martes, julio 10, 2012

En la mar...

Cuando viajas en cualquier tipo de vehículo es más fácil fijar la vista en objetos que se encuentran lejos de tí que en aquellos que se hallan más cerca de la ruta que llevas. La velocidad a la que te mueves también influye en la distancia a la que puedes acomodar la vista sin problemas. Algo parecido pasa con la mente de algunas personas: cuando más lejano es el recuerdo, más nítido aparece, mientras que la memoria de lo que ha sucedido hace un instante es vaga e imprecisa.

El viejo marinero era una de esas personas. En ocasiones era incapaz de recordar lo que había pedido hacía unos minutos al tabernero, y sin embargo podía rememorar con todo lujo de detalles su primer viaje a las Américas, o aquella vez en que se enfrentó a tres rusos por el amor de una mulata. Permanecía el hombre largas horas sentado en un banco de la taberna, en un rincón cerca de la chimenea, observando el trajín del puerto a través de una sucia ventana, ensimismado en sus recuerdos hasta que una voz lo sacaba de sus pensamientos y le hacía volver a la realidad. En ocasiones incluso le costaba enfocar la mirada en su interlocutor, tan densas eran las nieblas de su memoria...

Habían llegado a puerto en una mañana clara, aprovechando la marea para poder fondear al lado de un atunero que zarparía en unas pocas horas. Llevaba en el bolsillo la paga de varias semanas, y el dinero le quemaba en las manos. Un marino joven y sano, sin familia, con un puñado de billetes en su poder, era un tremendo imán para muchas de las muchachas del pequeño pueblo pesquero, y tenía la intención de aprovecharlo. Vino, juego y mujeres hasta que volviera al barco...

El viento soplaba con fuerza, levantando muros de espuma blanca que saltaban por encima de la borda y calaban a los compañeros con un agua fría e hiriente. Amarrado a uno de los ganchos, intentaba destrabar la grua principal. Tanto la rueda como el cable que corría por ella se habían congelado, formando una roca de hielo, acero y grasa, que él intentaba romper usando un martillo y un escoplo. Los movimientos del barco, a merced de los vientos de la tormenta a pesar de los esfuerzos del patrón, y zarandeado por las olas a cada instante, no ayudaban en nada a su labor. Con una mano se limpió el rostro de agua, que le corría por el ala del sombrero impermeable, y se dispuso a dar un nuevo golpe a la masa helada...

Sentía como su corazón volaba como las gaviotas siguiendo la estela de los barcos. A pesar de los abrazos de amigos y conocidos, de las bromas un poco picantes de los compañeros del Alba del mar, la mayor parte de su mente estaba concentrada en el tacto de su mano, en la calidez y suavidad de su piel, en el olor fresco y limpio de su piel cuando le dio el primer beso, en los ojos del color del mar poco profundo, cuando el sol lo ilumina al mediodía...

viernes, junio 22, 2012

Día Mundial de la carta escrita a mano

Mi querida hermana: espero que al ser ésta en tu poder os encontréis bien, nosotros bien a Dios gracia.

Hermana, de lo que me dices que si…   así empezaban todas las cartas que durante años, siendo yo un crío, mi madre me dictaba para  mandárselas a su hermana. El resto de la carta variaba de una a otra, en ellas mi madre y mi tía se iban contando sus vidas:  los nacimientos de sobrinos nuevos, la muerte de algún conocido del pueblo… después las  cartas, siempre, todas las cartas, terminaban igual, con “besos y abrazos” y un montón de círculos y aspas que, según mi madre, representaban aquellas muestras de cariño: los círculos eran besos y las aspas los abrazos.

Era ilusionante mirar el buzón, encontrar una carta y, por la letra, adivinar de quien era. Luego mirabas el remite y una sonrisa te iluminaba la cara: carta de Barcelona, de la tita. El mismo protocolo, el mismo comienzo, calcado, solamente el nombre cambiaba. Al final de la carta, un folio con líneas que hacían de renglones para escribir derecho, los mismos círculos y las mismas aspas.

Hace años que aquellas cartas pasaron a la historia, tan sólo por Navidad las tarjetas de felicitación se escribían a mano. Ya ni eso. Era la agonía de un modo de comunicación en el que, con la carta, se mandaba una parte de nosotros: nuestra letra, el papel que nuestras manos habían rozado y después doblado cuidadosamente para que cupiese, el sello que nuestra lengua había humedecido para pegarlo a un sobre donde nuestra letra de nuevo era una bandera que nos identificaba antes de ser visto el remite.

Hoy no miramos el buzón, miramos el correo en una pantalla donde las cartas ya no se llaman cartas, posiblemente porque dejaron de serlo, y todo lo que vemos tiene esa frialdad que dan las máquinas. Ya no identificamos la letra de un familiar, de un amigo, de un amor. Ahora la letra no es la de María, es la Arial, la Georgia… ni siquiera quien nos la manda es María, ni el amigo Pedro, ni la tita Carmen, ahora quien nos escribe es maría1965@...

Qué pena que avanzar sea olvidar y dejar atrás tantas cosas, que triste que se pierdan tantas cosas que formaron parte de nuestra vida: las cartas, el afilador, el cine de verano, los juegos de los niños en las calles…  Posiblemente avancemos hacia un mundo mejor, pero dudo que lo hagamos hacia una vida mejor. Puede que ni siquiera sea vida aquello a lo que avanzamos. Puede que la vida sea precisamente aquello que vamos dejando atrás.

A mí me gustaría mirar una buena mañana el buzón y encontrar una carta escrita a mano. Seguro que el corazón me daría un vuelco. ¿No os pasaría lo mismo, no os gustaría que alguien que os quiere volviese a tomar en sus manos un bolígrafo, un papel, y os contase de su puño y letra cómo le va la vida? ¿No sería eso mejor que abrir el correo en el ordenador y encontrarse diez correos con fotos de paisajes exóticos, con frases rimbombantes, con animalitos que se dan muestras de amor?  ¿Y si en lugar de esperar esa carta la enviamos? Hagámoslo, instauremos el Día Mundial de la Carta Escrita a Mano. El próximo martes día 19 mandemos esa carta, vamos a dar a un ser querido la alegría de recibir algo que estaba perdido. Yo lo haré.


El viejo farero.

Noche cerrada


Llega un momento en que hay que parar para ver el camino al frente, descansar un poco las piernas y quitarse el polvo del camino. A veces esas paradas se hacen en posadas en la ruta, lugares especialmente preparados para que el cuerpo y la mente puedan retomar fuerzas y seguir viaje. Otras veces al caminante le llega el momento en medio de la fraga, o cuando la tempestad arrecia entre los montes. El mío es ahora.

Gracias y hasta pronto.

lunes, junio 04, 2012

Lágrimas que queman


Sus manos suaves y cálidas se apoyaron en mis hombros, con la excusa de sostenerse en la pendiente, y las mías volaron a su encuentro, casi con voluntad propia, sintiendo la suavidad de su piel.

Habíamos llegado en taxi hasta la península, buscando un paso por la bahía que nos permitiera llegar hasta el antiguo fuerte español sin tener que esperar el ferry que, dos veces cada día, comunicaba la ciudad con las villas en la entrada de la ensenada. Nos habían hablado de un viejo transbordador, apenas una balsa con barandillas, que cruzaba la boca de la bahía, comunicando así a las poblaciones de las dos orillas. 

Tuvimos que llegar hasta la entrada de la bahía mediante un taxi, cuarenta y cinco minutos por una carretera escondida y en malas condiciones que, sorpresivamente, terminaba en un hotel de cuatro estrellas, de esos que sólo los extranjeros pueden ocupar en la Cuba de los años noventa.

En el trayecto nos dimos los primeros besos, caricias que llegaron de forma natural, sin pensar. Recuerdo sus ojos negros, brillando con la luz de la mañana, y el sabor a fresa de sus labios, a juego con su perfume casi infantil…

Pasamos ese día juntos, yo separado del grupo con el que fui a ese viaje, y fuera de las rutas preparadas para los turistas. Descubrimos el fortín de los tiempos coloniales, aún imponente y serio, protegiendo el interior de las incursiones de piratas y bloqueos. Caminamos por la población cercana cogidos de la mano, un gesto de cariño que no estaba acostumbrado a recibir, mientras ancianas y niños nos sonreían y preguntaban. Conocí de su mano la calidez y simpatía de una gente que, a pesar de las circunstancias, sobrevive intentando al mismo tiempo vivir. A veces pienso qué habrá sido de ella, si seguirá en la isla, si habrá conseguido huir, o tal vez cazar a algún turista como algunas de sus amigas hicieron antes.

Seguramente no se acuerda de mí. No importa. Yo sí. Forma parte de mi vida, y lo hará siempre, pues lo que soy ahora es, entre otras cosas, gracias a ella…

jueves, mayo 31, 2012

Hoy


Hoy, mientras caminaba despacio hacia el parque, como de costumbre, para pasar las horas en mi banco favorito hasta que las cigüeñas regresaran de las eras, me encontré con un grupo de esos que llaman ahora manifestantes, y a los que en mis tiempos se les decía comunistas o cosas peores, golpeando ollas y cacerolas, tapas y botes, haciendo sonar silbatos y tracas, produciendo un ruido que se sentía desde el otro lado de la plazoleta, sentados, saltando, corriendo, gritando frente a una sucursal bancaria, una de ese banco que ahora sale tanto en las noticias, de los que hace que mi hijo se enfade mientras vemos las noticias después de comer, que parece que ahora los bancos no sirven para dar dinero sino para que se lo demos, y yo le digo que siempre ha sido así, y el pobre me mira con esa expresión suya, mitad pena mitad rabia, antes de decir aquello de “usted no se entera de nada, padre”, letanía que repite cada vez más, y yo no me entero de nada, y me voy al parque como todas las tardes, y paso delante de unas treinta personas, ilusionadas con cambiar un sistema que se hizo para no cambiar, y mi mirada se va a los cuatro coches y tres motocicletas de la policía y otros agentes de la autoridad, rodeando a esos pocos ilusos, para que no se salgan de madre, no vaya a ser que rompan algo, que se quebrante el orden público, que consigan algo que no deban tener…
En mi banco, viendo como las cigüeñas regresan de las eras, y antes de irme a cenar, me preguntó cuándo se nos fueron las ilusiones a la mierda y nos las encorsetaron de azul y porra…

sábado, mayo 26, 2012

Espuma blanca


Llegamos al salar al tercer día tras la tormenta. Aunque su blancura era evidente mientras descendíamos de las montañas, sólo al irnos acercando nos dimos cuenta de la magnitud de sus dimensiones: el inmenso depósito, creado por Helios al desecar un gran mar interior, tenía más de tres mil kilómetros de largo y deberíamos cruzar casi dos mil antes de ver su final, por la parte más estrecha. Los rayos del sol de la mañana nos hubieran dejado ciegos si no hubiéramos protegido nuestros ojos con unas gafas oscuras.

Los límites del lago salado eran el final de nuestra escolta. A partir de ahí nos tendríamos que valer por nosotros mismos, sólo protegidos por un pedazo de papel en el que se encontraba el sello del Alto Consejo de Kadath, un salvoconducto que nos serviría de bien poco si nos encontrábamos con bandidos o algo peor. A pocos kilómetros del terreno muerto y salado había un pueblo, apenas una docena de casas situadas alrededor de un pozo, el último manantial de agua dulce que encontraríamos en varios días.

Cambiamos nuestro vehículo, poco adaptado a las condiciones de las carreteras de sal, por un trineo especial; en realidad era un vieja cabina de ferrocarril montada sobre unos esquíes de acero y con un motor de turbina como propulsor. Un gran depósito de agua generaba una delgada película líquida sobre la que los esquíes se deslizaban, asegurando así velocidades muy elevadas, para lo que el terreno permitía. En condiciones ideales cruzaríamos el desierto en cuatro o cinco jornadas. Este tipo de máquinas se oxidaban muy rápido en ese ambiente extremo, por lo que no había seguridad en salir vivos del intento.

Pandora no había dicho nada desde nuestra conversación aquella mañana. Parecía más taciturna, como si el sueño que le conté le hubiera levantado antiguos temores. Yo la observaba a escondidas, mientras se cepillaba el pelo por las mañanas, mientras recogíamos nuestros enseres tras la acampada de la noche… Esa mujer y yo habíamos pasado momentos muy duros en el camino, habíamos dormido juntos, compartido piel y deseo, pero nunca había dejado que entrara en su mundo, siempre encontraba una barrera, un muro que me hubiera impedido conectar con su interior si hubiera querido… A veces, pensaba que éramos dos extraños que compartían un mismo destino y las incomodidades del viaje.

Nuestro común compañero seguía igual de adusto y taciturno como cuando lo conocí en los salones del Consejo. Había guardado su capa gris en su zurrón apenas bajamos del límite de las nieves perpetuas; debajo llevaba una gruesa casaca de cuero negro que le protegía de las inclemencias, así como le servía de armadura en caso de necesitarlo. Sin embargo, en las calientes planicies de sal el cuero no era una buena idea. La mañana de la partida nos sorprendió apareciendo con una camisa gris de lino, y protegido por un turbante negro del mismo material; su pecho ancho y velludo pugnaba por salir de una camisa que, obviamente, había pertenecido a un hombre de talla inferior, hecho que alegró la vista de las pocas mujeres que nos vieron partir esa mañana del manantial. Marhú no era un hombre que hiciera las cosas sin pensar, por lo que yo esperaba que tuviéramos un viaje tranquilo, ya que nuestro guía se blindaba con una tan escasa protección.

lunes, mayo 21, 2012

Cuando dibujo tu retrato


Cuando era pequeño, creía que el viento me hablaba. Pero era tan tenue o tan rápido, que no lograba entender su mensaje. A veces pensaba que me hablaba en un idioma extraño, en un lenguaje que tenía que aprender, que descubrir, y deseaba hacerme grande para poder entender esas voces. Con los años, el aire y yo dejamos de hablarnos y yo intenté aprender y comprender el idioma de mis congéneres, hasta que, harto de su violencia y mezquindad, decidí apartarme de la sociedad y venirme a vivir a esta casa en medio del campo.

Aquí he estado los últimos treinta años, levantándome con el trinar de los pájaros y acostándome con el ulular de los búhos. El repiqueteo de las gotas de lluvia en el cristal, los zumbidos de los insectos en el verano, el grito del halcón en la serranía, los ladridos de mi perro cuando sale en persecución de un conejo, son la música que escucho, la conversación que tengo día a día, el sonido de mi mundo…

Me llaman Juan el Loco pero no soy un ermitaño o un alunado. En mi casa recibo visitas, aunque cada vez menos, y desde el pueblo me llegan noticias y víveres con regularidad. El cartero se pasa cada quince días, para dejarme la correspondencia (libros y alguna que otra carta de amistades distantes), y para poder charlar un poco de política. El cura vino mucho al principio, preocupado por mi salud o por tener un posible competidor, pero cuando vio que no iba a abrir un negocio como el suyo, dejó de venir seguido y ahora sólo aparece cuando se acerca la Pascua, para pedirme permiso para cortar ramas de mis olivos.

Cuando tengo necesidad de una mujer, o de compañía de calidad, voy al pueblo a visitar a Aurora y allí encuentro sosiego y tranquilidad. No necesito más.

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Juan viene dos o tres veces al mes, aunque pueden pasar varios meses sin verle el pelo. No tiene mujer, y nadie en el pueblo quiere vivir tan alejado, por lo que yo soy lo más parecido a una hembra que puede conseguir sin cambiar sus costumbres.

Una está acostumbrada a tratar con todo tipo de personas, llevo más de veinte años en este pueblo, desde que vine para trabajar para Luciana la andaluza y luego me quedé su negoció cuando se jubiló. Por la cama de la portuguesa han pasado casi todos los hombres del pueblo, incluso alguna mujer que quiso vivir una fantasía prohibida, pero pocos como él. La primera vez que vino me pareció un tipo muy extraño: el pelo largo, enmarañado, barba sin cuidar, vestido con un pantalón gastado y una camisa que había visto mejores días. Sin embargo, venía limpio como pocos, fue amable conmigo, conversó antes de que fuéramos a la habitación, no tuvo prisa, se preocupó por mi placer, no se marchó corriendo ni avergonzado…

Desde entonces cada vez que le veo aparecer por la puerta de mi casa le tomo del brazo y me lo llevo a la cocina, a tomar una copita de anís y a que me cuente de su vida. Muchas jornadas hemos visto amanecer en el mismo lugar, conversando, recordando, compartiendo nuestros ratos. Es la única persona en los alrededores que conoce mi nombre: Aurora.

jueves, mayo 17, 2012

Sólo seré una sombra


Las Guerras Olímpicas no solo fueron el último gran enfrentamiento entre las razas de los hombres y los dioses. También causaron un gran cambio en la forma de la vieja Europa, consecuencia de las luchas y artimañas de cada bando: el mar Mediterráneo se convirtió en un gran lago cuando Poseidón decidió cerrar las Columnas de Hércules para evitar la salida de las flotas humanas. En una de las fases de la guerra, cuando los dioses habían decidido quebrar la resistencia de los mortales por el hambre y la sequía; con ese fin, pretendieron modificar el clima mundial, desviando el curso de varios ríos en Asia para crear un gran mar interior. Una de las primeras “armas del Holocausto” fue la responsable de la aparición de un desierto en plena selva africana, miles de hectáreas en las que no florecía ni arraigaba vida alguna, por toda la eternidad…

El conflicto también fue el causante de un cambio en el equilibrio de poder entre las familias divinas. Varios de los dioses más antiguos y poderosos murieron durante las batallas con los hombres, y el vació causado fue llenado por otros poderes aún más antiguos, que habían quedado relegados a un segundo plano por los dioses más jóvenes y fuertes.

De los primeros en caer fue Ares, el dios de la guerra, violento y sediento de sangre, cuya impaciencia en los llanos de Panonia le hizo quedar aislado entre algunos de los mejores ejércitos de la humanidad; los restos de su espada y su escudo fueron distribuidos entre los miembros de la alianza humana, como prueba de que los dioses podían ser humillados y derrotados. Varias ciudades fueron destruidas en represalia, cuando Cratos descendió a la Tierra en busca de esas reliquias, por orden de Zeus.

Con sus tres hermanos, el guardián de los Titanes masacró gran parte de los territorios humanos, hasta que una alianza de gigantes y magos, liderados por un misterioso hombre sólo conocido como Prometeo, consiguió emboscarlos y derrotarlos en las montañas del Cáucaso.

Muchos fueron los dioses que cayeron en la contienda, millones los seres humanos que perdieron la vida contra ellos. Sin embargo, ninguno de ellos podía suponer siquiera que estaban preparando el regreso de uno de los seres primigenios, dotado por primera vez de un poder que podía rivalizar con el de aquellos que le derrotaron y condenaron a la oscuridad del Tártaro. Cuando se firmó el tratado de paz entre divinidades y mortales, Thanatos ya caminaba libre por la faz de la tierra…

domingo, mayo 13, 2012

Saudade a dos


Sentados frente a frente terminan su almuerzo, conversando animadamente mientras Lisboa se va despejando de las nubes que han cubierto su mañana. Recuerdan el paseo por el centro de la ciudad, casi vacía en comparación con aquella otra de la que ambos provienen, ese aire fresco y al mismo tiempo decadente que tienen sus piedras. Hablan de las sensaciones que los viejos barrios han levantado de nuevo en sus corazones, y poco a poco, la conversación deriva hacia ellos mismos, hacia sus miedos y sus esperanzas. Él habla del hogar que dejó atrás, del trabajo, del tiempo invertido en el éxito profesional, del vacío de su vida personal. Ella de la familia perdida, de los amigos que no ha visto, de los sentimientos que ha vuelto a encontrar. Lentamente, sus manos se buscan, se tocan y acarician, como si tuvieran vida propia al inicio, conscientemente después. Él busca sus hermosos ojos verdes mientras ella se pierde en la profundidad de su mirada. Fuera, Lisboa envejece a ritmo pausado...

viernes, mayo 04, 2012

Dientes en el alma


Podría ser una tormenta nocturna de verano vista a cámara rápida: las nubes crecen y se desarrollan a velocidad de vértigo, cambiando su forma y color de acuerdo con los caprichos del viento, mientras los relámpagos cruzan los cielos, iluminando la noche como si fuera pleno mediodía. Si escuchas con atención, el sonido de los truenos se asemeja a una voz, a palabras dichas con furia y poder, con el coro de las montañas como fondo…

Perseo dormía tumbado contra el derruido muro de una casa, en un poblado cerca de la frontera del Imperio Chino. Llevaban viajando varios días, y habían cruzado ya gran parte del camino que debían recorrer, y a pesar de que hasta ahora el trayecto había sido casi sin problemas, se sentía agotado. Habían llegado a ese pequeño pueblo, en las faldas de las Montañas Ciclópeas, buscando un lugar donde poder reponer sus reservas de agua, y la suerte les había sido favorable: el pozo del lugar aún mantenía un pequeño estanque de aguas claras y frescas, aunque no había nadie en los alrededores para conservarlo a salvo de las tormentas de arena.

Podría ser el fondo de un arrecife, durante una pleamar portentosa: las olas rugen desde el abismo, e incontables miles de toneladas de agua chocan contra las rocas, provocando miríadas de burbujas, que ascienden hasta la superficie. Si escuchas con atención, el sonido de esas burbujas mientras recorren y atraviesan los corales se asemeja a una voz, a palabras dichas con calma y serenidad, a pesar de la fuerza con que se expresan…

Estaba inquieto. En su duermevela Perseo se movía sin descanso, luchando por alejar a los fantasmas que le acosaban en su sueño. Pandora se encontraba a su lado, mientras Manhú hacía la primera guardia de la noche. Los ojos de la mujer no se despegaban de su compañero, tal vez escudriñando sus gestos, intentando descubrir contra qué o quién estaba luchando. Nada en su expresión o sus gestos permitía adivinar sus pensamientos. Al cabo de un rato, acarició la frente de Perseo con una mano fresca y suave, y los sueños del hombre se aquietaron, su respiración se calmó y descansó profundamente…

Podría ser la noche más oscura en el interior de una caverna sombría: no hay ninguna luz, ningún calor que puedas obtener de la fría tierra, sólo soledad y silencio. Sin embargo, si escuchas con atención, podrás entender sonidos que surgen del suelo, crujidos y murmullos cuando las grandes rocas se alinean y conversan entre sí, siseos de animales ocultos, el silbido de un viento gélido que no puede existir aquí abajo, palabras que se dicen para ser temidas y escuchadas…

El ruido del trueno aún reverberaba en las paredes negras de Kadath cuando Briseida despertó bañada en sudor. Un escalofrío recorrió su cuerpo, e instintivamente buscó una manta para cubrirse. Las brasas que permanecían vivas en la hoguera daban una cierta luz a la habitación, pero sus pupilas dilatadas tardaron todavía un rato en acostumbrarse a la misma. Estaba ciega. No importaba. Lo que el oráculo mayor había visto y escuchado no estaba entre esas cuatro paredes…

Se vistió deprisa y mandó llamar a un sirviente. Era urgente que el consejo de la ciudad tuviera noticia del mensaje que los dioses le habían enviado en sueños, de las tres palabras que había escuchados de sus labios divinos, pronunciada con temor, ¿con miedo tal vez?

Pandora ha despertado…

martes, mayo 01, 2012

Cuaderno de derrota


El viejo marinero paseaba su rostro arrugado y canoso por la playa, absorbiendo del  aire marino el poco salitre que necesitaba para vivir. Hacía años que estaba varado en tierra, y sólo estos pequeños paseos por la orilla de la mar le mantenían en contacto con lo que había sido su vida y su amor.

Caminaba despacio, moviendo trabajosamente sus cansadas piernas, dirigiendo la proa hacia la bodega del Maya, donde seguramente podría calentar sus huesos con un tazón de buen caldo. El patrón del bar, Ambrosio, había sido marino hasta que en un accidente en Terranova perdió el uso del brazo izquierdo, y desde entonces veía partir a sus viejos compañeros desde detrás de una barra de roble, fabricada con la cuaderna de su primer barco.

Cuando entró en la taberna había varios hombres abarloados contra la barra, mientras otros se protegían en las mesas del abrego que comenzaba a soplar en el exterior. El viejo se sentó en un extremo, intentando alejarse de un portugués aboyado, que daba tumbos de mesa en mesa mientras navegaba en su propia galerna. Ambrosio le sirvió un tazón de vino, en un cuenco de barro cocido, junto con unas aceitunas en un pequeño plato de porcelana.

Allí, atracado en buen abrigo, dejó el marinero vagar sus recuerdos, surcando entre ellos mientras el vino circulaba por su sangre y le alejaba la borrasca de la mente. Recordó sus primeras singladuras en un velero, uno de los últimos que hacía la ruta de las Américas; sus años en la marina mercante, recorriendo puertos en los cinco continentes, y luego la guerra y sus desgracias…

lunes, abril 23, 2012

En ruta

"¿Dónde estás?"

"Aquí"

"No te veo..."

"¿Me oyes?"

"Sí. ¿Por qué no te veo?"

"Porque tienes los ojos cerrados."

sábado, abril 21, 2012

Lágrimas que son páginas en blanco


Me gusta sentarme en la plaza para tomar café. En los soportales se suelen instalar las terrazas de los bares cercanos, a cubierto del sol y las inclemencias. El bar de mi amigo Paco tiene grandes sillas y mesas de madera de roble, oscuro y envejecido por el tiempo, y un café que le traen especialmente desde Portugal y él muele y torrefacta en la cocina.

Sentado en una de esas cómodas sillas veo pasar a la gente. Turistas que llegan en oleadas, siempre deprisa y con sus cámaras colgando, incapaces de reconocer que el mejor recuerdo no es el que queda grabado en un disco de plástico sino el que te marcó el corazón. Observo a parejas que caminan de la mano, atraídas por la leyenda o simplemente deseosas de pasar un tiempo lejos de sus conocidos, conscientes únicamente de sus manos y la piel del otro. Muchas veces se cruzan ante mi mirada familias con niños que han venido a pasar el día, la madre pendiente de la progenie, el padre buscando un lugar dónde asentar a toda la tribu… Son gente forastera, de paso, que no dejará su huella en las piedras que pisan.

También veo pasar a mis vecinos, personas con las que me encuentro todos los días y con las que formo la fauna de este pequeño pueblo castellano. La abuela Blasa, de caminar poderoso a pesar de sus ochenta y cinco años, ocho embarazos, siete hijos criados y un marido que la maltrataba por ser más valiente que él… La veo cruzar hacia la panadería, vestida con el eterno negro que ha llevado desde que tengo uso de razón, con su bolsita de tela y sus medias, negras de lana, que no conocen estaciones.

Saludo con la mano a Alberto, el secretario del Ayuntamiento y fontanero ocasional, que se dirige en la moto hacia las huertas, quién sabe con qué intenciones. Eterno soltero, siempre apegado a la madre viuda, viviendo y manteniendo una casa en continua reparación, muy pocos en el pueblo conocen la profunda belleza de sus canciones. Hemos tenido muchas charlas él y yo, con una botella de cerveza en una mano y un pitillo compartido en la otra, sobre la luz y la oscuridad, sobre las mujeres, sobre el destino... Una vez, cuando ya Paco hacía rato que se había ido a casa, harto de ser el último en cerrar siempre, Alberto me cantó bajito una canción que había compuesto, un regalo que me emocionó hasta el punto de alegrarme que esta nuestra plaza no tenga farolas…

Ya ha pasado la primera hora de la tarde, y las sombras de las casas se alargan sobre el pavimento de la plaza, intentando llegar hasta la vieja cruz de granito en el centro. Paco ha venido a conversar conmigo, como suele hacer de vez en cuando, si los clientes escasean. Se ha sentado a mi lado, ofrecido y liado tabaco, y sin palabras ha compartido mi tarde durante unos momentos, observando el vuelo de las golondrinas y pensando en sus cosas. Un buen hombre este Paco, sevillano que llegó a estas duras tierras procedente de Rusia, desencantado de la guerra y de la mezquindad del hombre, buscando un lugar donde poder empezar una nueva vida. Aquí conoció a Encarna y se casaron, compraron un viejo bar y lo han estado regentando hasta ahora, felices con su vida, dura, sacrificada, pero honrada… Solo le he visto llorar alguna vez, cuando una de esas familias llenas de hijos que vienen a pasar el día se nos pone delante; las partículas de tierra que los niños levantan al correr se le meten en los ojos y le hacen lagrimear. Entonces Encarna, siempre muy pendiente de su hombre, sale del bar y se sienta con él, tomándole de la mano hasta que las lágrimas le quitan el polvo de esos niños…

A veces, cuando ya la noche se ha hecho dueña de las columnas y mi amigo Paco se encuentra despachando en el interior del bar, veo las sillas vacías a mi alrededor, cómo el pueblo antaño alegre y ruidoso se ha convertido en un lugar tranquilo y silencioso, y me preguntó si eso es lo que nos espera, una eternidad de silencio y tranquilidad, mientras nuestras manos se entibian con una taza de café bien caliente…

sábado, abril 14, 2012

Ni parada ni estación (I)


Hoy he vuelto a aquella playa en la que pasé mi niñez. He vuelto a coger el viejo autobús de línea, me he vuelto a sentar en la parte trasera, viendo cómo las casas dejaban paso a las huertas, y las huertas a los montes y pinares.

El conductor no era el mismo que antaño sonreía al verme, con mi dinero en la mano y una toalla colgando del brazo. Un desconocido joven con uniforme azul y pendiente en la oreja me ha vendido el billete, y sólo me ha mirado cuando le he preguntado si seguían parando en el cabo.

“Sí señor, pero nadie se baja allí nunca” me respondió, seguramente pensando qué buscaría un forastero en ese lugar.

El autobús se puso en marcha, y yo me hundí en mi asiento, la mirada perdida buscando a través del ventanal. Viene poca gente en el coche a esta hora, la mayoría de los habitantes del pueblo ya dispone de vehículo propio, y los pocos que no, no suelen viajar mucho; apenas una pareja de estudiantes, yendo tal vez a un examen tardío, y yo nos encontramos cuando el motor comienza a carraspear.

Durante el trayecto, mis recuerdos se superponen a la realidad. Observo que las casas han ido ocupando el espacio que antes eran huertos y frutales, y que se han convertido en edificios de ladrillo de varios pisos. Un par de semáforos nos detienen en el camino, antes de salir del casco urbano y enfilar la carretera hacia el sur. Nadie ha subido o bajado en estos primeros tramos.

El autobús aumenta de velocidad al cruzar el puente sobre el río, como si le hubieran liberado de un peso, y tras un tiempo, que se me antoja más corto de lo que recordaba, llegamos al cabo. El joven conductor me observa levantarme y tocar el timbre para llamar su atención, poco antes de llegar a la curva que hace el camino sobre el promontorio de las Salinas. Salgo al aire fresco con sentimientos encontrados: lo primero que veo es un montón de latas de cerveza bajo un matorral de retama, “signo de los tiempos” me digo a mí mismo. El viejo camino a las salinas sigue ahí, una cinta de tierra y arena sobre el monte verde gris, y mis pies se dirigen hacia él, despacio y saboreando el momento. No quiero apresurar el paso, quiero que mi mente recree ese mismo camino, tal y como era entonces: un constante ir y venir de carros, llenos de sal, con los carreteros cantando o silbando, mientras las mulas hacían el mismo trecho que habían recorrido sus padres...

El clima me acompaña. Hace un ventoso día de primavera, con nubes grises y altas corriendo por el cielo, dejando de vez en cuando grandes claros en los que aparece un sol furioso que me quema la espalda. La senda va descendiendo entre curvas, aprovechando la pendiente del promontorio para agarrarse al mismo. Tras la tercera curva distingo ya el mar, un gran espejo rizado con líneas blancas que se acercan a mí en la distancia; las salinas aparecen también a la vista, grandes balsas de agua de distintos colores, espejuelos que llaman la atención y al mismo tiempo están olvidados…

Ya casi no se explota la sal en esta comarca. Es más sencillo ir a la tienda de Soledad o al hipermercado en la ciudad y comprarla cómodamente envasada en blancos paquetes de plástico. Los edificios de la salina, una gran habitación de madera en la que los operarios comían, y una pequeña casa de adobe que servía de oficina durante el día, y de caseta para el guardia en la noche, aparecen medio en ruinas a la distancia: algunos cristales rotos, la puerta del comedor desaparecida, grandes manchas de humo en la pared de la oficina...

Cuando ya casi estoy a la altura de la playa busco con la mirada la trocha que recuerdo, y tengo que esforzarme con encontrarla. Prácticamente no quedan animales salvajes que la mantengan abierta, y el monte la ha reclamado en estos años. Después de un rato encuentro una línea más rala de vegetación y me adentro por ella, apartando helechos y arbustos con una rama de retama seca que tomé al principio del camino. De vez en cuando me paró, para observar el monte y rebuscar en mis recuerdos referencias que me aseguren que estoy en el buen camino, y al cabo de una hora encuentro los restos de la cruz, medio cubierta por helechos.

A partir de aquí el camino es todo en bajada, y mis pies se van alegrando poco a poco, mientras mi vista contempla los pinos altos y erguidos, mi oído recibe las canciones de las olas que rompen contra la base del promontorio, a pocos metros de mí, mi lengua siente ya el salitre que se pega a mi sudor, y la salvia que arranqué pocos metros atrás deja su aroma en mis manos...

Llego a la playa cuando el sol parece vencer a las nubes, y tengo que proteger mi vista de la claridad que refleja la arena. El mar sigue teniendo esa transparencia que nos permitía jugar a buscar cosas lanzadas desde lo alto, pero la playa parece más pequeña a mis ojos. Sonrío cuando comprendo que el que ha cambiado soy yo, no la arena ni el agua: mi (nuestra) playa es una pequeña caleta formada por el choque de las olas durante milenios contra las rocas de la montaña, rompiendo, alisando, destruyendo, acarreando arena de las profundidades y acumulándola en un pequeño montón bajo los pinares. 

miércoles, abril 11, 2012

Ya no quiero soñar...


Hace unos 5 000 años, los dioses decidieron bajar a la tierra y hacerse cargo de los asuntos de los hombres. Por centurias se involucraron en las disputas y en las guerras humanas, llevando a la raza de los hombres por el camino que ellos quisieron. En un momento determinado, sin embargo, perdieron interés, y poco a poco los seres humanos fuimos conquistando nuestra libertad. Los dioses, sin embargo, nos seguían considerando juguetes, y no toleraron muchas de nuestras necesidades. Un odio larvado a su dominio creció con los siglos, y estalló con gran violencia durante lo que se conoció como Guerras Olímpicas, un largo conflicto en el que dioses y hombres lucharon unos contra otros, hermanos contra hermanos y padres contra hijos.

La faz de la tierra cambió drásticamente cuando los dioses emplearon sus poderes para mover ríos o montañas, crear nuevos océanos o secar los existentes, abrir volcanes o lanzar toda la furia del mar contra los humanos que se les enfrentaban. Los hombres aprendieron en ese tiempo a luchar contra sus poderes, a crear armas que pudieran dañar los cuerpos inmortales, a obtener ventajas de las rencillas y desavenencias de las distintas familias divinas.

El punto álgido de la guerra ocurrió sobre los llanos de Jollui-koi, donde naciones enteras se perdieron, millones de personas quedaron enterradas bajo los escombros de lo que fue una de las mayores cadenas montañosas del planeta, y dioses y semidioses dejaron su inmortalidad a merced de las armas y el coraje humano. Mucho del daño fue hecho por magos y criaturas mágicas: centauros, gigantes y seres voladores se habían aliado con la humanidad, mientras los seres marinos luchaban del lado de los dioses. Miles de magos y brujas usaban sus poderes a favor de la coalición de naciones, el Eje como se le conocía en aquellos turbulentos tiempos…

No todos los dioses combatían a los hombres. Un puñado de seres divinos apoyaba, de forma encubierta al principio, abiertamente más tarde, las aspiraciones de la humanidad. Dioses menores espiaban, aconsejaban, sangraban y luchaban junto a aquellos que hacía poco consideraban meros juguetes. Muchos murieron en esta guerra, otros muchos quedaron tullidos o perdieron su divinidad…

Pero también había algunos humanos luchando en el bando de los dioses. Descendientes de dioses y héroes, ligados desde tiempo inmemorial a las distintas familias divinas, mestizos fruto de uniones entre humanos y dioses, entre seres mágicos y humanos, entre los mundos mortal y divino… Algunos de estos inmortales cambiaron de bando durante la contienda, asqueados por el desprecio a la vida humana de algunos de los dioses. Otros, simplemente decidieron que la humanidad tenía derecho a aquello que le era negado.

Un puñado de estos mestizos tuvo un papel especial durante las últimas fases de la guerra, como carne de cañón en la vanguardia de los ejércitos humanos. Sus poderes y resistencia les hacían seres ideales para atacar y desaparecer, para infiltrarse en las moradas divinas y acabar con los dioses menores o sus acólitos. Fueron conocidos como “comandos pacare”, encargados de calmar la resistencia de los enemigos de los hombres.

Al terminar la guerra, con el armisticio de Atenas y los tratados posteriores, los miembros de esos comandos quedaron liberados de sus deberes militares. Algunos, incapaces de sobrellevar los horrores a los que se les había sometido en aras de la victoria, se dejaron morir, arrojándose a volcanes en erupción, o aislándose en cuevas remotas, dónde permanecieron hasta que su alma se separó del cuerpo. Otros, los menos, se desvanecieron entre la humanidad a la que habían protegido, apareciendo de vez en cuando en susurros o conversaciones de cazadores, como seres fantasmales que se encontraban en la profundidad de bosques, montañas u océanos. 

domingo, abril 08, 2012

Moreana


Moreana se sentó al borde del risco mientras observaba a las cabras subir por la ladera, siempre en busca de las hierbas más frescas, escondidas entre las piedras, a salvo de las grandes heladas. El sol de media mañana aún no calentaba lo suficiente como para que la escarcha se hubiera derretido y permitiera que sus largas lenguas alcanzaran los brotes más jugosos, escondidos bajo el hielo de la noche.

Mientras observaba a sus cabras, la niña pensaba en las palabras que su padre le había dicho esa mañana. Su padre casi nunca estaba levantado a la temprana hora en que Moreana sacaba al rebaño, normalmente era su madre la que la ayudaba a desatar al macho cabrío y empujarlo en dirección a la montaña, y quién le ponía el poco alimento que podía encontrar en el zurrón. Sin embargo, esa mañana su padre estaba sentado frente al fuego, mientras su madre permanecía en un rincón de la cocina, preparando su comida.

“Tu madre me ha dicho que ayer la luna te hizo sangrar por primera vez, ¿es eso cierto?”

Moreana bajó los ojos, avergonzada de que su padre supiera ese secreto tan íntimo, y al mismo tiempo orgullosa de haber cruzado el umbral de la niñez.

“Si, padre. Ahora soy una mujer.”

El fuego ardía perezoso, buscando oxígeno para vivir, y procuraba poca luz, apenas podía iluminar la roja pelambrera del hombre sentado a su lado. Por eso la niña no pudo ver la lágrima que bajó por la mejilla de su padre, ni la expresión de tristeza en el rostro de su madre.

“Entonces, hay algo que debes saber, es el momento de que conozcas tu origen y linaje.”

Durante los siguientes minutos el mundo que conocía Moreana se derrumbó. Lo hizo lentamente, mientras el que había considerado como su padre toda su vida le habló de luchas y guerras que ya eran antiguas antes de su nacimiento, de dioses que no se preocupaban de los hombres a los que mataban en vez de gobernar, de una mujer entregada como dote para un matrimonio que sellaría la paz entre hombres y seres divinos, siendo en realidad el instrumento de la perdición de los primeros. Escuchó, no, bebió la historia de los males de la humanidad liberados de una caja, y del valor de su dueña para cerrarla antes de que el último de ellos saliera. El humo de la hoguera pareció tomar forma mientras el hombre y la mujer que habían sido todo su mundo le hablaron de una familia dedicada a mantener esa caja cerrada, y de la gran responsabilidad que ahora pesaba sobre ella…

Las cabras ya balaban impacientes cuando Moreana llegó junto a ellas, la cabeza aún resonando con las últimas palabras que su padre le había dicho: “Algún día, ella vendrá y tendrás que ayudarla.”

martes, abril 03, 2012

El rayo que no cesa


Lo he visto ya varias veces, suelo encontrarlo en mi camino de regreso a casa desde el lugar donde trabajo y paso las horas: un hombre ya en la última parte de su vida, sentado en el interior de un coche, leyendo un viejo y gastado libro. La primera vez me llamó la atención lo inusual de la situación, alguien leyendo un libro autentico, un montón de papel y tinta, ya es algo bastante poco frecuente en esta época de smartphones, ipads, tablets y otros artilugios electrónicos. La segunda vez que me topé con él me fijé algo más en su aspecto: una barba descuidada y canosa, un rostro arrugado y de piel morena y curtida, y una expresión concentrada en lo que leía, ajeno a mis ojos curiosos e indiscretos…

No fue hasta la tercera o cuarta vez en que reparé en un detalle importante: el coche en el que se encontraba, un Seat Ibiza con matrícula de Orense, estaba sucio, su carrocería llena de polvo y una de las ruedas delanteras, la izquierda, parecía peligrosamente baja de aire… Posiblemente ese vehículo llevara semanas en la misma posición, sin sentir el asfalto de la carretera ni el viento que su motor pudiese crear. Las ventanas aparecían bajadas, y en los asientos traseros se acumulaban mantas y bolsas…

Hoy le he vuelto a ver, sentado en el asiento del copiloto, con el libro abierto entre las manos, un viejo ejemplar de páginas amarillentas y muy usadas, leyendo tranquilamente en este desapacible día de primavera, ventoso y frío. Esta vez me he parado al otro lado de la acera, observando ese viejo Seat desde el otro lado de la acera. Mientras enrollaba un cigarrillo, apoyado contra el portal de uno de esos edificios de apartamentos que ahora llenan las ciudades, he visto cómo el anciano, pulcramente vestido con una camisa blanca y un jersey rojo, permanecía impasible en su lectura, completamente ausente al tráfico de gente que recorre nuestra calle, así como la gente era incapaz de sentir su presencia…

En un momento dado me he sentido lo suficientemente valiente para cruzar los dos carriles que nos separaban, y entablar conversación con el hombre. Al principio, sus gestos delataban la natural desconfianza ante un desconocido que se acerca. Sin embargo, su sonrisa apareció casi al instante. Su voz, grave y con un ligero acento extraño que no pude reconocer, me devolvió el saludo y contestó a mis preguntas con interés.

Le ofrecí un café y un cigarro, y me los aceptó de buena gana. Dejó el libro cuidadosamente en el salpicadero del coche, no sin antes marcar la página doblando ligeramente la esquina superior derecha, y salió al exterior. Caminamos unos pocos metros antes de entrar en La Maya, una antigua tasca en la que suelo comer ocasionalmente o ver los partidos de fútbol cuando la soledad me empuja fuera de casa…

Conversamos, al principio como dos amables extraños que están compartiendo una bebida en un lugar público; le pregunté por el libro que leía, una antigua recopilación de poesía castellana editada en los años cincuenta. “La he leído tantas veces que me la sé de memoria” me dijo, mientras sorbía su café. He de confesar que no me apasiona la poesía. Al igual que no se me hizo el regalo de la fe, tampoco se incluyó el ritmo en mi formación, y soy incapaz de entonar o sentir la melodía interna de un poema. Sin embargo, cuando el hombre empezó a recitar, con su voz grave y bien temperada, las palabras de Garcilaso, San Juan de la Cruz, Quevedo, Bécquer, Lorca o Alberti sonaron llenas de significado para mí; por unos instantes, me olvidé de dónde estaba y me dejé llevar por los sonidos, por las notas y sentimientos de esas melodías…

Volvimos a hablar un par de veces más en los días siguientes. La conversación del anciano me llevaba a otros lugares, y me permitía escapar un poco más de mi rutina diaria; siempre le pedía que me recitara alguna de las poesías del libro, y siempre me complacía, iluminando un poco más mis días. Un día, el lugar del veterano Seat apareció vacio, y no volví a saber del viejo lector, ni a escuchar su voz declamando: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, esposa de mi piel, gran trago de mi vida…”

No le vi nunca pasar una página, o mover sus dedos sensibles por las letras impresas. Sus ojos sin vida no lo necesitaban…


200 entradas, 200

"La idea de este blog es ser un repositorio de ideas, comentarios, chascarrillos y demás neuras que se le ocurren a un español perdido en Chile; no sé qué es lo que va a salir. No creo que escriba todos los días, así que tampoco espero que me lea nadie, lo que es una ventaja."

Doscientas entradas después sigo sin darme cuenta de lo equivocado que estaba (y estoy).

No hubiera sido posible sin ti...


domingo, abril 01, 2012

Vecinos


Recio y Luxía se conocían desde pequeños. Habían ido juntos a la guardería del barrio, y de ahí habían pasado al colegio de los dominicos para continuar su escolarización. A Recio le llamaban así en el barrio por su complexión; era un muchacho de anchas espaldas, gran cabeza y brazos más largos de lo normal. En los partidos de fútbol entre clases siempre era de los primeros en ser “pedidos” en la fila, y sus patadones eran muy apreciados por los capitanes… Luxía era una niña desgarbada, delgaducha y con coletas, que siempre vestía con un uniforme dos tallas más grandes que ella, y que solía ocupar los últimos pupitres de la clase.

Recio y Luxía eran vecinos. Los dos vivían en uno de los muchos edificios de apartamentos que había en el extrarradio, y tomaban un autobús escolar para dirigirse al colegio. Solían salir al mismo tiempo de casa y encontrarse en el portal; si uno de ellos llegaba antes, el otro esperaba sentado en los primeros escalones, repasando la lección o asegurándose de llevar todos los útiles. Si el retraso era mucho, llamaban por el telefonillo, apurando al compañero. Corrían hasta llegar a la esquina en que los recogía el viejo bus.

A la vuelta solían coincidir con otros compañeros. Cada uno iba con el grupo de amigos de turno, cargando carteras, respuestas de exámenes, peripecias de recreo, secretos… Al llegar a su parada se bajaban uno detrás del otro y caminaban en silencio hasta su edificio. A veces comentaban algún suceso que hubiera ocurrido, o intercambiaban opiniones sobre la vida escolar. De ese modo, llegaban a sus casas.

Así, entre libros que cambiaban todos los años, bollos en la tienda de la señora Carmen, chuches en el kiosco de Paco y muchos coscorrones, Recio y Luxía llegaron a la adolescencia, desconocidos el uno para el otro. De repente, una mañana, mientras la esperaba en el portal, Recio se descubrió mirando a Luxía de una forma distinta, embobado ante su falda tableada, que se levantaba con el viento, con el movimiento de su pelo, con su sonrisa…

Ese día Recio se convirtió en Alfredo.