martes, agosto 16, 2011

Se me olvidó olvidarte

La abuela les había contado la historia miles de veces, pero ella le pedía que la repitiera cada verano. Su abuelo había sido un hombre muy grande, un gigante para su época, mientras que, cuando la conoció, ella era una mujer bonita, pequeña y menuda. La gente había hecho muchas bromas cuando se hicieron novios, pero ella había sido la envidia de sus amigas.

Cuando sus nietas tuvieron edad para entenderlo la abuela contaba sobre su miedo en la noche de bodas, su temor ante un hombre tan grande y poderoso, su sorpresa ante su delicadeza, ante su ternura en aquel momento… Aquella noche habían hecho el amor por primera vez, y a la abuela le gustaba decir que había sido la primera vez que había amado, con una sonrisa pícara en sus ojos.

Vivieron juntos durante más de 50 años, pasando por los buenos y los malos tiempos, pero siempre se había sentido protegida por ese ser tan alto y fuerte, hasta que llegó la enfermedad. Durante muchos meses el abuelo había sufrido el dolor en silencio, pero cuando los médicos emitieron el fatal veredicto no pudo más, y se derrumbó. Fue la primera vez que la abuela vio a su marido, a su protector y amigo, llorar como un niño, desconsolado. “Entonces me tocó a mí ser la fuerte”, decía al llegar a este punto de la historia.

Durante los últimos pasos de la enfermedad lo cuidó y protegió como una madre, mientras el hombre que fue desaparecía para convertirse de nuevo en un niño desamparado. Cuando llegó el final, el abuelo tuvo un último deseo: que sus cenizas se esparcieran en el jardín, alrededor de un roble que había plantado cuando nació el primero de sus hijos, para que el árbol heredara la poca fuerza que le quedaba, y así permanecer con su familia más tiempo del que le había sido dado.

El abuelo murió cuando el invierno ya estaba dando sus últimos zarpazos, y su mujer hizo que lo incinerarán. Una noche, en presencia de todos los hijos, grandes y pequeños, esparció las cenizas del hombre que había amado y respetado durante casi toda su vida alrededor del árbol que él había escogido, y las cubrió con tierra fresca y flores. Esa primavera el roble creció y creció, llegando a ser más alto que la casa, con ramas sólidas y espaciadas. Y cuando llego el verano, y los nietos fuimos a pasar unos días, descubrimos que nos había dejado un lugar de juegos emocionante y maravilloso, con sitios para trepar, para esconderse, para descubrir la vida, como hubiéramos hecho con él…

Esta es la historia del roble del abuelo, tal y como nos la contó nuestra yaya, cuando éramos niños y nuestro sentido de la maravilla aún no había muerto.

2 comentarios:

Candas dijo...

Una historia preciosa.

La pregunta:

¿Llegaron a tener complicidad al cabo de los años, en esa historia de amor tan larga y hermosa? ¿Les dió tiempo a conocerse?

Huelquén dijo...

Nunca se conocieron del todo, se descubrían cada mañana. Por eso tuvieron una historia de amor tan hermosa, se enomoraban todos los días de nuevo...