jueves, septiembre 22, 2011

No hay nada que fingir

Habíamos quedado en el Café Oriente, y yo llegué con suficiente antelación como para poder elegir mesa, así que pude verla caminar hacia el lugar desde lejos. Se había puesto un vestido verde manzana, con tirantes, dejando los hombros al descubierto y aprovechando la magnífica tarde que mayo nos estaba regalando; sabía lo mucho que me gustaba esa parte de su anatomía, en las noches que pasábamos juntos solía abrazarla mientras se dormía, besando con ternura su espalda y la delicada curva que bajaba desde la nuca a los brazos.

La observo cruzar la plaza, con ese aire decidido que tanto me gustó la primera vez que la vi, en aquella vieja estación de metro; acababa de llegar a la ciudad y se había provisto de un plano de las líneas que consultaba de vez en cuando. Yo la seguí con la mirada, ya entonces desprendía una luz que la hacía destacar sobre el resto de la multitud, todos apelotonados esperando que llegara el tren para ir a nuestros destinos. Recuerdo haberme preguntado quién sería el afortunado que ocupase su corazón, mientras yo mismo me hundía en el gris de la muchedumbre, como cada mañana.

La veo acercarse a la puerta del café y distingo en su muñeca la pulsera que compramos en el bazar de Asuán, cuando ya llevábamos algunos meses juntos. La había vuelto a ver en el metro en varias ocasiones y un día me armé de valor suficiente para acercarme a ella y entablar una conversación banal, que apenas duró un par de estaciones. Desde entonces la buscaba cada mañana, nuestras palabras fueron pasando de formales a abiertamente amistosas, y al cabo de varias semanas quedamos para tomar un café después del trabajo. No olvidaré ese momento en que, bajo una inesperada lluvia y atascados por un semáforo que se resistía a cambiar, la tomé de la mano para cruzar intempestivamente el paso de cebra y refugiarnos de nuevo en el metro; ella se sorprendió, rió, sus ojos se iluminaron, y no soltó mi mano desde entonces…

No me levanto cuando entra en el local. Quiero aguantar unos segundos más, seguir observando su figura y su belleza desde el anonimato, como sé que hacen la mayoría de los hombres que están en la cafetería. Me busca con la mirada, indecisa, hasta que me ve y de nuevo vuelve la sonrisa a su cara. Esa misma sonrisa que me despertó una madrugada, en un viejo hostal parisino, en el que tuvimos que tomar habitaciones separadas para evitar habladurías. Allí estaba, a mi lado, tocándome con suavidad y sin embargo despertándome de mi suelo profundo: “ven, te espero”, dijo antes de darme un beso y volver a su habitación.

Está radiante cuando se sienta. No puedo apartar la vista de sus ojos, que me hipnotizan desde el primer momento, mientras siento que se me pone la típica expresión idiota de hombre enamorado. Sus manos, cálidas y suaves, toman las mías a través de la mesa, antes siquiera de que haya podido decir nada. “Estoy tan contenta de que hayas podido venir” la escucho decir, y en su voz recuerdo noches de pasión, lágrimas de dolor y pena, un inmenso amor, que se también se derraman por la mía al responder…

“¡Antonio, Antonio! ¡Que te has quedado tonto! Anda, deja de mirar al infinito y paga la cuenta, que los niños quieren ir a la piscina”

Antonio parpadea, como volviendo a la realidad, y con un gesto llama al camarero mientras su mujer ya se ha levantado y camina con los dos niños hacia la salida de la heladería. No ve la lágrima que sale de su ojo derecho, ni el suspiro del hombre, cansado y derrotado, cuando la enjuaga con el dorso de la mano…

miércoles, septiembre 14, 2011

Háblame de tus abrazos

Encontré el lugar que buscaba poco antes del anochecer. Las noches son frescas en esta época del año, así que debía darme prisa en montar el refugio y la tienda. Por experiencias anteriores sabía que tendría estar al menos un par de días oculto antes de que el bosque se acomodara a mi presencia, y resultara invisible para animales y ojos no entrenados.

Terminé de montar la tienda con las últimas luces y la cubrí con ramas frescas de pino, que la impregnarían de su resina y ayudarían a camuflar el olor del plástico y la tela tratada. Con las manos heladas, abrí un sobre de sopa y lo eché en el cacillo que estaba ya hirviendo en el pequeño infiernillo de gas, que sería mi única cocina durante las próximas semanas.

No me importaba días oculto y encerrado. Soy cazador profesional y esto son gajes del oficio. Tenía suficiente comida envasada y cerca de mi posición había un riachuelo de aguas claras, había tenido la precaución de echar una botella de vino, por si acaso quería tomar una copa. Durante el día permanecía en el interior de mi escondite, observando a través de los agujeros que había dejado en la cubierta de ramas, mientras a mi alrededor los animales se acostumbraban a la nueva distribución de troncos y hojas que había dispuesto.

Por las noches abría un poco la tienda, dejando que el aire recalentado saliera y se ventilara, mientras yo observaba el cielo nocturno. Las luces del norte iluminaban las noches sin luna, dándome un espectáculo que para sí quisieran muchos de mis congéneres, allá en las ciudades del sur. Esta era la parte más hermosa de mi trabajo, las noches claras llenas de estrellas, descansar con un vaso de vino en la mano, mientras a mi alrededor la vida del bosque continuaba sin notar mi presencia.

Pasaban los días y mi presa no aparecía. Yo había escogido el lugar sabiendo que en la zona se habían visto ejemplares recientemente y, conociendo sus costumbres, sabía que tarde o temprano aparecerían por allí: los helechos cubrían gran parte del suelo, había árboles centenarios en esa parte del bosque, con sus ramas creando un gran dosel verde que hacía que la luz del sol tardase en penetrar hasta las zonas inferiores. A unos metros había una pequeña hondonada, de donde surgía un regato de aguas claras, con su líquido borboteando desde las profundidades para aparecer entre un pequeño lecho de arenas y hojas. Debían venir.

Una tarde, cuando ya la oscuridad estaba cubriendo esa parte de la zona, y cuando ya comenzaba a desesperar de encontrar a mi presa, escuché un chasquido cerca de la fuente. Con cuidado, y procurando que mis ropas no hiciesen ruido, me incorporé hasta poder observar por uno de los agujeros camuflados entre las ramas. ¡Allí estaba! un magnifico ejemplar estaba paseando cerca del arroyo, quedando su silueta a contraluz con los últimos rayos del sol.

Alcancé mi arma con un rápido movimiento y me la acomodé en el hombro, intentando que mi agitada respiración no alertase al animal. Con la mira nocturna enfoqué hacia su espalda, para no desperdiciar el tiro sedante que lo convertiría en mi pieza, y esperé hasta que estuvo en la posición precisa. ¡PAM!

El tiro había sido certero, como casi siempre. La bestia se quedó de pie un segundo, como sorprendida por el ruido del disparo, y al instante después yacía en el suelo del bosque. Esperé unos momentos, sin bajar el arma, atento a cualquier otro movimiento que pudiera surgir en el bosque, mientras se acallaban los gritos de los pájaros asustados por el ruido.

Cuando estuve convencido de que no habría sorpresas, bajé el rifle y salí de la tienda, acercándome al cuerpo inerte que estaba a unos metros. era un espécimen de primera, estaba seguro de que me darían mucho dinero en la ciudad: estaba tumbada sobre un costado, pero se veía que era pequeña, no tendría más de 140 cm de largo, con unas largas y torneadas piernas, y una inmensa cabellera pelirroja que le cubría parte del cuerpo desnudo. Al girarla para comprobar su estado no pude menos que maravillarme de su belleza, de la blancura de su piel, la perfección de sus rasgos, sus ojos verdes…

Pensé que era una pena que esta nereida fuera a parar a algún zoo privado, pero qué diablos, era mi trabajo.

viernes, septiembre 09, 2011

Acariciar el pelo y el alma

Sara destacaba entre la multitud. Su melena pelirroja junto con su estatura, mayor de la media de las chicas de su edad, hacían que la gente se parase a admirarla, alabando sus lindos ojos verde pizarra, la delicadeza de sus rasgos, el tono de su piel o sus largos y finos dedos. Siempre había sido así; desde que tenía uso de razón había recibido elogios y privilegios por su belleza física, y con los años dejó de asombrarse por ello y a aceptarlos como una consecuencia directa del hecho de su presencia.

Tal vez por ello le resultaba extraño Seamus. Seamus era un muchacho normal, ni muy alto ni muy bajo, ni muy guapo ni muy feo, ni muy listo ni muy tonto. Nada destacaba en su apariencia física o en su conversación. Podía perderse entre la multitud sin problemas, estar a tu lado y no notar su presencia. Solo cuando estaba junto a Sara se transformaba: sus ojos avellana se encendían, parecía más alto, más alegre, los pocos que le conocían detectaban alegría en las notas de su voz…

Los dos jóvenes se conocieron de una manera casual, en uno de los mercados dominicales a los que a Sara le gustaba ir, siempre en busca de algo original y barato para adornarse o para su habitación; muchas veces conseguía autenticas gangas sólo con una caída de sus largas pestañas o una sonrisa mostrando sus perfectos y blancos dientes. Chocaron, y enseguida el chico se disculpó: Perdona, no te había visto ¿No la había visto? ¿Qué no la había visto? ¿Pero quién se creía ese chico qué era, no verla a ella, la chica más hermosa del pueblo? ¿Y dónde se había metido?

Sara perdió de vista a Seamus casi al momento de chocar, pero durante todo el día, y el siguiente, estuvo enfadada, no sabía por qué. Ni siquiera los cariños de sus padres o de sus amigas, que le decían lo bien que le quedaba esa falda estilo hippie que había comprado, la consolaban.

Volvió a verlo unos días después, cuando una de sus compañeras de clase la llamó durante uno de los descansos. Estaba con un chico que le resultaba vagamente familiar, y cuando se lo presentaron él dijo:

- Ya nos conocemos, chocamos el otro en el mercadillo.

- ¡Tú! ¿Fuiste tú el desconsiderado que me golpeó?

- Solo fue un accidente, y no te golpeé, chocamos y me disculpé. Bueno, adiós, me voy a clase.

Sara no podía creerlo. Seamus ni le había mirado, ni le había dicho lo bonita que era, ni qué guapa iba ese día, ni… Vio desaparecer al muchacho entrando en una de las aulas, y no dejaba de pensar en que era la primera vez que alguien no se fijaba en ella.

Durante las siguientes semanas los dos coincidieron en varias ocasiones, en los pasillos del colegio, en las calles del pueblo, en la salida de la iglesia… Seamus siempre se comportaba cortésmente y la saludaba, de una forma que ella sabía significaba que se alegraba de verla, pero nunca le hizo un comentario acerca de su apariencia, a pesar de que Sara se esforzaba especialmente en estar bonita cuando pensaba que se verían.

Una tarde de principios de verano, caminando por el parque cercano a su casa, Sara vio a Seamus sentado en un banco. No sabía cómo, pero se había convertido en la única persona que podía distinguirle entre la multitud, diferenciándole enseguida del resto de la gente. El chico estaba sentado con la cabeza hacia atrás, disfrutando de los rayos de sol, con los brazos extendidos sobre el respaldo de madera, los ojos cerrados… Ella se sentó a su lado, intentando hacer el menor ruido posible: por una vez en su vida quería pasar desapercibida. Espiaba el perfil del muchacho, su respiración, cómo jugaba la luz con su pelo negro, el palpitar de su corazón en su cuello…

- Hola Sara, dijo él, asustándola de tan ensimismada que estaba.

- ¿Como sabes que soy yo?, preguntó, agradeciendo que el chico no hubiera abierto los ojos y descubierto su sonrojo.

- Tienes un perfume especial, lo sentí en cuanto te sentaste a mi lado.

- Seamus, ¿crees que soy guapa? se sorprendió preguntando, e inmediatamente deseó no haberlo hecho.

El joven abrió los ojos, mirando directamente hacia el verde claro de los suyos. Eres la mujer más hermosa que conozco, dijo con un tono tranquilo, pero que no dejaba lugar a dudas sobre sus sentimientos.

- Entonces, por qué nunca me dices nada como los otros, por qué no me piropeas como el resto de los chicos.

- Porque no soy como los demás, ellos sólo ven tu exterior y yo quiero conocer a la persona que está más allá de esa apariencia, lo he querido siempre.

Sara sentía que su rostro estaba al rojo, percibiendo como toda la sangre de su cuerpo se agolpaba en su cara mientras escuchaba esas palabras. Desvió la mirada para evitar que Seamus se diera cuenta, mientras intentaba pensar algo para responder a ese chico, sin éxito.

Seamus se volvió hacia ella, tranquilo, moviendo una pierna encima de la otra para estar más cómodo y cercano a ella, y con un movimiento confiado y sereno la tomó de la mano.

- ¿Quieres pasear?, aún tenemos un buen rato de luz

- Sí, quiero.

Sara no podía creer que esas palabras se hubieran escapado de sus labios, pero se levantó y, aún de la mano de Seamus, comenzó a caminar por la vereda, camino a un futuro que por primera vez le era desconocido, pero prometedor.


martes, septiembre 06, 2011

Vestir el aire que respiro

Todos los años, cuando llegaba el mes de septiembre, el abuelo encargaba una carga de leña al viejo leñero de la carretera. Para los nietos era la señal de que se acababa el verano, de que pronto vendrían nuestros padres a buscarnos para regresar a la ciudad, a la escuela y a la rutina diaria.

Sin embargo, la llegada de la carreta de la leña siempre era un espectáculo para los más pequeños, y, consciente de ello, el abuelo hacía la compra de combustible para el invierno mucho antes de lo habitual, haciendo que sus nietos disfrutaran de una última diversión antes de su partida. 

Todo empezaba cuando veíamos como el gran caballo de carga se acercaba subiendo por la calle Alta hacia la casa, con el tintineo de sus campanillas, sus lazos de colores, y el leñero y su ayudante subidos en el carro. Todos nos asomábamos al balcón de la primera planta, desde el que observábamos al abuelo hablar con el comerciante, inspeccionando el cargamento y dando finalmente su visto bueno. Entonces comenzaba el trajín. El carro subía por el pavimento hasta llegar a la esquina con la calle del Cura, en un nivel superior. 

La casa del abuelo estaba situada en una zona del pueblo en pendiente, y eso le daba acceso a tres vías distintas. La calle Alta nacía en la carretera, varias decenas de metros por debajo del nivel de la casona, y subía hasta el lavadero comunal que se encontraba a unos metros por encima de nosotros, pasando por delante de nuestra entrada principal. Todas las mañanas escuchábamos a las mujeres subir con sus cestos de ropas hasta el pilón, y por las tardes su animada y cantarina charla podía oírse desde la casa. En los veranos la abuela nos dejaba acompañarla, quitarnos los zapatos y meternos en una de las pilas, donde el agua helada que llegaba directamente de un manantial en la montaña nos refrescaba los pies. En los días de mucho calor, a los más pequeños nos desnudaba completamente y nos dejaba jugar en la última de las piletas, donde el agua no estaba tan fría, y allí pasábamos el rato hasta que la abuela terminaba de lavar.

En el nivel más bajo estaba la calle Santa Cruz, prácticamente una bocacalle de apenas unos metros de longitud en la que se abrían tres o cuatro casas, y a la que daban las puertas de nuestros establos, situados en el piso inferior. Ese callejón, que nosotros llamábamos la “calle pequeña”, ofrecía un lugar perfecto para jugar en las tardes de agosto, con la sombra de las casas cubriendo todo su recorrido, y protegidos de cualquier peligro por su estrechez y falta de salida. Solíamos divertirnos con la pelota o practicando el tejo, junto con los hijos de los vecinos, mientras la abuela nos miraba desde el balcón del primer piso, cosiendo o hablando con alguna de las vecinas.

Finalmente, por la parte alta de la casa pasaba la calle del Cura, llamada así porque a unos pocos cientos de metros estaba la iglesia y en el lateral que daba a esta travesía se abría la residencia del párroco. Por esta vía se accedía al piso superior de la casa, que tenía en ese nivel una pequeña entrada de madera y adobe que solamente se usaba en esta época del año. Esta puerta era el paso al amplio desván de la casa, la forma más cómoda de llevar alimentos y enseres a esta pieza.

La carreta de la leña subía dificultosamente los últimos metros de la calle y luego giraba para entrar por la del Cura, quedando así preparada para dejar los troncos y sacos de astillas en nuestro ático. Los nietos subíamos corriendo al desván, haciendo ansiosos la fila para poder escalar por la estrecha escalera de madera que lo comunicaba con la cocina del primer piso, única forma de acceder desde el interior de la casa. Allí, iluminados por los agujeros que dejaban entrar la luz a través del techo, veíamos como el leñero, el abuelo y su ayudante bajaban los troncos de encina, alcornoque, castaño y roble, y los iban dejando en la parte más cercana del desván, junto con los sacos de virutas y maderos pequeños que la abuela usaría durante el año para encender la vieja cocina de hierro.

Los rayos de luz de la tarde dejaban estelas de puntitos luminosos en el polvo del desván, que se movían como ondas marinas cuando uno de los adultos los atravesaba. Nosotros seguíamos esos movimientos mientras aspirábamos todos los aromas que se concentraban en ese lugar mágico, al que pocas veces podíamos subir: el humo de incontables inviernos, pegado a las paredes y pilares; los olores de la matanza del año pasado, colgando de ganchos de hierro; el orégano recién cosechado por San Lorenzo, que tomaríamos durante todo el año como infusión para protegernos de los catarros; el aroma de los botes de café, pimienta, pimentón, canela y otras mil especias que la abuela conservaba allí; el óxido de perolas y ollas de hierro; el perfume del sol y del aire que llenó nuestra infancia…

sábado, septiembre 03, 2011

Las palabras del tacto

Se querían como sólo puede quererse cuando no se conoce otro amor. Pasaban las horas del recreo juntos, tomados de la mano y sentados en uno de los bancos de la explanada que servía de patio al colegio, o bien en una de las esquinas del solar en el que otros chicos de su edad jugaban al balón o a la pidola.

Habían llegado con toda su clase, en una excursión cultural, a las ruinas del monasterio, y naturalmente viajaron juntos en el autobús. Él, un chico alto, delgado, con unas manos demasiado grandes para su cuerpo; ella, morena, con bonitos ojos color avellana que brillaban cuando le veía acercarse.

No se soltaron de la mano durante toda la excursión, siguiendo al grupo y escuchando distraídamente las explicaciones de su maestro. Cuando bajaron al nivel inferior, para ver los restos de las caballerizas y edificios de los sirvientes, ya estaban separados del resto, aislados en su mundo especial de caricias y almas compartidas.

Al llegar a la estrecha entrada a las bodegas, se miraron a los ojos un instante, todo lo que necesitaban para comprenderse, y empezaron a caminar hacia el interior con el resto del grupo, iluminados por la linterna del profesor, que iba marcando haces de claridad conforme se adentraban en el pasadizo. Este, ahora apenas una oquedad baja y pedregosa que se internaba en la montaña, conducía a las antiguas bodegas de la abadía. La oscuridad, el contraste con lo soleada mañana que disfrutaba el exterior, hacía que se volviera tenebroso a los pocos pasos.

Tras un corto trecho, la explicación sobre la constancia de la temperatura interior de la montaña, y cómo los monjes la usaban para mantener sus alimentos en buen estado durante más tiempo, terminó, y los escolares salieron al exterior, agradeciendo el calor de la mañana tras su paso por la cueva.

Ellos, sin embargo, se quedaron y avanzaron un poco más, agarrados de la mano y con el mechero de él alumbrando unos escasos centímetros a su alrededor. No importaban la soledad, el frio o la negrura que les rodeaba. Ella se había agarrado del brazo de él, caminaban pegados, corazón con corazón, alma con alma, hasta que el muchacho no aguantó más el calor del encendedor, y la oscuridad les cubrió de nuevo. Habían cruzado un recodo, por lo que ya no podían ver la entrada del túnel, y solo podían distinguir el tacto de sus manos.

Se abrazaron en la seguridad de la cueva. Ella sentía su caricia sobre su cuello, sus dedos rozando su nuca, mientras su otra mano presionaba su espalda, en un lento movimiento que la hacía suspirar. Había cruzado sus brazos alrededor del cuello de su amor, acercándolo hacia ella, casi hasta sentir su mirada en esa oscuridad. Apoyó la cabeza en su cuello, mientras comenzaban a moverse rítmicamente, sus cuerpos coordinados, sus mentes escuchando una música que sólo el corazón dictaba.

Pasaron horas, días, meses, una eternidad en ese lugar sin tiempo, hasta que la voz de su profesor y la luz de su linterna les devolvió a este mundo. Sonriendo, él acarició su mejilla, rozó sus labios con los suyos bebiendo antes una lágrima furtiva en sus ojos y rompió el abrazo, tomándola de la cintura y comenzando el regreso a la realidad.

jueves, septiembre 01, 2011

En el corazón de mis noches sin fin

La nieve había comenzado a caer durante la noche, y cuando Maribel se levantó ya cubría los tejados del pueblo con una capa blanca y uniforme, sobre la que se podían ver las pequeñas huellas de los gatos, y el humo de las chimeneas como cortos hilos blancos en la lejanía. El pueblo aparecía velado por la niebla, gris y húmeda, que llenaba todo el valle, impidiendo distinguir detalles más allá del roble que crecía en la esquina.

La noche había sido fría y Maribel se había despertado acurrucada bajo las mantas y el cobertor de lana que le había prestado su madre (el viejo “pollo” que su abuela había usado durante tantos años). A pesar de que no le apetecía levantarse, se obligó a salir del calor del lecho y dirigirse hacia la palangana que había en uno de los rincones de la habitación.

Cuando era pequeña le había encantado ese viejo sistema, una palangana de cerámica con una jarra de agua, dispuestos sobre un mueble de madera con un pequeño espejo oval, con una toalla y un pequeño hueco para el jabón. Durante muchos veranos de su infancia su primer deseo al llegar a la vieja casona, donde pasaría las semanas en compañía de primos y demás familiares, era "lavarse como la abuela". Con la modernidad, la casa tuvo agua corriente, y pusieron un cuarto de baño en la planta baja. Pero la abuela le había permitido conservar el antiguo mueble en su habitación, y todas las mañanas se lavaba la cara con el agua fresca que conservaba el gastado jarrón de latón.

El agua estaba muy fría esa mañana, y Maribel se lavó con rapidez, buscando a tientas la toalla en el colgador mientras sentía el picor del jabón en sus ojos. Cuando consiguió quitarse el escozor y el frio que había dejado el agua sobre su rostro, volvió a observar a la extraña que le devolvía la mirada.

Hoy no conocía a la persona del espejo. Tenía los ojos hinchados, el pelo enredado, una expresión de dolor antiguo en la cara… No reconocía su expresión, ni sus ojos, habitualmente claros y hoy enrojecidos por el llanto. Había despertado con una congoja en el corazón, que sólo podía atribuir a los sucesos del día anterior y a la discusión con Daniel. Había esperado que la cama de su niñez obrara el milagro, calmando su angustia, pero la noche había sido fría y se había descubierto buscando el calor de su amante en medio de la noche. Al darse cuenta de que Dani no había vuelto, su tristeza la sobrepasó y rompió en un llanto desconsolado hasta quedarse dormida, agotada y sola.

miércoles, agosto 31, 2011

31 de agosto. Sueño.


“No entiendo el porqué, pero parece que a mí siempre me encuentran los hombres cuando están en la recta final de algo, cuando ya son más aire que otra cosa. En esos momentos tienen una gran moralidad, una sensibilidad extrema hacia el dolor de los demás, una incapacidad para seguirme (“yo apenas salgo ya de casa”), excepto por aquella playa de Ulla…

Hoy he estado revisando las fotos de mi recordado romance con Giorgio. Le he visto de nuevo seguro, dispuesto, paseando por aquella playa, consciente de que lo mejor que podía hacer era tirarlo todo por la borda, irnos juntos y desaparecer conmigo en aquella orilla en la que la arena nunca terminaba…”

La carta era larga, casi dos folios de apretada letra, y al leer los primeros párrafos el corazón de Carlos se resintió. Las descripciones que Alicia hacia de su antiguo amante y sus sentimientos se clavaban como pequeñas espinas en sus venas. Hacía tiempo que estaban distanciados, no conseguía volver a conectar con ella, pero nunca hubiera esperado esa carta.

sábado, agosto 20, 2011

En las noches vacías en que regreso

Llegamos al laboratorio de la cuarta planta a la hora prevista, en parejas o de uno en uno, algunos viniendo directamente de la biblioteca, donde repasaron las lecciones aprendidas en la mañana, mientras que otros veníamos de la cafetería, en la que habíamos pasado las horas muertas anteriores jugando al mus. Varios ya veníamos vestidos con nuestra bata blanca, nuestro símbolo de científicos en ciernes, de jóvenes investigadores. En aquel entonces yo vivía en un pueblo de la afueras, y tenía que tomar varios transportes para llegar a la facultad: autobús, tren, metro, luego caminar un par de kilómetros… No sé por qué siempre salía con la bata puesta desde casa, un manto blanco entre el montón de trabajadores que iban a la gran ciudad a ganarse el pan diario, y no faltó la ocasión en que me confundieron con un médico por ello, preguntándome por este o aquel síntoma…

Nuestra profesora era una destacada experta en su área, que, por razones que todavía desconozco, gustaba de dar clases prácticas a sus alumnos. El experimento del día iba a consistir en descomponer cerebro e hígado de rata en sus componentes bioquímicos, utilizando para ello centrifugadoras de alta velocidad, enzimas rompedoras, colorantes orgánicos para diferenciar los distintos componentes… Y por supuesto, una rata.

La facultad no tenía problemas para encontrar suministros de este tipo. Años más tarde me enteré de que había una ‘floreciente’ industria proveedora de roedores y anfibios para las prácticas de los estudiantes universitarios en toda la nación, y que incluso algunas universidades conservaban sus antiguos animalarios operativos, convencidos de que así ahorraban y obtenían un mejor producto.

La rata que nos tocó aquella tarde de otoño nada tenía que ver con las que yo estaba acostumbrado a ver en mi camino a la ciudad, las que merodeaban por los basureros ilegales que rodeaban mi pueblo. Era un hermoso ejemplar de rata de laboratorio, de un blanco purísimo, limpia y con unos bonitos ojos rojos que parecían dos gotas de sangre sobre su cráneo. Tenía un buen tamaño, muy diferente de los ratoncillos que estábamos acostumbrados a usar en otras prácticas, y una larga y poderosa cola.

Nuestra profesora pensaba aprovechar la clase para darnos unas pequeñas nociones de fisiología, es decir, quería que diseccionáramos in vivo al pobre animal. En aquel entonces yo formaba pareja con Gema, una menuda morena de la que estaba secretamente enamorado, y con la que intentaba competir en notas a la vez que pasar el máximo tiempo posible a su lado. Por azares de apellido, ese día íbamos a hacer la práctica con Antonio y Clara; eran compañeros de curso, y ya habíamos coincidido en otras sesiones, por lo que nuestro grupo era uno de los más avenidos y que mejor humor tenía.

Todas las instrucciones estaban ya impresas en nuestros cuadernos de laboratorio, material que habíamos tenido que comprar al inicio del curso, y con el que se financiaba el departamento, según nos enteramos algún tiempo después. Lo primero que había que hacer, evidentemente, era sujetar y anestesiar al sujeto. Para ello nos habían provisto de agujas, cloroformo y algodón. La idea del experimento era mantener con vida pero anestesiado al roedor, mientras realizábamos nuestro trabajo.

La primera discusión fue, como es normal, quién operaría y quién sería el anestesista. Por unanimidad, Antonio y yo fuimos nombrados cirujanos, mientras Gema y Clara se encargarían de mantener el algodón convenientemente empapado de éter para conservar viva a la rata. Antonio y yo procedimos a sacar al animal de su jaula y colocarlo sobre la mesa de trabajo, un tablero de corcho de regulares dimensiones, mientras las chicas preparaban el algodón sobre el tubo que usaríamos para acercarlo al morro del bicho. Una vez lo tuvieron listo se lo pusimos a la rata y esperamos unos instantes mientras se calmaba, antes de empezar con la primera parte del trabajo: sujetarla al tablero de corcho.

Pusimos al animal de espaldas sobre el corcho, mientras Gema iba acercando de vez en cuando el cloroformo para que respirase más anestesia, y la estiramos de manera que luego pudiéramos trabajar cómodamente. Usamos las agujas para engancharla al soporte por manos y pies, operación que íbamos realizando mientras conversábamos alegremente, burlándonos de los escrúpulos de las chicas.

Habíamos decidido que Antonio haría la primera incisión con el bisturí, en el vientre, abriendo un corte que nos permitiera acceder a los órganos internos y seguir con la práctica. Clara no estaba muy conforme con el procedimiento, y estaba manifestando sus reparos, con lo que no andaba muy atenta a renovar la anestesia. Tal vez por eso pasó lo que pasó…

En un instante, cuando Antonio estaba acercando el escalpelo a la rata, esta se movió, primero un poco, y luego, con un fuerte golpe de manos y pies y una voltereta en el aire, el animal se liberó de sus agujas y aterrizó de pie sobre la mesa de disección, con el consiguiente susto y grito de nuestras compañeras.

Lo que siguió lo recuerdo como a cámara lenta, aunque soy consciente de que pasó todo muy rápido. Antonio, que se había sobresaltado por el súbito movimiento del roedor y había reculado un poco, dejó rápidamente el bisturí encima de la mesa, y con una mano rápida y certera agarró de la cola al animal, que ya empezaba a corretear por encima de la mesa del laboratorio, causando el pánico y gritos entre nuestros compañeros, asustados de que un supuesto “cadáver” caminara entre sus libros y apuntes. Antonio la cogió de la cola, y con un movimiento circular de su brazo, semejante a un molinete, la hizo coger velocidad en el aire antes de estamparla contra el canto de la mesa, lo que la provocó la muerte inmediata por lesión craneal grave…

Ni qué decir tiene que nuestro grupo no hizo una vivisección, aunque eso no fue obstáculo para que aprendiéramos un montón de cosas esa tarde: Antonio se llevó la piel de la rata para curtirla, Clara perdió su aprensión a las disecciones y se lo pasó en grande estirando intestinos para ver su longitud y… bueno, Gema y yo estuvimos juntos durante tres horas esa tarde, posiblemente el mejor resultado para mí.

jueves, agosto 18, 2011

Time has come


Cuando se trata de hablar, no soy de los más brillantes; me cuesta articular palabras, puedo pasar horas sin emitir sonidos y estar tan tranquilo, soy mucho mejor escuchando que hablando. Sin embargo, cuando hablo de mí mismo, a veces, se abren las compuertas de mi mente y puedo verbalizar durante mucho rato, recordando las cosas o los sentimientos que tenía en el pasado. Por eso inicio este blog, con mis pensamientos y emociones. Y por eso me cuesta rellenarlo...
¿Qué contar y a qué público? Cuando escribimos lo hacemos pensando en un lector, sea un grupo de amigos o uno mismo. El oficio de escritor es un método para imaginar nuevos mundos, para viajar con el pensamiento o para ahorrar dinero con la cuenta del psicoanalista. A mí me encantaría ser capaz de crear nuevos mundos y situaciones, inventar una nueva Arda o poblar las estrellas con civilizaciones y mundos diversos; sería feliz al visualizar los paisajes de mi infancia y adolescencia, con aquellos colores recién descubiertos, y poner blanco sobre negro esas sensaciones que te llenaban el corazón.

Pero no lo hice durante mucho tiempo. Han sido más de treinta años encerrado en una isla imaginaria, desde la que veía pasar la vida sin participar de ella, una roca solitaria en medio del mar, que sólo ahora es consciente de todo lo que pasa a su alrededor. Con el tiempo he logrado escribir de mis amores y dolores, describir el calor que produce mi hijo en mi alma, el olor de las lágrimas retenidas por años...


Campanas de agua

martes, agosto 16, 2011

Se me olvidó olvidarte

La abuela les había contado la historia miles de veces, pero ella le pedía que la repitiera cada verano. Su abuelo había sido un hombre muy grande, un gigante para su época, mientras que, cuando la conoció, ella era una mujer bonita, pequeña y menuda. La gente había hecho muchas bromas cuando se hicieron novios, pero ella había sido la envidia de sus amigas.

Cuando sus nietas tuvieron edad para entenderlo la abuela contaba sobre su miedo en la noche de bodas, su temor ante un hombre tan grande y poderoso, su sorpresa ante su delicadeza, ante su ternura en aquel momento… Aquella noche habían hecho el amor por primera vez, y a la abuela le gustaba decir que había sido la primera vez que había amado, con una sonrisa pícara en sus ojos.

Vivieron juntos durante más de 50 años, pasando por los buenos y los malos tiempos, pero siempre se había sentido protegida por ese ser tan alto y fuerte, hasta que llegó la enfermedad. Durante muchos meses el abuelo había sufrido el dolor en silencio, pero cuando los médicos emitieron el fatal veredicto no pudo más, y se derrumbó. Fue la primera vez que la abuela vio a su marido, a su protector y amigo, llorar como un niño, desconsolado. “Entonces me tocó a mí ser la fuerte”, decía al llegar a este punto de la historia.

Durante los últimos pasos de la enfermedad lo cuidó y protegió como una madre, mientras el hombre que fue desaparecía para convertirse de nuevo en un niño desamparado. Cuando llegó el final, el abuelo tuvo un último deseo: que sus cenizas se esparcieran en el jardín, alrededor de un roble que había plantado cuando nació el primero de sus hijos, para que el árbol heredara la poca fuerza que le quedaba, y así permanecer con su familia más tiempo del que le había sido dado.

El abuelo murió cuando el invierno ya estaba dando sus últimos zarpazos, y su mujer hizo que lo incinerarán. Una noche, en presencia de todos los hijos, grandes y pequeños, esparció las cenizas del hombre que había amado y respetado durante casi toda su vida alrededor del árbol que él había escogido, y las cubrió con tierra fresca y flores. Esa primavera el roble creció y creció, llegando a ser más alto que la casa, con ramas sólidas y espaciadas. Y cuando llego el verano, y los nietos fuimos a pasar unos días, descubrimos que nos había dejado un lugar de juegos emocionante y maravilloso, con sitios para trepar, para esconderse, para descubrir la vida, como hubiéramos hecho con él…

Esta es la historia del roble del abuelo, tal y como nos la contó nuestra yaya, cuando éramos niños y nuestro sentido de la maravilla aún no había muerto.

Como libélulas de secano

El bochorno de la tarde había dejado paso a una noche cálida y a un cielo estrellado, sólo roto de vez en cuando por alguna estrella fugaz, que cruzaba el firmamento concediendo deseos a aquellos que lograban verla. Maribel tenía los brazos cruzados sobre la cabeza, dejando que la escasa brisa nocturna secara el sudor de sus brazos y piernas, mientras miraba intensamente hacia las estrellas. Estaba tumbada en el jardín, bajo el roble del abuelo, dejando que poco a poco su corazón se fuera calmando y recobrara la paz que había perdido con la discusión.

Su mente se había perdido mirando los astros, había decidido desconectar sus pensamientos, dejando que los sentidos tomaran el mando, intentando no pensar: veía el titilar de las luces del cielo, oía el movimiento de las ramas del roble sobre ella, podía oler la carne asada que estaba preparando el vecino, saboreaba el gusto agrio y familiar de un tallo de hierba que había cortado y puesto en su boca, sentía cómo la brisa acariciaba sus piernas y cómo enfriaba su piel poco a poco…

Siempre le había gustado ese lugar. De niña venía aquí, con sus hermanos y primos, para subirse al viejo roble, jugando a ver quién se subía más alto, quién era el más valiente y habilidoso. Con el tiempo, los primos se fueron a la ciudad y sus hermanos se alejaron de la casa de sus ancestros, y finalmente sólo ella venía a dar compañía al anciano árbol y a hablar con él.

domingo, agosto 07, 2011

Para que nunca falten ganas de soñar

Despertó con un terrible dolor de cabeza. Su primer pensamiento fue intentar averiguar dónde estaba. No recordaba nada de la noche anterior, desde aquel momento en el baño con la rubia del top rojo, después de tomar otro par de rayas de coca. Intentó abrir los ojos, y la luz de un halógeno justo encima suyo le penetró por las órbitas como un cuchillo ardiendo que se clavase en su cerebro.

Dios, mataría por un paracetamol, o por otro par de rayas…

Estaba tumbado en un banco del metro, en una estación que desconocía. La noche tuvo que ser apoteósica para no recordar nada de ella, pensó con una sonrisa. Había salido con los amigos, como siempre, a celebrar no sabía qué. No importaba, era una excusa para los excesos, para el alcohol, drogas, velocidad… y chicas. Volvió a sonreír al recordar a la rubia, y al hacerlo un rictus de dolor se le marcó en el rostro, cuando su cerebro se contrajo dentro de su cráneo.

Dónde coño estoy…

No reconocía la estación de metro. Debía ser tarde, porque no había nadie en los andenes, ni siquiera los de seguridad. Y ya llevaba un buen rato despierto sin que hubiera pasado un tren. Debía ser muy tarde. Intentó sentarse, agarrándose la cabeza como si fuera a partirse en dos. Permaneció unos minutos en esa postura, hasta que las pulsaciones de su cerebro se ralentizaron. Tenía mucha sed.

Joder, qué noche…

Miró su reloj. No eran las diez de la noche todavía. A esas horas los andenes del metro debían estar llenos de gente, era hora punta, especialmente un domingo. Porque era domingo, ¿verdad? La cabeza le dolía mucho y necesitaba un trago. Encendió un cigarrillo y la nicotina en sus pulmones le ayudó a despejarse. Miró a ambos lados del andén, no había ninguna máquina expendedora, así que se levantó y con pasos dificultosos se dirigió a la salida más próxima.

Dónde se habrá metido la gente...

Caminó por pasillos solitarios, siguiendo las indicaciones que mostraban la dirección hacia la salida. El aspecto de los corredores del metro era fantasmal, con sus luces de neón titilando, vacios de peatones. Sus pasos resonaban en el silencio. No había escuchado ningún otro sonido desde que despertó. Unas escaleras mecánicas vacías le condujeron a la superficie, saliendo a la noche.

La leche…

Durante los últimos minutos le había venido a la cabeza el recuerdo de una película, en la que el protagonista se despertaba en un mundo vacío y solitario, como el último hombre en el planeta. Y no le había gustado imaginarse en la misma situación. Ahora, cuando al subir por las escaleras de la boca de metro salió a un rincón de la ciudad que no conocía, esas imágenes lo volvieron a golpear con fuerza.

Estaba en una acera en una gran avenida, con naranjos a ambos lados de la calle y tiendas cerradas y bien iluminadas. No había nadie a la vista. Ni un coche, ni un peatón, ni un grupo de jóvenes haciendo botellón, ni un autobús haciendo el recorrido habitual, ni un perro callejero buscando comida... Hasta dónde él sabía, toda la ciudad podía estar completamente vacía. Empezó a caminar con aprensión, mirando a todos lados, sintiendo cómo le invadía el miedo. Los semáforos cambiaban de color para coches invisibles, algún papel volaba haciendo piruetas en el frescor de la noche. De vez en cuando se asomaba por alguna calle lateral, para encontrar más de lo mismo: nada.

Comenzó a correr, su corazón desbocado, buscando alguna señal de vida. Estaba asustado. Su resaca había desaparecido por efecto de la adrenalina que le inundaba las venas. Llegó a una pequeña plaza donde confluían varias vías principales. El miedo le hacía mirar a todas partes, deseando y temiendo encontrar algún movimiento, las imágenes de los muertos vivientes de la película cada vez más presentes, más vividas en su mente…

De pronto, un sonido, no, un rugido que saliera del mayor monstruo conocido, estalló en sus oídos, haciendo que el corazón se le saliese del pecho.

¡¡¡¡GOOOOL!!!! ¡¡¡Iniesta, Iniesta, Iniesta!!! ¡¡¡¡¡GOOOOOOOOOOOOL!!!!

sábado, julio 30, 2011

8 de septiembre

Había una vez una chica muy hermosa y muy asustada. Vivía sola, excepto por un gato sin nombre. Su apartamento estaba en la planta más alta de un bloque en el centro de la ciudad. Era un pequeño reino en el que ella se sentía tranquila, protegida de la gran ciudad por sus cuatro paredes delgadas y blancas.

Por la mañana se levantaba al salir el sol, daba de comer a su gato y salía a trabajar. Tomaba el autobús que la llevaba a un gran edificio de oficinas en las afueras, donde pasaba su jornada escribiendo las notas que otras tomaban, comentando revistas que no había comprado, e intentando pasar desapercibida para el resto del mundo. A mediodía se compraba un bocadillo y un refresco en un kiosco, y se sentaba en un banco del parque cercano, siempre el mismo banco y siempre sola.

Era una joven bonita, con el largo pelo castaño liso y bien peinado, unos alegres ojos negros que chispeaban cuando se reía y unas piernas largas y bien torneadas, que le habían procurado muchos piropos cuando caminaba cerca de un grupo de obreros. Sin embargo, siempre comía sola. Algunas veces un compañero nuevo intentaba acercarse a ella, entablar conversación, tal vez iniciar una relación. Pero nunca volvía, y ella se había acostumbrado a comer su bocadillo acomodada en su banco del parque.

Regresaba al trabajo junto con la multitud que formaban los oficinistas de la zona, todos entrando a la misma hora, pasando el resto de la jornada laboral haciendo el mismo trabajo, la misma rutina hasta la hora de salida. Fichaba y bajaba al metro, tomando el primer tren junto con decenas de ejecutivos que la miraban ocasionalmente, a veces con lujuria en los ojos, pero que nunca la habían molestado.

Llegaba a su casa y su rostro se iluminaba. Durante unas pocas semanas al año llegaba a tiempo para ver hundirse el sol entre los altos edificios de la ciudad, mientras las luces de las torres se encendían, acompañando a las miles de farolas que convertían el suelo en un cielo de estrellas naranjas. El gato siempre la recibía en la puerta. Era un gato atigrado, de ojos verdes y pelaje espeso, que se enroscaba en su pierna en cuanto la veía aparecer en la puerta, sin dejar de maullar y seguirla.

Ella llegaba, se desnudaba en su habitación y salía al balcón para ver la puesta del sol, con el gato en brazos. Mientras la luz diurna se desvanecía ella iba cambiando: su piel adquiría un pelaje negro brillante y sedoso, le crecían garras en las manos y los pies, sus orejas se alargaban, aumentando su sensibilidad, mientras su nariz retrocedía al tiempo que unos largos y fuertes bigotes le iban creciendo. Disminuía de tamaño, se encorvaba, le crecía una fuerte y grácil cola, que finalmente se enroscaba con la del gato, su amante y amigo.

La noche les pertenecía. Por los tejados y callejones de la ciudad se sentían libres. Vagaban sin rumbo, corriendo, cazando, jugando, cruzando por aleros con los rabos entrelazados… Hacían el amor en espacios impensables, se perseguían y buscaban el uno al otro sin descanso, hasta que las primeras notas de los jilgueros sonaban en la madrugada, y ella, desnuda, con su amor en sus brazos, regresaba a esas cuatro paredes que la protegían de la mediocridad.

jueves, julio 28, 2011

Descalzos por el parque

Sancho no recordaba haber visto una doncella tan bella, ni siquiera en la casa de su padre, allá en el norte. Para evitar sufrir el calor del día, la joven había entrado en el gran salón del castillo vestida con un sencillo y ajustado mofarage de lino blanco, bordado con tiras de seda roja y oro en mangas y cuello, que marcaba su talle y realzaba su figura. Tenía la cabeza cubierta con un tocado de fina tela negra; cuando su tío le hizo un gesto, ella se levantó el delicado velo que hasta ahora le había protegido de la vista de los hombres de la corte.

Unos ojos del color del cielo devolvieron la mirada al señor de la villa, ojos que destacaban en un rostro ovalado y delicado, con unos labios llenos y bien formados, una nariz respingona y una piel blanca y suave. La muchacha bajó la vista, avergonzada y azorada por la presencia de todos esos hombres, pero el efecto ya estaba hecho: Sancho sentía el deseo correr por su sangre, sus venas palpitaban y no podía dejar de contemplar las tiernas curvas de la joven. Sus ojos se cruzaron con los del enviado musulmán y ambos se entendieron sin palabras, el trato estaba hecho: la doncella sería la concubina de Sancho y éste no atacaría al reino de su padre con sus mesnadas.

En un rincón del gran salón, separado del resto de nobles y gente de la casa, el padre Martín veía cómo su señor cerraba el trato con los infieles, y levantando su mirada al cielo deseó con todas sus fuerzas que ese acuerdo no tuviera éxito. Mientras se santiguaba observó con cautela a la joven árabe, aún en el centro del salón y con el rostro descubierto. Años más tarde, ya anciano y retirado en un monasterio de León, el viejo clérigo recordaría ese momento como el inicio de un largo camino personal hacia la luz…

viernes, julio 22, 2011

Sobre historias de amor

Fátima no había salido nunca del palacio de su padre, y el viaje hacia la ciudad de los infieles le había resultado un calvario. A sus doce años no estaba acostumbrada a viajar, el calor le molestaba, el interminable movimiento de la carreta en la que viajaba, tapada con lino y sedas para evitar a los insectos, le había levantado dolor de cabeza, no tenía a nadie con quien hablar, y para colmo no sabía qué era lo que se esperaba de ella. Cuando llegó a la ciudad estaba asustada y temerosa, inquieta a pesar de las indicaciones de su tío, gallardo y hermoso con esa vistosa capa escarlata con hilos de oro, y el turbante de seda más bello que había visto hasta en su vida.

Quinta de las hijas de su padre, Fátima sólo había conocido una infancia de juegos y felicidad. Demasiado joven para interesarse por las luchas de poder en el interior del harem, solía pasar sus días paseando por los jardines, jugando con sus mascotas o hermanas, o escuchando las audiencias del rey, su padre. Hasta ese día en que fue llamada a audiencia, y le comunicaron su próximo viaje en compañía de su tío Maslama, hacia el norte, tierra de infieles.

Cuando por fin llegó a la antigua alcazaba, lo que más le llamó la atención fue el fuerte olor que despedían los cristianos, muy distinto de los perfumes y ungüentos que se usaban en el harem. Caminaba unos pasos detrás de su tío, envuelta en un velo de seda que ocultaba sus rasgos al mismo tiempo que le permitía observar y estudiar esta nueva corte.

No entendía nada de lo que su tío Maslama hablaba con el infiel, un hombre terrible, enorme y vestido con un manto de lana basta, sin colorear apenas, con la cara casi completamente cubierta por una espesa barba. Su cuerpo apenas pudo retener un escalofrío cuando la miró, y quedó petrificada cuando su tío la ordenó levantar el velo, a fin de que el infiel pudiera verle el rostro.

jueves, julio 21, 2011

A reason for life

Te exiges demasiado…

Se encontraban cómodamente sentados en el parque, en un banco a la sombra de los abedules, mientras los niños corrían y jugaban con los juegos de la zona infantil. Marta intentaba pasar por delante de Marcos en el tobogán, mientras Lucía permanecía en lo alto de la estructura, reina del lugar.

Carlos conocía a María desde hacía mucho tiempo. Habían sido vecinos y compañeros de colegio durante muchos años, e incluso tontearon durante un tiempo en octavo. Perdieron el contacto cuando ella se marchó a la Universidad, mientras él se quedaba trabajando en el taller de uno de sus tíos, aprendiendo el oficio de mecánico. Volvieron a encontrarse años después, los dos ya casados y con niños, y habían retomado la antigua amistad; les gustaba charlar en el parque, los domingos por la tarde, mientras vigilaban a su prole. La mayoría de las veces estaban solos, ya que el marido de María, un policía nacional, solía tener turnos vespertinos durante el fin de semana.

No, no lo creo. Es lo que se espera de mí…

Habían comenzado rememorando recuerdos compartidos, las aulas y compañeros del antiguo colegio, los recreos en un descampado bajo la mirada atenta de los profesores, de los primeros besos bajo los soportales de la plaza de los patos… Con el paso de los días y las semanas parte de la antigua complicidad había vuelto entre ellos, y empezaron a comentar los problemas domésticos que tenían. Carlos se preocupaba mucho por Lucía, una niña morena de ojos oscuros, con un carácter muy expansivo y juguetón, a la que quería con locura. Durante la semana vivía con su madre, y pasaba los fines de semana con su padre, que procuraba que la niña no notara diferencias; la separación con Olga había sido amistosa, y aunque ella había rehecho su vida con otra persona, aún mantenían buenas relaciones y procuraban consensuar las principales decisiones sobre Lucía.

No es lo que espero yo…

María se había casado embarazada de Marcos, y, aunque quería a su marido, no estaba segura de haber tomado la decisión correcta. El tener a Marta no había conseguido disipar sus dudas, a pesar de sus esperanzas. Encontrar a Carlos fue el detonante para que éstas surgieran con toda su fuerza, y los últimos meses habían sido para ella una delicia y un tormento al mismo tiempo. Por fin tenía alguien que la comprendía y valoraba, alguien con el que podía hablar de formas que no se planteaba con su marido. No pasó mucho tiempo antes de que se sorprendiera esperando ver a Carlos aparecer en el parque, con la pequeña de la mano, y poco después tuvo que confesarse que se había enamorado de su antiguo amigo.

Eres demasiado bueno, no te merezco…

Con el paso de las semanas los sentimientos entre ambos llegaron a un punto de no retorno, y, durante una de las guardias del marido de María, Carlos apareció una tarde en la puerta de Lucía, con un ramo de violetas en la mano y el nerviosismo de un chaval de quince años en el cuerpo de un hombre de cuarenta. A esa noche le siguieron otras muchas, siempre con Carlos saliendo de madrugada, con los besos de ella aún calientes, con los recuerdos frescos, con el dulce dolor de la despedida. Las tardes en el parque se convirtieron entonces en horas de charla íntima entre los dos, conversaciones sobre la vida y el futuro mirando cómo jugaban los niños.

Soy yo el que debería estarte agradecido…


La noticia llegó como siempre, inesperada y cortante. Habían trasladado al marido de María a otro lugar, una ciudad más grande y a seiscientos kilómetros. Ese día Carlos recibió la llamada de su amante mientras trasteaba en los bajos de un viejo Chevrolet de coleccionista. “Necesito verte, tengo que hablar contigo”. Quedaron en su casa, a la María no había ido nunca. Quedó preocupado. Ella no le había querido decir nada por teléfono, pero su tono de voz no le engañaba: había estado llorando. Tras balbucear una excusa ante su jefe salió corriendo hacia su coche y llegó a su casa apenas unos minutos más tarde. María ya estaba allí, sentada en un banco frente a su portal, con las manos agarradas a un bolso blanco y la mirada perdida. La abrazó con ternura, mientras ella le explicaba, entre lágrimas, el traslado, la discusión con su marido, el dolor, la sensación de vacío… En todo momento él procuraba ser su fuerza, su coraje, entregarle su apoyo y su amor al mismo tiempo.

Estuve buscándote tanto tiempo…

Marta y Lucía llevan ahora una ropa muy parecida, como si fueran hermanasa, y les gusta jugar juntas a las casitas, mientras Marcos las mira condescendiente desde sus adultos ocho años. Nunca entenderán los juegos de mayores, como él. Busca con la mirada a su madre, y la encuentra en el banco de siempre, junto a Carlos, hablando y riendo. No entiende mucho, pero se encuentra a gusto con la nueva familia: Lucía es muy graciosa y Carlos le cae bien. A veces le lleva al taller y le deja arreglar cosas, dice que tiene buena mano. Marcos sabe que no es su padre, que su papá está trabajando lejos y que viene a verlos cada dos semanas; le gusta que venga, a pesar de que nota a su madre triste durante esos días, pero Carlos siempre consigue que se le pase.

miércoles, julio 20, 2011

Tres morillas se enamoran

Sentado en el pretil de la vieja muralla, el padre Martín observaba a la ciudad dormida a la luz de la luna llena. Desde su posición en lo alto de la torre del homenaje podía ver casi toda la villa, la curva del río que la protegía de las incursiones del norte, y la muralla que discurría de este a oeste, circunvalando casas y palacios, como lo había hecho durante los últimos mil años.
 
El padre Martín no dormía bien desde hacía varias semanas. Los dolores de la gota no le dejaban descansar, y cuando se tumbaba en su celda no podía permanecer quieto, ni conciliar el sueño. Por eso pasaba largas horas en la torre, observando las estrellas o la ciudad, pensando en su larga vida o rezando.

Esa noche no le sorprendió ver a don Sancho caminar por la muralla. El señor de la villa era un hombre recio, alto y fuerte, criado en las duras estepas del norte de Castilla, que había luchado con valor para su rey, y en recompensa había recibido esta fortaleza y el señorío de las tierras de alrededor.

Mientras le veía caminar por el adarve, observando la guardia, dando órdenes, mirando por encima del parapeto a las calles que rodeaban el castillo, el padre Martin pensó en acercarse y conversar con su señor, aunque finalmente desechó esa idea. Esa tarde habían tenido una acalorada discusión acerca de la embajada de los reinos del sur, cómo recibirlos y cómo tratar con ellos. El conde prefería la diplomacia a la mano dura que exigía el monje, escandalizado por los tratos que el noble mantenía con esos infieles, y lleno de fervor religioso. Había habido duras palabras en privado entre los dos hombres, cada uno seguro de hacer lo correcto, uno por mandato divino, otro por razones mundanas. La ciudad estaba demasiado lejos de las grandes fortalezas del norte y podía ser fácilmente atacada por alguno de los reyezuelos del sur, lo que supondría una pérdida de vidas innecesaria.

La embajada llegó al día siguiente, cruzando la muralla por la puerta del Ángel y subiendo trabajosamente por la calle de los mercaderes hasta el castillo. Desde una de las ventanas de palacio les observaba el padre Martin, consciente de que hacía apenas 30 años esos mismos caballeros posiblemente saldrían de la alcazaba para luchar con las fuerzas castellanas y matar cristianos. Se santiguó para dar gracias a Dios por su benevolencia y apoyo en esta guerra santa.

sábado, julio 16, 2011

Defenders of the Earth

Se sentaba en el borde del precipicio, viendo como las aves pasaban por debajo de él, mientras el viento intentaba someterle, hacerle caer a ese abismo que hacía apenas unas horas desconocía. Había llegado en un viejo jeep alquilado, después de bordear la caldera del volcán apagado durante varios kilómetros, por sendas ya bastante poco transitadas. El viento formaba pequeñas olas en la laguna que ocupaba el cráter, y algunas rachas le obligaban a apretar el volante con firmeza.

El sol todavía estaba alto cuando llego a la destartalada cabaña. Le gustaba ese lugar. Pasaba una larga temporada en esa choza todos los años, lejos de la civilización, cortando leña, siguiendo el ritmo del sol, cocinando lo que podía cazar o recolectar... Ese año lo necesitaba más que nunca. El divorcio le había costado mucho, tanto emocional como económicamente; necesitaba cargar las pilas, relajarse, olvidarse de todo y de todos.

La vio al tercer día, apenas una sombra blanca por el rabillo del ojo mientras paseaba por el bosque. Conocía ese bosque. Caminaba por él desde hacía años, y pocas criaturas le eran desconocidas. No era el típico habitante de ciudad trasplantado en plena naturaleza, temeroso y huidizo; cazaba y mataba, y sabía lo que se podía encontrar entre los árboles. Aquella fugaz visión, apenas vislumbrada, no encajaba en nada de lo que había visto durante todos los años que llevaba viniendo a ese lugar. Pero, aunque giró rápidamente la vista, no pudo ver qué era lo que se había movido entre la espesura.

Dos días más tarde lo volvió a ver, esta vez al otro lado del río, mientras llenaba la cantimplora en un remanso de aguas claras. Un destello de luz le llamó la atención, haciendo que se ocultará tras las raíces de un tronco caído en la corriente. Y entonces la vio: una joven de larga cabellera, vestida con el atuendo típico de verano de todo adolescente, camiseta y pantalón corto, bajaba a lavar unos utensilios de cocina, el reflejo del sol en el metal había sido lo que había llamado su atención. Turistas. Ruido. Basura. Compañía. Regresó a su cabaña mascullando entre dientes…

Sin embargo, no sintió nada durante los siguientes días, su vida siguió siendo soledad y silencio. Continuó comprobando sus trampas todas las mañanas, recolectando setas y bayas, cortando leña para calentarse en las noches, observando el atardecer desde la puerta de su cabaña, sujetando su vieja pipa de cazoleta mientras el humo del tabaco ahuyentaba los mosquitos, dejando que los sonidos de la naturaleza llenasen su alma y su cuerpo.

Una mañana, mientras revisaba los lazos y cepos que colocaba en las sendas del bosque, sintió cómo los pelos de su nuca se erizaban, y tuvo la sensación de ser observado, de que otros ojos le estaban mirando. Sacando su cuchillo de caza se volvió lentamente, preparado, dispuesto a luchar con aquello que le vigilaba. Ella estaba sentada sobre uno de los grandes troncos caídos, arboles ya cubiertos de musgo y líquenes, las piernas torneadas y morenas colgando, descalza, con los brazos cruzados sobre su pecho y mirándole divertida.

Irritado, iba a guardar el cuchillo y mostrar su más pura máscara de loco del bosque cuando algo en los ojos de color musgo de ella le atrapó. Mientras ella seguía subida en el tocón, balanceando las piernas, se acercó hablando en voz baja, y preguntándole quién era, qué hacía en el bosque sola, dónde estaba su campamento. La claridad de su risa le sorprendió, le recordó la risa de un niño cuando recibe un juguete nuevo, pura felicidad, e instintivamente se relajó.

Ella ahora sonreía, haciéndole sentir tosco y bárbaro, con sus ropas sucias y sudadas, su barba sin arreglar, sus ademanes bruscos… Intentó hablarle con palabras suaves, melodiosas, inseguro sobre si ella entendería su idioma. Seguía sin contestarle, pero su sonrisa de dientes blanquísimos le animaba a continuar. Ella cambió de postura, bajando del tronco caído y acercándose a él, y pudo vislumbrar la blancura de sus pechos a través de la camisa desabotonada…

Pudo sentir cómo el deseo apareció y creció, llevaba varias semanas sin estar con una mujer, y la figura de la joven le atraía. Con frases y palabras en voz baja continuaba acercándose a ella, mientras ella caminaba despacio hacia él, siempre sonriendo, prometiendo, haciendo que su deseo aumentase a cada paso. Su piel morena en los brazos y piernas contrastaba con la blancura del inicio de sus pechos, sus manos finas acariciaban su pelo, en un ritual de cortejo tan antiguo como la humanidad.

Cuando estuvo a su lado se dio cuenta de que aún no había escuchado una sola palabra suya, sólo el sonido de su risa, clara y franca. La miró a los ojos, sorprendido por el efecto de la luz sobre ellos, ahora del color de la pizarra que cubría el techo de su cabaña, ahora con reflejos dorados como peces en un estanque… Extendió la mano hacia la suya, y se sorprendió de su ternura y fuerza cuando sus dedos se entrelazaron con los suyos, de su ansía cuando la atrajo hacia sí, de la promesa que su cuerpo y su boca le hacían…

Notaba como su deseo crecía mientras acercaba sus labios a los suyos, que respondieron inmediatamente al beso, haciendo que sus dedos se entrelazaran con más fuerza aún, mientras ella se apretaba contra su cuerpo, con una fuerza inusitada, y le abrazaba, atrayéndole aún más hacia ella. Sus labios abandonaron su boca, recorriendo su cuello, bajando por su pecho, mientras él se embriagaba con el aroma de su pelo: tierra húmeda, frutos frescos, hojas, sol, vida…

Apenas sintió sus dientes sobre las venas de su cuello, ni cómo la vida le abandonaba por ellas. Su mente estaba concentrada en el éxtasis, en el inmenso deseo que sentía, en la culminación del mismo. Un segundo antes de perder la consciencia y la vida recordó lo que le había dicho el anterior dueño de la cabaña, un viejo montañés loco que se suicidó al día siguiente: “no somos los cazadores, sino los cazados”. Abrió los ojos un instante, y vio los de ella, rojos como un lago de sangre, que observaban su muerte y su terror, mientras caía por ese precipicio que antes desconocía….

martes, julio 05, 2011

Nos sobraran las ganas de volar

Había terminado el curso y el grupo lo estaba celebrando. Cómo acabamos en aquel sitio es algo que no recuerdo muy bien, pero el caso es que allí estábamos todos, sentados en la terraza de aquel viejo bar, en las sillas de plástico blanco que se usaban en verano para las mesas exteriores, tomando cervezas una tras otra.

Claudio se reía a mandíbula batiente, mientras su pelo rubio y largo se ondulaba con los movimientos de su cuerpo, respondiendo a los chistes de Alfredo, sentado a su lado. Benjamín bebía tranquilamente de su botella, un poco ajeno al bullicio que los demás hacíamos, tal vez pensando en Susana… Carlos y Rafa aparecían por la puerta del bar con una nueva ronda de botellines, mientras Isidro protestaba por haber perdido el turno para invitar.

Nos habíamos conocido ese mismo año, en la cola para apuntarnos al equipo de fútbol sala, y, aunque éramos de distintos cursos, habíamos congeniado bien y formado un grupo bien avenido. Gran culpa de eso la tenía que éramos malísimos jugando, creo que no ganamos ni un solo partido en todo el año, a pesar de tomarnos muy en serio los entrenamientos y la presencia en los campos del polideportivo todos los sábados. Nos reíamos. No teníamos ambiciones, sólo queríamos pasar un rato divertido con amigos, y lo logramos.

Después de los partidos solíamos acabar en un bar cerca del poli, donde nos tomábamos unas cañas antes de volver a nuestras rutinas diarias, a nuestras familias, hasta el próximo entrenamiento o hasta el próximo encuentro. Rara vez nos veíamos por el pueblo, o en el instituto, debido a nuestros horarios o gustos. Pero no recuerdo un partido en el que nos faltase gente durante toda la temporada; a veces, prestábamos jugadores a otros equipos para que pudieran completar el mínimo y jugar sin problemas.

Benjamín se casó con Susana tras 8 años de noviazgo, y se fueron a vivir a Barcelona; me invitaron a la boda, pero no pude asistir por un problema de agenda (en aquel entonces me encontraba supervisando la construcción de una fábrica en Brasil). Después de dos años se divorciaron, incapaces de reconocer que el amor también muere, y ahora Benjamín ha rehecho su vida con una joven que conoció en Brasil durante su período de luto.

Claudio comenzó a estudiar derecho, como quería su padre, y tenía una prometedora carrera en vistas, gracias a los contactos de sus familiares. La última vez que estuve con él hablamos de volver a reunir el equipo y echar algunos partidos durante el verano, recordando viejos tiempos en el mismo bar de siempre. Tres semanas más tarde un conductor borracho no pisó el freno en el momento adecuado y se llevó por delante a mi amigo; tenía 22 años.

Carlos y Rafa terminaron el instituto y se prepararon el acceso a la Escuela de Oficiales del Ejército, estudiando durante medio año en una academia y haciendo un duro entrenamiento físico. Carlos lo consiguió al primer intento y Rafa al año siguiente. Los dos se graduaron con sus respectivas promociones (celebramos juntos las dos veces) y se convirtieron en oficiales del Ejército de Tierra. Desde entonces han estado viajando y siendo parte de varios de los cuerpos expedicionarios que España ha enviado a zonas de guerra: Bosnia, Líbano, Afganistán, Chad… Finalmente se casaron hace dos años, y ahora están peleando para poder adoptar un niño.

Isidro no terminó el instituto. Siempre fue el más rebelde del grupo, y con los años esa tendencia se fue acentuando, junto con sus malas compañías. Comenzó a frecuentar las pandillas locales a muy temprana edad, mientras sus padres se desentendían de él, incapaces de ver su generosidad y su fuerza interior. La última vez que le vi estaba muy delgado, vestido con su eterno pantalón vaquero, y el cigarrillo en la boca, paseando tranquilo por el parque, con el aire perdido de aquellos que han pasado mucho tiempo fuera de este mundo. Poco después me enteré de que le habían ingresado, con un fallo sistémico general del que no pudo recuperarse: tenía 34 años.

Nunca volví a saber de Alfredo. Su familia se mudó al terminar el año escolar y no mantuvimos contacto. En todos estos años he intentado saber de él, preguntar a amigos, buscarle en internet, sin resultado. De él me queda el recuerdo de sus ojos alegres y su sonrisa campechana, de sus guantes de portero rojos y blancos, de las canciones que inventaba para dar ánimos al equipo…

Yo acabé una carrera de ingeniero y tuve la suerte de ser de los primeros que salieron con un buen dominio de idiomas, con lo que pude encontrar trabajo en una multinacional estadounidense, y ahora paso largas temporadas fuera del país, coordinando y ejecutando grandes obras civiles. A veces, en uno de esos países dejado de la mano del hombre, veo un grupo de niños jugando al fútbol de forma entusiasta, y recuerdo a mi grupo de amigos, sudorosos, a veces empapados por la lluvia, después de un partido que nunca ganábamos. Nos veo juntos, riendo, tomando un botellín bien ganado, sin pensar en el futuro, sin pensar…   

domingo, julio 03, 2011

Y cada amigo es la familia que escojemos entre extraños

Caminaban por la playa, descalzos sobre la línea de la marea. Ella, apoyada en el hombro de él mientras entrelazaban los dedos de las manos, aún temerosa de que aquello fuese un sueño.
 
Se había presentado de improviso en su casa esa misma mañana. La noche anterior habían estado hablando por teléfono, como hacían casi todas las noches desde aquella primera vez en la estación de autobuses. Las conversaciones se habían hecho más y más íntimas en los últimos meses, hasta que uno de los dos dio el paso y se atrevió a poner sus sentimientos por escrito. Muchas horas de conversaciones habían seguido a ese primer “te quiero”, pero la dificultad física de verse siempre les producía angustia y pesar.

Él había llamado temprano. Ella había cogido el teléfono con miedo, pensando en que algo le había pasado.

“¿Estás en casa?” había preguntado él, apenas sin tiempo para saludarse.

“Sí, claro. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?” respondió ella, asustada por el tono de su voz, tan distinto, tan diferente al amoroso y tranquilo de todos los días.

“¿Me abres la puerta?” dijo él, por toda respuesta.

Estaba allí, con una pequeña mochila roja a la espalda, frente a la puerta de su casa, esperando que ella le dejara entrar. En la mano llevaba una de las rosas que crecían en el jardín, la sonrisa pícara en el rostro, los ojos alegres, el corazón galopando… Ella salió a su encuentro con lágrimas en los ojos, no pudiendo creer lo que estaba sucediendo. Se abrazaron con fuerza, amantes que no se veían en mucho tiempo, sus bocas se buscaron y encontraron, sus manos recorrían el cuerpo del otro como queriendo comprobar que efectivamente era cierto, estaban juntos, por fin…

Varios minutos después, tal vez una eternidad, las manos de él seguían acariciando su cintura, besando su rostro, rozando su cuello... Se miraban a los ojos, él completamente perdido en el verdemar intenso y sereno de ella, ella bebiendo del amor inmenso e incuestionable que emitían los de él. Mientras las manos de ella le acariciaban el pelo de la nuca, él perdía las suyas abrazando su rostro y volviendo a atraerla hacia sí, para buscar de nuevo sus labios, esos labios que le daban vida y muerte.

martes, junio 28, 2011

Prisionero de tus labios

Ella era una nuchacha bonita, de andares elegantes y manos finas, con el pelo siempre recogido en un moño, vestida de negro casi siempre. Él un mozo alto y espigado, con la camisa nueva de los domingos bajo la usada chaqueta de pana, apenas un hombre entre tantos otros quintos del año. Se habían visto otras veces: en misa, en la procesión del Amor Hermoso, en la plaza durante los bailes de Carnaval, en la romería a la ermita de San Andrés, pero nunca habían estado solos más de unos minutos. Habían hablado, reído y callado con otros primos y primas, con otros parientes de su edad en ese pequeño pueblo gallego en el que habían nacido, frente al mar y el monte, durante toda su infancia y adolescencia.

Nadie supo cómo había ocurrido, pero en unas pocas semanas Antonia y Manuel eran novios. Ahora paseaban juntos por el camino a la ermita, mientras las madres iban detrás hablando de sus cosas; se les podía ver sentados muy juntos en la iglesia, ella en uno de los últimos bancos de las mujeres, él de pie en las primeras filas de los hombres. En alguna ocasión las viejas beatas les habían pillado mirándose durante el santo sacramento…

Por eso sorprendió tanto en el pueblo lo que pasó. Las habladurías se dispararon, todos tenían una teoría, pero ninguna de las dos familias habló, nadie comentó nada. De la noche a la mañana la pareja de novios desapareció del pueblo y no volvió a ser vista. Unos decían que se habían fugado a La Coruña porque el padre de ella se oponía a la boda; otros que les habían visto en uno de los vapores que partían hacia Argentina, ella ya con un embarazo notable… A los pocos meses murió la madre de Antonia, que no se había quitado el luto en los últimos quince años, y poco más tarde el padre de la muchacha. Sus hermanos no volvieron a mencionar su nombre nunca más, y sus hijos y nietos nunca supieron de ella.

La familia de Manuel tampoco dijo nunca nada sobre el suceso. El padre había muerto en la guerra, años atrás, y la madre vivía en un pequeño caseríoo a las afueras del pueblo, con poco contacto con el resto del pueblo, y los demás familiares no comentaron la partida de los dos jóvenes con nadie durante mucho tiempo. Más tarde, ya cuando las estaciones habían pasado sobre el pueblo varias veces, llegó un pequeño paquete al caserío, con una fotografía de un niño regordete y sonriente, con su vestido de domingo, subido encima de un caballo de madera a la puerta de una iglesia. No tenía remite, no tenía ninguna carta; solo había un nombre escrito con letra infantil en el reverso de la fotografía. Al invierno siguiente murió la madre de Manuel, y sus hijos la enterraron con la fotografía entre las manos, junto con un viejo rosario de nogal que le había regalado su marido al casarse.

domingo, junio 26, 2011

Dije cosas sin sentido...

“Lo siento, no se puede operar.”
Las palabras cayeron sobre Marcos como un ladrillazo. Sentado en la consulta del oncólogo, con el abrigo en el asiento de al lado, había escuchado su sentencia de muerte con serena tranquilidad. Ya lo esperaba; las semanas anteriores habían estado llenas de duras pruebas y dolor, y la esperanza había ido desapareciendo con cada parte del cuerpo que le extraían.
El doctor aún le dio algunas falsas ilusiones, pero Marcos ya no le escuchaba. Se levantó cansinamente, y tras un protocolario “Gracias” al médico se dirigió a la salida. En la sala de espera permanecían dos o tres personas. En todas ellas vio el miedo reflejado cuando le vieron salir: “¿me tocará a mi también?” era la pregunta no hecha en sus caras.

Encendió un cigarrillo en el ascenso (qué más daba ahora) y aspiró el humo del tabaco con delectación, incluso agradeciendo el acceso de tos que le sobrevino casi al momento. En la calle hacia frio, se subió las solapas del abrigo y se dirigió hacia la boca de metro más cercana. Estaba llegando a la misma, cuando un impulso repentino le hizo seguir adelante, caminando por la Gran Vía en dirección a Alcalá sin un propósito definido, solo seguir caminando mientras su cuerpo pudiera.

Su mente estaba divagando, pensando en lo que el doctor le había dicho y en sus implicaciones. Era un hombre solo, no tenía familia cercana que le llorase o incluso una amiga o amante que le echase de menos. Por no tener, ni siquiera tomaba el desayuno en el mismo bar siempre. Nadie le recordaría, nadie pensaría en él el día de mañana…

Torció en la red de San Luis, bajando por la calle Montera. Las prostitutas le llamaban desde los soportales, pero Marcos no las oía. Recordaba otros momentos en esa misma calle, con sus compañeros de pensión mientras estudiaba, burlándose de las meretrices, o alquilando los servicios de alguna, cuando el dinero les llegaba para tales lujos. ¡Qué inocente era entonces! Encerrado en su cuarto estudiando día y noche para las oposiciones, intentando cumplir el último deseo de su madre moribunda, mientras los días pasaban y las estaciones discurrían por Madrid.

Siguió por la calle Mayor, cruzándose con muchos grupos de turistas, que iban a la plaza mayor o a alguno de los bares y tablaos de la zona. A Marcos le hubiera gustado viajar con Ana. La conoció en la notaría, a poco de incorporarse; era una hermosa joven de pelo rubio y ojos azules, de mirar alegre y risa rápida, con la que congenió enseguida. Tenían planes de casarse, de irse a vivir a Barcelona, de abrir un despacho de abogados y hacer una vida juntos. Una mañana no apareció por la oficina, ni respondió a las llamadas que hizo a su casa. Nunca supo qué había sido de ella, aunque tras denunciar su desaparición a la policía le llegó poco después una notificación indicando que había sido una “desaparición voluntaria”; nadie en comisaria supo darle razón o explicación de esa nota, pero el caso se archivó.

Frente a la Plaza de la Villa paró un momento a pedir fuego a un transeúnte. Ese cigarrillo ya no le quemó tanto como el primero, ayudándole a seguir el camino. La tarde ya se iba cerrando sobre Madrid, y las primeras luces se encendían ya cuando llegó a la calle Bailen. A su derecha se veían las farolas de la plaza de Oriente, y los grupos de turistas rezagados que iban subiendo a los autobuses o haciendo las últimas fotos al Palacio. Marcos giró hacia la izquierda, yendo por la acera del Gobierno Militar.

Los últimos años los había pasado como un hombre corriente, trabajando, saliendo de vez en cuando con los amigos, acudiendo a las profesionales para solventar sus deseos ocasionales, pagando sus impuestos… Hasta que comenzaron los dolores. Pronto los médicos le empezaron a hacer pruebas y más pruebas, incapaces de encontrar la razón de sus pérdidas de memoria, de su sed inacabable, de sus cambios de humor. Finalmente, un médico privado le soltó la bomba: cáncer, con metástasis en el cerebro y pulmones…

Desde entonces había recorrido clínicas y consultas, buscando una cura para su mal, mientras este se extendía y se apoderaba de su cuerpo. Cruzando sobre la calle Segovia le asaltó un recuerdo de su juventud: una vieja canción tocada por un hombrecillo en un viejo piano, que escuchó en una de las tabernas que se encontraban debajo de él.

Marcos se acercó al parapeto del Viaducto. Tenía lágrimas en los ojos. En su mente veía de nuevo a ese hombre, tocando con rabia y dulzura las teclas del piano, tocando una canción olvidada, una canción que tarareaba mientras caía al vacío…