domingo, septiembre 30, 2012

Páginas de cereza

Finas gotas de sudor bajaban por su espalda. Ya hacía rato que se había desabrochado la camisa, empujado por el calor que comenzaba a sentirse en el jardín. Llevaba desde primeras horas del día trabajando en esa parcela, limpiando, desbrozando, organizando… Había sacado toda la basura que los años habían acumulado sobre el terreno, y en un lateral ardían los troncos y ramas secas de varios de los árboles que tenía ese pequeño huerto.

Sabía lo que quería y sabía que tendría que trabajar duro para conseguirlo. Ya llevaba varios días en la casa, y la lista en la que apuntaba las reparaciones necesarias no hacía sino crecer: poner cristales nuevos a las habitaciones del piso superior, reparar varias de las cerraduras de habitaciones y armarios, limpiar baños y cocinas, despegar los años de suciedad de los cristales del salón, arreglar la puerta de la entrada, remendar varios agujeros en el tejado, replantar el jardín…

Mientras tanto, se había instalado en el salón, cerca de la chimenea. Su saco de dormir y sus escasas pertenencias ocupaban apenas un rincón de la habitación. Desayunaba fuera, en alguno de los bares que se asomaban a la carretera general; le gustaba llegar temprano, con los clientes mañaneros, confundirse con ellos y desaparecer al poco rato. No quería preguntas. No estaba preparado para ello. Durante demasiados años había mantenido una máscara que no estaba dispuesto a volver a usar. Por eso había venido a este pueblo, para ser él mismo, para no tener que mentir a cada instante…

Los días fueron pasando, y poco a poco el edificio que había comprado comenzó a ser medianamente habitable. Hacía él mismo la mayoría de las reparaciones, feliz de poder utilizar las manos en una actividad que le evitaba pensar, recordar, mientras sentía como se endurecían sus manos, llenas de ampollas por el trabajo. En las tardes, después de un duro día, le gustaba sentarse en una vieja mecedora que había encontrado en el desván, mirando cómo aparecían las estrellas desde el jardín trasero. Observaba la luna brillar sobre el valle, dibujando fantasmas que poco a poco, casi sin darse cuenta, iban ocupando el espacio de los suyos, echándoles de su interior y comenzando a serenar su espíritu.

jueves, septiembre 27, 2012

El pobrecito hablador

Cada vez creo más que el ente España es un hombre: bravucón, peleón, fiestero, un poco perezoso, pícaro y bastante orgulloso. Y con eso me refiero a la actitud que trasciende de lo que hacemos y decimos. Ahora mismo estamos en una crisis en la que se han producido 400 000 desahucios, que alguien ha tenido la brillante idea de poner candados a los contenedores de basura para que no se pueda buscar comida en ellos (señal de que se hacía, y mucho), que la amenaza del despido se cierne sobre muchos de nosotros, y que tenemos un paro de los más altos del mundo... ¿Y cómo lo arreglamos? Dedicando horas y horas a ver si se divorcia esa señora o quién tiene mejor voz, o qué le pasa al pobre que esta triste, o pidiendo autodeterminación.

Vaya por delante que respeto mucho todos los derechos históricos de los pueblos que componen nuestra piel de toro, desde los habitantes del oriente al poniente, pero eso, derechos históricos y dentro de un contexto actual. Que Cataluña es una nación, mira, no lo discuto ni me interesa; pero era parte de la corona de Aragón, con su autogobierno, y creo recordar de mis años de estudio que hasta el siglo XVIII lo conservaba pero estaba bajo la corona de España. El señorío de Vizcaya ha sido parte de la corona de Castilla desde el siglo XIV, y el reino de Galicia dos siglos antes. Parecen muchos años para ser explotados, o creer que son colonias esclavizadas, como he leído en algún sitio.

Sí, hay un idioma y una cultura diferentes en estos lugares, que deben ser protegidos y respetados. Pero también hubo una dinastía real en un pueblo de la sierra castellana durante más de doscientos años, y ni pelearon con los reyes de Madrid ni los veo levantarse en armas, enfadados ante el ataque centralista y ansiosos por la independencia.

Mi propuesta, desde el asombro ante nuestra estupidez como masa, es la siguiente: antes de hacer ninguna promesa de independencia, ni amago de partir una cesta que cada vez hace más aguas (¿pero qué va a quedar, sea Cataluña o Madrid, si rompemos lo que ahora mismo necesita recomponerse para todos?), mi propuesta, repito, es limpiar el país de malos políticos. Una casta de personas que parecen haber perdido el contacto con la realidad (alquiler, dietas, iPad, coche oficial, prebendas varias, chanchullos...), y que en su afán de mantenerse montados en la adrenalina del poder nos están clavando las espuelas en las costillas, porque carne no nos queda.

Hoy, más que nunca, se hacen proféticas las palabras de Mariano José de Larra, cuando escribió: “Aquí yace media España, murió de la otra media”

miércoles, septiembre 26, 2012

Ese lugar de dónde nunca querré irme

Los veo desde mi ventana, sentados en un banco del parque, abrazados y ajenos a todo. El huidizo sol de este día de primavera los ilumina de vez en cuando, pero ellos no parecen conscientes de su inconstante calor, solo lo son el uno del otro. Los observo durante unos momentos, preguntándome qué podrán decirse, qué será eso que tanta gracia les hace… las carteras están también juntas, rosa la de ella, azul con vivos colores la de él. Debieran estar en el colegio, por la hora del día, y sin embargo han decidido pasar ese tiempo juntos, en un banco de un parque, unidos por las manos y quién sabe si también por los corazones…

Desvío la mirada. Los recuerdos que me traen son demasiado dolorosos y los vuelvo a enterrar en el fondo de mi alma. Y sin embargo… Su foto sigue mirándome por la noche, nunca tuve el valor de alejarla de mis sueños; su perfume aún aparece en mi armario de vez en cuando, cuando alguna de sus ropas se cruza con mis manos; su voz se oye en la casa, cuando la noche es fría y mis lágrimas no pueden quedarse quietas…

Los veo desde mi ventana, felices y ajenos al paso del tiempo, inmortales como solo el amor de otra persona puede hacerte…

domingo, septiembre 16, 2012

Miedo


La noche sigue siendo mi refugio. Durante el día me confundo con el resto de los mortales, con toda esa gente que camina por las avenidas, que llena el Corte Inglés de voces y sudor, que se esparce por las calles como una marea viviente desde los centros de oficinas… Durante el día soy igual que otros miles de rostros, cansados, ojerosos, deseando terminar una jornada de trabajo que a muchos no llena.

Pero cuando el sol se oculta tras los edificios, cuando el calor del asfalto comienza a ceder, y las luces de ventanas y farolas se encienden, me transformo. Desaparece la apatía que me domina en las horas de luz, mis músculos se estiran y piden ejercitarse, mi ojos se agrandan y se preparan para la búsqueda, el resto de mis sentidos se afila como los de un animal…

En la oscuridad cazo. Busco a mis presas entre aquellos que aún no han regresado a sus casas, entre los oficinistas que permanecen más tiempo del debido en sus trabajos, entre las señoras de la limpieza de regreso a sus hogares, entre los agentes de la ley patrullando por las calles de mi ciudad… Durante los fines de semana mis garras se clavan en jóvenes que disfrutan de la penumbra de bares y discotecas, de aquellos que buscan sexo rápido en las calles, de los que intentan olvidar sus penas en un vaso de alcohol o en el contenido de una jeringa…

Soy el miedo que te atenaza en las sombras, la visión que te paraliza el corazón en callejones oscuros, tu peor pesadilla… ahora al 21%.

jueves, septiembre 13, 2012

Islas

La casa no estaba en las mejores condiciones, pero a él le pareció perfecta. Le faltaban varios cristales en las ventanas del piso superior, la puerta estaba bastante desvencijada, le hacía falta una nueva capa de cal en el exterior y seguramente tendría que reemplazar varias tejas en el tejado, pero a él le pareció perfecta. Alejada de las vías principales del pueblo, en una calle solitaria y tranquila, con un gran patio trasero que había visto mejores días y unas grandes vistas al valle y a las montañas, a él le pareció perfecta.

Cuando el propietario le mostró el interior, sus buenas sensaciones se acentuaron. A pesar de la suciedad y polvo, las vigas principales estaban en buen estado, y no se observaban grietas ni agujeros en las paredes y el suelo. La chimenea estaría seguramente atascada, pero el hogar tenía sus ladrillos refractarios en buen estado. Las cañerías eran antiguas, aunque no mostraban signos de desperfectos. Al abrir los grifos, el chorro de agua salió limpio y sin problemas, señal de que la fontanería no sería un gran problema.

Caminaba por el amplio salón, mirando las ventanas, mientras el dueño del edificio intentaba alabar las condiciones de la vivienda, temeroso sin duda de que ese cliente desechara la compra como lo hicieron otros antes. Sin embargo, el hombre que había llamado a su puerta esa mañana, un desconocido que acababa de llegar al pueblo por lo que contó, no era como los demás.

El trato se selló con un apretón de manos y la firma del contrato en la notaría cercana. Después de que se cumplieran los trámites administrativos de rigor, el nuevo dueño del edificio entró en la casa, llevando en la mano una gastada mochila y un saco de dormir que había visto también mejores días. Abrió todas las ventanas y extendió el saco de dormir en el suelo de la habitación principal, bañado por la luz de la luna creciente que entraba por una de las rotas persianas.

Tras recorrer la casa de nuevo, como tomando nota mentalmente de su disposición y posibilidades, el hombre se desnudó y entró en el interior del saco. Cerró la cremallera del mismo y durmió dos días.

sábado, septiembre 08, 2012

La imagen de tus ojos

Apenas unas horas desde la partida, mis retinas aún conservan la imagen de tus ojos, fijos en mí durante los besos finales, mientras mis manos recuerdan todavía el tacto de tu rostro, suave, cálido, y mis labios el sabor salado y dulce de tu piel... Tu presencia, tu tez, esos ojos en los que me sumergía y salía renacido, mis ganas de tomarte de la mano en la comida, las tuyas... Gracias por el regalo de tu cabeza en mi hombro y nuestras manos entrelazadas...

Estoy sentado en el lado de la ventana del autobús, viendo como el sol se hunde tras las casas de esta ciudad que se ha convertido en mi cárcel y mi paraíso, pensando en cuándo volveré a verte, cuándo estaremos juntos de nuevo…

En otro lugar y tiempo, regreso a casa después de una dura jornada de trabajo, horas frente a problemas que no puedo resolver, agotado, y sin embargo incapaz de descansar. La casa está vacía, sin alma, no tiene calor de hogar, es un sitio al que vengo a dormir y en el que paso las horas que no trabajo. Me preparo algo de comer, sin ganas, solo por el hábito de alimentarme, y me siento frente a mi ordenador, a esperar. 

Observo desde mi asiento como se encienden las luces de la ciudad, un reguero de rubíes y diamantes que salpican el suelo hasta donde la vista alcanza, mientras me voy alejando de tu cuerpo. En mis manos las entradas de esa obra que vimos me hacen pensar en ti de nuevo, te vuelvo a ver sonreír ante el nombre en el poster del teatro, vuelvo a recordar tus silencios, tu mirada sobre mí cuando crees que no te veo, tu sorpresa al verme, el calor de tu abrazo…

En otro mundo caminamos por la playa, unidas las cinturas, sin hablar, yo sintiendo la fuerza de tu cariño mientras el viento me susurra al oído, mientras intento absorber el momento, intentando averiguar en qué piensas, qué sientes después de estos años juntos: tal vez recuerdas aquella primera vez en casa de nuestra amiga común, hace tanto tiempo, o quizás cuando nos volvimos a encontrar en los pasillos de la escuela, tu sonrisa y tus ojos llamándome entre los timbres y los libros.

Llego a mi destino, cansado y añorando tu ser. La gente que pasa a mi lado no es consciente de lo que me pasa, no pueden ver el vacío de mi corazón ni la fuerza que me falta. Aquellos que tal vez me miren hoy solo verán a un hombre, entre otros muchos, con una mochila al hombro, caminando con la multitud, la mirada perdida y una sonrisa en los labios. Tal vez aquellos que se fijen un poco más puedan ver el libro que llevo entre las manos, y esos pocos que tengan interés en la portada en blanco y negro, quizás vean como sobresalen los pétalos de una rosa entre sus páginas y, reflejados en mis ojos, la imagen de los tuyos…

Que no se pierdan los sueños..

Durante un par de años de mi vida me dediqué al estudio para opositar a lo que entonces la administración llamaba técnicos en señales marítimas, y el resto del mundo llamaba fareros, como mi amigo el viejo farero. Me atraía naturalmente un puesto fijo en la administración, en unas oposiciones que eran relativamente fáciles, pero sobre todo la posibilidad de vivir en un faro, la soledad y el mar. Fueron buenos tiempos, tiempos inocentes, en los que la mayoría de mis ilusiones estaban intactas, y aún no había conocido y ansiado otras sensaciones, otras emociones…

A pesar de mis esfuerzos no conseguí el codiciado puesto de funcionario, y tal vez fue lo mejor. Desde entonces he viajado, he conocido otras gentes, me he enamorado, me han roto el corazón varias veces, lo he recompuesto otras tantas, he aprendido formas y percepciones del mundo diferentes a las mías, he creado universos…

Sin embargo, en la tranquilidad de la noche, cuando mi mente vaga en busca de un refugio en el que descansar, muchas veces vuelvo a ese viejo faro situado en una costa ignota, aislado del mundo, con solo las gaviotas y la espuma del mar como visitantes, y abro la puerta de madera pintada de verde, subo las escaleras del fuste de la torre y me asomo desde el torreón, apoyando las manos en la barandilla metálica y observo el infinito, ese lugar tan esquivo…

Que no se pierdan los faros...

domingo, septiembre 02, 2012

Nuestros ojos se enamoran

Recio y Luxía se conocían desde pequeños. Habían ido juntos a la guardería del barrio, y de ahí habían pasado al colegio de los Dominicos para continuar con su escolarización. A Recio le llamaban así en el barrio por su complexión; era un muchacho de anchas espaldas, gran cabeza y brazos más largos de lo normal. En los partidos de fútbol entre clases siempre era de los primeros en ser “pedidos” en la fila, y sus patadones eran muy apreciados por los capitanes… Luxía era una niña desgarbada, delgaducha y con coletas, que siempre vestía con un uniforme dos tallas más grandes que ella, y que solía ocupar los últimos pupitres de la clase.

Recio y Luxía eran vecinos. Los dos vivían en uno de los muchos edificios de apartamentos que había en el extrarradio, y tomaban un autobús escolar para dirigirse al colegio. Solían salir al mismo tiempo de casa y encontrarse en el portal; si uno de ellos llegaba antes, el otro esperaba sentado en los primeros escalones, repasando la lección o asegurándose de llevar todos los útiles. Si el retraso era mucho, llamaban por el telefonillo, apurando al compañero. Corrían juntos hasta llegar a la esquina en que los recogía el viejo bus.

A la vuelta solían coincidir con otros compañeros. Cada uno iba con el grupo de amigos de turno, cargando carteras, respuestas de exámenes, peripecias de recreo, secretos… Al llegar a su parada se bajaban uno detrás del otro y caminaban en silencio hasta su edificio. A veces comentaban algún suceso gracioso que hubiera ocurrido, o intercambiaban opiniones sobre la vida escolar. De ese modo, llegaban a sus casas, donde retomaban la vida familiar de cada uno.

Así, entre libros que cambiaban todos los años, bollos en la tienda de la señora Carmen, chuches en el kiosco de Paco y muchos coscorrones, Recio y Luxía llegaron a la adolescencia, unos completos desconocidos el uno para el otro. De repente, una mañana, mientras la esperaba en el portal, Recio se descubrió mirando a Luxía de una forma distinta, embobado ante su falda tableada, que se levantaba con el viento, con el movimiento de su pelo, con su sonrisa, con la profundidad de sus ojos negros…

Ese día Recio se convirtió en Alfredo, y su vida ya nunca más volvió a ser la misma.

lunes, agosto 27, 2012

Deseos de tinta

Hoy, caminando en el parque con mi hijo, he encontrado una pareja que me resultaba conocida. Ella era una mujer alta, delgada, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo, y un vestido fresco y ligero de color crema, que cuidaba de un niño mientras jugaba con un kit de montaje de motos. Él, moreno, fuerte y con ya cierta tendencia a la calvicie, vigilaba amorosamente a una niña rubia de dos años, que caminaba despreocupada, robando piezas a su compañero de juegos mientras sus padres hablaban entre sí.

Ambos me recordaron a los protagonistas de una historia que escribí hace tiempo, en la que dos amigos de la infancia se encontraban de nuevo en un parque público, ya adultos y con niños... Y de repente me he preguntado cómo sería encontrarme con los personajes de mis relatos. Aquellos que me conocen saben que la mayoría de mis narraciones tienen una base real, y que muchos de mis protagonistas están creados sobre mis recuerdos de personas reales, que han influido en mi vida de una u otra forma, o sobre los sentimientos que esas personas despertaron en mí.

Unos pocos, sin embargo, son fruto de mi imaginación, entes que aparecieron un día en mis páginas y que se quedaron en ellas, haciéndose un hueco dentro de mi mundo.

Sería muy bonito encontrarme con Héctor y Lumía, preguntarles cómo les va la vida, si el amor que sentían el uno por el otro se mantiene a pesar de la rutina y el paso del tiempo; posiblemente Héctor me contestaría que eso es fácil cuando el amor es intenso y se renueva cada día…

Con algunos personajes me gustaría poder charlar delante de una copa de vino, conocer de ellos antes de que irrumpieran en mis pensamientos: la vida de aquel vagabundo, qué le ocurrió a Marcos durante la mayor parte de su vida, hablar con Daniel y Tomás, que pudieran visitar aquella isla, saber si aquel fantasma querría ayudarme con mi pobre prosa, compartir técnicas de escritura con María, sentarme con Viktor en lo alto del faro y mirar a la lejanía con una taza de café caliente…

Sin embargo, si tuviera que elegir a uno de ellos para que se hiciera realidad de nuevo, seguramente elegiría a aquella muchacha que me esperaba con una toalla a la orilla del mar, mientras el niño que hay en mí disfrutaba con las olas…

miércoles, agosto 15, 2012

En busca del tiempo perdido

Mi amigo el viejo farero dice que el primer recuerdo que tiene del mar es su olor, ese combinado de salitre y algas que se le pegó al alma la primera vez que lo vio. Yo, que por enfermedad he estado mucho tiempo privado de ese sentido, estoy recobrando ahora mis recuerdos asociados al olfato, o consiguiendo nuevos…

Muchos de ellos serán comunes con vosotros, lectores, como el olor del pan recién hecho saliendo de la puerta de una tahona, un recuerdo que estará siempre asociado a mi tierra, a mi pueblo y a sus tradiciones. El aroma a café recién molido, hirviendo en el puchero junto a la chimenea, en casa de mis abuelos, o el del chocolate caliente en una churrería de barrio… El frescor de la hierba recién cortada, en una mañana veraniega de aire limpio y claro, me lleva de nuevo a aquellos meses como jardinero municipal, levantándome antes de la salida del sol para regar y mantener las praderas de césped de mi localidad. O el olor a lejía y limpio que tenían los pasillos del colegio a primera hora, o en nuestras casas, cuando las madres se empleaban a fondo con la Conejo (¿os acordáis?)

Otras sensaciones son más personales, aunque no soy el único que las conoce. Como el tufo dulzón de la descomposición y la muerte, que mi mente relaciona con la presencia de buitres y otras carroñeras, cabalgando sobre el aire caliente de la Sierra de Toledo, en una excursión durante mis años universitarios. O el aroma de su pelo, cuando se apoyaba en mi pecho y yo besaba su cabeza, intentando retener un momento que sabía fugaz. El perfume, su perfume combinado con el aroma de su cuerpo mientras intentamos dormir abrazados…

Y hay, finalmente, aquellas fragancias que parece que sólo yo puedo detectar, como el olor a verano, seco y cálido, con regusto a polvo y cloro de piscina. O la persistencia de la vergüenza, la soledad y la frustración, esencias que ahora llenan mi casa, y a las que no consigo acostumbrarme…

sábado, agosto 11, 2012

Malvivir de recuerdos

Hoy me han atacado. Regresaba a casa, después de un día agitado en el trabajo, caminando en zigzag, buscando una sombra que me aliviase de este infernal calor de verano. Estaba tranquilo, pensando en mis cosas. Bueno, no pensaba en nada que no fuera llegar y darme una buena ducha fría. De pronto, al cruzar la esquina del Museo, dos figuras se abalanzaron sobre mí. No pude resistirme, no pude luchar. Entre las dos me sujetaron y se abrieron paso a través de mi ropa y mi carne, hasta agarrar mi corazón y estrujarlo. La angustia me comprimía el pecho. No había nadie cerca, un alma amiga que me ayudara, nadie. Las gafas de sol evitaban que se vieran las lágrimas que surgían de mis ojos, a pesar de que hacía todo lo posible por impedirlo.

La presión sobre mi corazón no disminuía, tuve que sentarme en un banco para poder desahogar mi pena, para poder tranquilizarme, pensar…

Al cabo de un rato pasó. Volvía a respirar, pero con dolor. Mi corazón estaba libre, pero tenía secuelas. Sentado en medio de un parque, a la sombra de un castaño de Indias, me daba miedo levantarme y seguir mi camino. Se habían ido. Ya no estaban cerca pero podían regresar. La melancolía y la tristeza estaban al acecho, detrás de una canción, de una escena en una película, de la visión de una flor o una ventana… Yo sabía que volverían. Siempre lo hacen…

miércoles, agosto 08, 2012

Este es el lugar al que suelo regresar...

Sobre la ladera poniente del valle de Abrego se alza un pequeño conjunto de rocas, granito que el tiempo no ha conseguido desgastar ni los hombres destruir. Se encuentra rodeado de un bosquete de robles, quejigos y arbustos: jaras, tomillos, brezos, retamas y miles de pequeñas hierbas, que proporcionan un aroma especial a la zona, mientras que el zumbido de abejas y otros insectos llena el aire en las tardes de primavera y verano.

Del centro del roquedo surge un manantial fresco y claro. Los pastores de la zona lo conocen bien, y lo han ido agrandando hasta conseguir una fuente agradable, creando un pocillo claro y escondido, desde el que un regatillo baja hasta el río, al fondo del valle. Alguien le puso un embocadero de granito tallado, tal vez uno de los desaguaderos de la cercana ermita de Santa Luxía, en ruinas y abandonada desde la desamortización. En tiempos la fuente disponía de una vasija de barro cocido que los cabreros usaban para beber, pero la modernidad ha llegado también a estos lugares y ahora hay un vaso de acero inoxidable, medio oculto en un hueco entre helechos, siempre dispuesto para los caminantes que llegan a este recóndito lugar.

A pocos pasos de la fuente se encuentra un pequeño claro, creado por la caída de un enorme pedrusco desde los canchos que vigilan el valle, allá arriba, tal vez en una fuerte tormenta hace ya muchos siglos. El tocón mineral se ha ido desgastando con los años, y cuando en una de mis correrías infantiles lo encontré la naturaleza había creado en él un sillar, un lugar dónde poder sentarse al calor del sol de la tarde, sombreado por las ramas de un inmenso alcornoque cercano. Allí pasé tardes de mi niñez y mi juventud, sentado viendo pasar las nubes, disfrutando la fresca brisa que surgía del susurrante manantial, o escuchando el sonido de las aves y otros animales de la zona.

sábado, agosto 04, 2012

Gota de sangre

Para llegar al pueblo hay que seguir una carretera estrecha y serpenteante, arrancada hace décadas a la falda de los montes, apenas una lámina de alquitrán sobre tierra apisonada. Por esa vía regresamos todos los años los retornados, aquellos que por distintas circunstancias vivimos lejos del pueblo y sus gentes, de nuestras raíces. Por ella me gustaba caminar en mi adolescencia, saboreando la sombra de los alcornoques o admirando las vistas del valle.

El camino parte desde la comarcal atravesando dos grandes canchos, horadando desde el principio el alma de la tierra. Por eso, en venganza, la tierra lucha por recuperar ese terreno con zarzas y matorrales, rocas a veces caídas desde lo alto,  socavones producidos desde el interior, intentando que la carretera vuelva a su ser agreste y natural, siempre sin conseguirlo.

Poco antes de llegar a su destino la carretera describe una curva pronunciada, tras la cual se muestra el pueblo por primera vez al viajero, con sus casas encumbradas en la ladera, blancas y pardas, nuevas y viejas… Asomado a esa curva hay un pequeño grupo de alcornoques, una de las pocas zonas de la carretera que tiene espacio a los lados de la misma. Bajo la penumbra de los árboles hay un tronco caído, colocado para que las parejas que caminan hasta aquí tengan un lugar cómodo en el que susurrarse los secretos. Unos metros más allá, alejándose del pueblo, mana entre helechos un limpio y claro manantial, en el que muchas tardes apagué la sed y borré el sudor de mi frente.

Apenas a unos pasos de la fuente hay un trozo de terreno soleado y sin arbustos, flanqueado por un lado por la valla de piedra que marca la propiedad de las zonas altas, y por otro por la marca gris y caliente de la carretera. En esos pocos palmos de tierra, alimentados por el hilo de agua que baja desde el manantial, es frecuente ver flores de corta vida pero de vivos colores.

En mis recuerdos destaca una tarde de verano, con el sol a mis espaldas, mientras caminaba por el arcén absorto en mis pensamientos de adolescente retraído y solitario. Mientras mi mente vagabundeaba por quién sabe dónde, mis ojos repararon en un destello de color sobre el terreno. Me acerqué, y pude ver un pequeño ramillete de flores de un color rojizo casi rosa, y un olor suave y característico.

La imagen es clara en mi memoria. He visto a esa diminuta flor muchas otras veces, tanto en mis paseos como en fotografías, incluso la recolecté en su día para mi herbario estudiantil. Me enteré entonces que lo que mis mayores llamaban hiel de la tierra, por su sabor amargo, era una planta medicinal de uso antiguo, que se empleaba para curar la inapetencia, los parásitos intestinales o la diarrea, y que en la actualidad es un componente de muchos medicamentos, bebidas y colorantes…

Sin embargo, para mí siempre tendrá un significado especial. Gracias a ese ramillete de flores rosadas que apareció ese día en mi visión fui consciente por primera vez del color del mundo. Gracias a la sensación que su vivo colorido tuvo en mi mente juvenil, pude después descubrir y apreciar verdes, añiles, amarillos, naranjas… Los pétalos de delicados tonos rojizos me hicieron cruzar la puerta a un nuevo mundo de sensaciones, me abrieron los ojos al colorido de la vida.

miércoles, agosto 01, 2012

Rumor de alas y piel

Me gusta salir a caminar temprano en los meses de verano. No soy especialmente madrugador pero me gusta el frescor de esas primeras horas, cuando el sol aún no ha evaporado la frialdad de la noche, cuando aún se puede sentir la brisa bajando la temperatura de tu piel.

En esos paseos por mi ciudad suelo pasar bajo un arco de ladrillo viejo, una de las puertas que se abrían en la muralla, que daban paso a peregrinos, mercaderes, aldeanos y señores hacia la parte vieja y noble de la villa. Ahora, de la muralla no quedan más que restos escondidos entre torres de apartamentos, y la puerta se ha convertido en lugar de cruce entre un parque con máquinas de ejercicios y una calle estrecha y angosta que lleva hasta una de las plazas.

Hoy, caminando ensimismado en mis recuerdos, dejando que mis sentidos se encarguen de guiar mis pasos, he llegado a la entrada de ese arco y unos aleteos y chillidos han llamado mi atención. Revoloteando en lo alto de las bóvedas, con ese movimiento tan característico que tienen estos animales, había un pequeño murciélago. Su presencia me extrañó. No era la hora tan temprana como para que fuera normal, y el pobre animal estaba claramente desorientado. Volando de un extremo a otro del túnel, temeroso de cruzar a la claridad de una de sus salidas, el murciélago daba vueltas y revueltas bajo mi mirada. Ha intentado sin éxito encontrar un asidero, un descanso en las encaladas paredes del arco, pero no lo ha conseguido. Tal vez porque su cuerpo negro destacaba demasiado sobre la cal.

Finalmente, después de varios minutos de indecisión, ha salido volando por uno de los extremos del túnel y ha buscado refugio en la sombra de unos árboles cercanos, quizás escondiéndose hasta la llegada de la noche.

Y yo he seguido mi camino, preguntándome si no era yo como ese murciélago, incapaz de optar por una de las dos salidas de mi vida, revoloteando entre ambas hasta que el cansancio o la suerte me incline por una de ellas…

martes, julio 10, 2012

En la mar...

Cuando viajas en cualquier tipo de vehículo es más fácil fijar la vista en objetos que se encuentran lejos de tí que en aquellos que se hallan más cerca de la ruta que llevas. La velocidad a la que te mueves también influye en la distancia a la que puedes acomodar la vista sin problemas. Algo parecido pasa con la mente de algunas personas: cuando más lejano es el recuerdo, más nítido aparece, mientras que la memoria de lo que ha sucedido hace un instante es vaga e imprecisa.

El viejo marinero era una de esas personas. En ocasiones era incapaz de recordar lo que había pedido hacía unos minutos al tabernero, y sin embargo podía rememorar con todo lujo de detalles su primer viaje a las Américas, o aquella vez en que se enfrentó a tres rusos por el amor de una mulata. Permanecía el hombre largas horas sentado en un banco de la taberna, en un rincón cerca de la chimenea, observando el trajín del puerto a través de una sucia ventana, ensimismado en sus recuerdos hasta que una voz lo sacaba de sus pensamientos y le hacía volver a la realidad. En ocasiones incluso le costaba enfocar la mirada en su interlocutor, tan densas eran las nieblas de su memoria...

Habían llegado a puerto en una mañana clara, aprovechando la marea para poder fondear al lado de un atunero que zarparía en unas pocas horas. Llevaba en el bolsillo la paga de varias semanas, y el dinero le quemaba en las manos. Un marino joven y sano, sin familia, con un puñado de billetes en su poder, era un tremendo imán para muchas de las muchachas del pequeño pueblo pesquero, y tenía la intención de aprovecharlo. Vino, juego y mujeres hasta que volviera al barco...

El viento soplaba con fuerza, levantando muros de espuma blanca que saltaban por encima de la borda y calaban a los compañeros con un agua fría e hiriente. Amarrado a uno de los ganchos, intentaba destrabar la grua principal. Tanto la rueda como el cable que corría por ella se habían congelado, formando una roca de hielo, acero y grasa, que él intentaba romper usando un martillo y un escoplo. Los movimientos del barco, a merced de los vientos de la tormenta a pesar de los esfuerzos del patrón, y zarandeado por las olas a cada instante, no ayudaban en nada a su labor. Con una mano se limpió el rostro de agua, que le corría por el ala del sombrero impermeable, y se dispuso a dar un nuevo golpe a la masa helada...

Sentía como su corazón volaba como las gaviotas siguiendo la estela de los barcos. A pesar de los abrazos de amigos y conocidos, de las bromas un poco picantes de los compañeros del Alba del mar, la mayor parte de su mente estaba concentrada en el tacto de su mano, en la calidez y suavidad de su piel, en el olor fresco y limpio de su piel cuando le dio el primer beso, en los ojos del color del mar poco profundo, cuando el sol lo ilumina al mediodía...

viernes, junio 22, 2012

Día Mundial de la carta escrita a mano

Mi querida hermana: espero que al ser ésta en tu poder os encontréis bien, nosotros bien a Dios gracia.

Hermana, de lo que me dices que si…   así empezaban todas las cartas que durante años, siendo yo un crío, mi madre me dictaba para  mandárselas a su hermana. El resto de la carta variaba de una a otra, en ellas mi madre y mi tía se iban contando sus vidas:  los nacimientos de sobrinos nuevos, la muerte de algún conocido del pueblo… después las  cartas, siempre, todas las cartas, terminaban igual, con “besos y abrazos” y un montón de círculos y aspas que, según mi madre, representaban aquellas muestras de cariño: los círculos eran besos y las aspas los abrazos.

Era ilusionante mirar el buzón, encontrar una carta y, por la letra, adivinar de quien era. Luego mirabas el remite y una sonrisa te iluminaba la cara: carta de Barcelona, de la tita. El mismo protocolo, el mismo comienzo, calcado, solamente el nombre cambiaba. Al final de la carta, un folio con líneas que hacían de renglones para escribir derecho, los mismos círculos y las mismas aspas.

Hace años que aquellas cartas pasaron a la historia, tan sólo por Navidad las tarjetas de felicitación se escribían a mano. Ya ni eso. Era la agonía de un modo de comunicación en el que, con la carta, se mandaba una parte de nosotros: nuestra letra, el papel que nuestras manos habían rozado y después doblado cuidadosamente para que cupiese, el sello que nuestra lengua había humedecido para pegarlo a un sobre donde nuestra letra de nuevo era una bandera que nos identificaba antes de ser visto el remite.

Hoy no miramos el buzón, miramos el correo en una pantalla donde las cartas ya no se llaman cartas, posiblemente porque dejaron de serlo, y todo lo que vemos tiene esa frialdad que dan las máquinas. Ya no identificamos la letra de un familiar, de un amigo, de un amor. Ahora la letra no es la de María, es la Arial, la Georgia… ni siquiera quien nos la manda es María, ni el amigo Pedro, ni la tita Carmen, ahora quien nos escribe es maría1965@...

Qué pena que avanzar sea olvidar y dejar atrás tantas cosas, que triste que se pierdan tantas cosas que formaron parte de nuestra vida: las cartas, el afilador, el cine de verano, los juegos de los niños en las calles…  Posiblemente avancemos hacia un mundo mejor, pero dudo que lo hagamos hacia una vida mejor. Puede que ni siquiera sea vida aquello a lo que avanzamos. Puede que la vida sea precisamente aquello que vamos dejando atrás.

A mí me gustaría mirar una buena mañana el buzón y encontrar una carta escrita a mano. Seguro que el corazón me daría un vuelco. ¿No os pasaría lo mismo, no os gustaría que alguien que os quiere volviese a tomar en sus manos un bolígrafo, un papel, y os contase de su puño y letra cómo le va la vida? ¿No sería eso mejor que abrir el correo en el ordenador y encontrarse diez correos con fotos de paisajes exóticos, con frases rimbombantes, con animalitos que se dan muestras de amor?  ¿Y si en lugar de esperar esa carta la enviamos? Hagámoslo, instauremos el Día Mundial de la Carta Escrita a Mano. El próximo martes día 19 mandemos esa carta, vamos a dar a un ser querido la alegría de recibir algo que estaba perdido. Yo lo haré.


El viejo farero.

Noche cerrada


Llega un momento en que hay que parar para ver el camino al frente, descansar un poco las piernas y quitarse el polvo del camino. A veces esas paradas se hacen en posadas en la ruta, lugares especialmente preparados para que el cuerpo y la mente puedan retomar fuerzas y seguir viaje. Otras veces al caminante le llega el momento en medio de la fraga, o cuando la tempestad arrecia entre los montes. El mío es ahora.

Gracias y hasta pronto.

lunes, junio 04, 2012

Lágrimas que queman


Sus manos suaves y cálidas se apoyaron en mis hombros, con la excusa de sostenerse en la pendiente, y las mías volaron a su encuentro, casi con voluntad propia, sintiendo la suavidad de su piel.

Habíamos llegado en taxi hasta la península, buscando un paso por la bahía que nos permitiera llegar hasta el antiguo fuerte español sin tener que esperar el ferry que, dos veces cada día, comunicaba la ciudad con las villas en la entrada de la ensenada. Nos habían hablado de un viejo transbordador, apenas una balsa con barandillas, que cruzaba la boca de la bahía, comunicando así a las poblaciones de las dos orillas. 

Tuvimos que llegar hasta la entrada de la bahía mediante un taxi, cuarenta y cinco minutos por una carretera escondida y en malas condiciones que, sorpresivamente, terminaba en un hotel de cuatro estrellas, de esos que sólo los extranjeros pueden ocupar en la Cuba de los años noventa.

En el trayecto nos dimos los primeros besos, caricias que llegaron de forma natural, sin pensar. Recuerdo sus ojos negros, brillando con la luz de la mañana, y el sabor a fresa de sus labios, a juego con su perfume casi infantil…

Pasamos ese día juntos, yo separado del grupo con el que fui a ese viaje, y fuera de las rutas preparadas para los turistas. Descubrimos el fortín de los tiempos coloniales, aún imponente y serio, protegiendo el interior de las incursiones de piratas y bloqueos. Caminamos por la población cercana cogidos de la mano, un gesto de cariño que no estaba acostumbrado a recibir, mientras ancianas y niños nos sonreían y preguntaban. Conocí de su mano la calidez y simpatía de una gente que, a pesar de las circunstancias, sobrevive intentando al mismo tiempo vivir. A veces pienso qué habrá sido de ella, si seguirá en la isla, si habrá conseguido huir, o tal vez cazar a algún turista como algunas de sus amigas hicieron antes.

Seguramente no se acuerda de mí. No importa. Yo sí. Forma parte de mi vida, y lo hará siempre, pues lo que soy ahora es, entre otras cosas, gracias a ella…

jueves, mayo 31, 2012

Hoy


Hoy, mientras caminaba despacio hacia el parque, como de costumbre, para pasar las horas en mi banco favorito hasta que las cigüeñas regresaran de las eras, me encontré con un grupo de esos que llaman ahora manifestantes, y a los que en mis tiempos se les decía comunistas o cosas peores, golpeando ollas y cacerolas, tapas y botes, haciendo sonar silbatos y tracas, produciendo un ruido que se sentía desde el otro lado de la plazoleta, sentados, saltando, corriendo, gritando frente a una sucursal bancaria, una de ese banco que ahora sale tanto en las noticias, de los que hace que mi hijo se enfade mientras vemos las noticias después de comer, que parece que ahora los bancos no sirven para dar dinero sino para que se lo demos, y yo le digo que siempre ha sido así, y el pobre me mira con esa expresión suya, mitad pena mitad rabia, antes de decir aquello de “usted no se entera de nada, padre”, letanía que repite cada vez más, y yo no me entero de nada, y me voy al parque como todas las tardes, y paso delante de unas treinta personas, ilusionadas con cambiar un sistema que se hizo para no cambiar, y mi mirada se va a los cuatro coches y tres motocicletas de la policía y otros agentes de la autoridad, rodeando a esos pocos ilusos, para que no se salgan de madre, no vaya a ser que rompan algo, que se quebrante el orden público, que consigan algo que no deban tener…
En mi banco, viendo como las cigüeñas regresan de las eras, y antes de irme a cenar, me preguntó cuándo se nos fueron las ilusiones a la mierda y nos las encorsetaron de azul y porra…