miércoles, julio 31, 2013
Paseos a la luz del cristal
Niñas de faldas invisibles se retiran a sus casas, contentas, cantando, pidiendo a los camioneros madrugadores que compartan su felicidad, su alegría por salir de esta ciudad e iniciar una nueva vida a trescientos kilómetros, sin saber que volverán a enterrarse entre estas murallas. Una madre y su hijo, caminando de la mano por el puente, ambos mirando hacia el frente sin perder de vista el horizonte, los dos serios, como si la alegría quedara al otro lado y el agua fuera la frontera entre la triste realidad y el resto de la vida. El río, gris y quieto, acariciado sólo por el viento del oeste, rodeando las islas de terreno seco y amarillo hostigadas por el verde del nenúfar invasor, en una batalla que ocurre todos los veranos. El olor a tierra húmeda, a hierba recién cortada, a pan caliente... olores que me llegan de todas partes y que me obligan a salir de mi sueño, a dejar mi mundo onirico de imposibles y hacer caso a mi cuerpo. Una niña desconocida, cuya sonrisa ilumina la calle entera y hace que mi corazón se libere de sus pesas durante un instante, dando sentido al día completo...
domingo, julio 21, 2013
En el fondo del corazón
Ramón apareció un día por el mercado, un
chicuelo apenas más grande que un gorrión, y se quedó. Nadie sabe de dónde vino
o qué fue de su familia, en aquellos tiempos era frecuente ver jóvenes
descarriados aparecer por el puerto. Se hizo un lugar para dormir, con cartones
y madera, en la entrada del parking del museo y allí guardaba sus tesoros: un
mechero de gasolina, un montoncito de ropa y algunos papeles (“recuerdos” los
llamaba él). Nunca tuvo oficio conocido, pero con los años su presencia en el
barrio se convirtió en una constante: Ramón pidiendo a la puerta de la iglesia
con traje raído, junto con otros mendigos; Ramón en la puerta del mercado,
ganando unas pesetas ayudando a las ancianas a llevar la mercancía a casa o a
los tenderos descargando productos; Ramón en el bar Castro, bebiendo con los
mayores o comiendo lo que la mujer del dueño le daba…
Él y yo nos encontramos por vez primera una
tarde de julio, en medio de una tormenta de verano que dejó el pueblo limpio y
fresco, mientras esperábamos los dos que escampara debajo de los soportales de
la plaza. Por aquel entonces yo apenas llevaba una semana como maestro en la
escuela, y aún me estaba instalando. Había salido a conocer las calles en las
que tendría que vivir con tal mala fortuna que me alcanzó la lluvia en zona
clara y tuve que refugiarme en el primer alero que encontré.
“¿Me da un cigarro, don Juanjo?” escuché de
pronto a mi lado. Ramón estaba sentado en el suelo, la ropa calada y vieja, el
pelo chorreando agua pero la cara alegre y sonriente. Me cayó bien al instante.
Saqué mi cajetilla de tabaco y se la ofrecí. “Gracias, jefe” dijo mientras me
la devolvía. Encendió su cigarrillo con su mechero de gasolina y luego me lo
pasó, amable; un gastado encendedor plateado, modelo Streamline, al que se le
notaban los muchos años de uso. Ramón era por entonces un hombre entrando en la
cuarentena (nunca supimos su verdadera edad, cambiaba la fecha de su cumpleaños
con frecuencia, dependiendo de su humor), de pelo cano y que empezaba a
escasear. Había crecido, hasta ser casi tan alto como yo, pero aún seguía
siendo delgado como un gorrión en verano.
Permanecimos unos minutos bajo aquel soportal
y cuando la lluvia ofreció un descanso los dos salimos hacia nuestras
direcciones. No habíamos intercambiado más de diez palabras con él, pero la
siguiente vez que me lo encontré me saludó como si fuéramos amigos de toda la
vida, y así continúo tratándome en cada ocasión que nuestros caminos se
encontraban. Pregunté después a los compañeros del colegio, a la gente del
lugar, y nadie supo darme noticia de su pasado o de su vida más allá de lo que
se veía en las calles.
Recuerdo una vez en que estaba yo sentado en
el bar de la plaza, una mañana de domingo especialmente hermosa, con el cielo
de ese azul que levanta los ánimos más hundidos. Ramón apareció por la calle de
la iglesia, vestido como siempre con un remendado abrigo que apenas cubría su
cuerpo y un pantalón gastado, los pies calzados con unas deportivas a punto de
desintegrarse.
“Ramón, siéntate hombre, te invito a un café.”
“Gracias
don Juanjo” (nunca conseguí que me quitara el tratamiento), “se agradece” dijo
mientras se sentaba enfrente de mí y tomaba el cigarrillo que le ofrecía.
“Ramón, ¿tú no vas nunca a la iglesia?”
pregunté, por iniciar una conversación
“Para qué si ya sé dónde voy a ir cuando me
muera”
“Vaya, ¿y dónde será, al cielo?”
“No”, dijo socarrón, “el cielo es un invento
de don José para tener la iglesia llena y su estómago igual de lleno, yo me iré
con Clara.”
“¿Clara? ¿Quién es? ¿Un pariente tuyo?”
Los ojos de Ramón, azules y siempre muy
abiertos, se oscurecieron por un instante, como cuando una nube negra de
tormenta tapa por un momento el radiante sol del verano.
“Clara…”
Ramón ya no estaba conmigo. Se había levantado
torpemente y seguido su camino, dejándome allí, sin saber muy bien qué había
dicho o qué había pasado. La siguiente vez que le vi me trató como siempre,
como si no hubiera pasado nada y yo no quise mencionar de nuevo aquel nombre.
Varios años más tarde Ramón enfermó. Uno de
los guardias del museo le descubrió empapado en sudor y delirando, y una vecina
le llevó al centro de Salud y de ahí al hospital, donde le detectaron una pulmonía
que no supieron curar. Murió en una mañana de primavera y pocos nos enteramos
de ello. Yo estaba casualmente en el hospital realizándome unas pruebas y le vi
entrar en urgencias. A falta de otra familia, me permitieron permanecer con él
en la habitación, haciéndole compañía.
De madrugada despertó tosiendo y agitado,
quiso levantarse pero la fiebre se lo impidió. “Don Juanjo”, dijo entre un espasmo y otro, “¿me
acercaría mi cartera, por favor?” La cartera era un atadillo de cromos, papeles
y algún billete de escaso valor que tenía en un bolsillo del pantalón. Cuando
se lo acerqué, desató el nudo con manos torpes y sacó con cuidado una
fotografía en blanco y negro, rota por uno de los lados, que puso entre sus
manos entrelazadas sobre el pecho. Pareciese que eso le calmó, porque se quedó
dormido casi al instante.
Y ya no volvió. A la mañana siguiente se
llevaron su cuerpo y el médico me preguntó si tenía algún pariente al que
avisar. Negué con la cabeza mientras observaba la envejecida fotografía de una
niña vestida con una falda negra y un abrigo del mismo color, de la mano de una
mujer (esa parte de la imagen había sido rota), sonriendo a la cámara, feliz.
Sin pensar, me guardé ese recuerdo de mi amigo Ramón en el bolsillo.
Dos días más tarde lo enterraron en el
cementerio general, en presencia de no más de media docena de personas: la
mujer de Paco, el del bar, que lo había alimentado durante tantos años, el
vigilante del museo, con el que echaba largas partidas de ajedrez, el párroco y
los dos empleados del cementerio, serios y profesionales. Yo estaba un poco
retirado, nunca me han gustado estas ceremonias pero quería acompañar a mi
amigo en este último viaje. Desde mi posición pude ver a una mujer joven,
vestida de negro, con un niño inquieto de la mano, que se acercaba al pequeño
grupo con miedo, pero resuelta. Nuestras miradas se cruzaron durante un momento
y algo hizo clic en mi cerebro.
La ceremonia fue corta. Ramón reposaba ahora
en una tumba provisional de la que sacarían sus huesos en pocos años para
llevarlos al osario del cementerio. Me acerqué a la mujer, que permanecía en
silencio frente a la lápida sin nombre mientras el niño miraba todo con curiosidad. “Clara”. Mi voz había modulado una afirmación
más que una respuesta, que se vio corroborada cuando la joven se dio la vuelta,
sorprendida de ser reconocida. Sin hablar (para qué hablar en esos momentos)
saqué la vieja fotografía de mi cartera y se la entregué a la hermana de mi
amigo, que empezó a llorar mientras su hijo, sorprendió, la miraba sin
entender…
miércoles, julio 17, 2013
jueves, julio 11, 2013
Tarde de lluvia
Te busquè entre la gente de la calle, pero no
te encontré;
te busque entre rosas y espinas, y tampoco te
encontré:
Averigüé en lugares lejanos, en desiertos y
junglas, en ciudades y campos,
y no te hallé.
Pregunté por ti a curas, borrachos y gente de ciencia,
pero no supieron darme razón de tu existencia.
Miré entonces en las estrellas, en las noches
y en mí mismo,
no te vi.
Me tendí entonces sobre mi almohada, observando el techo,
ya no recordaba qué estaba buscando...
miércoles, julio 03, 2013
Recuerdos de la existencia (y 2)
El sol se empezaba a arropar con las montañas
lejanas cuando volvieron a la mesa, esta vez con algo de carne fría y refrescos
para cenar. Con la luz menguante del atardecer siguieron la lectura, eligiendo
esta vez otro cuaderno distinto al que habían leído en el almuerzo…
“¿Pero sabes lo que más duele? No es el
perderlas, a eso al final te acostumbras, sino al abandono, personas para
quienes llegaste a ser lo más importante del mundo ya no te dedican ni un
momento de sus pensamientos. Pierdes contacto con ellas, no contestan tus
fútiles intentos de regresar a la situación anterior.”
La lectura de los diarios les había
enganchado. En ellos podían descubrir las verdaderas razones de la venida de su
tío a este país, el porqué compró aquella casa y se dedico años a restaurarla
casi sin ayuda de nadie, cuál fue la razón por la que nunca se volvió a casar,
a pesar de los rumores que en el pueblo circularon durante mucho tiempo…
La imagen que de ese hombre se desprendía de
los diarios poco tenía que ver con el hombre viejo y solitario que todos
recordaban, el anciano misántropo que pocas veces aparecía por sus
celebraciones, que casi nunca les enviaba regalos o felicitaciones de navidad,
y al que sólo veían en antiguas fotografías de familia.
“El recuerdo, porque así quise llamarle muchos
años, variaba según fuera la época en que lo rememoraba. Cambiaban los
detalles, los personajes secundarios, los colores… pero el corazón de la
memoria permanecía inmutable.”
Durante varios días continuaron con la misma
rutina. Durante horas se dedicaban a la clasificación de objetos, valorando qué
tendría sentido conservar para cada uno de ellos y qué vender. Ninguno quiso
admitirlo, pero tras el primer día de lectura de las memorias del tío Giulio
muchos de sus enseres aparecían ante sus ojos de una manera distinta: una vieja
fotografía de una playa al atardecer se convertía en el recuerdo del último adiós
con la única mujer que amó; una libreta negra con un montón de páginas
garabateadas en el inicio de su afición a escribir, desconocida por todos, a
pesar de que encontraron polvorientos volúmenes llenos de su prosa; viejas cartas
atadas con un lazo negro, la correspondencia entre dos enamorados…
“La habitación estaba oscura, apenas había
amanecido. Podía sentir su cuerpo a mi lado, acurrucada sobre el costado y
dándome la espalda, tal vez soñando…”
La decisión fue unánime. Lo habían estado
discutiendo durante mucho tiempo, una vez que uno de ellos se atrevió a decir
en voz alta lo que todos estaban pensando ya. La casa había cambiado para
ellos, tenía ahora un aura distinto, podían ver la mano de su querido tío en
sus rincones, en el detalle con que se alineaban frascos llenos de arenas de colores,
en esas fotografías en blanco y negro que no tenían tantos años como
pretendían, en el olor a lirios que despedían los armarios… Todos y cada uno de
esos detalles tenían ahora un significado, eran parte de la vida de un hombre
que la vivió intensamente, incluso en soledad, y ninguno de ellos estaba
dispuesto a que se perdiera. La señora María continuaría limpiando y
manteniendo la casa, y ellos se comprometieron a pasar temporadas en esa casa,
hasta que decidieran quién se iría a vivir allí, quién le haría compañía al tío
en las frías noches de invierno cuando, cerca de la chimenea, acariciase a su
gato inmortal…
lunes, junio 24, 2013
Recuerdos de la existencia
Los polvorientos diarios habían aparecido al
limpiar el trastero, entre grandes cajas rellenas de ropas pasadas de moda pero
pulcramente dobladas y montones de revistas y papeles. Los había encontrado
Elsa, y todos los hermanos se habían acercado curiosos, pues ninguno conocía la
existencia de esos documentos, era una forma más en que podrían conocer al
viejo tío, siempre huraño y solitario, siempre vestido de negro y con un gato
en su regazo.
Decidieron leer conjuntamente los diarios en
las pausas que realizasen para descansar. Todos se habían tomado unos días
libres para ayudar en la tarea de sacar y clasificar los miles de objetos que
su tío atesoraba en la casa de campo, después de descubrir que la casa y todo
su contenido había sido legado a un fideicomiso en el que todos tenían
participación, a pesar de que ninguno de ellos había tenido mucho trato con el
anciano en los últimos años.
La casa estaba situada en lo alto de una
pequeña colina, con una magnifica vista sobre los viñedos que inundaban el
valle, protegida del viento por una hilera de olmos y con un manantial que nacía
apenas unos metros más abajo y del que se surtía la propiedad. En ella había
vivido su tío Giulio durante casi treinta años, desde que llegó al país para
‘descansar y tomar aliento’, según contaba él mismo cuando le preguntaban.
Hicieron un primer descanso a mediodía y de
los maleteros de los coches sacaron fiambre, vino, pan comprado en el pueblo
esa mañana, algunas manzanas… Mientras las chicas colocaban cubiertos y vasos
en la mesa de roble que miraba sobre las vides, Ramón y Lucas bajaron con unas
botellas a la fuente de piedra, para llenarlas con el agua fresca y pura que
surgía de ella. Una vez saciada un poco el hambre, y ‘para hacer algo de vida
monástica’ como ironizó Irene, comenzaron la lectura de los diarios, por un
tomo al azar…
“No soy una buena persona. La gente me dice
que sí, que soy amable, cariñoso, buen esposo y padre, pero yo no me considero
una buena persona. Tal vez me exijo demasiado. Encuentro que mi pecado
particular es el egoísmo…”
Durante un par de horas estuvieron leyendo
cómo su tío desgranaba los acontecimientos que le llevaron a separarse de su
mujer, las discusiones, la vergüenza, el miedo a la soledad y finalmente la
separación y su aceptación inevitable. Era una historia conocida por todos
ellos, pero los detalles íntimos que desvelaban los diarios les hacían sentirse
incómodos ante la sinceridad, por lo que todos agradecieron la sugerencia de
seguir clasificando enseres cuando uno de ellos la lanzó al aire.
viernes, junio 14, 2013
El ermitaño: día uno
Varón, caucásico, treinta y cinco años, estatura media,
complexión fuerte, pelo corto y moreno.... Posiblemente el informe policial de
esa noche empezara de esa forma, aunque no puedo saberlo. Humano, enfermo,
solo. Así, en cambio, es cómo me percibirían los vigilantes del bosque cuando llegué.
La cabaña era apenas un techo con cuatro paredes agujereadas, por las que
entraban el aire, el frío y la
luz. En ese momento entendí aquel dicho de que ver una araña
no es nada, lo malo es cuando no las ves...
Llevaba provisiones para varios meses: comida enlatada,
herramientas, útiles varios... y lo primero que hice al llegar fue beberme la
mitad de mis existencias de vino. Desperté varias horas después, con la boca
pastosa, tumbado en el suelo en medio de mis propios desechos y con un dolor de
cabeza del tamaño de una catedral. A mi lado había ramas, hojas, musgo,
millones de insectos recorriendo el suelo, vida al fin y al cabo.
Esas primeras semanas fueron horribles y maravillosas.
Durante el día trabajaba duro en recomponer un poco lo que había escogido como
mi lugar de vida, tapando agujeros, limpiando escondrijos, preparando baldas y
armarios donde guardar mis enseres, rompiendo mi ropa y mi piel gracias a mi
torpeza en los trabajos manuales... En las noches me sentaba en una silla en el
claro frente a la cabaña, al principio con una copa de vino, luego intentando
fumar en pipa (aunque lo deseché a los dos intentos, nunca he fumado y no tenía
hábito) y finalmente salía con mi propio cerebro. Durante horas escuchaba los
ruidos del bosque, oyendo lo que el silencio me quería decir, viendo cómo se
movían las estrellas mientras mi cabeza se iba aclarando y al mismo tiempo
llenando de pelo.
Cuando llegaron las primeras lluvias tenía un techo sólido y
un suelo seco para resguardarme, y cuando las nieves alcanzaron al bosque mi
chimenea estaba bien alimentada y me mantenía caliente durante el día. Para
entonces mi reserva de alimentos se había incrementado con frutos silvestres,
miel y pescado seco, mis manos se habían encallecido, mi piel estaba curtida
por el sol y el viento, y mi mente serena por primera vez en muchos años.
viernes, junio 07, 2013
Soñar a deshoras
Camino de regreso a mi trabajo, en una
calurosa tarde, y mientras escucho a Manolo García dejo que mis otros sentidos
se empapen de lo que ocurre a mi alrededor: el olor de la fritanga y las
famosas croquetas de Maya, cuando paso por el bar y su puerta siempre abierta,
siempre invitando; los miles de tonos de verde que me regalan los árboles del
parque, tan distintos, tan iguales; la piedra rugosa de la pared de la clínica,
que recibe mis manos como cada día, mis dedos sintiendo el frescor que emite el
muro hasta ahora en sombras…
Suelo cruzarme durante mi ruta con varias
personas, habituales que parece que me esperan o que están ahí para darme un
valor del tiempo, como la niña que llega siempre temprano a las clases del
instituto y que me da la hora sin quererlo: sólo la veo cuando voy muy
retrasado en mi horario y coincidimos en la calle del centro escolar. Más a
menudo me encuentro con Carlos, el camarero del Naranjo, un bar que me recibe
en ocasiones al volver de la oficina, fumando un pito en medio de su jornada;
su saludo siempre es afectuoso y mi respuesta agradecida.
Sobre los tejados se escapa la tarde…
Esa joven que espera sentada en la puerta me
mira sorprendida, no comprende cómo un hombre canoso y evidentemente mayor, muy
mayor para sus escasas primaveras, pueda ir cantando bajito por la calle, tal
vez esté loco… La miro y la sonrío, y ella me devuelve la sonrisa, ¿aliviada? Nunca
lo sabré.
Cruzando el parque reduzco mi ritmo, me gusta
pasear bajito por los caminos de hierba, cruzar las pequeñas praderas donde los
perros se bañarán en verde en unas pocas horas, levantar la mano para tocar
esas hojas llenas de vida, intentar que los gorriones no se espanten cuando mi
mirada les dispare sus plumas, quiero, en fin, permanecer, lo más posible en
ese lugar verde y lleno de oxígeno antes de cruzar su puerta, piedra antigua y
serena, grafitis modernos y sin sentido, ganas de adolescentes de regresar a
una manada que ya no existe, cruzar la puerta hacia el mundo moderno y contaminado,
con ruido, con gente en las terrazas hablando en voz alta por teléfono, como si
quisieran llegar con su tono al otro lado de la línea sin pagar por ella, niños
jugando al balón en los soportales, con el uniforme del colegio aún puesto, niñas
que juegan también y gritan alegres…
Finalmente, llego al edificio de oficinas en
el que se encuentra mi trabajo y apago la música que he venido escuchando todo
el camino. La gran puerta metálica sirve de barrera entre el mundo de afuera y
el interior, aire acondicionado lleno del polvo de gente deshaciéndose en
rutina y luchando para evitarlo…
Un día más, sueño a deshoras…
lunes, junio 03, 2013
Olvido
Cruzo la puerta, saludando a las enfermeras. Ya me conocen, solo
soy otro viejo que viene de visita una vez por semana. Ella está donde siempre,
en la sala principal, sentada frente a la balconada con sus piernas tapadas por
una manta a cuadros, el pelo corto, como a ella le gusta, las manos muy
cuidadas... Me acerco en silencio y pongo en su regazo el ramo de lilas que
traigo para ella. Su olor la saca del ensueño y sonríe. Con cuidado, como si
pensara que son una ilusión, se las acerca al rostro y aspira su aroma, con
ganas, como una niña. Aprovecho el momento para besar su frente. En sus ojos el
desconocimiento que me ha recibido tantas veces ya, y mientras me siento al
lado de mi esposa me alegro que las flores la distraigan para que no vea rodar
las lágrimas por los míos.
jueves, mayo 16, 2013
Sala capitular
A unas pocas leguas de la intersección del
camino real con el ramal que conduce a Algerna, medio escondido entre unos
tojos milenarios, el viajero errante se encontrara con un sendero olvidado, unos
rodales que apenas se mantienen en la actualidad por el paso de los carros que
se dirigen al viejo molino y que el bosque comienza a reclamar como suyos.
Por esta vereda llegaremos en un par de horas
al molino de Salvadurillo, una robusta construcción centenaria sobre el arroyo
del mismo nombre. El molinero, un hombre mayor, siempre se mostrará amable con
el caminante y le volverá a poner en la senda correcta, no sin antes haberle
invitado a un vaso de vino y un rato de conversación amistosa.
Si el viajero es dado a las soledades, dispone
de tiempo y no le arredran los parajes montanos, puede continuar más allá del
molino, siguiendo un sendero que poco a poco se convierte en una pista angosta
y cubierta de arbustos, apenas una trocha marcada por el paso de los animales
del monte, que se interna en las primeras estribaciones de la sierra de la
Culebra.
Tras unas horas de camino entre quejigos y algunos
tejos desperdigados, llegaremos a un viejo puente románico, olvidado de todas
las guías pero aún fuerte y recio, que nos ayudará a cruzar el Salvadurillo,
que en este tramo viene crecido por la afluencia de otros regatos con la
naciente en la cercana sierra. Desde el puente, mirando hacia el sol poniente,
distinguirá el peregrino una cruz entre la maleza, resto de lo que fue un humilladero,
ahora cubierto de zarzas y ortigas, que señala el cruce con otra vía, que ahora
apenas se adivina. Tiene esta cruz un relieve apenas visible, pero que muestra
un hombre alado con lo que parecen ser cuernos en la frente…
Si, intrigados y con deseo de resolver el
misterio, nos adentramos entre helechos y espinos, al cabo de media legua hallaremos
las ruinas de un antiguo convento, en el interior de un pequeño claro rodeado
de pinos y robles, y marcado por un inmenso ciprés en un lateral de la entrada
a la iglesia conventual. Es el antiguo convento de las Hermanas de Santo Ángel,
que antaño perteneciera al obispado de Tallero y cuyos terrenos, con la
desamortización, pasaron a manos de los duques de Paldós hasta la desaparición
del linaje y la revolución del 36.
Sus muros recuerdan la situación de
habitaciones, cocinas, una pequeña escuela junto a la hospedería, el
refectorio, las cocinas, que contaban con una alta chimenea de obra que aún
mira al cielo, un extenso jardín ahora reconquistado por las malas hierbas y el
bosque bajo… El viajero que, perdido ya su camino, haya llegado a estos lugares
encontrará estos muros cubiertos de hiedra y agujeros, los techos caídos o
derrumbados por las inclemencias del tiempo, algunos restos de ventanas en los
muros, la iglesia profanada y con restos de hogueras apagadas hace muchos años
y el interior del claustro lleno de malas hierbas y piedras.
En el terreno de alrededor se encuentran algunas
estatuas, ya convertidas en polvo o trozos por el tiempo, que el viajero
encontrara al menos curiosas para un lugar de reposo y espiritualidad.
Volviendo al molino, el caminante curioso
preguntará al buen molinero por esas ruinas, y el significado de la cruz. El
paisano, deseoso de conversación, seguramente le hablará de las Hermanas del
Santo Ángel y su historia. Si dispones de un momento, amable lector que hasta
aquí nos has seguido, te contaremos este curioso relato.
lunes, mayo 13, 2013
No dejes que se vayan
Partidos de fútbol en el recreo, aquellos
tercero contra cuarto, cuarenta chavales y una pelota en un descampado… El
primer baile agarrado, tieso y nervioso, sintiendo el olor de la chica y su
calor tan cerca, tan cerca… El mar cristalino y cálido, la sensación de que tu
cuerpo quiere subir hacia arriba, que quiere perder la verticalidad… La brisa
en lo alto del cerro, refrescando un sudor honrado, producto de una subida
hecha a fuerza de querer llegar, de ver desde arriba… Un bocata de calamares en
El Tres, con una caña de cerveza, pagado con el dinero que ganas tú… Asomarse
al mar en un acantilado, sentir el viento empujándote hacia tierra y las
gaviotas volar por debajo de ti… Un rato con los amigos, risas y comentarios,
ver, observar, disfrutar, sentirse parte de algo… Observar un rostro querido
mientras duerme y acariciar su piel, sabiendo que al despertar dirás “te quiero” y ella sonreirá…
Son buenos momentos, momentos que se atesoran
en la memoria. Cuando la memoria falla, entonces hay que hacerlos visibles en
otro lugar, para que no mueran, para que lo que sentí entonces no desaparezca…
Por eso escribo.
lunes, mayo 06, 2013
Como el agua y la arena
Me esperaba en la habitación de aquel viejo
hostal, durmiendo en la cama. No me sintió llegar, mis pasos silenciosos me
acercaron a ella. Permanecí unos instantes observando su rostro, sereno,
tranquilo, lejos ya la preocupación y la ansiedad que la dominaban cuando la
conocí. Teniendo cuidado de no despertarla al apoyarme en el colchón me agaché
y comencé a acariciarla…
Reaccionó al tercer o cuarto beso, abriendo
sus ojos tristes, adormilada aún, mientras yo seguía besando su cara, su
cuello, sus labios… Poco a poco entró en el juego, echando sus brazos alrededor
de mi cuello y devolviendo mis caricias al tiempo que me ayudaba a quitarme la
camisa.
Poco después estábamos desnudos bajo las
sabanas, a cubierto de los mosquitos gracias a un antiguo aparato de aire
acondicionado, que nos libraba tanto de las picaduras como del agobio de la
noche tropical. Desnudos nos acariciamos, desnudos nos besamos, su aroma a tabaco
y cerezas me intrigaba y al mismo tiempo me fascinaba, haciendo que mis labios
recorrieran su cuerpo buscando el origen de ese perfume….
En un momento dado se subió encima de mí, su
cuerpo joven y suave apretando mi hombría, dura y deseosa. “Quieto” me dijo,
con cierta impaciencia, cuando traté de alcanzar sus pezones con mis manos, y
yo la obedecí. Comenzó entonces a moverse rítmicamente, hacia delante y atrás,
mientras entrecerraba los ojos. Yo podía observar cómo se iba excitando poco a
poco, sus pechos se endurecían, sus pezones se marcaban, sus gemidos
aumentaban…
Entonces me di cuenta que me usaba para su
placer, empleaba mi cuerpo para obtener goce y disfrute, no le importaba si era
yo o cualquier otro. Es ese momento no valían para nada los paseos, las
caricias en el bar, los besos en el bosque, los murmullos y susurros, nada… Y
me pregunté quién ofrecía realmente su cuerpo, ella o yo…
miércoles, mayo 01, 2013
Niña de piedra
Lo primero que llama la atención es la paz.
Tus oídos acostumbrados a los ruidos de la naturaleza, sea campestre o urbana,
enseguida clasifican esa tranquilidad como ausencia de ruido. Sin embargo,
conforme se habitúan al nuevo entorno te das cuenta de que en realidad no hay
tal silencio, que hay cantos, golpes, susurros, el sonido del espacio
moviéndose….
La tempestad les había cogido por sorpresa.
Habían salido a un tranquilo día de pesca y ni siquiera habían tomado la
precaución de mirar las previsiones del tiempo. En esa época del año eran
frecuentes las tormentas repentinas, el mar acumula tanta energía que de pronto
inmensas torres de nubes comienzan a descargar agua y viento, rayos, tornados...
Pequeñas embarcaciones como la suya apenas tienen alguna oportunidad.
Lo siguiente de lo que te das cuenta es la luz.
No es cierto que este oscuro, que no haya luminosidad, que todo sea negro sobre
negro. No. Al principio claro, como con el sonido, tus ojos no son capaces de
distinguir nada, pero cuando te haces a la nueva situación puedes ver puntos de
luz tan tenue, tan tenue, que primero piensas que son imaginaciones tuyas.
Luego, aparecen más formaciones y trazos luminosos, hasta que te das cuenta de
que hay muchas más estrellas que en el cielo…
Aunque Miguel era un avezado marino la furia
de los elementos le pilló sin preparación. Cuando vio la lluvia espesa y la
altura de las olas maldijo esas botellas de cerveza que se había tomado,
inconsciente. Sus reflejos no eran los mejores, y a pesar de que la adrenalina
llenaba sus venas, apenas pudo hacer algo más que poner los chalecos salvavidas
a la pareja que le había arrendado el barco y llamar por radio antes de que el
mar se le viniera encima…
Tampoco es cierto que estés solo. Ya cuando
eres capaz de percibir luz y sonido esa sensación se pierde. Algo debe haber
ahí que haga todo eso, piensas. Y mientras estás cavilando sobre ello sientes
como eres observado por otros seres. Es esa vieja sensación que todos tenemos
cuando alguien nos mira fijamente durante un rato, un erizar de cabellos, una
intranquilidad, algo que nos avisa que tenemos compañía…
Apenas llevaban unos días casados. Se habían
conocido en un concierto, gritando y saltando, y en semanas ya estaban viviendo
juntos y planeando un futuro. Pocos meses más tarde él había reunido el valor
suficiente para pedirle un compromiso que ella estaba deseando que le pidieran.
Fue una boda sencilla, con todos los parientes comentando la buena pareja que
hacían, como en todas las nupcias, y esos días en el pueblecito pesquero eran
su luna de miel.
A Miguel el mar le devolvió a los tres días,
envuelto en algas, pero de los otros dos pasajeros nunca más se supo. Con el
tiempo pasaron a engrosar el listado de desaparecidos en el mar, y hasta sus
parientes los olvidaron. Una pequeña cruz de granito en la base del acantilado
los recuerda, un recuerdo ya desgastado también por las olas, una memoria
siempre en lágrimas…
Es ella. La veo llegar hasta mí y pienso en lo
hermosa que está, su cabello ondulando, esos ojos verdes que me llaman…
martes, abril 23, 2013
Quintos del 64
Frente a la puerta del ayuntamiento se
encontraba la flor y nata del pueblo, los quintos del año, la mocedad lista
para ser revisada y etiquetada para el servicio militar. Los habían convocado a
todos el mismo día, todos habían recibido el oficio del alcalde. Dionisio estaba junto a su grupo de amigos, mozos
de más o menos de la misma edad, nerviosos, impacientes por un lado porque
terminase todo aquello y temerosos al mismo tiempo de los resultados…
Los fueron llamando por orden alfabético y pasaron
a una de las dependencias de la primera planta, habilitada para la ocasión. Allí
el secretario municipal les iba identificando y tachando de una lista que tenía
encima de la mesa, después de lo cual un asistente vestido con una bata blanca
les iba tomando las primeras medidas: altura, peso…
El grupo en el que se encontraba Dionisio
entró luego en otra habitación, en la que un biombo blanco de tela separaba una
zona algo más estrecha. Otro militar enfundado en una bata blanca les dijo que
se quitaran la camisa; algunos venían con una camiseta, mientras otros estaban
a pecho descubierto, imberbes especímenes humanos. Mientras otro asistente les
hacía preguntas sobre su salud (“¿has tenido tuberculosis, disentería,
enfermedades venéreas?”), un doctor les iba tomando la tensión y auscultando el
pecho detrás del biombo.
Una tercera habitación les esperaba, esta vez
de uno en uno. Cuando le llegó el turno, Dionisio pudo ver una mesa en medio de
la habitación, un cartel al fondo con letras y símbolos y a un capitán médico
que le esperaba fumando un cigarrillo…
“Nombre”
“Dionisio Morales Santos, señor”
“Fecha de nacimiento” siguió el militar, a
esas alturas ya más que harto de su labor.
“Diecisiete de septiembre del treinta y nueve,
señor”
“Buen año ese, ganamos la guerra…”
“Sí, señor”, respondió Dionisio, sin saber qué
otra cosa decir mientras pensaba en su tío Damián, desaparecido en la batalla
del Ebro, o del tío Jorge, pariente de su padre del que solo se hablaba en
susurros al amparo de la lumbre en los inviernos…
“Vamos a ver qué nos trajo ese año, recluta,
siéntate en esa silla” ordenó el capitán.
Durante los siguientes minutos, Dionisio
contestó a las preguntas que le hicieron, identificó en el cartel las letras que
le pidieron, se dejó medir el perímetro del pecho (“buenos pectorales, recluta”),
con el humo ácido y espeso del cigarro llenando poco a poco la sala…
Un par de horas después de haber entrado en el
ayuntamiento, los ahora reclutas salían de dos en dos, algunos contentos, otros
más circunspectos, pero la mayoría ya tenía otra mirada. Habían entrado siendo
niños, y salían siendo hombres dispuestos a dar la sangre por la patria…
Fuera les esperaban sus padres. Ellos habían
estado las últimas horas fumando y bebiendo en los bares cercanos, esperando
que los cachorros salieran ya convertidos en hombres. En su mirada se veía que
algunos estaban orgullosos por tener a otro hombre en la casa, mientras que otros
ya pensaban en tener una boca menos durante el invierno que venía, y que se
anunciaba crudo y duro para todos.
El padre de Dionisio estaba fumando en un
corro de vecinos, entre los que alcanzó a distinguir al padre de Rafael y al de
Lucas, compañeros de juegos desde niños y ahora quintos suyos. Su padre, un
labrador curtido por el sol, el viento y las desgracias, le miró de arriba
abajo, con cierta sorna.
“Ya estás en filas, Dioni…”
“Sí padre, han dicho que soy apto para el
servicio.”
Su padre sonrió y se adelantó para estrecharle
la mano, lo que inicialmente desconcertó al muchacho, que sólo supo reaccionar
después de un momento de incertidumbre. Fue un apretón de hombre a hombre,
recio, sincero… Con la otra mano su padre le pasó un billete de cinco pesetas,
que le puso en el bolsillo de la chaqueta.
“Anda a celebrar con los otros quintos…”
De madrugada, cuando regresaba a su casa
caminando por las calles oscuras y silenciosas, Dionisio encontró ese billete
en el bolsillo. A la luz de una bombilla solitaria en la plaza lo miró, dándole
vueltas. Sabía que su madre había estado ahorrando cada perra gorda de ese
billete desde hacía mucho tiempo. Recordaba la mirada de orgullo de su padre
cuando se la había dado, antes de volver con el resto de vecinos a comentar los
acontecimientos.
Y Dionisio, por vez primera, pensó que hubiera
dado ese billete y todos los de este mundo por un abrazo de su padre en ese
día…
martes, abril 16, 2013
Sólo seré una sombra
Ella me dijo que no había razones para seguir
conmigo y yo la creí, la creí y me marché a otra ciudad para que nada me
recordara a ella, pero no conseguí olvidarla. Intenté eliminarla de mi vida buscando
la ayuda del alcohol y otras drogas, viajé hasta Sodoma y Gomorra para que nada
me trajera a la memoria su voz, su rostro, sus ojos, pensando que si destrozaba
mi cabeza y mi vida conseguiría no pensar en ella. Traté de borrarla de mi
mente con la imagen de otras mujeres, con otros cuerpos, otras manos, otros
ojos, pero siempre venían a mi cabeza su cara, su piel, su sonrisa…
Probé entonces a negarla con la ciencia,
desgajando cada onza de mis sentimientos, analizando, teorizando,
experimentando, comprobando… Quise descubrir la base molecular y química de mis
emociones, de mi amor, y descubrí que nada era más grande ni más extraño, que mi amor estaba más allá de la medida de mis probetas y mis instrumentos…
Procuré olvidarla buscando en el corazón de
antiguas religiones, pensando que quizás Díos me ayudaría; viajé a los lugares
más profundos del Asia, donde con maestros y santos viví, aprendiendo a
relajarme, a expandir mi mente, a bloquear mis sentidos. Pero cuando iba a
alcanzar el nirvana, el estado perfecto de existencia, me di cuenta de que ella
estaba allí, que era el principio supremo de mi universo.
Ha pasado el tiempo, y con él el dolor se ha
apaciguado, haciendo que mi corazón descanse a veces. Ya no pienso en ella en
todo momento, no, algo he conseguido en todos estos años… Ahora sólo la extraño
cuando estoy vivo…
jueves, abril 11, 2013
Miradas de gato
La arcada le sacó del sueño como se arranca
una mala hierba, con fuerza y sin avisar. Casi no tuvo tiempo de girarse hacia
un lado, su cerebro apenas era aún consciente de dónde se encontraba mientras
la bilis subía por su garganta y se esparcía por el suelo de la habitación,
dejando pequeños dibujos rojos que contrastaban con el solado de barro de la pieza.
Diez minutos más tarde, con la camiseta mojada
por el esfuerzo, la garganta enrojecida y doliente, pudo tumbarse de espaldas,
dejando que su cuerpo se serenase tras el ataque. Había sido el tercero de la
semana, cada vez eran más frecuentes y las medicinas que el doctor le daba no
parecían tener efecto. Sentía como la enfermedad se arrastraba en su interior e
iba ganando poco a poco, célula a célula, el control de su cuerpo sin que él
pudiera hacer nada para detenerla.
Se levantó con las costillas doloridas, haciéndolo
más por cambiar de posición que por ganas de levantarse. Lentamente se dirigió
al baño, donde tomó vaso tras vaso de agua, intentando hacer desaparecer ese
regusto a infierno que le llenaba la boca. Se lavó con lentitud, haciendo que
sus músculos volvieran a funcionar uno a uno. El espejo le devolvió la misma
cara que siempre, el pelo sudoroso y pegado al cráneo. Una ducha rápida le
devolvió parte de su humanidad, y mientras se secaba preparó un poco de café.
El gato le miraba sentado en la silla de la cocina.
Desde que lo había ‘adoptado’ se había acostumbrado a esperarle en ese lugar
por las mañanas, consciente de que el hombre siempre le pondría un platito de
leche tibia o unos restos de comida. La mirada del animal le ayudó a recuperar
completamente la vigilia, y se dispuso a tomarse el café mientras escuchaba las
noticias en la radio.
Aquel día le apetecía un poco de azúcar
moreno, un grano de caña que había traído de Portugal en uno de sus últimos
viajes, y que guardaba como oro en paño en una de las repisas superiores. Al
alcanzar el bote de vidrio en el que conservaba el dulce néctar, un mal
movimiento hizo que estuviera a punto de tirar la repisa. Con el golpe, toda la
tabla se estremeció, y una hoja de papel cayó flotando lentamente hacia la
cocina.
El hombre, después de maldecir y sobarse un
poco en el lugar de la contusión, se fijó en ese trozo de papel, una vieja
fotografía. Al levantarla y darle la vuelta su corazón se paró. Pensaba que se
había deshecho de todas sus fotos, no esperaba encontrarla mirándole, alegre,
con esa media sonrisa que tenía cuando estaba disfrutando mucho… Era ella,
sentada en una butaca en el bar Paysandú, en Montevideo, la noche en la que le
pidió que se casaran. Llevaba ese vestido tan ligero que se ponía en las noches
calurosas y una copa en la mano. Habían estado hablando de cosas banales, él
nervioso con el anillo quemándole en el bolsillo de la americana hasta que en
un momento de la conversación lo puso encima de la mesa y, cogiéndola de la
mano, la pidió matrimonio. El fotógrafo había estado rondando por allí, como le
había pedido, y tomó la fotografía instantes después de que ella dijera que sí.
Los años habían pasado por la imagen igual que
por él, y el brillo de su papel se había perdido. Sin embargo, a través de sus
lágrimas, él seguía viendo el brillo en los ojos de ella, esa media sonrisa que
tenía cuando se sentía enamorada…
El gato miraba al ser humano, indeciso, su
plato de leche aún vacío mientras el hombre lloraba por el amor perdido, por la
vida desperdiciada, por todo aquello que le
había llevado a ese pueblo, tras una eternidad buscando una paz que no
había encontrado en otros lugares, buscando hasta que ya no pudo más y dejó de
hacerlo.
lunes, abril 08, 2013
Memories
Cuando yo tenía unos diez u once años me quedé solo una
tarde en mi casa. En aquel entonces era normal que los padres salieran y nos dejaran
en casa haciendo nuestras cosas, como ahora. Yo estaba cuidando de mi hermano,
y posiblemente los dos estuviéramos viendo la televisión, ya no me acuerdo...
En un momento dado llamaron a la puerta. Ya era lo
suficientemente grande como para tener permiso para abrir la puerta estando
solo, así que lo hice. Al otro lado había una muchacha que tendría mi edad, tal
vez menos, con un niño más pequeño de la mano, su hermano. Recuerdo a la
chiquilla como morena, delgada, de ojos grandes, vestida con un jersey y una
falda; en mi memoria los colores son apagados, y en cualquier caso puede que la
imagen sea falsa de todas formas. Venían pidiendo una ayuda, eran los años de
la crisis del petróleo y muchas familias de entonces quedaron en muy malas
condiciones; a menudo, la única forma de comer algo era ir pidiendo por las
casas.
Yo, como mis padres me enseñaron cuando ellos no estaban, le
dije que no podía ayudarla, que no estaba mi madre. Se fueron, siguiendo su
camino hasta la siguiente puerta del pasillo. A los cinco minutos llamaron de
nuevo, era el chaval. "Dice mi hermana que le des una coca-cola" me
dijo. Me hizo gracia, y pregunté: "¿Y por qué tendría que darle una
coca-cola?" (en casa todo lo más que había por entonces era gaseosa “La Casera”,
que se usaba para ‘aclarar’ el vino en ocasiones)."Porque eres un
hombre". Dije que no podía y cerré.
La escena quedó en mi memoria, y en los años que han pasado
la he recordado varias veces. Ahora vuelven a llamar a mi puerta pidiendo ayuda
para comer, pero son personas de mi edad, hombres y mujeres desesperados, y me pregunto si alguno de los políticos
de cientos de miles de indemnización por despido, presidentes ‘vitalicios’ de
diputaciones, directivos de federaciones deportivas con cien mil euros de
salario por no hacer nada, banqueros con indemnizaciones millonarias ‘sin importar el motivo del
cese’ y demás ralea, me pregunto si las hijas de esos señores han pedido alguna
vez un vaso de refresco como hizo aquella chiquilla...
Ojalá se lo hubiera dado...
jueves, abril 04, 2013
El molino
Hoy no he hecho mi paseo siguiendo el camino
fluvial como de costumbre, sino que me he desviado por un oculto sendero entre
cañas y piedras que conduce a un antiguo molino, ahora ya en ruinas. La
industria, esa gran benefactora de la humanidad, hace tiempo ya que acabó con
los molinos locales, con esas pequeñas empresas que pasaban de padres a hijos y
en los que el cargo no era solo un trabajo sino que también constituía un estatus entre los lugareños, el molinero, ese espécimen siempre entre ricos y pobres,
famoso a veces por su codicia y otras por su parentela...
Pero me estoy desviando del tema. El caso es
que el molino del lugar se encuentra en ruinas, apenas cuatro paredes mal
sujetas por las lianas y los hongos, que sobreviven a la humedad que sube del río
mientras las maderas del techo se van pudriendo lentamente.
Me gusta este camino. Queda lejos del ajetreo
del paseo fluvial, escondido para la mayoría de los transeúntes, más proclives
a sentarse en los bancos y lugares para jolgorio dispuestos por el ayuntamiento
que a bajar durante unos cientos de metros entre la vegetación de la ribera
para encontrar un lugar tranquilo donde poder pensar.
Mientras observo por enésima vez las raíces de
la vieja higuera hundirse entre las rocas del lecho del arroyo, y hacer así un
pequeño puente entre el agua y el cielo, enciendo un cigarrillo y aspiro el
humo con placer. Siento como recorre mi garganta para ir a depositarse en mis
pulmones, para luego hacer el camino inverso y salir por mi nariz. Cuanta
ceniza habré creado ya. Llevo fumando desde los quince años, primero aquella
picadura asquerosa que hacíamos recogiendo colillas y desliando el poco tabaco
que quedaba. Luego los fieles celtas y bisontes, hasta que llegué a tener
suficiente dinero como para comprar americano, y así hasta ahora...
Ha parado la lluvia. Los verdes quedan
luminosos cuando se asoma ligeramente el sol, las pequeñas gotas que quedan en
las hojas parecen diamantes según cómo les llegue la luz. Vuelven a cantar los pájaros
y el rumor del arroyo ya no se confunde con el tiptap de la lluvia sobre las
hojas y el suelo. Desde mi escondite, al abrigo del soportal de una puerta,
milagrosamente en pie, puedo dejar volar mi imaginación y ver todo como antaño
fue: los carros con el trigo y el centeno en sacos bajando por el camino que es
ahora apenas una trocha para animales, el bullicio a la entrada del molino,
cuando el molinero llegaba para negociar la maquila, mientras los carreteros
aprovechaban para aliviarse al lado del río, el olor a harina y a pan recién horneado
que salía de la casa, el polvillo blanco que se detectaba en el aire apenas se entraba
en la vivienda, la humedad del cauce y el estanque que todo lo impregnaba...
Abro los ojos cuando un reactor pasa por el cielo,
atronando y recordándome que el tiempo ha pasado, que ahora todo es distinto,
que mi hombro se queja por llevar mucho tiempo apoyado contar la fría piedra,
que las rodillas me arderán esta noche después del esfuerzo a que las someto
subiendo y bajando esa cuesta, que mis ojos lagrimean porque no te he podido
ver en mi ensueño, limpia y lozana, como aquella primera vez en nuestros años
mozos...
lunes, abril 01, 2013
Acto de fe
Yo, señor, no soy malo. Durante los años que
me has otorgado he intentado siempre seguir tus enseñanzas, llevar la verdad de
tu iglesia a mis semejantes. Tras muchos años de penitencia y oración en el
convento, escuché tu llamado y me alisté en esta gran aventura, dejando tras de
mí lo poco que poseía. En la travesía oré y medité en soledad, ya buscando una
señal tuya para mi destino, ya para proteger los navíos de la furia del mar.
Desde mi llegada a estas tierras no ha habido un solo día que no te glorificase,
tanto de palabra como de obra, mientras vivía entre los infieles que pueblan
estas naciones: he bautizado, dado comunión e instruido en la fe de tu iglesia
a cientos, llevando sus almas al redil de la Santa Iglesia Católica, para
gloria tuya.
Y sin embargo señor, no has dejado de probarme
cada día, primero con temor a la muerte, haciendo que nuestros barcos
encallasen en aquella malsana bahía, donde los mosquitos y la enfermedad
diezmaron nuestras filas. Cuando bien te plugo pudimos avanzar a terrenos más
salubres, dónde me tientas con los placeres de la carne y la codicia, poniendo
ante mí grandes y apetitosos manjares y enormes riquezas. Todo esto, señor, he
soportado para gloria tuya, permaneciendo fiel a los preceptos de la fe. Pero ay,
habías de ofrecerme la tentación final, sabedor de mis debilidades. Señor, oro
y riquezas no quebrantarán mi espíritu, pero mulatas, señor, mulatas…
lunes, marzo 25, 2013
Puntos y comas
Irene era una mujer menuda y frágil que cada mañana,
bien temprano, se instalaba en su pequeño puesto frente a la puerta del
mercado, a vender los cupones del día hasta que cerraba pasadas las tres de la
tarde, cuando los fruteros ya habían recogido su mercancía. Después de tomar un menú ligero en el bar del Portugués comenzaba un recorrido por los bares y tascas del barrio, vendiendo las papeletas que le quedaban de la mañana a los rezagados y parroquianos. Algunas veces continuaba trabajando hasta bien entrada la noche, con su tira de billetes en el pecho. Iba acompañada de su perro
lazarillo, que la guiaba fielmente por las zonas más complicadas.
Una vez finalizada la jornada un sobrino la recogía y la acompañaba hasta su casa, un modesto apartamento de menos de treinta metros
cuadrados, apenas un saloncito, una cocina americana y un baño. A ella no le
importaba, ‘menos para recordar’ solía decir sonriendo cuando alguien le
preguntaba. En el camino charlaban y se contaban mutuamente las anécdotas del día.
Después de cenar frugalmente, alimentar a su
querida mascota y limpiar los pocos cacharros que hubiera ensuciado en el día,
se sentaba en un viejo sillón cama, a oscuras, tapada con una manta de lana en
los días invernales, y comenzaba a recorrer el mundo. Bajo sus dedos febriles se
desplegaban en silencio planetas e imperios distantes, profundidades abisales y
las nubes más altas, cazaba cocodrilos recorriendo el Nilo, contemplaba los
atardeceres sobre las llanuras del Oeste americano, hablaba con los grandes
pensadores de todos los tiempos… Permanecía concentrada, con una sonrisa en su
rostro, mientras todo aquello que leía se proyectaba en su mente.
Por fin, después de un buen rato, se levantaba
en silencio y extendía el sofá, preparando su cama en apenas cuatro
movimientos. Poco después dormía tranquila, volando en sus sueños hasta el
amanecer…
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