lunes, febrero 25, 2013

On second thought

Me había costado subir hasta aquellas rocas, en la ladera norte. Me gustaba ese sitio, podía observar todo el valle desde una posición cómoda, sentado en un roquedo bajo un gran alcornoque, con el sol de la tarde calentando las piedras mientras la sombra del árbol me protegía de su furia. Inicié el camino una vez tomadas todas las disposiciones necesarias, no quería que mis acciones tuvieran consecuencias para mis seres queridos: el perro tenía comida para una semana y le había dejado un poco entreabierta la puerta del patio, no fuera a destrozarla como la última vez que se escapó el jodío...

Una vez en la plataforma deje la pistola sobre una soleada zona de piedra, mientras me secaba el sudor de la frente e intentaba que la sombra del viejo chaparro me liberara un poco del terrible calor que hacía esa tarde. El arma era un revolver personalizado con cachas metálicas que había pertenecido a mi padre, y que había estado limpiando la semana anterior. La vega estaba preciosa, con los tonos verdes de principio del verano predominando en sus huertos y sembrados. Dejé mi vista vagar sobre el paisaje, mientras me quitaba la camisa y notaba como la brisa refrescaba mi empapada espalda. Los recuerdos comenzaron a agolparse en mi mente: el accidente, la vergüenza, la pérdida de los amigos, del futuro...

Me enjuagué las lágrimas con la manga de la camisa. Ya había llorado demasiado, la decisión estaba tomada. Busqué en mi chaqueta el paquete de tabaco que había comprado antes de iniciar el ascenso, y encendí el primer cigarrillo con el viejo mechero de yesca de mi abuelo que encontré en el desván. Mientras pensaba en todo lo que iba a abandonar, aspiré el humo del cigarro, dejando que... El acceso de tos que me dio seguramente se escuchó en todo el valle, me ardían los pulmones, en cada espasmo parecía que iba a dejarme los bronquios sobre los helechos que alfombraban el suelo...

Tardé varios minutos en serenarme y lograr que el aire volviera a entrar en mis torturados pulmones. El tabaco me había dejado un mal sabor de boca que decidí contrarrestar con alguna de las hierbas aromáticas que crecían bajo la sombra de las rocas, sacando su humedad del rocío vespertino. Encontré unas matas de salvia, con las que limpié un poco mi paladar antes de volver a mi sitial. El sol se acercaba a la linde de las colinas, y creí llegado el momento. Sabía que no debía demorarlo más, si realmente quería cumplir con mi propósito.

Ya no me retuve. Las lágrimas afloraron de nuevo a mis ojos, mientras a tientas buscaba la pistola para terminar mis sufrimientos con ella. Mis dedos encontraron el cañón, y en un último momento de cobardía cerré los ojos mientras mi mano la levantaba y me apuntaba a la sien... La solté inmediatamente, los dedos ardiendo con la quemazón, la culata debía estar a doscientos grados después de toda la tarde al sol. El arma cayó de tal forma que el percutor chocó contra un saliente de la roca, haciendo que se disparase y la bala pasó rozando mi cráneo, no sin dejar un surco doloroso en mi frente. El susto, el dolor de la quemadura, mi mala postura, todo ello hizo que resbalara de la roca en la estaba sentado y aterrizara sobre un montón de hierbajos que al menos me recibieron cuando perdí el conocimiento....

Desperté a las pocas horas, con la cabeza retumbando, un hilillo de sangre seca sobre mis cejas, la palma de la mano dolorida y muy sensible... Me levante penosamente, intentando no apoyar la mano quemada, y con una tremenda picazón en la espalda. A la luz de la luna pude ver que lo que yo había considerado hierbajos eran en realidad frondosas ortigas... En ese momento decidí regresar a casa, mis ganas de suicidarme habían desaparecido por completo. Doliente, rascándome la espalda con una mano, con el anuncio gorgoteante de una descomposición intestinal producto de la supuesta salvia, emprendí el camino de vuelta, con renovadas ganas de vivir. Espero que el perro me deje entrar...

2 comentarios:

Encarna dijo...

Cuando un amor se va nos deja tristes, desorientados y llenos de ansiedad. Deja una espera que solo llena la soledad.
Gracias por compartir tus relatos.


Huelquén dijo...

Gracias a ti por leerlos