miércoles, febrero 20, 2013

Hoy no, hoy no...

No, hoy no quiero que me leas, no, hoy no. Hoy copio a otro, esperando que no te des cuenta, esperando que me leas. Hoy no quiero que me leas, hoy no....

Canción del amor lejano, de José Angel Buesa

Ella no fue, entre todas, la más bella,
pero me dio el amor más hondo y largo.
Otras me amaron más; y sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.

Acaso fue porque la amé de lejos,
como una estrella desde mi ventana...
Y la estrella que brilla más lejana
nos parece que tiene más reflejos.

Tuve su amor como una cosa ajena
como una playa cada vez más sola,
que únicamente guarda de la ola
una humedad de sal sobre la arena.

Ella estuvo en mis brazos sin ser mía,
como el agua en cántaro sediento,
como un perfume que se fue en el viento
y que vuelve en el viento todavía.

Me penetró su sed insatisfecha
como un arado sobre llanura,
abriendo en su fugaz desgarradura
la esperanza feliz de la cosecha.

Ella fue lo cercano en lo remoto,
pero llenaba todo lo vacío,
como el viento en las velas del navío,
como la luz en el espejo roto.

Por eso aún pienso en la mujer aquella,
la que me dio el amor más hondo y largo...
Nunca fue mía. No era la más bella.
Otras me amaron más ... Y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.

martes, febrero 19, 2013

Horas...

En el silencio de la noche sólo resuenan los suspiros y los ‘te quiero’ susurrados al oído retumban como truenos en el interior de los corazones.

miércoles, febrero 13, 2013

Astenia primaveral

“…de un arco cuando está decorada, diez letras”. “Arquivolta” resonó una voz metálica a través del pasillo. El cadete Jareño recitaba con voz uniforme las definiciones del crucigrama del día. El androide contestaba en pocos milisegundos con la palabra correcta. “Exaltación extrema de los afectos y pasiones, nueve letras”. “Paroxismo” sonó casi gozoso el ser mecánico al responder. Por un momento el cadete paró su lectura y miró la inexpresiva cara del robot. Llevaba varios meses enseñando palabras a la criatura sin detectar ese matiz de emoción en la voz sintética. Apuntó la fecha y la palabra en una hoja frente a él. Fuera, el sol alumbraba sobre una pradera de flores en una deliciosa mañana de verano.

viernes, febrero 08, 2013

Conversaciones

"¿Qué te sorprende todavía?"
"La mayoría de las veces la estupidez humana, pero cuando estoy de buenas me sorprenden los ojos de un niño, una libélula sobrevolando la plaza, el color de un atardecer, el viento en mi cara..."

martes, febrero 05, 2013

Memorias de una tarde de sol

El sol calentaba las paredes del jardín, con lo que la temperatura del interior del patio cerrado estaba unos grados por encima de la calle adyacente. La cal descolorida de los muros aún reflejaba suficiente radiación solar como para que el hombre sintiera la fuerza del sol de marzo sobre su rostro. Llevaba un rato sentado en la silla, descansando después de abonar y escardar los parterres para la siembra, romper los terrones formados por el abandono de la tierra y marcar con pequeños letreros los lugares en los que sembraría los arbustos. Aquí, plantas y hierbas olorosas, que pudiera usar tanto en la cocina como en los armarios de la casa: espliego, lavanda, tomillo, hinojo, hierbabuena, un laurel... Allí, plantas de flor, que dieran colorido en todas las estaciones: violetas, margaritas, campanillas, allysum, azucenas, lilas...

Sin embargo, no estaba tan amodorrado como para no sentir el ruido. En una esquina del jardín, donde había amontonado toda clase de basuras y trastos a los que de momento no encontraba utilidad, se movían unos trapos, de forma espasmódica inicialmente y luego con furia, como si de pronto una racha de cierzo se hubiera colado por los resquicios de la tapia, volviendo a traer los rigores del invierno.

Desde su posición, apoyada la silla contra el pretil de la fuente seca, el hombre podía observar el baile de las telas sin necesidad de girarse. Observó primero con curiosidad, como sucede cuando nos encontramos ante algo novedoso pero no desconocido, que nos intriga pero no asusta. Después, con preocupación: podía ser una rata, y eso significaba problemas para el huerto futuro, con túneles e inquilinos no deseados.

El retal seguía moviéndose. Atrapado en el montón de desechos no podía echar a volar, pero sus espasmos y contracciones hacían temer que surgiera una bestia de su interior. Cuando estaba a punto de levantarse y averiguar qué o quién era el causante, una garra diminuta apareció, seguida de una bola de pelo gris sostenida por cuatro endebles patitas, que cayó medio rodando, medio saltando, hasta la base del montón, donde quedó enganchada a uno de los retales.

El hombre se levantó. No le gustaban los animales. En su infancia había tenido algunas mascotas, pero siempre desaparecieron en las múltiples mudanzas que marcaron su niñez. Ya de adulto, nunca había sentido la necesidad o las ganas de tener un animal de compañía, ocupado como estaba en ascender en la escala social y acumular más y más dinero.

El pequeño gatito seguía jugando con el retal, lanzando su diminuta zarpa y haciendo remedos de acecho, como si de una presa enorme se tratara. Al aproximarse el hombre no trató de huir, estaba muy entretenido y era demasiado joven como para sentir miedo de algo tan grande y que se acercaba a él, despacio y sin hacer movimientos bruscos, como si estuviera considerando qué hacer con él. Cuando el ser humano estuvo a menos de un metro, dejó de jugar con la tela y lo observó, en tensión, sin saber cómo reaccionar: ¿huir? ¿quedarse y seguir jugando? La persona no parecía amenazadora, ahora incluso era más pequeña aunque más ancho, y no se movía de dónde había parado. Decidió seguir atacando a su presa, aprendiendo el oficio para cuando creciera…

El hombre se agachó para observar mejor a aquella criatura gris y que no se asustaba por su presencia. Durante unos minutos contempló como acechaba y fintaba, cómo saltaba de un lado a otro esquivando los ficticios golpes de su enemigo, cómo disfrutaba de la vida. Una leve sonrisa se había dibujado en su rostro, y él mismo se sorprendió cuando su mano descendió a la altura del suelo y comenzó a llamar al gatito.

Ya llevaba un buen rato jugando y comenzaba a cansarse. Su joven mente necesitaba nuevos retos y de pronto descubrió cómo el ser humano le miraba y le llamaba. Una gran zarpa se tendía hacia él, pero no tenía uñas, no era agresivo, más bien parecía un juguete nuevo. Con una alegre despreocupación el minino se acercó a la mano y empezó a manotear con sus diminutas garras.

La sonrisa en el rostro del hombre ya era amplia y amistosa. Se había olvidado de la tarde de trabajo, de sus preparativos, de sus planes para el jardín. Estaba disfrutando del contacto del animal, de sus juegos, de su interacción, dos seres vivos en comunicación, sin peligros y sin agresión. Con una de sus manos agarró al micho (¡qué pequeño era, casi cabía en una de sus palmas!) mientras con la otra le acariciaba el lomo. El felino se había acomodado y estaba claramente disfrutando de las caricias.

Fueron juntos hasta la casa, donde el hombre preparó un plato de leche que puso junto a su mascota. Había ido a esa casa, en un pueblo escondido y lejos de sus antiguos conocidos, buscando el corazón y la humanidad que había perdido en sus años adultos, tal vez ese nuevo amigo le ayudaría a encontrarlo.

sábado, febrero 02, 2013

Remitente desconocido

Yo he sido funcionario de Correos toda la vida. Empecé clasificando paquetes poco después de terminar el bachiller, y después fui pasando por casi todos los escalafones: cartero varios años, otra vez clasificando pero esta vez pliegos y correspondencia, luego estuve mucho tiempo en despachos…

Aquellos eran otros tiempos. Las cartas venían todas escritas a mano, a veces con letras que no podían entenderse sino adivinarse, con datos equivocados o incompletos. Después de descifrar la dirección de destino las clasificábamos en grandes sacas que luego se enviaban a los centros locales, donde se volvían a ordenar y de ahí a los compañeros que las entregaban en los domicilios. ¡Y qué cartas aquellas! He pasado muy buenas ratos en la oficina de clasificación, intentando averiguar qué dirección o qué nombre aparecía en el membrete de una de ellas, o llorando de risa por algún nombre gracioso, que los hay y muchos en este país. Y las dirigidas a los Reyes Magos…

Ahora ya todo es muy distinto. Las cartas se separan manualmente y se pasan a una máquina, que las rotula con un código de barras y las va enviando a las sacas de forma automática. Dentro de nada habrá una que cogerá el sobre, leerá las direcciones impresas automáticamente y lo mandará al centro de distribución o incluso a la casa de destino, sin que la mano del hombre intervenga. Nada que ver a cómo lo hacíamos antaño…

Bueno, siempre había algunas cartas que no se podían descifrar y se quedaban en la oficina durante mucho tiempo, porque o no había remitente o no se entendía bien el destinatario o porque se recibían sin ninguno de los dos. Muchas las destruíamos  pasado un tiempo, de acuerdo con dispuesto en el reglamento de Correos, otras se entregaban cuando algún funcionario más listo o más ocurrente lograba adivinar el destino, otras simplemente desaparecían.

La verdad es que no sé qué me pasó aquel día. Era una jornada de trabajo normal, la tarde estaba a punto de terminar y a mis manos llegó una carta diferente a todas las que había tenido en ellas hasta entonces. El sobre, de tamaño corriente, era de un papel de muchos colores. No, no quiero decir que estuviera hecho con muchos colores distintos, sino a que el tono que tenía variaba según recibiera la luz de una u otra forma, era como un papel irisado de esos que aparecen en películas de ciencia ficción, que a veces te pone una película y otras un paisaje, no sé si me explico... No tenía remitente, pero el destinatario se leía claramente, tenía un tipo de letra que he encontrado pocas veces, casi antigua, muy elegante, de trazos firmes y fluidos. Ya ve usted, a fuerza de ver mucho uno acaba entendiendo un poco de caligrafía y todo…

El caso es que esa carta no se pudo enviar a las sacas, le faltaban datos. El procedimiento habitual hubiera sido que la hubiera dejado en el montón de “Sin clasificar”, a la espera de que alguien más listo o un golpe de suerte la encaminara hacia su destinatario. En vez de eso cogí el sobre y me lo guarde en la chaqueta, sin más.

No me entiendan mal. En todos mis años de servicio nunca he tenido una falta o una queja, pero esa carta… Es como si hubiera ejercido una atracción misteriosa sobre mí. Ese día, mientras regresaba, en el metro y luego caminando, a casa fui acariciando el papel en mi bolsillo, sintiendo su suavidad casi de mujer. Cuando llegué y me quité la chaqueta, saqué el sobre y lo puse encima de la mesa del comedor. Por entonces vivía solo y no había posibilidad de que alguien me viera, aunque recuerdo que lo hice todo a escondidas, como si me avergonzara de mi falta. Después de un largo rato de observar las iridiscencias del papel tuve que admitir que no me atrevía a abrirla.

Estuvo varios días encima de la mesa, observando mi rutina de joven soltero hasta que un día de borrachera la escondí en unos de los cajones del aparador. Han pasado treinta y tantos años de eso, y tantas cosas por mi vida…

Ayer, mientras vaciaba los cajones del viejo aparador, porque lo vamos a cambiar por  un mueble más amplio y moderno, la he vuelto a ver. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella. Fíjese que su papel aún mantiene esos tonos irisados que le daban esa apariencia de miles de colores, aunque más apagados, o quizás sea mi vista, que ya no es lo que era. La letra del destinatario todavía se ve bien, pero fui incapaz de abrirla, como aquella tarde en que llegué con ella a casa, y me quedé mirando embobao esas letras, que vete tú a saber qué historias encierran…

“A Teresa. Dónde quiera que esté.”


lunes, enero 28, 2013

Tiempos de tormenta

El viento le azotaba la cara con fuerza. Desde donde se encontraba, el acantilado descendía en vertical unos cien metros hasta el mar, que batía con fuerza su base, arrancando nuevas porciones en cada tormenta. Había tenido problemas para salir, como casi siempre últimamente. Unos padres sobreprotectores e ignorantes de lo que sucedía con su hija habían intentado que permaneciera en casa, al menos mientras no amainara la galerna que sacudía el pequeño pueblo costero en el que vivían.

Apenas pudo se escapó por la puerta, decidida a hacer aquello que había pensado. Con su bicicleta recorrió los escasos kilómetros que la separaban del observatorio, una pequeña plataforma construida en un saliente frente a los famosos precipicios que tantos turistas atraían en verano. En varias ocasiones estuvo a punto de ser barrida por el viento, pero consiguió llegar a duras penas. Al cruzar la entrada del mirador, un bonito emparrado de hierro semejando una antigua red de pesca, tiró la máquina sobre el húmedo césped y se acercó al pretil.

Una valla de madera, reforzada con gruesos pilotes, la separaba del abismo. Desde allí se podía ver casi toda la costa, parecía que el temporal se había comido todos los colores del mundo. El mar gris se confundía con un cielo plomo en el horizonte, y finas gotas de agua se estrellaban contra su rostro. Si sacaba la lengua podía saborear la sal que contenían, arrastrada desde el océano, decenas de metros por debajo.

Permaneció unos minutos observando el mundo uniforme que la rodeaba, tratando de adivinar por dónde vendría la siguiente racha de viento, intentando no resbalar en las lajas de pizarra que formaban el suelo de la plataforma. Al cabo de un rato se aproximó aún más al borde y se quitó la capucha de su chubasquero. Una maraña de pelo se desveló, agitándose con el viento como si estuviera viva, como si quisiera atrapar a las escasas gaviotas que se atrevían a volar con ese clima.

Se adelantó un paso hasta estar junto a la empapada cerca. Si miraba hacia abajo, podía ver las olas chocando con fuerza contra la base del acantilado, levantando nubes de espuma que volaban con el viento hasta su rostro. Con la vista fija en el indefinido horizonte, se concentró un instante y gritó.

Duró apenas unos segundos. Un sonido fuerte sí, pero no era eso lo que quería, parecía el grito de una niña perdida llamando a su mamá. Apretó los puños, cerró los ojos un momento y volvió a gritar con más fuerza. El sonido de su voz luchaba contra la ventolera que venía del océano, con las trombas de aire y sal, y perdió. Enfadada consigo misma, frustrada, la muchacha se acercó aún más al abismo, apoyó su cuerpo en la madera de la valla y volvió a intentarlo.

Esta vez buscó en su interior y empleo todo lo que tenía: la rabia de su adolescencia, las frustraciones y el dolor de las últimas semanas, todo junto formando un alarido que salía desde el fondo de su alma. Era un bramido que desencajaba su garganta, mientras sus manos se aferraban a los pilotes de madera, casi clavando las uñas en la madera.

Gritaba pensando en la incomprensión de sus padres, en la furia ante la indiferencia, en el rencor contra un mundo que no conocía y no la reconocía, en el dolor de la separación del ser amado… Gritaba por la inocencia perdida, por los pescadores que permanecían en el bar sin poder salir a la mar, por él… Siguió forzando su cuerpo durante varios minutos hasta que, desfallecida, tuvo que sentarse en el suelo, apoyada contra la valla del mirador.

Le dolía el cuello, y sabía que estaría ronca durante varios días. Con el dorso de la mano se secó las lagrimas que corrían por su cara, mezcladas con el agua marina y la lluvia, y tras unos minutos volvió dónde había dejado la bicicleta y se marchó, dejando solamente unas marcas en la madera de la valla como testigo mudo de su presencia.

Aquel año hubo muchas habladurías en el pueblo, y los telediarios de los días siguientes comenzaron con las noticias y teorías acerca de cómo había amainado un temporal de fuerza cuatro en apenas unos segundos, dejando solo unas fuertes lluvias en la costa.



jueves, enero 24, 2013

Lumia

Hoy te he vuelto a ver. Estaba sentado en mi lugar habitual, en el bar de la plaza, con un vaso de tinto viejo apoyado sobre la mesa de mármol descolorido por el tiempo, observando a la gente pasar a través del cristal del escaparate mientras dejaba mi mente volar sin rumbo, como de costumbre.

Apareciste por la izquierda, seguramente regresando del colegio, abrazada a tus cuadernos, que protegían una fragilidad todavía grande, caminando despacio con la cabeza baja, mirando al suelo y pensando en tus cosas.

Te observé pasar desde la seguridad de mi refugio. Llevabas un uniforme anodino, de esos que los colegios actuales tanto gustan de imponer, una cartera inmensa, enorme para tus pocos años. Los cuadernos llenos de fotos de los jóvenes de moda, colores recortados sobre un rosa infantil...

Cuando te acercaste a mí pude ver tu cara de cerca. El pelo, negro y brillante, recogido en la nuca con una goma decorada con motivos de niña pequeña. Al llegar a mi altura levantaste la mirada y volví a ver esos ojos negros, más oscuros que la noche sin estrellas, destacando sobre una piel blanca de escasos inviernos, que se adivina suave y cálida.

Me vistes. Un hombre mayor, cansado y con escasas ilusiones, con el corazón agrietado por varias partes y los huesos hartos de tanto doler. Un viejo mirando a una niña desde la seguridad de un chato de vino...
Al cabo de un segundo bajaste de nuevo la mirada y seguiste tu camino, desapareciendo de mi visión, tal vez para siempre, mientras yo me llevaba el vaso a los labios, pensando cómo fui capaz de entretejer tu futuro hace tanto tiempo...

domingo, enero 20, 2013

Luz de mañana

No quiero pensar. Cuando mi mente deja de estar ocupada vagabundea por senderos oscuros y llenos de espinas. Prefiero tenerla concentrada en caminos trillados, anchas carreteras por las que ya he pasado cientos de veces, la rutina me ayuda a evitar los desvíos.

Sin embargo, cuando la noche me envuelve y cierro los ojos, mi cerebro empieza a procesar la información del día e invariablemente abre puertas a esas sendas: las preocupaciones y dudas toman colores mustios, acciones inquietantes, vistas grises sobre el mar de los sueños. Sólo a veces, muy ocasionalmente, una luz se filtra por entre el cielo plomizo de mis ensoñaciones, e invariablemente viene a iluminar la flor que dejó en mis campos.

jueves, enero 17, 2013

Y quinientas noches...

En las noches de insomnio, cuando no puedo conciliar el sueño tras varias horas dando vueltas en la cama, salgo a pasear por la ciudad. Me gusta caminar en esas primeras horas de la madrugada, cuando los últimos trasnochadores o los trabajadores del primer turno de la oscuridad ya han llegado a sus casas, pero aún no han salido los madrugadores o aquellos que mantienen nuestra ciudad en marcha.

Recorro las avenidas, observando el doblez de las sombras en el suelo, pensando en mis cosas, atento al frescor del aire o al silencio que impera en las calles. Cuando llego a un semáforo, la rutina me hace mirar el color del hombrecillo que controla nuestros movimientos. A veces, un taxi retrasado o un autobús de línea nocturna se cruza en mi camino, pero la mayoría de las veces atravieso la vía sin esperar la señal, sintiendo el ligero placer por lo prohibido.

Ha habido noches en que mi vagabundear me ha llevado a las afueras, a suburbios y polígonos industriales donde se venden y compran almas humanas, algunas, las menos, aún con el envoltorio original. En una ocasión entablé una breve conversación con una de esas cenicientas de saldo y esquina, como las llamaba el maestro, con la lumbre de un gastado mechero como excusa. El frío, la noche, la mala noche… los tópicos se sucedieron mientras ambos nos dábamos un poco de calor humano a distancia, solitarios ambos en las tinieblas y buscadores de algo que no encontraríamos.

Al volver a casa después de mis recorridos noctámbulos siempre te encuentro: tu brazo rodea la almohada, abrazándola, pero la pierna izquierda queda un poco desvelada por las sabanas, que anuncian más que cubren tu cuerpo desnudo. Ha habido noches en que he permanecido un buen rato observándote, viendo como tu pecho se alza y baja con una respiración pausada, cómo te rebulles en sueños, manteniendo el cabezal entre los brazos como si fuera el ancla de tus mares oníricos. Alguna vez, cuando la soledad aplastaba mis hombros y hacía que mi sangre se convirtiera en cemento, alguna vez he intentado tocarte, acercar mis dedos a esa piel de tono dorado por el sol, y acariciarte.

Nunca lo he hecho. Después de dejar mi abrigo en el perchero y quitarme los zapatos, me desnudo cansinamente para volver al lecho, a esperar el amanecer en una cama vacía, donde el eco de tu cuerpo es más fuerte que mi propia existencia.

lunes, enero 14, 2013

Nocturna

Su piel se encendía mientras aquellos labios suaves y casi etéreos recorrían su espalda. Había despertado al notar cómo el aire fresco de la noche le acariciaba la piel, y se había dado cuenta de que estaba desnuda, su pijama de seda perdido en algún momento y lugar desconocido. Su siguiente pensamiento fue un suspiro de placer: unos dedos hábiles le rozaban las piernas, haciendo que su vello se erizase, podía notar cómo una lengua cálida y maestra recorría y besaba sus pezones, consiguiendo que se endureciesen casi al instante. Toda precaución, todo miedo que pudiera tener se desvaneció cuando la punta de esas excitantes extremidades alcanzó su clítoris, haciendo que involuntariamente se arqueara para poder ofrecer una mayor exposición, ya completamente vencida a las sensaciones…

Sabía, por las otras veces que le había sucedido, que aquellas atenciones no eran sino el principio. Pronto fluidos constantes inundaron sus entrañas, producto de las oleadas de electricidad que le recorrían la espalda partiendo de su centro de placer. Suaves manos exploraban la piel de sus muslos y vientre, su nuca era mordida con delicadeza, su pecho recorrido por labios expertos, su sexo libado por una boca ansiosa… A los pocos minutos deseaba que su amante la llenara, que culminaran todos los preparativos, todas las acciones, que la hiciera llegar al éxtasis final. Sin embargo, cuando la embestida tuvo lugar la sorprendió la fuerza y la delicadeza del momento; podía notar como el miembro duro y caliente de su pareja la iba completando poco a poco, haciendo que el gozo aumentase en grados que no imaginaba posibles, al mismo tiempo que percibía la fuerza de su amador en cada envite. Disfrutaba de la penetración de una forma que no recordaba haber hecho anteriormente, sus manos se aferraban con fuerza a las sabanas mientras los labios de su compañero se perdían en su cuello y su boca, ahora ya abierta a los suspiros y gemidos del deleite.

El clímax llegó de forma inesperada, como un volcán electrizante que hizo que sus músculos se contrajesen, que su cerebro liberase toda la tensión sexual contenida en un inmenso orgasmo que se extendió durante un par de minutos, consiguiendo que se durmiese agotada apenas unos instantes después.

A la mañana siguiente despertó cuando el sol ya se asomaba por la ventana. La habitación aún mantenía los olores de la noche anterior, y al recordar aquellas sensaciones una sonrisa le iluminó la cara. Se levantó, sin preocuparse de su pareja, como hacía siempre. No había nadie. Ningún hombre había entrado en su habitación en meses, y sin embargo, cada noche tenía una sesión de sexo y lujuria un poco mejor que la anterior. La primera vez se había asustado, cerrando puertas y ventanas, pensando que una cita desalmada la había drogado para disfrutar de su cuerpo. Incluso llegó a pensar que se había vuelto loca, que esas calenturas eran producto de una mente enferma y estuvo a punto de caer en una espiral de locura y destrucción.

Sin embargo, en una ocasión, cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo final, una voz le llegó claramente desde un lugar donde no podía haber nadie. Fueron dos palabras, pero a la mañana siguiente se levantó serena, con los sentidos claros y sin miedos a las sombras que vendrían. Sólo vio una vez a su amante, una noche en la que por razones de trabajo se acostó más tarde de lo habitual. Mientras se desmaquillaba en el baño, en el espejo empañado por los vapores de la ducha vio claramente un rostro que la observaba, anhelante: un joven de porte sereno, piel pálida y ojos verdes como el mar profundo. En silencio, sus labios dijeron las dos palabras que le habían traído la tranquilidad: "te amo".

miércoles, enero 09, 2013

Cena de navidad


Uff, apenas me queda tiempo y aún no he sacado la merluza del horno. Ya están los  cubiertos, las velas… El vino, enfriándose hace rato en la nevera, lástima que solo sea una botella para todos los que somos.
Esta cena de navidad es una ocasión especial que llevaba mucho tiempo esperando. He conseguido que vengan todos, aunque me ha costado lo mío. Mientras me seco el pelo pienso en las llamadas, las amenazas, los regalos que he tenido que hacer para traerlos a todos. Menos mal que el vestido ya está planchado y preparado desde ayer, casi es la hora. Dudo sobre si ponerme algo de maquillaje (un día es un día, ¿no?), pero ya llaman a la puerta. Corro a abrirla, nerviosa e impaciente al mismo tiempo.
El primero es Carlos, que hoy ha dejado su refugio en el cajero de la plaza para estar aquí. Luego llegan Román y Sara con las niñas, indecisos, ateridos de frio en esta noche invernal. Don Antonio, con su ropa tan gastada que parece papel… Nos sentamos todos alrededor de la mesa, y les agradezco poder pasar la Navidad dando un poco y recibiendo mucho más.

lunes, enero 07, 2013

Desayuno


La agarro firmemente con dos dedos, mí índice trabajando con el pulgar para atrapar su dureza, mientras me admiro de su grosor, de cómo se mantiene sólida a pesar de su longitud. Con cuidado, demorando el momento, la acerco a su entrada, viendo cómo ondas de placer anticipado se muestran en su oscura piel. El primer contacto es algo duro, difícil, pero mantengo mi presión constante y enseguida me introduzco, sintiendo cómo el calor y la humedad me atrapan inmediatamente. Una vez dentro, me muevo en pequeños círculos, que aumentan el placer y hacen que mi boca comience a salivar. Una órbita, otra… La saco justo antes de que pierda su densidad, un momento antes de que su dureza se ablande por el placer. Embelesado, me quedo observando un instante cómo algo de líquido fluye por su punta, cómo resbala una gota de dulce néctar de su extremo... No aguanto más. Abro mi boca golosa, deseosa de su carne, y me la trago por completo, sorbiendo su delicioso licor, cerrando los ojos para poder gozar más de la experiencia…

“¿Le pongo otra porra, señor? Hoy nos han salido riquísimas.”

jueves, enero 03, 2013

Caminos inciertos

Suspendida entre las paredes del gigantesco cañón que crea el Indo al cruzar el país de los descendientes de Aquileo, en uno de los mejores pasos comerciales del subcontinente, se encuentra la ciudad de Petra. Un inmenso monolito, una enorme masa pétrea que se dice cayó del cielo cuando los dioses encerraron a los titanes, protegida por el río y por los desfiladeros que la corriente ha ido cavando sobre las estribaciones del Himalaya durante eones. La parte inferior de la roca es desgastada por las aguas, y con los milenos esa erosión ha creado una pequeña playa por la que se asciende hasta la ciudad, una ciudad excavada, tallada, construida en el interior del monolito, miríadas de túneles y cavernas que albergan palacios, casas y almacenes.

Su privilegiada posición como encrucijada entre las rutas de comercio de Asía y Europa la convierte en una de la ciudades más ricas del mundo, el lugar perfecto para aprovisionarse antes de adentrarse en las tierras altas. Perseo y Pandora llegaron a sus puertas un día gris de otoño, cuando el cielo parecía un mar de plomo y la fría lluvia anunciaba la llegada del inminente invierno. Los dos viajeros se encontraban al amanecer delante de la gran puerta tallada que daba paso al interior de la ciudad, esperando para entrar en ella. Un pequeño destacamento de soldados montaba guardia en el interior, asegurando que se pagaran los impuestos de peaje y que ningún indeseable tuviera acceso a la roca.

Una sonrisa lasciva se perfiló en el rostro del capitán del destacamento, un nubio alto y fornido vestido con un peto de cuero y cota de malla dorada, cuando vio a la mujer del pelo dorado. Acostumbrados a los abusos, el resto de la guardia sonrió socarronamente mientras observaba la aproximación del oficial. Perseo intentó salirle al paso, pero ella le retuvo con un ligero toque sobre el brazo. Estaba segura de poder manejar la situación.

El capitán les dio el alto, enseñando la espada de plata engastada en su peto, señal de su rango, así como la automática de nueve milímetros que portaba como arma disuasoria. Los gestos del hombre denotaban confianza, había hecho muchas veces el tipo de ‘inspección rutinaria’ que pretendía, y en sus ojos podía verse el brillo de la lujuria sin contener.

Pandora no se amilanó ante la perspectiva de ser toqueteada y humillada, sino todo lo contrario. Cambiando su semblante de forma casi instantánea, comenzó a acercarse al soldado con movimientos felinos, sonriendo con los ojos y los labios, murmurando palabras en voz dulce e insinuante. Mientras miraba a sus subordinados con una sonrisa de suficiencia, relajado y en la creencia de tener dominada la situación, el capitán sentía como la mano de la mjuer se asentaba en su pecho, al tiempo que sus melosas palabras hacían que aumentase su lujuria, augurándole buenos ratos. Los dedos femeninos, delicados, suaves, iban recorriendo los dibujos del pectoral de su armadura, bajando por sus símbolos hasta su estomago y de ahí, mientras ella le miraba a los ojos, seductora, llegaron a su bajo vientre.

Nunca supo qué fue primero, si el destello en los ojos de la mujer o el dolor subiendo por su espina dorsal, un dolor paralizante, que le hizo aullar mientras apretaba los puños en un acto reflejo, al tiempo que finas gotas de sudor comenzaban a perlar su frente. La expresión de Pandora no había cambiado apenas, una gata jugando con su presa antes de devorarla, pero sus dedos se habían convertido en garfios que atrapaban al hombre, que sentía oleadas de tormento a cada movimiento de la mano antes cariñosa. Tras lo que le pareció una eternidad, sintió como la mujer liberó sus testículos, aunque el dolor no remitió e hizo que se arrodillara y pusiera en posición fetal de forma instintiva.

El resto del destacamento se había puesto en guardia, apuntando con las automáticas a la mujer. Perseo se tensó, dispuesto a la acción, mientras su pareja parecía relajada y satisfecha. Sin embargo, los gritos del capitán habían atraído la atención de uno de sus superiores, un oficial de pelo entrecano y una gran cicatriz en la mejilla. Al ver la situación, uno de sus hombres en el suelo con el resto del pelotón apuntando a una mujer y un hombre extranjeros, sus ojos se entrecerraron y las venas de su cuello se hincharon en un esfuerzo por mantener su rabia bajo control. Una voz de mando, ladrada más que gritada, hizo que los guardias bajasen las armas. Una segunda orden llevó al herido capitán a una sala hospitalaria, donde las burlas y mofas le seguirían durante el resto de su carrera militar.

jueves, diciembre 20, 2012

Diciembre

Querido lector,

En esto tiempos en los que las malas noticias, apocalipticas en ocasiones, nos acechan por todas partes, no está de más atesorar toda la esperanza e ilusióin que encontremos, hacer acopio de buenos sentimientos y pasar el máximo tiempo posible con la gente que realmente te quiere.

De todo corazón, espero que estas fiestas, y todo el año que viene, te colmen de todas esas cosas.

Hasta el año que viene


martes, diciembre 18, 2012

Quando sono sola


Actuó sin pensar. Caminaba de camino a su casa, dejando que sus sentidos absorbieran la información del entorno que luego su cerebro se encargaría de procesar durante el intranquilo sueño, cuando la vio unos metros por delante. La conocía. Era una de las mujeres que vivían en la casa que estaba a unos metros de la suya, alguna vez se habían cruzado por la calle y él había devuelto el educado saludo que ella había regalado. En ese momento iba cargada con la compra, regresando sin duda del mercadillo dominical, con la fruta, verdura y demás vituallas.

Al llegar a su altura se ofreció a ayudarla con las bolsas. Ella se sorprendió, era evidente que no le había oído acercarse, pero al reconocer su cara, tras unos segundos de incertidumbre, se relajó y le agradeció el gesto con una sonrisa. Él no había esperado a su confirmación formal y ya se había agachado para tomar de sus manos las bolsas que parecían más pesadas, dejando que ella suspirase aliviada. Con su carga en las manos echaron a andar hacia la casa, mientras un incómodo silencio se establecía entre ellos.

El hombre no era de los que hablaban. Durante años había tenido que hacerlo, comunicarse con gente que no le interesaba en absoluto, mentir para poder medrar en ese mundo cruel que es la vida para aquellos que no saben (o no pueden) verla de otra forma. Gracias a un golpe de suerte había podido comprar la casa en la que ahora vivía, se había alejado de todo lo que conocía y había querido empezar de cero en ese pequeño pueblo del interior.

Ella era una mujer menuda, con el pelo corto recogido con prendedores oscuros, apenas una nota de color en su vestimenta. Las pocas veces que se habían cruzado con anterioridad ella le había saludado cortésmente, al pasar rápidamente a su lado. Él se había fijado en que siempre caminaba deprisa, como si llegará tarde a todas partes. Era una mujer joven, aunque el tiempo ya había comenzado a cincelar su rostro, ocultando las señales de la pena y el dolor.

Caminaron durante un rato, hasta llegar a la puerta de ella. No habían intercambiado ni una sola palabra. En el umbral le pasó las bolsas y ella le volvió a dar las gracias, con una sonrisa que le sorprendió por lo sincera. Farfullando un “de nada”, se retiró unos pasos y volvió a su camino hacia el hogar, con el corazón un poco más liviano y menos sombras en su alma.

jueves, diciembre 13, 2012

Siempre buscando a Dios entre la niebla

Julio Bastida Recuerdo en el carnet de identidad, tío Julio para todo el pueblo. Con cuarenta y cinco años reconocidos y algunos más bastardos, su silueta era familiar a todos los habitantes de Algena: un hombre alto, desgarbado, con una chaqueta tres cuartos de cuero en invierno, y con camisas de lino o algodón en verano, su sempiterno cigarrillo sin encender en la mano.

Contaba el tío Julio que nunca había sido fumador, excepto por aquellos pitillos de picadura que había liado cuando tenía quince o dieciséis años, en la terraza del baile, para impresionar a alguna de las forasteras que llegaban a la discoteca los fines de semana. Desde entonces se había acostumbrado a llevar un cigarrillo siempre en la mano, decía que como amuleto, que acababa tirando a una papelera sin haberlo prendido.

Julio vivía en una de las casas del centro del pueblo, heredada de sus padres. Hijo único, era propietario de unas pocas tierras en el valle, de cuyos arriendos podía vivir holgadamente sin trabajar. Su rutina diaria comprendía levantarse al alba, pasear por los alrededores del pueblo hasta que se cansaba, tomar el primer café en el bar de Carlos y regresar a su casa. Volvía a salir a media tarde, jugando a las cartas con otros parroquianos hasta la hora de la cena. A veces cenaba solo en el bar del Casino, donde permanecía leyendo la prensa hasta altas horas, o discutiendo de política o mujeres con alguno de los socios.

La primera vez que habló conmigo me sorprendió su lucidez y socarronería, la agudeza de su pensamiento y la ironía que mostraba. Yo ya llevaba varias semanas apareciendo por el bar de Carlos para tomar café a primera hora, y habíamos coincidido en algunas ocasiones. El tío Julio siempre saludaba educadamente, conociera o no a la otra persona. En una ocasión, viendo que leía (de nuevo) Ulises, hizo un acertado comentario sobre la vida del dublinés, y ahí entablamos una conversación, en la que salió a relucir su vasta cultura.

Desde ese momento hablamos a menudo, y de vez en cuando me introducía en las discusiones que tenían lugar entre los clientes habituales, con las que llegué a conocer a los actores de los principales dramas de la localidad, así como ponerme al día de los libretos.

A Julio no se le conocía mujer, novia o enamorada, ni tampoco constaban visitas a la portuguesa. Dos o tres veces al año acudía a la capital de la provincia, de donde volvía con algunos libros y ropa, así como mandados para amigos del pueblo. Una vez, cuando ya tenía suficiente confianza como para entrar en temas personales, y aprovechando una mañana fría y neblinosa que invitaba a permanecer en la tasca, una vez le pregunté por el asunto y me respondió, mirando sin ver el cigarrillo que llevaba en la mano.

“No creas que no me interesan las mujeres. En mis tiempos mozos tuve algunos amoríos, tarascadas en la era que no conducían a nada. Pero con los años y las grietas en el corazón me di cuenta de que la medida del amor no es tanto el cariño que se ve, sino el que realmente te dan. Por eso yo quiero una mujer que me acaricie cuando duermo, aunque me discuta todo cuando estoy despierto. Y esa mujer, amigo mío, no es fácil de encontrar”.

miércoles, diciembre 05, 2012

La distancia en tus ojos

Hoy he recuperado mis recuerdos. No ha sido difícil, lo podría haber hecho antes si realmente lo hubiera deseado. Ahora ya los tengo conmigo, vuelven a ser parte de mí, están a mi disposición si así lo deseo. He pasado algunas horas revisando las imágenes, los sonidos y olores que venían con el paquete, mientras detrás de la ventana el invierno paseaba por las calles de mi ciudad.

Entre ellos he encontrado el primer poema de amor que escribí con quince años. Estaba en un folio lleno de garabatos y dibujos, una hoja que emborroné en las clases de filosofía, en los recreos y ratos muertos, sentado en el poyete de conserjería, mirando como ella paseaba con su amiga, compartiendo secretos que no eran míos.

También he vuelto a escuchar la lección de francés, la voz de la profesora sonaba de nuevo cristalina y apasionada en mis oídos. Las canciones de Moustaki, las redacciones, los sonidos extraños y a la vez tan cercanos…

Después he pasado unos minutos viendo la vía del tren y la vieja estación. El paso de los trenes ha ido acompañado como entonces por los ladridos de los perros y el traqueteo de la puerta. Nos he vuelto a ver con las piernas colgando sobre los raíles, hablando de escapar, irnos muy lejos, desaparecer de ese mundo que no nos entendía, estar juntos para siempre…

El olor de los churros en aquella churrería de feria me dio hambre, como hizo la primera vez que pude usar dinero ganado por mí, el orgullo unido al sabor del chocolate caliente. El hambre hizo que regresara a la realidad y comenzará a guardar los recuerdos en su paquete. Tantos había sacado que el atadijo, antes comprimido y con los recuerdos limpios y netos, ahora no podía guardarlos todos, tuve que apretar. En uno de esos apretones se salió una imagen: una niña de ojos negros esta delante de mí, bailando algo que ha ensayado en el espejo de sus padres. Recojo la sensación, la memoria, con cuidado, para no romperla, y despacio, muy despacio, la acerco a mi pecho para que entre en mi corazón.

sábado, diciembre 01, 2012

Entre as nuvens vem surgindo...

A Manolito le gustaba mucho andar en bici. En las tardes de verano, cuando la fuerza del sol ya había menguado algo, y se podía salir sin temer una insolación, bajaba al garaje y tomaba su máquina, una Orbea que le habían regalado sus abuelos cuando cumplió doce años, de cuadro azul y blanco, con sillín de cuero negro, y se montaba en ella saliendo del edificio en dirección a los campos.

Bajaba por las calles del pueblo pedaleando seguro sobre su montura, buscando las calles menos concurridas. Conocía bien su ruta. Bajaba por la calle San Roque hasta llegar al cruce con la calle Real, y de ahí seguía hasta la avenida, desde dónde se alcanzaba el final del pueblo, el cementerio y los campos que rodeaban la localidad.

Había descubierto los caminos rurales algunos años atrás, pistas de tierra compactada por el paso de tractores y camiones, que se convertían en barrizales después de las tormentas, y que conectaban las poblaciones de la zona entre sí, formando una red de comunicación desde mucho antes de que se construyera la carretera general. Por esos caminos solitarios le gustaba ir con su bicicleta, observando los campos de cultivo y los eriales, las pocas huertas que se instalaban al abrigo de corrientes casi escondidas y las casetas de labranza que se esparcían por los labradíos. En ocasiones su deambular le llevaba hasta alguna de las villas cercanas, y para acelerar su regreso tomaba la carretera, volviendo a su casa entre coches y autobuses.

Recorriendo esos caminos pasaba las horas, con una botella de agua que a veces rellenaba en la fuente del camposanto antes de enfilar hacia la senda que recorrería ese día, la mayoría de las ocasiones eligiendo al azar, tomando una opción distinta en cada encrucijada, con la camiseta enrollada en el sillín cuando el calor le agobiaba.

Le gustaba observar a las perdices, jugar a descubrir los lechos de las liebres, intentar llegar a ellas en silencio para poder sorprenderlas. Disfrutaba con el vuelo de los milanos, con las paradas de los cernícalos, con el sonido de las lechuzas en las casetas. En ocasiones se llevaba unos viejos prismáticos militares de su padre para poder observar los grandes campos de labranza, viendo como las grandes avutardas realizaban sus rituales, o a los polluelos de milano en medio de los sembrados.

Pocas veces encontraba a alguien en su caminar. Las labores del campo ya estaban avanzadas, y solo muy entrada ya la estación, cuando únicamente podía salir durante los fines de semana que pasaba en casa, de vuelta del internado, cuando el otoño ya se acercaba, se cruzaban en su camino grupos de temporeros en ruta al lugar de trabajo, recogiendo cebollas, participando en la cosecha, preparando la vendimia…
Las horas se hacían cortas para Manolito montado en su bicicleta. El sol le tostaba la piel y el ejercicio fortalecía sus piernas, mientras sus ojos absorbían la belleza de la tierra castellana de sus ancestros.

Pero un día Manolito dejó la bici en el garaje de su padre, y poco después Manuel se marchaba a la universidad. Muchos años más tarde, don Manuel abrió el garaje de su padre, recientemente fallecido, y entre un montón de cajas con ropas gastadas y pasadas de moda encontró una bicicleta polvorienta, con las ruedas deshinchadas por el tiempo. En aquel momento volvieron a sus ojos el color de los campos de trigo, el silbar del viento contra los radios de la rueda, el salto veloz de la liebre…

Unos días más tarde, Pablito recibió un regalo sorpresa de su tío. Una bicicleta Orbea, azul y blanca, reluciente, limpia, a la que le habían acoplado unas ruedecillas para que aprendiera a recorrer mundo con ella.

miércoles, noviembre 28, 2012

El país de las lágrimas

El hombre llegaba por las mañanas y se instalaba en el mismo lugar, en un rincón de la taberna, cerca de la chimenea. El camarero le servía una copa de anís apenas le veía y, poco rato después, le ponía un café con leche en una taza grande. Pasaba la mañana y poco antes del mediodía el hombre se levantaba, dejaba dos pesetas encima de la losa de mármol y se marchaba por la puerta hasta el día siguiente. Siempre la misma rutina.

La primera vez que observó este comportamiento le llamó la atención el absoluto silencio que mantenía el parroquiano: no pedía consumición, ni la cuenta, no comentaba ninguno de los sucesos que el resto de clientes discutía, en ocasiones acaloradamente. Sencillamente se encontraba sentado en su mesa, mirando al infinito, sorbiendo pequeños tragos de anís y café frío.

Él tampoco era un cliente modelo. Le gustaba el bar del portugués porque quedaba cerca de casa, tenía unas bonitas vistas del valle desde el balcón, y el vino no era tan aguado como en otras tabernas. Desde el primer día en que llegó a su puerta, buscando un lugar donde encontrar esa escasa cantidad de calor humano que parecía necesitar, se encontró con un pequeño universo de seres humanos, con historias que fue poco a poco aprendiendo y valorando. Carlos, el dueño, misterioso detrás de su delantal y extraño acento; Pilar, su mujer, que aparecía muy de vez en cuando, iluminando el salón con su presencia; el sacristán, siempre de negro, siempre vociferando; el tío Julio…

A las pocas visitas, en las que pedía un vaso de vino y se sentaba a observar el valle mientras sorbía lentamente su sangre, el portugués se le acercó y se sentó a su lado. Era un hombre ya entrado en la cuarentena; decía la leyenda que había sido pistolero en Lisboa antes de cruzar la frontera y enamorarse, que durante la guerra había servido en el ejército francés, y que a resultas de un ataque de gas estuvo a punto de morir en Lieja. Sus ojos claros cubiertos por unas espesas cejas, brillaban con inteligencia y, en ocasiones, astucia.

“¿Usted es el madrileño que ha comprado la casa antigua, verdad?” le preguntó mientras le servía el vaso de vino que había pedido.

“Sí, ese debo ser yo” respondió, tomando el cristal y dando el primer sorbo. De inmediato se dio cuenta de que aquél no era el vino que había estado tomando sino uno de calidad muy superior: podía distinguir en su paladar el sabor dulzón de la uva fermentada, un poco de canela, manzana, moras frescas, rocío de un día de otoño, un atisbo de… Una mirada a la expresión socarrona del portugués le hizo entender que era el regalo de bienvenida, que había sido admitido en un club que contaba con muy pocos miembros.

No intercambiaron más palabras durante semanas. A veces, el dueño de la taberna se acercaba a su mesa y le servía una copa de ese vino fresco, frutal y al mismo tiempo lleno de aromas de primavera. Él lo aceptaba con un gesto de agradecimiento y después seguía ensimismado en sus pensamientos, que Carlos respetaba.

Mientras, el hombre del anís y el café seguía yendo todas las mañanas, tomando su licor con tiempo, y dejando dos pesetas sobre la mesa antes de irse…