viernes, diciembre 16, 2011

La ciudad en el cielo

La última vez que estuve en el mercado de Kadath fue hace veinte años, y esta mañana me he dado cuenta de que conserva el mismo olor que entonces. Pandora y yo llegamos hace dos días, cansados y ateridos, después de una travesía de los canales de paso entre Mediterráneo y los Mares Interiores que nos dejó sin dinero y casi sin fuerzas. Conseguimos entrar en la ciudad antes de que la guardia nocturna cerrara las murallas, una costumbre ancestral que parece innecesaria en estos tiempos, pero que el Consejo de la ciudad mantiene a rajatabla: si no estás intramuros cuando el sol desaparece bajo el horizonte, duermes fuera.

Las posadas de los niveles inferiores están en buenas condiciones. La ciudad mantiene su lugar de privilegio como llave de las regiones asiáticas interiores, y el comercio la ha hecho muy rica, grandes caravanas llegan todos los años para vender o intercambiar sus mercancías, y un gran número de casas comerciales de todo el mundo tienen una delegación en la ciudad. Gracias a ello pudimos obtener una carta de crédito de nuestro banco, merced a la cual se nos admitió en la Makhaira, una posada de cuatro pisos cerca de una de las escaleras de subida. He de admitir que, tras varias semanas de viaje, un baño caliente me pareció uno de los placeres más grandes de esta vida.

Permanecimos en los barrios bajos de la ciudad durante un tiempo, recolectando información entre los mercaderes y viajeros que pululaban por ellos. Me interesaba especialmente conocer el estado de los pasos de montaña hacia las tierras altas. Hace veinte años no fueron muy fáciles, y ahora no tenía la temeridad de la juventud para atravesarlos. Por eso me alegró saber que la estación estaba siendo muy templada, con apenas algunas nevadas a principios del invierno, y días claros y sin viento en la mayoría de las regiones.

Mientras yo me preocupaba de la logística del viaje Pandora intentaba contactar con los funcionarios de la ciudad. Para poder atravesar los pasos debíamos tener un salvoconducto del Consejo, y eso no era fácil. Esos documentos te garantizaban víveres y repuestos en los diversos puestos que se alzaban en la ruta hacia China, y se cotizaban muy altos; algunas casas comerciales conservaban el suyo desde hacía siglos, en la caja fuerte de la sede central, mostrando copias solo cuando era necesario renovar los permisos parciales.

La mujer no había dejado de impresionarme durante el viaje. Desde la forma en que ‘contrató’ mis servicios, o cómo había resistido o solucionado los problemas que encontramos en el camino, bien fueran salteadores en las llanuras panonias o luchando contra los hijos de Briareo, el gigante de los cien brazos. Cada vez estaba más convencido de que, fuera lo que fuera que había perdido en las tierras altas, lo acabaría encontrando.

1 comentario:

Rosi dijo...

¿Te he dicho alguna vez, que me gusta mucho como escribes?