esa sensación de vacío, de falta de plenitud en el momento, lo que la llevó a darse la vuelta, echar a correr hacia el hombre, y al llegar a su altura, levantarse ligeramente sobre sus pies para dejar un rápido beso en los labios del sorprendido hombre, dejándolo desconcertado mientras la veía regresar corriendo de nuevo, las mejillas arreboladas no sabía si por la carrera o por los sentimientos, hacia el grupo de muchachas con el que desapareció de la vista.
Nunca supo qué le hizo decidirse, en qué estaba pensando en ese momento, qué instinto o sentimiento le hicieron comportarse cómo lo hizo. Más tarde, en el internado, mientras recordaba lo sucedido como en una nube, tuvo que admitirse a sí misma que fue esa sensación de vacío, de falta de plenitud en el momento, lo que la llevó a darse la vuelta, echar a correr hacia el hombre, y al llegar a su altura, levantarse ligeramente sobre sus pies para dejar un rápido beso en los labios del sorprendido hombre, dejándolo desconcertado mientras la veía regresar corriendo de nuevo, las mejillas arreboladas no sabía si por la carrera o por los sentimientos, hacia el grupo de muchachas con el que desapareció de la vista.
martes, enero 18, 2011
Aire moreno de cañaveral
El movimiento de la joven le sobresaltó. El contacto de su guante con la tela de su abrigo fue como un latigazo en su espina dorsal. Miró primero a su mano, puesta sobre su brazo con naturalidad, y luego a la muchacha. Lo que vio en su rostro le hizo relajarse por completo. Un mechón de su cabello sobresalía de su sombrero y le caía sobre la frente, haciendo que su mirada se fijara en sus grandes ojos castaños, que le observaban con una intensidad que le asustó inicialmente. Intentó articular algunas palabras de cortesía, al mismo tiempo que procuraba deshacerse de la mano de la joven, su primera intención proseguir el camino. Pero de nuevo ella le desarmó por completo, el sonido de su voz hizo que su corazón intentara estallar en su pecho, al mismo tiempo que sus ojos no podían despegarse de los suyos, inmensos, como un negro pozo del que no hubiera salida.
Más tarde, intentando rememorar la escena, no pudo recordar las palabras exactas que habían intercambiado: unas frases de cortesía, preguntas por sus familiares, los estudios, su salud… Supo así que estaba en Algena por unos días, que regresaba al internado al día siguiente, a terminar su último año de estudios, su futuro aún no estaba decidido, claro que daría sus recuerdos al abuelo, muy amable por su parte.
Más tarde, intentando rememorar la escena, no pudo recordar las palabras exactas que habían intercambiado: unas frases de cortesía, preguntas por sus familiares, los estudios, su salud… Supo así que estaba en Algena por unos días, que regresaba al internado al día siguiente, a terminar su último año de estudios, su futuro aún no estaba decidido, claro que daría sus recuerdos al abuelo, muy amable por su parte.
Amanecer del aurora
Lumia levantó la vista al oír su voz, y lo reconoció enseguida. No habían cambiado los años su rostro sereno de ojos calmos, ni habían agregado más arrugas, tal vez algún pliegue nuevo aparecía ahora en su frente. Más canas sí, pero no había perdido cabello, le pareció intuir cuando se levantó el sombrero para saludar al grupo de sus amigas, que le habían dejado atrás en un momento de ensimismamiento.
Su corazón se aceleró. Por alguna razón, su mente llevaba varios días centrada en lo que había pasado aquella noche, recordando cada detalle de los días siguientes, de su convalecencia, de las horas de conversación mientras se recuperaba, de los paseos por el campo, de los silencios. Después de que el hombre desapareciera (“es mejor así” le había dicho su abuelo, al preguntarle por las razones de su ausencia) Lumia había llorado con tristeza por la pérdida del amigo fiel, de la empatía de sus sentimientos, pero al cabo de poco tiempo, su joven naturaleza le había ayudado a olvidarlo, y a clasificarlo dentro de las memorias de infancia, como sus muñecas e inocentes juegos. Recuerdos que a veces regresan con más fuerza que los hechos recientes.
Su presencia allí la hizo despertar de su ensoñación, y con un atrevimiento que luego no supo explicar de dónde había sacado, se acercó a él y le tomó del brazo, impidiendo que siguiera su camino.
Su corazón se aceleró. Por alguna razón, su mente llevaba varios días centrada en lo que había pasado aquella noche, recordando cada detalle de los días siguientes, de su convalecencia, de las horas de conversación mientras se recuperaba, de los paseos por el campo, de los silencios. Después de que el hombre desapareciera (“es mejor así” le había dicho su abuelo, al preguntarle por las razones de su ausencia) Lumia había llorado con tristeza por la pérdida del amigo fiel, de la empatía de sus sentimientos, pero al cabo de poco tiempo, su joven naturaleza le había ayudado a olvidarlo, y a clasificarlo dentro de las memorias de infancia, como sus muñecas e inocentes juegos. Recuerdos que a veces regresan con más fuerza que los hechos recientes.
Su presencia allí la hizo despertar de su ensoñación, y con un atrevimiento que luego no supo explicar de dónde había sacado, se acercó a él y le tomó del brazo, impidiendo que siguiera su camino.
domingo, enero 16, 2011
Lluvia tranquila
El encuentro le cogió completamente por sorpresa. Esa mañana había salido temprano de su casa, aprovechando el aumento de las horas de luz solar para pasear por los alrededores del pueblo, como era su costumbre. Ese día sus vagabundeos por montes y quebradas le hicieron regresar por la antigua carretera de Valdiviejas, ahora apenas un camino terroso que sólo utilizaban algunos vecinos para acercarse a las parcelas y terrenos de la falda oeste de la Sierra de las Cabrillas, pero que antiguamente era la vía preferente de comunicación del pueblo con las localidades vecinas, hasta que se construyó la carretera de Valgarrovillas, que evitaba rodeos y reducía el tiempo de viaje.
Siguiendo este camino se encontraba el antiguo cementerio de Algena, rodeado de una tapia blanca y oculto de la senda tras una pequeña colina. Una decisión repentina le hizo entrar en el camposanto, abriendo la verja negra que lo guardaba y que solo se cerraba por las noches. Caminó un buen rato por sus veredas, sin un rumbo definido, hasta que se encontró de pronto frente a la tumba de sus padres. Comprendió entonces el motivo de sus pasos, la añoranza que le había asaltado durante esa mañana, en la que todos los rincones le traían recuerdos de su infancia. Miró la tumba de su madre y recordó su rostro bondadoso, su peinado siempre a la moda, la volvió a ver sentada tejiendo o cosiendo en el salón, mientras observaba la calle y sus viandantes. Los recuerdos de su padre no fueron tan apacibles, pero el tiempo había hecho que el hombre viera a su progenitor de una manera distinta, sin la hostilidad de la juventud.
El paso de los años y el olvido habían hecho crecer rabanillos y otras malas hierbas en los alrededores de la tumba, y el hombre se ocupó de la limpieza de ambos sepulcros, más por prolongar el tiempo en compañía de sus padres que por penitencia. Cuando acabó su tarea era ya media mañana, y el sol tibio de finales de invierno estaba calentando los fríos huesos que reposaban en el camposanto.
Fue al salir del cementerio cuando la vio, paseando junto a otras muchachas por el viejo camino. Normalmente el grupo de jóvenes no le hubiera llamado la atención, y con seguridad habría evitado cruzarse con ellas desapareciendo a un lado de la vereda. Pero tal vez fueros los sentimientos que le inundaban en ese momento, o tal vez el que la joven se hubiera rezagado y fuese sola, lo que hizo que se fijara en esa muchacha, vestida con un negro abrigo que tapaba cualquier forma. La reconoció al cabo de unos segundos, aunque su rostro había cambiado bastante desde la última vez que la vio. Era ahora más lleno, más pleno de vida y juventud, aunque los ojos habían cambiado poco; seguían teniendo un aire de tristeza que aparecía por momentos, como si la joven intentara ocultarlo.
El grupo ya le había visto, y las muchachas le observaban con recelo. Comprendió al instante que, con lo que se contaba de él en el pueblo, y en aquellas circunstancias, ninguna de ellas querría acercarse a él, por lo que se llevo la mano al sombrero, y saludó cortésmente a aquellas niñas, pasando a su lado lo más deprisa que pudo.
Siguiendo este camino se encontraba el antiguo cementerio de Algena, rodeado de una tapia blanca y oculto de la senda tras una pequeña colina. Una decisión repentina le hizo entrar en el camposanto, abriendo la verja negra que lo guardaba y que solo se cerraba por las noches. Caminó un buen rato por sus veredas, sin un rumbo definido, hasta que se encontró de pronto frente a la tumba de sus padres. Comprendió entonces el motivo de sus pasos, la añoranza que le había asaltado durante esa mañana, en la que todos los rincones le traían recuerdos de su infancia. Miró la tumba de su madre y recordó su rostro bondadoso, su peinado siempre a la moda, la volvió a ver sentada tejiendo o cosiendo en el salón, mientras observaba la calle y sus viandantes. Los recuerdos de su padre no fueron tan apacibles, pero el tiempo había hecho que el hombre viera a su progenitor de una manera distinta, sin la hostilidad de la juventud.
El paso de los años y el olvido habían hecho crecer rabanillos y otras malas hierbas en los alrededores de la tumba, y el hombre se ocupó de la limpieza de ambos sepulcros, más por prolongar el tiempo en compañía de sus padres que por penitencia. Cuando acabó su tarea era ya media mañana, y el sol tibio de finales de invierno estaba calentando los fríos huesos que reposaban en el camposanto.
Fue al salir del cementerio cuando la vio, paseando junto a otras muchachas por el viejo camino. Normalmente el grupo de jóvenes no le hubiera llamado la atención, y con seguridad habría evitado cruzarse con ellas desapareciendo a un lado de la vereda. Pero tal vez fueros los sentimientos que le inundaban en ese momento, o tal vez el que la joven se hubiera rezagado y fuese sola, lo que hizo que se fijara en esa muchacha, vestida con un negro abrigo que tapaba cualquier forma. La reconoció al cabo de unos segundos, aunque su rostro había cambiado bastante desde la última vez que la vio. Era ahora más lleno, más pleno de vida y juventud, aunque los ojos habían cambiado poco; seguían teniendo un aire de tristeza que aparecía por momentos, como si la joven intentara ocultarlo.
El grupo ya le había visto, y las muchachas le observaban con recelo. Comprendió al instante que, con lo que se contaba de él en el pueblo, y en aquellas circunstancias, ninguna de ellas querría acercarse a él, por lo que se llevo la mano al sombrero, y saludó cortésmente a aquellas niñas, pasando a su lado lo más deprisa que pudo.
Más fácil que ayer
Nuestra casa estaba situada en la periferia del pueblo, en una calle en que en el momento de su construcción había muy pocas casas: durante muchos años estuvo frente a nuestra puerta, al otro lado de la calle, un chiquero, en el que aprovechábamos para tirar las basuras, alimentando a sus inquilinos, y del que en verano sufríamos sus moscas y olores. Con los años, otras casas se construyeron a su lado, enfrente y por arriba, eliminando de esta manera muchas de las características que la hacían especialmente única, y que aún perviven en mi memoria.
Por razones de construcción, en la casa habitaban 3 familias, ambos tíos nuestros, por lo que en verano nos juntábamos muchos primos en el mismo lugar, lo que hacía que las excursiones familiares a la piscina o a cualquier otro sitio una autentica campaña militar, con provisiones, toallas, mantas, etc. Nosotros habitábamos el piso medio, que era el que daba a la calle principal; desde nuestra puerta podíamos ver los riscos de esa parte del valle, y el sobrevolar de los buitres que recorrían la serranía en busca de carroñas.
Recuerdo las tardes de calor veraniego, cuando después de regar profusamente el pavimento para refrescarlo, se instalaba una mesa con cuatro sillas y se organizaban largas partidas de cartas, que en ocasiones se prolongaban hasta la noche, bajo la luz de la farola que el ayuntamiento había tenido a bien instalar en nuestro edificio. Eran reñidas competiciones, en las que parejas de primos o hermanos se enfrentaban entre sí; en muchas ocasiones incluso nuestros padres entraban en la lid, como si estuvieran en la taberna de Castro, y las voces y juramentos se escuchaban en toda la calle.
La nuestra era una de las últimas farolas antes de salir del pueblo, y en las noches de fines de semana las parejas acostumbraban a sentarse en nuestras escaleras, bajo su luz, para conversar de madrugada, después del baile. La ventana de mi habitación daba directamente a esas escaleras, y recuerdo haberme despertado varias veces con el sonido de susurros y voces quedas, que a veces se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. En los no escasos momentos en que el fluido eléctrico fallaba, muchos de esos sonidos se volvían ininteligibles para mi corta edad y experiencia.
Desde nuestra terraza se tenía una vista privilegiada de los tejados del pueblo, que se extendían a ambos lados de la carretera, subiendo contra las empinadas laderas de la parte de solana del valle, y muchas tardes las he pasado en esa terraza observando los relámpagos de la tormenta contra las montañas, o las cortinas de lluvia moverse grises sobre el valle, incluso los atardeceres cuando el sol se escondía tras el risco.
En muchas ocasiones, cuando ya el sol hacía rato que se había escondido y el calor había remitido, y con la intención de dar un paseo antes de acostarnos, nuestros padres nos llevaban a una caminata por las afueras del pueblo, especialmente en noches sin luna, para que pudiéramos admirar el cielo nocturno y sus maravillas. Para chicos de ciudad como nosotros, observar estrellas y constelaciones, invisibles en muchas de nuestras calles de ciudad, era todo un espectáculo, así como el caminar en la oscuridad, e ir adivinando formas y siluetas que aparecían en el camino; a veces, esas formas se convertían en una pareja que intentaba disimular sus negocios ante la presencia de adultos.
Por razones de construcción, en la casa habitaban 3 familias, ambos tíos nuestros, por lo que en verano nos juntábamos muchos primos en el mismo lugar, lo que hacía que las excursiones familiares a la piscina o a cualquier otro sitio una autentica campaña militar, con provisiones, toallas, mantas, etc. Nosotros habitábamos el piso medio, que era el que daba a la calle principal; desde nuestra puerta podíamos ver los riscos de esa parte del valle, y el sobrevolar de los buitres que recorrían la serranía en busca de carroñas.
Recuerdo las tardes de calor veraniego, cuando después de regar profusamente el pavimento para refrescarlo, se instalaba una mesa con cuatro sillas y se organizaban largas partidas de cartas, que en ocasiones se prolongaban hasta la noche, bajo la luz de la farola que el ayuntamiento había tenido a bien instalar en nuestro edificio. Eran reñidas competiciones, en las que parejas de primos o hermanos se enfrentaban entre sí; en muchas ocasiones incluso nuestros padres entraban en la lid, como si estuvieran en la taberna de Castro, y las voces y juramentos se escuchaban en toda la calle.
La nuestra era una de las últimas farolas antes de salir del pueblo, y en las noches de fines de semana las parejas acostumbraban a sentarse en nuestras escaleras, bajo su luz, para conversar de madrugada, después del baile. La ventana de mi habitación daba directamente a esas escaleras, y recuerdo haberme despertado varias veces con el sonido de susurros y voces quedas, que a veces se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. En los no escasos momentos en que el fluido eléctrico fallaba, muchos de esos sonidos se volvían ininteligibles para mi corta edad y experiencia.
Desde nuestra terraza se tenía una vista privilegiada de los tejados del pueblo, que se extendían a ambos lados de la carretera, subiendo contra las empinadas laderas de la parte de solana del valle, y muchas tardes las he pasado en esa terraza observando los relámpagos de la tormenta contra las montañas, o las cortinas de lluvia moverse grises sobre el valle, incluso los atardeceres cuando el sol se escondía tras el risco.
En muchas ocasiones, cuando ya el sol hacía rato que se había escondido y el calor había remitido, y con la intención de dar un paseo antes de acostarnos, nuestros padres nos llevaban a una caminata por las afueras del pueblo, especialmente en noches sin luna, para que pudiéramos admirar el cielo nocturno y sus maravillas. Para chicos de ciudad como nosotros, observar estrellas y constelaciones, invisibles en muchas de nuestras calles de ciudad, era todo un espectáculo, así como el caminar en la oscuridad, e ir adivinando formas y siluetas que aparecían en el camino; a veces, esas formas se convertían en una pareja que intentaba disimular sus negocios ante la presencia de adultos.
viernes, enero 14, 2011
Suave brisa de arboleda
A sus dieciséis años, Lumia era una muchacha de rara belleza. Tenía una nariz respingona y fina, enmarcada en un campo de pecas, que no lograban competir con sus grandes ojos castaños, siempre dispuestos a mostrar chispas de alegría, y una bonita sonrisa de dientes blancos que iluminaba su cara cuando aparecía, bastante frecuentemente. Sí, era cierto que no podía rivalizar con otras niñas del internado, como Clara Valduesa, con su larga melena rubia y aristocráticos ojos azules, el centro de atención en todas las actividades escolares, o con Rosa Campos, de la que se decía que tenía los pechos más grandes de todo el internado. Pero Lumia se encontraba a gusto con su cuerpo, y no participaba de los juegos de las otras niñas, pensados para cazar un marido rico o realizar un matrimonio de prestigio.
El internado del Sagrado Corazón había sido un convento en la segunda mitad del siglo XIX, y había ido decayendo hasta que la orden decidió habilitarlo como internado para señoritas después de la Guerra. En él se educaban las hijas de la nobleza regional, así como los retoños de los nuevos ricos creados por el estraperlo y el racionamiento. Las antiguas celdas de las monjas se habían habilitado y unido para crear salas de clase, de estudio, de costura, despachos para las hermanas, etc., pero los antiguos desvanes estaban prácticamente intactos: una gran habitación que recorría cada edificio de punta a punta, donde las lavanderas ponían la ropa a secar en los días de lluvia, y que también servía de almacén de trastos y palomar ocasional.
A Lumia le gustaba la buhardilla de su edificio, le gustaba pasar las horas muertas asomada al ventanuco que daba a la plaza de Armas, viendo pasar a la gente mientras el sol le calentaba el rostro. Le gustaba imaginar las vidas que llevarían los viandantes: aquel soldado de uniforme venía de las colonias, seguramente al encuentro de la novia que esperaba su regreso con ansiedad; aquel caballero que miraba el reloj estaba esperando un importante paquete de Madrid, con el que salvaría la honra de su amada; aquella pareja que paseaba por la plaza, seguidos a corta distancia por la madre de la muchacha, se amaban con locura, y esa misma noche se fugarían hacía Paris para vivir su amor sin tapujos.
El internado del Sagrado Corazón había sido un convento en la segunda mitad del siglo XIX, y había ido decayendo hasta que la orden decidió habilitarlo como internado para señoritas después de la Guerra. En él se educaban las hijas de la nobleza regional, así como los retoños de los nuevos ricos creados por el estraperlo y el racionamiento. Las antiguas celdas de las monjas se habían habilitado y unido para crear salas de clase, de estudio, de costura, despachos para las hermanas, etc., pero los antiguos desvanes estaban prácticamente intactos: una gran habitación que recorría cada edificio de punta a punta, donde las lavanderas ponían la ropa a secar en los días de lluvia, y que también servía de almacén de trastos y palomar ocasional.
A Lumia le gustaba la buhardilla de su edificio, le gustaba pasar las horas muertas asomada al ventanuco que daba a la plaza de Armas, viendo pasar a la gente mientras el sol le calentaba el rostro. Le gustaba imaginar las vidas que llevarían los viandantes: aquel soldado de uniforme venía de las colonias, seguramente al encuentro de la novia que esperaba su regreso con ansiedad; aquel caballero que miraba el reloj estaba esperando un importante paquete de Madrid, con el que salvaría la honra de su amada; aquella pareja que paseaba por la plaza, seguidos a corta distancia por la madre de la muchacha, se amaban con locura, y esa misma noche se fugarían hacía Paris para vivir su amor sin tapujos.
Aquella tarde lluviosa las lecciones de francés no le interesaban lo más mínimo, y en cuanto pudo se escabullo hacia los trasteros subiendo las viejas escaleras de madera. Había que ser muy sigilosa, ya que los tablones estaban tan viejos que crujían al menor peso, y las monjas tenían muy buen oído. Una vez llegó al último piso se escabulló a través de una de las puertas y se dirigió a su lugar favorito, una habitación separada por dos tabiques del resto del desván, en la que las monjas guardaban repuestos de ropa de cama, y que tenía una ventana que daba a uno de los laterales de la plaza. La lluvia había dejado paso a una fina llovizna que caía sobre la ciudad, y algunos de los más osados ya no llevaban paraguas. Asomada a la ventana, Lumia podía ver casi toda la plaza, aunque tenía que tener cuidado si no quería que las gotas que caían desde el viejo vierteaguas de cinc, y que iban a morir a un pequeño charco entre las tejas de debajo del ventanuco, le mojasen el pelo negro, corto como le gustaba llevarlo.
Sin paseantes a los que observar, Lumia se contentó con mirar cómo iban creciendo y cayendo lentamente las gotas al charquito, y cómo rebotaban hasta formar una diminuta forma de campana, con su sonido característico al caer de nuevo. Era su último año en el internado, y en pocas semanas estaría de vuelta en Algena, con sus abuelo, con los estudios terminados y poco más que hace que esperar a que apareciera el hombre de sus sueños. Sin saber por qué, recordó una noche hacía ya varios años, en la que sus terrores la llevaron al bosque, y como una mano fuerte y delicada al mismo tiempo la sacó del olvido y la trajo de regreso. Sonrió, y el sol apareciendo entre las nubes iluminó su rostro como si estuviera esperando su sonrisa para salir a despedir la tarde.
miércoles, enero 12, 2011
Buscando huellas de tu piel en mi piel
La habitación no era grande, pero estaba limpia. Apenas cuatro paredes con una cama, un velador, un par de sillas donde colgar la ropa, y un pequeño cuarto de baño adosado a un lateral. En el exterior de la única ventana la niebla cubría la ciudad, apagando el ruido de pasos y envolviendo a las farolas en un halo que no conseguía atravesar las hebras de vapor.
En la habitación, sobre la cama, un hombre pensaba tumbado sobre la cama, la mano cruzada bajo la cabeza y un pico de la sabana tapando su hombría, mientras escuchaba el sonido de la ducha correr. Gotas de sudor todavía perlaban su frente y su amplio pecho, mostrando señales del reciente coito.
Desde que había regresado a Algena, el hombre solía visitar una o dos veces al mes Casa Cocot, siempre a altas horas de la noche, aunque nunca había pretendido pasar desapercibido. La dueña, doña Águeda, le solía recibir en el salón principal, y, tras las primeras visitas, le obsequiaba con su conversación y una copa de brandy, regalo que muchos de los clientes habituales desdeñaban, presas del deseo frenético y culpable.
El hombre siempre conversaba con ella unos minutos, mientras una de las chicas se quedaba libre o se aseaba, y enseguida encontraron lugares comunes sobre los que intercambiar recuerdos y sensaciones: las noches de Paris, los baños en la playa de la Concha, las convulsiones y esperanzas de la II República… Estas conversaciones normalmente terminaban con la llegada de Clara o Irene, raramente Emilia, que acompañaban al hombre al piso superior, tras despedirse de doña Águeda educadamente.
A las chicas les gustaba el hombre. De hablar pausado y tranquilo, nunca las violentaba ni las trataba como objetos, como hacían muchos de sus clientes, acostumbrados o deseosos de poder dominar a una hembra, aunque tuvieran que pagar por ello. El hombre siempre era cortés con ellas, amable, y les pagaba generosamente, con un gesto que no resultaba ofensivo ni condescendiente. Tras el primer combate dominado por el deseo urgente, le gustaba permanecer en la cama largo tiempo, acompañado por ellas; era entonces cuando les hablaba de lugares lejanos, de tiempos pasados y evocaciones ya olvidadas, mientras ellas se acurrucaban junto a su cuerpo desnudo. Con el tiempo, ellas también compartieron parte de sus recuerdos con el hombre que las hacía sentir personas.
La ducha acababa de terminar su ronroneo y Emilia apareció por la puerta del cuarto de baño, sus formas juveniles contrastaban con la tristeza de sus ojos verdes mientras atravesaba desnuda la pequeña habitación y se recostaba junto al hombre, su delicada mano acariciando el velludo pecho aún húmedo. El hombre comenzó a hablar, y Emilia comenzó a soñar con sus palabras: visiones de un futuro mejor, más justo, de un porvenir donde el pasado no importase y solo se valorase a cada uno por su presente.
Al cabo de un rato, el hombre calló, girándose para mirarla a los ojos, al mismo tiempo que su mano se deslizaba por su costado. Sonrió, como si la viera por primera vez, y ella pudo ver en sus ojos el nacimiento de un deseo sereno y pleno, sin urgencias, y sonrió a su vez, bajando los ojos con una timidez desacostumbrada en ella. Las manos del hombre acariciaban su vientre, al mismo tiempo que sus labios recorrían su cuello, haciendo que Emilia sintiera su cálido aliento. El hombre no tenía prisa, y con suavidad empleó sus dedos, sus manos, sus labios, su lengua, sobre el cuerpo de la joven, hasta que Emilia comenzó a suspirar, primero, y luego a jadear con cada nuevo embate del hombre, arqueando su cuerpo en respuesta a sus hábiles dedos.
En el exterior la niebla escondía la ciudad, apagando los sonidos y reduciendo la luz de las farolas.
En la habitación, sobre la cama, un hombre pensaba tumbado sobre la cama, la mano cruzada bajo la cabeza y un pico de la sabana tapando su hombría, mientras escuchaba el sonido de la ducha correr. Gotas de sudor todavía perlaban su frente y su amplio pecho, mostrando señales del reciente coito.
Desde que había regresado a Algena, el hombre solía visitar una o dos veces al mes Casa Cocot, siempre a altas horas de la noche, aunque nunca había pretendido pasar desapercibido. La dueña, doña Águeda, le solía recibir en el salón principal, y, tras las primeras visitas, le obsequiaba con su conversación y una copa de brandy, regalo que muchos de los clientes habituales desdeñaban, presas del deseo frenético y culpable.
El hombre siempre conversaba con ella unos minutos, mientras una de las chicas se quedaba libre o se aseaba, y enseguida encontraron lugares comunes sobre los que intercambiar recuerdos y sensaciones: las noches de Paris, los baños en la playa de la Concha, las convulsiones y esperanzas de la II República… Estas conversaciones normalmente terminaban con la llegada de Clara o Irene, raramente Emilia, que acompañaban al hombre al piso superior, tras despedirse de doña Águeda educadamente.
A las chicas les gustaba el hombre. De hablar pausado y tranquilo, nunca las violentaba ni las trataba como objetos, como hacían muchos de sus clientes, acostumbrados o deseosos de poder dominar a una hembra, aunque tuvieran que pagar por ello. El hombre siempre era cortés con ellas, amable, y les pagaba generosamente, con un gesto que no resultaba ofensivo ni condescendiente. Tras el primer combate dominado por el deseo urgente, le gustaba permanecer en la cama largo tiempo, acompañado por ellas; era entonces cuando les hablaba de lugares lejanos, de tiempos pasados y evocaciones ya olvidadas, mientras ellas se acurrucaban junto a su cuerpo desnudo. Con el tiempo, ellas también compartieron parte de sus recuerdos con el hombre que las hacía sentir personas.
La ducha acababa de terminar su ronroneo y Emilia apareció por la puerta del cuarto de baño, sus formas juveniles contrastaban con la tristeza de sus ojos verdes mientras atravesaba desnuda la pequeña habitación y se recostaba junto al hombre, su delicada mano acariciando el velludo pecho aún húmedo. El hombre comenzó a hablar, y Emilia comenzó a soñar con sus palabras: visiones de un futuro mejor, más justo, de un porvenir donde el pasado no importase y solo se valorase a cada uno por su presente.
Al cabo de un rato, el hombre calló, girándose para mirarla a los ojos, al mismo tiempo que su mano se deslizaba por su costado. Sonrió, como si la viera por primera vez, y ella pudo ver en sus ojos el nacimiento de un deseo sereno y pleno, sin urgencias, y sonrió a su vez, bajando los ojos con una timidez desacostumbrada en ella. Las manos del hombre acariciaban su vientre, al mismo tiempo que sus labios recorrían su cuello, haciendo que Emilia sintiera su cálido aliento. El hombre no tenía prisa, y con suavidad empleó sus dedos, sus manos, sus labios, su lengua, sobre el cuerpo de la joven, hasta que Emilia comenzó a suspirar, primero, y luego a jadear con cada nuevo embate del hombre, arqueando su cuerpo en respuesta a sus hábiles dedos.
En el exterior la niebla escondía la ciudad, apagando los sonidos y reduciendo la luz de las farolas.
domingo, enero 09, 2011
Octubre
¿Dónde estás? ¿Qué fue de ti? Estos últimos años he estado intentando localizarte, saber de tí, ver tus fotos, volver a oír tu voz. Espero que aquello que empezaste cuando terminó lo nuestro te fuera bien, que te casases y tuvieras hijos. Yo no logré superarlo, y durante años intenté encontrarte, primero a través de tus amigos, tus conocidos, tus familiares. Luego, en otras mujeres, en otras vidas. Nunca lo conseguí.
Recuerdo la suavidad de tus mejillas, el tacto de tu piel en mi piel, la sonoridad de tu voz, tus recuerdos de los días de Madrid y Lima, las historias que me contabas de tu familia y sus problemas, tus ganas de superar todo y al mismo tiempo tus ansías de ser querida, de ser aceptada.
Nos encontramos en un momento equivocado. Tú viste en mí al hombre que te podía apartar de la línea del pasado, a aquel que podría hacerte feliz, desafiando todo lo que tu destino te deparaba. Querías que yo fuera tu galante caballero, el esposo dedicado y fiel que te inculcaron las monjas de tu infancia. No pudiste comprender, o lo hiciste muy tarde, que no era sino un niño buscando ser querido, que mi soledad era demasiado grande para ti, no quise ver que las historias de cuento son eso, cuentos.
Desapareciste por la puerta de atrás, sin que me diera tiempo a despedirme, dejándome con la congoja y con la humillación. Con los años aprendí a comprender y a perdonar, pero la herida que me hiciste sigue sangrando de vez en cuando, en días de lluvia, en noches de verano, cuando camino solo por el parque a altas horas de la madrugada, buscando qué sé yo. A veces, en esos momentos, creo oler tu perfume, que me trae el viento traicionero, y una vez creí sentir el tacto de tu pelo, fino y sedoso, como los hilos del recuerdo.
Recuerdo la suavidad de tus mejillas, el tacto de tu piel en mi piel, la sonoridad de tu voz, tus recuerdos de los días de Madrid y Lima, las historias que me contabas de tu familia y sus problemas, tus ganas de superar todo y al mismo tiempo tus ansías de ser querida, de ser aceptada.
Nos encontramos en un momento equivocado. Tú viste en mí al hombre que te podía apartar de la línea del pasado, a aquel que podría hacerte feliz, desafiando todo lo que tu destino te deparaba. Querías que yo fuera tu galante caballero, el esposo dedicado y fiel que te inculcaron las monjas de tu infancia. No pudiste comprender, o lo hiciste muy tarde, que no era sino un niño buscando ser querido, que mi soledad era demasiado grande para ti, no quise ver que las historias de cuento son eso, cuentos.
Desapareciste por la puerta de atrás, sin que me diera tiempo a despedirme, dejándome con la congoja y con la humillación. Con los años aprendí a comprender y a perdonar, pero la herida que me hiciste sigue sangrando de vez en cuando, en días de lluvia, en noches de verano, cuando camino solo por el parque a altas horas de la madrugada, buscando qué sé yo. A veces, en esos momentos, creo oler tu perfume, que me trae el viento traicionero, y una vez creí sentir el tacto de tu pelo, fino y sedoso, como los hilos del recuerdo.
sábado, enero 08, 2011
Maitines
El viento sopla contra mi cara mientras me envuelvo más fuertemente con la capa, intentando conservar un poco de calor contra el ataque de las nubes. La noche es fría, desapacible, el cierzo sopla con fuerza, levantando aullidos y lamentos en las ramas y roquedos. A lo lejos veo las luces del pueblo, encaramado en su otero; pocas casas se ven iluminadas, y apenas algunas de las escasas farolas se ven por encima de la muralla. Una luz está subiendo por el camino, un punto blanco que aparece y desaparece contra la noche; será el médico, regresando de una emergencia en las aparcerías próximas.
Aspiro la humedad de la tierra mientras observo a las nubes correr por el cielo, enmarcadas por la luz de una luna que aparece y desaparece, como si jugara al escondite conmigo. Cuando alcanzo la cima del cerro aparecen algunas estrellas por el norte, presagio de una noche clara y fría.
Nadie me espera. Suelo venir aquí cuando necesito aclarar mis ideas, la soledad de la meseta castellana me ayuda a liberar mis pensamientos, normalmente enredados con tantas cosas que no puedo entender. A pesar de la temperatura y de la oscuridad, mi alma reconoce la belleza del momento: las lluvias de la tarde han limpiado la atmosfera del polvo levantado por la tormenta, y puedo ver la forma del pueblo silueteada por la luna, la iglesia de la Soledad dominante con su alto campanario, las torres de la muralla vigilantes sobre el camino por el que llega el viajero.
Desde aquí puedo ver mi casa y la ventana donde ella duerme, la imagino soñando con el hijo que crece en su vientre. ¿Me extrañará? ¿Sentirá mi ausencia? Recuerdo nuestra última conversación, el alcohol dominándome de nuevo, mis gritos, mis recriminaciones, las lágrimas que corrían por su cara, lágrimas de despecho y de odio, los reproches de los vecinos a la mañana siguiente, sus miradas críticas, el silencio de mis compañeros en la faena. Todo el pueblo sabía de nuestras desavenencias, de nuestras peleas, de mis borracheras. En alguna ocasión había llegado a casa y me había encontrado a don Froilán hablando con ella, negra sotana como negro cuervo, llenando su corazón y su cabeza con pensamientos en mi contra.
La noche avanza y mis ideas se aclaran, como esperaba. La luna ya luce grande, pronto será tiempo de siembra. Los campos necesitarán brazos que los abran, que los inseminen, que los preparen para dar sus frutos al hombre. Tal vez pueda encontrar trabajo en Medina, o unirme a los pastores que regresan a las dehesas, allí podría iniciar una nueva vida, lejos de habladurías y pasado.
Martín se levantó, recogió su hatillo con sus pocas pertenencias, una muda de ropa, algo de pan y queso duro para el camino, y se dirigió al Camino Real, alejándose del pueblo que le vio nacer y al que nunca más regresó.
Aspiro la humedad de la tierra mientras observo a las nubes correr por el cielo, enmarcadas por la luz de una luna que aparece y desaparece, como si jugara al escondite conmigo. Cuando alcanzo la cima del cerro aparecen algunas estrellas por el norte, presagio de una noche clara y fría.
Nadie me espera. Suelo venir aquí cuando necesito aclarar mis ideas, la soledad de la meseta castellana me ayuda a liberar mis pensamientos, normalmente enredados con tantas cosas que no puedo entender. A pesar de la temperatura y de la oscuridad, mi alma reconoce la belleza del momento: las lluvias de la tarde han limpiado la atmosfera del polvo levantado por la tormenta, y puedo ver la forma del pueblo silueteada por la luna, la iglesia de la Soledad dominante con su alto campanario, las torres de la muralla vigilantes sobre el camino por el que llega el viajero.
Desde aquí puedo ver mi casa y la ventana donde ella duerme, la imagino soñando con el hijo que crece en su vientre. ¿Me extrañará? ¿Sentirá mi ausencia? Recuerdo nuestra última conversación, el alcohol dominándome de nuevo, mis gritos, mis recriminaciones, las lágrimas que corrían por su cara, lágrimas de despecho y de odio, los reproches de los vecinos a la mañana siguiente, sus miradas críticas, el silencio de mis compañeros en la faena. Todo el pueblo sabía de nuestras desavenencias, de nuestras peleas, de mis borracheras. En alguna ocasión había llegado a casa y me había encontrado a don Froilán hablando con ella, negra sotana como negro cuervo, llenando su corazón y su cabeza con pensamientos en mi contra.
La noche avanza y mis ideas se aclaran, como esperaba. La luna ya luce grande, pronto será tiempo de siembra. Los campos necesitarán brazos que los abran, que los inseminen, que los preparen para dar sus frutos al hombre. Tal vez pueda encontrar trabajo en Medina, o unirme a los pastores que regresan a las dehesas, allí podría iniciar una nueva vida, lejos de habladurías y pasado.
Martín se levantó, recogió su hatillo con sus pocas pertenencias, una muda de ropa, algo de pan y queso duro para el camino, y se dirigió al Camino Real, alejándose del pueblo que le vio nacer y al que nunca más regresó.
jueves, enero 06, 2011
Cuando buscas en mí
Tras despedir a la cuadrilla, Águeda se dio la vuelta y contempló la casa. Habían trabajado bien, muy duro durante las últimas semanas, pero había valido la pena el esfuerzo. Podía ver ahora un edificio completamente remozado, de tres pisos, con balcones y ventanas nuevas, iluminado alegremente por bombillas y lámparas, la pintura de la fachada aún fresca.
A la mañana siguiente, bien temprano, llegó de nuevo el viejo autobús Chevrolet, carraspeando por la carretera de Valgarrovillas, y de él se bajaron varias mujeres jóvenes, ataviadas con vestidos vaporosos y frescos, demasiado frescos según la expresión del sacristán, el único testigo de su madrugadora llegada. Águeda las recibió a la puerta de la casa con efusivos abrazos y besos, habían pasado por mucho juntas antes de este momento.
Clara, una muchacha morena, de piel aceitunada, con unos ojos negros que habían enloquecido a muchos hombres, y con un ligero acento que los años no habían hecho desaparecer, fue la primera que se bajó del autobús, saliendo al encuentro de Águeda. Había llegado de Italia, adolescente y huida de su casa, acompañando a un novio que vino a España a luchar como brigadista pero desgraciadamente el muchacho había muerto en Brunete, por lo que estuvo vagando por los frentes de batalla durante el resto de la guerra. Cuando Águeda la encontró, en un burdel de Madrid, la habían rapado y violado tantas veces que la pobre chica apenas era humana. Águeda se la llevó fuera de Madrid, y la cuidó hasta que recuperó las fuerzas y el alma, y desde entonces las dos mujeres eran como hermanas.
Tras Clara se bajó Irene, moviendo su larga y oscura melena que contrastaba con una piel blanca y perfecta. Hija de aristócratas, estudiaba en un colegio de monjas de Madrid, pasando el verano en la capital cuando estalló la revolución, y una masa de obreros entró a tropel en el convento, arrasando con todo lo valioso, incluida su inocencia. Sola en la ciudad durante el largo asedio, se había enamorado de un teniente de Abastos, con el que había huido hacia Francia, para encontrarse con un campo de concentración. Allí había perdido la pista del teniente, y con el comienzo de la guerra con los alemanes, había tomado la opción de regresar a España. Su apellido la liberó de la cárcel, pero sus acciones y pasado le habían enajenado la pertenencia a su antigua clase social. Águeda la encontró en la cola del comedor de las Hijas de la Caridad, aterida y mugrienta, y se la llevó con ella, ya hacía algunos años.
Finalmente salió Emilia del autobús, una muchacha delgada y esbelta, con una cabellera negra que relucía al sol que ya aparecía por encima de algunos tejados. Emilia era la hija menor de un tornero sevillano, cuyos hermanos y padres desaparecieron en la vorágine de los primeros meses de la guerra, pasando entonces ella a la custodia de la única hermana de su madre, Águeda. Con ella había pasado los últimos años, de la infancia a la adolescencia, hasta convertirse en una hermosa joven, de rostro agradable y hermosos ojos negros, que dejaban salir en ocasiones rastros de los sufrimientos y dolores que había visto y sufrido.
Las cuatro mujeres se abrazaron y besaron, contentas de estar de nuevo juntas, alegres por la nueva vida que les esperaba, ilusionadas y en paz como hacía muchos años que no lo conseguían estarlo. Tras varios minutos de besos y carantoñas, Águeda las condujo al interior de la casa, donde tomaron un reparador chocolate.
Había abierto Casa Cocot.
A la mañana siguiente, bien temprano, llegó de nuevo el viejo autobús Chevrolet, carraspeando por la carretera de Valgarrovillas, y de él se bajaron varias mujeres jóvenes, ataviadas con vestidos vaporosos y frescos, demasiado frescos según la expresión del sacristán, el único testigo de su madrugadora llegada. Águeda las recibió a la puerta de la casa con efusivos abrazos y besos, habían pasado por mucho juntas antes de este momento.
Clara, una muchacha morena, de piel aceitunada, con unos ojos negros que habían enloquecido a muchos hombres, y con un ligero acento que los años no habían hecho desaparecer, fue la primera que se bajó del autobús, saliendo al encuentro de Águeda. Había llegado de Italia, adolescente y huida de su casa, acompañando a un novio que vino a España a luchar como brigadista pero desgraciadamente el muchacho había muerto en Brunete, por lo que estuvo vagando por los frentes de batalla durante el resto de la guerra. Cuando Águeda la encontró, en un burdel de Madrid, la habían rapado y violado tantas veces que la pobre chica apenas era humana. Águeda se la llevó fuera de Madrid, y la cuidó hasta que recuperó las fuerzas y el alma, y desde entonces las dos mujeres eran como hermanas.
Tras Clara se bajó Irene, moviendo su larga y oscura melena que contrastaba con una piel blanca y perfecta. Hija de aristócratas, estudiaba en un colegio de monjas de Madrid, pasando el verano en la capital cuando estalló la revolución, y una masa de obreros entró a tropel en el convento, arrasando con todo lo valioso, incluida su inocencia. Sola en la ciudad durante el largo asedio, se había enamorado de un teniente de Abastos, con el que había huido hacia Francia, para encontrarse con un campo de concentración. Allí había perdido la pista del teniente, y con el comienzo de la guerra con los alemanes, había tomado la opción de regresar a España. Su apellido la liberó de la cárcel, pero sus acciones y pasado le habían enajenado la pertenencia a su antigua clase social. Águeda la encontró en la cola del comedor de las Hijas de la Caridad, aterida y mugrienta, y se la llevó con ella, ya hacía algunos años.
Finalmente salió Emilia del autobús, una muchacha delgada y esbelta, con una cabellera negra que relucía al sol que ya aparecía por encima de algunos tejados. Emilia era la hija menor de un tornero sevillano, cuyos hermanos y padres desaparecieron en la vorágine de los primeros meses de la guerra, pasando entonces ella a la custodia de la única hermana de su madre, Águeda. Con ella había pasado los últimos años, de la infancia a la adolescencia, hasta convertirse en una hermosa joven, de rostro agradable y hermosos ojos negros, que dejaban salir en ocasiones rastros de los sufrimientos y dolores que había visto y sufrido.
Las cuatro mujeres se abrazaron y besaron, contentas de estar de nuevo juntas, alegres por la nueva vida que les esperaba, ilusionadas y en paz como hacía muchos años que no lo conseguían estarlo. Tras varios minutos de besos y carantoñas, Águeda las condujo al interior de la casa, donde tomaron un reparador chocolate.
Había abierto Casa Cocot.
lunes, enero 03, 2011
A picture worth a thousand lies
La tarde fría y lluviosa me llevó de nuevo a la taberna, donde al menos tendría el calor que mi habitación de la pensión no me daba. Hacía varios días que estaba en Madrid, terminando la preparación de unas oposiciones, y la taberna se había convertido en mi lugar de estudio favorito. Me sentaba en una mesa de mármol, cerca de la ventana a la calle del Príncipe, con suficiente luz para estudiar durante el día, y bajo una de las lámparas de queroseno que iluminaba el café durante las horas nocturnas. No había mucha clientela, y el camarero ya conocía mis gustos; mi taza de café se enfriaba a mi lado, mientras yo iba pasando los folios e intentaba concentrarme en mi futuro, hasta que los ojos ya no me aguantaban más y me retiraba a la fría habitación que había arrendado en una pensión cercana.
La clientela habitual del bar era escasa y variopinta, no había mucha gente en aquella barriada que pudiera pagar los 50 céntimos que costaba el café en aquellos días, ni mucho menos las cuatro pesetas del menú, que yo podía pagarme gracias a las regalías que mi tío el diacono compartía conmigo y mi madre, lo que nos permitía tener un pasar más que aceptable, y a mi poder pagar la pensión y la comida sin muchas estrecheces, aunque sin lujos.
Aquella tarde me asombró la cantidad de gente que había en el lugar, tanta que tuve que esperar un rato hasta que se desocupó mi mesa habitual, tiempo que empleé en revisar las caras de los habituales. Estaba don Jacinto, un catedrático de instituto jubilado con el que alguna vez había tenido una agradable conversación acerca de los clásicos griegos; enjuto y siempre envuelto en su abrigo de lana negra, solía pasar horas con la mirada perdida, buceando en sus recuerdos. La señora Julia esta vez estaba acompañada de una vecina, siempre mirando de hurtadillas con sus ojillos de urraca, seguramente hablando mal del resto de vecinos, siempre echando cizaña. Don Antonio también estaba allí, con su achicoria aguada y su vaso de agua, esperando siempre a algún incauto que le comprara la fórmula de la gasolina sintética.
Pero lo que más me llamó la atención, entre el humo y el bullicio, fue la aparición de un piano de cola en el pequeño entarimado, en uno de los laterales de la taberna. Me sorprendió la presencia del instrumento, un viejo aparato que había visto mejores días y mejores audiencias según pude examinarlo en la distancia. Ya iba a preguntar a Carlos cuando un hombrecillo se levantó y se acercó al piano, levantando la tapa del mismo y acomodando la silla; con movimientos cansados se quitó el abrigo y el sombrero, que dejó a un lado de la caja, se sentó y comenzó a tocar.
No soy un hombre versado en música, mi formación ha sido siempre humanística, y las únicas canciones que puedo identificar son las de las zarzuelas que me cantaba mi tía de pequeño. Pero la música que aquel hombre lograba sacar del piano me hizo levantar la vista de los diálogos de Platón y escuchar con atención aquellos acordes; no sé por qué, pero aquella melodía me hizo recordar mi infancia en los pastos norteños, la hierba siempre verde que crecía en el tejado de nuestra casa, a mi tío Tolo mientras segaba el heno en el prado, y cerré los ojos para disfrutar del olor a hierba recién cortada. Al cabo de un rato, después de la sorpresa inicial, todos los clientes estaban escuchando aquella maravillosa música y por sus expresiones se podía ver que tenía en ellos un efecto similar. Desde mi posición podía ver cómo los hombros y la cabeza del hombre seguían el ritmo de la música, como se elevaban y bajaban según quisiera acentuar una u otra emoción a la canción. Olvidados ya los diálogos, me di cuenta de que no existía partitura alguna, que el pianista intentaba expresar sus sentimientos con cada golpe de macillo, arrancando de los batientes notas que nunca creí posibles.
Al terminar, tocando las teclas suave y lentamente hasta que los acordes se hicieron inaudibles, el hombre se levantó, se puso el abrigo y el sombrero y salió a la calle. Al pasar por mi lado pude verle la cara: un rostro nada especial, la nariz muy grande tal vez. Pero pude ver claramente, a la luz de la lámpara de queroseno de mi mesa, ya encendida, que tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
El pianista volvió varias veces por la taberna, siguiendo siempre el mismo ritual. Dejaba el abrigo y el sombrero sobre la caja y empezaba a tocar, nunca la misma canción, y nunca el mismo efecto sobre mí, o los demás parroquianos: sus notas me hicieron revivir la muerte de mi padre, postrado en la cama por una rara enfermedad, y el dolor que sentí al no poder acompañarle en su lecho de muerte, mientras el padre Aquilino me hablaba de la importancia de los estudios en el seminario; en otra ocasión, una música rápida y furiosa me hizo rememorar mi salida del seminario, mi furia, mi odio, la rabia que sentí al creerme olvidado de Dios y abandonado por los hombres. Una vez sus acordes me recordaron a mi primer amor, y volví a invocar aquellos paseos por el parque de la Seo, tomados de la mano, mientras la primavera calentaba el aire, el olor de su pelo, el sonido de su risa… En varias ocasiones compartía las lágrimas que el pianista mostraba al terminar su pequeño concierto, y en una oportunidad cruzamos nuestras miradas nebulosas y me sonrió comprensivo.
Al cabo de un tiempo los exámenes me alejaron de la taberna, y durante unas semanas no pude acercarme al lugar, enfrascado como estaba entre tribunales y repaso de temarios con un antiguo decano, amigo de mi padre. Después de unos días de merecido descanso junto a mi madre en el norte, regresé a Madrid a conocer las calificaciones finales, y por casualidad me alojé en la misma pensión que había usado para la preparación. Caminando una ventosa mañana cerca del Viaducto, pasé junto a la taberna en la que tantas tardes me había cobijado, y entré, más que nada para protegerme del viento y calentarme el estómago con un café. El piano había desaparecido, aunque los habituales seguían allí: Carlos, el camarero, don Jacinto, don Antonio, la señora Julia y su comadre… Cuando pregunté a Carlos por el pianista meneó la cabeza. “Ya no viene por aquí, y la dueña ha empeñado el piano colín en el Monte de Piedad” “¿Y por qué dejó de venir? ¿Alguien se quejó?” “No, al contrario. Cuando tocaba era cuando más llena estaba la taberna” “¿Entonces?” pregunté. Carlos me miró, y en sus ojos pude ver más de treinta años sirviendo vinos y cafés, echando a borrachos alborotadores, luchando con los acreedores día a día… “No sé, tal vez ya lavó sus recuerdos”
La clientela habitual del bar era escasa y variopinta, no había mucha gente en aquella barriada que pudiera pagar los 50 céntimos que costaba el café en aquellos días, ni mucho menos las cuatro pesetas del menú, que yo podía pagarme gracias a las regalías que mi tío el diacono compartía conmigo y mi madre, lo que nos permitía tener un pasar más que aceptable, y a mi poder pagar la pensión y la comida sin muchas estrecheces, aunque sin lujos.
Aquella tarde me asombró la cantidad de gente que había en el lugar, tanta que tuve que esperar un rato hasta que se desocupó mi mesa habitual, tiempo que empleé en revisar las caras de los habituales. Estaba don Jacinto, un catedrático de instituto jubilado con el que alguna vez había tenido una agradable conversación acerca de los clásicos griegos; enjuto y siempre envuelto en su abrigo de lana negra, solía pasar horas con la mirada perdida, buceando en sus recuerdos. La señora Julia esta vez estaba acompañada de una vecina, siempre mirando de hurtadillas con sus ojillos de urraca, seguramente hablando mal del resto de vecinos, siempre echando cizaña. Don Antonio también estaba allí, con su achicoria aguada y su vaso de agua, esperando siempre a algún incauto que le comprara la fórmula de la gasolina sintética.
Pero lo que más me llamó la atención, entre el humo y el bullicio, fue la aparición de un piano de cola en el pequeño entarimado, en uno de los laterales de la taberna. Me sorprendió la presencia del instrumento, un viejo aparato que había visto mejores días y mejores audiencias según pude examinarlo en la distancia. Ya iba a preguntar a Carlos cuando un hombrecillo se levantó y se acercó al piano, levantando la tapa del mismo y acomodando la silla; con movimientos cansados se quitó el abrigo y el sombrero, que dejó a un lado de la caja, se sentó y comenzó a tocar.
No soy un hombre versado en música, mi formación ha sido siempre humanística, y las únicas canciones que puedo identificar son las de las zarzuelas que me cantaba mi tía de pequeño. Pero la música que aquel hombre lograba sacar del piano me hizo levantar la vista de los diálogos de Platón y escuchar con atención aquellos acordes; no sé por qué, pero aquella melodía me hizo recordar mi infancia en los pastos norteños, la hierba siempre verde que crecía en el tejado de nuestra casa, a mi tío Tolo mientras segaba el heno en el prado, y cerré los ojos para disfrutar del olor a hierba recién cortada. Al cabo de un rato, después de la sorpresa inicial, todos los clientes estaban escuchando aquella maravillosa música y por sus expresiones se podía ver que tenía en ellos un efecto similar. Desde mi posición podía ver cómo los hombros y la cabeza del hombre seguían el ritmo de la música, como se elevaban y bajaban según quisiera acentuar una u otra emoción a la canción. Olvidados ya los diálogos, me di cuenta de que no existía partitura alguna, que el pianista intentaba expresar sus sentimientos con cada golpe de macillo, arrancando de los batientes notas que nunca creí posibles.
Al terminar, tocando las teclas suave y lentamente hasta que los acordes se hicieron inaudibles, el hombre se levantó, se puso el abrigo y el sombrero y salió a la calle. Al pasar por mi lado pude verle la cara: un rostro nada especial, la nariz muy grande tal vez. Pero pude ver claramente, a la luz de la lámpara de queroseno de mi mesa, ya encendida, que tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
El pianista volvió varias veces por la taberna, siguiendo siempre el mismo ritual. Dejaba el abrigo y el sombrero sobre la caja y empezaba a tocar, nunca la misma canción, y nunca el mismo efecto sobre mí, o los demás parroquianos: sus notas me hicieron revivir la muerte de mi padre, postrado en la cama por una rara enfermedad, y el dolor que sentí al no poder acompañarle en su lecho de muerte, mientras el padre Aquilino me hablaba de la importancia de los estudios en el seminario; en otra ocasión, una música rápida y furiosa me hizo rememorar mi salida del seminario, mi furia, mi odio, la rabia que sentí al creerme olvidado de Dios y abandonado por los hombres. Una vez sus acordes me recordaron a mi primer amor, y volví a invocar aquellos paseos por el parque de la Seo, tomados de la mano, mientras la primavera calentaba el aire, el olor de su pelo, el sonido de su risa… En varias ocasiones compartía las lágrimas que el pianista mostraba al terminar su pequeño concierto, y en una oportunidad cruzamos nuestras miradas nebulosas y me sonrió comprensivo.
Al cabo de un tiempo los exámenes me alejaron de la taberna, y durante unas semanas no pude acercarme al lugar, enfrascado como estaba entre tribunales y repaso de temarios con un antiguo decano, amigo de mi padre. Después de unos días de merecido descanso junto a mi madre en el norte, regresé a Madrid a conocer las calificaciones finales, y por casualidad me alojé en la misma pensión que había usado para la preparación. Caminando una ventosa mañana cerca del Viaducto, pasé junto a la taberna en la que tantas tardes me había cobijado, y entré, más que nada para protegerme del viento y calentarme el estómago con un café. El piano había desaparecido, aunque los habituales seguían allí: Carlos, el camarero, don Jacinto, don Antonio, la señora Julia y su comadre… Cuando pregunté a Carlos por el pianista meneó la cabeza. “Ya no viene por aquí, y la dueña ha empeñado el piano colín en el Monte de Piedad” “¿Y por qué dejó de venir? ¿Alguien se quejó?” “No, al contrario. Cuando tocaba era cuando más llena estaba la taberna” “¿Entonces?” pregunté. Carlos me miró, y en sus ojos pude ver más de treinta años sirviendo vinos y cafés, echando a borrachos alborotadores, luchando con los acreedores día a día… “No sé, tal vez ya lavó sus recuerdos”
sábado, enero 01, 2011
Carbon y ramas secas
Lo difícil que es encontrar a la persona que se ajusta a ti. Nos enseñan en las escuelas, en la televisión, en nuestros cuentos y refranes, que toda persona tiene a alguien con quien puede congeniar y llegar a formar una familia, una de esas que dura toda la vida, hasta que la muerte los separe, etc.
Mentira.
La verdad es que con siete mil millones de seres humanos aplastando este planeta tienes más posibilidades de estar solo más tiempo que estar con una pareja, tienes más posibilidades de quedarte para vestir/desvestir santos que de casarte, tal y como lo veían nuestros padres. Si hasta ya se habla de una generación de solteros, de casas para singles, del poder adquisitivo de las familias monoparentales, se hacen productos de belleza y financieros exclusivamente para soltero/as (y no necesariamente homosexuales)…
Y sin embargo, la sociedad sigue empeñada en que las mieles de la felicidad solo están reservadas a los que están emparejados, a los sexualmente reproductivos, a los que renuevan la base generacional. Igual que hace unos años el énfasis se hacía en la diferencia de los roles sexuales, la mujer la pata quebrada y….
La felicidad no tiene que venir de la persona que está a tu lado, tiene que surgir de tu propio interior, tiene que brotar y llamar a otras personas, si sienten esa llamada. El concepto de familia tiene que depender menos de los lazos sanguíneos y más de los que realmente importan; puede ser más hermano tuyo el vecino que está ahí cuando lo necesitas que uno que no has visto en 30 años ni lo ha intentado. Y si esa familia es muy reducida, no tiene por qué ser malo.
Yo reivindico desde aquí el modelo Scrooge-light: una persona dedicada a sus negocios/aficiones, que no necesita del resto del mundo más para que relaciones colaterales (supermercado, bar, sexo ocasional), un cochino feliz en su inmundicia, que no precisa de nada más que de aquello que le hace sentirse vivo, y que no hace ningún daño al mundo con su existencia. Son seres que prefieren vivir en soledad o rodeados solo de aquellas personas que les proporcionan positivismo, sin olvidar nunca que no estamos solos en este mundo, y que nuestra meta debe ser siempre dejar un mundo mejor que el que nos encontramos: ermitaños, profesores vocacionales, aquellos que eligen servir como forma de vida (misioneros, voluntarios, religiosos de buena fe…), solitarios sociales…
Quede claro que abomino de los Scrooge-hard, seres egoístas y traicioneros, dispuestos a aprovecharse del prójimo, sin un ápice de compasión y cuya definición de felicidad lleva aparejada la desgracia de otros, bien por acción o por omisión. Son estos personajes que viven su soledad con orgullo desmedido, usando a otras personas para calmar sus apetitos, sin pensar en las necesidades de esas personas, y que en muchas ocasiones tienen un barniz de respetabilidad que se resquebraja bajo el más mínimo escrutinio: presidentes de república, políticos de todas las raleas, empresarios avariciosos, banqueros codiciosos y cortoplacistas, líderes religiosos (que se olvidan que la fe es el mayor de los dones, y que no debe ser dilapidado), chulos y camellos de todo tipo…
Si has encontrado a tu media naranja, recuerda que no debes exprimirla, sino plantar tus semillas junto a las suyas, y luchar para que los frutos sean de ambos, no de uno solo.
Mentira.
La verdad es que con siete mil millones de seres humanos aplastando este planeta tienes más posibilidades de estar solo más tiempo que estar con una pareja, tienes más posibilidades de quedarte para vestir/desvestir santos que de casarte, tal y como lo veían nuestros padres. Si hasta ya se habla de una generación de solteros, de casas para singles, del poder adquisitivo de las familias monoparentales, se hacen productos de belleza y financieros exclusivamente para soltero/as (y no necesariamente homosexuales)…
Y sin embargo, la sociedad sigue empeñada en que las mieles de la felicidad solo están reservadas a los que están emparejados, a los sexualmente reproductivos, a los que renuevan la base generacional. Igual que hace unos años el énfasis se hacía en la diferencia de los roles sexuales, la mujer la pata quebrada y….
La felicidad no tiene que venir de la persona que está a tu lado, tiene que surgir de tu propio interior, tiene que brotar y llamar a otras personas, si sienten esa llamada. El concepto de familia tiene que depender menos de los lazos sanguíneos y más de los que realmente importan; puede ser más hermano tuyo el vecino que está ahí cuando lo necesitas que uno que no has visto en 30 años ni lo ha intentado. Y si esa familia es muy reducida, no tiene por qué ser malo.
Yo reivindico desde aquí el modelo Scrooge-light: una persona dedicada a sus negocios/aficiones, que no necesita del resto del mundo más para que relaciones colaterales (supermercado, bar, sexo ocasional), un cochino feliz en su inmundicia, que no precisa de nada más que de aquello que le hace sentirse vivo, y que no hace ningún daño al mundo con su existencia. Son seres que prefieren vivir en soledad o rodeados solo de aquellas personas que les proporcionan positivismo, sin olvidar nunca que no estamos solos en este mundo, y que nuestra meta debe ser siempre dejar un mundo mejor que el que nos encontramos: ermitaños, profesores vocacionales, aquellos que eligen servir como forma de vida (misioneros, voluntarios, religiosos de buena fe…), solitarios sociales…
Quede claro que abomino de los Scrooge-hard, seres egoístas y traicioneros, dispuestos a aprovecharse del prójimo, sin un ápice de compasión y cuya definición de felicidad lleva aparejada la desgracia de otros, bien por acción o por omisión. Son estos personajes que viven su soledad con orgullo desmedido, usando a otras personas para calmar sus apetitos, sin pensar en las necesidades de esas personas, y que en muchas ocasiones tienen un barniz de respetabilidad que se resquebraja bajo el más mínimo escrutinio: presidentes de república, políticos de todas las raleas, empresarios avariciosos, banqueros codiciosos y cortoplacistas, líderes religiosos (que se olvidan que la fe es el mayor de los dones, y que no debe ser dilapidado), chulos y camellos de todo tipo…
Si has encontrado a tu media naranja, recuerda que no debes exprimirla, sino plantar tus semillas junto a las suyas, y luchar para que los frutos sean de ambos, no de uno solo.
The heart ask pleasure first
Poco o nada había cambiado en los escasos años en que estuvo ausente, Algena seguía siendo el mismo pueblo que había dejado, un lugar sin afán de cambios y cuyos habitantes no deseaban modificar su pacífica y aburrida vida. El efecto que este segundo regreso tuvo sobre el hombre fue menor que aquel de años atrás, en esta ocasión ya sabía qué podía esperar. La antigua casona permanecía inmutable en su lugar, apartada de las vías principales del pueblo, cerrada a cal y canto durante su ausencia; los pocos vecinos que se encontró seguían mirándoles con resquemor y extrañeza, los niños le rehuían de nuevo, pero algo había cambiado en su interior, y él lo sabía.
Los primeros días después de su retorno los ocupó en recuperar parte del antiguo esplendor de la casona: contrató a una cuadrilla de albañiles para reparar los desperfectos que el tiempo había causado en los muros ancestrales, así como un grupo de carpinteros para recomponer los estragos que el clima y la falta de moradores habían causado en ventanas y techos. Este repentino cambio, y las abundantes idas y venidas de hombres y material, no pasó desapercibido para las siempre curiosas miradas de beatas y correveidiles, y en poco tiempo se propagaron diversos rumores por Algena: algunos hablaban de que un nuevo inquilino se había hecho cargo de la casa a la muerte del anterior propietario, otros que un inglés de aspecto educado se iba a instalar con toda su familia en el pueblo, algunos más que un rico banquero de la capital se iba a alojar en ella para pasar la temporada de verano en el fresco clima de la sierra…
Al hombre no le llegó ninguno de esos rumores. Solo estaba concentrado en su nueva y gratificante tarea, crear un lugar habitable donde antes solo se había preocupado de vegetar. Por ello, la luz entró de nuevo a raudales en los grandes salones y piezas, ahuyentando fantasmas y espectros de vidas pasadas, que no entendía qué maleficio permitía tal claridad en sus antiguos dominios en ausencia del astro rey. Nuevos muebles llegaron en camiones desde rincones lejanos, viejos muebles se quemaron en una gigantesca hoguera, cual noche de San Juan liberadora, pira que horrorizó y espantó a muchos de los vecinos, temerosos del poder del fuego purificadora.
Y cuando todo estaba a punto de acabar, a pocas horas de que los trabajos de recuperación finalizaran, el hombre fue a recibir una carreta especial a la entrada de la casona, dando instrucciones a los peones para que transportaran los arcones y baúles hacia los pisos nobles. Grandes y pesadas cajas se llevaron así a la sala principal, otros tantos se depositaron en una de las habitaciones reformadas, mientras el hombre, mangas en los codos, señalaba ubicaciones, daba instrucciones, ayudaba en los pasos difíciles…
Finalizaron los trabajos de acondicionamiento y los obreros abandonaron el lugar, mientras el dueño paseaba por las remozadas estancias, observando y sopesando el cambio, preguntándose si realmente estaba haciendo lo correcto. A la mañana siguiente comenzó la parte más delicada, que realizó solo. Al cabo de las horas los nuevos armarios comenzaron a llenarse de ropa, que iba surgiendo de los arcones con metódica velocidad, mientras el hombre clasificaba camisas, pantalones, ropa de cama, de baño, de invierno, verano, entretiempo…
Más tarde, en una de las habitaciones creadas en la remodelación, el hombre comenzó a sacar delicadamente sus más preciados tesoros, y los amigos de su pasado, presente y futuro fueron desempacados y colocados amorosamente en las nuevas estanterías de la biblioteca de la casa: Robert Jordan, Elendil, Sinuhé, Trotty, Martín Marco, Lorca, Titania, los vecinos de Pueblanueva del Conde… todos salieron de sus cajas e instalaron sus amarillentos reales en las baldas, siguiendo un orden que solo el hombre conocía y administraba.
Cuando todo terminó, el hombre se dio una última vuelta por la renovada casa, aspirando aromas y esencias, descubriendo nuevos rincones y sutiles cambios de luz, abriendo y cerrando estancias, armarios y ventanas. Finalmente, cuando todo estuvo a su gusto, salió al exterior, al jardín ahora replantado y lleno de perfumes de renacimiento, y miró a la casona durante un buen rato, como si la viera por primera veza. Se secó con el dorso de la mano una lágrima, producto sin duda del frío atardecer, que le enturbiaba la mirada, y, con paso vacilante al principio, volvió a entrar, cerrando la puerta tras de sí. Si el quicio de la misma pudiera hablar, nos chivaría las palabras que iba repitiendo como un mantra mientras llegaba a su dintel y lo traspasaba: bienvenido a casa, bienvenido a casa, bienvenido a casa.
Los primeros días después de su retorno los ocupó en recuperar parte del antiguo esplendor de la casona: contrató a una cuadrilla de albañiles para reparar los desperfectos que el tiempo había causado en los muros ancestrales, así como un grupo de carpinteros para recomponer los estragos que el clima y la falta de moradores habían causado en ventanas y techos. Este repentino cambio, y las abundantes idas y venidas de hombres y material, no pasó desapercibido para las siempre curiosas miradas de beatas y correveidiles, y en poco tiempo se propagaron diversos rumores por Algena: algunos hablaban de que un nuevo inquilino se había hecho cargo de la casa a la muerte del anterior propietario, otros que un inglés de aspecto educado se iba a instalar con toda su familia en el pueblo, algunos más que un rico banquero de la capital se iba a alojar en ella para pasar la temporada de verano en el fresco clima de la sierra…
Al hombre no le llegó ninguno de esos rumores. Solo estaba concentrado en su nueva y gratificante tarea, crear un lugar habitable donde antes solo se había preocupado de vegetar. Por ello, la luz entró de nuevo a raudales en los grandes salones y piezas, ahuyentando fantasmas y espectros de vidas pasadas, que no entendía qué maleficio permitía tal claridad en sus antiguos dominios en ausencia del astro rey. Nuevos muebles llegaron en camiones desde rincones lejanos, viejos muebles se quemaron en una gigantesca hoguera, cual noche de San Juan liberadora, pira que horrorizó y espantó a muchos de los vecinos, temerosos del poder del fuego purificadora.
Y cuando todo estaba a punto de acabar, a pocas horas de que los trabajos de recuperación finalizaran, el hombre fue a recibir una carreta especial a la entrada de la casona, dando instrucciones a los peones para que transportaran los arcones y baúles hacia los pisos nobles. Grandes y pesadas cajas se llevaron así a la sala principal, otros tantos se depositaron en una de las habitaciones reformadas, mientras el hombre, mangas en los codos, señalaba ubicaciones, daba instrucciones, ayudaba en los pasos difíciles…
Finalizaron los trabajos de acondicionamiento y los obreros abandonaron el lugar, mientras el dueño paseaba por las remozadas estancias, observando y sopesando el cambio, preguntándose si realmente estaba haciendo lo correcto. A la mañana siguiente comenzó la parte más delicada, que realizó solo. Al cabo de las horas los nuevos armarios comenzaron a llenarse de ropa, que iba surgiendo de los arcones con metódica velocidad, mientras el hombre clasificaba camisas, pantalones, ropa de cama, de baño, de invierno, verano, entretiempo…
Más tarde, en una de las habitaciones creadas en la remodelación, el hombre comenzó a sacar delicadamente sus más preciados tesoros, y los amigos de su pasado, presente y futuro fueron desempacados y colocados amorosamente en las nuevas estanterías de la biblioteca de la casa: Robert Jordan, Elendil, Sinuhé, Trotty, Martín Marco, Lorca, Titania, los vecinos de Pueblanueva del Conde… todos salieron de sus cajas e instalaron sus amarillentos reales en las baldas, siguiendo un orden que solo el hombre conocía y administraba.
Cuando todo terminó, el hombre se dio una última vuelta por la renovada casa, aspirando aromas y esencias, descubriendo nuevos rincones y sutiles cambios de luz, abriendo y cerrando estancias, armarios y ventanas. Finalmente, cuando todo estuvo a su gusto, salió al exterior, al jardín ahora replantado y lleno de perfumes de renacimiento, y miró a la casona durante un buen rato, como si la viera por primera veza. Se secó con el dorso de la mano una lágrima, producto sin duda del frío atardecer, que le enturbiaba la mirada, y, con paso vacilante al principio, volvió a entrar, cerrando la puerta tras de sí. Si el quicio de la misma pudiera hablar, nos chivaría las palabras que iba repitiendo como un mantra mientras llegaba a su dintel y lo traspasaba: bienvenido a casa, bienvenido a casa, bienvenido a casa.
Mujer de clara piel y oscuros sentimientos
Toda esta actividad no pasó desapercibida para el resto del pueblo, que veía como la cuadrilla de obreros llegaba todas las mañanas a temprana hora, trabajaba de sol a sol, con ligeros descansos para el almuerzo y el sagrado solysombra en el bar de la plaza, y regresaba al viejo Ford AA al atardecer hasta el día siguiente. Muchas cábalas se hicieron sobre las obras y la identidad de la mujer que parecía dirigirlas, hasta que finalmente Abilio, el secretario del Ayuntamiento, tuvo a bien proporcionar noticias frescas en el bar del Casino: la mujer se llamaba Águeda, y había comprado varias casas de la calle Camino a sus antiguos propietarios, solicitando después permiso de obras para abrir un negocio de hostelería.
A partir de ahí casi todos los vecinos se hicieron su propia composición de futuro: los comerciantes se frotaban las manos pensando en los viajeros que llegarían y el dinero fresco que entraría en sus comercios; las jóvenes en edad casadera se ilusionaban con los ricos y varoniles viajeros que se alojarían en el hotel y que, obviamente, quedarían prendados de su belleza; el maestro de la escuela primaria ya preparaba su disertación sobre la noble historia de la villa, mientras el alcalde echaba cuentas sobre los ingresos extras que los turistas iban a reportar a las arcas municipales, y la gran proyección que le traería al pueblo, viéndose ya gobernador provincial y quién sabe si diputado…
Mientas tanto, las obras proseguían a buen ritmo, haciendo que la calle cambiase su aspecto al mismo tiempo que la primera casa se iba restaurando: se repararon los techos y se cambiaron los canalones de latón por unos más modernos y amplios; se reformó toda la fontanería, instalando nuevos y modernos aparatos, como duchas; se completó la instalación de luz eléctrica, tanto en el interior como en el exterior; se arreglaron las viejas ventanas de madera, poniendo cristales nuevos donde faltaban y cambiando las contraventanas rotas por unas nuevas de un lindo color verde manzana; se remendaron los balcones, haciéndolos más seguros y se les pusieron rejas nuevas; se pintaron la fachada y las habitaciones interiores; se colocó una nueva puerta de roble, desechando la antigua de dos batientes, ya muy carcomida…
Pronto comenzaron a llegar regularmente camiones cargados de enseres al pueblo, normalmente a última hora de la tarde, siendo descargados durante la noche, y partiendo a primera hora de la mañana. Los trabajos interiores fueron terminándose con el tiempo, y llegó el momento en que la cuadrilla de albañiles se despidió de la dueña de la casa, con un apretón de manos del viejo capataz. Lo último que hicieron antes de marchar fue colocar un gran cartel a la entrada, con letras doradas sobre fondo rojo, tras lo cual el Ford AA los llevó fuera del pueblo y de esta historia.
A partir de ahí casi todos los vecinos se hicieron su propia composición de futuro: los comerciantes se frotaban las manos pensando en los viajeros que llegarían y el dinero fresco que entraría en sus comercios; las jóvenes en edad casadera se ilusionaban con los ricos y varoniles viajeros que se alojarían en el hotel y que, obviamente, quedarían prendados de su belleza; el maestro de la escuela primaria ya preparaba su disertación sobre la noble historia de la villa, mientras el alcalde echaba cuentas sobre los ingresos extras que los turistas iban a reportar a las arcas municipales, y la gran proyección que le traería al pueblo, viéndose ya gobernador provincial y quién sabe si diputado…
Mientas tanto, las obras proseguían a buen ritmo, haciendo que la calle cambiase su aspecto al mismo tiempo que la primera casa se iba restaurando: se repararon los techos y se cambiaron los canalones de latón por unos más modernos y amplios; se reformó toda la fontanería, instalando nuevos y modernos aparatos, como duchas; se completó la instalación de luz eléctrica, tanto en el interior como en el exterior; se arreglaron las viejas ventanas de madera, poniendo cristales nuevos donde faltaban y cambiando las contraventanas rotas por unas nuevas de un lindo color verde manzana; se remendaron los balcones, haciéndolos más seguros y se les pusieron rejas nuevas; se pintaron la fachada y las habitaciones interiores; se colocó una nueva puerta de roble, desechando la antigua de dos batientes, ya muy carcomida…
Pronto comenzaron a llegar regularmente camiones cargados de enseres al pueblo, normalmente a última hora de la tarde, siendo descargados durante la noche, y partiendo a primera hora de la mañana. Los trabajos interiores fueron terminándose con el tiempo, y llegó el momento en que la cuadrilla de albañiles se despidió de la dueña de la casa, con un apretón de manos del viejo capataz. Lo último que hicieron antes de marchar fue colocar un gran cartel a la entrada, con letras doradas sobre fondo rojo, tras lo cual el Ford AA los llevó fuera del pueblo y de esta historia.
jueves, diciembre 30, 2010
Y en Santiago tantas cosas...
Fue el año que llegaron las gaviotas al pueblo. Nadie sabía qué hacían esos pájaros de alas afiladas sobrevolando el pueblo en bandadas hacia el sur, mientras la primera luz del día se filtraba por las ventanas, y que regresaban al anochecer haciendo el camino contrario. Jano, el boticario, las identificó como gaviotas marinas, porque había hecho la mili en Sidi Ifni y era de los pocos en el pueblo que había visto el mar. Doña Blasa enseguida las consideró como una señal del fin de los tiempos, lo que obligó a don Joaquín, el cura párroco, a desmentir tan fasto acontecimiento desde el pulpito de la iglesia.
Fue ese verano cuando, en una tarde más calurosa de lo habitual para las fechas, y mientras todo el pueblo dormía la siesta con las persianas bajadas y huyendo del azote del sol, llegó a la plaza del pueblo un viejo autobús Chevrolet, traqueteando por la carretera desde Valgarrovillas. Algunos de los vecinos luego contaron que se bajaron del mismo varias mujeres, algunas con rabo o con grandes pechos, dependiendo de quién contase la historia. La realidad es que sólo bajó una persona, una mujer de mediana estatura, vestida con una falda tableada de amplio vuelo y una camisa de seda blanca, con el pelo recogido en un moño y tocada con una gran pamela para protegerse del sol. Con la ayuda del conductor y varios de los pasajeros bajó un gran número de maletas y varios arcones, que fueron transportados desde la plaza al interior de una de las casas medio derruidas que estaban entonces en la calle Camino.
Ahora ya no existen, devoradas por el afán constructor que asoló el país hace algunos años, donde cualquier terreno o edificio de alguna edad era pasto inmediato de grúas y andamios, para acabar como hostal, pabellón o edificio de apartamentos. Pero en aquel entonces en la calle Camino había media docena de casas construidas a mediados del siglo pasado y que, aunque aún sólidas y en buen estado, habían visto mejores tiempos: ventanas sin cristales, techos derruidos, basurero de las casas aledañas, criaderos de malas hierbas y matojos, hogar de roedores y lechuzas, en fin, típicas casas abandonadas como hay en muchos pueblos de nuestra España interior.
Después de entrar el último de los baúles, el viejo Chevrolet carraspeó y partió siguiendo la carretera, perdiéndose en la distancia y en la memoria. Cuando los vecinos despertaron de la tórrida siesta, nada quedaba en el pueblo que hiciese sospechar que tenía un habitante más.
Todo eso cambió a la mañana siguiente, cuando, entre una nube de polvo y palabras malsonantes, llegó a la plaza un camión Ford AA con una cuadrilla de hombres subidos a él, que empezaron a gritar y maldecir al calor en voz alta en cuando se bajaron del vehículo. De la carlinga salió un hombre ya mayor, tocado con una boina de franela negra, a pesar del intenso calor. Él fue quien saludó a la mujer que salió a recibirles a la puerta de la casa, mientras el resto de la cuadrilla descargaba aperos y herramientas. Tras una breve charla con la mujer, el hombre comenzó a gritar ordenes y asignar trabajos, y al poco tiempo la calle Camino hervía de actividad: mientras un grupo comenzaba la limpieza de basuras y escombros, otro se encargaba de la preparación de materiales, mientras otro realizaba las primeras labores de estimación del trabajo, bajo la supervisión del hombre de la boina, que consultaba de vez en cuando con la mujer. Ella se había puesto un pantalón de tela negra y una camisa de manga corta roja, junto con un pañuelo blanco al cuello y un sombrero de paja para el calor, que ya comenzaba a hacer mella sobre las piedras de la calle.
Fue ese verano cuando, en una tarde más calurosa de lo habitual para las fechas, y mientras todo el pueblo dormía la siesta con las persianas bajadas y huyendo del azote del sol, llegó a la plaza del pueblo un viejo autobús Chevrolet, traqueteando por la carretera desde Valgarrovillas. Algunos de los vecinos luego contaron que se bajaron del mismo varias mujeres, algunas con rabo o con grandes pechos, dependiendo de quién contase la historia. La realidad es que sólo bajó una persona, una mujer de mediana estatura, vestida con una falda tableada de amplio vuelo y una camisa de seda blanca, con el pelo recogido en un moño y tocada con una gran pamela para protegerse del sol. Con la ayuda del conductor y varios de los pasajeros bajó un gran número de maletas y varios arcones, que fueron transportados desde la plaza al interior de una de las casas medio derruidas que estaban entonces en la calle Camino.
Ahora ya no existen, devoradas por el afán constructor que asoló el país hace algunos años, donde cualquier terreno o edificio de alguna edad era pasto inmediato de grúas y andamios, para acabar como hostal, pabellón o edificio de apartamentos. Pero en aquel entonces en la calle Camino había media docena de casas construidas a mediados del siglo pasado y que, aunque aún sólidas y en buen estado, habían visto mejores tiempos: ventanas sin cristales, techos derruidos, basurero de las casas aledañas, criaderos de malas hierbas y matojos, hogar de roedores y lechuzas, en fin, típicas casas abandonadas como hay en muchos pueblos de nuestra España interior.
Después de entrar el último de los baúles, el viejo Chevrolet carraspeó y partió siguiendo la carretera, perdiéndose en la distancia y en la memoria. Cuando los vecinos despertaron de la tórrida siesta, nada quedaba en el pueblo que hiciese sospechar que tenía un habitante más.
Todo eso cambió a la mañana siguiente, cuando, entre una nube de polvo y palabras malsonantes, llegó a la plaza un camión Ford AA con una cuadrilla de hombres subidos a él, que empezaron a gritar y maldecir al calor en voz alta en cuando se bajaron del vehículo. De la carlinga salió un hombre ya mayor, tocado con una boina de franela negra, a pesar del intenso calor. Él fue quien saludó a la mujer que salió a recibirles a la puerta de la casa, mientras el resto de la cuadrilla descargaba aperos y herramientas. Tras una breve charla con la mujer, el hombre comenzó a gritar ordenes y asignar trabajos, y al poco tiempo la calle Camino hervía de actividad: mientras un grupo comenzaba la limpieza de basuras y escombros, otro se encargaba de la preparación de materiales, mientras otro realizaba las primeras labores de estimación del trabajo, bajo la supervisión del hombre de la boina, que consultaba de vez en cuando con la mujer. Ella se había puesto un pantalón de tela negra y una camisa de manga corta roja, junto con un pañuelo blanco al cuello y un sombrero de paja para el calor, que ya comenzaba a hacer mella sobre las piedras de la calle.
martes, diciembre 28, 2010
No me cansaría de ser tu batalla diaria
Me llamo María. En realidad no es mi verdadero nombre, pero comprenderán que no quiera que se sepa. Tengo 39 años, y estoy casada hace hace más de 20 años. Mi vida sentimental siguió los mismos patrones que las de otras muchas chicas de mi edad: me educaron en un colegio de monjas, y a pesar de todos sus desvelos, me eche novio en cuanto terminé el colegio, uno de esos chicos malos que había en el barrio. Con él perdí la virginidad y mucha de la inocencia que me habían dejado las hermanas Ursulinas. Luego conocí al que es ahora mi marido, empezamos saliendo en pandilla con otros amigos del barrio, luego tuvimos algunas citas a solas, al cine, a algún concierto, y al poco tiempo ya nos estábamos morreando en su coche o en el parque. Nuestra relación tuvo sus altibajos, lo dejamos un par de veces, pero al final nos dimos cuenta de que nos encontrábamos más a gusto el uno con el otro que separados y decidimos hacernos novios formales. Seguimos saliendo mientras él iba a la Universidad, y al acabar los estudios entró como pasante en un bufete de abogados que debía algunos favores a su padre, mientras yo trabajaba en un banco como administrativa. Poco tiempo más tarde nos casamos y nos convertimos en una pareja de lo que llamábamos pequeñoburgueses en nuestra época universitaria.
Mi relación con Juan (tampoco es su nombre real) es buena, nos conocemos muy bien y sabemos cómo soportar nuestras pequeñas manías. Por desgracia no podemos tener hijos. Juan es un buen hombre, reservado para sus cosas pero muy divertido y alegre cuando se lo propone.
Todo comenzó una tarde de verano, cuando ya se acababan las vacaciones, y yo apuraba los días de playa, con el fin de obtener un bronceado más intenso, que provocara la envidia de mis compañeras de oficina. No es por echarme piropos pero aún tengo un buen tipo: unos pechos firmes, no muy grandes, un vientre casi plano, una cara agradable con una (me han dicho) bonita sonrisa. Vamos, que en bikini aun soy capaz de levantar algunas miradas, y otras cosas más…
Ese día estábamos en la playa, cerca del hotel en el que nos alojábamos, y Juan había decidido ya abandonarme por una cerveza bien fría en el chiringuito, mientras yo terminaba de hacerme por un lado y me daba la vuelta para el siguiente. Normalmente leo, escucho música o dormito en esos lances, pero aquel día me dio por mirar hacia la playa. Y entonces le vi. Surgiendo de las aguas, como un Venus Afrodito, apareció el mejor cuerpo que había visto hasta entonces: un muchacho alto, de pecho ancho y brazos torneados en el gimnasio, unos grandes pectorales y (según pude comprobar más tarde) duros como piedras, igual que sus abdominales, con unas piernas fuertes y largas. Me sorprendí a mi misma deseando que se diera la vuelta para poder admirar el resto de su anatomía, que un escotado tanga dejaba más que adivinar.
Debió ser la fuerza de mi pensamiento, porque el caso es que giro su cabeza hacia mí y sonrió, dejando ver unos dientes blanquísimos en una mandíbula de acero. En ese momento la temperatura en la arena a mi alrededor debía estar cerca del punto de cocción porque yo sentía mi cara completamente ardiendo, pero no podía dejar de admirar su hermoso cuerpo, ni apartar la mirada del cacho carne que le salía por…
¡¡María, ¿está ya la comida?!! No sé qué coño haces escribiendo tanto, parece que estés haciendo caligrafía. Anda, ponme la mesa que tengo que irme a ver el partido con los amigos al bar de Luis.
María dejo el lápiz sobre el cuaderno, y comprobándose los rulos, fue a poner la mesa a su marido. Mientras le servía las patatas, bajo el murmullo de la tele, pensaba en la continuación de su relato y trataba de que no se asomara la sonrisa en su cara.
Mi relación con Juan (tampoco es su nombre real) es buena, nos conocemos muy bien y sabemos cómo soportar nuestras pequeñas manías. Por desgracia no podemos tener hijos. Juan es un buen hombre, reservado para sus cosas pero muy divertido y alegre cuando se lo propone.
Todo comenzó una tarde de verano, cuando ya se acababan las vacaciones, y yo apuraba los días de playa, con el fin de obtener un bronceado más intenso, que provocara la envidia de mis compañeras de oficina. No es por echarme piropos pero aún tengo un buen tipo: unos pechos firmes, no muy grandes, un vientre casi plano, una cara agradable con una (me han dicho) bonita sonrisa. Vamos, que en bikini aun soy capaz de levantar algunas miradas, y otras cosas más…
Ese día estábamos en la playa, cerca del hotel en el que nos alojábamos, y Juan había decidido ya abandonarme por una cerveza bien fría en el chiringuito, mientras yo terminaba de hacerme por un lado y me daba la vuelta para el siguiente. Normalmente leo, escucho música o dormito en esos lances, pero aquel día me dio por mirar hacia la playa. Y entonces le vi. Surgiendo de las aguas, como un Venus Afrodito, apareció el mejor cuerpo que había visto hasta entonces: un muchacho alto, de pecho ancho y brazos torneados en el gimnasio, unos grandes pectorales y (según pude comprobar más tarde) duros como piedras, igual que sus abdominales, con unas piernas fuertes y largas. Me sorprendí a mi misma deseando que se diera la vuelta para poder admirar el resto de su anatomía, que un escotado tanga dejaba más que adivinar.
Debió ser la fuerza de mi pensamiento, porque el caso es que giro su cabeza hacia mí y sonrió, dejando ver unos dientes blanquísimos en una mandíbula de acero. En ese momento la temperatura en la arena a mi alrededor debía estar cerca del punto de cocción porque yo sentía mi cara completamente ardiendo, pero no podía dejar de admirar su hermoso cuerpo, ni apartar la mirada del cacho carne que le salía por…
¡¡María, ¿está ya la comida?!! No sé qué coño haces escribiendo tanto, parece que estés haciendo caligrafía. Anda, ponme la mesa que tengo que irme a ver el partido con los amigos al bar de Luis.
María dejo el lápiz sobre el cuaderno, y comprobándose los rulos, fue a poner la mesa a su marido. Mientras le servía las patatas, bajo el murmullo de la tele, pensaba en la continuación de su relato y trataba de que no se asomara la sonrisa en su cara.
lunes, diciembre 27, 2010
Prólogo
Me gusta viajar en tren, sobre todo saliendo muy temprano. La sensación de ver amanecer sentado cómodamente mientras siento el traqueteo del viaje la he asociado siempre a un tiempo de ocio, de vacaciones. Hoy estoy recorriendo el país para encontrarme con mi familia, en mi hogar natal. El mundo aún no se ha despertado, y el exterior se va aclarando conforme pasan las horas. Es un día gris, lleno de agua, y el reflejo de interior del vagón en el cristal tarda en desaparecer.
Al cabo de un rato, pierdo la mirada en los paisajes de mi tierra: grandes dehesas, con alguna casa solariega escondida entre montes de encinas y alcornoques, vallados con una red de alambradas y carteles de Prohibido cazar. Agua en todas sus manifestaciones: charcos, lagunas, regatos, ríos, pantanos, nubes. El paisaje verde armoniza con mi estado de ánimo, alegre pero cansado. Me siento bien, con nuevos proyectos para el año que comienza, nuevas ideas, nuevos sentimientos...
En cada parada examino cuidadosamente a los pasajeros, personas mayores que van a visitar a los hijos o nietos, jóvenes que marchan de regreso a la universidad o vuelven a casa por vacaciones, militares en tránsito entre dos destinos, jovencitas en viaje de estudios. Todos tienen una característica común, el viaje, somos compañeros durante un tiempo de nuestras vidas y luego nos perderemos de vista
La metáfora resulta clara cuando lo pienso: el viaje en tren es un trasunto de la vida. Partimos de la estación de Nacimiento, atravesamos diversas paradas durante nuestra niñez y adolescencia; en cada estación suben y bajan personas que nos acompañan durante un trecho, algunas por más tiempo, otras solo durante un breve momento. Nuestro tren, como la vida, va recorriendo sus vías y nosotros nos acercamos poco a poco a Término, cómo lo hagamos depende muchas veces de nosotros mismos. Algunos pasajeros, pocos, nos acompañarán hasta que nos bajemos en nuestro destino, a otros los habremos perdido mucho antes. Somos nosotros los que elegimos, los que nos presentamos, hablamos, conversamos, nos reímos, convencemos a cada pasajero de que se quede con nosotros un rato más, les hacemos perder su apeadero y seguirnos en el viaje.
Yo soy afortunado. Conmigo viajan varias personas, todas ellas excepcionales y únicas, algunas han ido en el mismo tren, pero en distinto furgón durante gran parte del camino, otras se acaban de incorporar al viaje; unas pocas se han sentado a mi lado durante algunas estaciones, a esas siempre las recordaré. Pero el tren no para, y en las próximas estaciones puede que encuentre a alguien que se siente conmigo el resto del viaje, ¿quieres ser tú?
Al cabo de un rato, pierdo la mirada en los paisajes de mi tierra: grandes dehesas, con alguna casa solariega escondida entre montes de encinas y alcornoques, vallados con una red de alambradas y carteles de Prohibido cazar. Agua en todas sus manifestaciones: charcos, lagunas, regatos, ríos, pantanos, nubes. El paisaje verde armoniza con mi estado de ánimo, alegre pero cansado. Me siento bien, con nuevos proyectos para el año que comienza, nuevas ideas, nuevos sentimientos...
En cada parada examino cuidadosamente a los pasajeros, personas mayores que van a visitar a los hijos o nietos, jóvenes que marchan de regreso a la universidad o vuelven a casa por vacaciones, militares en tránsito entre dos destinos, jovencitas en viaje de estudios. Todos tienen una característica común, el viaje, somos compañeros durante un tiempo de nuestras vidas y luego nos perderemos de vista
La metáfora resulta clara cuando lo pienso: el viaje en tren es un trasunto de la vida. Partimos de la estación de Nacimiento, atravesamos diversas paradas durante nuestra niñez y adolescencia; en cada estación suben y bajan personas que nos acompañan durante un trecho, algunas por más tiempo, otras solo durante un breve momento. Nuestro tren, como la vida, va recorriendo sus vías y nosotros nos acercamos poco a poco a Término, cómo lo hagamos depende muchas veces de nosotros mismos. Algunos pasajeros, pocos, nos acompañarán hasta que nos bajemos en nuestro destino, a otros los habremos perdido mucho antes. Somos nosotros los que elegimos, los que nos presentamos, hablamos, conversamos, nos reímos, convencemos a cada pasajero de que se quede con nosotros un rato más, les hacemos perder su apeadero y seguirnos en el viaje.
Yo soy afortunado. Conmigo viajan varias personas, todas ellas excepcionales y únicas, algunas han ido en el mismo tren, pero en distinto furgón durante gran parte del camino, otras se acaban de incorporar al viaje; unas pocas se han sentado a mi lado durante algunas estaciones, a esas siempre las recordaré. Pero el tren no para, y en las próximas estaciones puede que encuentre a alguien que se siente conmigo el resto del viaje, ¿quieres ser tú?
martes, diciembre 21, 2010
Futuro presente II
Querido hijo,
Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, tu madre y yo nos encontramos bien, gracias a Dios.
Te escribo para contarte que hace frío, desde que te fuiste no ha habido calor en el hogar, y tu madre ha estado llorando casi todo el tiempo. A mí la congoja también me agarra el corazón y los ojos se me llenan de lágrimas, aunque los hombres no lloramos.
Te escribo para pedirte que nos perdones, nunca quisimos tu mal, todo lo hicimos siempre pensando en lo mejor para ti. Nunca pensamos en que nuestra vida juntos se acabase, ni quisimos que tú sufrieras por ello.
Te escribo para pedirte perdón, por los años en los que falté, por no haber estado cuando me llamabas, ni haber podido arroparte en las frías noches de invierno. Pero había que llevar pan a la casa, y tuve que marchar lejos para poder hacerlo. Los años que pasé lejos de ti fueron tristes y sin alegría, nunca me perdonaré haber perdido tu infancia.
Te escribo para que perdones a tu madre. Siempre te tuvo en su corazón y en su cabeza, y si trabajó como una esclava fue para poder darte lo mejor, una buena escuela, buenas ropas, comida. Siempre que pudo estuvo a tu lado, siempre que pudo jugó contigo, te ayudó con los deberes, hizo de padre y madre a un tiempo.
En fin hijo, ahora que eres un hombre y que pronto serás padre, perdona a tus padres por todo lo que te han faltado, aprende de nuestros errores y repite nuestros aciertos, que también los tuvimos.
Y si te acuerdas, riega de vez en cuando el árbol que plantaste sobre nuestras cenizas para que crezca fuerte y pueda sostener a nuestros nietos cuando jueguen con nosotros.
Tu padre que te quiere.
viernes, diciembre 17, 2010
Peace on Earth
La Navidad también llega al sur, momento de hacer balance. Un año difícil en el que han pasado cosas malas y cosas buenas, rupturas y encuentros, besos y bofetadas, inicios y finales. Un año de muchos principios, que me llenan de esperanzas para el que viene; un año de descubrimientos, un año de gratitud. A los que estáis al otro lado,
Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo!
Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo!
Season Greetings and Happy New Year!
Prettige kerstdagen en een Gelukkig Nieuwjaar!
즐거운 성탄절 보내시고 새해 복 많이 받으세요
Joyeux Noël et bonne année
أجمل التهاني بمناسبة الميلاد و حلول السنة الجديدة
Sretan Božić!
lunes, diciembre 13, 2010
Edén
Los veo casi cada día, al volver al trabajo despues de almorzar, sentados en una de las esculturas del museo, o en las escaleras, ajenos a mi mundo y creando el suyo propio. He de confesar que muchas veces ralentizo el paso cuando los diviso, envidioso de su felicidad y de su juventud. Ellos permanecen ajenos a mis miradas, y a mis sonrisas complices, ella sentada sobre él, mientras le acaricia la cara con arrobo; él, con la mirada abandonada en sus ojos, sus manos en su talle, que en ocasiones se pierden dentro de su camisa, o acariciando suavemente la piel de su costado.
En los breves momentos en que nuestras vidas se cruzan cada día, nunca les he oido hablar, están en esa fase del amor en que los susurros retumban en el cielo, y los silencios tienen más significado que cualquier discurso. A veces me preguntó qué podrán decirse, y recuerdo mis propios inicios, con profundas conversaciones sobre nada y largas lecturas de los ojos de mi pareja.
En ocasiones ella visté el uniforme del colegio, mientras él sigue con vaqueros raidos y camisa. Me divierto imaginando la salida de ella de las clases, los susurros y comentarios de las amigas, su alegría sin disimulos cuando se encuentra con él, el beso tierno y corto para que no les molesten las compañeras, caminar de la mano hasta el museo y encontrar un lugar donde poder abrir un universo privado, donde solo ellos pueden entrar.
Luego las preocupaciones y problemas cotidianos me hacen olvidar a esa pareja juvenil hasta que los vuelvo a ver al día siguiente, siempre en la misma zona asoleada del museo, siempre en la misma postura, recordandome que la esperanza no muere, que pasado y futuro se confunden en el presente.
En los breves momentos en que nuestras vidas se cruzan cada día, nunca les he oido hablar, están en esa fase del amor en que los susurros retumban en el cielo, y los silencios tienen más significado que cualquier discurso. A veces me preguntó qué podrán decirse, y recuerdo mis propios inicios, con profundas conversaciones sobre nada y largas lecturas de los ojos de mi pareja.
En ocasiones ella visté el uniforme del colegio, mientras él sigue con vaqueros raidos y camisa. Me divierto imaginando la salida de ella de las clases, los susurros y comentarios de las amigas, su alegría sin disimulos cuando se encuentra con él, el beso tierno y corto para que no les molesten las compañeras, caminar de la mano hasta el museo y encontrar un lugar donde poder abrir un universo privado, donde solo ellos pueden entrar.
Luego las preocupaciones y problemas cotidianos me hacen olvidar a esa pareja juvenil hasta que los vuelvo a ver al día siguiente, siempre en la misma zona asoleada del museo, siempre en la misma postura, recordandome que la esperanza no muere, que pasado y futuro se confunden en el presente.
sábado, diciembre 11, 2010
Dejando al corazón volar
Los años pasaron por Algerna lentos y tranquilos, mientras Lumia crecía y se convertía en mujer. Internada durante el año escolar en un centro para señoritas de la capital de la provincia, acostumbraba a pasar los veranos en casa de sus abuelos, haciendo la vida apacible y serena que hacían las niñas de su edad: conversaciones con las amigas a la salida de misa de doce, siestas durante las horas centrales del día, bien durmiendo en su cama en el piso noble de la casa, o bien cosiendo y hablando con la abuela en la fresca terraza del piso superior. Durante las tardes, como todas las muchachas de Algerna, paseaba arriba y abajo por la carretera, los primeros años con alguna tía o prima mayor, que hacía de carabina para evitar que los muchachos pudieran intentar algo indecente.
Aquel era el primer año en el que el grupo de amigas paseaban solas, haciendo la carretera mientras cuchicheaban y hablaban de sus cosas: de los vestidos que tenían o habían visto, de los temas candentes del pueblo, de los próximos bailes, de la romería y, por supuesto, de los chicos que las seguían a varios pasos, o las esperaban a las afueras del pueblo, lejos de las miradas indiscretas de padres y tutores.
Lumia se había convertido en una bonita joven, con un hermoso pelo castaño y un rostro agradable, donde destacaban unos ojos negros y una sonrisa que iluminaba su cara. No era la más hermosa del pueblo, pero no se encontraba fea cuando se miraba al espejo, y eso era todo lo que necesitaba. Las huellas del accidente y de la muerte de sus padres ya estaban profundamente enterradas, y solo de vez en cuando una expresión de tristeza se asomaba a sus ojos, cuando algo le recordaba a sus padres.
Ese verano conoció a Franco, un muchacho italiano, moreno, de ojos negros y piel bronceada por el sol, que estaba pasando el verano en el campamento juvenil que los hermanos teresianos tenían junto al río, en la Tejeda. No debían haberse conocido, puesto que los chicos no subían al pueblo y los curas controlaban las visitas en el campamento, pero el día de su llegada el autobús de los chicos se rompió al entrar en el pueblo, y los campistas tuvieron que recorrer los últimos kilómetros a pie, y coincidieron con las muchachas durante su paseo vespertino.
Notas y mensajes cruzaron el camino entre el campamento y Algerna, gracias a Gertrudis, cuya madre trabajaba en la cocina del campamento, y a los pocos días un grupo de chicos se escabullía por el monte para llegar a un punto predeterminado en la carretera, donde apareció un grupo de muchachas al poco tiempo. Esos encuentros furtivos se repitieron todo el verano, aunque el grupo se fue desmembrando hasta que cada pareja tuvo su propio ritmo y lugar.
Franco y Lumia gustaban de un grupo de rocas de granito, en un prado mirando al valle entre dos bosquecillos de pinos, con un hueco que les protegía de miradas indiscretas; las rocas estaban calientes por el sol de la tarde, y ese calor les dio la excusa perfecta para iniciar el juego. Besos, torpes caricias y promesas de amor eterno se sucedieron en ese escondrijo, hasta que el mes de septiembre llegó, con su olor a vino, higos y manzanas, y el final del campamento.
La tarde anterior se despidieron con lágrimas y besos, regalándose objetos que demostraban su amor eterno: Franco le regaló una pequeña copa tallada en madera, en la que había estado trabajando todo el verano, y Lumia un pañuelo con sus iniciales bordadas por ella misma, que Franco usó para enjugar sus lágrimas cuando se despidieron hasta el año próximo, aunque ellos no sabían que no volverían a verse.
Unos meses más tarde, mientras los dos adolescentes endulzaban el olvido con el fuego y la pasión de la juventud, un grupo de operarios llegó a Algerna. Durante varias semanas estuvieron arreglando la vieja casona, reparando agujeros en el techo, paredes podridas, ventanas torcidas, instalando una nueva fontanería más moderna…
Se fueron como habían llegado, en silencio, y con la explosión de flores en los cerezos de la majada llegó el hombre y se instaló en su casa.
Aquel era el primer año en el que el grupo de amigas paseaban solas, haciendo la carretera mientras cuchicheaban y hablaban de sus cosas: de los vestidos que tenían o habían visto, de los temas candentes del pueblo, de los próximos bailes, de la romería y, por supuesto, de los chicos que las seguían a varios pasos, o las esperaban a las afueras del pueblo, lejos de las miradas indiscretas de padres y tutores.
Lumia se había convertido en una bonita joven, con un hermoso pelo castaño y un rostro agradable, donde destacaban unos ojos negros y una sonrisa que iluminaba su cara. No era la más hermosa del pueblo, pero no se encontraba fea cuando se miraba al espejo, y eso era todo lo que necesitaba. Las huellas del accidente y de la muerte de sus padres ya estaban profundamente enterradas, y solo de vez en cuando una expresión de tristeza se asomaba a sus ojos, cuando algo le recordaba a sus padres.
Ese verano conoció a Franco, un muchacho italiano, moreno, de ojos negros y piel bronceada por el sol, que estaba pasando el verano en el campamento juvenil que los hermanos teresianos tenían junto al río, en la Tejeda. No debían haberse conocido, puesto que los chicos no subían al pueblo y los curas controlaban las visitas en el campamento, pero el día de su llegada el autobús de los chicos se rompió al entrar en el pueblo, y los campistas tuvieron que recorrer los últimos kilómetros a pie, y coincidieron con las muchachas durante su paseo vespertino.
Notas y mensajes cruzaron el camino entre el campamento y Algerna, gracias a Gertrudis, cuya madre trabajaba en la cocina del campamento, y a los pocos días un grupo de chicos se escabullía por el monte para llegar a un punto predeterminado en la carretera, donde apareció un grupo de muchachas al poco tiempo. Esos encuentros furtivos se repitieron todo el verano, aunque el grupo se fue desmembrando hasta que cada pareja tuvo su propio ritmo y lugar.
Franco y Lumia gustaban de un grupo de rocas de granito, en un prado mirando al valle entre dos bosquecillos de pinos, con un hueco que les protegía de miradas indiscretas; las rocas estaban calientes por el sol de la tarde, y ese calor les dio la excusa perfecta para iniciar el juego. Besos, torpes caricias y promesas de amor eterno se sucedieron en ese escondrijo, hasta que el mes de septiembre llegó, con su olor a vino, higos y manzanas, y el final del campamento.
La tarde anterior se despidieron con lágrimas y besos, regalándose objetos que demostraban su amor eterno: Franco le regaló una pequeña copa tallada en madera, en la que había estado trabajando todo el verano, y Lumia un pañuelo con sus iniciales bordadas por ella misma, que Franco usó para enjugar sus lágrimas cuando se despidieron hasta el año próximo, aunque ellos no sabían que no volverían a verse.
Unos meses más tarde, mientras los dos adolescentes endulzaban el olvido con el fuego y la pasión de la juventud, un grupo de operarios llegó a Algerna. Durante varias semanas estuvieron arreglando la vieja casona, reparando agujeros en el techo, paredes podridas, ventanas torcidas, instalando una nueva fontanería más moderna…
Se fueron como habían llegado, en silencio, y con la explosión de flores en los cerezos de la majada llegó el hombre y se instaló en su casa.
jueves, diciembre 09, 2010
Bendita tu mirada
Me gustan las tardes claras, después de una mañana de lluvia y vientos intensos. El azul del cielo nunca es tan vívido como cuando la tormenta ha aclarado los cielos de la ciudad, ni la brisa es tan agradable como cuando lleva los aromas de las hojas y ramas verdes en descomposición, lavadas por el temporal y aplastadas por los pasos de la gente.
En esas tardes me gusta salir a pasear, con el viento en la cara, con el corazón alegre, bebiendo de la vida que se despliega a mí alrededor. El agua de charcos, ríos y lagunas me calma, me proporciona paz; en esos momentos me vienen a la memoria otras aguas, otros mares en los que pasé parte de mi vida: el limpio añil del Nilo, saliendo fresco y ligero de la presa Nasser, la transparencia de las aguas ibicencas, la inmensidad del Pacífico desde los acantilados al sur de Ranu Kau, donde los sueños podían volar.
En esas tardes me gusta salir a pasear, con el viento en la cara, con el corazón alegre, bebiendo de la vida que se despliega a mí alrededor. El agua de charcos, ríos y lagunas me calma, me proporciona paz; en esos momentos me vienen a la memoria otras aguas, otros mares en los que pasé parte de mi vida: el limpio añil del Nilo, saliendo fresco y ligero de la presa Nasser, la transparencia de las aguas ibicencas, la inmensidad del Pacífico desde los acantilados al sur de Ranu Kau, donde los sueños podían volar.
martes, diciembre 07, 2010
Todos los muertos están bajo tierra
Todas las casas antiguas tienen su respiración, y la mía no era una excepción. Corrientes de aire, que entraban y salían por recovecos en muros y techos, crujidos nocturnos, cuando las viejas maderas se enfriaban y se preparaban para pasar la noche, espejos que reflejaban los rayos de sol de formas extrañas engañando a mis ojos, todo el repertorio de ruidos y luces se podía encontrar en mi casa.
La compré hace unos años, cuando ya no podía soportar más en la gran ciudad y necesitaba un lugar tranquilo y alejado. La había visto en un catálogo de una inmobiliaria especializada en casas de campo, y me había gustado su ubicación, y sobre todo su precio, muy por debajo de lo que se suele pagar por estas casas. Efecto de la crisis, pensé. Sin embargo, me costó muy poco decidirme cuando la pude recorrer por primera vez a solas, mientras el corredor terminaba unos asuntos con los guardeses.
De estilo castellano popular, con recias vigas de roble y suelos de barro cocido, la planta noble estaba dominada por una escalera de madera, que cubría una despensa bajo sus peldaños. Este detalle, que me recordó a la casa de mis abuelos, junto con el buen estado de conservación y el bajo precio, me hicieron decidirme en la primera visita.
En la primera planta, dando al oeste sobre un hermoso prado y un bosquecillo de tejos, había una pequeña habitación con una ventana que inmediatamente se convirtió en mi despacho y sala de lectura. Con una antigua mesa de trabajo rescatada de un chatarrero y restaurada por mi, la habitación se convirtió en mi lugar preferido, trabajando sobre mis libros y dejando descansar ocasionalmente la vista sobre el verde prado.
Sin embargo, tenía una peculiaridad: su puerta se abría y cerraba sola. Las primeras veces no le di ninguna importancia, acostumbrado como estaba ya a la respiración de la casa, y achacando el fenómeno a corrientes de aire o a que la había cerrado mal. Una noche de verano todo cambió. El cielo presagiaba tormenta, y yo había subido a mi despacho con un buen montón de folios mecanografiados y un vaso de whisky; mi intención era repasar gran parte de lo escrito en el último mes, y, consciente de las rachas de aire huracanado que precedían a la tormenta, cerré concienzudamente la puerta de la habitación, para evitar sobresaltos. Recuerdo claramente haberlo hecho.
Pasaron varias horas, y yo estaba enfrascado en un pasaje dificil cuándo escuché claramente el clik de la puerta al abrirse. Algo había tirado del pestillo y la había abierto. Mi primer pensamiento fue de fastidio, por no haber cerrado bien la puerta. Me levanté y fui a cerrarla. Pero a dos pasos de ella, la puerta se cerró. Suavemente, como si alguien se hubiera equivocado y no quisiera molestar. Me paré en seco. Aún estaba en esa posición, intentando asimilar lo ocurrido, cuando vi claramente como bajaba el pestillo y la puerta se abría de nuevo lentamente. Un escalofrío recorrió mi espalda, los pelos de mis brazos se erizaron como tocados por una corriente eléctrica, y una inquietante sensación de hormigueo se instaló en mi nuca.
Sabía positivamente que estaba solo en la casa. La penumbra que rodeaba el dintel no era lo suficientemente intensa como para que alguien se estuviera escondiendo en ella, y sin embargo, yo notaba una presencia, una mirada desde más allá de la puerta. El sonido del viento en los huecos de la casa producía silbidos y susurros, como si alguien intentara comunicarse conmigo. Con cierto temor, tengo que reconocerlo, gire la manilla y cerré de nuevo la puerta.
La compré hace unos años, cuando ya no podía soportar más en la gran ciudad y necesitaba un lugar tranquilo y alejado. La había visto en un catálogo de una inmobiliaria especializada en casas de campo, y me había gustado su ubicación, y sobre todo su precio, muy por debajo de lo que se suele pagar por estas casas. Efecto de la crisis, pensé. Sin embargo, me costó muy poco decidirme cuando la pude recorrer por primera vez a solas, mientras el corredor terminaba unos asuntos con los guardeses.
De estilo castellano popular, con recias vigas de roble y suelos de barro cocido, la planta noble estaba dominada por una escalera de madera, que cubría una despensa bajo sus peldaños. Este detalle, que me recordó a la casa de mis abuelos, junto con el buen estado de conservación y el bajo precio, me hicieron decidirme en la primera visita.
En la primera planta, dando al oeste sobre un hermoso prado y un bosquecillo de tejos, había una pequeña habitación con una ventana que inmediatamente se convirtió en mi despacho y sala de lectura. Con una antigua mesa de trabajo rescatada de un chatarrero y restaurada por mi, la habitación se convirtió en mi lugar preferido, trabajando sobre mis libros y dejando descansar ocasionalmente la vista sobre el verde prado.
Sin embargo, tenía una peculiaridad: su puerta se abría y cerraba sola. Las primeras veces no le di ninguna importancia, acostumbrado como estaba ya a la respiración de la casa, y achacando el fenómeno a corrientes de aire o a que la había cerrado mal. Una noche de verano todo cambió. El cielo presagiaba tormenta, y yo había subido a mi despacho con un buen montón de folios mecanografiados y un vaso de whisky; mi intención era repasar gran parte de lo escrito en el último mes, y, consciente de las rachas de aire huracanado que precedían a la tormenta, cerré concienzudamente la puerta de la habitación, para evitar sobresaltos. Recuerdo claramente haberlo hecho.
Pasaron varias horas, y yo estaba enfrascado en un pasaje dificil cuándo escuché claramente el clik de la puerta al abrirse. Algo había tirado del pestillo y la había abierto. Mi primer pensamiento fue de fastidio, por no haber cerrado bien la puerta. Me levanté y fui a cerrarla. Pero a dos pasos de ella, la puerta se cerró. Suavemente, como si alguien se hubiera equivocado y no quisiera molestar. Me paré en seco. Aún estaba en esa posición, intentando asimilar lo ocurrido, cuando vi claramente como bajaba el pestillo y la puerta se abría de nuevo lentamente. Un escalofrío recorrió mi espalda, los pelos de mis brazos se erizaron como tocados por una corriente eléctrica, y una inquietante sensación de hormigueo se instaló en mi nuca.
Sabía positivamente que estaba solo en la casa. La penumbra que rodeaba el dintel no era lo suficientemente intensa como para que alguien se estuviera escondiendo en ella, y sin embargo, yo notaba una presencia, una mirada desde más allá de la puerta. El sonido del viento en los huecos de la casa producía silbidos y susurros, como si alguien intentara comunicarse conmigo. Con cierto temor, tengo que reconocerlo, gire la manilla y cerré de nuevo la puerta.
domingo, diciembre 05, 2010
Bel canto
La escena se repitió durante gran parte de su niñez. Su padre, de regreso de una de sus muchas reuniones de trabajo, había llegado a la casa de forma repentina, inesperadamente. Su madre estaba estudiando el diálogo de su próximo papel, mientras Lumia permanecía en su cuarto, envuelta en su mundo de fantasía: una princesa de cuento, rodeada de sus caballeros y pajes, de amor y cariño, hermosa y feliz.
No recordaba cuándo se percató de las voces y los gritos. Las peleas entre sus padres eran tan corrientes e hirientes, que Lumia procuraba no darse cuenta de las mismas: sus padres, cuando ella no estaba presente, no se refrenaban en absoluto, y muchas veces las palabras de desprecio eran seguidas por el ruido de los destrozos, y, en ocasiones, de los golpes.
La niña no lograba entender qué pasaba de malo en su familia. Un padre exitoso y una madre bella y famosa, que eran la envidia de sus amigas del colegio, pero que por alguna razón no se soportaban en la intimidad. Con el correr de los años, y las muchas discusiones, había logrado entender que sus padres estaban juntos solo por conveniencia, solo por evitar rumores de la sociedad, que los veía como una pareja feliz mientras en la realidad cada uno hacia su vida por separado.
Años más tarde, cuando tuvo edad y fuerza suficiente para hurgar en la vida de sus padres, descubrió los muchos amoríos de ambos: secretarías, bailarinas, compañeros de reparto, directores… Todos una forma de buscar el amor y cariño que no encontraban el uno en el otro, mientras su hija iba creciendo demasiado lentamente para ellos.
Aquella noche fue distinta. Su padre había llegado bastante más bebido que de costumbre, y su madre estaba furiosa porque el guión se le estaba atragantando. Así que la tormenta de reproches e insultos estalló casi instantáneamente, subiendo de tono y fuerza, logrando sacara Lumia de sus ensoñaciones. La muchacha escuchó por un momento, mientras las hirientes palabras le llegaban desde el salón en el piso inferior. Una rabia que no había sentido nunca antes se apoderó de ella, mientras intentaba acallar los gritos con la almohada; las lágrimas surcaban su rostro mientras pedía que se callaran, primero en susurros y luego con toda la potencia de su garganta.
El silencio la asustó más que la discusión, su casa nunca estaba tan callada. ¿Mama? ¿Papa? La falta de respuesta hizo su miedo mayor. Salió de la habitación y bajo hacia el salón. Una bombilla parpadeante daba un poco de luz desde una lámpara caída. La habitación estaba en desorden, con sillas y cuadros por el suelo, vasos rotos y fotografías destrozadas. ¿Mama? ¿Papa? volvió a repetir, ahora ya asustada.
Tropezó con los cuerpos, y cayó sobre su madre, Tenía una expresión como de sorpresa, mirando hacia el techo, y una mancha de… Se levantó aterrorizada, la palma roja con la sangre de sus padres, que yacían a sus pies. Iba a salir gritando cuando unas fuertes manos la agarraron y la taparon la boca, impidiéndola respirar. Forcejeando histéricamente con su opresor, no escuchó sirenas lejanas mientras perdía el conocimiento.
No recordaba cuándo se percató de las voces y los gritos. Las peleas entre sus padres eran tan corrientes e hirientes, que Lumia procuraba no darse cuenta de las mismas: sus padres, cuando ella no estaba presente, no se refrenaban en absoluto, y muchas veces las palabras de desprecio eran seguidas por el ruido de los destrozos, y, en ocasiones, de los golpes.
La niña no lograba entender qué pasaba de malo en su familia. Un padre exitoso y una madre bella y famosa, que eran la envidia de sus amigas del colegio, pero que por alguna razón no se soportaban en la intimidad. Con el correr de los años, y las muchas discusiones, había logrado entender que sus padres estaban juntos solo por conveniencia, solo por evitar rumores de la sociedad, que los veía como una pareja feliz mientras en la realidad cada uno hacia su vida por separado.
Años más tarde, cuando tuvo edad y fuerza suficiente para hurgar en la vida de sus padres, descubrió los muchos amoríos de ambos: secretarías, bailarinas, compañeros de reparto, directores… Todos una forma de buscar el amor y cariño que no encontraban el uno en el otro, mientras su hija iba creciendo demasiado lentamente para ellos.
Aquella noche fue distinta. Su padre había llegado bastante más bebido que de costumbre, y su madre estaba furiosa porque el guión se le estaba atragantando. Así que la tormenta de reproches e insultos estalló casi instantáneamente, subiendo de tono y fuerza, logrando sacara Lumia de sus ensoñaciones. La muchacha escuchó por un momento, mientras las hirientes palabras le llegaban desde el salón en el piso inferior. Una rabia que no había sentido nunca antes se apoderó de ella, mientras intentaba acallar los gritos con la almohada; las lágrimas surcaban su rostro mientras pedía que se callaran, primero en susurros y luego con toda la potencia de su garganta.
El silencio la asustó más que la discusión, su casa nunca estaba tan callada. ¿Mama? ¿Papa? La falta de respuesta hizo su miedo mayor. Salió de la habitación y bajo hacia el salón. Una bombilla parpadeante daba un poco de luz desde una lámpara caída. La habitación estaba en desorden, con sillas y cuadros por el suelo, vasos rotos y fotografías destrozadas. ¿Mama? ¿Papa? volvió a repetir, ahora ya asustada.
Tropezó con los cuerpos, y cayó sobre su madre, Tenía una expresión como de sorpresa, mirando hacia el techo, y una mancha de… Se levantó aterrorizada, la palma roja con la sangre de sus padres, que yacían a sus pies. Iba a salir gritando cuando unas fuertes manos la agarraron y la taparon la boca, impidiéndola respirar. Forcejeando histéricamente con su opresor, no escuchó sirenas lejanas mientras perdía el conocimiento.
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La policía había llegado apenas unos minutos después de que los vecinos les alertaran, cansados ya de las broncas y discusiones, y eso salvó a Lumia. El inspector, amigo de juventud del hombre, y que le había ayudado a rellenar los vacíos de la historia, le contó también de las conexiones mafiosas del padre de Lumia, de sus deudas de juego, y del móvil del crimen; una advertencia para otros deudores. “La muchacha no era más que un extra, por eso la dejaron vivir” le dijo, mientras le daba la mano al despedirse.
miércoles, diciembre 01, 2010
Espirítu de las navidades pasadas
Recuerdo las largas noches sobre mi escritorio, escribiendo y volviendo a escribir notas que nunca mostré a nadie. Recuerdo mis primeras poesías de adolescente, un chico retraído que buscaba cómo atraer a sus compañeras, pero que no podía soportarse a sí mismo. Recuerdo las primeras heridas en mi corazón, cuando los primeros brotes de amor se secaron por unas palabras mal dichas. Recuerdo los años de ausencia, perdido en mi mundo, cuando alguna ventana se abría al exterior pero yo inmediatamente la cerraba, temeroso de que el aire del exterior quebrantará mi atmósfera.
Recuerdo mi primer viaje, el autobús, los compañeros, la primera noche en el hotel, todos sentados en la cama de la habitación de las chicas, las risas; los chistes en el camino al santuario, el paisaje de una ciudad quemada y misteriosa. Recuerdo los champiñones fritos en el restaurante, con mi compañera de viaje, el sabor del mundo exterior, el frío nocturno y la alegría de viajar, de caminar, de estar fuera de mí.
Recuerdo el azul profundo del río, la maravilla del agua en el desierto, las ruinas que hablaban de milenios, la belleza de los atardeceres y el mágico instante de un café junto al río de la historia. Recuerdo la soledad, el ruido del motor del barco en mi habitación, las flores que brotaban en mi balcón, qué placer el té frío al mediodía.
Recuerdo la cerveza, la grappa después de una buena comida, el hablar con gentes de otros países, otras culturas, la camaradería, el dolor de la pérdida, no menor por esperada.
Recuerdo la nieve sobre las cumbres de los Andes, el inmenso océano bajo mis pies, el viento que quería elevarme sobre la cima del volcán, la niña que corría alocada ladera abajo, la expresión sorprendida de un bebé al salir del vientre de su madre, las primeras risas, las caricias, la fuerza de su mano en mi dedo…
Recuerdo mi primer viaje, el autobús, los compañeros, la primera noche en el hotel, todos sentados en la cama de la habitación de las chicas, las risas; los chistes en el camino al santuario, el paisaje de una ciudad quemada y misteriosa. Recuerdo los champiñones fritos en el restaurante, con mi compañera de viaje, el sabor del mundo exterior, el frío nocturno y la alegría de viajar, de caminar, de estar fuera de mí.
Recuerdo el azul profundo del río, la maravilla del agua en el desierto, las ruinas que hablaban de milenios, la belleza de los atardeceres y el mágico instante de un café junto al río de la historia. Recuerdo la soledad, el ruido del motor del barco en mi habitación, las flores que brotaban en mi balcón, qué placer el té frío al mediodía.
Recuerdo la cerveza, la grappa después de una buena comida, el hablar con gentes de otros países, otras culturas, la camaradería, el dolor de la pérdida, no menor por esperada.
Recuerdo la nieve sobre las cumbres de los Andes, el inmenso océano bajo mis pies, el viento que quería elevarme sobre la cima del volcán, la niña que corría alocada ladera abajo, la expresión sorprendida de un bebé al salir del vientre de su madre, las primeras risas, las caricias, la fuerza de su mano en mi dedo…
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