domingo, diciembre 05, 2010

Bel canto

La escena se repitió durante gran parte de su niñez. Su padre, de regreso de una de sus muchas reuniones de trabajo, había llegado a la casa de forma repentina, inesperadamente. Su madre estaba estudiando el diálogo de su próximo papel, mientras Lumia permanecía en su cuarto, envuelta en su mundo de fantasía: una princesa de cuento, rodeada de sus caballeros y pajes, de amor y cariño, hermosa y feliz.

No recordaba cuándo se percató de las voces y los gritos. Las peleas entre sus padres eran tan corrientes e hirientes, que Lumia procuraba no darse cuenta de las mismas: sus padres, cuando ella no estaba presente, no se refrenaban en absoluto, y muchas veces las palabras de desprecio eran seguidas por el ruido de los destrozos, y, en ocasiones, de los golpes.

La niña no lograba entender qué pasaba de malo en su familia. Un padre exitoso y una madre bella y famosa, que eran la envidia de sus amigas del colegio, pero que por alguna razón no se soportaban en la intimidad. Con el correr de los años, y las muchas discusiones, había logrado entender que sus padres estaban juntos solo por conveniencia, solo por evitar rumores de la sociedad, que los veía como una pareja feliz mientras en la realidad cada uno hacia su vida por separado.

Años más tarde, cuando tuvo edad y fuerza suficiente para hurgar en la vida de sus padres, descubrió los muchos amoríos de ambos: secretarías, bailarinas, compañeros de reparto, directores… Todos una forma de buscar el amor y cariño que no encontraban el uno en el otro, mientras su hija iba creciendo demasiado lentamente para ellos.

Aquella noche fue distinta. Su padre había llegado bastante más bebido que de costumbre, y su madre estaba furiosa porque el guión se le estaba atragantando. Así que la tormenta de reproches e insultos estalló casi instantáneamente, subiendo de tono y fuerza, logrando sacara Lumia de sus ensoñaciones. La muchacha escuchó por un momento, mientras las hirientes palabras le llegaban desde el salón en el piso inferior. Una rabia que no había sentido nunca antes se apoderó de ella, mientras intentaba acallar los gritos con la almohada; las lágrimas surcaban su rostro mientras pedía que se callaran, primero en susurros y luego con toda la potencia de su garganta.

El silencio la asustó más que la discusión, su casa nunca estaba tan callada. ¿Mama? ¿Papa? La falta de respuesta hizo su miedo mayor. Salió de la habitación y bajo hacia el salón. Una bombilla parpadeante daba un poco de luz desde una lámpara caída. La habitación estaba en desorden, con sillas y cuadros por el suelo, vasos rotos y fotografías destrozadas. ¿Mama? ¿Papa? volvió a repetir, ahora ya asustada.

Tropezó con los cuerpos, y cayó sobre su madre, Tenía una expresión como de sorpresa, mirando hacia el techo, y una mancha de… Se levantó aterrorizada, la palma roja con la sangre de sus padres, que yacían a sus pies. Iba a salir gritando cuando unas fuertes manos la agarraron y la taparon la boca, impidiéndola respirar. Forcejeando histéricamente con su opresor, no escuchó sirenas lejanas mientras perdía el conocimiento.
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La policía había llegado apenas unos minutos después de que los vecinos les alertaran, cansados ya de las broncas y discusiones, y eso salvó a Lumia. El inspector, amigo de juventud del hombre, y que le había ayudado a rellenar los vacíos de la historia, le contó también de las conexiones mafiosas del padre de Lumia, de sus deudas de juego, y del móvil del crimen; una advertencia para otros deudores. “La muchacha no era más que un extra, por eso la dejaron vivir” le dijo, mientras le daba la mano al despedirse.

miércoles, diciembre 01, 2010

Espirítu de las navidades pasadas

Recuerdo las largas noches sobre mi escritorio, escribiendo y volviendo a escribir notas que nunca mostré a nadie. Recuerdo mis primeras poesías de adolescente, un chico retraído que buscaba cómo atraer a sus compañeras, pero que no podía soportarse a sí mismo. Recuerdo las primeras heridas en mi corazón, cuando los primeros brotes de amor se secaron por unas palabras mal dichas. Recuerdo los años de ausencia, perdido en mi mundo, cuando alguna ventana se abría al exterior pero yo inmediatamente la cerraba, temeroso de que el aire del exterior quebrantará mi atmósfera.

Recuerdo mi primer viaje, el autobús, los compañeros, la primera noche en el hotel, todos sentados en la cama de la habitación de las chicas, las risas; los chistes en el camino al santuario, el paisaje de una ciudad quemada y misteriosa. Recuerdo los champiñones fritos en el restaurante, con mi compañera de viaje, el sabor del mundo exterior, el frío nocturno y la alegría de viajar, de caminar, de estar fuera de mí.

Recuerdo el azul profundo del río, la maravilla del agua en el desierto, las ruinas que hablaban de milenios, la belleza de los atardeceres y el mágico instante de un café junto al río de la historia. Recuerdo la soledad, el ruido del motor del barco en mi habitación, las flores que brotaban en mi balcón, qué placer el té frío al mediodía.

Recuerdo la cerveza, la grappa después de una buena comida, el hablar con gentes de otros países, otras culturas, la camaradería, el dolor de la pérdida, no menor por esperada.

Recuerdo la nieve sobre las cumbres de los Andes, el inmenso océano bajo mis pies, el viento que quería elevarme sobre la cima del volcán, la niña que corría alocada ladera abajo, la expresión sorprendida de un bebé al salir del vientre de su madre, las primeras risas, las caricias, la fuerza de su mano en mi dedo…

domingo, noviembre 28, 2010

Air éphémère de l'hiver

Pasa, por favor, hace tiempo que quería hablar contigo. Siéntate, ponte cómoda. ¿Te puedo ofrecer algo, café, té, una infusión? Aún tienen ese té inglés con naranja que tanto te gustaba. ¿Sí? Yo tomaré un café vienés, por favor.

Cuánto tiempo. Te vi pasar el otro día por enfrente de la tienda, y eso me animó a llamarte, espero que no te molestase. Qué tontería, si estás aquí. Perdona, estoy un poco nervioso, he pasado toda la noche planeando lo que quería decirte y ahora no me acuerdo de nada.

¿Recuerdas cuándo empezamos a salir? No querías que te acompañara a casa para que no te viera tu madre. Te dejaba en la esquina, y a veces dábamos varias vueltas a la manzana, para prolongar un poco más el tiempo. Me acuerdo de aquellos primeros besos con lengua en el Retiro, debajo del árbol del amor, y de aquellos largos paseos en invierno.

Conservé muchos años el pequeño búho que me regalaste. Claro que no contaba la historia completa, no creerás que querría meterme en líos. También conservo tus cartas, tus postales y tus fotos. Todo en una vieja caja, junto con otros recuerdos que ya no visito.

Sí, hace ya mucho tiempo de eso. Los dos hemos crecido, hemos estado con otras personas, tenido hijos, ya no somos aquellos niños, pero tengo que decirte que muchas veces he pensado en tu mirada durante aquellos primeros meses, en la calidez de tus ojos, en su luz.

Pero no es eso por lo que te he llamado. No quiero hacerte perder el tiempo con recuerdos ya viejos, los dos tenemos ya otra vida. Solo quería preguntarte ¿por qué?

sábado, noviembre 27, 2010

Un regalo de tu propia fé

No hemos hablado nunca pero creo que te conozco. Te observo sentado en el mismo banco todos los días, haga frío o calor, faltando solamente los días de lluvia muy fuerte. Llegas a media mañana, con tu andar cansino, el peso de los años en tus pies. Siempre te sientas en la misma zona del banco, como si ya se hubiera adaptado a la forma de tu cuerpo. Te instalas lo más cómodo posible, descansas un momento, viendo a la gente pasar a tu lado por el parque. Y empiezas a tocar.

Cada día tocas durante un par de horas, ajeno a las personas que te rodean, y que a veces aplauden al terminar tu repertorio. No pides dinero, no hay ningún sombrero o cartel cerca de ti (me fijé una mañana en que decidí escucharte en directo). Por la elección de tus canciones sé cómo te encuentras cada día: ritmos rápidos, alegres, pueden convertirse luego en melancólicas baladas. A veces, una canción popular se cuela entre trozos de piezas clásicas. Otras, una alegre tonada celta encuentra acomodo junto a trozos de Vivaldi. En ocasiones, realizas tu propia versión de melodías populares ya hace algunos años.

Te veo tocar cada día, desde mi ventana. Te escucho. Cuando el tiempo lo permite, abro mi ventana de par en par para que tu música inunde mi cuarto de estudio, sacando preocupaciones y miedos, y algunas veces tus melodías han hecho brotar lágrimas de mis ojos.

Todos los días, haga frio o calor, al llegar el mediodía, cuando los oficinistas empiezan a llegar al parque para tomar su apresurado almuerzo, te veo recoger tu flauta, con cuidado, como una amante, y guardarla en su funda. Te tomas unos minutos, tal vez para descansar, para recuperar aliento, y te levantas. Y el único sonido que me llega de ti entonces es el tactac de tu bastón sobre los adoquines de la ciudad.

James Galway - Brian Boru's March

Anoche soñé contigo

El viento jugaba con tu pelo negro cuervo mientras paseabas por la calle con un amigo. Mirabas hacia otro lado, por lo que no pudiste verme. Llevaba buscándote mucho tiempo, había volado a tu encuentro como tantas veces hice en mi niñez, usando la fuerza del aire para cumplir mis deseos. Ese aire que ahora me traía el sonido de tu voz, el olor de tu ropa, de tu piel…

Me levante con la imagen de tu rostro en mi mente, otra vez tus ojos llevándome al vacío, intentando ver en su negrura el reflejo de mí mismo. No quise despertar.

jueves, noviembre 25, 2010

Giggling for no reason

Te encuentras en la calle, solo y desamparado. Miras a tu alrededor y ninguna cara te es conocida. Intentas recordar por dónde viniste, qué camino recorriste para llegar allí y no lo consigues. Te acercas a la gente que pasas a tu lado, quieres pedir ayuda, estás perdido, pero ningún sonido sale de tu garganta.

Caminas sin dirección, mirando a todos lados para ver si reconoces algo. Los transeúntes se cruzan contigo, te golpean como si no te vieran, tienes que apartarte de su camino. La ciudad se va perdiendo, mientras te adentras más y más en un terreno que te es desconocido. Llamas a las puertas, a las ventanas, entras en comercios y restaurantes. Nadie te hace caso, no existes para el mundo, nadie te ve, nadie te necesita. Tienes frío.

Te acurrucas en un rincón, cansado de deambular por las calles. Tus pies sangrantes son testigos de tu caminar, tus ojos enrojecidos lo son de tus lágrimas, tus manos ásperas y agrietadas de tus intentos por llamar a las puertas de los demás. Ya no quieres vagar, no quieres sufrir, quieres descansar. Cierras los ojos. El mundo se difumina a tu alrededor y dejas de oír los sonidos de los coches, de las conversaciones, el ruido de la noche…

Y escuchas el sonido de tu corazón. Rítmico. Constante. Fuerte. Te concentras en él. Empiezas a sentir el calor que lentamente recorre tus venas, manando de tu interior. Tus vasos sanguíneos son vías de vida, ahora más que nunca. Poco a poco tu cuerpo responde al llamado. Tus ojos se limpian, tus pies se curan y fortalecen, tus manos se vuelven ágiles y fuertes.

Te levantas. La oscuridad que te rodea no te preocupa, tú tienes la luz en tu interior. Adelantas un pie. Luego otro. Y otro. Pronto estás caminando, corriendo, sintiendo la sangre latir en tu corazón, llenarte de fuerza y de vida. La luz que surge de tu interior te permite ver el camino, y es cada vez más fuerte. Parte de esa luz se refleja en otros rostros, que te sonríen, dándote parte de su luz a cambio.

Ahora estás saltando, ves toda la ciudad en cada salto. Otra persona está a tu lado, irradiando tanta luz que crees que te quemas. Os tocáis. El estallido de energía es tan grande que os hace tambalear, pero os tocáis y os abrazáis. Ahora vuestra felicidad ilumina el mundo.

martes, noviembre 23, 2010

Aún quedan días

Faltaba una hora para que el sol se hundiera en el horizonte, y Viktor ya había revisado el generador y llenado los depósitos de aceite y gasolina en el nivel inferior. Antes de continuar con su rutina, salió un momento al exterior para fumarse un cigarro, como hacía todos los días a la misma hora. Las olas rompían contra la base del acantilado, y las oscuras nubes que llegaban del este presagiaban una gran tormenta esa noche, tormenta que se ya anunciaba en fuertes rafagas de viento. Viktor se abrochó otro botón de la zamarra, cubriendo el calor del cigarrillo con sus manos, mientras miraba hacia el horizonte con los ojos vacíos.

Volvío a la sala de control, como le gustaba llamar al pequeño cuarto donde conservaba sus herramientas y los repuestos eléctricos, y giró el interruptor. El rugido del generador compensó sus esperanzas, al mismo tiempo que le llegaban los familiares crujidos y soniquetes metálicos del piso superior.

Una vez pasaron unos minutos, y el sonido constante del generador le inspiró la suficiente confianza, subió por la escalera de caracol de la torre hasta la habitación de arriba, donde anotó la hora de encendido en el gastado libro de rutinas: “6.45 pm, encendido. Viento Norte, 12 nudos. Aviso de tormenta”

El faro era una construcción centenaria, fuerte y sólida, que se había reforzado hacía pocos años, al terminar la guerra; su torre se veía desde muy lejos en días claros, y su luz y sirena eran bien conocidos en la costa. Estaba en una posición estratégica, marcando la entrada de la bahía y sus peligrosos escollos a todos los barcos que pasaran a menos de 15 millas, y más de una vez su sirena había alertado a un pesquero dormilón antes de estrellarse contra las rocas de la entrada. Viktor llevaba en el faro más años de los que le gustaba recordar, repitiendo siempre las mismas rutinas. Era un hombre alto, con mucha nieve en el pelo y unos pectorales que habían sido la envidia de todos en la Academia, antes de la guerra.

Una vez cumplidas las obligaciones del reglamento, subió por el fuste hasta la cámara de servicio, donde comprobó que la linterna giraba normalmente, asomado al balconcillo exterior. Desde allí vio como el sol se ocultaba bajo las aguas, y como un reguero de perlas se encaminaba hacia el puerto, conforme los pesqueros locales regresaban para buscar cobijo ante la tempestad que se avecinaba. El viento era ahora más fuerte, y su aullido al pasar por la torre le recordaba algunas escenas de su niñez, cuando en los frios inviernos su madre le arropaba mientras escuchaban al viento correr por la estepa castellana.

Con las primeras y gélidas gotas se retiró, bajando por el fuste hasta las dependencias auxiliares. Estas eran dos construcciones en piedra, con tejado de pizarra, que estaban adosadas a la torre del faro, y que constituían la vivienda y propiedad del farero, su casa. Allí, ante la chimenea ya encendida, se quito el pesado abrigo, y se dispuso a pasar otra noche de trabajo: el café ya hervía en la vieja cafetera de latón, la radio sonaba con voces de otros lugares y otros mundos, su perro meneaba la cola, acostado junto al hogar… Con una sonrisa, Viktor se sentó en la robusta mesa que le servía de comedor y escritorio, y abrió el libro.

sábado, noviembre 20, 2010

Nota del redactor

En el pueblo se contaba que la casa estaba habitada por fantasmas. Se relataban historias de luces que se movían en la noche, de persianas que se separaban sin que hubiera nadie en la casa, de sonidos escuchados donde no debería haber ninguno. Asomarse por sus ventanas era el típico rito de iniciación para los niños del pueblo, sobre todo si se hacía en noche sin luna, cuando las imaginaciones se disparaban hasta límites insospechados; muchas madres eran conscientes de estos actos cuando descubrían la ropa interior de sus hijos al día siguiente.

Por supuesto, el corredor que me vendió la casa no me dijo nada de esto, ansioso como estaba por cerrar el trato; ya se sabe, los de la ciudad somos muy impresionables, y la casa ya llevaba varios años en venta sin haber encontrado un comprador. No obstante, cuando el camión de la mudanza apenas estaba doblando la esquina, después de dejar toda mi vida en mi nuevo hogar, yo ya había sido visitado por varios ‘amables’ vecinos, que no perdieron el tiempo para contarme historias de la casa y sus molestos “inquilinos”.

Confieso que inicialmente me lo tomé a broma. Todos saben que las casas antiguas tienen su propio sonido, incluso su propia iluminación, y una casa como la mía, al final de la calle, con un amplio y descuidado jardín a la entrada, y abandonada durante varios años, se prestaba a todo tipo de historias y cuentos. Ocupé las primeras semanas en adecentar un poco la vivienda, dando una mano de pintura al exterior, revisando toda la fontanería, las ventanas, puertas, limpiando el desván y tapando las grietas del techo… Excepto algunos roedores bajo el tejado (un par de ellos con alas, debo admitir) no encontré ningún fiambre ni nada que sustentará la imaginación de mis vecinos, y con el paso de los meses, yo mismo olvidé todo lo que me contaron al llegar.

Sin embargo, una noche todo cambió. Por mi oficio de escritor, y también por mi naturaleza noctámbula (nunca me ha gustado madrugar), suelo aprovechar las horas de tranquilidad nocturna para trabajar, sentado en mi despacho frente al ordenador, y con un montón de libros a mi alrededor. Esa noche hacía calor, y había abierto las ventanas de la habitación para que corriera el aire fresco por la casa, recalentada durante el día.

Estaba escribiendo un relato corto para el periódico local, sobre un viejo pirata que había usado el puerto como base de sus correrías. Me había documentado bien sobre el personaje, pero, no sé si por el calor o por alguna otra razón (esa noche ya llevaba varias copas encima), me encontraba atascado en el desarrollo de la historia. Después de un largo rato de pensar y pensar, consultar libros y volver a pensar, apagué la pantalla y me dirigí a la cocina, a prepararme otro combinado que despejara mis ideas. No recuerdo muy bien, pero me debí quedar dormido en la mesa de la cocina, ya que al despertar el sol ya estaba alto en el horizonte.

No era la primera vez que me pasaba, y después de una ducha y un buen desayuno, volví al despacho, con la idea de que el trabajo se hiciera con mucha transpiración, ya que la inspiración no llegaba. Me sorprendió ver la pantalla del ordenador encendida, como si acabara de dejar de escribir, y al acceder a mi relato me encontré con un texto que no tenía nada que ver con lo que inicialmente había escrito: donde yo había puesto barcos y mares en llamas, me encontraba un relato intimista sobre la mujer del pirata, donde yo tenía acción y mucha testosterona, había una historia de sentimientos fuertes y duraderos. Al leerlo me envolvió la historia, como hacía mucho que no me pasaba con mi trabajo, estaba bien redactada, con un vocabulario rico y plenamente integrado en la narración. “Vaya, ahora escribo mejor borracho que sobrio” fue lo primero que pensé, mientras enviaba el texto a mi editor.

Con el paso de los días fueron sucediendo otras cosas misteriosas, aunque no me di cuenta hasta mucho después: encontraba mis textos ya corregidos por la mañana, los libros parecían abrirse justo en la referencia que necesitaba, en ocasiones tenía la impresión de que el teclado iba más deprisa de lo que yo tecleaba… Pero no me importaba: mis relatos ganaron mucho en calidad, y no era el único que lo notaba, mi agente y mi editor me escribieron y llamaron varias veces, gratamente sorprendidos por mi repentina madurez literaria. Nada se me resistía, escribía igual historias de ciencia ficción, relatos románticos, cuentos históricos, todo parecía que se me daba bien. Hasta esa noche.

Un repentino ataque de bronquitis hizo que me tuvieran hospitalizado durante varios días, en los que no escribí nada, por consejo de los médicos, que no querían que ningún estrés me afectase durante el tratamiento. A la vuelta a mi casa note algo extraño, una cierta tensión eléctrica, contenida, que yo estúpidamente catalogué como producto de una casa cerrada durante varios días.

No pude dormir esa noche. Daba vueltas y vueltas en mi cama, más atento de lo normal a los ruidos de la casa: el crujido de la madera empujada por el viento, el quejido de una ventana al asentarse con el frescor de la noche, los murmullos de esos habitantes diminutos que rondaban mi cocina… Después de varias horas me levanté, decidido a usar el tiempo provechosamente y escribir algo. Al dirigirme al despacho me sorprendió ver luz, y mis ojos se abrieron como platos al acercarme a la puerta y ver el interior.

Una forma luminosa estaba sentada frente a mi ordenador, que brillaba con una luz fosforescente, mientras las letras aparecían en su pantalla. No podía ver las manos del espectro (llamémosle así), pero unas líneas de luz se movían a gran velocidad sobre el teclado. No había un cuerpo o una forma definida sentada en la silla, sino que parecía como si un jirón de niebla se hubiese instalado en mi despacho, y yo estuviera viendo pasar a gente a través suyo: un viejo campesino, un hombre de traje y corbata, una mujer joven con una pamela, un cráneo con un ajado sombrero pirata, un letrado inglés con su tradicional peluca, un soldado con su traje de batalla, una odalisca con velos tapando su cuerpo…

No pude evitar una exclamación, y en ese momento, como esparcido por un huracán, todo desapareció: mi ordenador volvió a quedar en negro y la habitación a oscuras, mientras yo permanecía en el dintel con la boca abierta.

Pasé gran parte de ese día sentado en mi sillón favorito, mirando por la ventana y pensando mucho sobre mi futuro y mi pasado. La noche me sorprendió en el mismo sitio, pero ya había tomado una decisión. Esperé hasta esa hora mágica de la madrugada en la que el silencio es dueño y señor, cuando el tráfico ha desaparecido y todos los televisores se han apagado. La casa estaba completamente a oscuras excepto, como yo esperaba, por una luz difusa que surgía de mi despacho.

Me acerqué en silencio, casi conteniendo la respiración, y miré hacia el interior. Allí se encontraba otra vez el fantasma, interactuando con mi ordenador y escribiendo esos relatos por los que tanto me habían felicitado. Esta vez no hice ningún sonido, sino que me apoye tranquilamente en el quicio de la puerta, observando cómo cambiaban los rostros y atuendos de mi inquilino, de acuerdo con el compás de la historia. Al cabo de un rato pareció darse cuenta de mi presencia y giró su cabeza hacia mí, nuestros ojos se encontraron por un momento y pude ver la inmensidad de su soledad, los largos años de angustia, de cautiverio, el descubrimiento de otro mundo en las letras de mi ordenador, la alegría de la liberación y el éxtasis de la creación. No debieron ser más de un par de segundos de contacto visual, pero en ese tiempo hablamos y nos comprendimos como si fuéramos hermanos. Las historias seguían llenando mi disco duro cuando me di la vuelta y me fui a dormir, descansando como no lo había hecho desde muchos años atrás.

Ahora soy un escritor famoso, habrás visto mis relatos cortos en muchas revistas, las recopilaciones son siempre bestsellers, y se han traducido a varios idiomas. Mi nombre empieza a sonar para alguno de los grandes premios literarios, doy entrevistas a diarios de tirada nacional y viajo a ferias en el extranjero. Pero mi mejor momento del día es siempre cuando me siento en la mañana frente al ordenador, con una buena taza de café en la mano, y disfruto el primero de las historias que allí aparecen.

domingo, noviembre 14, 2010

Volver a camino abierto

Cuando abro la ventana de mi mente veo un verde valle, rodeado de cerros y montañas, en una cálida tarde de verano. Estoy en mi casa, sentado en la terraza con licor dulce en la mano y leyendo un libro; mi perro está acostado a la sombra, dormitando, mientras la brisa mueve las hojas de los sauces, y me trae el murmullo del agua cercana. El silencio hace que la naturaleza me acepte, veo como los pájaros e insectos hacen su vida a mí alrededor, un colibrí agita sus alas en mis flores, un pájaro carpintero taladra el tronco de mis árboles, dejándome ver su duro trabajo. Dirijo la mirada a lo lejos, mientras el sol se pone entre miles de tonos rojos y naranjas.

Otras veces estoy sentado en un acantilado, viendo como mis piernas se balancean sobre el océano, y sintiendo el fuerte viento en mi cara y mi cuerpo; mi espalda está apoyada en una cálida roca volcánica, y mi vista se relaja observando el mar azul e infinito, mientras el sol se esconde a mi espalda. El ruido del viento me impide pensar y eso me calma, me dejo envolver por los sonidos que lleva, intentando imaginar las voces que me trae y su mensaje. Los pelícanos, gaviotas y otras aves marinas sobrevuelan las olas a mis pies, y tengo la tentación de saltar y dejar que el viento me eleve por encima de las líneas de espuma de las olas.

En ocasiones me encuentro caminando por una senda en un bosque, recorriendo lo que antiguamente era un camino de piedra entre robles y rebollos, mientras a mí alrededor escucho aves e insectos zumbar. Llego a lo alto del camino, y la brisa me refresca, alejando a los mosquitos que revoloteaban alrededor de mi pelo. Desde mi punto elevado veo grandes manchas de brezo en flor, el verde de los alcornoques y castaños, zonas de cultivos cubriendo la falda de las montañas, canchales grises que muestran el paso del tiempo y el desgaste de los cerros, águilas y buitres volando en lo alto, en busca de alimento o refugio...

En otros momentos me veo sobrevolando una blanca capa de nubes y observando sus formas, su geografía, intentando descubrir la causa de sus ríos, de sus montañas, de sus valles. Veo como sus capas de algodón se distribuyen cubriendo de horizonte a horizonte, pero encuentro miles de detalles que reclaman mi atención: una cresta más elevada me hace preguntar si habrá una cordillera bajo ella, veo formas sinuosas que sólo puedo comparar con ríos, veo muros que se elevan separando la uniformidad de la diversidad, veo lagos cuyas profundidades me muestran ciudades, campos, carreteras.

Pero de vez en cuando, ocasionalmente, recuerdo rostros, ojos, expresiones, sabores: la veo tumbada en la cama con una de mis camisas como único vestido, sonriéndome con una rosa en su pecho, distingo su rostro entre la multitud, y su expresión de alivio y alegría al comprobar que he esperado para nuestra primera cita, siento el sabor de sus lágrimas aquella noche en que el amor dejó paso al dolor… Y me doy cuenta de que por muchas montañas que escale, por muchas profundidades que descienda, mi hogar está en las alturas de su pecho y en las profundidades de su alma.

sábado, noviembre 13, 2010

El mundo en el exterior de tu ventana

Voy a menudo a una playa cercana a mi hogar, me sirve para despejar mi cabeza y alinear mis pensamientos, me relaja el sonido del mar, contar las olas, sentir la espuma salada en mi cara. Desde la carretera, un camino de planchas de madera serpentea hasta llegar a la zona de dunas, fue hecho especialmente para los bañistas veraniegos. Es una playa tranquila, en forma de media luna, con la salida de la ría en la zona derecha, y protegida por dos promontorios elevados a ambos lados. Afortunadamente los turistas aún no la han descubierto, y normalmente estoy solo, con las gaviotas o un grupo de mariscadoras en la zona intermareal.

Hoy me he levantado temprano, mi cabeza y mi corazón estuvieron discutiendo toda la noche y casi no he pegado ojo. Decido ir a la playa, para disfrutar de una mañana fría y soleada. Una vez allí, camino algo más hasta el faro, una pequeña construcción rectangular de un solo piso, con una torre donde se sitúa la lámpara, rodeado de un bosque de eucaliptos; su muro oeste da al mar abierto y me gusta pasar las horas muertas en él, escribiendo o dejando volar mi imaginación.

De camino al faro la vuelvo a ver. Está en la playa, corriendo. Es una mujer joven, que suele venir acompañada de un hombre alto a hacer ejercicio. Desde donde estoy no puedo verla bien, pero me siento para ver sus evoluciones. El hombre está haciendo flexiones, ejercicios estáticos, mientras la mujer corre de un lado a otro de la playa. En un momento dado se cruzan y ella le saluda con la mano.

Me pregunto qué estará pensando. Tal vez vaya escuchando música o hablando consigo misma. Me la imagino teniendo una conversación imaginaria con alguna amiga, tal vez esté recordando pormenores de la noche pasada, seguramente el hombre que la acompaña es su marido, y aprovechan estos momentos para conservar la forma y estar tranquilos. En los siguientes semanas la veo varias veces en la playa, y cada día le voy inventando una vida: es una joven estudiante universitaria, que viene con su compañero a desentumecer los músculos, después de noches de estudio y amor; es un ama de casa ya madura, pero aún joven, que aprovecha estos momentos para sentirse libre, en compañía de un amigo de la infancia, por el que siente una secreta pasión; una famosa deportista ya retirada, que mantiene la forma que le hizo famosa con marcha sobre la playa, junto con el entrenador que la descubrió y con el que acabo casándose; un alma solitaria, que viene a la playa buscando el consuelo del mar y el sol…

Poco a poco me voy dejando embrujar por su presencia, y, aunque sé positivamente que no puede verme desde mi atalaya entre los árboles, siento que sus paseos y ejercicios son para mí, que viene para hablar conmigo, para mostrarme que hay vida más allá de mi ventana, que los restos de mi naufragio ya llegaron, rotos y esparcidos, a la playa, que solo tengo que bajar, recogerlos y recomponer mi vida…

Hace días que no la veo, la playa está más solitaria sin ella. Trato de encontrar sus huellas en la arena, solo para darme cuenta de que la echo de menos, que se ha convertido en una parte de mi vida, una perfecta extraña dentro de mi mente y mi corazón.

Un trocito de antes (y II)

Estos paseos a solas levantaban muchos murmullos entre los vecinos. El hecho de que el hombre fuera soltero, y, sobre todo, la gran diferencia de edad, escandalizaban a muchas beatas y a no menos jóvenes, que veían como un posible partido quedaba fuera del escenario. Con el tiempo los rumores llegaron a los oídos del abuelo de Lumia, que decidió hablar con el hombre.


Fue una conversación tensa, pero cordial. El abuelo no dudaba de las buenas intenciones del hombre, pero quería preservar el buen nombre de Lumia de ser pasto de las habladurías del pueblo, y el hombre había vivido demasiado para esperar otro comportamiento de sus vecinos, la mayoría gente anclada en el pasado, y a quienes asustaban los cambios que estaban llegando a Algerna.

A resultas de esta conversación, el hombre desapareció durante una temporada de Algerna. Nadie excepto la tía Tomasa, siempre espiando lo que ocurría en la vieja casona, le dio mayor importancia. El verano había llegado, y con él el regreso de muchos de los que estaban estudiando o trabajando lejos del pueblo, las fiestas locales se volvieron a celebrar con vaquilla, bailes, peregrinación a la ermita del santo, romería y fuegos de artificio.

Gracias a estas distracciones Lumia terminó su convalecencia. Los recuerdos de la muerte de sus padres aún la atormentaban algunas noches, con pesadillas en las que despertaba gritando y empapada en sudor frío, pero el cariño de sus abuelos y los largos paseos por el bosque devolvieron el color a sus mejillas y el aliento a su alma herida.

Echaba de menos al hombre. Sus recuerdos e historias le habían ayudado a recuperar la ilusión y las ganas de vivir: su mente se perdía viviendo el atardecer en las islas del Pacífico Sur, mientras tus pies cuelgan de un acantilado de vértigo, las largas y blancas arenas de las bahías cubanas se mezclaban con las arenas del desierto mientras el Nilo se deslizaba a sus pies… En sus historias se entremezclaban gentes de todas las razas y países: los obsequiosos árabes tomaban café con las bellas mulatas del Caribe, mientras los jinetes patagónicos conversaban con mujeres de ojos rasgados…

Sin embargo, la naturaleza y la vitalidad de sus 13 años hicieron que ese verano participara de su primer baile, compartiera la romería con unos primos lejanos, sentados bajo un alcornoque, y se emocionara con unas vecinas mientras los mozos hacían quites a la vaquilla, entre otras ocupaciones veraniegas.

jueves, noviembre 11, 2010

Vacíos de la memoria

Manolo dejó su pueblo en León a finales de los años cincuenta del siglo pasado, con una maleta de madera atada con cuerdas y un único traje de pana, heredado de su abuelo, por equipaje. Durante días viajo en un tren de ganado con otros paisanos, conocidos y desconocidos, cruzando Europa hasta los paraísos del trabajo en Alemania y Francia. Tuvo suerte. Un familiar había llegado antes y le había buscado alojamiento en la ciudad, junto con otros 6 españoles, dos de ellos un matrimonio de Gijón; no tuvo que vivir en el albergue, con otros españoles, italianos y griegos, a las pocas mujeres que llegaban (siguiendo a sus maridos en su mayor parte) las alojaban en un pabellón diferente, con un riguroso calendario de visitas. Si alguna se quedaba embarazada, la expulsaban de vuelta a su país de origen.

Mamadou dejó su poblado en Sierra Leona huyendo de la guerra y del miedo, después de que mataran a sus padres y violaran a su hermana pequeña. A trancas y barrancas, junto con otros muchachos en la misma o semejante situación, cruzó África Occidental de norte a sur, con sus Adidas como única posesión. Tardó meses en llegar a Marruecos, siempre burlando la vigilancia de policías corruptos y traficantes de almas. Quería llegar a los paraísos del trabajo en Europa, donde podría vivir sin miedo y ser persona.

Manolo no entendía el idioma. El capataz de la fábrica donde trabajaba, 10 horas al día, le hablaba, le gritaba y él tenía que esperar a que un compañero italiano le tradujera como pudiese; muchas veces eran insultos o chistes racistas. Manolo no era tonto, era buen trabajador. Su sueño era ahorrar lo suficiente para poder poner un comercio en el pueblo, y casarse con la novia que había quedado atrás. Esperaba poder hacerlo en 3 años. Otros habían tardado más, pero él ahorraba hasta el último marco, enviando además dinero a sus padres para su sostenimiento.

Mamadou consiguió los dólares que le pedían para pasarle a España haciendo cosas que siempre querría olvidar. En la noche, junto con otro contingente humano, le llevaron a la playa, donde los traficantes de humanidad intentaron quitarle el resto de cosas de valor que pudiera llevar. Embarcó en un bote de madera, junto con mujeres embarazadas y niños, todos con el miedo en sus ojos, y la esperanza de un mundo mejor en sus corazones.

Manolo tardó 25 años en volver a su pueblo en León. Conoció a una asturiana, amiga del matrimonio con el que compartía alojamiento, y se hicieron novios. Ella trabajaba en una fábrica de hilos, y con los dos salarios lograron alquilar una casa en un barrio de las afueras, donde los propietarios no ponían pegas para alquilar a los trabajadores extranjeros (a mayor precio, claro). Con los años aprendió un poco el idioma, aunque nunca se integró plenamente en la sociedad alemana; sus hijos sí lo hicieron, aislándolo un poco más. Cada verano regresaba a su pueblo, orondo en su Mercedes de segunda mano, presumiendo de relojes, radios, marcos alemanes...

Mamadou pasó 6 días en la patera, rumbo a Canarias. El patrón había abandonado el barco en cuanto empezaron las complicaciones meteorológicas, dejando a las 45 personas abandonadas a su suerte. La comida que llevaban se agotó al segundo día, el agua, casi inmediatamente después. Los más débiles fueron los primeros en sucumbir, siendo arrojados por la borda por los que aún conservaban las fuerzas. Eran 32 cuando los divisó un pesquero canario...

"Interceptados 32 subsaharianos en patera, 13 son mujeres, 3 niños y 3 bebés..." Manolo estaba tomando una caña en el bar, jugando con los paisanos una partida, cuando escuchó la noticia. Algo le hizo levantar la mirada, y sus ojos se fijaron en joven negro, envuelto en una manta roja, que devolvió la mirada a la cámara. Sin pensar, dijo "No sé a qué vienen aquí, así se ahogarán todos en el estrecho"

miércoles, noviembre 10, 2010

Enterrando los besos regalados

Salgo a la noche, con la cabeza llena de humo y dolor. No entiendo lo que ha pasado, por qué ella me ha dejado. Sus palabras aún resuenan en mi mente, que intenta encontrar un sentido oculto que les quite su peso, el furioso sentimiento que me está llenando: “No me llames, me he enamorado de otro”

Siento la rabia subir por mi pecho, inundar mi corazón. La dejo fluir, no me opongo, mis pasos se aceleran, busco un lugar solitario, quiero estar lejos de la gente, mis puños se cierran, las palabras vuelan en mi cabeza, invento insultos nuevos, intento que las lágrimas se lleven mi dolor…

Y grito. Grito a la soledad que se acerca, grito a los recuerdos, a los besos compartidos, a la suavidad de sus labios, de sus pechos. Grito su nombre, la insulto, la golpeo con mis pies, con mis manos, con mi cuerpo. Me muevo deprisa, corro, fuerzo mi cuerpo, necesito liberar esta angustia, no puedo contener mis sentimientos, golpeo las ramas de los árboles, las papeleras, las farolas.

Los pocos paseantes que encuentro me miran asustados, otro loco, otro drogadicto con el mono. Un grupo de jóvenes en un banco me señalan. No les veo, mi mundo se reduce a un estrecho pasillo, apenas veo por donde voy, mi mente confusa, con el recuerdo del día anterior, con sus besos, y con el sonido de su voz en el teléfono: “Me he enamorado de otro”

Finalmente, agotado emocionalmente, me siento en un banco. Me sueno la nariz, y aquieto mi corazón. Se acabó. Medito, pienso en el pasado, mientras siguen brotando las lágrimas de mis ojos, ahora de forma serena, calma. No tengo sitio más que para el dolor de la desilusión, y la tristeza, cuando me doy cuenta de que hace ya mucho que la había perdido.

martes, noviembre 09, 2010

Un trocito de antes (y I)

Al hombre le gustaba la compañía de Lumia. Habían pasado varias semanas desde el accidente, y la muchacha estaba completamente restablecida. Lo que inicialmente había sido una presentación de cortesía, para interesarse por la salud de la pequeña, se convirtieron en visitas cada vez más frecuentes a la casa solariega. El hombre había descubierto una rara afinidad con la niña, y un torrente de recuerdos compartidos con el abuelo. Con el anciano el hombre hablaba de tiempos pasados, de otros momentos en la historia del pueblo que ya pocos recordaban o querían recordar: los años difíciles tras la gran catátrofe de los años veinte, el recuerdo de los emigrados a otros países, los largos inviernos de posguerra, con el maquis a la puerta y la represión en la ventana...


También recordaban viejas tradiciones ahora ya perdidas o en desuso: hablaban de cómo los monaguillos corrían por el pueblo vestidos de diablos en vísperas de Semana Santa, de las fiestas de la Lumbrinaria y sus bailes, donde mozos y mozas podían conocerse y de los que salieron muchos matrimonios; de los añojos en Nochevieja, de las fiestas de verano en la Gargantiella...

Pero lo que más le gustaba al hombre era hablar con Lumia. La muchacha sabía interpretar sus silencios y escuchaba atentamente sus palabras; hablaban largas horas, la mayoría de las veces de temas intrancesdentes, banales, pero entre los cuales se iban intercambiando pequeños trozos de sus almas. Con el tiempo, y la mejoría de Lumia y el clima, comenzaron a dar pequeños paseos, al principio con la compañía de la abuela o el abuelo; en esos paseos, Lumia dejaba el protagonismo a los recuerdos de sus mayores, y escuchaba afablemente sus conversaciones. Poco a poco sus abuelos empezaron a quedarse rezagados, y ahora la mayoría de las veces paseaban solos los dos, hablando, escuchando, muchas veces sentados en una piedra bajo un roble, viendo como la tarde iba dando paso al ocaso. A la muchacha no le aburrían estos silencios en su compañero: sabía que acabarían con una historia de otras ciudades, otros paisajes, o con un recuerdo de la infancia del hombre. La forma en que este lo contaba, y su imaginación, la permitían por unos minutos perderse en esos otros horizontes, volviendo al presente con la mirada arrebolada, no se sabía si por el atardecer o por los sueños que tenía.

domingo, noviembre 07, 2010

L'arrivée a l'école

Noventa y cinco, con las de la mano, ¡otra que hemos ganado!, terminó Marcial, para regocijo de don Gonzalo. Esa tarde se les estaba dando bien, y estaban en una buena racha.

¡Coño, don Manuel, a ver si me ayuda en algo alguna vez! saltó Críspulo, al mismo tiempo le hacía señas a Paco para que le sirviera otro vino, el quinto de la tarde. No le gustaba perder, especialmente cuando el dinero era suyo, y esa tarde parecía que la pareja con don Manuel no le estaba saliendo nada rentable.

Buenos días, dijo el hombre al entrar en el bar. No era un cliente habitual, pero se había acostumbrado a tomar un vino en el mirador, antes de salir a caminar por los alrededores en su peregrinar diario. Paco, el camarero, era de las pocas personas del pueblo que no le haría preguntas y le dejaría en su mundo. Se dirigió su rincón habitual, una mesa junto a la chimenea y cerca de los ventanales, cálida en invierno y fresca en verano. Al poco rato llegó Paco con su bebida, un vaso de vino de la tierra, de la propia cosecha del propietario: fuerte, de aromas intensos, un vino para tomar con tranquilidad, como le gustaba al hombre.

El ruido de la partida quedó pronto amortiguado en su mente por los recuerdos y ensoñaciones. Observando la umbría ladera del valle, recordaba otros vinos y otros bares, más caros pero quizás no tan diferentes. Volvía a ver las escaleras de la Basilique, y a su amor sentada en ellas, con esa coquetería que solo las mujeres francesas tienen. Su mente volaba observando los prados del otro lado del valle, y recordaba sus primeros escarceos amorosos, el olor de la hierba recién cortada, el frescor de las siestas bajos los castaños. El vuelo de las palomas sobre el pueblo le llevaba a otros paisajes urbanos, dónde el trópico se encuentra dentro de la sangre de las gentes, y de ahí al mar, siempre el mar, la claridad de las aguas de su niñez, el empuje contra su joven cuerpo...

¿Perdón? dijo, al darse cuenta que el ruido de la partida había cesado y se habían dirigido a él.

Le preguntaba si esta noche también encontrará a una joven perdida, repitió Crìspulo, muy divertido con su propia broma, a pesar de las miradas poco alegres de don Manuel y Paco. Parece que son su especialidad.

Las risas no hicieron mella en el hombre. Perdida su ventana al pasado, se terminó el vaso de vino, se levantó despacio y acercándose a la barra pagó su consumición a Paco, que le miraba como queriendo pedir perdón por esa intromisión en su rutina.

¿No nos va a contestar, caballero? ¿Tal vez tema que le robemos la pieza? siguió el joven dandy, envalentonado por el vino y el silencio de sus compañeros de partida.

No, joven. Sé que sus gustos siempre han ido en otra dirección, respondió con calma el hombre, despidiendose de Paco y saliendo tranquilamente por la puerta.

¿Cómo? ¿Pero qué se ha creído ese hijo de su madre? ¡Le voy a partir la cara! dijo Críspulo, intentando levantarse de la silla, y tropezando consigo mismo, mientras Gonzalo y Marcial procurabam calmarlo.

Aquí el único que parte cosas soy yo, dijo Paco, saliendo de la barra. Ea, vayan pagando sus cuentas que tengo que cerrar.

¡Pero si son solo las ocho! replicó Marcial, que quería proseguir con su racha de buena suerte.

Es igual, yo mañana tengo que madrugar, que yo sí ganó el pan con el sudor de mi frente, no como los señoritos, sentenció Paco, comenzando a retirar vasos y cartas, y apagando luces innecesarias. ¡Debería darles verguenza, meterse con ese hombre! murmuró por lo bajo.

sábado, noviembre 06, 2010

De los pasos errantes

Los granos de arena se deslizan entre mis dedos, mientras la resaca se los lleva de debajo de mis pies, haciendo un pequeño agujero que crece y crece. Siempre es igual, tengo la sensación de que me voy a hundir en la arena, pero finalmente el agua me sobrepasa y mis pies se asientan de nuevo en la playa. Doy otro paso, esperando la siguiente ola y calculando su fuerza.

Ella está tumbada en la arena, unos metros más atrás. Desde aquí no puedo ver su cara, cubiertos sus ojos por unas gafas de sol, y la distancia no me permite adivinar sus pensamientos.

El mar me reclama. Las olas siguen atacándome, intentando hacerme caer mientras camino y me voy adentrando más y más en la zona de marea. Me llegan sonidos de gaviotas con el viento, y las veo sobrevolando las rocas de la punta este. Un grupo de cormoranes se encuentra en ellas, intentando secar sus alas con el tibio sol de la mañana, siempre atentos a los movimientos de los turistas que se acercan por el roquedal.

La arena que el mar arrastra me acaricia las piernas, y siento la fuerza de las olas en cada embate. La tentación de seguir es grande, caminar mar adentro, dejarse llevar por el oleaje, por el sol, seguir las corrientes que salen de la bahía y llegar a mar abierto, profundo e infinito, donde el viento y el agua son amos y señores. La sal de miles de gotas de espuma se ha pegado a mi rostro, y siento su sabor en mis labios.

Me giro y la veo, sentada, con las manos protegiendo sus ojos y mirando en mi dirección. Me saluda con la mano, y veo como su pelo se enreda en su rostro, a merced del viento. Pienso en su cuerpo juvenil, en el sabor de su piel, en la profundidad de su mirada, en la brisa de su respiración al dormir, y me doy la vuelta, sonriendo. Ella es mi océano y mi tormenta, ella mi calma y mi tempestad, ella el mar en el que quiero perderme.

sábado, octubre 30, 2010

En un banco de Place des Vosges

El bar Castro fue de los primeros que abrieron en el pueblo. Inicialmente estaba en los bajos de la casa de Castro, el propietario original, un gallego de las rías altas que llegó a Algena a través de Portugal, algunos dicen que huyendo de las deudas de juego. Aquí conoció a una muchacha bonita y amable con la que se casó, poniendo una tienda en la planta baja de la casa, a la que con los años añadió una barra de madera donde servía vino a los lugareños.

El negocio prosperó, y pronto pudieron comprar un terreno en la parte baja del pueblo, cerca del camino principal, donde construyeron una casa más grande. La primera planta siguió siendo el bar, ahora un amplio local, con una barra de alabastro que el propietario mantenía siempre limpia, una sala grande para los bebedores, y un salón lateral, que quedaba casi al aire, gracias a la orografía del lugar. Las grandes ventanas del salón, junto con la chimenea, la hacían ideal para las reuniones sociales y festejos de la gente del pueblo, y durante muchos años el baile semanal de los sábados se realizaba en ese salón. Muchos noviazgos se cimentaron en esas ventanas, abiertas en verano a la brisa de la noche, cerradas a cal y canto durante el invierno.

Con los años, otros bares abrieron, la clientela acabó dividiéndose, y en el bar Castro, ya con su propietario original retirado, ese día sólo estaban los recalcitrantes, los amigos del dueño, y una pareja de ingleses que recorrían la comarca y habían parado a tomar algo.

Las mesas de cuatrola estaban vacías, excepto por una, en la que los jugadores llevaban ya algún tiempo. La partida estaba reñida, como lo estaba casi todas las tardes de la semana, y las exclamaciones y comentarios se iban haciendo cada vez más sonoros. Paco, el camarero, los escuchaba con desgana, ya acostumbrado al ruido y los faroles de cada tarde.

Bueno, ¿y qué me decís de la niña de los Cortijo? Ya sabréis lo que le ha pasado, dijo don Gonzalo, el dueño de la fragua, ahora reconvertida en taller para automóviles y carros.

Yo no he oído nada, respondió Críspulo, eterno estudiante de Medicina, que pasaba largas temporadas en Algena para descansar y estudiar, según su madre, aunque no se le conocían libros.

Sí, hombre, la chiquilla que se perdió en el monte, huyendo de su casa.


¿Y qué hacía una niña en el monte, sola? Nada bueno, seguro.


Señores, a las cartas, dijo el tío Marcial, que era mano y acababa de repartir. Hacía pareja con don Gonzalo, e iban perdiendo. El dueño del molino tenía muy mal perder.

¿Seguro que iba sola? dijo Críspulo, revisando las cartas. ¡Paso!

Hombre, no seamos maledicentes, es una niña de trece años, y con todo lo que le ha pasado… Marcial, ¿me ayudas con algo?


Poco tengo esta vez, pero vamos perdiendo bastante


Me arriesgo entonces, ¡voy solo!

Cuidado Críspulo, que estos van de farol, vamos a ver qué tenemos. Don Manuel era el cura del pueblo, llevaba más de 20 años como capellán de la Virgen de los Milagros, y se preciaba de conocer a todas las familias de Algena. A nadie se le escapaba la gracia de que él y Críspulo, acérrimos enemigos en lo político, fueran actualmente la pareja de más éxito en los torneos de naipe.

martes, octubre 26, 2010

Tierna mirada

La aparición del hombre en la casa para visitar a la convaleciente fue la noticia más comentada en el pueblo durante muchas semanas, aliviando así la desidia invernal de muchas casas. Se presentó un día, después de que el revuelo inicial se hubiese desvanecido y la pareja de la Guardia Civil hubiera cruzado al otro valle, en la puerta de la casa, con un pequeño ramo de flores y el viejo sombrero en la mano, solicitando ver a la enferma.

Fue bien recibido. Había tenido tiempo de charlar con el cabeza de familia después del incidente, y conocía muchos de los detalles de la trágica historia de Lumia. Sin que nadie lo supiera, sin ruido, había viajado a la capital, donde mantuvo reuniones con viejos amigos, y pidió la devolución de ciertos favores, con lo que había logrado llenar las lagunas de su historia, huecos incluso desconocidos para la familia.

Aquella mañana hacía sol, y Lumia se encontraba en el dormitorio del primer piso, recibiendo la luz con los ojos cerrados. En un principio temió que estuviera dormida, pero la muchacha abrió enseguida los ojos al notar el aroma de las flores, que la abuela ya llevaba en un pequeño jarrón con agua. Sonrió al verlo, entre tímida y desconcertada, en su mente aún fresco el recuerdo de aquella mano que salía de la oscuridad y la llevaba a la luz. Le vio cuando despertó en casa del doctor, sentado en una vieja silla de mimbre, las manos entrelazadas bajo la barbilla y mirándola con detenimiento. Tal vez fueran los calmantes que le había suministrado el médico, pero no se asustó, y le devolvió la mirada durante unos segundos, antes de volver a quedarse dormida.

La abuela trajo una silla, y el hombre se sentó, agradecido. Lumia seguía mirándole, curiosa, como sólo puede ser una niña en vías de convertirse en mujer, mientras él intercambiaba unas frases de cortesía con sus abuelos. Su traje gastado pero pulcro, una camisa limpia pero que había visto mejores galas, y sus modales toscos aunque amables, le marcaban como uno más a los ojos de Lumia, un campesino o un aparcero de sus abuelos. Sin embargo, la franqueza con que su abuelo lo trataba la hacía dudar. Y al mirarlo recordaba aquella noche, sus miedos, la caída, el terror... la mano que la rescató de aquello, y los ojos llenos de lágrimas que la recibieron.

viernes, octubre 22, 2010

Tweety

Brilla con luz propia en esa foto escolar, la única muchacha de piel y cabello claro entre el grupo, ahí, a la derecha de la profesora, donde más concentración de niños hay. La foto está hecha en el interior, posiblemente un gimnasio o un salón de actos; al fondo se ven sillas, en las que alguna alumna está descansando. Es una actividad festiva, una reunión o celebración; lo sé porque no llevan el uniforme del colegio, ellas con vestido largo, floreado las más, otras de colores vivos, y ellos con camisa y vaqueros. Debe ser a mediados de octubre, la primavera ya avanzada pero las madres aún preocupadas por la salud de sus hijos; muchos muchachos continúan con la manga larga, aunque casi todas las niñas llevan manga corta o tirantes. La mayoría esta sonriente, felices por la novedad de la foto en grupo, rodeando a su profesora. Dos de ellas están distraidas, caminando fuera del grupo, sin percatarse de la cámara.

Su mirada te atrapa enseguida. Mira directamente a la cámara, seria, el pelo pulcramente peinado y la flor blanca sujetándolo para destacar sus facciones: un rostro ovalado, aún infantil, en el que tal vez sobresalga un poco la nariz, pero sin desmerecer su belleza. La fotografía deja intuir unas pecas en su cara que con el tiempo llegué a conocer muy bien.

¿En qué estará pensando? ¿Tal vez en algo que ocurrió antes de la foto? ¿En algún comentario que le hicieron sus compañeros? ¿En la vuelta a casa en el autobús, y en cómo defenderse de los miserables que puede encontrar? ¿En quién verá esta foto? Tal vez esté su padre en casa, en una de esas temporadas en las que vivía con ellos, despechado por la otra mujer. ¿Le gustará? ¿Le hará quedarse? ¿Volverá a tener una familia normal?

Yo la conocí algunos años después, de vuelta a España e ilusionada por estar en Europa y por todas las oportunidades que el país le ofrecía. Seguía siendo una hermosa niña que maduró demasiado deprisa, y de la que no pude despedirme como hubiera querido. Ojalá haya cumplido sus sueños.

miércoles, octubre 20, 2010

Buenos Aires, 23 de junio de 2010, vuelo retrasado

La mama con su bebe en brazos, esperando que se duerma; las dos hermanas con coletas, corriendo por toda la sala, gritando y riendo, mientras la mama las vigila y regaña; el chiquitín con sus padres y hermano, parlando con su lengua de trapo; la muchachita andina (peruana o del interior) con su papi adorado; las dos trabajadoras del aeropuerto, que se abrazan después de una dura jornada de trabajo; la morenita del shirt sin mangas, que deja adivinar un cuerpo de mujer floreciendo; la rubia pechugona, seguida a todas partes por el novio recelón; el beso a los compañeros de los que terminan la jornada; la radio que no deja de hablar de fútbol en otro continente; la búsqueda del voucher para mitigar la espera; lindas muchachitas que se van a casa, o que esperan un avión...

Brillando en el olvido

Subió su menudo cuerpo a la cama. A pesar de los años, no había cambiado nada: su pelo, negro y rebelde, aún lo llevaba muy corto, enmarcando un rostro tierno en el que sobresalían dos grandes ojos castaños y unos labios finos. Seguía teniendo un aspecto frágil, que no congeniaba bien con el fuego y la pasión que ardía en su interior, como bien sabían sus conocidos. Mientras sus ojos reían y le regalaba alguna sonrisa, sus manos, de elegantes y delicados dedos, jugueteaban con su pecho.

Se habían conocido en la universidad, durante el primer año de estudios: ella se sentó a su lado el primer día de clases, y mantuvo ese sitio durante los siguientes meses. Las conversaciones surgieron naturalmente, dos jóvenes ansiosos de aprender, palabras que se fueron haciendo cada vez más y más íntimas, más largas, hasta que se dieron cuenta de que los estudios, las clases, el mundo, habían quedado en un segundo lugar y solo estaban ellos dos.

Al principio se separaban y se encontraban a la entrada de la facultad: él venía de las afueras, vivía en una pensión con otros estudiantes de provincias; ella vivía con sus padres y hermanos en una casa en el barrio alto, cerca de la Universidad. Luego él encontró un camino que le ahorraba tiempo (o eso dijo, mientras ella admitía coqueta la mentira) y que les permitía seguir juntos hasta el metro. Las distancias se alargaban, muchas veces el camino pasaba por el pequeño bosquecillo cercano al Hospital, donde permanecían sentados en el césped, en un banco, hablando, acariciándose, haciendo planes para el futuro...

Ese futuro no llegó. Él no consiguió aprobar los exámenes y sus padres, contrariados, le inscribieron en un espartano centro donde permaneció todo el verano. Ella tuvo que marchar con su familia, y al cabo de unas semanas, le comunicó que había recibido una oferta de estudios en el extranjero muy buena, que volvería pronto, escríbeme...

El tiempo y el olvido llegaron de la mano, cada uno enfrascado en su pequeño mundo. No volvió a saber de ella hasta aquel congreso. Al verla sintió como su corazón se calentaba. Estaba sola. "Hola, ¿te acuerdas de mi? Cuanto tiempo" El brillo en sus ojos le contestó. Hablaron, hablaron y el mundo se difuminó de nuevo, las arrugas desaparecieron, y el sol volvió a brillar en aquella brumosa mañana.

sábado, octubre 16, 2010

Murmullo de ojalás

Buen conversador, el doctor hacía rato que había perdido las palabras. El hombre había llegado a su puerta de madrugada, con la niña en brazos y pidiendo su ayuda. De joven, el doctor había ejercido en un pueblo del norte, y de inmediato se temió lo peor; pero una mirada a los ojos del hombre le hizo cambiar de opinión y preguntar qué había sucedido. El hombre había encontrado a la niña durante uno de sus paseos nocturnos por la fraga, caída y medio enterrada en el hoyo producido por un árbol derrumbado; al intentar ayudarla a salir, la niña se había desmayado y el hombre consideró lo mejor llevarla a su casa. No conocía a la muchacha, y eso era raro, ya que llevaba varios años en el pueblo, y prácticamente todos sus habitantes habían pasado por su consulta en alguna ocasión.

La llevaron al dormitorio y el doctor la examinó con cuidado. Tenía muchos arañazos y posiblemente alguna costilla rota, pero todo parecía estar en su sitio. Su señora le ayudó a desvestirla y lavarla, para después aplicar un vendaje compresivo en torno al pecho y sanar los arañazos más graves. Durante todo el proceso la niña no abrió los ojos, aunque se quejó quedamente cuando le comprimieron las costillas al vendarlas.

Mientras tanto el hombre permaneció en la sala, tomando un café que le llevó la mujer del médico, perdido en sus propios pensamientos. No podía olvidar el rostro de la muchacha al verlo; la luna le permitió con claridad ver sus ojos, la forma de su nariz, el pelo enmarañado que le cubría parte de la cara. Seguía viendo esas facciones cuando salió el doctor y le comunicó el estado de la niña. Reposo y sueño fue la receta.

Al cabo de un rato, el doctor se preparó para visitar al cura. "Tal vez él la conozca" sugirió. El hombre le pidió permiso para permanecer a los pies de la cama de la muchacha, al menos hasta que despertará o supieran de su familia. "¿Por qué?" preguntó el médico. "Me recuerda a una hija que perdí en un sueño" fue la respuesta.

viernes, octubre 15, 2010

Atardecer de gorriones

Mi ciudad es un pequeño lugar de provincias, con un pasado glorioso y un presente y futuro incierto. Es un lugar cuyo corazón se derrumba mientras sus suburbios crecen, un sitio en el que unas pocas decenas de miles de personas viven, sueñan y anhelan.

Mi ciudad tiene muchos parques y plazas, restos de un ayer más próspero, en los que los jóvenes se reunen y relacionan. Los gorriones de fin de semana se juntan en lugares conocidos, ellas con vestimentas más cortas de lo que sus padres desearían, ellos con la última combinación que vieron en la televisión. Quieren dejar su infancia atrás lo antes posible, sin darse cuenta de que la añorarán en unos pocos años.

Mi ciudad es distinta al resto. Paseando por sus calles verás padres paseando con sus hijos, colegiales con las carteras rellenas de saber, pero no de conocimiento; los bebes rubios y felices salen cada día a la pasarela de la plaza, mientras los fines de semana el desfile de modelos se desplaza por toda la ciudad. El funcionario sale a tomar su café, el empleado a fumar su cigarro, el jefe a sus reuniones, la señora al supermercado, a la tintorería...

Mi ciudad es un lugar de clase media. No verás obreros en camiseta vagando a la salida del centro comercial, no encontrarás a marginados sociales durmiendo en los bancos o cubiertos de cartones en los portales. Todo parece limpio y bien educado, ausentes los graffitis de las paredes de los edificios públicos. Las iglesias, esparcidas por toda la población como setas de un hongo gigantesco, están medio vacías el fin de semana, solas el resto del tiempo.

Sin embargo, si miras mucho tiempo a mi ciudad encontrarás la otra cara de nuestro tiempo. La inmigrante que cada día hace el mismo recorrido pidiendo limosna; esa otra que va paseando al perro y a los gemelos, mientras su señora está en la peluquería comentando las revistas; el grupo que duerme en casas desahuciadas, malviviendo entre dosis.

Verás también a la pareja de escolares que caminan de la mano, comunicándose con ese tacto especial que da el amor cuando es primero; al abuelo caminando detrás de la nieta y agachándose a cada minuto para evitar que sus primeros pasos sean sus primeras caídas; a la familia que trabaja, y ríe al acabar la jornada, cansados y satisfechos.

martes, octubre 12, 2010

A petición del público

Me despierto sin ganas, la noche ha sido larga y sin descanso. Faltan 20 minutos para que suene el despertador, ¡¡quiero seguir durmiendo!!. Las historias de mis sueños recorren mi cabeza, ¿vida por salir? El despertador suena ¡demasiado pronto!. Espero un poco más, esperando sin éxito que sea fin de semana. Me levanto, con las últimas brumas sobre mis ojos. La ducha me hace aterrizar, ¡el agua está fría!, pero la música es agradable y me pone en funcionamiento :) Elijo mi ropa en función de las nubes que veo desde mi ventana, la ciudad ya conoce mi cuerpo. Un desayuno corto para despedirme de la casa hasta la noche, ¡y salto al mundo!.

En el camino voy buscando belleza que haga que este día merezca la pena, fracaso la mayoría de las veces. El primer café me termina de despertar, y la jornada comienza. El trabajo es rutina, las agujas del reloj se mueven despacio. ¡¡¡No encuentro las respuesta a preguntas que no hecho!!!. El futuro es cada vez más lejano y gris.

sábado, octubre 09, 2010

Lluvia de ayer

Ella era hermosa, más hermosa de lo que había llegado a soñar en su adolescencia. Siempre recordaría ese primer beso, en los andenes, esperando el tren que los llevaría de vuelta a sus casas y los separaría por unas horas. Siguieron caminatas, días de cine en los que lo que menos importaba era la película, paseos por el parque, agarrados de la mano, salidas al monte, torpes caricias en la oscuridad de las calles cerca de su casa...No fue consciente de lo que había perdido hasta que no pasaron varios años, y logró llorar su separación.

Tras ella llegaron otras mujeres, pero la vida le pasó por encima mientras se hundía más y más en sí mismo. Ya no recordaba qué fue de aquella muchacha de rostro infantil y risa limpia, de aquella otra de ojos tristes llenos de la añoranza por su país, de la que le enseñó que también podía llorar, de la que recibió su dinero por un rato de amor... Cuando quiso darse cuenta, las penas tintaban de blanco su pelo y el silencio se había hecho su inseparable compañero.

Se había acostumbrado al aislamiento, y cuando sus padres murieron y heredó la vieja casa solariega, estaba preparado para volver a aquellos lugares que vieron su infancia. Varias horas de viaje en autobús, sin más equipaje que una vieja mochila con algunos libros y algo de ropa, le llevaron frente al portal de la casa; estuvo varias horas observando el lugar, recordando los detalles, sonidos, olores, el gusto de cada habitación. Poco había cambiado, y poco cambió él, solo eliminó la presencia de dioses en los que había dejado de creer muchos años atrás. Se instaló en una confortable rutina monástica, en una isla donde no recibía más visitas que la de los pocos afectos lejanos, o viejos amigos largo tiempo muertos pero que todavía le confortaban en las noches invernales.

No visitó a nadie, y nadie le visitaba. Las gentes del lugar acabaron aceptando su silenciosa presencia dentro del paisaje local, como uno más de los fantasmas con los que las abuelas asustaban a los niños.

Y pasaron los años.

Un día cualquiera

Me despierto sin ganas, la noche ha sido larga y sin descanso. Faltan 20 minutos para que suene el despertador, quiero seguir durmiendo. Las historias de mis sueños recorren mi cabeza, vida por salir. El despertador suena demasiado pronto. Aguanto un poco más, esperando sin éxito que sea fin de semana. Me levanto, con las últimas brumas sobre mis ojos. La ducha me hace aterrizar, el agua está fría, pero la música es agradable y me pone en funcionamiento. Elijo mi ropa en función de las nubes que veo desde mi ventana, la ciudad ya conoce mi cuerpo. Un desayuno corto para despedirme de la casa hasta la noche, y salto al mundo.

En el camino voy buscando belleza que haga que este día merezca la pena, fracaso la mayoría de las veces. El primer café me termina de despertar, y la jornada comienza. El trabajo es rutina, las agujas del reloj se mueven despacio. No encuentro las respuestas a preguntas que no hecho. El futuro es cada vez más lejano y gris.

Hora de la comida. No hay mensajes, no hay escapatoria. Actúo como un autómata, repitiendo lo mismo que hice ayer y lo mismo que haré mañana. No hay cambios a la vuelta al trabajo, deseando que la tarde traiga algo de frescor a mi vida.

Termino el día, cierro la parte de mi mundo que no me gusta y regreso a casa. Soy libre. ¿Qué estrellas conquistaré hoy? ¿Qué mujeres haré mías? Me libero de mi cuerpo y entro en esa otra dimensión en la que vivo realmente. Mi cabeza da vueltas, las historias pugnan por salir: aquella muchacha quiere contarme por qué me sonrió, esa otra por qué se viste así, la pareja del fondo quiere recordar sus noches de amor conmigo...

Durante un momento acaricio lo que pudo haber sido y no fué, mirando los colores moverse en un lienzo electrónico, escuchando el ruido binario convertirse en risas y llantos, dejando que penetren en mi corazón, que lo llenen y rebose. Luego regreso a ese otro lugar, a ese mundo de opio y rosas, de espinas y sangre, en el que las horas van pasando demasiado rápido para mi gusto.

Mi cuerpo me avisa que es momento de partir. Necesito descansar para un día más, pero no puedo abandonar ese mundo, y en mis sueños, continúo navegando por sus mares y ríos, conociendo monstruos y bellezas, esperando encontrar algún día el final del arco iris y cruzar al otro lado, por fin.

jueves, octubre 07, 2010

Sombras de la memoria

El frío era lo que más recordaba. El abuelo le había hecho ponerse la bufanda al salir del hospital, y la lana le picó durante el trayecto en metro hasta la estación de autobuses, y un buen rato más. Pero ahora agradecía la insistencia de su abuelo. La mayoría de los viajeros se habían ido bajando en las paradas anteriores, y ya sólo quedaban ella y su viejo acompañante. Mientras el autobús tuvo suficientes pasajeros el ambiente estuvo caldeado, pero el frío que entraba por las ventanas mal cerradas se estaba adueñando del vehículo. Se acurrucó un poco más en su abrigo, demasiado grande para una niña de su edad.

No recordaba el accidente, ni muchas cosas que pasaron después. En el hospital le dijeron que era normal, que iría recobrando sus recuerdos con el tiempo, que iría sanando. Pero ella sabía que hay heridas que no se cierran, que los años no pueden curar. Tal vez las secuelas físicas desaparecerían pronto (los niños se recuperan enseguida, había oído decir al doctor, cuando pensaban que dormía), pero los cortes en su alma seguirían con ella muchos años...

No recordaba el golpe. El abuelo había sido amable con ella; él y la abuela estuvieron junto a su cama durante la larga convalecencia, contándole historias de la familia, de su antiguo linaje, y de lo bien que se lo pasaría en el pueblo, con ellos. Años más tarde se dio cuenta de que no mencionaron a sus padres ni una sola vez en todo ese tiempo.
No recordaba la cara del hombre. La abuela estaba esperándoles cuando se bajaron de la tortuga en la plaza, frente a la iglesia vieja; su sonrisa y buen humor siempre le gustaron. Fueron de la mano por la calle Alta, mientras el abuelo se paraba a charlar con un vecino; alcanzó a escuchar "pobrecita" antes de cruzar la esquina y empezar la ascensión hasta la plaza, de la que salía la calle que llevaba a la casa de los abuelos.

No recordaba el disparo. La casa era acogedora, su habitación tenía un pequeño balcón que daba al pilón; por la mañana le despertaban las voces de los arrieros llevando a las bestias a abrevar, la siesta veraniega era amenizada con las conversaciones de las muchachas que iban a llenar los botijos con el agua siempre helada que manaba del caño.

Allí terminó de recuperarse, poniendo algo de carne en sus huesos, como le decía la abuela, restañando las heridas más superficiales de su alma, liberando su espíritu en los largos paseos con el abuelo y sus cabras. Y un día de otoño, sentada en una piedra calentada por el sol de la tarde, recordó.

miércoles, octubre 06, 2010

Retazos

Dices que no te importa, pero en realidad mientes. Dices que da lo mismo, que no te preocupes, mientras tu corazón se rompe y los pedazos te destrozan por dentro. Dices que es lo mejor para todos, mientras en tu interior gritas de dolor y desesperanza.

domingo, octubre 03, 2010

La casa de las tres calles

La casa había sido una de las primeras de la era moderna de Algena, con recias vigas de madera de roble y muros de más de medio metro de pizarra y adobe que la protegían del frio y la refrescaban en verano; gracias a la orografía del pueblo, sus cuatro plantas tenían salida a tres calles diferentes, lo que la hacía únca. En la planta baja se encontraba el establo, donde se guardaban las cabras cada anochecer; una habitación en la primera planta permitñia acceder a la bodega, donde se almacenaba el aceite, el vino, el queso y otros viveres que permitían mantener a la numerosa familia durante los largos meses de invierno.

En la primera planta, que hacía las veces de planta noble al encontrarse al nivel de la calle principal, había un salón que se usaba durante los meses de verano, con unos enormes y recargados sillones de mimbre que la abuela trajo como dote de Cuba; en esa sala estaba el único retrato de los abuelos, él con la camisa blanca impoluta, chaqueta de pana y sombrero de ala ancha, mirando al frente, con una media sonrisa; ella de riguroso negro, con el pelo canoso recogido en un moño y con la vista perdida en el horizonte, tal vez recordando los sonidos de su Cienfuegos querido.

En ese piso estaba la habitación de verano de los abuelos, un cuarto luminoso y ventilado, con una hermosa vista de la plaza y la iglesia, y un pequeño salón con balcón en el que se hacía la vida cotidiana en los meses de más calor.

La segunda planta sólo se habitaba a partir del mes de octubre, y se abandonaba con los primeros compases de abril. En ella estaba la chimenea, que daba calor a una pequeña pieza que hacía las veces de cocina y salón, y alrededor de la cual se disponían los dormitorios; en un ala aparte se hallaba el dormitorio de invitados, en el que dormían los hijos mayores cuando venían de visita, y que ocuparon los hermanos de la abuela durante un tiempo, tras el desastre. tenía una sala en la que a la abuela le gustaba pasar las tardes de invierno, sentada al sol y protegida del viento, mientras contemplaba la vida pasar por las calles del pueblo.

Finalmente, el piso superior, al que se llegaba por una estrecha escalera en uno de los laterales de la cocina, se dedicaba a leñera y trastero; los chicos pocas veces subían allí, y cuando lo hacían era sólo para bajar un par de troncos para avivar el fuego o  trozos de la carne que se ahumaba con las filtraciones del tiro de la chimenea.

sábado, octubre 02, 2010

Sensaciones

El escandalo de los gorriones luchando por un lugar para dormir en los árboles del parque; dos mariposas flirteando en una tarde de verano; los ojos de esa niña que te mira desde la inocencia; el color de un amanecer después de una noche de amor; el frescor del aire después de una tormenta; la potencia del viento sobre los acantilados; la blancura de las nubes desde un avión cuando regresas a casa; el color desvanecido en las fotos de tu niñez; las voces del mar sobre un rompeolas; la fuerza de tu hijo la primera vez que te agarra un dedo; el gusto de la sal en tu boca mientras te salpican las olas en el puente de un barco que te libera; el calor del sol en las tardes de invierno, acostado contra una pared; la promesa de esa falda que se levanta con el viento; el tacto de las piedras que forman tus sueños; el olor de un libro nuevo; el primer beso, las primeras caricias; el dolor de la primera perdida; la añoranza de aquellos que se fueron; el sonido de las campanas en una iglesia de pueblo; el sabor de una lata de sardinas en compañía de buenos amigos; la melancolía de esas cartas que los fantasmas escribieron; la suavidad de la piel amada; el aroma del licor mientras contemplas el infinito; la frescura de las sabanas limpias al acostarte; el roce de las rosas sobre ella; lágrimas cayendo sobre tu rostro; la claridad del cielo que limpia tus pecados; la soledad de los momentos perdidos, de los sueños rotos...

jueves, septiembre 30, 2010

La luz en la oscuridad

No era tal y como lo recordaba. El pasar de los años había hecho que el número de casas creciera, calles antes vacías tenían ahora luz y calor, los viejos caminos antaño solitarios ahora empezaban más lejos. El pueblo había crecido y las paredes de lajas de pizarra unidas con barro o adobe eran ahora de ladrillo. La mayoría de las calles tenían un suelo de cemento en vez de las viejas piedras que fueron sus compañeras de niñez. Había desaparecido la fuente de la plaza, en la que tantas veces calmó la sed después de asistir a la iglesia con sus padres.

Pero todo eso dejó de tener sentido cuando llegó la noche. El silencio seguía ahí, esperándole, como un viejo amante perdido al que de pronto vuelves a encontrar en una multitud. Lo disfrutó esa y muchas noches más, cuando todas las luces se apagaban y los ruidos del pueblo cesaban; le gustaba caminar a esa hora, cuando la noche se convertía en madrugada, y sus pensamientos eran más claros, vagando por las calles y caminos hasta la alborada.

Fue en uno de esos paseos cuando se encontró con la niña. Regresaba del monte, tras una larga caminata por los viejos senderos de cabras, con la mente llena de recuerdos de su infancia, cuando le sobresaltó un ruido. "Muy grande para una comadreja" pensó mientras volvía sobre sus pasos, el viejo instinto de huir siempre presente. Otro ruido le detuvo; ese sonido despertó memorias largo tiempo enterradas, cruzaba su corazón como un ventarrón de otoño, abriendo ventanas atrancadas hacía eones. La niña lloraba, como solo hacen los corazones rotos, cuando la edad hace que todo sea un mundo y no se vislumbre la salida del túnel.

Despacio, sin pensar en lo que hacía, se acercó al hueco de donde surgían los sollozos, fiado de su excelente vista nocturna. Era una oquedad profunda, la cavidad de las raíces de un viejo roble caído durante la última tormenta; la niña estaba sentada en el fondo, la cabeza entre las manos, sus hombros moviéndose al compás de los gemidos. Él carraspeó. La niña paró su llanto, miró hacia arriba. Había tenido cuidado de ponerse de perfil para que pudiera verlo bien contra la luz de las estrellas. Tendió su mano.

sábado, septiembre 25, 2010

El hombre de la casona

La gente del pueblo decía que estaba loco, y lo evitaba si se lo encontraba en los caminos. Se rumoreaba que era el último vástago de una de las familias más poderosas de la región, que había venido a morir en la vieja casona. Allí apareció un día, para susto de la tía Tomasa, la guardesa; un hombre mayor, ya entrado en los cuarenta, de conplexión gruesa y pelo cano y sin arreglar, con una gastada mochila por todo equipaje. Había comprado la casona, y venía a vivir en ella.

Al poco tiempo despidió a la tía Tomasa, por no poder pagar su salario dijo, y ella, en venganza por haber perdido la casa en la que hacía y deshacía a su antojo desde que tenía uso de razón, se dedicó a propagar rumores y falsedades por el pueblo: que si olía mal, que lo primero que hizo al llegar fue quemar todos los crucifijos de la casa, que no dejaba que entrase la luz en su habitación... Esos rumores, y el hecho de que no apareció nunca por la iglesía, ni siquiera en la fiesta de la Candelaria, cuando todo el pueblo rendía honores a la patrona, hizo que la imaginación de los paisanos se disparase.

Nadie visitaba la casona, al final de una calle solitaria a la afueras del pueblo; cada 40 días llegaba un paquete para el hombre a la oficina de correos, que recogía siempre al día siguiente, y una vez a la semana llegaba el chico de los ultramarinos con el pedido. Ni el cartero ni el chico consiguieron nunca entablar conversación con el hombre, más allá de unas cuantas frases de cortesía o una observación banal sobre el tiempo. Su aspecto no varió en todos los años en los que permaneció en la casona: barba de una semana, pelo corto sin arreglar, el mismo pantalón y chaqueta de pana, y una camisa blanca que había visto mejores días.

Con el correr de los años, las historias sobre el hombre fueron perdiendo fuerza y poco a poco se integró en el paisaje de Algerna. El hombre de la casona, como le llamaban, pasó a ser el monstruo con el que se asustaba a los niños revoltosos o que no querían comerse las verduras, y el protagonista de muchas de las historias de terror que la muchachada contaba junto a la chimenea del bar Castro en las largas noches de invierno.

miércoles, septiembre 08, 2010

Lumia acababa de cumplir trece años y ya odiaba al mundo

Encerrada en su habitación, con la llave puesta, Lumia recordaba cómo había sido su vida, en el día de su trigesimotercer cumpleaños. Y no le gustaba. Las peleas entre sus padres habían sido constantes en los últimos años, y no lograba comprender por qué no podía tener una familia normal, como el resto de sus amigas: un padre trabajador, alto y fuerte, que regresara a casa con una sonrisa, y una madre cariñosa y maternal, siempre con la respuesta correcta a sus problemas. El hecho de que sus padres fueran famosos, y ella la envidia de sus amigas por ello, no le compensaba.

Ninguno de los dos iba a estar en su cumpleaños, ya lo sabía, aunque los dos le habían dado sus regalos el día anterior. Su padre estaba ocupado en la inauguración del enésimo hotel de la cadena familar ("Esto es importante, cariño, tengo que hacerlo", le había dicho), mientras su madre se encontraba en el extranjero, rodando otra película quién sabe dónde ("tengo que aprovechar esta buena racha, ya tendremos tiempo de estar juntas" le había dicho años atrás, cuando le preguntó por qué nunca estaba en casa). Siempre era así. Las veces que coincidían los tres en casa los gritos y recriminaciones eran la tónica habitual, y ella se encerraba en su cuarto, llorando bajo la almohada para no escuchar cómo se destrozaba su familia.

Lumia no lo sabía, pero su mundo iba a cambiar de forma drástica...

lunes, agosto 23, 2010

Algena, el escenario

Como muchos de los pueblos en esa época, Algena consistía en una calle principal a lo largo de la cual se colocaban las casas, y un par de calles laterales que llevaban a los centros neurálgicos de la localidad: la plaza, donde se encontraba la iglesia, el ayuntamiento y el mercadillo en los días de feria, y el cementerio. Dos bares y una tienda de ultramarinos junto a la tahona componían el comercio local; el pueblo se autoabastecía de vegetales gracias a la garganta, un curso de agua que bajaba directamente desde ocultos manantiales en los montes adyacentes, y que incluso en verano tenía un caudal estimable. Las huertas se ubicaban en las afueras del pueblo, y en la parte de atrás de algunas casas: judías, tomates, pimientos y otras hortalizas componían la mayor parte de las matas.

Sólo los muy ricos tenían una o dos vacas: la ganadería del pueblo eran básicamente cerdos, uno o dos por familia, que se iba engordando cada año con los restos de comida y basura de la casa, y que se sacrificaba en otoño, en el equivalente más cercano a un festín para muchos de los aldeanos. Unas pocas familias tenían rebaños de cabras, al cuidado de los más pequeños, para dar leche y queso; los niños las sacaban en las mañanas y las llevaban al monte, donde pasaban la jornada hasta regresar al atardecer. En algunos casos, la familia rentaba un prado o terreno en el valle vecino, y el cabrero pasaba allí semanas o meses enteros, solo con los perros y su navaja.

El progreso pasó por Algena apenas terminada la guerra civil, dejando una carretera secundaria que lo unía con los pueblos de alrededor, una cinta de asfalto que partía de la carretera general y llegaba hasta la capital de la comarca, y por donde venían los buhoneros el sábado y el día del patrón, y por donde se iban yendo la juventud y las esperanzas del pueblo. Aun faltaban muchos años para que por esa misma carretera, con un asfalto más nuevo, hija de una autopista con rango de autovía europea, volvieran los hijos y nietos de esos emigrantes, para pasar los veranos primero, y para echar raíces después. Pero eso es otra historia.

sábado, agosto 07, 2010

Recuperado el olfato, la vida huele bien

Después de varios meses de sinutisis, provocada por el stress psiquico de mantener muchos secretos, tras echar por la borda un matrimonio maravilloso, he recupeado el olfato. Ya no me agobio tanto, estoy más liberado, estoy trabando para volver a ser el de antes, un hombre seguro de sí mismo, capaz de tomar decisiones difíciles y perseguir sus sueños.

Vuelvo a disfrutar de la música que me enamoró en su día, vuelvo a sonreir, vuelvo a soñar...

miércoles, julio 21, 2010

Y al fin sucede...

Lo peor no es lo que sabes o lo que te cuentan, lo peor es lo que te imaginas. Pero es necesario recibir esas bofetadas para despertar, para darte cuenta de que es tiempo de dejar de mirar hacia atrás y hacer algo con tu vida, cortarte las venas o dejártelas largas, lo que sea excepto el seguir vegetando. Pero duele joder, siempre duele...

sábado, julio 17, 2010

Las rocas del camino

¿Se han fijado en las formas que tienen las rocas en las curvas de la carretera? Cuando hay que pasar una pequeña colina o terraplén, los ingenieros no se quiebran la cabeza; si es muy grande, se hace un túnel; si es de baja altura, se corta a través. En el segundo caso, cuando hay roca, se hacen unas perforaciones con taladro, largo, de mucha profundidad, y luego supongo que o bien la roca se rompe sola o bien se meten explosivos para que lo haga. Se limpian los escombros, y a asfaltar.

Hoy un hecho un largo viaje por carretera, y he visto muchos de estos cortes. Me ha llamado la atención la forma de la roca, más bien, la forma de los taladros. Cada medio metro, una línea recta baja desde la superficie hasta más allá del asfalto, es como si la roca tuviera cicatrices de unas garras monstruosas. En muchos casos, la propia roca estaba fracturada en paneles o cortes más pequeños, como si todos los años que han pasado por ella quisieran salir al mismo tiempo.

No sé por qué esas piedras me han puesto melancolico, y me han hecho pensar en el rumbo que ha tomado mi vida. Yo también siento que tengo una profunda herida en el alma, que me he roto varias veces, pero, al contrario que la roca de nuestra España, no he retirado los escombros, ni he puesto asfalto nuevo para que circulen los sentimientos. Sigo llevando mis emociones en burro, llegando tarde, nunca y mal.

¿El MOP tendrá un departamento de construcción de almas?

miércoles, agosto 12, 2009

¿Empezamos de nuevo?

Uff, dos años sin postear nada, ya me vale. Bueno, han pasado varias cosas, y una de ellas es que el porotito que aparecía en el último post ya tiene más de 80 cm y pesa 12 kilos; un caracter como el de su madre y si no, a las pruebas me remito
http://www.youtube.com/watch?v=pR2RHQQw-Ps

lunes, julio 23, 2007

La tecnología actual


Antaño, nuestras abuelas daban a luz como buenamente podían, a lo más con la ayuda de alguna tía o mujer del pueblo con más experiencia (bueno, eso las abuelas de los que venimos del campo y/o clase baja, los de ciudad y/o clase alta siempre tenían un matasanos a mano, que hacía como que servía para algo), y a las cuatro horas, ala, a ordeñar la vaca, hacerle la cena al marido y los siete hijos anteriores, y como se descuidaran, empezar la 'planificación' del siguiente esa misma noche...


Ahora no, ahora la mayoría de las mujeres del 'primer mundo' tienen un ginecológo de confianza, que las va monitoreando durante las 40 semanas, que las ayuda a dar a luz; ahora, las mujeres permanecen al menos tres días en el hospital después del parto, y se las trata como reinas durante los primeros meses (¿habría mi abuela sabido lo que es la depresión post-parto?)


Y todo esto para poder poner una 'foto' de mi primer retoño, ¿a que se parece al padre?

miércoles, junio 13, 2007

El haiga

En mis tiempos jóvenes se escuchaba bastante el "haiga" como forma vulgar de la forma verbal "haya", y aún se puede escuchar en las zonas rurales, entre las personas de más edad. El caso es que la palabreja también se usa de forma burlesca para nombrar a un automóvil ostentoso, de esos que denotan un nuevo rico a la legua: "vaya haiga mi comprao".

Hace unos años me contaron el origen de esta asociación. Al parecer, durante los años de la posguerra española, producto del estraperlo y otras actividades no muy legales, surgió una clase de nuevos ricos, con más dinero que cultura. Y lo primero que hacían con el dinero 'bien ganado' era comprar un coche, cuanto más grande mejor, para demostrar que había dinero y poderío. Así se acercaban al vendedor, con el bolsillo lleno de las antiguas pesetas (porque se pagaba al contado, que para eso tenían con qué) y decían:

- Quiero un coche. Da igual el que sea, pero que sea el más caro que haiga.

Y parece ser que, de tanto ver a estos destripaterrones con ganas de más, se corrió la voz y el palabro se hizo popular.

Todo esto viene a cuento porque, aunque la posguerra española ya haya terminado, siempre habrá unos robaperas que piensen que el status material, sea coche del año, viajes, dinero en el banco, propiedades, lo que sea, es más importante que los buenos modales y la educación, que no tiene precio. Y si no, vean, vean el individuo de la foto de al lado...

miércoles, junio 06, 2007

Dime dónde Google...

Es increible hasta donde está llegando la tecnología; estoy seguro de que esta chica nunca se imaginaría que millones de personas (varón, joven, tecnológico, con las hormonas disparadas...) podrían verla esa mañana.

A este paso habrá que mear con paraguas, para que no te vean desde arriba el tamaño del aparato...

martes, mayo 22, 2007

Todos lo sospechabamos

¿Alguna vez se han preguntado cómo funciona un ratón de ordenador? Puede parecer una cosa muy complicada, pero en realidad es bien sencillo. Gracias a esta página, por fin podemos ver cómo funciona este accesorio.

http://www.1-click.jp/

miércoles, mayo 02, 2007

Lo intentamos de nuevo

Aquí estamos, dispuestos por enésima vez a intenter mantener un blog coherente y, lo que es más importante, continuo.

Las condiciones no pueden ser mejores: un cambio en el trabajo hace que ahora disponga de un despachito propio y nadie por encima que me pueda abroncar por perder el tiempo en tonterías en vez de estar produciendo.
Y para celebrar tan magno acontencimiento, aquí pongo una foto de mis recientes vacaciones en el sur de Chile, un atardecer sobre el lago Villarrica, que no todo lo que tiene Chile es malo.

viernes, octubre 06, 2006

Viene la prima...

La Vera, esa prima que nos visita todos los años, que viene a levantarnos la moral (y otras cosas cuando la edad lo permite), ya se ha instalado por estas latitudes. La primera consecuencia es que aumentan las horas de luz, la gente se ve mejor, aunque en algunos casos la cara de sueño sea la misma que cuando se iba a dos luces.

La segunda consecuencia es que el campo se viste de verde, los árboles pelaos (que uno piensa que son de adorno, de varillas de metal, cuando los ve a lo lejos, tan ordenaditos en sus plantaciones) se llenan de cosas verdes que crecen prácticamente ante tus ojos, tapando la vista de los edificios de enfrente y cambiando tu mundo de marrón ladrillo.

La tercera (y más extraña) consecuencia es que sube el precio del metro de ropa. No, no me refiero a que los trajes/camisas/faldas/etc. incrementen su valor por unidad, sino que el metro cuadrado de vestimenta sube (y lo seguirá haciendo hasta el final del verano), con lo que, por una sencilla regla de economía, las personas usan menos ropaje y se ve más piel. Las jóvenes escolares dejan atras las medias largas, se empiezan a usar trajes de manga corta o sin manga, el escote empieza su ciclo de crecimiento anual...

Ya estoy deseando que llegue Navidad para ver a Papa Noel y su bañador rojo.

lunes, septiembre 18, 2006

Como una roca

El chileno tiene que ser, por definición, temeroso de los espacios abiertos. No, no me refiero a una plaza o a tener miedo a salir de casa, la típica agorafobia, sino a que el hecho de tener siempre a la vista, desde cualquier parte del territorio nacional (a excepción de las islas) la majestuosa Cordillera de los Andes, les confiere un cierto sentimiento de estar protegidos, y por ende, seguros.

Son varios los chilenos que me han confesado que lo que más añoran de su país cuando viajan a Europa es la vista de la cordillera; parece que no sólo les protege y separa de sus 'ancestrales' enemigos, los argentinos, sino que también es como si fuera una de las paredes de su casa.

Debe ser por eso que, en el Metro, el chileno se coloca en el centro del vagón, se agarra a la barra horizontal y no se mueve; o mejor, se coloca frente a las puertas, con su mochila/cartera/maleta entre las piernas, y no se mueve de ahí así esté vacio todo el vagón y la gente esté pegándose por entrar. No hablemos ya de ceder el paso a la gente que baja, o incluso pensar en salir para que los que se bajen en la estación puedan hacerlo.

De todos los países y culturas que conozco, sólo Japón se parece a Chile en esto, aunque ellos tienen empleados públicos que 'apretujan' a los usuarios para que entren en los atestados vagones de hora punta. Quizá tenga que ver el hecho de que los japoneses también se sienten psicológicamente protegidos por el mar de alrededor, no como los europeos, que sabemos que en cualquier momento nos pueden venir a invadir (como así ha pasado durante toda la historia de Europa).

Por eso, como el chileno no tiene miedo de que le vayan a quitar su espacio, no siente la necesidad (aunque sea cultural) de cederlo para que otros lo puedan usar, y se establece como una roca en su parcela, bien sea en el metro o en cualquier otro ámbito de la vida.

O eso, o es que la educación brilla por su ausencia, que también podría ser...

martes, junio 13, 2006

A trancas y barrancas

Es curioso como una vez se dan los primeros pasos para cualquier cosa, todo va rodado; es como si ese primer impulso que tanto cuesta sea tan poderoso que es capaz de proporcionarte potencia como para correr una maratón.

¿No se han fijado cómo suceden las cosas una vez lanzamos la primera piedra? ¿La sucesión de acontecimientos que ocurre después de tomar una pequeña decisión?

Recuerdo ahora cómo decidí abandonar la casa de mis padres, allá por el verano del... debió el año 97 pero no estoy seguro. El caso es que el plan era estar fuera (libre, como el Sol cuando amanece, ya soy libre...) durante unos 3 meses, que era el tiempo que duraba mi contrato por obra, fuente de toda mi independencia. Pero después de ese contrato vino otro, y otro, y otro, hasta llegar al contrato indefinido de nuestros sueños; después de aquel pequeño apartamento en un quinto vino otro, también pequeño, en un tercero, ya con un arriendo por un año, y luego otro, más cerca del curro, y luego la propiedad que todos soñamos en algún momento.

Y cuando estaba aburrido del trabajo, empecé a querer buscar otro, de donde surgió la oportunidad de venirme a Chile, y aquí conocí a mi media naranja, y empecé a planificar ese matrimonio con el que todos hemos tenido pesadillas en algún momento de nuestra vida adulta.

Y todo esto por una decisión tomada en algún momento del verano del 97, por querer tener mi espacio propio durante un tiempo, dar un paso adelante y avanzar.

Esperemos que no me rompa la crisma con esta carrera...

martes, enero 03, 2006

Año nuevo

Curiosas las diferencias que existen en la celebración de las fiestas de Navidad entre las diversas culturas, e incluso dentro de la misma cultura. Por ejemplo, en Chile se cree que es de buena suerte el comer lentejas en la entrada del nuevo año, en vez de las socorridas uvas españolas, o el llevar un calzón amarillo en vez de rojo.

Este ha sido el primer año que he pasado estas celebraciones en Chile, y no han estado mal. Entiéndanme, no es que a mi me guste la Navidad, todo lo contrario; por estas fechas me vuelvo melancólico y me aburre el género humano, no soporto la felicidad por decreto. Sin embargo, este año he tenido algo que no tenía en años anteriores: pareja.

Pasamos el año en el auto, así de claro. Nooo, no como están ustedes pensando, no. Resulta que, contra lo que es habitual en Chile, decidí llevar a mi familia política a cenar fuera la Nochevieja, lo que no me parecía nada extraordinario; a tal fin habíamos hecho las pertinentes llamadas para localizar un sitio dónde poder al menos llenar la barriga, y tal vez, menear el esqueleto después. Sin embargo, no contábamos con a) el tiempo necesario para que 3 mujeres se acicalen y preparen para una fiesta semejante, y b) que la mayoría de los locales cierran esa fecha o están completos con las reservas.

Así que pasamos el cambio de año en el coche de mi suegra, de morros porque no habíamos podido realizar nuestros planes, y pasando cuatro veces por el mismo lugar en la búsqueda de un restaurante abierto y con mesa para cuatro. Afortunadamente, un hecho inesperado cambió la noche. Una mujer y una niña estaban haciendo auto-stop a la salida del pueblo, menos de cinco minutos antes de las campanadas. Se trataba de una madre y su hija, jovenes, que querían ir a visitar al padre, policia en el retén del pueblo de al lado, que no había podido escaparse para pasar la noche con ellas.

La inocencia y alegría de la niña y su madre nos salvaron la noche, y evitaron que hubiera malas vibraciones al empezar el año; las lentejas de Evelyn nos darán la suerte que nos hace falta en el 2006, y la gracia de Katya nos alegrará el recuerdo. Cuando las dejamos, me dieron ganas de darles las gracias más efusivas; ellas fueron los mejores espíritus del Año Nuevo para una familia sin núcleo que estaba perdida en la Nochevieja chilena.

jueves, diciembre 15, 2005

Historia de dos países

De regreso de la madre patría se ven muchas más cosas de las que uno pensaba, y me ratifico: en Chile, con dinero, se vive mucho mejor que en España (con la misma cantidad) Teniendo dinero te puedes comprar una parcelita al lado de las montañas y construirte una casa guapa de verdad; teniendo dinero puedes comprar los muebles más pijos que se te ocurran; teniendo dinero puedes contratar a una señora que te limpie y cocine por cuatro perras; teniendo dinero puedes enviar a tus hijos a un colegio donde les enseñen equitación dos veces por semana...

Pero cuando no tienes dinero, este país es tan mierda como los demás. Si no tienes dinero y estás enfermo, los hospitales privados no te atienden o tardan mucho; si no tienes dinero y tus hijos están enfermos, ya puedes vender tu cuerpo para operarles, porque nadie te ayudará; si no tienes dinero, ya puedes trabajar 12 y 14 horas en casas ajenas, recogiendo cartones en los cubos de la basura de las zonas residenciales, vendiendo dulces en los autobuses, ofreciendo (pidiendo) tu trabajo en las calles...

Este es un país con grandes riquezas, con grandes fortunas y con grandes miserias también, un país donde un multimillonario se puede presentar a presidente de la república y decir que va a vender todas sus empresas, un país donde hay casi tantas asociaciones de caridad como clubes de fútbol, un país con barrios enteros de gente que sólo puede sobrevivir mendigando, un país donde un libro nuevo es un objeto de lujo para muchos universitarios...

Parafraseando a Dickens, en uno de los libros que más me impactó en mi lejana juventud, y perdonen el inglés, "It was the best of countries, it was the worst of countries, it was the age of wealth, it was the age of misery..."