martes, septiembre 17, 2013

Cumpleaños

“Llegaron los años y se fueron posando uno tras otro, hasta que comenzaron a hacer una gran pila, y el número de sus días fue ciento…”

Ese párrafo siempre le hacía sonreír, con una mezcla de tristeza e ironía, nunca había entendido esa forma de hablar: “y el número de sus días fue ciento…” Y sin embargo le gustaba tanto cómo sonaba, los recuerdos que parecían levantarse en su memoria…

El libro había estado con él desde que se lo regalaron en su primera comunión, un presente inusual de unos padres orgullosos de que su hijo pasara más tiempo leyendo que jugando a la pelota. Había sido el primer libro que había podido escoger, entre los volúmenes que la librería del barrio tenía en el escaparate; luego llegaron otros muchos, bastantes más fueron prestados de bibliotecas, su casa tenía miles de ejemplares en todos los tamaños y estados.

Sin embargo, ese primer libro siempre tenía un significado especial. Si acariciaba sus cubiertas podía ver a su madre acompañándole a comprarlo, pagar un dinero que no escaseaba por algo que ella no entendía; la oía hablar con amistades y familiares de su gran afición a la lectura… Sólo ahora entendía su orgullo, los hijos estudiosos, que saldrían del campo, que no trabajarían de sol a sol, que tendrían un futuro mejor…

Ahora, cuando el número de sus días no era ciento sino decenas de miles, el hombre se sentó a la puerta de su casa, en una vieja mecedora de mimbre que había pertenecido a su abuelo y que rescató cuando compró la antigua casa ancestral. El sol de la tarde ya no daba directamente, pero las piedras de la fachada aún conservaban gran parte del calor recibido durante el día y atemperaban el ambiente del soportal. Su gato ya estaba echado sobre su piedra favorita, esa laja de pizarra que había elegido para pasar las tardes, junto a su dueño. Sacó las gafas de leer del estuche (cómo se deteriora uno, pensó) y abrió el gastado volumen, leyendo en voz alta como le había recomendado el médico, para que su memoria no flaqueara…

“En las tardes de verano, cuando todo el mundo se ocultaba en las sombras de la casa, huyendo del calor, yo salía al jardín y me sentaba bajo un viejo roble, apoyaba la espalda en su rugoso tronco y me dejaba invadir por los sueños: recorría medio mundo buscando el amor verdadero, salvaba miles de vidas con mi trabajo y mi esfuerzo, dedicaba horas a encontrar cura a grandes remedios…

Sin embargo, con los años, los sueños que más echo de menos son aquellos en los que estabas tú.”

3 comentarios:

Candas dijo...

Hay que pedir un deseo al soplar las velas, lo sabías?

Huelquén dijo...

Yo lo pedí antes, ¿valdrá?

losrelatosdepatri: leyendo y escribiendo dijo...

Hola, te he nominado para el premio Liebster Award, más información aquí:

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