jueves, diciembre 20, 2012

Diciembre

Querido lector,

En esto tiempos en los que las malas noticias, apocalipticas en ocasiones, nos acechan por todas partes, no está de más atesorar toda la esperanza e ilusióin que encontremos, hacer acopio de buenos sentimientos y pasar el máximo tiempo posible con la gente que realmente te quiere.

De todo corazón, espero que estas fiestas, y todo el año que viene, te colmen de todas esas cosas.

Hasta el año que viene


martes, diciembre 18, 2012

Quando sono sola


Actuó sin pensar. Caminaba de camino a su casa, dejando que sus sentidos absorbieran la información del entorno que luego su cerebro se encargaría de procesar durante el intranquilo sueño, cuando la vio unos metros por delante. La conocía. Era una de las mujeres que vivían en la casa que estaba a unos metros de la suya, alguna vez se habían cruzado por la calle y él había devuelto el educado saludo que ella había regalado. En ese momento iba cargada con la compra, regresando sin duda del mercadillo dominical, con la fruta, verdura y demás vituallas.

Al llegar a su altura se ofreció a ayudarla con las bolsas. Ella se sorprendió, era evidente que no le había oído acercarse, pero al reconocer su cara, tras unos segundos de incertidumbre, se relajó y le agradeció el gesto con una sonrisa. Él no había esperado a su confirmación formal y ya se había agachado para tomar de sus manos las bolsas que parecían más pesadas, dejando que ella suspirase aliviada. Con su carga en las manos echaron a andar hacia la casa, mientras un incómodo silencio se establecía entre ellos.

El hombre no era de los que hablaban. Durante años había tenido que hacerlo, comunicarse con gente que no le interesaba en absoluto, mentir para poder medrar en ese mundo cruel que es la vida para aquellos que no saben (o no pueden) verla de otra forma. Gracias a un golpe de suerte había podido comprar la casa en la que ahora vivía, se había alejado de todo lo que conocía y había querido empezar de cero en ese pequeño pueblo del interior.

Ella era una mujer menuda, con el pelo corto recogido con prendedores oscuros, apenas una nota de color en su vestimenta. Las pocas veces que se habían cruzado con anterioridad ella le había saludado cortésmente, al pasar rápidamente a su lado. Él se había fijado en que siempre caminaba deprisa, como si llegará tarde a todas partes. Era una mujer joven, aunque el tiempo ya había comenzado a cincelar su rostro, ocultando las señales de la pena y el dolor.

Caminaron durante un rato, hasta llegar a la puerta de ella. No habían intercambiado ni una sola palabra. En el umbral le pasó las bolsas y ella le volvió a dar las gracias, con una sonrisa que le sorprendió por lo sincera. Farfullando un “de nada”, se retiró unos pasos y volvió a su camino hacia el hogar, con el corazón un poco más liviano y menos sombras en su alma.

jueves, diciembre 13, 2012

Siempre buscando a Dios entre la niebla

Julio Bastida Recuerdo en el carnet de identidad, tío Julio para todo el pueblo. Con cuarenta y cinco años reconocidos y algunos más bastardos, su silueta era familiar a todos los habitantes de Algena: un hombre alto, desgarbado, con una chaqueta tres cuartos de cuero en invierno, y con camisas de lino o algodón en verano, su sempiterno cigarrillo sin encender en la mano.

Contaba el tío Julio que nunca había sido fumador, excepto por aquellos pitillos de picadura que había liado cuando tenía quince o dieciséis años, en la terraza del baile, para impresionar a alguna de las forasteras que llegaban a la discoteca los fines de semana. Desde entonces se había acostumbrado a llevar un cigarrillo siempre en la mano, decía que como amuleto, que acababa tirando a una papelera sin haberlo prendido.

Julio vivía en una de las casas del centro del pueblo, heredada de sus padres. Hijo único, era propietario de unas pocas tierras en el valle, de cuyos arriendos podía vivir holgadamente sin trabajar. Su rutina diaria comprendía levantarse al alba, pasear por los alrededores del pueblo hasta que se cansaba, tomar el primer café en el bar de Carlos y regresar a su casa. Volvía a salir a media tarde, jugando a las cartas con otros parroquianos hasta la hora de la cena. A veces cenaba solo en el bar del Casino, donde permanecía leyendo la prensa hasta altas horas, o discutiendo de política o mujeres con alguno de los socios.

La primera vez que habló conmigo me sorprendió su lucidez y socarronería, la agudeza de su pensamiento y la ironía que mostraba. Yo ya llevaba varias semanas apareciendo por el bar de Carlos para tomar café a primera hora, y habíamos coincidido en algunas ocasiones. El tío Julio siempre saludaba educadamente, conociera o no a la otra persona. En una ocasión, viendo que leía (de nuevo) Ulises, hizo un acertado comentario sobre la vida del dublinés, y ahí entablamos una conversación, en la que salió a relucir su vasta cultura.

Desde ese momento hablamos a menudo, y de vez en cuando me introducía en las discusiones que tenían lugar entre los clientes habituales, con las que llegué a conocer a los actores de los principales dramas de la localidad, así como ponerme al día de los libretos.

A Julio no se le conocía mujer, novia o enamorada, ni tampoco constaban visitas a la portuguesa. Dos o tres veces al año acudía a la capital de la provincia, de donde volvía con algunos libros y ropa, así como mandados para amigos del pueblo. Una vez, cuando ya tenía suficiente confianza como para entrar en temas personales, y aprovechando una mañana fría y neblinosa que invitaba a permanecer en la tasca, una vez le pregunté por el asunto y me respondió, mirando sin ver el cigarrillo que llevaba en la mano.

“No creas que no me interesan las mujeres. En mis tiempos mozos tuve algunos amoríos, tarascadas en la era que no conducían a nada. Pero con los años y las grietas en el corazón me di cuenta de que la medida del amor no es tanto el cariño que se ve, sino el que realmente te dan. Por eso yo quiero una mujer que me acaricie cuando duermo, aunque me discuta todo cuando estoy despierto. Y esa mujer, amigo mío, no es fácil de encontrar”.

miércoles, diciembre 05, 2012

La distancia en tus ojos

Hoy he recuperado mis recuerdos. No ha sido difícil, lo podría haber hecho antes si realmente lo hubiera deseado. Ahora ya los tengo conmigo, vuelven a ser parte de mí, están a mi disposición si así lo deseo. He pasado algunas horas revisando las imágenes, los sonidos y olores que venían con el paquete, mientras detrás de la ventana el invierno paseaba por las calles de mi ciudad.

Entre ellos he encontrado el primer poema de amor que escribí con quince años. Estaba en un folio lleno de garabatos y dibujos, una hoja que emborroné en las clases de filosofía, en los recreos y ratos muertos, sentado en el poyete de conserjería, mirando como ella paseaba con su amiga, compartiendo secretos que no eran míos.

También he vuelto a escuchar la lección de francés, la voz de la profesora sonaba de nuevo cristalina y apasionada en mis oídos. Las canciones de Moustaki, las redacciones, los sonidos extraños y a la vez tan cercanos…

Después he pasado unos minutos viendo la vía del tren y la vieja estación. El paso de los trenes ha ido acompañado como entonces por los ladridos de los perros y el traqueteo de la puerta. Nos he vuelto a ver con las piernas colgando sobre los raíles, hablando de escapar, irnos muy lejos, desaparecer de ese mundo que no nos entendía, estar juntos para siempre…

El olor de los churros en aquella churrería de feria me dio hambre, como hizo la primera vez que pude usar dinero ganado por mí, el orgullo unido al sabor del chocolate caliente. El hambre hizo que regresara a la realidad y comenzará a guardar los recuerdos en su paquete. Tantos había sacado que el atadijo, antes comprimido y con los recuerdos limpios y netos, ahora no podía guardarlos todos, tuve que apretar. En uno de esos apretones se salió una imagen: una niña de ojos negros esta delante de mí, bailando algo que ha ensayado en el espejo de sus padres. Recojo la sensación, la memoria, con cuidado, para no romperla, y despacio, muy despacio, la acerco a mi pecho para que entre en mi corazón.

sábado, diciembre 01, 2012

Entre as nuvens vem surgindo...

A Manolito le gustaba mucho andar en bici. En las tardes de verano, cuando la fuerza del sol ya había menguado algo, y se podía salir sin temer una insolación, bajaba al garaje y tomaba su máquina, una Orbea que le habían regalado sus abuelos cuando cumplió doce años, de cuadro azul y blanco, con sillín de cuero negro, y se montaba en ella saliendo del edificio en dirección a los campos.

Bajaba por las calles del pueblo pedaleando seguro sobre su montura, buscando las calles menos concurridas. Conocía bien su ruta. Bajaba por la calle San Roque hasta llegar al cruce con la calle Real, y de ahí seguía hasta la avenida, desde dónde se alcanzaba el final del pueblo, el cementerio y los campos que rodeaban la localidad.

Había descubierto los caminos rurales algunos años atrás, pistas de tierra compactada por el paso de tractores y camiones, que se convertían en barrizales después de las tormentas, y que conectaban las poblaciones de la zona entre sí, formando una red de comunicación desde mucho antes de que se construyera la carretera general. Por esos caminos solitarios le gustaba ir con su bicicleta, observando los campos de cultivo y los eriales, las pocas huertas que se instalaban al abrigo de corrientes casi escondidas y las casetas de labranza que se esparcían por los labradíos. En ocasiones su deambular le llevaba hasta alguna de las villas cercanas, y para acelerar su regreso tomaba la carretera, volviendo a su casa entre coches y autobuses.

Recorriendo esos caminos pasaba las horas, con una botella de agua que a veces rellenaba en la fuente del camposanto antes de enfilar hacia la senda que recorrería ese día, la mayoría de las ocasiones eligiendo al azar, tomando una opción distinta en cada encrucijada, con la camiseta enrollada en el sillín cuando el calor le agobiaba.

Le gustaba observar a las perdices, jugar a descubrir los lechos de las liebres, intentar llegar a ellas en silencio para poder sorprenderlas. Disfrutaba con el vuelo de los milanos, con las paradas de los cernícalos, con el sonido de las lechuzas en las casetas. En ocasiones se llevaba unos viejos prismáticos militares de su padre para poder observar los grandes campos de labranza, viendo como las grandes avutardas realizaban sus rituales, o a los polluelos de milano en medio de los sembrados.

Pocas veces encontraba a alguien en su caminar. Las labores del campo ya estaban avanzadas, y solo muy entrada ya la estación, cuando únicamente podía salir durante los fines de semana que pasaba en casa, de vuelta del internado, cuando el otoño ya se acercaba, se cruzaban en su camino grupos de temporeros en ruta al lugar de trabajo, recogiendo cebollas, participando en la cosecha, preparando la vendimia…
Las horas se hacían cortas para Manolito montado en su bicicleta. El sol le tostaba la piel y el ejercicio fortalecía sus piernas, mientras sus ojos absorbían la belleza de la tierra castellana de sus ancestros.

Pero un día Manolito dejó la bici en el garaje de su padre, y poco después Manuel se marchaba a la universidad. Muchos años más tarde, don Manuel abrió el garaje de su padre, recientemente fallecido, y entre un montón de cajas con ropas gastadas y pasadas de moda encontró una bicicleta polvorienta, con las ruedas deshinchadas por el tiempo. En aquel momento volvieron a sus ojos el color de los campos de trigo, el silbar del viento contra los radios de la rueda, el salto veloz de la liebre…

Unos días más tarde, Pablito recibió un regalo sorpresa de su tío. Una bicicleta Orbea, azul y blanca, reluciente, limpia, a la que le habían acoplado unas ruedecillas para que aprendiera a recorrer mundo con ella.

miércoles, noviembre 28, 2012

El país de las lágrimas

El hombre llegaba por las mañanas y se instalaba en el mismo lugar, en un rincón de la taberna, cerca de la chimenea. El camarero le servía una copa de anís apenas le veía y, poco rato después, le ponía un café con leche en una taza grande. Pasaba la mañana y poco antes del mediodía el hombre se levantaba, dejaba dos pesetas encima de la losa de mármol y se marchaba por la puerta hasta el día siguiente. Siempre la misma rutina.

La primera vez que observó este comportamiento le llamó la atención el absoluto silencio que mantenía el parroquiano: no pedía consumición, ni la cuenta, no comentaba ninguno de los sucesos que el resto de clientes discutía, en ocasiones acaloradamente. Sencillamente se encontraba sentado en su mesa, mirando al infinito, sorbiendo pequeños tragos de anís y café frío.

Él tampoco era un cliente modelo. Le gustaba el bar del portugués porque quedaba cerca de casa, tenía unas bonitas vistas del valle desde el balcón, y el vino no era tan aguado como en otras tabernas. Desde el primer día en que llegó a su puerta, buscando un lugar donde encontrar esa escasa cantidad de calor humano que parecía necesitar, se encontró con un pequeño universo de seres humanos, con historias que fue poco a poco aprendiendo y valorando. Carlos, el dueño, misterioso detrás de su delantal y extraño acento; Pilar, su mujer, que aparecía muy de vez en cuando, iluminando el salón con su presencia; el sacristán, siempre de negro, siempre vociferando; el tío Julio…

A las pocas visitas, en las que pedía un vaso de vino y se sentaba a observar el valle mientras sorbía lentamente su sangre, el portugués se le acercó y se sentó a su lado. Era un hombre ya entrado en la cuarentena; decía la leyenda que había sido pistolero en Lisboa antes de cruzar la frontera y enamorarse, que durante la guerra había servido en el ejército francés, y que a resultas de un ataque de gas estuvo a punto de morir en Lieja. Sus ojos claros cubiertos por unas espesas cejas, brillaban con inteligencia y, en ocasiones, astucia.

“¿Usted es el madrileño que ha comprado la casa antigua, verdad?” le preguntó mientras le servía el vaso de vino que había pedido.

“Sí, ese debo ser yo” respondió, tomando el cristal y dando el primer sorbo. De inmediato se dio cuenta de que aquél no era el vino que había estado tomando sino uno de calidad muy superior: podía distinguir en su paladar el sabor dulzón de la uva fermentada, un poco de canela, manzana, moras frescas, rocío de un día de otoño, un atisbo de… Una mirada a la expresión socarrona del portugués le hizo entender que era el regalo de bienvenida, que había sido admitido en un club que contaba con muy pocos miembros.

No intercambiaron más palabras durante semanas. A veces, el dueño de la taberna se acercaba a su mesa y le servía una copa de ese vino fresco, frutal y al mismo tiempo lleno de aromas de primavera. Él lo aceptaba con un gesto de agradecimiento y después seguía ensimismado en sus pensamientos, que Carlos respetaba.

Mientras, el hombre del anís y el café seguía yendo todas las mañanas, tomando su licor con tiempo, y dejando dos pesetas sobre la mesa antes de irse…

domingo, noviembre 25, 2012

Pacto

Hoy me vas a permitir, querido amig@, que copie a otro. El texto que vas a leer no es mío, es de la poetisa colombiana María Clara González, de su libro publicado en 1996, Pasajeros del viento.


He de confesar que normalmente no leo poesía, mi estado de ánimo no suele acompañar para saborearla como merece, pero este corto poema me fascinó inmediatamente, el sentimiento que transmite es algo con lo que comulgo plenamente. Espero que te guste tanto como a mí.


Pacto

Por si acaso llovizna por tu calle
y quieres secar tu cuerpo
entre mis brazos

Por si el silencio te acomete
y recuerdas el lenguaje extraño
que aprendiste a mi lado

Por si regresas
a humedecer de lunas los recuerdos

Por si el trópico te reclama impaciente
entre sus verdes

O por si acaso es de noche en tu morada
dejaré la puerta abierta

martes, noviembre 20, 2012

La calle del silencio


“A veces los sueños no nos dejan ver la realidad.”

Las palabras le sorprendieron con la mente en blanco, mientras miraba abstraído los colores cambiantes del mar, haciendo que estuviera a punto de dejar caer su termo de café ya frío. Al darse la vuelta se encontró cara a cara con un hombre de pelo blanco y barba descuidada, de edad indefinida, que le observaba con una sonrisa amable, acogedora..

“Me llamo Saúl” le dijo, tendiendo una mano que demostró dar apretones firmes y reconfortantes. “Le he estado viendo desde mi ventana, allí arriba.”

“Allí arriba” era la cima del promontorio en el que se encontraban. Una casa pequeña, blanca, se asomaba por encima del verde de los tejos y brezos. Si se hubiera fijado un poco más, habría visto un fino sendero, medio escondido entre los arbustos, que llevaba desde la casa al mirador, el camino que Saúl había recorrido esa tarde para estar junto a él.

“Una magnifica vista, ¿no es cierto?” siguió el anciano. “Vengo a menudo aquí, a observar las olas y las gaviotas…”

Como si le hubiera escuchado, esperando su entrada, una gran gaviota les sobrevoló, aprovechando el viento que subía por el acantilado para remontar el vuelo y adentrarse en tierra firme, en busca quién sabe de qué.

“Cuando yo era pequeño esto no era más que una plataforma de tierra, nada que ver con este mirador que nos ha construido la diputación, con esos bancos de madera y el parapeto de piedra. Aquí veníamos las noches de tormenta para ver en la distancia los barcos de nuestros padres, y a rezar por su vuelta sanos y salvos. ¿Y a usted? ¿Qué le trae a este rincón de la costa?”

Al hacer la pregunta se había girado y sus ojos claros se clavaron en el visitante. Este, un poco desconcertado por la presencia del viejo, no encontró las palabras adecuadas para responder a su pregunta. Por toda respuesta, se acodó de nuevo en el parapeto, mirando al mar, esperando encontrar…

“No está ahí”

“¿Qué, cómo ha dicho?” preguntó el viajero.

“Muchos vienen aquí buscando algo, usted no es el primero. Llevo viviendo muchos años por aquí, y los he visto de todos los tipos: turistas que vienen en busca de la foto para enmarcar y presumir tras las vacaciones, y que pasan sin dejar más que basura y ruido, parejas más interesadas en su mundo compartido que en el exterior, gentes que llegan buscando algo que perdieron, como usted.”

“¿Cómo sabe que he perdido algo?”

“Tiene muchas de las señales. Dolor, tristeza, ganas de evadirse de sus sentimientos… También lo sé porque lleva aquí apenas treinta minutos y ya le he visto llorar dos veces.”

La franqueza de la respuesta sorprendió al hombre. Era cierto. La angustia que le había empujado a salir de la ciudad, a alejarse del lugar en el que habitaba ella, era demasiado para poder mantenerla a raya. Ya había llorado esa noche, cuando se quedó solo en el motel de carretera que encontró, había estado llorando mientras dormía, y las lágrimas habían vuelto de nuevo apenas unos momentos antes…

“No está ahí, nunca lo ha estado”

viernes, noviembre 16, 2012

Noticiero de la tarde

Hoy en día abrir el periódico o escuchar las noticias en televisión es arriesgarse a sufrir una depresión muy seria. A través de ellos conocemos, y gracias a los medios en muchos casos nos regodeamos, casos de suicidio por desesperación, maltratos, vidas tiradas a la calle por una interpretación dura de la ley, el capitalismo en su forma más salvaje. No hay esperanza. No se ve el final del túnel.

Los medios también intentan compensarnos con concursos, peleas o romances entre famosos... Las secciones de deportes y variedades de los diarios aumentan de tamaño, y los programas deportivos han incrementado su oferta como nunca antes, igual que las llamadas revistas del corazón.

Sin embargo, no se publican sucesos esperanzadores, aquello que antes se llamaba “el lado humano” de la noticia se considera ahora por el modo primitivo, esto es, el más sanguinario, el más carnívoro. Ocurre una desgracia y enseguida nos ocupamos al 100% de informar, poner fotos y vídeos de la tragedia, de acompañar a los familiares en su dolor… Claro, con clases. No da para tanto 150 muertos en un descarrilamiento de tren en Bangladesh (producido por el hacinamiento y el mal estado de los trenes comprados a un país europeo) que el nacimiento del bisnieto de la nuera de la hija de uno de nuestros más ilustres payasos (dicho sea con todo el respeto al gremio del cual me siento parte).

No me malinterpretes, querido lector. Estoy a favor de la información, soy un convencido de que cuanto mayor sea el acceso a la misma, mejor nos irá a todos. Estoy seguro de que ahí fuera hay fantásticos periodistas, gente dispuesta a darte todos los datos de la noticia para que podamos formarnos una opinión clara e informada. Pero me pregunto para qué quiero una opinión sobre que los amores de Justo Maderalago y Luna Pérez, o por qué es necesario dar tanta importancia a las opiniones de Mariano sobre Arturo, aunque uno sea el presidente de la comunidad de vecinos. Cansa. Aburre. Desmotiva.

Por eso yo, que era de lectura diaria de periódico, en papel y de cabo a rabo, y de revistas varias, ahora sólo veo por encima las ediciones digitales (gracias a XXXX* por eso, que nos permite conocer varias visiones sin apenas coste) de algunos de los periódicos más importantes, leyendo sólo aquellos artículos que me interesan. No veo noticias ni la edición de este año de Gran Primo.

Y no soy mejor por ello, ni más intelectual ni nada parecido. Ya lo paso suficientemente mal en mi vida diaria como para necesitar que me quiten la poca ilusión en el ser humano que me queda. Es así de simple.


* Sutituir por el nombre que más nos convenza

miércoles, noviembre 14, 2012

Y se llama soledad

Hoy la he vuelto a ver. Me estaba esperando, sentí su presencia en cuanto abrí la puerta de casa. Estaba sentada en el sillón, mirando cómodamente las luces del televisor. Apenas se volvió a mirarme cuando sintió el ruido de las llaves rebotando en la mesita de entrada. En su rostro pude ver esa sonrisa, esa sonrisa que yo sabía que significaba “te lo dije”.

Me fui a la habitación, cansado, a cambiarme de ropa. En esos momentos no quería hablar con ella, darle la satisfacción de la victoria ni que me viera derrotado. Una vez vestido con ropa de andar por casa, holgada pero abrigada para estos fríos de invierno, regresé al salón, donde ella ya se encontraba preparando la cena, canturreando, contenta...

No nos dijimos nada cuando me puse a su lado, empezando a calentar los restos de la comida. No era necesario. Ella tenía toda la información, sabía que había roto con Inés, mejor, que ella me había echado de su vida, que no quería saber nada más de mí, lo sabía muy bien. Conocía también cómo me sentía. No necesitaba que yo le contara la historia ni sus raíces, a ella sólo le importaba que yo estaba allí, con ella y nadie más.

Tampoco hablamos durante la cena, en la que yo traté de comer intentando no pensar, usando la televisión como una excusa. Ni siquiera cuando las lágrimas salieron de mis ojos, en silencio, dijo una sola palabra. Su sonrisa no cambió ni se movió un ápice cuando por fin me derrumbé, gesto de gata satisfecha que juega con el ratón que no se va a comer, pero tampoco va a dejar escapar.

A pesar de todo, yo sabía que me acostumbraría a su silencio, a sus pasos quedos, a su presencia constante. Siempre había sido así. y ella era consciente de eso.No nos hacía falta hablar para que supiera qué pensaba, el porqué de esa sonrisa constante en su rostro: “has vuelto, eres mío, para siempre, no volverás a irte, no te dejaré nunca”...

Como antes, como muchas noches antes, me acompañó al dormitorio pero no cruzó la puerta. Desde el dintel observó cómo me desnudaba. preparándome para el intento de dormir otra noche más, sabiendo que no lo conseguiré, que es en vano. Apenas unos segundos antes de que apague la luz la veo hacer un gesto, un “hasta mañana” repetido y ansioso. Por primera vez me sorprendo respondiendo “buenas noches, soledad”

viernes, noviembre 09, 2012

Polvo de estrellas


La imagen se ha desteñido con los años, el recuerdo se ha difuminado, y los pixeles de la memoria se han agrandado, disminuyendo el detalle y los colores, pero manteniendo los sentimientos y sensaciones.
Había nevado. Mucho. En aquellos años las nevadas no eran tan excepcionales como para que los telediarios abrieran con ellas, ni había tantos coches como para que los copos de nieve provocaran un desastre circulatorio. La calle presentaba no ya un manto blanco, sino una soberana manta nívea que cubría aceras, calzada y descampados con varios centímetros de ese polvo invernal que tanto nos gusta.

En la esquina había una mujer y un niño. Esa esquina esta frente a mi casa, bueno, la casa de mis padres, pertenece a uno de los pocos edificios que había allí cuando nos mudamos, hace más de cuarenta años. La mujer era mi madre, y yo el niño, envuelto en un abrigo de lana negro, o tal vez gris. Estábamos uno junto al otro, de espaldas al edificio en el que se encontraba nuestro hogar. Nos veo desde la terraza de mi casa, aunque yo sea ese niño pequeño, de no más de cinco años, moreno y de cara regordeta. Me recuerdo serio.

Un hombre mayor está enfrente de nosotros. El maestro. Todavía no había desaparecido la figura venerable del maestro de escuela, que tan bien supo retratar el fallecido Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas. En muchos de los pueblos de España la educación primaria, al menos en las primeras etapas, estaba a cargo de estos hombres y mujeres, y muchos de nosotros iniciamos nuestra formación con ellos. Aquella escuela estaba en los bajos de uno de los edificios de la calle cercana, y tenía el nombre que otras muchas llevan y llevaron: San José de Calasanz. Recuerdo la clase y los pupitres, todos los niños en una misma sala, sin importar edades ni condiciones: el hijo del maestro, los niños pequeños…

El hombre está hablando con mi madre. Las palabras o sonidos ya se perdieron, los gestos apenas se reconocen, ni siquiera el rostro de mi madre permanece. Ahora la escena ha cambiado, y la cámara de mi mente está junto a nosotros, en un plano general corto conmigo al frente. Miro al hombre mayor, creo que debería estar cerca de los sesenta años, una persona muy vieja para mi cortos estándares, con una barba blanca que le daba más años quizás de los que tenía.

Me sonríe. Me ofrece un caramelo, mientras mi madre me dice que tengo que ir con él, que vaya a la escuela.

Aquí acaba la imagen. Es uno de mis primeros recuerdos, recuerdos que no son reales, sucesos que pudieron bien ser momentos de un sueño o ideas que me formé en conversaciones. A esa edad, podemos vivir los sueños con tanta intensidad que se convierten en nuestra vida real. Desgraciadamente, perdemos esa virtud con los años.

martes, noviembre 06, 2012

Flores de invierno


Todas las mañanas Braulio escuchaba las noticias en su vieja radio portátil, esperando hasta oír la previsión del tiempo. Si el día se presentaba gris o con pronóstico de lluvia, se quedaba en casa, leyendo o hablando con sus familiares. Pero si el meteorólogo indicaba buen tiempo, o al menos que no iba a llover, Braulio se vestía y salía de su hogar en dirección al parque de las Azaleas, a pasar el día.

Allí se dirigía siempre al mismo lugar: un banco de madera desgastada y nudosa, situado en una zona apartada del parque, donde se sentaba y estiraba las piernas. Estaba alejado de las rutas principales de corredores y madres con hijos, por lo que no le molestaba casi nadie durante largas horas. El tímido sol de invierno le calentaba durante la mañana, y en los veranos le daba sombra un anciano sauce cercano. Arbustos de brezos y lavanda le proporcionaban agradables olores, y los parterres del otro lado del seto se encargaban de dar variedad a su paisaje.

Era un lugar tranquilo y confortable. Allí pasaba mucho tiempo, sentado, con la cara al sol o leyendo. A veces, sin saber por qué (un recuerdo, un olor, quizás el sueño de una mala noche, la memoria de una imagen…), el corazón de Braulio se estrujaba y dolía. Una sensación de ahogo le colmaba, subiendo por su garganta hasta sus ojos, que comenzaban a picar y luego a destilar lágrimas.

No era un hombre sensible, pero a lo largo de sus muchos años había acumulado una gran cantidad de angustia y pena, sentimientos que se habían sedimentado en su alma dejando un poso negro y duro, una costra que era muy difícil de arrancar… Esos momentos en que lloraba en silencio, sintiendo la calidez de sus lágrimas recorrer sus mejillas, le ayudaban a romper y sacar parte de ese dolor.

Durante esos segundos le asaltaban imágenes de su vida, recordaba a parientes que no podía alcanzar, a amigos con los que no podía hablar, a amores que no pudo corresponder… Si alguna persona pasase por esa zona del parque en esos instantes, quizás un transeúnte despistado, caminando sin rumbo, podría escuchar las palabras que Braulio decía entre sollozos: “perdóname”, “lo siento”, “te perdono”…

Llegaba al fin la tarde y el banco quedaba enredado en las sombras de los pinos cercanos, altos vigilantes de la vida de Braulio. El hombre se levantaba, recogía sus cosas (un libro, tal vez una bufanda) y golpeando su gastado y blanco bastón de ciego caminaba hacia la salida del parque, un poco más ligero que ayer, un poco más pesado que mañana…

sábado, noviembre 03, 2012

Sala de espera

Debido a una de mis múltiples (y según los médicos imaginarias) dolencias, he tenido que pasar la tarde sentado en la sala de espera de urgencias. Normalmente no me importa esperar; no soy un hombre impaciente ni suelo tener prisa para casi nada, y la mayoría de las veces procuro disponer de lectura suficiente para ir matando los ratos en que lo necesito. Pero hoy apenas he podido leer un par de párrafos antes de sentirme atraído como una polilla por la conversación de un grupo de jóvenes que estaban cerca de mí.

Eran cuatro chicas, ninguna de ellas mayor de veinte años, que comentaban alegres y vivaces sus embarazos y las circunstancias de los mismos. Nada de esto era fuera de lo normal; el embarazo adolescente sigue siendo un problema en zonas rurales, como el lugar donde vivo, a pesar de las campañas del gobierno y organizaciones sin ánimo de lucro. Parece ser que es más fácil que nuestros hijos e hijas se aprendan la letra del hit del momento en Bulgaria que hacerles ver la importancia del preservativo en unas buenas relaciones sexuales. Si los padres no lo hacen…

Una de ellas, delgada, con el pelo moreno recogido en un moño, y un clavo sobresaliendo del labio superior, estaba muy preocupada porque su hijo estaba a cargo de la madre y ya eran altas horas de la noche. Con el correr de la conversación me enteré (yo y toda la sala) que su marido estaba en la cárcel, que ya había tenido las visitas “intima, familiar y de convivencia”, que no estaba preocupada por él, porque su suegro había estado muchos años en la cárcel y tenía muchos amigos, pero que le extrañaba que no la hubiera llamado las dos veces que solía hacer en los días de llamada, a pesar de lo que ella se esforzaba en conseguirle el dinero que necesitaba allí dentro…

Otra de ellas, rellenita, con una incipiente barriga, posiblemente con menos de dieciséis años, tenía otras preocupaciones: había denunciado al presunto padre del bebé para poder cobrar una ayuda familiar de cuatrocientos euros durante tres años, ayuda que además le proporcionaría ventajas para obtener “los papeles”, y ahora se encontraba con que no podía verle o le retiraban la ayuda.

Toda esta conversación entre ellas se mantuvo en un tono de absoluta naturalidad, como si estuvieran comparando notas o se contasen las últimas vacaciones. He de confesar que me resultó muy chocante encontrarme de bruces con esta realidad: personas que viven la cárcel como un hito más de la vida cotidiana, que son capaces de negar una relación con tal de obtener una ayuda para el sustento diario… 

Vivimos en tiempos difíciles, todos los días se encargan de recordarnos que éstos serán cada vez peores, las noticias son todas pesimistas y ya ni siquiera las páginas deportivas de los diarios nos dan alguna alegría. Y sin embargo, la vida sigue, los niños nacen, son educados (más o menos bien) y continúan un ciclo que lleva rodando desde el principio.

A menos que Ronaldo y Messi hagan algo, bajo los auspicios de Merkel…

miércoles, octubre 31, 2012

Primavera

Eusebio se secó el sudor con un viejo pañuelo que llevaba atado a la manga, mientras conducía a las bestias por el terreno. Llevaba rastrillando desde antes de la salida del sol, tenía que terminar de preparar el terreno para la siembra a tiempo, hoy era un día muy especial. Una sonrisa le iluminaba la cara cuando pensaba en María y en su próxima boda, y se ensanchaba aún más cuando lo hacía en la noche de bodas que le seguiría.

Manejaba a las vacas con los ramales, dirigiéndolas para romper la primera capa de tierra, reseca por los tempranos soles primaverales, esponjando y dejando el terreno preparado para la siembra. De pie sobre el rastrillo, añadiendo su peso al de los tablones de madera, para que las púas metálicas pudieran romper el cortezón más eficazmente, Eusebio recordaba cómo había cortejado a María, cómo habían ido juntos a los bailes y romerías del año pasado, y cómo se había finalmente atrevido a hablar a su padre de sus intenciones. Entre las dos familias había habido una larga negociación hasta que la dote fue acordada y pagada.

Al día siguiente se casarían y María iría a vivir a la casa que había estado construyendo todo el invierno. Sería el hogar en el que criarían a sus hijos, formando una familia como habían hecho sus padres, y los padres de sus padres, antes que ellos.

domingo, octubre 28, 2012

¿Un aniversario que celebrar?

Acabo de leer la noticia. Hoy hace treinta años del triunfo del Partido Socialista Obrero Español, con Felipe González a la cabeza, en 1982. Un 48% de los votos, más de diez millones de votos de los de entonces, como diría algún amigo mío. ¿Y qué hacía yo por esas fechas?

En octubre de ese año yo había comenzado mis estudios en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense. Un chaval de apenas dieciocho años, que casi no había salido de Parla en su vida, se desplazaba todos los días en aquellos míticos autobuses a la estación de trenes y luego en los vagones de RENFE con “asientos de cuero”, para tomar el metro en Atocha, con cientos de otros habitantes del extrarradio, hacer transbordo en Sol y bajarse en la estación de Moncloa y seguir caminando hasta su facultad. Toda una aventura.

Recuerdo entrar en clase, un 26 de octubre, en aquellas aulas de techos astronómicos (corría la historia de que nuestra facultad, la “caja de cerillas” fue inicialmente un proyecto para un país monzónico, por eso los techos de más de diez metros de las aulas de la planta baja), y recibir al profesor de Química General, un jovenzuelo de barba rala y calvicie ya más que incipiente, decirnos, como si fuéramos seres humanos en vez de alumnos que deberían callar y escuchar, “¿Habéis visto la que hay montada ahí fuera? Viene Miguel Ríos a tocar”.

“Ahí fuera” era el solar que entonces existía entre las facultades de Farmacia y Biológicas, y que actualmente es el Real Jardín Botánico Alfonso XIII. En aquella explanada se había montado el escenario para el mitin fin de campaña del PSOE, con la actuación, entre otros, de Miguel Ríos y Felipe González. Creo que ya ninguno de los dos hace giras, pero aquel profesor de Química abandonó las clases y la Universidad a los pocos días, entrando en el equipo de desarrollo de la LOGSE. Desde entonces ha escalado posiciones, ha sido ministro y ahora creo que tiene un buen trabajo, aunque, como todos en estos tiempos, está en la cuerda floja y puede que le despidan, seguramente con una indemnización acorde a los años de servicio.

Próxima estación

El joven se apoyaba en una de las columnas de la entrada a la estación, pasadas las taquillas. Llevaba ya unos minutos esperando, mirando ansiosamente hacia la salida del metro, observando a todos los viajeros que salían o entraban por ella. Habían quedado en ese lugar, para conocerse al fin, después de varios meses de cartas y llamadas de teléfono.

Su relación comenzó por casualidad, un comentario sobre una entrada en un blog de literatura le había llamado la atención y decidió comentar a su vez. La autora de la primera nota le respondió, y así empezó un intercambio de ideas y opiniones que poco a poco fue derivando a un terreno más personal. A las pocas semanas se intercambiaban fotos y teléfonos, desde ahí fue todo en caída libre: mensajes, regalos, flores, conversaciones largas y muy íntimas que desembocaron en el primer “te quiero”.

Habían decidido encontrarse personalmente aprovechando un viaje de él a la ciudad de ella, y durante las semanas previas habían fantaseado con lo que podría ocurrir: besos y abrazos, caricias por fin sentidas y dadas con toda la pasión que ambos almacenaban, una estancia más prolongada por parte de él…

Ella se retrasaba. Ya llevaba varios minutos esperando, apoyado en su columna, y observando con esperanza a los viajeros que salían por los torniquetes, deseando ver su cara entre los rostros anónimos que llenaban la estación a esa hora de la tarde. Le llevaba un regalo, un precioso colgante que había encontrado en una feria artesanal en su ciudad natal. Sabía que le gustaría el detalle, tanto como a él le había gustado comprarlo pensando en ella.

Los minutos pasaron, y se convirtieron en horas. Poco a poco la ilusión inicial se convirtió en frustración y desengaño. Intentó llamar a su teléfono, sin respuesta. Finalmente, después de esperar más tiempo del que su cabeza le aconsejaba, con el corazón dolido y confuso, se dio la vuelta y salió de la estación, cabizbajo, melancólico, preocupado, pensando unas veces que algo le había pasado, otras que nunca debió haber ido a ese encuentro, otras…

En la barandilla del nivel superior de la estación una joven se enjugaba las lágrimas en silencio. Había estado las últimas horas en ese lugar, en una posición desde la que podía ver las columnas, cerca de la taquilla, pero desde la que era difícil que la descubrieran mirando. Lo había visto llegar, ilusionado, y mirar el reloj cientos de veces. Había notado sus nervios al llegar, y cómo la desilusión se había ido acumulando sobre su alma, conforme pasaba el tiempo y ella no aparecía.

No pudo bajar. No quiso descubrir que no era tan alto como parecía en las fotos, ni que sus ojos no tenían el mismo brillo, No quiso que él viera las canas que salpicaban su pelo y su alma, No quiso poner su amor a prueba, temió que quedase dañado y perderlo. No quiso sufrir como había sufrido otras veces.

Mientras, por la megafonía de la estación se anunciaba la llegada y la salida de trenes a distintos puntos del país. La muchacha se secó las lágrimas como buenamente pudo, y haciendo girar las ruedas de su silla se dirigió a la salida, hacia la noche, una vez más…

domingo, octubre 14, 2012

Ceniza de recuerdos

En el erial que era el jardín trasero había amontonado los últimos rastrojos y ramas muertas, hojas y viejos trapos, cerca de los cuales había puesto una gastada mesa, con una botella de vino y un vaso. El sol comenzaba a ocultarse por el tejado de la casa, iniciando su descenso. Se sirvió una copa y tomó un sorbo, mientras veía cómo las sombras iban creciendo en el terreno.

La mudanza había llegado unos días antes, un gran camión lleno de cajas pulcramente etiquetadas y numeradas. Había contratado una agencia para hacer todo el trabajo, no quería tener que elegir y prefería que alguien ajeno lo empaquetase todo. Mientras los operarios iban sacando muebles, ropa y objetos, rodeándolos con papel y cartón mientras los almacenaban en cajas que luego numeraban, él había permanecido en la terraza, observando a las gentes que cruzaban por la calle, contestando con monosílabos a las preguntas que el capataz le hacía de vez en cuando, ajeno por completo a su significado, hasta que, finalmente, puso una firma donde le dijeron y paseó por lo que había sido su hogar durante varios años, desnudo y sin recuerdos...

Aquello fue meses atrás. Ahora había ido amontonando las cajas en las distintas habitaciones y, poco a poco, con el correr de los días había ido abriendo y desembalando las más grandes: utensilios y vajilla que ahora dormían en los armarios de la cocina, electrodomésticos que ronroneaban por toda la casa, algunas sábanas y ropa de cama, muebles que llenaban los espacios vacios....

Después de tomar otro sorbo de vino, se acercó a una de las cajas que había puesto cerca de la mesa y la abrió con un viejo cuchillo de cocina. De su interior salieron grandes carpetas llenas de papeles: viejos albaranes y facturas, papeles manuscritos con una letra infantil y desvaída por los años, fotocopias grises por el tiempo… Según iba sacando los documentos los observaba un momento y luego los arrojaba a las llamas.

La hoguera iba creciendo conforme el hombre la alimentaba. Devoraba tanto fotocopias en blanco y negro como libros, papeles sueltos o agrupados en carpetas, en cuadernos, en álbumes ajados por el huso. Una segunda caja llena de libros se convirtió en un festín para el fuego, haciendo que el hombre retirase un poco la mesa del calor que emanaba, para después servirse otra copa de vino. Al poco tiempo, la tarea se hacía metódica: las cajas eran abiertas con precisión casi médica, su contenido extraído, las más de las veces sin ni siquiera echarle un vistazo, y lanzado a las llamas, que mantenían una intensidad moderada. Restos ardientes se elevaban en el aire caliente de la tarde, en los que alguien atento podría vislumbrar un número o un logotipo...

La botella ya estaba media cuando llegó a la última caja, la más grande. Tal vez fuese el vino ingerido, el calor producido por la hoguera, o una caja defectuosa, pero cuando el cuchillo abrió el sello, la caja se rompió y todo su contenido se esparció sobre la mesa, cayendo por los lados de la misma hasta el suelo. Grandes fotografías de una mujer joven sonriente, con un niño rubio en brazos; una pareja caminando de la mano, sonriendo al fotógrafo; un joven recibiendo un diploma; un niño feliz ante un juguete... El hombre se agachó y tomó una de las imágenes, en la que una joven aparecía sentada en una playa solitaria, su rostro casi velado por el sol, mirando al objetivo. Con la mano acarició ese rostro cubierto por una pamela y unas gafas negras, mientras una lágrima se asomaba para ver a la mujer.

El hombre envejeció de repente, parecía muy cansado, el retrato aún en la mano y observando largo rato las llamas. Finalmente, recogió todos los papeles que habían caído de la caja y los arrojó al fuego, junto con los restos de cartón de la caja. Con la última copa de vino en la mano, miraba como la hoguera se iba consumiendo, removiendo las restos con un palo para asegurarse de que todo ardiera bien, que no quedaran más que cenizas.

El sol ya se había ocultado cuando finalmente las últimas brasas se apagaron. El hombre se había sentado en la mesa, con la botella ya vacía en el suelo y la copa con un poco de vino en la mano. Parecía soñar.
A la mañana siguiente, bien temprano, apareció de nuevo en el jardín, con una carretilla llena de tierra vegetal y un rastrillo. Con la herramienta dispersó por todo el terreno los residuos de la hoguera, teniendo buen cuidado de que todo hubiera ardido completamente. Una vez esparcidos los restos de la quema, comenzó a cubrir el jardín con la tierra vegetal. Sabía que las cenizas serían un excelente fertilizante, y que ayudarían a crecer las flores que pensaba plantar, por fin sus recuerdos tendrían algo de color…

lunes, octubre 08, 2012

El lugar de dónde nunca querré irme...

Sintió frío. Mientras lo esperaba habían caído las primeras sombras sobre la terraza y, aunque la tarde de verano seguía siendo cálida, la temperatura había bajado lo suficiente como para que lo notara. Se levantó en busca de algo de abrigo, y regresó con un bonito chal de seda, bordado a mano, que había traído de uno de sus viajes por Asia. Sabía que le gustaría, y podrían comentar sus recuerdos de las arenas de Petra mientras tomaban el aperitivo. Recordando los colores del desierto sintió unas manos sobre ella, afectuosas, que le acariciaban la base de la nuca, y al volver la cabeza vio sus profundos ojos negros mientras recibía la ternura de sus labios en su boca.

Sonrió. Sabía que a él le gustaba sorprenderla, aunque era consciente de que a ella le molestaba. Era un pequeño juego al que habían jugado en muchas de sus citas a lo largo de los años: uno de los dos llegaba antes de la hora prevista, normalmente ella, y se colocaba de manera que podía ver cómo aparecía el otro, observando en esos minutos en los que uno no espera ser visto, en los que se relajan nuestros escudos y nos mostramos como somos, antes de, tal vez, ponernos la máscara que corresponda a la ocasión.

Él venía de la calle, y a pesar de que había estado fuera toda la tarde no parecía tener calor. Al acercarse a besarla detectó el sutil aroma de su colonia, que ella sabía que solo se ponía cuando estaban juntos. Se sentó al frente, sin soltarla de las manos, y mirándola a los ojos le preguntó por los hechos del día: visitas, clases, el paseo con las amigas… Ella le contó pausadamente las noticias que pedía, mientras se miraba en esos ojos que no dejaban de observarla, de acariciarla con la mirada, de decirle que la quería, que la había echado de menos, que estaba deseando sentarse junto a ella…

Estuvieron hablando en la terraza del hotel mientras el sol caía sobre los tejados de Madrid, una bola roja intentando incendiar el Campo del Moro, y se retiraron al interior cuando el fresco ya se sentía en el cielo nocturno, en el que las estrellas titilaban ya hacía rato. Caminaban despacio, ella sosteniendo el chal con una mano, mientras la otra la llevaba unida a él, mirando al suelo y sonriendo con esa media sonrisa que tienen los enamorados; él, la mano en el bolsillo del pantalón, la otra acariciando esos dedos que minutos antes besaba, mientras hablaba de sus sueños, de sus proyectos, de la vida en común que proyectaba junto a ella…

Llegaron a la habitación aún tomados de la mano. En ese momento ella levantó su rostro y miró en el interior de los ojos de él, intentando ver más allá de lo que sus tonos oscuros y las incipientes patas de gallo podían decir. No siempre había sido como ambos hubieran querido. El orgullo, palabras dichas sin pensar, miedos que no se habían confesado aún… Todo eso había provocado que pelearan en más de una ocasión, los dos defendiéndose de ataques imaginarios. Esos momentos quedaban ahora atrás, pero a veces el viejo resquemor resurgía como ondas en un lago profundo.

Esa noche no. Lo que ella veía en las pupilas del hombre era amor y pasión, lo que sus labios decían mientras rozaban su cuello concordaba con sus propios pensamientos, esas manos recorriendo su espalda iban acompasadas con su deseo, con sus ganas de sentirle y abrazarle, con la necesidad de envolverse en esos brazos y olvidar, llegar a ese punto en el que no sabían si eran dos personas o un solo corazón, a ese lugar de dónde nunca querrían volver… 

jueves, octubre 04, 2012

De la guerra...

Con un golpe del vaso en la mesa, el maestro terminó su parrafada ante la carcajada general de los que le rodeaban, sólo un poco menos borrachos que él. Ocupaban uno de los rincones de la tasca, donde llevaban bebiendo y fumando ya varias horas, mientras Carlos les servía vino y cerveza sin descanso.

Carlos, el portugués, había llegado al pueblo huyendo de los guardias de Salazar, y había abierto un pequeño bar en una calle lateral, cerca de la carretera. Llegó poco antes de que se abriera el camino hasta Pozonegro, y con él las comunicaciones con los valles del interior y su riqueza minera. Gracias a esta arteria de macadam llegaron a la villa hombres rudos del norte, de Asturias y León, mineros experimentados que abrieron y ensancharon minas que ya eran antiguas cuando los primeros caballeros castellanos llegaron a la zona. Gracias a la sed de estos hombres, y a la buena fama que tenía entre ellos, el portugués pudo prosperar y hacer fortuna, ampliando su negocio y poniendo una fonda con hospedería y comidas.

Durante la guerra la posada sirvió alternativamente de cuartel general de las milicias populares y del ejército nacional, y a ambos bandos sirvió el dueño en ese período. Cuando la contienda se decantó claramente por los sublevados, el portugués hizo gala de su ascendencia y sus contactos al otro lado de la frontera para salvaguardar su negocio y su vida, aprovechando la sintonía entre los salazaristas y el nuevo gobierno. Cuando la guerra terminó era habitual encontrar en la barra de la fonda a la pareja de la Guardia Civil tomando un vino entre ronda y ronda; el sargento de la guarnición local acostumbraba a pasar todas las tardes, para ‘echar la partida’ con el resto de las fuerzas vivas del pueblo: el alcalde, el señor cura y el boticario.

Todo sucedió como en otros muchos pueblos de nuestra geografía en esos tiempos convulsos…

Lo que nadie supo fue que, mientras el sargento tomaba vino jugando a las cartas, en los sótanos de la fonda se ocultaban guerrilleros de paso hacia o desde el vecino país; que en las noches de luna nueva Carlos y otros salían al monte, llevando provisiones y noticias a los que allí se ocultaban; que parte del dinero que el portugués sacaba por vender provisiones al cuartelillo llegaba a la resistencia en forma de pertrechos y asistencia. Con la ayuda del boticario, Carlos salvó de la muerte a decenas de maquis, hasta que las condiciones finalmente convencieron a los que mandaban en el exilio que la resistencia interior era inútil, y los últimos combatientes pasaron por el sótano de la fonda camino de Francia o Argentina…

domingo, septiembre 30, 2012

Páginas de cereza

Finas gotas de sudor bajaban por su espalda. Ya hacía rato que se había desabrochado la camisa, empujado por el calor que comenzaba a sentirse en el jardín. Llevaba desde primeras horas del día trabajando en esa parcela, limpiando, desbrozando, organizando… Había sacado toda la basura que los años habían acumulado sobre el terreno, y en un lateral ardían los troncos y ramas secas de varios de los árboles que tenía ese pequeño huerto.

Sabía lo que quería y sabía que tendría que trabajar duro para conseguirlo. Ya llevaba varios días en la casa, y la lista en la que apuntaba las reparaciones necesarias no hacía sino crecer: poner cristales nuevos a las habitaciones del piso superior, reparar varias de las cerraduras de habitaciones y armarios, limpiar baños y cocinas, despegar los años de suciedad de los cristales del salón, arreglar la puerta de la entrada, remendar varios agujeros en el tejado, replantar el jardín…

Mientras tanto, se había instalado en el salón, cerca de la chimenea. Su saco de dormir y sus escasas pertenencias ocupaban apenas un rincón de la habitación. Desayunaba fuera, en alguno de los bares que se asomaban a la carretera general; le gustaba llegar temprano, con los clientes mañaneros, confundirse con ellos y desaparecer al poco rato. No quería preguntas. No estaba preparado para ello. Durante demasiados años había mantenido una máscara que no estaba dispuesto a volver a usar. Por eso había venido a este pueblo, para ser él mismo, para no tener que mentir a cada instante…

Los días fueron pasando, y poco a poco el edificio que había comprado comenzó a ser medianamente habitable. Hacía él mismo la mayoría de las reparaciones, feliz de poder utilizar las manos en una actividad que le evitaba pensar, recordar, mientras sentía como se endurecían sus manos, llenas de ampollas por el trabajo. En las tardes, después de un duro día, le gustaba sentarse en una vieja mecedora que había encontrado en el desván, mirando cómo aparecían las estrellas desde el jardín trasero. Observaba la luna brillar sobre el valle, dibujando fantasmas que poco a poco, casi sin darse cuenta, iban ocupando el espacio de los suyos, echándoles de su interior y comenzando a serenar su espíritu.