domingo, agosto 11, 2013

Aromas claros de aguas suaves

La piscina del pueblo no era más que un hoyo rectangular, excavado a la orilla del río y con sus paredes recubiertas de cemento, que el ayuntamiento había construido en el lugar en que el camino al otro valle cruzaba la corriente, porque allí era dónde había espacio y tenía mejor comunicación con el pueblo. El agua llegaba a través de una gran manguera de plástico situada unos metros corriente arriba, cubierta de piedras y con un rudimentario filtro, apenas una malla de plástico que evitaba que peces y piedras entraran en ella. Durante la mayor parte del año la piscina permanecía vacía; a veces las lluvias del invierno y primavera la dejaban con unos centímetros de agua que se volvía verde y llena de vida. A comienzos del verano unos operarios del ayuntamiento la vaciaban, con unos grandes cepillos limpiaban las paredes y suelo del verdín acumulado y luego dejaban que se llenara con el agua del río, para que los muchachos del pueblo, y sobre todo los que veníamos a veranear, tuviéramos un lugar donde refrescarnos.

Yo no iba mucho. Quedaba un poco lejos y siempre estaba llena de familias con niños, bocadillos, bebidas, gritos, calor… En aquella época me llamaban más la atención las frescas sombras de los pinares, el aroma de los helechos en la orilla o buscar el oro de los ranúnculos asomando entre el verde de la vegetación. Muchas tardes salía a pasear por el monte, recorriendo viejos caminos, llegando a zonas de las que hablaban los abuelos y tíos. Era joven y mis ojos se llenaban de todo y todo lo querían ver: los altos riscos que coronaban el valle, las gotas que emanaban de los viejos chaparros, el búho haciendo la siesta en la rama del alcornoque... Me encantaba descubrir a los pajarillos recorriendo los árboles y arbustos después de haber reconocido su canto: carboneros, chochines, petirrojos, pitos, incluso el ulular de las lechuzas al caer la tarde…

A veces, de vuelta a casa, me detenía en la piscina. Ya no estaban las familias, se habían ido para llegar con sol al pueblo, el camino era empinado y largo. Las sombras cubrían el espejo de agua, aunque aún quedaran un par de horas de luz. Si la tarde había sido calurosa me quitaba la ropa y me daba un baño, un último momento de soledad antes de volver a la civilización. Me gustaba la sensación del agua fresca sobre mi piel desnuda, parecía que todo aumentaba, que todo era más nítido: los sonidos del río fluyendo a escasos metros, el aire sobre los castaños, el cielo azul sobre mi cabeza flotante…

Todo acababa. En algún momento salía y me secaba en las piedras, calientes de recibir el sol durante varias horas, antes de volver a vestirme y recorrer el camino de vuelta a casa, donde me esperaba mi madre con la cena.

Ya no está la vieja piscina. Ahora hay una más nueva y moderna, más cerca del pueblo, más lejos del río, con un chiringuito para que las familias no tengan que llevarse el bocadillo ni la bebida. Los viejos caminos que recorrían ahora están asfaltados, o preparados para los camiones que recogen las castañas y las cerezas. Hace mucho que no los recorro, hace mucho que no voy por mi pueblo, pero a veces, cuando menos lo espero, aparece en mis sueños ese cielo azul pálido que anunciaba la noche de miles de estrellas, sobre mi cabeza flotante…

2 comentarios:

Candas dijo...

Precioso como relatas y compartes sensaciones que quizás hayan formado parte de tu vida en alguna ocasión...
Ahora llegan las Perseidas, quizás deberías volver de nuevo allí.

Huelquén dijo...

Las estrellas que yo veía ya no existen...