Estamos sentados en el restaurante, no lejos de la playa. Desde mi ventana veo cómo las olas se levantan con cada vez más furia, y pienso en el camino de vuelta al pueblo y en cómo llegaremos al hotel. Mientras, escucho como ella habla con el camarero, pidiendo vinos y una pequeña selección de platos. A pesar del tiempo que llevamos juntos aún me maravillan sus cambios de entonación: la voz que pone para hablar con extraños no tiene nada que ver con la voz con la que me habla a mí, o con la voz que tiene cuando estamos solos, con el tono que tiene cuando esta triste o melosa…
Ha terminado de hablar con el camarero, y vuelve sus ojos hacía mi. Veo cómo se ilumina su cara, e instantáneamente se me dibuja una sonrisa de felicidad en la cara. Esa misma sonrisa que tenía cuando empezamos a salir, cuando hablábamos de nuestras cosas paseando por el jardín del Retiro, en aquellas calurosas tardes de fin de semana, compartiendo el mundo con palomas, ardillas, ciclistas, patinadores, vendedores de frescor o azúcar... La misma sonrisa que surgía en mi cara mientras ella me tomaba la mano en el cine, o se agarraba a mi brazo cuando tenía susto. La misma sonrisa, en fin, que aparece en mi rostro cuando ella me dice: “no me mires así”.
La tarde ha ido avanzando, al mismo tiempo que nuestro almuerzo. Hemos hablado de muchas cosas. Estos días han sido especialmente fructíferos en eso, hemos hablado largo y tendido de muchas cosas. Otras muchas quedaron fuera, las más veces por mi timidez, otras porque no era el momento adecuado, otras, simplemente, porque no surgieron. Es curioso que podamos hablar de casi todo, pero hay temas que nos cuestan, tal vez porque pensamos que molestarían al otro, que nos odiaría; queremos protegernos tanto, que a veces olvidamos que los dos somos adultos, y que lo importante de nuestra relación es que nos apoyamos, que nos complementamos mutuamente, muchas veces de tal manera que podemos tener una misma línea de pensamiento…
Con el postre han desaparecido muchas incomodidades, posiblemente el vino ha sido el responsable de que le haya besado la mano, o que nuestros labios se hayan encontrado varias veces entre plato y plato. Una lujuriosa torta de chocolate se nos presenta, en plato único y dos cucharas, para compartir. Nos miramos con incredulidad ante el tamaño, aunque los dos sabemos que nos la terminaremos, quejándonos falsamente de la cantidad, pero contentos de poder extender esta complicidad un poco más con una taza de café.
El sol está comenzando a ocultarse cuando llegamos a la playa. El cielo plomizo no promete grandes espectáculos de luz, aunque las nubes se retiran, la temperatura es suave, y no hace viento. No hay nadie en la playa a esta hora. Me quito los zapatos para poder sentir la arena en mis pies, mientras ella hace lo mismo, acompañándome aunque le incomode ir descalza. Caminamos de la mano, disfrutando el momento; al poco, paso mi brazo por su cintura mientras ella hace lo mismo, bromeando con mi circunferencia. Hemos tomado una manta del coche, y la usamos para poder sentarnos en la playa al mismo tiempo que nos arropamos con ella, mirando cómo las olas se levantan, y la espuma llega hasta nosotros atrapada en la brisa marina que comienza a levantarse. Empieza a hacer frio, y nos abrazamos el uno al otro bajo esa manta, viendo como las primeras estrellas salen para nosotros, y pensando qué será de nosotros el día de mañana.
miércoles, mayo 04, 2011
domingo, mayo 01, 2011
Después de todos estos años...
“La idea de este blog es ser un repositorio de ideas, comentarios, chascarrillos y demás neuras que se le ocurren a un español perdido en Chile; no sé qué es lo que va a salir. No creo que escriba todos los días, así que tampoco espero que me lea nadie, lo que es una ventaja.”
Me equivocaba cuando escribía esas primeras palabras. Sí, me ha leído gente, mucha más de la que yo esperaba. Y estoy agradecido por ello. Más aún porque en la lectura me han acompañado durante un instante, han sido parte de mí.
A veces empezar algo es encontrarse con una cosa totalmente diferente cuando echas la vista atrás. Hace más de cinco años comencé a escribir pensamientos, ideas que se me ocurrían, en un formato que entonces se había puesto de moda, el blog. Lo abandoné varias veces, lo reintenté otras tantas. Y sólo parece que ha fructificado cuando se ha convertido en el repositorio no de chasquarrillos y comentarios, sino de mis neuras y sentimientos más profundos en forma de relatos, de cortas historias.
Cinco años han dado para más de 100 entradas, varias botellas caídas en el camino, un matrimonio, un hijo, muchas lágrimas, otras tantas risas, amigos nuevos y amigos viejos... Y hoy siento que he llegado al final de un ciclo.
Estos años me han hecho cambiar de formas que no hubiera sospechado, y en las entradas de este blog se ha visto la evolución de mi vida. Muchas cosas han sido escritas, muchas sensaciones. Aún hoy, releer algunas de las cosas que he escrito significa que me broten las lágrimas, tan fuertes son los sentimientos que hay en ellas.
Ahora empieza un nuevo ciclo. Nuevas/viejas historias, nuevos/viejos personajes, las mismas neuras contadas de forma diferente. Espero que sigan ahí, para escucharlas al calor del fuego, con una persona amada al lado, y la mente abierta para disfrutarlas.
Me equivocaba cuando escribía esas primeras palabras. Sí, me ha leído gente, mucha más de la que yo esperaba. Y estoy agradecido por ello. Más aún porque en la lectura me han acompañado durante un instante, han sido parte de mí.
A veces empezar algo es encontrarse con una cosa totalmente diferente cuando echas la vista atrás. Hace más de cinco años comencé a escribir pensamientos, ideas que se me ocurrían, en un formato que entonces se había puesto de moda, el blog. Lo abandoné varias veces, lo reintenté otras tantas. Y sólo parece que ha fructificado cuando se ha convertido en el repositorio no de chasquarrillos y comentarios, sino de mis neuras y sentimientos más profundos en forma de relatos, de cortas historias.
Cinco años han dado para más de 100 entradas, varias botellas caídas en el camino, un matrimonio, un hijo, muchas lágrimas, otras tantas risas, amigos nuevos y amigos viejos... Y hoy siento que he llegado al final de un ciclo.
Estos años me han hecho cambiar de formas que no hubiera sospechado, y en las entradas de este blog se ha visto la evolución de mi vida. Muchas cosas han sido escritas, muchas sensaciones. Aún hoy, releer algunas de las cosas que he escrito significa que me broten las lágrimas, tan fuertes son los sentimientos que hay en ellas.
Ahora empieza un nuevo ciclo. Nuevas/viejas historias, nuevos/viejos personajes, las mismas neuras contadas de forma diferente. Espero que sigan ahí, para escucharlas al calor del fuego, con una persona amada al lado, y la mente abierta para disfrutarlas.
sábado, abril 30, 2011
Un beso es la promesa de lo que vendrá después
Siempre le había gustado ese sitio. La cueva del Moro era una oquedad en lo alto del risco, fresca en verano y bien orientada en invierno, que los pastores de la zona habían usado durante generaciones para guardar el rebaño en las jornadas de tormenta o lluvia intensa. La cueva era básicamente una gran oquedad en el lateral de la montaña, causada por un derrumbamiento en épocas pretéritas; un trozo del techo había caido hacia ya muchos años, y por el agujero entraba la luz del sol y la lluvia, pero la cueva proporcionaba un amplio abrigo en todo tiempo.
A Héctor le gustaba llegar hasta la cueva durante sus paseos; la ascensión al risco era complicada solo en la última parte, y su disposición, justo en la cuerda entre los dos valles, le permitía tener una visión magnífica del pueblo, por un lado, y el pantano y el valle adyacente por el otro. No era el único que pensaba así; durante el verano era punto obligado de excursion de los jóvenes del pueblo, que venían a pasar la tarde en un lugar que se prestaba a acciones escondidas.
Hector ya llevaba un buen rato sentado a la entrada de la cueva, como atestiguaban las numerosas colillas a sus pies. Habia dejado de fumar más de veinte años atrás, pero la tarde anterior, después de salir de casa de Lumia, confundido y aturdido, habia entrado en el estanco de la plaza y comprado papel y un paquete de picadura. No sabía quién se había sorprendido más, la estanquera al ver a un cliente inesperado, o él mismo, al liar el primer cigarrillo y encenderlo, después de tanto tiempo...
Esa noche durmió mal. Inquieto, su cabeza no paraba de dar vueltas e imaginar escenarios imposibles. Su corazón pugnaba por ganar la batalla a su razón, y en el combate él se desveló. No había salido aún el sol cuando se levantó, se puso la primera ropa que encontró, un abrigo liviano, y comenzó a caminar sin rumbo, primero alumbrado por las escasas luces del pueblo, luego por las estrellas al dejar las últimas casas, después por los primeros rayos del sol por encima de los riscos, eliminando poco a poco las estrellas.
El sol ya estaba muy alto en el cielo, y Héctor seguía sin poder decidirse. La tarde anterior se había visto sorprendido por el abrazo de Lumía, al que respondió con alegría y ternura después de un segundo de indecisión. Seguramente su alegría y ternura habrían sido mayores si no hubiese atisbado una mirada de preocupación entre los abuelos de la niña, confusos y sorprendidos al igual que él.
Una lagartija se subió a su zapato, mientras él la miraba sin ver, su cabeza perdida en los recuerdos de la tarde anterior, liando un nuevo cigarrillo: el perfume de Lumia, el brillo de sus ojos al verle, la luz en su rostro cuando saltó a abrazarle… Hector había vivido demasiado como para no reconocer los signos, así como los de su propio corazón: estaba enamorado de la muchacha desde hacía muchos meses, posiblemente desde las primeras horas que pasó con ella en la habitación de la casa del médico, tras su rescate. Nunca olvidaría las lágrimas que la muchacha volcó sobre su hombro cuando la llevaba en brazos a la casa, la fuerza con que se abrazó a él, como si no quisiera volver a caer en la desesperación ni la soledad…
A Héctor le gustaba llegar hasta la cueva durante sus paseos; la ascensión al risco era complicada solo en la última parte, y su disposición, justo en la cuerda entre los dos valles, le permitía tener una visión magnífica del pueblo, por un lado, y el pantano y el valle adyacente por el otro. No era el único que pensaba así; durante el verano era punto obligado de excursion de los jóvenes del pueblo, que venían a pasar la tarde en un lugar que se prestaba a acciones escondidas.
Hector ya llevaba un buen rato sentado a la entrada de la cueva, como atestiguaban las numerosas colillas a sus pies. Habia dejado de fumar más de veinte años atrás, pero la tarde anterior, después de salir de casa de Lumia, confundido y aturdido, habia entrado en el estanco de la plaza y comprado papel y un paquete de picadura. No sabía quién se había sorprendido más, la estanquera al ver a un cliente inesperado, o él mismo, al liar el primer cigarrillo y encenderlo, después de tanto tiempo...
Esa noche durmió mal. Inquieto, su cabeza no paraba de dar vueltas e imaginar escenarios imposibles. Su corazón pugnaba por ganar la batalla a su razón, y en el combate él se desveló. No había salido aún el sol cuando se levantó, se puso la primera ropa que encontró, un abrigo liviano, y comenzó a caminar sin rumbo, primero alumbrado por las escasas luces del pueblo, luego por las estrellas al dejar las últimas casas, después por los primeros rayos del sol por encima de los riscos, eliminando poco a poco las estrellas.
El sol ya estaba muy alto en el cielo, y Héctor seguía sin poder decidirse. La tarde anterior se había visto sorprendido por el abrazo de Lumía, al que respondió con alegría y ternura después de un segundo de indecisión. Seguramente su alegría y ternura habrían sido mayores si no hubiese atisbado una mirada de preocupación entre los abuelos de la niña, confusos y sorprendidos al igual que él.
Una lagartija se subió a su zapato, mientras él la miraba sin ver, su cabeza perdida en los recuerdos de la tarde anterior, liando un nuevo cigarrillo: el perfume de Lumia, el brillo de sus ojos al verle, la luz en su rostro cuando saltó a abrazarle… Hector había vivido demasiado como para no reconocer los signos, así como los de su propio corazón: estaba enamorado de la muchacha desde hacía muchos meses, posiblemente desde las primeras horas que pasó con ella en la habitación de la casa del médico, tras su rescate. Nunca olvidaría las lágrimas que la muchacha volcó sobre su hombro cuando la llevaba en brazos a la casa, la fuerza con que se abrazó a él, como si no quisiera volver a caer en la desesperación ni la soledad…
viernes, abril 29, 2011
Have you found what you’re looking for?
Amanece un día más. Un día más el camino se encuentra delante de mí. ¿Dónde me llevará hoy? ¿Estarás al final del día, esperándome?
Veo la carretera pasar bajo mis pies, llevo horas recorriendo este camino. El resto de los viajeros ya hace tiempo que desapareció para mí, el autobús es un lugar sombrío y cargado de olores, en el que me encuentro viajando hacia mi destino. No puedo pegar ojo. Pienso constantemente en qué encontraré al llegar. Por qué monté en este viejo autobús.
Recuerdo otros viajes, otras rutas. Compañeros habladores, compañeros silenciosos, la soledad como acompañante la mayoría de las veces. Recuerdo otros paisajes, otras noches en vela sentado en asientos como este, intentando distraer mi ansiedad con libros, canciones que siempre hablaban de ella, sueños imposibles, viejas sensaciones que acudían a mí en el amparo de la noche.
Las tinieblas de la noche son rotas por los faros de otros conductores, que vienen, que van, que me acompañan en este viaje. De vez en cuando amistosas luces me llaman a un lado del camino: descanso, comida, bebida, ¿tal vez amor? Continúo en la carretera, buscando mi destino final, esperando que esta vez sea realmente el final y no una parada más en un largo recorrer.
Veo la carretera pasar bajo mis pies, llevo horas recorriendo este camino. El resto de los viajeros ya hace tiempo que desapareció para mí, el autobús es un lugar sombrío y cargado de olores, en el que me encuentro viajando hacia mi destino. No puedo pegar ojo. Pienso constantemente en qué encontraré al llegar. Por qué monté en este viejo autobús.
Recuerdo otros viajes, otras rutas. Compañeros habladores, compañeros silenciosos, la soledad como acompañante la mayoría de las veces. Recuerdo otros paisajes, otras noches en vela sentado en asientos como este, intentando distraer mi ansiedad con libros, canciones que siempre hablaban de ella, sueños imposibles, viejas sensaciones que acudían a mí en el amparo de la noche.
Las tinieblas de la noche son rotas por los faros de otros conductores, que vienen, que van, que me acompañan en este viaje. De vez en cuando amistosas luces me llaman a un lado del camino: descanso, comida, bebida, ¿tal vez amor? Continúo en la carretera, buscando mi destino final, esperando que esta vez sea realmente el final y no una parada más en un largo recorrer.
jueves, abril 28, 2011
Qué andarás haciendo
Despertó a las cinco de la mañana, Silvia aún dormía, desnuda y abrazada a él. Con cuidado, tratando de no despertarla, se levantó y se vistió en silencio; una vez vestido, se acercó a ella y le dio un dulce beso en la frente, despidiéndose. No acostumbraba a quedarse a dormir en casas ajenas, le había explicado la noche antes, era un hábito que le costaba. Con la ciudad apenas despertando entró en el metro y se dirigió a su casa, observando en el trayecto a los noctámbulos y rezagados, chicos de extrarradio que iban a tomar el primer tren de vuelta a sus pueblos, después de una noche de juerga en la capital.
Después de una ducha y dormir un par de horas, se preparó para su visita semanal a casa de sus padres. Hacía ya algunos años que había dejado el nido, pero siempre que podía regresaba a pasar unas horas con ellos. No era solo para mantener el contacto, sino también para regresar a un estado de su vida que había perdido para siempre cuando se fue de casa. En el camino, llamó a Silvia, asegurándose de que estuviera bien, y no se hubiera enfadado por abandonar su casa tan sigilosamente; quedaron esa misma noche en el Trashoras, un local de moda en el centro al que hacía tiempo que quería ir.
Sus padres le estaban esperando, con el mismo ritual de siempre: su madre le dio dos besos, casi al mismo tiempo que se quejaba de su ropa, de su poco peso, de su aspecto desaliñado, mientras su padre le preguntaba por el trabajo, por sus novias, por su necesidad de dinero… Los dos sabían que él nunca les contaría nada que les preocupara, pero ambos intentaban sonsacar a su hijo menor en cada visita. Al poco rato llegó Víctor con las niñas. Víctor era su hermano mayor, un divorciado cuarentón con dos niñas de 7 y 10 años, a las que solo veía una vez al mes, y que en esa ocasión traía a comer con los abuelos. Sabía cuánto le costaba a su hermano ese paso, deseoso cómo estaba de estar con ellas todo el tiempo, y por eso las risas y chistes se adueñaron del salón de la casa hasta que la mesa estuvo puesta y se sentaron todos a comer.
Después de la comida, las niñas se quedaron dormidas. “Se despertaron muy temprano”, explicó Víctor, mientras las llevaba amorosamente a la cama matrimonial de sus padres. Su madre había preparado café, pero su hermano tenía ganas de hablar con él, por lo que le pidió que fueran a tomar café a un lugar cercano. “Cuidarme las niñas, ¿eh? Volvemos enseguida”
El café no era más que un viejo bar reconvertido, con mesas de hierro y mármol, donde ahora no había más que dos parejas, más interesadas en ver la tele que en su conversación. Hablaron largo rato, mientras tomaban un café y liaban unos cigarrillos. Tenían muy buena relación, a pesar de los años de diferencia, o quizás tal vez por eso. Víctor había estado a su lado cuando las cosas habían estado complicadas, y él le había pagado en la misma moneda cuando necesitó ayuda, en el proceso de divorcio y en los largos meses posteriores. En esa época acostumbraban a salir juntos, Víctor buscando el olvido en el alcohol y en los brazos de cualquiera, él intentando que no se perdiera en el proceso. Esas noches habían hablado mucho, más que en los 20 años anteriores; ver a su hermano derrotado y sin capacidad de respuesta había supuesto un duro golpe, acostumbrado como estaba a verle triunfando y siempre seguro. Habían seguido el camino de la recomposición juntos, y desde entonces Víctor y él estaban más unidos que nunca, y esa sensación, aunque menor, no se había perdido desde entonces.
Después de una ducha y dormir un par de horas, se preparó para su visita semanal a casa de sus padres. Hacía ya algunos años que había dejado el nido, pero siempre que podía regresaba a pasar unas horas con ellos. No era solo para mantener el contacto, sino también para regresar a un estado de su vida que había perdido para siempre cuando se fue de casa. En el camino, llamó a Silvia, asegurándose de que estuviera bien, y no se hubiera enfadado por abandonar su casa tan sigilosamente; quedaron esa misma noche en el Trashoras, un local de moda en el centro al que hacía tiempo que quería ir.
Sus padres le estaban esperando, con el mismo ritual de siempre: su madre le dio dos besos, casi al mismo tiempo que se quejaba de su ropa, de su poco peso, de su aspecto desaliñado, mientras su padre le preguntaba por el trabajo, por sus novias, por su necesidad de dinero… Los dos sabían que él nunca les contaría nada que les preocupara, pero ambos intentaban sonsacar a su hijo menor en cada visita. Al poco rato llegó Víctor con las niñas. Víctor era su hermano mayor, un divorciado cuarentón con dos niñas de 7 y 10 años, a las que solo veía una vez al mes, y que en esa ocasión traía a comer con los abuelos. Sabía cuánto le costaba a su hermano ese paso, deseoso cómo estaba de estar con ellas todo el tiempo, y por eso las risas y chistes se adueñaron del salón de la casa hasta que la mesa estuvo puesta y se sentaron todos a comer.
Después de la comida, las niñas se quedaron dormidas. “Se despertaron muy temprano”, explicó Víctor, mientras las llevaba amorosamente a la cama matrimonial de sus padres. Su madre había preparado café, pero su hermano tenía ganas de hablar con él, por lo que le pidió que fueran a tomar café a un lugar cercano. “Cuidarme las niñas, ¿eh? Volvemos enseguida”
El café no era más que un viejo bar reconvertido, con mesas de hierro y mármol, donde ahora no había más que dos parejas, más interesadas en ver la tele que en su conversación. Hablaron largo rato, mientras tomaban un café y liaban unos cigarrillos. Tenían muy buena relación, a pesar de los años de diferencia, o quizás tal vez por eso. Víctor había estado a su lado cuando las cosas habían estado complicadas, y él le había pagado en la misma moneda cuando necesitó ayuda, en el proceso de divorcio y en los largos meses posteriores. En esa época acostumbraban a salir juntos, Víctor buscando el olvido en el alcohol y en los brazos de cualquiera, él intentando que no se perdiera en el proceso. Esas noches habían hablado mucho, más que en los 20 años anteriores; ver a su hermano derrotado y sin capacidad de respuesta había supuesto un duro golpe, acostumbrado como estaba a verle triunfando y siempre seguro. Habían seguido el camino de la recomposición juntos, y desde entonces Víctor y él estaban más unidos que nunca, y esa sensación, aunque menor, no se había perdido desde entonces.
martes, abril 26, 2011
Universo propio
Luna es una niñita preciosa, con ojos de un azul intenso, una piel muy blanca y un cabello rubio claro, parece un ángel. Es una niña muy inteligente y activa, le gusta correr, le gusta saltar, se ríe mucho. No le gusta el colegio, no se encuentra a gusto con tanto niño, no le agrada que le toquen sus juguetes o tener que compartir. Lo pasa mal en el aula, en ocasiones sale llorando de clase por esa razón.
En casa es una niña adorable, no hace ruido, no molesta a sus papás, no rompe los juguetes… Es una niña que tiene un gran mundo interior, al que se aísla como refugio cuando no comprende el mundo de sus mayores. Allí están sus amigos, como Thomas el tren, o Rayo, su amigo el coche rojo. También están esos amigos que nadie ve y que le hacen reír a carcajadas por la noche…
A Luna no le gusta salir de casa. No le gusta dejar a sus amigos, ni ir a casas desconocidas, excepto a la de Paquito. Paquito es su amigo, y hacen buenas migas; en su casa se siente a gusto y puede caminar y retozar en el parque. Un día, se quiso llevar a Paquito a su casa, a jugar, pero su mamá no quiso, porque eran muy pequeños.
Sus papas se dieron cuenta de que algo iba mal cuando les dijeron que Luna no hacia contacto visual, que no miraba a los ojos. Luego les dijeron que se angustiaba con los cambios, con las texturas nuevas, con las novedades… Cada persona que consultaron les dijo una cosa diferente: que si era normal en una niña tan pequeña, que si era igual que el padre, que si tenían que pasar unos años antes de poder dar un diagnostico definitivo…
Mientras, Luna seguía yendo al colegio, pasándolo mal a veces, regresando a su casita, donde se sentía segura, jugando con sus juguetes y corriendo por el salón, riendo con sus amigos invisibles y regresando a ese mundo interno cada vez que el exterior le amenazaba.
Un día, llegaron unos señores muy amables que le estuvieron haciendo preguntas, mientras sus papás se miraban entre sí. A Luna no le gustaron los señores, y pronto se fue a jugar con sus amigos. Pero una señora que venía con ellos se sentó a su lado, y poco a poco fue penetrando en su mundo, hablándola con palabras claras y sin dobles significados, no como en el colegio, procurando cruzar su mirada cada vez, sonriendo y haciendo siempre gestos amistosos. Al poco rato, otro señor se sentó junto a ellas, y comenzó a preguntarla, ¡incluso le echó una carrera y le ganó!
Ahora Luna tiene nuevos amigos. Aún le asusta el mundo de los mayores, pero sus nuevos amigos le ayudan a etiquetarlo. Carlos le va mostrando cómo tiene que reconocer las nuevas formas y texturas, y que no hay que asustarse ni angustiarse por algo nuevo. Pilar le ayuda a interpretar las caras de la gente, ¡es divertido! Mamá y papá están con ella siempre que pueden, y le transmiten la seguridad que necesita cuando no está en su casa.
Pero a veces, algo la preocupa, no sabe cómo reaccionar ante algo nuevo o alguna persona le parece mala o agresiva. Y entonces vuelve a refugiarse en su universo propio, con sus amigos Thomas, Rayo, la abuela…
En casa es una niña adorable, no hace ruido, no molesta a sus papás, no rompe los juguetes… Es una niña que tiene un gran mundo interior, al que se aísla como refugio cuando no comprende el mundo de sus mayores. Allí están sus amigos, como Thomas el tren, o Rayo, su amigo el coche rojo. También están esos amigos que nadie ve y que le hacen reír a carcajadas por la noche…
A Luna no le gusta salir de casa. No le gusta dejar a sus amigos, ni ir a casas desconocidas, excepto a la de Paquito. Paquito es su amigo, y hacen buenas migas; en su casa se siente a gusto y puede caminar y retozar en el parque. Un día, se quiso llevar a Paquito a su casa, a jugar, pero su mamá no quiso, porque eran muy pequeños.
Sus papas se dieron cuenta de que algo iba mal cuando les dijeron que Luna no hacia contacto visual, que no miraba a los ojos. Luego les dijeron que se angustiaba con los cambios, con las texturas nuevas, con las novedades… Cada persona que consultaron les dijo una cosa diferente: que si era normal en una niña tan pequeña, que si era igual que el padre, que si tenían que pasar unos años antes de poder dar un diagnostico definitivo…
Mientras, Luna seguía yendo al colegio, pasándolo mal a veces, regresando a su casita, donde se sentía segura, jugando con sus juguetes y corriendo por el salón, riendo con sus amigos invisibles y regresando a ese mundo interno cada vez que el exterior le amenazaba.
Un día, llegaron unos señores muy amables que le estuvieron haciendo preguntas, mientras sus papás se miraban entre sí. A Luna no le gustaron los señores, y pronto se fue a jugar con sus amigos. Pero una señora que venía con ellos se sentó a su lado, y poco a poco fue penetrando en su mundo, hablándola con palabras claras y sin dobles significados, no como en el colegio, procurando cruzar su mirada cada vez, sonriendo y haciendo siempre gestos amistosos. Al poco rato, otro señor se sentó junto a ellas, y comenzó a preguntarla, ¡incluso le echó una carrera y le ganó!
Ahora Luna tiene nuevos amigos. Aún le asusta el mundo de los mayores, pero sus nuevos amigos le ayudan a etiquetarlo. Carlos le va mostrando cómo tiene que reconocer las nuevas formas y texturas, y que no hay que asustarse ni angustiarse por algo nuevo. Pilar le ayuda a interpretar las caras de la gente, ¡es divertido! Mamá y papá están con ella siempre que pueden, y le transmiten la seguridad que necesita cuando no está en su casa.
Pero a veces, algo la preocupa, no sabe cómo reaccionar ante algo nuevo o alguna persona le parece mala o agresiva. Y entonces vuelve a refugiarse en su universo propio, con sus amigos Thomas, Rayo, la abuela…
lunes, abril 25, 2011
El próximo verano
"Comienzas a gatear en esta vida, sin saber hacia dónde te diriges, y cuando quieres echar la vista atrás ya es demasiado tarde para cambiar de rumbo"
Las palabras de Víctor aún resonaban en sus oídos, cuando despertó a la mañana siguiente, con la cabeza dolorida y los ojos ardiendo, como cada lunes por la mañana, después de un fin de semana de alcohol y marcha. Una ducha fría y un par de píldoras le pusieron de nuevo en movimiento, despejando las últimas telarañas y preparándole para la jornada que se avecinaba.
Mirándose en el espejo del cuarto de baño intentaba recordar qué había pasado la noche anterior, pero la cara que le devolvía la mirada no podía responder. Pasó unos minutos mirando a su contraparte, espiando cualquier signo de vejez o restos de la noche. Mientras se afeitaba, rememoraba la ruta del fin de semana. Había empezado igual que los últimos meses, con unas cervezas con los compañeros a la salida del trabajo, en el bar debajo de la oficina. El buen ambiente de trabajo se reflejaba en esas tardes de viernes, cuando todos iban alegres, se comentaban los chismes semanales, se hablaba del trabajo pendiente con un cerveza en la mano, mientras Antonio, el dueño del bar, sacaba una bandeja tras otra de tapas calientes. Se recordaba con una croqueta en la mano y la otra en las caderas de Silvia, una compañera de contabilidad con la que había tenido ya algunos roces, y ella no parecía molesta…
De allí algunos, los más gamberros, fueron al Universal, un pub cerca de la oficina donde solían continuar las charlas una vez que Antonio les echaba los viernes. El sitio estaba bien, era amplio, con una barra grande y luminosa, un gran espacio interior para bailar, con una tarima en la que los fines de semana tocaban grupos locales, y una amplia terraza con una gran vista del centro financiero de la ciudad. Allí recordaba cómo Silvia y él se habían asentado en uno de los rincones, ya separados del resto del grupo, mientras sus manos y labios se encargaban de toda la conversación, apenas conscientes del resto del mundo.
Un taxi les había llevado a casa de ella, un piso amplio en el extrarradio, compartido con dos amigas, que en ese momento estaban fuera. Llegaron tambaleándose, riendo y besándose, intentando no hacer ruido para no molestar a los vecinos. Cuando entraron en el piso, ella dejó las llaves encima de un aparador y se volvió a él, con una sonrisa pícara y el deseo pintado en sus ojos…
Las palabras de Víctor aún resonaban en sus oídos, cuando despertó a la mañana siguiente, con la cabeza dolorida y los ojos ardiendo, como cada lunes por la mañana, después de un fin de semana de alcohol y marcha. Una ducha fría y un par de píldoras le pusieron de nuevo en movimiento, despejando las últimas telarañas y preparándole para la jornada que se avecinaba.
Mirándose en el espejo del cuarto de baño intentaba recordar qué había pasado la noche anterior, pero la cara que le devolvía la mirada no podía responder. Pasó unos minutos mirando a su contraparte, espiando cualquier signo de vejez o restos de la noche. Mientras se afeitaba, rememoraba la ruta del fin de semana. Había empezado igual que los últimos meses, con unas cervezas con los compañeros a la salida del trabajo, en el bar debajo de la oficina. El buen ambiente de trabajo se reflejaba en esas tardes de viernes, cuando todos iban alegres, se comentaban los chismes semanales, se hablaba del trabajo pendiente con un cerveza en la mano, mientras Antonio, el dueño del bar, sacaba una bandeja tras otra de tapas calientes. Se recordaba con una croqueta en la mano y la otra en las caderas de Silvia, una compañera de contabilidad con la que había tenido ya algunos roces, y ella no parecía molesta…
De allí algunos, los más gamberros, fueron al Universal, un pub cerca de la oficina donde solían continuar las charlas una vez que Antonio les echaba los viernes. El sitio estaba bien, era amplio, con una barra grande y luminosa, un gran espacio interior para bailar, con una tarima en la que los fines de semana tocaban grupos locales, y una amplia terraza con una gran vista del centro financiero de la ciudad. Allí recordaba cómo Silvia y él se habían asentado en uno de los rincones, ya separados del resto del grupo, mientras sus manos y labios se encargaban de toda la conversación, apenas conscientes del resto del mundo.
Un taxi les había llevado a casa de ella, un piso amplio en el extrarradio, compartido con dos amigas, que en ese momento estaban fuera. Llegaron tambaleándose, riendo y besándose, intentando no hacer ruido para no molestar a los vecinos. Cuando entraron en el piso, ella dejó las llaves encima de un aparador y se volvió a él, con una sonrisa pícara y el deseo pintado en sus ojos…
domingo, abril 24, 2011
Sueños y otras hierbas
Una habitación de hotel. Maletas por el suelo. Un gran hall con ascensores que suben y bajan. Agua. Niños jugando en el barro. Un muro que tengo que salvar para llegar al otro lado. Tú esperándome en el otro lado. Caminos que suben y se pierden en el cielo. Sensaciones de seguridad, no hay miedos, no hay dudas. La fiesta ya terminó. El metro se abre ante nosotros. Llega un tren, no hay nadie. Nos sentamos separados, nuestros destinos son distintos. El tren sale al exterior, un día soleado, con un cielo azul intenso. Parada. Bajo, me esperas en la playa. Camino por la arena, mientras el mar se levanta. Los castillos de arena se alzan mientras los niños corren entre ellos. Cambio de escenario. Intento encontrar mi habitación, me equivocó, una empleada del hotel me pregunta, “no hace falta, conozco mi camino”. Me dirijo a la zona correcta, pero dudo, hay tres puertas, no veo los números (¿mi habitación es la A?).
Despierto. No quiero despertar. Mi cabeza aún ronda en ese sueño, mi cuerpo está cómodo, caliente en esta fría mañana. El sol entra por mi ventana, me dice que es hora de empezar. Me doy media vuelta, abrazo a la almohada, y cierro los ojos.
Camino por un descampado, como los de mi niñez, lleno de niños jugando. Hay un agujero, una depresión en la que el muro se ha caido y el terreno se ha escapado, tengo que cruzar para ir al otro lado. No importa. Sé cómo hacerlo. Nada me impedirá llegar…
Despierto. No quiero despertar. Mi cabeza aún ronda en ese sueño, mi cuerpo está cómodo, caliente en esta fría mañana. El sol entra por mi ventana, me dice que es hora de empezar. Me doy media vuelta, abrazo a la almohada, y cierro los ojos.
Camino por un descampado, como los de mi niñez, lleno de niños jugando. Hay un agujero, una depresión en la que el muro se ha caido y el terreno se ha escapado, tengo que cruzar para ir al otro lado. No importa. Sé cómo hacerlo. Nada me impedirá llegar…
viernes, abril 22, 2011
Quiero beber de tu boca
La noche me envuelve. Hace rato que se apagaron las luces, y las estrellas brillan más que en ninguna otra noche que recuerde, dejando entrar la claridad por la ventana. Me envuelvo en la manta y me levanto de la cama. Salgo al exterior. Miro al cielo. No reconozco las constelaciones, es un cielo extraño para mí, pero muy hermoso. Hace frío, debería haber traído una chaqueta. El frescor nocturno me despeja la cabeza, me ayuda a eliminar preocupaciones, a dejar de sentir, mientras levanto la vista y permito que la luz de millones de puntos me llegue y me sane.
Me tumbo al lado de la piscina, el rumor del agua me recuerda al de los arroyos de mi juventud, a las fuentes que manaban de las rocas, a vida y luz. Cierro los ojos y me veo de nuevo en esos lugares, con la hierba alta y fresca, mariposas volando sobre los prados llenos de flores, el aire pasando entre los pinos, miles de insectos viviendo, y yo tumbado observando el color de una flor.
Vuelvo a la habitación. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, y con la luz de las estrellas veo el contorno de la cama, la silla en la que deje mi ropa en la tarde, la maleta con la que vinimos. Me acerco sin hacer ruido, el suelo de piedra está frio, pero no lo siento. Te veo dormida, con una mano apoyada sobre la almohada, las piernas flexionadas, respirando tranquilamente.
Recuerdo tus ojos hace apenas unas horas, mientras hablábamos, mientras nuestras manos mantenían una conversación sin nuestro conocimiento, más sincera, mostrando nuestros sentimientos, sin miedos. Recuerdo el sabor de tus lágrimas cuando las besé, el olor de tu pelo cuando enterraste tu cabeza en mi pecho, la expresión de tu rostro cuando entraba en ti…
Ahora duermes en paz, ¿qué sueñas? ¿Estoy yo en tus sueños?
Me tumbo al lado de la piscina, el rumor del agua me recuerda al de los arroyos de mi juventud, a las fuentes que manaban de las rocas, a vida y luz. Cierro los ojos y me veo de nuevo en esos lugares, con la hierba alta y fresca, mariposas volando sobre los prados llenos de flores, el aire pasando entre los pinos, miles de insectos viviendo, y yo tumbado observando el color de una flor.
Vuelvo a la habitación. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, y con la luz de las estrellas veo el contorno de la cama, la silla en la que deje mi ropa en la tarde, la maleta con la que vinimos. Me acerco sin hacer ruido, el suelo de piedra está frio, pero no lo siento. Te veo dormida, con una mano apoyada sobre la almohada, las piernas flexionadas, respirando tranquilamente.
Recuerdo tus ojos hace apenas unas horas, mientras hablábamos, mientras nuestras manos mantenían una conversación sin nuestro conocimiento, más sincera, mostrando nuestros sentimientos, sin miedos. Recuerdo el sabor de tus lágrimas cuando las besé, el olor de tu pelo cuando enterraste tu cabeza en mi pecho, la expresión de tu rostro cuando entraba en ti…
Ahora duermes en paz, ¿qué sueñas? ¿Estoy yo en tus sueños?
viernes, abril 15, 2011
Irreconocible desde que te conocí
Comenzaron a besarse en los postres. La cena había transcurrido con normalidad hasta ese momento, con charlas y comentarios sobre cosas banales, los dos aún temerosos de poner los sentimientos encima de la mesa. Tal vez fueron las dos copas de vino, o el perfume de ella, pero cuando retiraban el servicio del plato principal y ya habían ordenado el postre (tiramisú él y flan casero ella), él la tomó de la mano, por sorpresa. Ella se dejó querer, asombrada al principio pero deseosa de ese contacto, y a los pocos segundos envolvía la mano de él entre las suyas, mientras la conversación se hacía más intima, más susurrante, sus ojos buscándose con ganas, los dos inclinados hacia delante para poder estar más cerca el uno del otro.
No tomaron café. Tras firmar la cuenta se dirigieron hacia las escaleras cogidos de la mano. Se habían dado el primer beso, suave y delicado, antes de que llegaran los postres, sus cabezas muy juntas, y ninguno terminó su dulce. Los besos habían pasado de cortos y cariñosos a requerir el concurso de sus lenguas, ansiosas de conocerse…
Mientras esperaban el ascensor, él se puso detrás de ella, aspirando su aroma mientras ella bajaba la cabeza, coqueta. Un beso, rápido y dulce, sobre su cuello la hizo estremecerse, más cuando a ese le siguió otro, y luego otro más; a él le encantaba su nuca, y continuaba besándola cuando se abrió la puerta del ascensor y ambos entraron, ya completamente centrados el uno en el otro. Ella le atrajo hacia sí mientras le esperaba con la boca entreabierta, los ojos dilatados, su respiración entrecortada; él, cogiéndola de la cintura, la abrazaba mientras sus bocas se encontraban, besos largos y húmedos que bajaban por su cuello, hasta el principio de su escote.
Siguieron besándose en el pasillo, incluso mientras él buscaba a tientas la llave de la habitación. Se rieron los dos ante su torpeza para abrir la puerta. Entraron. La habitación estaba ligeramente a oscuras, un ambiente ideal para la noche que ambos esperaban.
Sus labios ya no se despegaban, sus manos recorrían el cuerpo del otro, atraían, acariciaban, preguntaban... Ella se apoyó en la pared, temerosa de que sus piernas la fallaran, mientras él recorría su cuello con sus labios, adivinando el placer que ella sentía. Ninguno de los dos decía nada, atentos solamente a sus sensaciones y al otro.
En un momento dado, él la hizo darse la vuelta, apoyando las manos en la pared, mientras apartaba su cabello para poder besar de nuevo el principio de su nuca. Con un movimiento rápido bajó la cremallera de su vestido, que quedó a los pies de ella, mudo testigo del combate. Comenzó entonces a besar y acariciar su espalda, mientras luchaba con un sujetador rebelde; ella gemía de placer, arqueando su cuerpo para ofrecerse por entero a sus caricias, a sus labios, solo pendiente de sus sentidos. Las fuertes manos de él ya rozaban sus senos, mientras ella sentía sus labios en su espalda, en su nuca, en su cuello, buscando su boca; solo quería que siguiese, que nunca acabara ese momento, sentir su cuerpo contra el suyo…
Jadeando, se dio la vuelta y atrapó su cabeza con sus manos, pasando los dedos entre su pelo, corto y fuerte, mientras su lengua buscaba ansiosa el enfrentamiento. Él respondió con pasión, las barreras ya derribadas, entregado por completo a ella. Ya no importaban las horas para la despedida, no importaba el largo viaje de vuelta, no importaba la separación, ese era su momento, real y compartido, y pensaba disfrutar de cada milésima de segundo con él…
No tomaron café. Tras firmar la cuenta se dirigieron hacia las escaleras cogidos de la mano. Se habían dado el primer beso, suave y delicado, antes de que llegaran los postres, sus cabezas muy juntas, y ninguno terminó su dulce. Los besos habían pasado de cortos y cariñosos a requerir el concurso de sus lenguas, ansiosas de conocerse…
Mientras esperaban el ascensor, él se puso detrás de ella, aspirando su aroma mientras ella bajaba la cabeza, coqueta. Un beso, rápido y dulce, sobre su cuello la hizo estremecerse, más cuando a ese le siguió otro, y luego otro más; a él le encantaba su nuca, y continuaba besándola cuando se abrió la puerta del ascensor y ambos entraron, ya completamente centrados el uno en el otro. Ella le atrajo hacia sí mientras le esperaba con la boca entreabierta, los ojos dilatados, su respiración entrecortada; él, cogiéndola de la cintura, la abrazaba mientras sus bocas se encontraban, besos largos y húmedos que bajaban por su cuello, hasta el principio de su escote.
Siguieron besándose en el pasillo, incluso mientras él buscaba a tientas la llave de la habitación. Se rieron los dos ante su torpeza para abrir la puerta. Entraron. La habitación estaba ligeramente a oscuras, un ambiente ideal para la noche que ambos esperaban.
Sus labios ya no se despegaban, sus manos recorrían el cuerpo del otro, atraían, acariciaban, preguntaban... Ella se apoyó en la pared, temerosa de que sus piernas la fallaran, mientras él recorría su cuello con sus labios, adivinando el placer que ella sentía. Ninguno de los dos decía nada, atentos solamente a sus sensaciones y al otro.
En un momento dado, él la hizo darse la vuelta, apoyando las manos en la pared, mientras apartaba su cabello para poder besar de nuevo el principio de su nuca. Con un movimiento rápido bajó la cremallera de su vestido, que quedó a los pies de ella, mudo testigo del combate. Comenzó entonces a besar y acariciar su espalda, mientras luchaba con un sujetador rebelde; ella gemía de placer, arqueando su cuerpo para ofrecerse por entero a sus caricias, a sus labios, solo pendiente de sus sentidos. Las fuertes manos de él ya rozaban sus senos, mientras ella sentía sus labios en su espalda, en su nuca, en su cuello, buscando su boca; solo quería que siguiese, que nunca acabara ese momento, sentir su cuerpo contra el suyo…
Jadeando, se dio la vuelta y atrapó su cabeza con sus manos, pasando los dedos entre su pelo, corto y fuerte, mientras su lengua buscaba ansiosa el enfrentamiento. Él respondió con pasión, las barreras ya derribadas, entregado por completo a ella. Ya no importaban las horas para la despedida, no importaba el largo viaje de vuelta, no importaba la separación, ese era su momento, real y compartido, y pensaba disfrutar de cada milésima de segundo con él…
jueves, abril 14, 2011
domingo, abril 10, 2011
Ya lo sabes...
Mi día ideal es mezcla de varias situaciones:
Me gustaría despertarme descansado, temprano, habiendo dormido bien toda la noche. Que sea domingo, y haga un día de sol radiante, luminoso, de esos en los que el cielo duele de tan azul. Salir a desayunar por ahí, algo rico, pausado, con mucha fruta y dulces, y un café largo, caliente y que me dure mucho, leyendo el periódico o charlando con alguien a quien aprecie, sentados en una terraza, con buenas vistas (recuerdo ahora la terraza de un hotel en Valparaíso, en Chile, en la que predominaban las flores y la vista al mar). Luego, me gustaría dedicar la mañana a caminar, a pasear, sin prisas, por el bosque o la playa, un lugar donde pueda descansar la vista, charlando con amigos o simplemente dejando volar mi imaginación.
Una buena comida con amigos: cordero, chino, un picnic con lo que llevemos, lo que sea pero con amigos, y una larga sobremesa junto a la chimenea, con café y copa, muchas risas y alegría. Que mi estómago quede satisfecho y mi corazón también.
Pasaría la tarde leyendo algo entretenido, o paseando de nuevo, o durmiendo la siesta, o jugando una partida de cartas, de manera que cuando llegase el atardecer me pondría a preparar algo de comer, picoteo, de ese que tardas más en hacer que en comer, con una copa de vino y mi gente. Hablar de la vida y de la muerte.
Llega la noche, y paso un tiempo conmigo mismo, al aire libre, bien abrigado, mirando las estrellas, sentado junto a la mujer que amo, acariciando su piel y sus cabellos, mientras ella respira tranquilamente a mi lado, confiada y segura. Me duermo dando gracias.
Me gustaría despertarme descansado, temprano, habiendo dormido bien toda la noche. Que sea domingo, y haga un día de sol radiante, luminoso, de esos en los que el cielo duele de tan azul. Salir a desayunar por ahí, algo rico, pausado, con mucha fruta y dulces, y un café largo, caliente y que me dure mucho, leyendo el periódico o charlando con alguien a quien aprecie, sentados en una terraza, con buenas vistas (recuerdo ahora la terraza de un hotel en Valparaíso, en Chile, en la que predominaban las flores y la vista al mar). Luego, me gustaría dedicar la mañana a caminar, a pasear, sin prisas, por el bosque o la playa, un lugar donde pueda descansar la vista, charlando con amigos o simplemente dejando volar mi imaginación.
Una buena comida con amigos: cordero, chino, un picnic con lo que llevemos, lo que sea pero con amigos, y una larga sobremesa junto a la chimenea, con café y copa, muchas risas y alegría. Que mi estómago quede satisfecho y mi corazón también.
Pasaría la tarde leyendo algo entretenido, o paseando de nuevo, o durmiendo la siesta, o jugando una partida de cartas, de manera que cuando llegase el atardecer me pondría a preparar algo de comer, picoteo, de ese que tardas más en hacer que en comer, con una copa de vino y mi gente. Hablar de la vida y de la muerte.
Llega la noche, y paso un tiempo conmigo mismo, al aire libre, bien abrigado, mirando las estrellas, sentado junto a la mujer que amo, acariciando su piel y sus cabellos, mientras ella respira tranquilamente a mi lado, confiada y segura. Me duermo dando gracias.
sábado, abril 09, 2011
Para mi corazón basta tu pecho
“… se encuentra firmando en nuestra librería, en la planta baja.”
A Daniela le sorprendió escuchar el nombre. Había ido a los grandes almacenes un poco a pasar el rato, realmente no necesitaba nada, pero siempre le había gustado curiosear por los distintos departamentos, y hoy el día aconsejaba estar a cubierto. El cielo plomizo y el viento no invitaban a pasar la tarde en el exterior.
Escuchó por segunda vez, para comprobar que no se había equivocado. Su mente retrocedió 15 años, a sus primeros años de universidad. Allí le conoció, en un foro sobre literatura romántica al que una de sus amigas le invitó, un joven de su misma edad, con ganas de ser escritor. Fue un flechazo. ¡Tenían tanto en común! Ella fue la destinataria de sus primeros escritos, torpes intentos de poesía que sin embargo le hicieron la mujer más feliz del mundo. Ella criticaba sus primeros intentos, le aportaba ideas, se embelesaba con su forma de escribir, de hablar. Durante el resto del curso estuvieron cogidos de la mano: conferencias, tardes en la biblioteca, salidas al cine, a bailar…
Sin saber cómo, Daniela se encontró en la sección de librería, sus pasos la habían llevado hasta allí de forma inconsciente. Cerca de la caja principal habían dispuesto una mesa con un tapete rojo, sobre la que había una pequeña pila de libros, seguramente dispuestos para la firma. Él estaba sentado, con un traje gris, sin corbata (nunca le gustaron), el pelo corto, inclinado hacia delante; una jovencita se encontraba en ese momento presentándole un libro, seguramente pidiendo el autógrafo del autor.
Terminó el curso y se separaron, para pasar el verano en compañía de sus familias. Durante las primeras semanas se escribieron con regularidad, manteniendo el contacto; las cartas de él eran declaraciones de amor, cada vez más elaboradas, cada vez más apasionadas. Pero poco antes del otoño Daniela sufrió un accidente, que le impidió empezar el curso académico en las fechas normales. Él no fue a visitarla, y en las pocas semanas que duró su convalecencia sus cartas fueron cada vez menos frecuentes y efusivas. Sus amigas no querían hablar de él, cuándo ella les preguntaba. Al volver finalmente a las clases, pasadas las fiestas de Navidad, Daniela fue en su busca. Le encontró en la cafetería de la facultad, de la mano de una muchacha rubia que le miraba embelesada, mientras él le hablaba con pasión. Lloró durante todo el trimestre, y solo gracias a la ayuda de sus amigas pudo recuperarse y volver a disfrutar la vida.
Los años habían sido buenos con él. Se le veía fuerte y saludable, el pelo quizás un poco escaso, tal vez por eso lo llevaba muy corto, lejos ya de las melenas estudiantiles. Ya no llevaba aquellas horribles gafas de pasta (Daniela recordó la primera vez que se las quitó para mirarla). Mientras se colocaba en la cola para la firma, Daniela pudo comprobar que la mayoría de sus lectores eran jóvenes adolescentes, en parejas o acompañadas de sus madres, claramente excitadas por la posibilidad de la dedicatoria.
Se había licenciado y empezado a trabajar en un bufete, como secretaría. Allí conoció a un hombre bueno, con el que se casó y tuvo una hija. Ahora era una señora casada, y le había olvidado por completo. Hasta que una tarde, en una de sus librerías favoritas, una portada le llamó la atención, y al leer el nombre del autor su cerebro recuperó todas las memorias olvidadas. Compró el libro y esa misma noche lo empezó. No estaba mal, era una historia un tanto manida, chico encuentra chica, chica deja chico, chico recupera a chica. Sin embargo, se notaba en las palabras y en la forma de combinarlas que el autor era capaz de cosas mejores.
A partir de entonces, le siguió la pista. Supo (y leyó) de sus obras posteriores, ya más adultas, de sus colaboraciones con periódicos… Cuando una de sus novelas fue llevada al cine, escuchó una entrevista suya en la radio del coche, mientras viajaba de camino a una cita con un cliente. Oír su voz le provocó una dulce nostalgia, que ante su marido ocultó con una excusa cualquiera.
No era una sesión de firmas común. Daniela observó como él dedicaba un tiempo a hablar y preguntar a cada una de sus jóvenes fans, intentando que el momento fuera agradable para todos. Su sonrisa no había perdido la calidez con la que la recordaba, y sus manos conversaban mientras hablaba con las jóvenes.
Llegó su momento. Estaba muy nerviosa. Se acercó a la mesa, intentando que no le temblaran las piernas, adelantando el libro con una mano, mientras con la otra sujetaba su bolso contra su costado, tal vez para que el corazón no le saltara del pecho.
Hola
Hola, cómo estás
Me encanta como escribes
Muchas gracias, ¿a quién dedico el libro?
A Daniela.
Mientras intercambiaban estas frases ella le observaba, vigilando su mirada mientras veía cosas que no había percibido en la distancia de la fila: ligeras arrugas en sus ojos y frente, una lejana cicatriz en la comisura de sus labios, canas en su cabello. Su mano, que había empezado a escribir en la primera página del libro, se detuvo al escuchar su nombre. Levantó su mirada y los ojos de ambos se encontraron por un momento
¿Daniela?
Sí, solo Daniela
¿Quién es? ¿Tu hija?
Sí, es mi hija.
Fueron tal vez dos segundos, pero Daniela creyó percibir en los ojos de él un atisbo de reconocimiento, y por un instante, su cara se relajó y se transformo en el rostro de aquel otro escritor al que había amado en su juventud. Solo un instante. En seguida, el bajó la mirada y con un trazo seguro y elegante terminó la dedicatoria, cerró el libro, y se lo entregó.
Espero que le guste
Muchas gracias, yo…
No pudo seguir. Él ya había desviado la mirada hacia la siguiente persona de la fila, indicando que su turno había terminado. Daniela se retiró, caminando hacia la salida, con la cabeza llena de pensamientos, de sentimientos, de cierta melancolía que se le pasó inmediatamente al llegar a su casa. Allí le esperaba su hija, y pronto olvidó el incidente.
Un par de días más tarde encontró el libro en el asiento del coche, donde lo había dejado. En la portada aparecía un faro sobre un gran peñasco en medio del océano, con olas batiendo contra su torre, que iluminaba a lo lejos. “Amor a distancia”. Lo abrió. En la primera página, con una letra alargada y elegante aparecía la dedicatoria:
Para Daniela, luz de mi juventud…
A Daniela le sorprendió escuchar el nombre. Había ido a los grandes almacenes un poco a pasar el rato, realmente no necesitaba nada, pero siempre le había gustado curiosear por los distintos departamentos, y hoy el día aconsejaba estar a cubierto. El cielo plomizo y el viento no invitaban a pasar la tarde en el exterior.
Escuchó por segunda vez, para comprobar que no se había equivocado. Su mente retrocedió 15 años, a sus primeros años de universidad. Allí le conoció, en un foro sobre literatura romántica al que una de sus amigas le invitó, un joven de su misma edad, con ganas de ser escritor. Fue un flechazo. ¡Tenían tanto en común! Ella fue la destinataria de sus primeros escritos, torpes intentos de poesía que sin embargo le hicieron la mujer más feliz del mundo. Ella criticaba sus primeros intentos, le aportaba ideas, se embelesaba con su forma de escribir, de hablar. Durante el resto del curso estuvieron cogidos de la mano: conferencias, tardes en la biblioteca, salidas al cine, a bailar…
Sin saber cómo, Daniela se encontró en la sección de librería, sus pasos la habían llevado hasta allí de forma inconsciente. Cerca de la caja principal habían dispuesto una mesa con un tapete rojo, sobre la que había una pequeña pila de libros, seguramente dispuestos para la firma. Él estaba sentado, con un traje gris, sin corbata (nunca le gustaron), el pelo corto, inclinado hacia delante; una jovencita se encontraba en ese momento presentándole un libro, seguramente pidiendo el autógrafo del autor.
Terminó el curso y se separaron, para pasar el verano en compañía de sus familias. Durante las primeras semanas se escribieron con regularidad, manteniendo el contacto; las cartas de él eran declaraciones de amor, cada vez más elaboradas, cada vez más apasionadas. Pero poco antes del otoño Daniela sufrió un accidente, que le impidió empezar el curso académico en las fechas normales. Él no fue a visitarla, y en las pocas semanas que duró su convalecencia sus cartas fueron cada vez menos frecuentes y efusivas. Sus amigas no querían hablar de él, cuándo ella les preguntaba. Al volver finalmente a las clases, pasadas las fiestas de Navidad, Daniela fue en su busca. Le encontró en la cafetería de la facultad, de la mano de una muchacha rubia que le miraba embelesada, mientras él le hablaba con pasión. Lloró durante todo el trimestre, y solo gracias a la ayuda de sus amigas pudo recuperarse y volver a disfrutar la vida.
Los años habían sido buenos con él. Se le veía fuerte y saludable, el pelo quizás un poco escaso, tal vez por eso lo llevaba muy corto, lejos ya de las melenas estudiantiles. Ya no llevaba aquellas horribles gafas de pasta (Daniela recordó la primera vez que se las quitó para mirarla). Mientras se colocaba en la cola para la firma, Daniela pudo comprobar que la mayoría de sus lectores eran jóvenes adolescentes, en parejas o acompañadas de sus madres, claramente excitadas por la posibilidad de la dedicatoria.
Se había licenciado y empezado a trabajar en un bufete, como secretaría. Allí conoció a un hombre bueno, con el que se casó y tuvo una hija. Ahora era una señora casada, y le había olvidado por completo. Hasta que una tarde, en una de sus librerías favoritas, una portada le llamó la atención, y al leer el nombre del autor su cerebro recuperó todas las memorias olvidadas. Compró el libro y esa misma noche lo empezó. No estaba mal, era una historia un tanto manida, chico encuentra chica, chica deja chico, chico recupera a chica. Sin embargo, se notaba en las palabras y en la forma de combinarlas que el autor era capaz de cosas mejores.
A partir de entonces, le siguió la pista. Supo (y leyó) de sus obras posteriores, ya más adultas, de sus colaboraciones con periódicos… Cuando una de sus novelas fue llevada al cine, escuchó una entrevista suya en la radio del coche, mientras viajaba de camino a una cita con un cliente. Oír su voz le provocó una dulce nostalgia, que ante su marido ocultó con una excusa cualquiera.
No era una sesión de firmas común. Daniela observó como él dedicaba un tiempo a hablar y preguntar a cada una de sus jóvenes fans, intentando que el momento fuera agradable para todos. Su sonrisa no había perdido la calidez con la que la recordaba, y sus manos conversaban mientras hablaba con las jóvenes.
Llegó su momento. Estaba muy nerviosa. Se acercó a la mesa, intentando que no le temblaran las piernas, adelantando el libro con una mano, mientras con la otra sujetaba su bolso contra su costado, tal vez para que el corazón no le saltara del pecho.
Hola
Hola, cómo estás
Me encanta como escribes
Muchas gracias, ¿a quién dedico el libro?
A Daniela.
Mientras intercambiaban estas frases ella le observaba, vigilando su mirada mientras veía cosas que no había percibido en la distancia de la fila: ligeras arrugas en sus ojos y frente, una lejana cicatriz en la comisura de sus labios, canas en su cabello. Su mano, que había empezado a escribir en la primera página del libro, se detuvo al escuchar su nombre. Levantó su mirada y los ojos de ambos se encontraron por un momento
¿Daniela?
Sí, solo Daniela
¿Quién es? ¿Tu hija?
Sí, es mi hija.
Fueron tal vez dos segundos, pero Daniela creyó percibir en los ojos de él un atisbo de reconocimiento, y por un instante, su cara se relajó y se transformo en el rostro de aquel otro escritor al que había amado en su juventud. Solo un instante. En seguida, el bajó la mirada y con un trazo seguro y elegante terminó la dedicatoria, cerró el libro, y se lo entregó.
Espero que le guste
Muchas gracias, yo…
No pudo seguir. Él ya había desviado la mirada hacia la siguiente persona de la fila, indicando que su turno había terminado. Daniela se retiró, caminando hacia la salida, con la cabeza llena de pensamientos, de sentimientos, de cierta melancolía que se le pasó inmediatamente al llegar a su casa. Allí le esperaba su hija, y pronto olvidó el incidente.
Un par de días más tarde encontró el libro en el asiento del coche, donde lo había dejado. En la portada aparecía un faro sobre un gran peñasco en medio del océano, con olas batiendo contra su torre, que iluminaba a lo lejos. “Amor a distancia”. Lo abrió. En la primera página, con una letra alargada y elegante aparecía la dedicatoria:
Para Daniela, luz de mi juventud…
viernes, abril 08, 2011
lunes, abril 04, 2011
Flying
Encontramos la isla después de varios días de navegación por mar abierto. Apareció entre neblinas, a poco de salir el sol, mientras el barco mantenía el rumbo nor-noroeste desde su salida de puerto. El capitán nos llamó enseguida, nuestro destino estaba a la vista. Nos miramos a los ojos, expectantes, ¡habíamos llegado!
En pocas horas arribamos a la isla y desembarcamos nuestras cosas: varios baúles con ropas, herramientas, alimentos. Ya habíamos estado antes, por lo que sabíamos que la isla nos proporcionaría agua, frutas y pescado durante todo el año, por lo que nuestras provisiones estaban mayormente enlatadas. El refugio que habíamos construido la última vez aún se mantenía en pie, aunque era evidente que necesitaba reparaciones urgentes.
Con un fuerte apretón de manos y un ¡Buena suerte! lleno de sinceridad, el capitán nos despidió esa misma noche, y al alba el barco ya no era visible en el horizonte. Estábamos solos. Como nosotros queríamos.
Esa noche apenas dormimos, preparando el refugio con las mínimas comodidades para poder estar en él: ahuyentamos a todas las criaturas que encontramos, desde arañas y murciélagos hasta una serpiente de manglar que encontramos en lo que sería nuestro dormitorio. Arreglamos el techo de la habitación principal, por si acaso el día llegaba con lluvia, e instalamos una nueva mosquitera en la cama, a la que pusimos relleno fresco y sábanas limpias. La noche estaba muy avanzada cuando por fin nos acostamos, los dos excitados por el sueño cumplido; incapaces de cerrar los ojos, estuvimos hablando hasta la salida del sol, cuando nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro.
Los siguientes días fueron de un tremendo ajetreo en nuestra isla. Mientras ella desempacaba y organizaba el almacenamiento de nuestros víveres y pertrechos, yo me dediqué a cortar leña, preparar tablones, reparar puertas y ventanas, recomponer techos, remendar suelos, reformar las instalaciones de agua (teníamos una cañería de bambú que nos surtía de agua fresca desde un manantial cercano) y sanitarias (el nuevo pozo negro fue todo un reto)… A mediodía parábamos para comer algo y hacer recuento de nuestros progresos. Poco a poco el antiguo refugio se estaba volviendo habitable, y nosotros nos sentíamos cada vez más dichosos y felices.
La primera tormenta llegó a los pocos días, acompañada de improperios y autoreproches por mi parte, al comprobar el gran número de goteras que tenía el techo. Ella se rió. Me abrazó por detrás, mientras intentaba arreglar un poco el daño, y me besó en la nuca; al darme la vuelta, sorprendido, me acercó a ella y me dio un largo beso, mientras sus manos se enredaban en mi pelo húmedo. Démonos una ducha dijo entre risas, y los dos nos pusimos a perseguirnos bajo la lluvia, desnudos, hasta acabar en el suelo, uno encima del otro.
Al poco rato la lluvia dejó de caer, y enseguida el sol se abrió paso entre las nubes. Nos habíamos refugiado bajo un dosel de hojas de palmera, exhaustos después del amor, nuestros cuerpos aún enlazados. ¿Te gusta vivir aquí? le pregunté. Mirándome a los ojos me respondió No querría estar en otro sitio que no fuera contigo.
En pocas horas arribamos a la isla y desembarcamos nuestras cosas: varios baúles con ropas, herramientas, alimentos. Ya habíamos estado antes, por lo que sabíamos que la isla nos proporcionaría agua, frutas y pescado durante todo el año, por lo que nuestras provisiones estaban mayormente enlatadas. El refugio que habíamos construido la última vez aún se mantenía en pie, aunque era evidente que necesitaba reparaciones urgentes.
Con un fuerte apretón de manos y un ¡Buena suerte! lleno de sinceridad, el capitán nos despidió esa misma noche, y al alba el barco ya no era visible en el horizonte. Estábamos solos. Como nosotros queríamos.
Esa noche apenas dormimos, preparando el refugio con las mínimas comodidades para poder estar en él: ahuyentamos a todas las criaturas que encontramos, desde arañas y murciélagos hasta una serpiente de manglar que encontramos en lo que sería nuestro dormitorio. Arreglamos el techo de la habitación principal, por si acaso el día llegaba con lluvia, e instalamos una nueva mosquitera en la cama, a la que pusimos relleno fresco y sábanas limpias. La noche estaba muy avanzada cuando por fin nos acostamos, los dos excitados por el sueño cumplido; incapaces de cerrar los ojos, estuvimos hablando hasta la salida del sol, cuando nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro.
Los siguientes días fueron de un tremendo ajetreo en nuestra isla. Mientras ella desempacaba y organizaba el almacenamiento de nuestros víveres y pertrechos, yo me dediqué a cortar leña, preparar tablones, reparar puertas y ventanas, recomponer techos, remendar suelos, reformar las instalaciones de agua (teníamos una cañería de bambú que nos surtía de agua fresca desde un manantial cercano) y sanitarias (el nuevo pozo negro fue todo un reto)… A mediodía parábamos para comer algo y hacer recuento de nuestros progresos. Poco a poco el antiguo refugio se estaba volviendo habitable, y nosotros nos sentíamos cada vez más dichosos y felices.
La primera tormenta llegó a los pocos días, acompañada de improperios y autoreproches por mi parte, al comprobar el gran número de goteras que tenía el techo. Ella se rió. Me abrazó por detrás, mientras intentaba arreglar un poco el daño, y me besó en la nuca; al darme la vuelta, sorprendido, me acercó a ella y me dio un largo beso, mientras sus manos se enredaban en mi pelo húmedo. Démonos una ducha dijo entre risas, y los dos nos pusimos a perseguirnos bajo la lluvia, desnudos, hasta acabar en el suelo, uno encima del otro.
Al poco rato la lluvia dejó de caer, y enseguida el sol se abrió paso entre las nubes. Nos habíamos refugiado bajo un dosel de hojas de palmera, exhaustos después del amor, nuestros cuerpos aún enlazados. ¿Te gusta vivir aquí? le pregunté. Mirándome a los ojos me respondió No querría estar en otro sitio que no fuera contigo.
jueves, marzo 31, 2011
Le temps des cerises
Ramón se sentaba en el mismo banco todos los días. Jubilado prematuro, separado poco después, hacía la misma rutina todos los días: se levantaba y se duchaba con agua fría, en invierno o en verano, hiciera frio o calor. Se afeitaba con navaja, una navaja que había sido de su padre antes que él, y que afilaba una o dos veces al año, se vestía normalmente con un pantalón de pana y una chaqueta sobre una camisa blanca, y salía a la calle.
Desayunaba en el bar Maya, lo había estado haciendo los últimos 25 años. Tanto el dueño, Paco, como su hija Myriam, le conocían de toda la vida y sabían lo que le gustaba: café con leche con unas tostadas de jamón y tomate, o unas migas cuando las preparaban en el menú. Siempre decía que esos platos le recordaban su infancia en el campo de Daimiel, los largos meses de invierno o sus primeros días como segador.
Si hacía bueno, bajaba caminando por la carretera Real hasta el parque, junto al río, antes de llegar al puente Viejo. Allí se sentaba en el mismo banco, cerca de la orilla, viendo pasar el agua. En 25 años había visto muchos cambios. Los árboles que antaño cubrían la orilla del río habían sido sustituidos por bloques de cemento y piedra, pavimentando el curso fluvial; ahora no se mojaba los pies cuando el río se desbordaba, pero tampoco le cubrían las hojas del fuerte sol veraniego.
El parque mismo había cambiado mucho también. Inicialmente había sido un pequeño remanso de paz a las afueras de la ciudad, un diminuto laberinto de caminos y zonas arboladas; luego, cuando los gustos cambiaron, las zonas de arbustos se convirtieron en cortas praderas, con arriates de flores que se plantaban en cada estación. La ciudad creció, y pronto el parque quedó rodeado de zonas urbanas, edificios con gente joven en su interior, que demandaban zonas verdes y de esparcimiento para sus hijos. Y el parque cambió de nuevo. Creció con terrenos robados al río y se instaló en él una zona de juegos infantiles, con toboganes y columpios; las madres llevaban a sus hijos, pasando las cálidas tardes de primavera cerca del frescor que llevaba el agua.
Sin embargo, el banco de Ramón no cambió; era el único banco de hierro forjado que quedaba en el parque, abuelo de los actuales de madera y hierro, más grandes y cómodos. Seguía estando en el mismo sitio que cuando se sentó por primera vez. Hacía un par de años le habían puesto una farola cerca, lo que le permitía estar más tiempo por las tardes, observando a los paseantes, viendo como la corriente se iba llevando el agua hacia el mar, pensando en qué ocurriría con todo ese líquido.
Aquella mañana Ramón se había cortado al afeitarse, algo que no le pasaba desde la mili. Mientras caminaba hacia su banco en el parque cavilaba sobre lo que podría significar ese corte. No tenía mal pulso, se conservaba bien para su edad, y el médico le había felicitado por ello. Pensando en ello llegó al parque y alzó la vista, para ver su banco. Se detuvo. Había una persona en él, una anciana de pelo blanco y riguroso luto. Se sintió inquieto. Normalmente evitaba la compañía de otras personas sentándose siempre en el centro del banco, así dejaba claro el mensaje: “No me molesten”. Era muy raro que hubiera alguien ya sentado en el banco cuando él llegaba por la mañana, y en esas ocasiones procuraba echarlos lo antes posible. Le gustaba la soledad. Le gustaba su banco.
Se acercó despacio, intentando hacer todo el ruido posible, pero parecía que la anciana era sorda. Seguía mirando al frente cuando Ramón se sentó en el extremo opuesto al que ella ocupaba. No la saludó. Comenzó a moverse, inquieto, a toser, a carraspear, a hacer sonidos obscenos… No hubo reacción. La anciana seguía mirando la corriente, ajena completamente a su presencia.
Al cabo de un buen rato, Ramón se resignó a la compañía forzosa. No estaba a gusto, pero había intentado todo lo que estuvo en su mano para molestar a la anciana, sin resultado. El sol estaba ahora calentando sus piernas, y pronto se sintió amodorrado.
No había nadie en el parque, ni siquiera oía automóviles corriendo por las calles aledañas. Miró la corriente del río. El agua bajaba turbia, de un color marrón claro producto de los desechos y sedimentos que recibía rio arriba. De vez en cuando una onda o un remolino captaban su atención, pero él sabía que nunca era igual; cada segundo pasaban por su mirada litros y litros de agua, todos distintos, todos diferentes, cada gota un universo dentro de miles de universos diferentes…
Tan distintos y tan iguales…
La voz le sobresaltó. La anciana le estaba mirando con interés, aún sentada en el otro extremo del banco, las manos apoyadas en un bastón de madera y plata. Ramón se removió, indeciso e intranquilo, no iba a entablar conversación con esa desconocida usurpadora, que se atrevía a sentarse en su banco, más le valía que se fuera con viento fresco y le dejara en paz.
Ha llegado el tiempo de las cerezas…
Ramón sintió como un escalofrío le recorría la espalda, y el vello de sus brazos se erizaba. No podía ser. Llevaba muerta más de 50 años… Esa frase, que les recordaba el momento en que se habían dado el primer beso… Se giró hacia la anciana, con miedo, con el corazón palpitando, y vio en su lugar a una joven morena, de delicada piel blanca que contrastaba con el negro intenso de sus ojos, y el rojo húmedo de sus labios; con las manos apoyadas en su regazo, sobre una falda en tela escocesa, le regalaba una media sonrisa mientras le miraba entre avergonzada y deseosa…
Any?
Sus ojos negros se iluminaron al oír su nombre de sus labios, y extendió sus manos hacia él, que las recibió entre las suyas, mientras acercaba su rostro al suyo, aspirando su aroma a limpio, con ese ligero toque a manzana que tanto le gustaba. Se miraron a los ojos, mientras entrelazaban sus manos. ¡¡Tenían tanto que contarse!!
Era el último día de sus vacaciones, y ella regresaría a Madrid al día siguiente; Any no lo sabía, pero iba a pedirle que fuera su novia, que le escribiera desde Madrid. Llevaba en el bolsillo del pantalón un papel con unos pétalos de rosa que había estado secando cuidadosamente la última semana, manteniendo ese aroma que tanto le gustaba a ella. Iba a ser su regalo…
Encontraron a Ramón en su banco de siempre, frente al río, esa noche. Su portera había dado aviso al no verle llegar a la hora acostumbrada. El forense no encontró nada que justificara su muerte, así que fue catalogado como “múltiple fallo orgánico debido a la edad”. En su mano encontraron un papel doblado cuidadosamente; en el papel, envueltos en trozos de periódico de 1942, hallaron cinco pétalos secos de rosa, de un rojo intenso, que perfumaban el aire a su alrededor…
Desayunaba en el bar Maya, lo había estado haciendo los últimos 25 años. Tanto el dueño, Paco, como su hija Myriam, le conocían de toda la vida y sabían lo que le gustaba: café con leche con unas tostadas de jamón y tomate, o unas migas cuando las preparaban en el menú. Siempre decía que esos platos le recordaban su infancia en el campo de Daimiel, los largos meses de invierno o sus primeros días como segador.
Si hacía bueno, bajaba caminando por la carretera Real hasta el parque, junto al río, antes de llegar al puente Viejo. Allí se sentaba en el mismo banco, cerca de la orilla, viendo pasar el agua. En 25 años había visto muchos cambios. Los árboles que antaño cubrían la orilla del río habían sido sustituidos por bloques de cemento y piedra, pavimentando el curso fluvial; ahora no se mojaba los pies cuando el río se desbordaba, pero tampoco le cubrían las hojas del fuerte sol veraniego.
El parque mismo había cambiado mucho también. Inicialmente había sido un pequeño remanso de paz a las afueras de la ciudad, un diminuto laberinto de caminos y zonas arboladas; luego, cuando los gustos cambiaron, las zonas de arbustos se convirtieron en cortas praderas, con arriates de flores que se plantaban en cada estación. La ciudad creció, y pronto el parque quedó rodeado de zonas urbanas, edificios con gente joven en su interior, que demandaban zonas verdes y de esparcimiento para sus hijos. Y el parque cambió de nuevo. Creció con terrenos robados al río y se instaló en él una zona de juegos infantiles, con toboganes y columpios; las madres llevaban a sus hijos, pasando las cálidas tardes de primavera cerca del frescor que llevaba el agua.
Sin embargo, el banco de Ramón no cambió; era el único banco de hierro forjado que quedaba en el parque, abuelo de los actuales de madera y hierro, más grandes y cómodos. Seguía estando en el mismo sitio que cuando se sentó por primera vez. Hacía un par de años le habían puesto una farola cerca, lo que le permitía estar más tiempo por las tardes, observando a los paseantes, viendo como la corriente se iba llevando el agua hacia el mar, pensando en qué ocurriría con todo ese líquido.
Aquella mañana Ramón se había cortado al afeitarse, algo que no le pasaba desde la mili. Mientras caminaba hacia su banco en el parque cavilaba sobre lo que podría significar ese corte. No tenía mal pulso, se conservaba bien para su edad, y el médico le había felicitado por ello. Pensando en ello llegó al parque y alzó la vista, para ver su banco. Se detuvo. Había una persona en él, una anciana de pelo blanco y riguroso luto. Se sintió inquieto. Normalmente evitaba la compañía de otras personas sentándose siempre en el centro del banco, así dejaba claro el mensaje: “No me molesten”. Era muy raro que hubiera alguien ya sentado en el banco cuando él llegaba por la mañana, y en esas ocasiones procuraba echarlos lo antes posible. Le gustaba la soledad. Le gustaba su banco.
Se acercó despacio, intentando hacer todo el ruido posible, pero parecía que la anciana era sorda. Seguía mirando al frente cuando Ramón se sentó en el extremo opuesto al que ella ocupaba. No la saludó. Comenzó a moverse, inquieto, a toser, a carraspear, a hacer sonidos obscenos… No hubo reacción. La anciana seguía mirando la corriente, ajena completamente a su presencia.
Al cabo de un buen rato, Ramón se resignó a la compañía forzosa. No estaba a gusto, pero había intentado todo lo que estuvo en su mano para molestar a la anciana, sin resultado. El sol estaba ahora calentando sus piernas, y pronto se sintió amodorrado.
No había nadie en el parque, ni siquiera oía automóviles corriendo por las calles aledañas. Miró la corriente del río. El agua bajaba turbia, de un color marrón claro producto de los desechos y sedimentos que recibía rio arriba. De vez en cuando una onda o un remolino captaban su atención, pero él sabía que nunca era igual; cada segundo pasaban por su mirada litros y litros de agua, todos distintos, todos diferentes, cada gota un universo dentro de miles de universos diferentes…
Tan distintos y tan iguales…
La voz le sobresaltó. La anciana le estaba mirando con interés, aún sentada en el otro extremo del banco, las manos apoyadas en un bastón de madera y plata. Ramón se removió, indeciso e intranquilo, no iba a entablar conversación con esa desconocida usurpadora, que se atrevía a sentarse en su banco, más le valía que se fuera con viento fresco y le dejara en paz.
Ha llegado el tiempo de las cerezas…
Ramón sintió como un escalofrío le recorría la espalda, y el vello de sus brazos se erizaba. No podía ser. Llevaba muerta más de 50 años… Esa frase, que les recordaba el momento en que se habían dado el primer beso… Se giró hacia la anciana, con miedo, con el corazón palpitando, y vio en su lugar a una joven morena, de delicada piel blanca que contrastaba con el negro intenso de sus ojos, y el rojo húmedo de sus labios; con las manos apoyadas en su regazo, sobre una falda en tela escocesa, le regalaba una media sonrisa mientras le miraba entre avergonzada y deseosa…
Any?
Sus ojos negros se iluminaron al oír su nombre de sus labios, y extendió sus manos hacia él, que las recibió entre las suyas, mientras acercaba su rostro al suyo, aspirando su aroma a limpio, con ese ligero toque a manzana que tanto le gustaba. Se miraron a los ojos, mientras entrelazaban sus manos. ¡¡Tenían tanto que contarse!!
Era el último día de sus vacaciones, y ella regresaría a Madrid al día siguiente; Any no lo sabía, pero iba a pedirle que fuera su novia, que le escribiera desde Madrid. Llevaba en el bolsillo del pantalón un papel con unos pétalos de rosa que había estado secando cuidadosamente la última semana, manteniendo ese aroma que tanto le gustaba a ella. Iba a ser su regalo…
Encontraron a Ramón en su banco de siempre, frente al río, esa noche. Su portera había dado aviso al no verle llegar a la hora acostumbrada. El forense no encontró nada que justificara su muerte, así que fue catalogado como “múltiple fallo orgánico debido a la edad”. En su mano encontraron un papel doblado cuidadosamente; en el papel, envueltos en trozos de periódico de 1942, hallaron cinco pétalos secos de rosa, de un rojo intenso, que perfumaban el aire a su alrededor…
sábado, marzo 26, 2011
De noite sonho contigo...
El polaco se recostó sobre la hierba y dejó que su frescor le empapará la sudada camiseta, mezclándose con su sudor y su cuerpo, haciendo que le bajará la calentura que sentía desde que había dejado a Gema en la puerta de su casa, unos minutos atrás.
Juan José nació rubio y de ojos claros en un pueblo donde todos eran morenos de ojos oscuros; su padre no pudo soportar la duda y les abandonó a su madre y a él a los pocos meses. Su madre, incapaz de aguantar la pena y las habladurías de la gente, se suicidó cuándo él tenía apenas dos años. El polaco nació cuando se fue a vivir con su pariente más cercano, un hermano de su padre que tenía ya 5 hijos morenos y de rostro cetrino. Su piel blanca, sus ojos azules y el color de su pelo le llevaron el mote por parte de sus primos, y las primeras palizas. Crueles como solo los niños saben ser, sus primos mayores le usaron como cabeza de turco en todas las fechorías, y con el tiempo aprendió a defenderse, pasando la mayor parte de su infancia lleno de arañazos y cardenales.
Se escapó por primera vez a los 11 años, aunque la Guardia Civil lo encontró a los pocos días y lo devolvió a la casa de sus tíos. Su tía no quiso saber nada más de él, echándolo de la casa a las pocas horas; nunca volvió a hablar con su tío. Fue a vivir un tiempo con su abuela, y a la muerte de esta, con un pariente lejano en la ciudad. Este le puso a trabajar como aprendiz en el taller de un conocido, aunque pasaba más tiempo en los billares y en la plaza fumando con otros descarriados que entre grasa y motores.
A sus 16 años, el polaco era un joven alto y delgado, fibroso, de rápidos reflejos y navaja pronta, que se había hecho un nombre en el barrio a fuerza de golpes y bravuconería. Era lo que entonces se consideraba como un ‘chico malo’, muchos de los cuales murieron poco después por sobredosis o en accidentes de carretera. Su aspecto de antihéroe de película, que él cuidaba vistiendo cazadora de cuero y pantalones vaqueros en casi todo momento, le granjeaba furtivas miradas de las adolescentes de la vecindad, que procuraban esconder de sus madres y padres, pero que le proporcionaban toda la compañía femenina que requería.
Había visto a Gema a la salida del colegio, un viernes de abril, cuando ya el aire huele a verano y la piel está deseando ser acariciada. A través de amigas de amigas supo de su interés en él, y a las pocas semanas tenían su primera cita dentro de un grupo de chicos y chicas, como otras veces le había sucedido con otras chicas en años anteriores. El polaco se sabía guapo, y esperaba cierta adulación por parte del grupo con el que se codeaba y adoración por parte de sus chicas. Gema demostró ser una joven pudorosa y tímida, que se sonrojaba fácilmente con las bromas que hacían los otros chicos, y que debía regresar muy temprano a casa. Casi la dejó tras esa primera cita, pero un punto de orgullo y muchos malos deseos hicieron que los paseos con el grupo continuaran durante parte del verano.
Al llegar julio y el final de las clases, el polaco había decidido que era momento de recoger sus frutos, y jugó sus cartas para obtener una cita a solas en el parque. Cuando la vio aparecer, con su vestido vaporoso que dejaba los hombros al aire, el pelo recogido en una cola de caballo, sus ojos brillantes a la luz de la tarde veraniega, todos sus instintos se afilaron, dispuesto a devorar la inocencia como otras veces, sin remordimientos ni compasión.
O eso creía él. La muchacha le sorprendió con una pasión animal que rivalizaba con la suya propia, con un abandono inesperado en una joven de su educación. Su boca aceptó la lengua invasora y le dio la bienvenida, ofreciéndose por completo, dejando escapar pequeños suspiros que acrecentaban la lujuria del polaco, mientras sus manos comenzaban a abandonar el perfil de la cabeza de ella bajando hacia zonas más comprometidas… que le fueron permitidas. El desconcierto se apoderó del muchacho, separando sus labios de la boca que se le ofrecía, entreabierta y anhelante, todo el cuerpo de Gema relajado y dispuesto para su disfrute. La mente del polaco estaba funcionando a marchas forzadas, tratando de adaptarse a la nueva e inesperada situación, y entonces lo vio.
Gema abrió los ojos, cerrados desde los inicios del combate, y en ellos el polaco vio una necesidad de cariño que rivalizaba con su propia ansia, una soledad que podía comprender la suya, un desprecio a las reglas y normas sociales que incluso le dio algo de miedo… Ella le miraba con la pregunta en sus labios, mientras sus manos volvían a recobrar algo de vida y le atrapaban, obligándolo a acercar su boca a sus labios, manteniendo su mirada fija en él, como una sirena que usara la luz de sus ojos para atraerle al abismo.
Y el polaco cayó.
Juan José nació rubio y de ojos claros en un pueblo donde todos eran morenos de ojos oscuros; su padre no pudo soportar la duda y les abandonó a su madre y a él a los pocos meses. Su madre, incapaz de aguantar la pena y las habladurías de la gente, se suicidó cuándo él tenía apenas dos años. El polaco nació cuando se fue a vivir con su pariente más cercano, un hermano de su padre que tenía ya 5 hijos morenos y de rostro cetrino. Su piel blanca, sus ojos azules y el color de su pelo le llevaron el mote por parte de sus primos, y las primeras palizas. Crueles como solo los niños saben ser, sus primos mayores le usaron como cabeza de turco en todas las fechorías, y con el tiempo aprendió a defenderse, pasando la mayor parte de su infancia lleno de arañazos y cardenales.
Se escapó por primera vez a los 11 años, aunque la Guardia Civil lo encontró a los pocos días y lo devolvió a la casa de sus tíos. Su tía no quiso saber nada más de él, echándolo de la casa a las pocas horas; nunca volvió a hablar con su tío. Fue a vivir un tiempo con su abuela, y a la muerte de esta, con un pariente lejano en la ciudad. Este le puso a trabajar como aprendiz en el taller de un conocido, aunque pasaba más tiempo en los billares y en la plaza fumando con otros descarriados que entre grasa y motores.
A sus 16 años, el polaco era un joven alto y delgado, fibroso, de rápidos reflejos y navaja pronta, que se había hecho un nombre en el barrio a fuerza de golpes y bravuconería. Era lo que entonces se consideraba como un ‘chico malo’, muchos de los cuales murieron poco después por sobredosis o en accidentes de carretera. Su aspecto de antihéroe de película, que él cuidaba vistiendo cazadora de cuero y pantalones vaqueros en casi todo momento, le granjeaba furtivas miradas de las adolescentes de la vecindad, que procuraban esconder de sus madres y padres, pero que le proporcionaban toda la compañía femenina que requería.
Había visto a Gema a la salida del colegio, un viernes de abril, cuando ya el aire huele a verano y la piel está deseando ser acariciada. A través de amigas de amigas supo de su interés en él, y a las pocas semanas tenían su primera cita dentro de un grupo de chicos y chicas, como otras veces le había sucedido con otras chicas en años anteriores. El polaco se sabía guapo, y esperaba cierta adulación por parte del grupo con el que se codeaba y adoración por parte de sus chicas. Gema demostró ser una joven pudorosa y tímida, que se sonrojaba fácilmente con las bromas que hacían los otros chicos, y que debía regresar muy temprano a casa. Casi la dejó tras esa primera cita, pero un punto de orgullo y muchos malos deseos hicieron que los paseos con el grupo continuaran durante parte del verano.
Al llegar julio y el final de las clases, el polaco había decidido que era momento de recoger sus frutos, y jugó sus cartas para obtener una cita a solas en el parque. Cuando la vio aparecer, con su vestido vaporoso que dejaba los hombros al aire, el pelo recogido en una cola de caballo, sus ojos brillantes a la luz de la tarde veraniega, todos sus instintos se afilaron, dispuesto a devorar la inocencia como otras veces, sin remordimientos ni compasión.
O eso creía él. La muchacha le sorprendió con una pasión animal que rivalizaba con la suya propia, con un abandono inesperado en una joven de su educación. Su boca aceptó la lengua invasora y le dio la bienvenida, ofreciéndose por completo, dejando escapar pequeños suspiros que acrecentaban la lujuria del polaco, mientras sus manos comenzaban a abandonar el perfil de la cabeza de ella bajando hacia zonas más comprometidas… que le fueron permitidas. El desconcierto se apoderó del muchacho, separando sus labios de la boca que se le ofrecía, entreabierta y anhelante, todo el cuerpo de Gema relajado y dispuesto para su disfrute. La mente del polaco estaba funcionando a marchas forzadas, tratando de adaptarse a la nueva e inesperada situación, y entonces lo vio.
Gema abrió los ojos, cerrados desde los inicios del combate, y en ellos el polaco vio una necesidad de cariño que rivalizaba con su propia ansia, una soledad que podía comprender la suya, un desprecio a las reglas y normas sociales que incluso le dio algo de miedo… Ella le miraba con la pregunta en sus labios, mientras sus manos volvían a recobrar algo de vida y le atrapaban, obligándolo a acercar su boca a sus labios, manteniendo su mirada fija en él, como una sirena que usara la luz de sus ojos para atraerle al abismo.
Y el polaco cayó.
domingo, marzo 20, 2011
Major dreams, minor lies
Me siento frente a la máquina de escribir y miro a la hoja en blanco, como esperando ver aparecer escenas y personajes que se escriben por sí solos. Enciendo un cigarrillo mientras distraigo mi mirada por la ventana, observando cómo surge la luna detrás de las casas de la urbanización, grande, redonda y amarilla, y la veo limpiarse las legañas conforme sube por su trayecto diario.
La gente piensa que el oficio de escritor es sencillo: te pones a escribir y te salen los relatos como churros, uno detrás de otro, todos de excelente calidad. Solo aquellos que se han puesto son capaces de imaginar la cantidad de trabajo que requiere: encontrar la idea, pasarla a papel, revisarla, cambiarla, volverla a revisar, almacenarla unas semanas para que coja cuerpo, volverla a revisar, cambiarla de nuevo, pulirla, ponerle un vestido limpio y lanzarla al mundo, a que se prostituya por unas cuantas monedas… Pocas son las que finalmente encuentran un partido, un editor que les pone un piso y las retira; algunas, encuentran muchos admiradores, y son un motivo de orgullo para sus padres, pero la mayoría permanece en el olvido del mundo, mientras sus progenitores, los escritores, se preguntan en qué fallaron…
Esta noche no me encuentro inspirado en absoluto. El humo del cigarrillo no me trae recuerdos de otros lugares, como antaño, y la luna no me sugiere exóticas playas llenas de arena blanca, aguas turquesas y palmeras. La gente que pasea por la calle no me atrae lo suficiente como para inventarles una historia, tal vez esa pareja que se está haciendo arrumacos en el banco del parque, exponiéndose a que venga un guardia y les llame la atención por escándalo púbico.
Esta noche las musas me han puesto los cuernos, no encuentro ese 10% de inspiración que dicen que es el porcentaje del éxito. Y sin embargo, sigo aquí, frente a la hoja en blanco, que me mira burlona, fumando cigarrillo tras cigarrillo, intentando que mi mente se encienda, que surja la idea madre, de la que saldrá una nueva historia, nuevos personajes con los que jugaré hasta que estén crecidos, hasta que sean ellos lo que lleven el rumbo de la historia y yo un mero relator.
Veo las luces del edificio de enfrente apagarse una tras otra, hasta que solo queda una luz en el quinto, tal vez un estudiante preparando unas oposiciones, o quizás un enfermo al que velan unos parientes venidos expresamente para eso. Hace ya un rato que he decidido pasar a mayores y me he servido una copa de coñac, lo tengo para los casos desesperados, cuando mis meninges están tan secas que necesitan un cierto grado de alcohol para encenderse. Pero no parece haber surtido efecto, porque la hoja permanece en blanco.
Escucho a lo lejos la sirena de la policía, que me trae nítida el fresco aire de la noche. Tal vez estén persiguiendo a alguien, o quizás corran en auxilio de alguna persona desesperada. Veo pasar a lo lejos algunos automóviles, llevando a sus casas a gente que está deseando descansar, terminar la jornada; o, por el contrario, a gente que está empezando un nuevo día, de trabajo y sudor.
La luz del sol me hiere los ojos. He pasado otra noche en blanco, sin poder escribir una sola palabra, tal vez equivoqué el oficio, no parece que tenga madera de escritor…
La gente piensa que el oficio de escritor es sencillo: te pones a escribir y te salen los relatos como churros, uno detrás de otro, todos de excelente calidad. Solo aquellos que se han puesto son capaces de imaginar la cantidad de trabajo que requiere: encontrar la idea, pasarla a papel, revisarla, cambiarla, volverla a revisar, almacenarla unas semanas para que coja cuerpo, volverla a revisar, cambiarla de nuevo, pulirla, ponerle un vestido limpio y lanzarla al mundo, a que se prostituya por unas cuantas monedas… Pocas son las que finalmente encuentran un partido, un editor que les pone un piso y las retira; algunas, encuentran muchos admiradores, y son un motivo de orgullo para sus padres, pero la mayoría permanece en el olvido del mundo, mientras sus progenitores, los escritores, se preguntan en qué fallaron…
Esta noche no me encuentro inspirado en absoluto. El humo del cigarrillo no me trae recuerdos de otros lugares, como antaño, y la luna no me sugiere exóticas playas llenas de arena blanca, aguas turquesas y palmeras. La gente que pasea por la calle no me atrae lo suficiente como para inventarles una historia, tal vez esa pareja que se está haciendo arrumacos en el banco del parque, exponiéndose a que venga un guardia y les llame la atención por escándalo púbico.
Esta noche las musas me han puesto los cuernos, no encuentro ese 10% de inspiración que dicen que es el porcentaje del éxito. Y sin embargo, sigo aquí, frente a la hoja en blanco, que me mira burlona, fumando cigarrillo tras cigarrillo, intentando que mi mente se encienda, que surja la idea madre, de la que saldrá una nueva historia, nuevos personajes con los que jugaré hasta que estén crecidos, hasta que sean ellos lo que lleven el rumbo de la historia y yo un mero relator.
Veo las luces del edificio de enfrente apagarse una tras otra, hasta que solo queda una luz en el quinto, tal vez un estudiante preparando unas oposiciones, o quizás un enfermo al que velan unos parientes venidos expresamente para eso. Hace ya un rato que he decidido pasar a mayores y me he servido una copa de coñac, lo tengo para los casos desesperados, cuando mis meninges están tan secas que necesitan un cierto grado de alcohol para encenderse. Pero no parece haber surtido efecto, porque la hoja permanece en blanco.
Escucho a lo lejos la sirena de la policía, que me trae nítida el fresco aire de la noche. Tal vez estén persiguiendo a alguien, o quizás corran en auxilio de alguna persona desesperada. Veo pasar a lo lejos algunos automóviles, llevando a sus casas a gente que está deseando descansar, terminar la jornada; o, por el contrario, a gente que está empezando un nuevo día, de trabajo y sudor.
La luz del sol me hiere los ojos. He pasado otra noche en blanco, sin poder escribir una sola palabra, tal vez equivoqué el oficio, no parece que tenga madera de escritor…
sábado, marzo 19, 2011
Me uno al viento que va hacia ti
“Nunca sabes dónde se puede encontrar tu destino, el amor puede aparecer detrás de cualquier arbusto, la felicidad precedida de un perdón…”
Las palabras penetraron en su mente, y al instante las hizo suyas. Los postes telegráficos seguían pasando monótonamente, marcando el espacio y la velocidad de un tren que tomaba casi todos los días, volviendo a casa desde el trabajo.
Había encontrado el libro en una librería de viejo, en la cuesta Moyano, entre un montón de volúmenes de autoayuda y economía. Le llamó la atención de inmediato, su colorida portada destacando entre las grises y funcionales de los otros libros, con las letras en un hermoso oro, ya descolorido por el sol y el uso: “Amor a distancia”. Al principio había pensado que se trataba de una novela romántica, de esas que tanto parecían proliferar actualmente, y había seguido buscando por las librerías de la cuesta algún libro que llevarse a casa. Era un lector empedernido, pasaba mucho tiempo cada día en autobuses y trenes, casi siempre solo, y aprovechaba esos ratos para leer.
Llegó hasta el final de la cuesta, ya a la vista de la entrada del Parque del Retiro, y como hacía siempre, desanduvo el camino recorrido, ya con las ideas claras sobre lo que quería comprar: una novela histórica, el segundo tomo de una saga que estaba iniciando, un viejo volumen de crónicas de viajes… Cuando llegó al puesto de saldos, el brillo de la portada volvió a llamar su atención. El libro se encontraba ahora encima de la pila de ‘todo a 500’, su dorado título iluminado por los rayos de la mañana de domingo madrileña. Lo cogió, un tanto avergonzado, y comenzó a hojear sus páginas.
No era una novela romántica, como había temido, por lo que pudo leer, párrafos aquí y allí, mientras comprobaba que todo estuviera correcto. Si bien el ejemplar parecía en buen estado, le faltaban las hojas iniciales, aquellas en la que aparece normalmente un prólogo o los datos editoriales, pero las correspondientes a la historia parecían estar completas. No fue hasta que hubo pagado y bajaba hacia la estación de Atocha que se dio cuenta de que el nombre del autor no aparecía tampoco en la portada.
Comenzó a leerlo mientras esperaba el tren en el andén 3, bajo la bóveda de metal de la vieja estación, sentado en un banco de madera que había visto mejores tiempos. La historia le atrapó de inmediato, como si alguien la estuviera susurrando a su oído, una historia que parecía ser la suya propia desde las primeras palabras: “Juan nunca se consideró digno de ser amado, su infancia había sido tan dolorosa que no se permitía albergar sentimientos hacia nadie, para evitar el dolor de la pérdida que él consideraba inevitable…”
Perdió el tren y tuvo que esperar al siguiente, 40 minutos más tarde, y también perdió ese. Las palabras que emanaban de ese libro le llegaban directamente al corazón, inundándolo de una suave melancolía, al mismo tiempo que restauraban recuerdos largo tiempo dormidos. Recordó (o leyó, nunca supo qué pasó en realidad) a aquella muchacha que le gustaba en sexto grado, y los celos hacía su compañero de pupitre cuando descubrió que las miradas de ella no eran para él; volvió a ver a aquella profesora que con sus largas piernas, faldas cortas y provocativos escotes había aparecido para despertar su sexualidad; se encontró de nuevo sentado en la terraza de aquel bar, cuando la que sería su primera mujer le tomó de las manos y le declaró su amor; sintió de nuevo el remordimiento y la culpabilidad, cuando años más tarde le abandonó entre reproches y gritos, por su falta de compromiso; vio pasar por la historia (¿o eran sus recuerdos?) las distintas parejas de noche o fin de semana, con las que conseguía saciar su sexualidad urgente, pero que no le aportaban nada emocionalmente… No pudo, sin embargo, dejar de leer en todo el trayecto, ni durante el breve recorrido desde la estación a su casa, de pie en el atestado autobús urbano, con una mano en el pasamanos y con la otra sosteniendo el libro que ahora devoraba con atención.
Esa noche, madrugada ya, después de varias horas de lectura ininterrumpida, terminó el libro, llegando a la última página con la sensación de haber estado hablando con un viejo amigo durante todo ese tiempo, repasando una vida, la suya, que se había caracterizado por la soledad y el aislamiento.
Lo descubrió la señora de la limpieza, al llegar el lunes para hacer el aseo habitual. Estaba en la cama, con un libro en la mano, parecía dormido, pero la frialdad de su cuerpo indicaba que hacía varias horas que había muerto. El forense no logró encontrar una causa no natural de muerte, y a los pocos días era enterrado en el cementerio local, con la presencia de unos pocos amigos y familiares. No dejó testamento, por lo que sus bienes fueron a parar al pariente más cercano, un sobrino que apenas conoció a su tío, y que lo primero que hizo fue malvender la gran cantidad de libros que se encontró en el piso, deseoso de reformarlo y alquilarlo por una buena cantidad.
“Amor a distancia, autor desconocido, le faltan varias páginas del principio” cantó el ayudante del librero, mientras este tomaba nota para hacer el inventario del lote de libros que acababa de adquirir procedente de una herencia.
“Ese, directo al cajón de saldos”
Las palabras penetraron en su mente, y al instante las hizo suyas. Los postes telegráficos seguían pasando monótonamente, marcando el espacio y la velocidad de un tren que tomaba casi todos los días, volviendo a casa desde el trabajo.
Había encontrado el libro en una librería de viejo, en la cuesta Moyano, entre un montón de volúmenes de autoayuda y economía. Le llamó la atención de inmediato, su colorida portada destacando entre las grises y funcionales de los otros libros, con las letras en un hermoso oro, ya descolorido por el sol y el uso: “Amor a distancia”. Al principio había pensado que se trataba de una novela romántica, de esas que tanto parecían proliferar actualmente, y había seguido buscando por las librerías de la cuesta algún libro que llevarse a casa. Era un lector empedernido, pasaba mucho tiempo cada día en autobuses y trenes, casi siempre solo, y aprovechaba esos ratos para leer.
Llegó hasta el final de la cuesta, ya a la vista de la entrada del Parque del Retiro, y como hacía siempre, desanduvo el camino recorrido, ya con las ideas claras sobre lo que quería comprar: una novela histórica, el segundo tomo de una saga que estaba iniciando, un viejo volumen de crónicas de viajes… Cuando llegó al puesto de saldos, el brillo de la portada volvió a llamar su atención. El libro se encontraba ahora encima de la pila de ‘todo a 500’, su dorado título iluminado por los rayos de la mañana de domingo madrileña. Lo cogió, un tanto avergonzado, y comenzó a hojear sus páginas.
No era una novela romántica, como había temido, por lo que pudo leer, párrafos aquí y allí, mientras comprobaba que todo estuviera correcto. Si bien el ejemplar parecía en buen estado, le faltaban las hojas iniciales, aquellas en la que aparece normalmente un prólogo o los datos editoriales, pero las correspondientes a la historia parecían estar completas. No fue hasta que hubo pagado y bajaba hacia la estación de Atocha que se dio cuenta de que el nombre del autor no aparecía tampoco en la portada.
Comenzó a leerlo mientras esperaba el tren en el andén 3, bajo la bóveda de metal de la vieja estación, sentado en un banco de madera que había visto mejores tiempos. La historia le atrapó de inmediato, como si alguien la estuviera susurrando a su oído, una historia que parecía ser la suya propia desde las primeras palabras: “Juan nunca se consideró digno de ser amado, su infancia había sido tan dolorosa que no se permitía albergar sentimientos hacia nadie, para evitar el dolor de la pérdida que él consideraba inevitable…”
Perdió el tren y tuvo que esperar al siguiente, 40 minutos más tarde, y también perdió ese. Las palabras que emanaban de ese libro le llegaban directamente al corazón, inundándolo de una suave melancolía, al mismo tiempo que restauraban recuerdos largo tiempo dormidos. Recordó (o leyó, nunca supo qué pasó en realidad) a aquella muchacha que le gustaba en sexto grado, y los celos hacía su compañero de pupitre cuando descubrió que las miradas de ella no eran para él; volvió a ver a aquella profesora que con sus largas piernas, faldas cortas y provocativos escotes había aparecido para despertar su sexualidad; se encontró de nuevo sentado en la terraza de aquel bar, cuando la que sería su primera mujer le tomó de las manos y le declaró su amor; sintió de nuevo el remordimiento y la culpabilidad, cuando años más tarde le abandonó entre reproches y gritos, por su falta de compromiso; vio pasar por la historia (¿o eran sus recuerdos?) las distintas parejas de noche o fin de semana, con las que conseguía saciar su sexualidad urgente, pero que no le aportaban nada emocionalmente… No pudo, sin embargo, dejar de leer en todo el trayecto, ni durante el breve recorrido desde la estación a su casa, de pie en el atestado autobús urbano, con una mano en el pasamanos y con la otra sosteniendo el libro que ahora devoraba con atención.
Esa noche, madrugada ya, después de varias horas de lectura ininterrumpida, terminó el libro, llegando a la última página con la sensación de haber estado hablando con un viejo amigo durante todo ese tiempo, repasando una vida, la suya, que se había caracterizado por la soledad y el aislamiento.
Lo descubrió la señora de la limpieza, al llegar el lunes para hacer el aseo habitual. Estaba en la cama, con un libro en la mano, parecía dormido, pero la frialdad de su cuerpo indicaba que hacía varias horas que había muerto. El forense no logró encontrar una causa no natural de muerte, y a los pocos días era enterrado en el cementerio local, con la presencia de unos pocos amigos y familiares. No dejó testamento, por lo que sus bienes fueron a parar al pariente más cercano, un sobrino que apenas conoció a su tío, y que lo primero que hizo fue malvender la gran cantidad de libros que se encontró en el piso, deseoso de reformarlo y alquilarlo por una buena cantidad.
“Amor a distancia, autor desconocido, le faltan varias páginas del principio” cantó el ayudante del librero, mientras este tomaba nota para hacer el inventario del lote de libros que acababa de adquirir procedente de una herencia.
“Ese, directo al cajón de saldos”
sábado, marzo 12, 2011
The happy and the bad memories
Lumia llegó a Algena durante una tormenta primaveral. El autobús que la llevaba se abrió paso a duras penas entre el raudal de aguas que bajaban por la calle, subiendo con dificultad hacia la plaza, mientras los escasos viajeros miraban con ansiedad, unos buscando a los conocidos y familiares, otros hacia el cielo , preguntándose por el estado de sus maletas.
Su abuelo la estaba esperando bajo el soportal de la iglesia. Cuando el autobús entró en la plaza, abrió un inmenso paraguas negro y fue a su encuentro, ayudándola a bajar y recogiendo su maleta. Por alguna razón desconocida, como suceden estas cosas, Lumia recordó su llegada al pueblo unos años atrás, también en este mismo autobús, pero en otras condiciones. La muchacha tímida y recién salida del hospital se había convertido en una hermosa joven, de ojos grandes y cuerpo ya formado; muchas cosas habían pasado en ese tiempo, y Lumia no había podido dejar de recordarlas.
Durante el viaje había estado pensando en su futuro. Las monjas del internado habían sido muy amables, sus notas eran excelentes, y tras algún intento de conseguir su compromiso para asistir a los ejercicios espirituales de ese verano, le habían deseado mucha suerte. Lumia había llorado al partir, al despedirse de sus antiguas compañeras y maestras, aunque no podía decir que dejaba atrás ninguna verdadera amistad; estaba deseando volver, por razones que ni siquiera ella entendía.
Saludó con cariño a su abuelo, que le respondió con una afectuosa sonrisa y un cálido beso; al acercar su mejilla a la del anciano pudo oler su vieja loción de afeitar, junto con el aroma de su tabaco de pipa. Caminaron deprisa por la calle Alta, hacia la vieja casona donde les esperaba la abuela, intentando sortear los arroyos y charcos provocados por la lluvia en las empinadas calles. Lumia iba del brazo de su abuelo, contenta y dichosa por volver a su casa; hablaron del colegio, de las notas, del viaje…
Al llegar a la casa los viejos aromas le volvieron a asaltar, intensificados por la humedad del día: espliego y manzanas, usadas para aromatizar la ropa de cama, el olor a roble viejo, de las vigas y tablas de la casa, pisadas y lavadas centenares de veces, las flores de la entrada, un ramo que la abuela siempre procuraba mantener fresco, lirios en esta ocasión, y el perfume distintivo de la abuela, que los esperaba en la salita, con el fuego encendido y ropa seca para ella. Se abrazaron emocionadas, con las lágrimas a punto de salir de sus ojos, mientras el abuelo permanecía en un discreto segundo plano, aparentando colocar el empapado paraguas en la pila de la cocina, pero con el corazón lleno de afecto por sus mujeres.
Hablaron durante mucho rato, reconfortados por un buen fuego en la chimenea, que el abuelo se encargaba de mantener, y tomando una ligera merienda de té y bollos. Lumia les contó su año escolar; aunque les escribía regularmente, y había visitado Algena varias veces en ese período, ella sabía que les encantaba oír las historias del internado de su boca, y así les fue contando sobre el curso, los exámenes, las travesuras, de la partida de Sor Antonia para casarse (uno de los temas que más dio que hablar en el colegio), de sus nuevas compañeras, de sus planes de futuro…
Cuando ya comenzaba a caer la tarde, y la lluvia se había convertido en un persistente calabobos, llamaron a la puerta. El abuelo bajó a abrir, y se escuchó una voz masculina, grave, saludarlo. El corazón de Lumia dio un vuelco al oír ese sonido. Expectante, con los ojos ansiosos, se volvió hacia la escalera que subía del piso inferior, esperando…
El abuelo apareció con Héctor, con el abrigo y sombrero completamente empapados y un ramito de violetas campestres en la mano; las había protegido de la lluvia con un tosco cucurucho de papel, que ahora retiraba, torpemente. Cuando vio a Lumia su rostro se ilumino: los ojos brillaron de alegría, y su cara se transformó con una sonrisa, al mismo tiempo que decía: Hola Lumia, bienvenida a casa.
La muchacha no pudo soportar más. De un salto se levantó del sillón en el que estaba y en dos pasos cruzó la pequeña salita, echando los brazos al cuello del sorprendido Héctor, que dejó caer las violetas sin saber muy bien qué hacer, mientras los abuelos se miraban con sorpresa.
Su abuelo la estaba esperando bajo el soportal de la iglesia. Cuando el autobús entró en la plaza, abrió un inmenso paraguas negro y fue a su encuentro, ayudándola a bajar y recogiendo su maleta. Por alguna razón desconocida, como suceden estas cosas, Lumia recordó su llegada al pueblo unos años atrás, también en este mismo autobús, pero en otras condiciones. La muchacha tímida y recién salida del hospital se había convertido en una hermosa joven, de ojos grandes y cuerpo ya formado; muchas cosas habían pasado en ese tiempo, y Lumia no había podido dejar de recordarlas.
Durante el viaje había estado pensando en su futuro. Las monjas del internado habían sido muy amables, sus notas eran excelentes, y tras algún intento de conseguir su compromiso para asistir a los ejercicios espirituales de ese verano, le habían deseado mucha suerte. Lumia había llorado al partir, al despedirse de sus antiguas compañeras y maestras, aunque no podía decir que dejaba atrás ninguna verdadera amistad; estaba deseando volver, por razones que ni siquiera ella entendía.
Saludó con cariño a su abuelo, que le respondió con una afectuosa sonrisa y un cálido beso; al acercar su mejilla a la del anciano pudo oler su vieja loción de afeitar, junto con el aroma de su tabaco de pipa. Caminaron deprisa por la calle Alta, hacia la vieja casona donde les esperaba la abuela, intentando sortear los arroyos y charcos provocados por la lluvia en las empinadas calles. Lumia iba del brazo de su abuelo, contenta y dichosa por volver a su casa; hablaron del colegio, de las notas, del viaje…
Al llegar a la casa los viejos aromas le volvieron a asaltar, intensificados por la humedad del día: espliego y manzanas, usadas para aromatizar la ropa de cama, el olor a roble viejo, de las vigas y tablas de la casa, pisadas y lavadas centenares de veces, las flores de la entrada, un ramo que la abuela siempre procuraba mantener fresco, lirios en esta ocasión, y el perfume distintivo de la abuela, que los esperaba en la salita, con el fuego encendido y ropa seca para ella. Se abrazaron emocionadas, con las lágrimas a punto de salir de sus ojos, mientras el abuelo permanecía en un discreto segundo plano, aparentando colocar el empapado paraguas en la pila de la cocina, pero con el corazón lleno de afecto por sus mujeres.
Hablaron durante mucho rato, reconfortados por un buen fuego en la chimenea, que el abuelo se encargaba de mantener, y tomando una ligera merienda de té y bollos. Lumia les contó su año escolar; aunque les escribía regularmente, y había visitado Algena varias veces en ese período, ella sabía que les encantaba oír las historias del internado de su boca, y así les fue contando sobre el curso, los exámenes, las travesuras, de la partida de Sor Antonia para casarse (uno de los temas que más dio que hablar en el colegio), de sus nuevas compañeras, de sus planes de futuro…
Cuando ya comenzaba a caer la tarde, y la lluvia se había convertido en un persistente calabobos, llamaron a la puerta. El abuelo bajó a abrir, y se escuchó una voz masculina, grave, saludarlo. El corazón de Lumia dio un vuelco al oír ese sonido. Expectante, con los ojos ansiosos, se volvió hacia la escalera que subía del piso inferior, esperando…
El abuelo apareció con Héctor, con el abrigo y sombrero completamente empapados y un ramito de violetas campestres en la mano; las había protegido de la lluvia con un tosco cucurucho de papel, que ahora retiraba, torpemente. Cuando vio a Lumia su rostro se ilumino: los ojos brillaron de alegría, y su cara se transformó con una sonrisa, al mismo tiempo que decía: Hola Lumia, bienvenida a casa.
La muchacha no pudo soportar más. De un salto se levantó del sillón en el que estaba y en dos pasos cruzó la pequeña salita, echando los brazos al cuello del sorprendido Héctor, que dejó caer las violetas sin saber muy bien qué hacer, mientras los abuelos se miraban con sorpresa.
jueves, marzo 10, 2011
Excuse my English
Ya sé que es la misma canción de siempre
pero esta vez es solo para ti
es lo único que es diferente.
Ya sé que he cantado como un millón de
palabras y frases prestadas de mucha gente,
esta es igual de buena que la primera vez
sin tantas florituras, te amo.
Durante el día cambio palabras como flores
que entrego durante la tarde,
Porque quién paga, elige
hoy he usado todas las horas
explorado hasta la calle más pequeña
y ese sentimiento aún persistía,
sin tantas florituras, te amo-
Sí, me he perdido algunas veces,
pero tuve que pagar,
en algunas ocasiones me he pasado completamente,
cambiando un millón de frases, intentando hacer que levanten el vuelo
la única línea que se remonta
diciendo al resto Adieu,
sonando igual de bien que la primera vez
sin tantas florituras, te amo
¿Hola, estás todavía conmigo?
He olvidado darte las gracias del capitán y la tripulación
y así, sin el dulce perfume de las rosas,
espero que aún creas que es cierto
desnudo de todo el ruido,
sin tantas florituras, te amo
sin tantas florituras, te amo
pero esta vez es solo para ti
es lo único que es diferente.
Ya sé que he cantado como un millón de
palabras y frases prestadas de mucha gente,
esta es igual de buena que la primera vez
sin tantas florituras, te amo.
Durante el día cambio palabras como flores
que entrego durante la tarde,
Porque quién paga, elige
hoy he usado todas las horas
explorado hasta la calle más pequeña
y ese sentimiento aún persistía,
sin tantas florituras, te amo-
Sí, me he perdido algunas veces,
pero tuve que pagar,
en algunas ocasiones me he pasado completamente,
cambiando un millón de frases, intentando hacer que levanten el vuelo
la única línea que se remonta
diciendo al resto Adieu,
sonando igual de bien que la primera vez
sin tantas florituras, te amo
¿Hola, estás todavía conmigo?
He olvidado darte las gracias del capitán y la tripulación
y así, sin el dulce perfume de las rosas,
espero que aún creas que es cierto
desnudo de todo el ruido,
sin tantas florituras, te amo
sin tantas florituras, te amo
Usando mis dedos para hablar por mí
Lumia había estado pensando en las vacaciones durante las últimas semanas de colegio. Ese era su año final en el internado, y con 17 años muchas de sus amigas ya tenían novio formal y hablaban de sus próximas bodas, o de las cosas que harían con sus novios durante el período estival. Unas pocas, como Lupita Moyano, pensaban ir a la universidad, estudiar unos años hasta conocer a un guapo marido y casarse. Alguna, como su amiga Nines, se debatían entre vivir en el mundo o entrar de novicia en un convento, cosa que no agradaba mucho a sus padres según lo que contaba...
Lumia no había hecho planes de futuro. No tenía un novio que la estuviera esperando a la salida del internado (las comunicaciones con Franco se habían agotado muchos meses atrás), ni lo quería tener; tampoco tenía la inquietud intelectual de estudiar en la universidad, a pesar de ser una chica inteligente y curiosa. Sin embargo, desde hacía días tenía una extraña inquietud, el deseo de volver a la casa de sus abuelos se había ido acrecentando poco a poco, y ahora ansiaba volver a pisar las calles de Algena
Lumia no había hecho planes de futuro. No tenía un novio que la estuviera esperando a la salida del internado (las comunicaciones con Franco se habían agotado muchos meses atrás), ni lo quería tener; tampoco tenía la inquietud intelectual de estudiar en la universidad, a pesar de ser una chica inteligente y curiosa. Sin embargo, desde hacía días tenía una extraña inquietud, el deseo de volver a la casa de sus abuelos se había ido acrecentando poco a poco, y ahora ansiaba volver a pisar las calles de Algena
martes, marzo 08, 2011
C’est pas facile mais prend ton temps
Camino por el borde del canal, camino por el borde del abismo. Cuántas veces he pensado en dar un paso en falso y acabar con todo, cuántas otras me he arrepentido en el último momento. Ahora las dudas del pasado han desaparecido, mi perro me acompaña para guiarme y para traerme de vuelta, la mañana es clara y luminosa, no hay fantasmas que me puedan atacar…
Veo debajo de mí los frutales y viñedos que conforman este valle, el verde vegetal alegra mi alma de secano, el rumor del agua a mis pies calma mi corazón, como seguramente hacía en las viejas alcazabas y palacios árabes. Me siento en una piedra en un lateral del camino, un peñasco que seguramente se arrancó cuando construyeron el canal y ahora sirve de atalaya para los caminantes que llegan hasta aquí. Mi perro, que corría por delante de mí, en busca de conejos y libertad, regresa a mi lado, mirándome con curiosidad. “¿Hora de volver, ya te cansaste?” parece que preguntan sus ojos negros. Cuando me ve sentarme en la cima de la roca, baja al agua para refrescarse y regresa a su eterna búsqueda de conejos entre las zarzas.
Desde mi asiento puedo ver mi casa, allá en lo alto del cerro, con las ventanas brillando por el sol de la tarde. Sale humo de la chimenea, seguramente la señora Rosa la habrá encendido para mi vuelta. No tengo prisa. Tengo todo el tiempo del mundo.
Siento ganas de fumar. Es extraño, nunca he sido fumador, mi último pitillo sería fácilmente 20 o 25 años atrás. Y sin embargo, en determinadas ocasiones me entran unas ganas tremendas de encender un cigarrillo, y ver cómo el humo lo consume en mi mano. En una ocasión llegué a comprar una cajetilla, para esos momentos, y tuve que tirarla después de unos meses. Aún así, la sensación es muy poderosa a veces, por ejemplo ahora me veo sentado en la roca, mirando cómo el sol se pone tras las montañas, fumando un cigarrillo interminable…
Aquí arriba siempre se me aclaran las ideas. No necesito mucho, un lugar tranquilo, una postura cómoda, tiempo… Mi mente se despeja de todo pensamiento consciente, poco a poco el ambiente a mi alrededor va entrando en mi subconsciente, el aire limpio penetra en mis pulmones, el silencio se apodera de mis oídos, la luz limpia mis ojos… Cuando consigo ese estado de nirvana, en apenas unos minutos, mi mente ha volado a otros niveles, los problemas desaparecen, las soluciones se ven claramente, las decisiones parecen fáciles, los caminos abiertos, puertas que antes se cerraban se abren de par en par, el futuro no parece incierto…
Anochece. El aire frío de la sierra llega hasta mí. Llamo a mi perro y emprendo el regreso, con nuevas energías, con mis pensamientos claros y serenos, regreso a una vida de preguntas sin respuestas, de sentimientos rechazados, de tensión y frustraciones. Sé que pronto tendré que subir, a estirar las piernas y hacer que mi perro busque conejos y libertad…
Veo debajo de mí los frutales y viñedos que conforman este valle, el verde vegetal alegra mi alma de secano, el rumor del agua a mis pies calma mi corazón, como seguramente hacía en las viejas alcazabas y palacios árabes. Me siento en una piedra en un lateral del camino, un peñasco que seguramente se arrancó cuando construyeron el canal y ahora sirve de atalaya para los caminantes que llegan hasta aquí. Mi perro, que corría por delante de mí, en busca de conejos y libertad, regresa a mi lado, mirándome con curiosidad. “¿Hora de volver, ya te cansaste?” parece que preguntan sus ojos negros. Cuando me ve sentarme en la cima de la roca, baja al agua para refrescarse y regresa a su eterna búsqueda de conejos entre las zarzas.
Desde mi asiento puedo ver mi casa, allá en lo alto del cerro, con las ventanas brillando por el sol de la tarde. Sale humo de la chimenea, seguramente la señora Rosa la habrá encendido para mi vuelta. No tengo prisa. Tengo todo el tiempo del mundo.
Siento ganas de fumar. Es extraño, nunca he sido fumador, mi último pitillo sería fácilmente 20 o 25 años atrás. Y sin embargo, en determinadas ocasiones me entran unas ganas tremendas de encender un cigarrillo, y ver cómo el humo lo consume en mi mano. En una ocasión llegué a comprar una cajetilla, para esos momentos, y tuve que tirarla después de unos meses. Aún así, la sensación es muy poderosa a veces, por ejemplo ahora me veo sentado en la roca, mirando cómo el sol se pone tras las montañas, fumando un cigarrillo interminable…
Aquí arriba siempre se me aclaran las ideas. No necesito mucho, un lugar tranquilo, una postura cómoda, tiempo… Mi mente se despeja de todo pensamiento consciente, poco a poco el ambiente a mi alrededor va entrando en mi subconsciente, el aire limpio penetra en mis pulmones, el silencio se apodera de mis oídos, la luz limpia mis ojos… Cuando consigo ese estado de nirvana, en apenas unos minutos, mi mente ha volado a otros niveles, los problemas desaparecen, las soluciones se ven claramente, las decisiones parecen fáciles, los caminos abiertos, puertas que antes se cerraban se abren de par en par, el futuro no parece incierto…
Anochece. El aire frío de la sierra llega hasta mí. Llamo a mi perro y emprendo el regreso, con nuevas energías, con mis pensamientos claros y serenos, regreso a una vida de preguntas sin respuestas, de sentimientos rechazados, de tensión y frustraciones. Sé que pronto tendré que subir, a estirar las piernas y hacer que mi perro busque conejos y libertad…
domingo, marzo 06, 2011
Viajero
Palabras que me gustan como suenan, frases que oigo en sueños, personajes que aparecen en la oscuridad de mi vida, historias que me susurran las piedras, vidas que trae el viento en las garras de un halcón…
Primero
Despierto con la luz del sol. Mi habitación está orientada al este, y suelo abrir los ojos un poco antes de su salida. En estos días invernales no me molesta, descanso bien y me acuesto temprano, aunque en verano las noches son más cortas y el descanso es menor, tengo que echar mano de las siestas…
No me levanto inmediatamente, necesito remolonear unos minutos. Es mi manera de transitar desde el sueño a la vigilia. La noche ha sido tranquila, mi cerebro no me ha enviado mensajes en código, que luego tendría que descifrar para saber qué es lo que mi subconsciente intenta decirme; hoy no he tenido sueños conscientes, estoy listo para un nuevo día.
Mientras me abrigo con la ropa de la cama, repaso en mi mente la jornada que me espera. Ya hace algunos años que uso agenda, pero aún planifico mi día según lo que me espera. Hoy no tengo visitas, no he de ir a la ciudad ni vendrá la señora Rosa. Tengo toda la casa para mí. Hoy tenía previsto terminar de revisar las pruebas del último libro, quiero que esté listo para el cumpleaños de J, ya es hora de que le introduzca en la literatura fantástica; posiblemente eso me llevará toda la tarde. Podría salir después del desayuno a pasear, la lluvia de anoche limpio el cielo, lo veo cada vez más claro y azul desde mi ventana, y hay que aprovechar el buen tiempo. Además Thor está inquieto, lleva mucho tiempo sin salir del jardín, le hará bien un paseo largo por el bosque.
Me levantó, aún pensando en la jornada que tengo por delante, y tomo mis medicamentos. Ya son parte de mi rutina diaria, más de 30 años conmigo. El doctor dice que hay una nueva terapia génica que podría eliminar mi necesidad de fármacos, pero estoy viejo para cambios.
Pongo la radio antes de entrar en la ducha. A quien me pregunta le digo que es para informarme a primera hora de la mañana; es mentira, lo hago para ahuyentar el silencio. Thor ladra en cuanto oye caer el agua, me saluda. La ducha me quita las telarañas del sueño. Un minuto para mojarme, cubrirme de jabón y 3 minutos para quitarme jabón y suciedad, sudor y sueño, el último minuto con agua fría, bueno, ahora templada, que no hay que abusar.
No me levanto inmediatamente, necesito remolonear unos minutos. Es mi manera de transitar desde el sueño a la vigilia. La noche ha sido tranquila, mi cerebro no me ha enviado mensajes en código, que luego tendría que descifrar para saber qué es lo que mi subconsciente intenta decirme; hoy no he tenido sueños conscientes, estoy listo para un nuevo día.
Mientras me abrigo con la ropa de la cama, repaso en mi mente la jornada que me espera. Ya hace algunos años que uso agenda, pero aún planifico mi día según lo que me espera. Hoy no tengo visitas, no he de ir a la ciudad ni vendrá la señora Rosa. Tengo toda la casa para mí. Hoy tenía previsto terminar de revisar las pruebas del último libro, quiero que esté listo para el cumpleaños de J, ya es hora de que le introduzca en la literatura fantástica; posiblemente eso me llevará toda la tarde. Podría salir después del desayuno a pasear, la lluvia de anoche limpio el cielo, lo veo cada vez más claro y azul desde mi ventana, y hay que aprovechar el buen tiempo. Además Thor está inquieto, lleva mucho tiempo sin salir del jardín, le hará bien un paseo largo por el bosque.
Me levantó, aún pensando en la jornada que tengo por delante, y tomo mis medicamentos. Ya son parte de mi rutina diaria, más de 30 años conmigo. El doctor dice que hay una nueva terapia génica que podría eliminar mi necesidad de fármacos, pero estoy viejo para cambios.
Pongo la radio antes de entrar en la ducha. A quien me pregunta le digo que es para informarme a primera hora de la mañana; es mentira, lo hago para ahuyentar el silencio. Thor ladra en cuanto oye caer el agua, me saluda. La ducha me quita las telarañas del sueño. Un minuto para mojarme, cubrirme de jabón y 3 minutos para quitarme jabón y suciedad, sudor y sueño, el último minuto con agua fría, bueno, ahora templada, que no hay que abusar.
sábado, marzo 05, 2011
Se necesita gozar del viaje y no pensar sólo en la meta...
Enciendo la chimenea. Aunque el sol de la tarde entra por el amplio ventanal de la sala, las tardes ya refrescan cuando llega el ocaso, y es mejor prevenir. Pongo un tronco grande al fondo, para que dure toda la tarde, y frente a él pongo varios pequeños, dejando a un lado algunos que estaban húmedos; con el calor se irán secando, y así no tendré que volver a salir por leña. Con ramitas, astillas y algunos arbustos secos preparo el fuego inicial, que alimento también con todo el papel que tengo para eliminar: facturas de supermercado, billetes de metro, resguardos de cajero… Cuando enciendo el fuego, y mientras me preocupo de que prenda y se mantenga hasta alcanzar el volumen suficiente para asegurarme de que no se apagará, pienso en la visita, y en qué ocurrirá.
Hace ya muchos años que no he visto a Gemma, desde aquella vez que nos juntamos los viejos compañeros de universidad y ella se presentó con su novio de entonces. Yo había andado algo enamorado de ella al comenzar los estudios, pero realmente nunca pasó nada y conservamos la amistad todos estos años. Nos escribíamos una o dos veces al año, largas cartas en mi caso, en las que le ponía al corriente de mis avatares personales y profesionales. Ella en cambio, no me contaba muchas cosas de su vida, sus contestaciones eran a menudo reflexiones sobre las cosas que yo le decía, pero poca información sobre ella. A través de otros compañeros me enteré de que se había marchado a Alemania, para terminar sus estudios, que allí encontró trabajo en un laboratorio farmacéutico, que se casó y luego se separó, que regresó a España en uno de esos programas de recuperación de cerebros que nuestros gobiernos montan de vez en cuando, y que estaba viviendo en Galicia; nada de esto me llegó en sus cartas.
Por eso me sorprendió cuando, hace un par de años, por mi cumpleaños, me llegó una notificación en mi perfil de Facebook, un simple mensaje de “Felicidades Juan” por parte de una desconocida. No recibo muchos comentarios en ese perfil, las redes sociales no se han hecho para un misántropo como yo, pero son buenas herramientas de marketing y comunicación con mis lectores. Por eso, intrigado por la nota, entré en el perfil del remitente y vi a mujer que no conocía: con más o menos mi edad, pelo castaño largo y sedoso, una cara ligeramente alargada en la que destacaban dos ojos azules y una sonrisa luminosa.
Evidentemente la foto del perfil se había recortado de otra en la que estaba con más personas, pero no conseguí asociarla con ninguna de mis conocidas. Por cortesía, respondí al mensaje, dando las gracias y preguntando por la identidad de la remitente, a lo que me contestó como mi antigua compañera, muy divertida de que no la hubiera reconocido (no se parecía en nada a la joven de pelo corto y rizado, profundos ojos castaños y siempre delgadita que recordaba). A ese mensaje siguieron otros, una solicitud de amistad, y largas conversaciones por teléfono; me contó cómo había marchado a Alemania, llena de proyectos e ilusiones, con una beca de 3 años, cómo había estudiado y luchado en esa sociedad donde el idioma es una barrera para progresar, como consiguió un trabajo interesante y bien pagado en una de las grandes compañías del sector, cómo conoció a Joachim y se enamoró perdidamente de él, para descubrir su error algunos años después. Me habló de su divorcio, de su necesidad de empezar de nuevo, de cómo encontró la oportunidad en una pequeña empresa de biotecnología en las rías gallegas, de su regreso y de cómo estaba recomponiendo su vida.
Hace ya muchos años que no he visto a Gemma, desde aquella vez que nos juntamos los viejos compañeros de universidad y ella se presentó con su novio de entonces. Yo había andado algo enamorado de ella al comenzar los estudios, pero realmente nunca pasó nada y conservamos la amistad todos estos años. Nos escribíamos una o dos veces al año, largas cartas en mi caso, en las que le ponía al corriente de mis avatares personales y profesionales. Ella en cambio, no me contaba muchas cosas de su vida, sus contestaciones eran a menudo reflexiones sobre las cosas que yo le decía, pero poca información sobre ella. A través de otros compañeros me enteré de que se había marchado a Alemania, para terminar sus estudios, que allí encontró trabajo en un laboratorio farmacéutico, que se casó y luego se separó, que regresó a España en uno de esos programas de recuperación de cerebros que nuestros gobiernos montan de vez en cuando, y que estaba viviendo en Galicia; nada de esto me llegó en sus cartas.
Por eso me sorprendió cuando, hace un par de años, por mi cumpleaños, me llegó una notificación en mi perfil de Facebook, un simple mensaje de “Felicidades Juan” por parte de una desconocida. No recibo muchos comentarios en ese perfil, las redes sociales no se han hecho para un misántropo como yo, pero son buenas herramientas de marketing y comunicación con mis lectores. Por eso, intrigado por la nota, entré en el perfil del remitente y vi a mujer que no conocía: con más o menos mi edad, pelo castaño largo y sedoso, una cara ligeramente alargada en la que destacaban dos ojos azules y una sonrisa luminosa.
Evidentemente la foto del perfil se había recortado de otra en la que estaba con más personas, pero no conseguí asociarla con ninguna de mis conocidas. Por cortesía, respondí al mensaje, dando las gracias y preguntando por la identidad de la remitente, a lo que me contestó como mi antigua compañera, muy divertida de que no la hubiera reconocido (no se parecía en nada a la joven de pelo corto y rizado, profundos ojos castaños y siempre delgadita que recordaba). A ese mensaje siguieron otros, una solicitud de amistad, y largas conversaciones por teléfono; me contó cómo había marchado a Alemania, llena de proyectos e ilusiones, con una beca de 3 años, cómo había estudiado y luchado en esa sociedad donde el idioma es una barrera para progresar, como consiguió un trabajo interesante y bien pagado en una de las grandes compañías del sector, cómo conoció a Joachim y se enamoró perdidamente de él, para descubrir su error algunos años después. Me habló de su divorcio, de su necesidad de empezar de nuevo, de cómo encontró la oportunidad en una pequeña empresa de biotecnología en las rías gallegas, de su regreso y de cómo estaba recomponiendo su vida.
jueves, marzo 03, 2011
Et il m'aime encore, et moi je t'aime un peu plus fort
¿Podría avisar a la señora de Medina, por favor? Creo que es la habitación 215
Mientras la recepcionista llamaba por teléfono, Carlos se acercó a la sala comedor y localizó una mesa libre, cerca del ventanal que daba al patio, y le pidió al camarero que la reservase.
Enseguida baja, señor
Carlos se miró en el espejo de recepción. No estaba mal. Las huellas de la larga noche no se notaban demasiado, tal vez un apunte de ojeras que una buena taza de café haría desaparecer sin duda. Era evidente que la ducha le había quitado muchas de las señales físicas, aunque aún quedaban las psíquicas.
La vio reflejarse en el espejo antes de que ella le viera. Estaba magnifica. Con el largo pelo castaño recogido en un moño, una falda pantalón gris y una camisa blanca abotonada hasta arriba podría parecer una secretaria cualquiera, aunque él la veía de otra forma: el pelo suelto, libre, la camisa desabotonada y en la silla de la habitación, como la falda y el resto de su ropa, mientras ella se apoyaba en su pecho, elevando un poco la pierna desnuda…
Llegas pronto…
No podía esperar, dijo él mientras la besaba en la mejilla, sintiendo el perfume de su cuerpo por segunda vez en dos días. He reservado mesa, espero que tengas hambre
¡Podría comerme un caballo!
La conversación comenzó con temas banales. Ella pidió un coctel, un margarita, y se rió de la cara que puso él. ¡Me apetece beber! dijo, como si fuera la cosa más natural, y Carlos no tuvo más remedio que sonreír, y pedir un Tom Collins para acompañarla con el aperitivo.
¿Has dormido bien? dijo ella, sonriente, con la burla en sus ojos, sabiendo perfectamente que no. Carlos tomo un sorbo de su bebida, con una media sonrisa, intentando buscar tiempo para responder, mientras las imágenes se agolpaban en su mente: el primer beso en el ascensor, apenas unos minutos después de haberse encontrado, su frenesí para desnudarse, sin poder despegar sus bocas, sus gemidos de placer cuando…
La llegada de la comida los distrajo un instante. Durante unos minutos la conversación decayó, mientras cada uno hacía los honores a sus respectivos platos. Cuando el hambre más urgente se sació, ella volvió a mirarle, ya con la mirada ligeramente vidriosa. Carlos no era un hombre especialmente atractivo, pero su simpatía, sus ganas de vivir, su mundo y su seguridad la habían hechizado casi desde el primer día. No lo habían planeado, pero esta convención lejos de su ciudad les había brindado la oportunidad de ser ellos mismos, de compartir sus cuerpos…
Con el café, las palabras se hicieron susurros, ella se había sentado a su lado y tenía su mano entre las suyas, acariciando su suavidad (tienes manos de artista, le había dicho la noche anterior), mientras él se hundía en sus ojos. De vez en cuando se miraban, y ella bajaba la mirada, avergonzada y agradecida al mismo tiempo, mientras sentía como el vino y el deseo se mezclaban en su sangre. Carlos la besó primero, un beso tierno, que encontró inmediata respuesta en sus labios, hasta que sus lenguas se abrazaron y comenzaron una danza inmemorial, de corazones y manos, de piel contra piel, de suspiros y susurros, sangre y fuego en combinación, de la que salieron varias horas después, exhaustos y empapados en sudor, en la cama de la habitación de ella.
Mientras la recepcionista llamaba por teléfono, Carlos se acercó a la sala comedor y localizó una mesa libre, cerca del ventanal que daba al patio, y le pidió al camarero que la reservase.
Enseguida baja, señor
Carlos se miró en el espejo de recepción. No estaba mal. Las huellas de la larga noche no se notaban demasiado, tal vez un apunte de ojeras que una buena taza de café haría desaparecer sin duda. Era evidente que la ducha le había quitado muchas de las señales físicas, aunque aún quedaban las psíquicas.
La vio reflejarse en el espejo antes de que ella le viera. Estaba magnifica. Con el largo pelo castaño recogido en un moño, una falda pantalón gris y una camisa blanca abotonada hasta arriba podría parecer una secretaria cualquiera, aunque él la veía de otra forma: el pelo suelto, libre, la camisa desabotonada y en la silla de la habitación, como la falda y el resto de su ropa, mientras ella se apoyaba en su pecho, elevando un poco la pierna desnuda…
Llegas pronto…
No podía esperar, dijo él mientras la besaba en la mejilla, sintiendo el perfume de su cuerpo por segunda vez en dos días. He reservado mesa, espero que tengas hambre
¡Podría comerme un caballo!
La conversación comenzó con temas banales. Ella pidió un coctel, un margarita, y se rió de la cara que puso él. ¡Me apetece beber! dijo, como si fuera la cosa más natural, y Carlos no tuvo más remedio que sonreír, y pedir un Tom Collins para acompañarla con el aperitivo.
¿Has dormido bien? dijo ella, sonriente, con la burla en sus ojos, sabiendo perfectamente que no. Carlos tomo un sorbo de su bebida, con una media sonrisa, intentando buscar tiempo para responder, mientras las imágenes se agolpaban en su mente: el primer beso en el ascensor, apenas unos minutos después de haberse encontrado, su frenesí para desnudarse, sin poder despegar sus bocas, sus gemidos de placer cuando…
La llegada de la comida los distrajo un instante. Durante unos minutos la conversación decayó, mientras cada uno hacía los honores a sus respectivos platos. Cuando el hambre más urgente se sació, ella volvió a mirarle, ya con la mirada ligeramente vidriosa. Carlos no era un hombre especialmente atractivo, pero su simpatía, sus ganas de vivir, su mundo y su seguridad la habían hechizado casi desde el primer día. No lo habían planeado, pero esta convención lejos de su ciudad les había brindado la oportunidad de ser ellos mismos, de compartir sus cuerpos…
Con el café, las palabras se hicieron susurros, ella se había sentado a su lado y tenía su mano entre las suyas, acariciando su suavidad (tienes manos de artista, le había dicho la noche anterior), mientras él se hundía en sus ojos. De vez en cuando se miraban, y ella bajaba la mirada, avergonzada y agradecida al mismo tiempo, mientras sentía como el vino y el deseo se mezclaban en su sangre. Carlos la besó primero, un beso tierno, que encontró inmediata respuesta en sus labios, hasta que sus lenguas se abrazaron y comenzaron una danza inmemorial, de corazones y manos, de piel contra piel, de suspiros y susurros, sangre y fuego en combinación, de la que salieron varias horas después, exhaustos y empapados en sudor, en la cama de la habitación de ella.
martes, marzo 01, 2011
Encuentra el buscar
Recuerdo esos sueños de adolescente, en los que podías volar con solo desearlo, colocarte contra el viento, abrir los brazos y sentir como el vendaval te iba elevando, haciendo que tu perspectiva aumentase, que vieras el valle contiguo, las montañas, el río… En ocasiones me elevaba demasiado y me entraba miedo, cerraba un poco los brazos (o el abrigo, que a veces me ayudaba a hacer de cometa), y descendía algunos metros, hasta que me encontraba seguro de nuevo. También, alguna vez, el viento cesaba, y yo tenía que descender sin ganas, ansioso de un poco más de libertad…
Con la edad, y las lecturas equivocadas, me enteré que volar en sueños tiene un simbolismo sexual. ¡Menuda tontería! ¡Como si las sensaciones pudieran compararse! Vamos a comparar un mal orgasmo con tener el viento de cara y ver a lo lejos, sintiendo cómo te mantiene, con la seguridad de que no te vas a caer, que puedes estar horas y horas planeando, subiendo y bajando por las corrientes de aire, avanzando o retrocediendo… ¡Amos anda!
Tal vez por eso me gustan los lugares ventosos; la sensación de un viento frio contra la cara, estando bien abrigado yo, es de las mejores que conozco, siempre me ha gustado pasear por aquellos lugares donde el viento podría elevarme, o al menos tener esa creencia. Porque no quedaría bien con mi imagen, pero he pensado muchas veces en dejarme el pelo largo, para que en esas ocasiones… pero bueno, quedaría un poco gay, como se dice ahora.
Luego llegaron los años, la adolescencia, las mujeres, el primer beso, el sexo (el de verdad), la jubilación… y poco a poco fui dejando de volar en sueños. Ya, ni pegando saltos soy capaz de elevarme de la tierra. Mis compañeros de residencia se ríen, cuando me ven el primero en los acantilados, en las excursiones a la playa, sintiendo la fuerza del aire que viene del mar; a las monjas no les gusta, y ya me han dejado sin postre varias veces. Pero todavía, en los días en que hace mucho viento, cuando todos están en el interior protegidos de la tormenta, yo me pongo una vieja gabardina y salgo al patio, poniéndome entre la cocina y la administración (es donde más fuerte sopla el viento) ¿Quién sabe? Peso poco, y tal vez en una racha de esas fuertes pueda elevarme de nuevo.
Con la edad, y las lecturas equivocadas, me enteré que volar en sueños tiene un simbolismo sexual. ¡Menuda tontería! ¡Como si las sensaciones pudieran compararse! Vamos a comparar un mal orgasmo con tener el viento de cara y ver a lo lejos, sintiendo cómo te mantiene, con la seguridad de que no te vas a caer, que puedes estar horas y horas planeando, subiendo y bajando por las corrientes de aire, avanzando o retrocediendo… ¡Amos anda!
Tal vez por eso me gustan los lugares ventosos; la sensación de un viento frio contra la cara, estando bien abrigado yo, es de las mejores que conozco, siempre me ha gustado pasear por aquellos lugares donde el viento podría elevarme, o al menos tener esa creencia. Porque no quedaría bien con mi imagen, pero he pensado muchas veces en dejarme el pelo largo, para que en esas ocasiones… pero bueno, quedaría un poco gay, como se dice ahora.
Luego llegaron los años, la adolescencia, las mujeres, el primer beso, el sexo (el de verdad), la jubilación… y poco a poco fui dejando de volar en sueños. Ya, ni pegando saltos soy capaz de elevarme de la tierra. Mis compañeros de residencia se ríen, cuando me ven el primero en los acantilados, en las excursiones a la playa, sintiendo la fuerza del aire que viene del mar; a las monjas no les gusta, y ya me han dejado sin postre varias veces. Pero todavía, en los días en que hace mucho viento, cuando todos están en el interior protegidos de la tormenta, yo me pongo una vieja gabardina y salgo al patio, poniéndome entre la cocina y la administración (es donde más fuerte sopla el viento) ¿Quién sabe? Peso poco, y tal vez en una racha de esas fuertes pueda elevarme de nuevo.
domingo, febrero 27, 2011
Et du cœur à tes lèvres, je deviens un casse-tête
Héctor se calentaba las piernas al sol de marzo, sentado en una butaca frente a la ventana de la biblioteca, recibiendo los rayos de la tarde. El día era cálido, casi primaveral, pero en el interior de la casa aún hacía frío, y la luz y el calor se agradecían. Hacía rato que estaba sentado, se había servido un vaso de vino y lo bebía de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo su mirada vagaba por la calle, mirando sin ver, su mente perdida en los recuerdos e imágenes del pasado.
Habían pasado varias semanas desde aquel encuentro con Lumia, y no había podido dejar de pensar en la muchacha. En ese período había intentado seguir con su rutina habitual de paseos y lecturas, pero su mente siempre regresaba al camino del cementerio, a aquel beso fugaz e inesperado, al leve contacto de sus jóvenes labios, al sabor a manzanas rojas que había creído detectar en ellos, al perfume de jazmín que envolvió su nariz…
No se hacía ilusiones. Sabía que la diferencia de edad era considerable, e insalvable para la sociedad de la época. Pero tampoco podía quitarse de la cabeza la imagen de su pelo ondulando al correr hacia sus amigas, o el brillo en sus ojos mientras hablaban. Una noche, se descubrió soñando con su cuerpo juvenil, y despertó con el corazón acelerado, empapado en sudor, y se sintió culpable, pero extrañamente en paz.
No podía hablar de ello con nadie. Sus pocos conocidos en Algena no eran más que amistades sociales, con ninguno tenía la suficiente confianza como para poder hablar de sus sentimientos, y sus amigos íntimos estaban lejos, o desaparecidos. Pensó en hablar con el abuelo de Lumia, pero inmediatamente descartó la idea, pensando, con razón, que el anciano se escandalizaría de su propuesta: un hombre mayor, ya en el otoño de su vida, pretendiendo a una niña aún menor de edad por unos meses.
Intentaba racionalizar sus sentimientos, haciendo uso de las técnicas y métodos que le habían enseñado en sus años de universidad. Lo conseguía, en ocasiones. Su cabeza explicaba y minimizaba sus afectos como el resultado de la falta de cariño que había sufrido en los últimos años, como el afán de ser correspondido y poder entregar toda la ternura de la que se sabía capaz. Era evidente que el beso de Lumia, inocente y simple muestra de delicadeza, había despertado en él unos sentimientos que ya creía dormidos, pero que no eran sino el reflejo de un cariño paternal que él había malinterpretado.
Sin embargo, cuando, después de todo este raciocinio, se sentía más tranquilo, su corazón tomaba la palabra y desbarataba toda su estructura lógica. “Me haces correr cuando piensas en ella” decía, y con eso, Héctor quedaba de nuevo sumido en un mar de dudas, de culpabilidades, de remordimientos, con el que convivía mientras hacía planes para el verano, cuando ella volviera, cuando volvieran a verse.
Habían pasado varias semanas desde aquel encuentro con Lumia, y no había podido dejar de pensar en la muchacha. En ese período había intentado seguir con su rutina habitual de paseos y lecturas, pero su mente siempre regresaba al camino del cementerio, a aquel beso fugaz e inesperado, al leve contacto de sus jóvenes labios, al sabor a manzanas rojas que había creído detectar en ellos, al perfume de jazmín que envolvió su nariz…
No se hacía ilusiones. Sabía que la diferencia de edad era considerable, e insalvable para la sociedad de la época. Pero tampoco podía quitarse de la cabeza la imagen de su pelo ondulando al correr hacia sus amigas, o el brillo en sus ojos mientras hablaban. Una noche, se descubrió soñando con su cuerpo juvenil, y despertó con el corazón acelerado, empapado en sudor, y se sintió culpable, pero extrañamente en paz.
No podía hablar de ello con nadie. Sus pocos conocidos en Algena no eran más que amistades sociales, con ninguno tenía la suficiente confianza como para poder hablar de sus sentimientos, y sus amigos íntimos estaban lejos, o desaparecidos. Pensó en hablar con el abuelo de Lumia, pero inmediatamente descartó la idea, pensando, con razón, que el anciano se escandalizaría de su propuesta: un hombre mayor, ya en el otoño de su vida, pretendiendo a una niña aún menor de edad por unos meses.
Intentaba racionalizar sus sentimientos, haciendo uso de las técnicas y métodos que le habían enseñado en sus años de universidad. Lo conseguía, en ocasiones. Su cabeza explicaba y minimizaba sus afectos como el resultado de la falta de cariño que había sufrido en los últimos años, como el afán de ser correspondido y poder entregar toda la ternura de la que se sabía capaz. Era evidente que el beso de Lumia, inocente y simple muestra de delicadeza, había despertado en él unos sentimientos que ya creía dormidos, pero que no eran sino el reflejo de un cariño paternal que él había malinterpretado.
Sin embargo, cuando, después de todo este raciocinio, se sentía más tranquilo, su corazón tomaba la palabra y desbarataba toda su estructura lógica. “Me haces correr cuando piensas en ella” decía, y con eso, Héctor quedaba de nuevo sumido en un mar de dudas, de culpabilidades, de remordimientos, con el que convivía mientras hacía planes para el verano, cuando ella volviera, cuando volvieran a verse.
sábado, febrero 26, 2011
Nocturna
El motor del refrigerador, que zumba y ruge, provocando cambios en la luz del salón; los ladridos de los perros, algunos cercanos, otros lejanos, en respuesta a la presencia de rivales o extraños en la parcela; ella tecleando en el notebook, ensimismada en su correspondencia, intentando ser útil a aquél que ama; el viento, que silba en la noche, creando melodías al cruzar las ramas de los álamos, haciendo que las ventanas tiemblen de emoción; la tos de mi hijo, que me hace preocuparme, ponerme alerta, atento a cualquier sonido que indique que sueña, que sufre, mi corazón; el susurro de la televisión en la habitación contigua, telenovelas y noticias de un país que no es el mío, voces que no puedo entender; el plop que hacen las gotas que caen en el lavadero, rítmico y constante; el crujir de las tablas de la casa, enfriándose tras un día caluroso, volviendo a su tamaño normal; los autos en la carretera, puntos de luz en la oscuridad, que traen sonidos roncos que se van transformando conforme se alejan, bocinas repentinas; el sonido de las ruedas sobre el asfalto, nítido y claro a través de la noche serena; el murmullo del agua cayendo sobre la tierra, empapándola de vida traída desde las alturas de la cordillera; el rumor del canal, allá abajo, llevando un agua gris y sucia hacia su destino; el runrún de mi corazón, sereno y tranquilo, mientras escribo en mi libreta, esperando que puedas leer mis pensamientos.
miércoles, febrero 23, 2011
Que cierren mis heridas...
Encontró sitio en la barra, cerca del piano ahora vacío. Se sentó en un viejo taburete, de donde le colgaban los pies húmedos por la lluvia incesante de los últimos días; ya no sentía la saturación, sus ropas estaban empapadas en sudor y agua con los restos de la ciudad. Había tenido la intención de pasar por casa para cambiarse, pero había sucedido aquello, y se había tenido que refugiar de nuevo en el Inverness, un viejo pub a dos manzanas de su puesto de trabajo.
Pidió una copa de absenta. En algún lugar había leído que era un veneno, y le pareció lo más apropiado. Tuvo suerte. El barman era un viejo corso que llevaba años en el país y conocía el rito de la bebida, incluso le pareció ver un brillo de complejidad en sus ojillos redondos. Regresó un momento después con un vaso de extraña forma, como si hubieran puesto un vaso de agua sobre una pequeña bola de cristal, y una cuchara alargada y con orificios en la base. De una botella de cristal sirvió un líquido de color verde, hasta llenar la pequeña cavidad circular del vaso; entonces, mientras observaba el color verde esmeralda del licor, el barman colocó un terrón de azúcar en la cuchara, sostenida en la parte superior del vaso, y comenzó a verter agua fría en el mismo, de forma lenta, consiguiendo que el terrón se disolviese y la bebida tomase un color lechoso.
El louche se toma de un trago, dijo el viejo barman, adivinando su torpeza.
Con un poco de vergüenza por su ignorancia, tomó el vaso y lo bebió de golpe. El shock de alcohol casi ahoga el sabor dulce y anisado de la bebida, que se transformó en amargor una vez hubo traspasado su garganta. Herido en su orgullo, pidió una segunda copa, que el camarero preparó de la misma forma, mientras arqueaba las cejas en gesto divertido. La segunda copa aumentó el calor que sentía, y con el vaso vacío en la mano se apoyó en la barra, mientras sentía como el alcohol hacia efecto en sus miembros y en su memoria.
Recordó la discusión con Molly, los gritos, los reproches, las palabras hirientes. Su corazón volvió a encogerse cuando ella le confesó su relación con otro hombre, y volvió a romperse cuando imaginó de nuevo el lacerante significado de sus gestos y expresiones. Una lágrima se acumulaba en su ojo derecho, mientras rememoraba los primeros días, meses, de felicidad; la veía de nuevo, desnuda, sonriente, vestida solamente con una camisa suya, tumbada en la cama que minutos antes les había visto darse placer el uno al otro. Sintió de nuevo el tacto de su piel, la fragancia que emanaba de sus poros, su eterna sonrisa cuando entrelazaban las manos, cuerpos desnudos en el amanecer del verano. Poco a poco su corazón se serenó, sus ojos se enturbiaron, la mano dejó caer la copa… en sus recuerdos, Molly le besaba apasionadamente, sus labios se abrieron para corresponder a la caricia, mientras sus manos recorrían su cuerpo adorado, pulsando y haciéndolo vibrar como sólo él sabía. Su felicidad era total con ella, con su cuerpo acostado a su lado, su cabeza metida en el hueco de su hombro, sus manos entrelazadas, susurrando secretos que solo ellos conocían, mirando en la profundidad de sus ojos y sintiéndose libre…
Las luces de los coches patrulla iluminaban la callejuela en la que se abría la puerta del Inverness, la cinta policial indicaba que los borrachines del barrio debían buscar una nueva posada para esa noche, no habría calor para ellos en el Inverness. El subinspector Galló llegó poco después, calado hasta los huesos a pesar de haber aparcado su coche a apenas unos metros.
¿Qué tenemos, Peláez? preguntó al número de la Policía Local que le esperaba a la puerta del garito.
Un fiambre, varón, treinta y pocos años, sin documentación ni conocidos entre los clientes. El camarero dice que pensó que estaba durmiendo la mona, y no se acercó a él hasta bien entrada la noche, cuando necesitaba la mesa en la que estaba recostado. Ahí notó que se había ido sin pagar…
La broma no le gusto a Gallo. Hombre supersticioso, consideraba que la muerte era una puerta a otra dimensión mejor; el que nadie hubiese regresado era su mejor baza en las discusiones de filosofía de bar.
¿Algo particular? ¿Alguna cosa que nos ayude?
Tenía una copa rara en la mesa, el barman dice que solo se usan con clientes especiales, para servir un licor franchute de esos caros.
Habían llegado a la parte final de la barra, los chicos del forense estaban tomando todas las fotos necesarias. Gallo observó al muerto, y no pudo retener el comentario, envidioso: Parece que se fue feliz...
Una expresión relajada, pacífica, aparecía en la cara del hombre, dándole un aire de reposo que explicaba la tardanza del barman en advertir su muerte. Parecía que recordaba algo muy hermoso…
Pidió una copa de absenta. En algún lugar había leído que era un veneno, y le pareció lo más apropiado. Tuvo suerte. El barman era un viejo corso que llevaba años en el país y conocía el rito de la bebida, incluso le pareció ver un brillo de complejidad en sus ojillos redondos. Regresó un momento después con un vaso de extraña forma, como si hubieran puesto un vaso de agua sobre una pequeña bola de cristal, y una cuchara alargada y con orificios en la base. De una botella de cristal sirvió un líquido de color verde, hasta llenar la pequeña cavidad circular del vaso; entonces, mientras observaba el color verde esmeralda del licor, el barman colocó un terrón de azúcar en la cuchara, sostenida en la parte superior del vaso, y comenzó a verter agua fría en el mismo, de forma lenta, consiguiendo que el terrón se disolviese y la bebida tomase un color lechoso.
El louche se toma de un trago, dijo el viejo barman, adivinando su torpeza.
Con un poco de vergüenza por su ignorancia, tomó el vaso y lo bebió de golpe. El shock de alcohol casi ahoga el sabor dulce y anisado de la bebida, que se transformó en amargor una vez hubo traspasado su garganta. Herido en su orgullo, pidió una segunda copa, que el camarero preparó de la misma forma, mientras arqueaba las cejas en gesto divertido. La segunda copa aumentó el calor que sentía, y con el vaso vacío en la mano se apoyó en la barra, mientras sentía como el alcohol hacia efecto en sus miembros y en su memoria.
Recordó la discusión con Molly, los gritos, los reproches, las palabras hirientes. Su corazón volvió a encogerse cuando ella le confesó su relación con otro hombre, y volvió a romperse cuando imaginó de nuevo el lacerante significado de sus gestos y expresiones. Una lágrima se acumulaba en su ojo derecho, mientras rememoraba los primeros días, meses, de felicidad; la veía de nuevo, desnuda, sonriente, vestida solamente con una camisa suya, tumbada en la cama que minutos antes les había visto darse placer el uno al otro. Sintió de nuevo el tacto de su piel, la fragancia que emanaba de sus poros, su eterna sonrisa cuando entrelazaban las manos, cuerpos desnudos en el amanecer del verano. Poco a poco su corazón se serenó, sus ojos se enturbiaron, la mano dejó caer la copa… en sus recuerdos, Molly le besaba apasionadamente, sus labios se abrieron para corresponder a la caricia, mientras sus manos recorrían su cuerpo adorado, pulsando y haciéndolo vibrar como sólo él sabía. Su felicidad era total con ella, con su cuerpo acostado a su lado, su cabeza metida en el hueco de su hombro, sus manos entrelazadas, susurrando secretos que solo ellos conocían, mirando en la profundidad de sus ojos y sintiéndose libre…
Las luces de los coches patrulla iluminaban la callejuela en la que se abría la puerta del Inverness, la cinta policial indicaba que los borrachines del barrio debían buscar una nueva posada para esa noche, no habría calor para ellos en el Inverness. El subinspector Galló llegó poco después, calado hasta los huesos a pesar de haber aparcado su coche a apenas unos metros.
¿Qué tenemos, Peláez? preguntó al número de la Policía Local que le esperaba a la puerta del garito.
Un fiambre, varón, treinta y pocos años, sin documentación ni conocidos entre los clientes. El camarero dice que pensó que estaba durmiendo la mona, y no se acercó a él hasta bien entrada la noche, cuando necesitaba la mesa en la que estaba recostado. Ahí notó que se había ido sin pagar…
La broma no le gusto a Gallo. Hombre supersticioso, consideraba que la muerte era una puerta a otra dimensión mejor; el que nadie hubiese regresado era su mejor baza en las discusiones de filosofía de bar.
¿Algo particular? ¿Alguna cosa que nos ayude?
Tenía una copa rara en la mesa, el barman dice que solo se usan con clientes especiales, para servir un licor franchute de esos caros.
Habían llegado a la parte final de la barra, los chicos del forense estaban tomando todas las fotos necesarias. Gallo observó al muerto, y no pudo retener el comentario, envidioso: Parece que se fue feliz...
Una expresión relajada, pacífica, aparecía en la cara del hombre, dándole un aire de reposo que explicaba la tardanza del barman en advertir su muerte. Parecía que recordaba algo muy hermoso…
lunes, enero 31, 2011
Carta de amor
Querida amiga,
No han pasado ni unas horas desde tu partida, y ya te extraño. Me siento en nuestro rincón en la cafetería de la facultad, y veo todo como vacio, faltas tú para completar mi mundo. Ayer tarde, después de dejarte en la estación de autobuses, me fui a pasear por el parque al lado de tu casa; cada piedra y cada árbol me recordaban a ti, y de esa manera, con tu presencia fantasma, pude acallar mi corazón y mis lágrimas.
Te echaré mucho de menos. Sé que volverás pronto, que en unos días estarás de vuelta a clase, a tu asiento a mi lado, a nuestras conversaciones sin sentido con los pies colgando del muro, a nuestra rutina de amor, pero no puedo evitar sentir un agujero en mi corazón, doloroso y presente.
La pandilla te manda recuerdos. Viktor dice que te acuerdes de las anchoas, que no te perdonará que te olvides como la otra vez. Clara te manda muchos besos, igual que el resto. Todos te echan de menos y están ansiosos porque regreses con nosotros.
Vuelve pronto. No quiero que llegue la primavera y me encuentre sin ti, los cerezos tendrán que esperar a tu regreso para florecer, no sería lo mismo pasear por el jardín sin tomarte de la mano. No quiero ver atardecer en el cerro sin abrazarte ni sentir el olor de tu pelo. La vida ya es muy dura en este exilio para encima soportarla sin ti.
Piensa en mí.
Te quiere,
Tu corazón
No han pasado ni unas horas desde tu partida, y ya te extraño. Me siento en nuestro rincón en la cafetería de la facultad, y veo todo como vacio, faltas tú para completar mi mundo. Ayer tarde, después de dejarte en la estación de autobuses, me fui a pasear por el parque al lado de tu casa; cada piedra y cada árbol me recordaban a ti, y de esa manera, con tu presencia fantasma, pude acallar mi corazón y mis lágrimas.
Te echaré mucho de menos. Sé que volverás pronto, que en unos días estarás de vuelta a clase, a tu asiento a mi lado, a nuestras conversaciones sin sentido con los pies colgando del muro, a nuestra rutina de amor, pero no puedo evitar sentir un agujero en mi corazón, doloroso y presente.
La pandilla te manda recuerdos. Viktor dice que te acuerdes de las anchoas, que no te perdonará que te olvides como la otra vez. Clara te manda muchos besos, igual que el resto. Todos te echan de menos y están ansiosos porque regreses con nosotros.
Vuelve pronto. No quiero que llegue la primavera y me encuentre sin ti, los cerezos tendrán que esperar a tu regreso para florecer, no sería lo mismo pasear por el jardín sin tomarte de la mano. No quiero ver atardecer en el cerro sin abrazarte ni sentir el olor de tu pelo. La vida ya es muy dura en este exilio para encima soportarla sin ti.
Piensa en mí.
Te quiere,
Tu corazón
Siete vidas
Vístete
Pero… la muchacha, tapada su desnudez con una sábana, inicio un movimiento lánguido hacia él, melosa.
¡Que te vistas y te largues!
El ladrido la cogió por sorpresa, pero se repuso rápidamente. Agarrando la sábana con fiereza, se levantó de un salto, recogió su ropa y entró en el cuarto de baño, dando un portazo al cerrar la puerta
Augusto se había sentado en la cama, desnudo, y emepezó a liar un cigarrillo. Al segundo intento fallido estrujo con furia papel y tabaco, lanzándolo contra un enemigo imaginario. En ese momento salió la muchacha del baño, ya vestida, con los ojos enrojecidos de llanto, y cruzó la habitación hacia la puerta. Al pasar a su lado le lanzó una palabra, sin detenerse a mirar las consecuencias: “maricón”
Augusto seguìa con la cabeza entre las manos cuando escuchó el portazo de salida. Seguramente llamarían los del hotel, preguntando si todo iba bien, y el respondería que sí, que todo iba bien, se le daba bien mentir. Había mentido aquella noche, para conocer a esa chica, la había mentido con el fin de impresionarla, la había mentido durante la conversación, durante el paseo desde el bar en que se conocieron, la mintió en el ascensor, mientras sus bocas y sus manos recorrían sus cuerpos ansiosos…
Le despertó el sonido del teléfono retumbando en su cabeza. Las siete y cuarto, señor. Dio las gracias automáticamente, con las sienes palpitando se tumbo de nuevo. Tentado estuvo de volver a cerrar los ojos y seguir en la seguridad de la cama, pero el sueño que había tenido seguía dentro de su mente. Se levantó, y abrió la ducha para que corriera el agua caliente. Mientras aparecía, se miró al espejo, intentando adivinar qué enfermedad era la que le atormentaba. Del cajón izquierdo sacó un tubo de pastillas y se tomo dos, entrando en la ducha, tibia y acogedora.
Llevaba tres días en ese hotel. Siempre que venía a la ciudad se hospedaba en ese hotel, no era excesivamente barato ni estaba muy bien situado, pero tenía un excelente servicio de desayuno, la única comida que Augusto se tomaba en serio. Cuando llegó al salón comedor no había nadie aún, lo que le alegró; no le gustaban las multitudes, prefería la soledad. Cogió un plato y comenzó su rutina de desayuno. Primero, una ración de huevos revueltos con salchichas y bacón, junto con un gran vaso de zumo, de pomelo en esta ocasión; unos panecillos integrales acompañaban a los huevos, y cogió una porción de mantequilla para el pan. Después, se dirigió a la mesa de dulces, y tomó varios bollos y panecillos, procurando evitar los de chocolate (le provocaban granos); finalmente, un tercer plato acogió una generosa ración de fruta fresca y jugosa, sandia, melón, pera, kiwi…, terminando todo con una gran taza de café negro.
Se sentó en la mesa que había escogido, en un rincón, y comenzó la lectura del periódico del día, una cortesía del hotel que agradecía siempre, mientras masticaba tranquilamente. Al poco rato comenzaron a llegar otros huéspedes, y cuando Augusto terminó, el salón ya estaba casi lleno de parejas jóvenes, con hijos o sin ellos, ancianos en viaje de placer o viandantes de comercio.
Salió a la calle. Ese día no tenía ninguna cita, y había decidido dedicarlo a descansar de la larga semana precedente. Encendió un cigarrillo y comenzó a bajar la avenida, en dirección al centro, mientras veía como las tiendas a ambos lados de la calle comenzaban su jornada. Hacía años que la avenida era peatonal, pero a esas horas tempranas alguna furgoneta aún estaba haciendo el reparto final.
Miraba sin ver, ensimismado en sus pensamientos, dejando que el humo del cigarrillo se llevara su dolor de cabeza, cuando una sonrisa le hizo bajar a la tierra de golpe. Una muchacha, una adolescente con su uniforme colegial, estaba esperando en el semáforo frente a él. Su falda, demasiado corta para ser legal, el color de su pelo, la suavidad adivinada de sus muslos, esa forma de llevar los libros protegiendo un pecho a todas luces ya suficiente, le llamaron la atención, y le hicieron recordar lo ocurrido la noche anterior.
Se sentó en un banco, mientras veía como la muchacha cruzaba la calle y se reunía con otras amigas, que le esperaban frente a la puerta del colegio, no mucho más allá. Desde su posición podía ver los revuelos de faldas, escuchar las risas, ponderar formas y posibilidades, mientras terminaba su segundo cigarrillo.
Bonitas, eh
Las palabras le sacaron de sus pensamientos. Las había pronunciado un barrendero, mientras sostenía su cuerpo sobre el palo de su cepillo, y miraba en dirección a la entrada del colegio.
Yo también paro un rato a esta hora, para verlas entrar, siempre que el tiempo lo permite
Si, son bonitas. ¿Qué colegio es ese?
El Corazón de María, uno de los mejores de la ciudad
Augusto se quedó pensativo, mientras veía a las últimas niñas entrar por la puerta, corriendo para llegar a tiempo al recuento.
Pero… la muchacha, tapada su desnudez con una sábana, inicio un movimiento lánguido hacia él, melosa.
¡Que te vistas y te largues!
El ladrido la cogió por sorpresa, pero se repuso rápidamente. Agarrando la sábana con fiereza, se levantó de un salto, recogió su ropa y entró en el cuarto de baño, dando un portazo al cerrar la puerta
Augusto se había sentado en la cama, desnudo, y emepezó a liar un cigarrillo. Al segundo intento fallido estrujo con furia papel y tabaco, lanzándolo contra un enemigo imaginario. En ese momento salió la muchacha del baño, ya vestida, con los ojos enrojecidos de llanto, y cruzó la habitación hacia la puerta. Al pasar a su lado le lanzó una palabra, sin detenerse a mirar las consecuencias: “maricón”
Augusto seguìa con la cabeza entre las manos cuando escuchó el portazo de salida. Seguramente llamarían los del hotel, preguntando si todo iba bien, y el respondería que sí, que todo iba bien, se le daba bien mentir. Había mentido aquella noche, para conocer a esa chica, la había mentido con el fin de impresionarla, la había mentido durante la conversación, durante el paseo desde el bar en que se conocieron, la mintió en el ascensor, mientras sus bocas y sus manos recorrían sus cuerpos ansiosos…
Le despertó el sonido del teléfono retumbando en su cabeza. Las siete y cuarto, señor. Dio las gracias automáticamente, con las sienes palpitando se tumbo de nuevo. Tentado estuvo de volver a cerrar los ojos y seguir en la seguridad de la cama, pero el sueño que había tenido seguía dentro de su mente. Se levantó, y abrió la ducha para que corriera el agua caliente. Mientras aparecía, se miró al espejo, intentando adivinar qué enfermedad era la que le atormentaba. Del cajón izquierdo sacó un tubo de pastillas y se tomo dos, entrando en la ducha, tibia y acogedora.
Llevaba tres días en ese hotel. Siempre que venía a la ciudad se hospedaba en ese hotel, no era excesivamente barato ni estaba muy bien situado, pero tenía un excelente servicio de desayuno, la única comida que Augusto se tomaba en serio. Cuando llegó al salón comedor no había nadie aún, lo que le alegró; no le gustaban las multitudes, prefería la soledad. Cogió un plato y comenzó su rutina de desayuno. Primero, una ración de huevos revueltos con salchichas y bacón, junto con un gran vaso de zumo, de pomelo en esta ocasión; unos panecillos integrales acompañaban a los huevos, y cogió una porción de mantequilla para el pan. Después, se dirigió a la mesa de dulces, y tomó varios bollos y panecillos, procurando evitar los de chocolate (le provocaban granos); finalmente, un tercer plato acogió una generosa ración de fruta fresca y jugosa, sandia, melón, pera, kiwi…, terminando todo con una gran taza de café negro.
Se sentó en la mesa que había escogido, en un rincón, y comenzó la lectura del periódico del día, una cortesía del hotel que agradecía siempre, mientras masticaba tranquilamente. Al poco rato comenzaron a llegar otros huéspedes, y cuando Augusto terminó, el salón ya estaba casi lleno de parejas jóvenes, con hijos o sin ellos, ancianos en viaje de placer o viandantes de comercio.
Salió a la calle. Ese día no tenía ninguna cita, y había decidido dedicarlo a descansar de la larga semana precedente. Encendió un cigarrillo y comenzó a bajar la avenida, en dirección al centro, mientras veía como las tiendas a ambos lados de la calle comenzaban su jornada. Hacía años que la avenida era peatonal, pero a esas horas tempranas alguna furgoneta aún estaba haciendo el reparto final.
Miraba sin ver, ensimismado en sus pensamientos, dejando que el humo del cigarrillo se llevara su dolor de cabeza, cuando una sonrisa le hizo bajar a la tierra de golpe. Una muchacha, una adolescente con su uniforme colegial, estaba esperando en el semáforo frente a él. Su falda, demasiado corta para ser legal, el color de su pelo, la suavidad adivinada de sus muslos, esa forma de llevar los libros protegiendo un pecho a todas luces ya suficiente, le llamaron la atención, y le hicieron recordar lo ocurrido la noche anterior.
Se sentó en un banco, mientras veía como la muchacha cruzaba la calle y se reunía con otras amigas, que le esperaban frente a la puerta del colegio, no mucho más allá. Desde su posición podía ver los revuelos de faldas, escuchar las risas, ponderar formas y posibilidades, mientras terminaba su segundo cigarrillo.
Bonitas, eh
Las palabras le sacaron de sus pensamientos. Las había pronunciado un barrendero, mientras sostenía su cuerpo sobre el palo de su cepillo, y miraba en dirección a la entrada del colegio.
Yo también paro un rato a esta hora, para verlas entrar, siempre que el tiempo lo permite
Si, son bonitas. ¿Qué colegio es ese?
El Corazón de María, uno de los mejores de la ciudad
Augusto se quedó pensativo, mientras veía a las últimas niñas entrar por la puerta, corriendo para llegar a tiempo al recuento.
viernes, enero 28, 2011
En tu risa y en tu boca
Le gustaban las historias de amor. Había crecido escuchando las radionovelas en un viejo aparato de válvulas que sus abuelos conservaban en la casa de campo. Durante el año escolar, se entretenía en tejer historias de princesas y príncipes azules con las amigas en el patio del colegio, mientas las monjas vigilaban recelosas, atentas a cualquier atisbo de pecado ajeno.
Con los años, ese gusto por el romance la había hecho empedernida lectora de novela rosa (Danielle Steel, Victoria Holt, Johanna Lindsey…), siempre llevaba un libro en su bolso, de manera que pudiera leer en las paradas de metro, del autobús, en los viajes en tren, cuando llegaba a su pequeño apartamento alquilado, antes de acostarse… Su mente flotaba atraída por esas historias, haciendo que su mundo fuese soportable, que no le importase el vacío que sentía en su alma.
Un día, el viejo tren que la llevaba al suburbio en el que vivía se paró en mitad del camino. El verano había llegado, y los olores de decenas de días de trabajo llenaban el vagón. Ella, mientras, navegaba en los brazos de un apuesto bucanero, mientras su pelo se refrescaba con la brisa del mar…
La avería era grave, y el tren permaneció mucho tiempo varado en mitad de ninguna parte, mientras los pasajeros trataban de pasar el tiempo lo mejor posible. En un momento, a ella se le terminó el libro, había llegado a la última página, la historia acabó; con ella se fueron la pasión y el olvido, le llegaron los olores y ruidos de decenas de viajeros atrapados en un vagón de tren caliente, conversaciones entre amigas de cinco minutos, las voces de un hombre despotricando contra la compañía ferroviaria, las risas de un grupo de colegialas hablando por teléfono.
Sentado frente a ella había un hombre, con un libro en la mano, recién terminado también. Se miraron un momento, y ese momento fue suficiente para que sus ojos se buscaran sin su consentimiento, miradas furtivas que acababan con uno de ellos bajando la cabeza, avergonzado. Sin embargo, al cabo de unos minutos, el hombre ya no apartaba la mirada, sino que la observaba descaradamente, mientras ella hacía esfuerzos para buscar otro lugar donde sus ojos no se encontrases. En un cruce fortuito, el hombre la sonrió, y ella, instintivamente, sin pensar, le devolvió la sonrisa, y parece que ese destello fue lo que hizo que el tren se moviera, entre los gritos de júbilo de los viajeros.
Pronto llegó a su estación. No la sorprendió que el hombre se bajase en el mismo apeadero, “un viaje movido, verdad” inició él la conversación, y como por arte de magia, siguieron las palabras entre ellos, un modo de comunicación en el que ninguno se sentía cómodo, pero que fluyo naturalmente durante los minutos que siguieron. El la acompañó durante un buen trecho, hasta que se despidieron en una esquina, “hasta mañana, entonces” se escuchó decir.
El resto de su camino a casa fue hecho a diez centímetros del suelo, pensando en su voz, en su pelo, en la manera tan delicada de abrirle paso en la estación, en cómo se relajaba su mirada cuando se posaba en sus ojos… Al llegar a casa, dejó el libro sobre la biblioteca, y por automatismo, tomó el siguiente libro que había ya seleccionado la noche anterior, dirigiéndose hacia el comedor para tomar la cena ligera. Todo como era costumbre.
Sin embargo, esa noche, al pasar por el espejo de cuerpo entero que estaba en la entradita, y en el que todas las mañanas se miraba para comprobar, básicamente, que no le faltaba nada, esa noche, sin embargo, se paró y se miró detenidamente. Una mujer aún joven le devolvió la mirada, el pelo recogido y un poco sucio, tez clara, ojos negros intensos, y una nariz que alguna vez había sido demasiado grande para una niña. Se miraron a los ojos durante un momento, y en su mirada, ella creyó encontrar de nuevo la imagen de él, fuerte y amable, y comenzó a pensar en sus manos, en el tono de su voz, en las gotas de sudor que aparecieron en su frente al salir al bochorno de la tarde… El libro, abandonado, ya para siempre, quedó en la repisa de la entrada, mientras ella se abandonaba a su propia historia de amor.
Con los años, ese gusto por el romance la había hecho empedernida lectora de novela rosa (Danielle Steel, Victoria Holt, Johanna Lindsey…), siempre llevaba un libro en su bolso, de manera que pudiera leer en las paradas de metro, del autobús, en los viajes en tren, cuando llegaba a su pequeño apartamento alquilado, antes de acostarse… Su mente flotaba atraída por esas historias, haciendo que su mundo fuese soportable, que no le importase el vacío que sentía en su alma.
Un día, el viejo tren que la llevaba al suburbio en el que vivía se paró en mitad del camino. El verano había llegado, y los olores de decenas de días de trabajo llenaban el vagón. Ella, mientras, navegaba en los brazos de un apuesto bucanero, mientras su pelo se refrescaba con la brisa del mar…
La avería era grave, y el tren permaneció mucho tiempo varado en mitad de ninguna parte, mientras los pasajeros trataban de pasar el tiempo lo mejor posible. En un momento, a ella se le terminó el libro, había llegado a la última página, la historia acabó; con ella se fueron la pasión y el olvido, le llegaron los olores y ruidos de decenas de viajeros atrapados en un vagón de tren caliente, conversaciones entre amigas de cinco minutos, las voces de un hombre despotricando contra la compañía ferroviaria, las risas de un grupo de colegialas hablando por teléfono.
Sentado frente a ella había un hombre, con un libro en la mano, recién terminado también. Se miraron un momento, y ese momento fue suficiente para que sus ojos se buscaran sin su consentimiento, miradas furtivas que acababan con uno de ellos bajando la cabeza, avergonzado. Sin embargo, al cabo de unos minutos, el hombre ya no apartaba la mirada, sino que la observaba descaradamente, mientras ella hacía esfuerzos para buscar otro lugar donde sus ojos no se encontrases. En un cruce fortuito, el hombre la sonrió, y ella, instintivamente, sin pensar, le devolvió la sonrisa, y parece que ese destello fue lo que hizo que el tren se moviera, entre los gritos de júbilo de los viajeros.
Pronto llegó a su estación. No la sorprendió que el hombre se bajase en el mismo apeadero, “un viaje movido, verdad” inició él la conversación, y como por arte de magia, siguieron las palabras entre ellos, un modo de comunicación en el que ninguno se sentía cómodo, pero que fluyo naturalmente durante los minutos que siguieron. El la acompañó durante un buen trecho, hasta que se despidieron en una esquina, “hasta mañana, entonces” se escuchó decir.
El resto de su camino a casa fue hecho a diez centímetros del suelo, pensando en su voz, en su pelo, en la manera tan delicada de abrirle paso en la estación, en cómo se relajaba su mirada cuando se posaba en sus ojos… Al llegar a casa, dejó el libro sobre la biblioteca, y por automatismo, tomó el siguiente libro que había ya seleccionado la noche anterior, dirigiéndose hacia el comedor para tomar la cena ligera. Todo como era costumbre.
Sin embargo, esa noche, al pasar por el espejo de cuerpo entero que estaba en la entradita, y en el que todas las mañanas se miraba para comprobar, básicamente, que no le faltaba nada, esa noche, sin embargo, se paró y se miró detenidamente. Una mujer aún joven le devolvió la mirada, el pelo recogido y un poco sucio, tez clara, ojos negros intensos, y una nariz que alguna vez había sido demasiado grande para una niña. Se miraron a los ojos durante un momento, y en su mirada, ella creyó encontrar de nuevo la imagen de él, fuerte y amable, y comenzó a pensar en sus manos, en el tono de su voz, en las gotas de sudor que aparecieron en su frente al salir al bochorno de la tarde… El libro, abandonado, ya para siempre, quedó en la repisa de la entrada, mientras ella se abandonaba a su propia historia de amor.
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