domingo, diciembre 04, 2011

Donde el silencio es azul

Los viajeros cruzaron el cabo entre vientos y nieve, azotados por un vendaval que ya duraba días y que les había conducido a gran velocidad por los estrechos que unían el Mediterráneo y el Caspio. Pocos de los pasajeros se mantenían en pie para entonces, superados por el mareo y la enfermedad, refugiados bajo cubierta en camarotes calientes y atestados, mientras los marineros realizaban sus labores procurando pasar el mínimo tiempo posible en el exterior. Las nubes de tormenta cruzaban el cielo, dejando espacios por donde un frio sol intentaba dejar algo de luz en ese gélido mundo.

Dos figuras se distinguían sobre la cubierta principal, una junto a la otra, cerca del puente de señales. Una de ellas, una mujer, se apoyaba en la baranda de babor, observando intensamente la niebla que cubría el continente. El viento jugaba con su pelo dorado, aunque ella no parecía estar afectada por el intenso frío. La otra figura se cubría con un abrigo de piel de oso; el curtidor había dejado las garras del animal como broches para la capa, y las fuertes uñas le daban un aire fiero al personaje.

De pronto, una gran ráfaga de viento levantó la niebla al mismo tiempo que el sol conseguía una momentánea victoria sobre las nubes, abriendo un gran espacio luminoso en el momento en que la nave terminaba de sobrepasar el cabo. Las dos figuras se movieron hacia el borde de la cubierta, escudriñando la tierra en busca de su destino.

Al principio no pudieron ver nada, hasta que los jirones grises de bruma se levantaron por completo. Lo primero que vieron fue una costa inhóspita, llena de rocas y bajíos, un lugar en el que pocos barcos se atreverían a recalar. Conforme la neblina se elevaba los viajeros podían observar más terreno, siempre rocas cortadas a cuchillo por la erosión o el hielo, afilados dientes pétreos que recordaban el origen del canal. Un fugaz rayo de luz llamó la atención de las dos figuras. Provenía de una alta construcción, camuflada con el entorno por el color negro de sus piedras. Un destello luminoso surgía de la cima, un faro que alertaba a las embarcaciones de la cercanía de puerto y de la peligrosidad de la costa.

Finalmente el viento despejó las nubes bajas, aunque el sol volvió a quedar oculto por un manto gris y la costa se sumergió de nuevo en un mundo de vapor. Las montañas del Cáucaso eran ahora visibles, altas y escarpadas, inaccesibles a los mortales, con el hielo y la nieve como eternas coronas. Unas gigantescas paredes verticales destacaban sobre el paisaje. Tenían cientos de metros de altura, y la limpieza de sus líneas las delataban como producto de la mano del hombre. Colosales contrafuertes de piedra gris se sujetaban contra las paredes de roca, proporcionando soporte y protección para inmensas plataformas situadas a gran altura; una larga escalera zigzagueante se podía ver subiendo desde el mar de niebla que era la costa hasta los niveles inferiores de los muros, donde se adivinaban edificios, templos y construcciones de menor tamaño. A media altura se vislumbraban largas hileras de ventanas, rompiendo la monotonía de la pared. Allí donde acababa la verticalidad, en la cima de los contrafuertes, contra un cielo gris e igualando la altura de la cumbre cercana, se encontraba un inmenso conjunto de edificios, coronado por un gran templo en la cúspide de la montaña. 

Así era Kadath, la ciudad en el cielo, en la época de nuestra historia.

2 comentarios:

Rosi dijo...

Sí hoy tuviese que 'corregir' este relato, no pondría ni una sola objeción: realmente tenemos el mismo ritmo al hacer las pausas, al respirar... Dónde quedaron aquellos textos en los que cada frase, donde cada cuatro palabras, ¡cada dos!, había una coma?? Mejor así, verdad?

La descripción soberbia, como siempre.

Mi párrafo favorito?: el tercero.
Sí, ese, el más corto; pero es el más rápido, como muy resolutivo: ese 'De pronto' le dió mucha chispa.

Huelquén dijo...

Me gusta el final, un toque a lo "Mil y una noches" que me encantó cuando salió.

Gracias por los comentarios Rosi