sábado, septiembre 25, 2010

El hombre de la casona

La gente del pueblo decía que estaba loco, y lo evitaba si se lo encontraba en los caminos. Se rumoreaba que era el último vástago de una de las familias más poderosas de la región, que había venido a morir en la vieja casona. Allí apareció un día, para susto de la tía Tomasa, la guardesa; un hombre mayor, ya entrado en los cuarenta, de conplexión gruesa y pelo cano y sin arreglar, con una gastada mochila por todo equipaje. Había comprado la casona, y venía a vivir en ella.

Al poco tiempo despidió a la tía Tomasa, por no poder pagar su salario dijo, y ella, en venganza por haber perdido la casa en la que hacía y deshacía a su antojo desde que tenía uso de razón, se dedicó a propagar rumores y falsedades por el pueblo: que si olía mal, que lo primero que hizo al llegar fue quemar todos los crucifijos de la casa, que no dejaba que entrase la luz en su habitación... Esos rumores, y el hecho de que no apareció nunca por la iglesía, ni siquiera en la fiesta de la Candelaria, cuando todo el pueblo rendía honores a la patrona, hizo que la imaginación de los paisanos se disparase.

Nadie visitaba la casona, al final de una calle solitaria a la afueras del pueblo; cada 40 días llegaba un paquete para el hombre a la oficina de correos, que recogía siempre al día siguiente, y una vez a la semana llegaba el chico de los ultramarinos con el pedido. Ni el cartero ni el chico consiguieron nunca entablar conversación con el hombre, más allá de unas cuantas frases de cortesía o una observación banal sobre el tiempo. Su aspecto no varió en todos los años en los que permaneció en la casona: barba de una semana, pelo corto sin arreglar, el mismo pantalón y chaqueta de pana, y una camisa blanca que había visto mejores días.

Con el correr de los años, las historias sobre el hombre fueron perdiendo fuerza y poco a poco se integró en el paisaje de Algerna. El hombre de la casona, como le llamaban, pasó a ser el monstruo con el que se asustaba a los niños revoltosos o que no querían comerse las verduras, y el protagonista de muchas de las historias de terror que la muchachada contaba junto a la chimenea del bar Castro en las largas noches de invierno.

2 comentarios:

Rosi dijo...

Un hombre mayor ya entrado en los cuarenta???????... Autobiográfico????....

Huelquen dijo...

Si uno no puede escribir de sí mismo, ¿quién lo va a hacer?