jueves, septiembre 22, 2011

No hay nada que fingir

Habíamos quedado en el Café Oriente, y yo llegué con suficiente antelación como para poder elegir mesa, así que pude verla caminar hacia el lugar desde lejos. Se había puesto un vestido verde manzana, con tirantes, dejando los hombros al descubierto y aprovechando la magnífica tarde que mayo nos estaba regalando; sabía lo mucho que me gustaba esa parte de su anatomía, en las noches que pasábamos juntos solía abrazarla mientras se dormía, besando con ternura su espalda y la delicada curva que bajaba desde la nuca a los brazos.

La observo cruzar la plaza, con ese aire decidido que tanto me gustó la primera vez que la vi, en aquella vieja estación de metro; acababa de llegar a la ciudad y se había provisto de un plano de las líneas que consultaba de vez en cuando. Yo la seguí con la mirada, ya entonces desprendía una luz que la hacía destacar sobre el resto de la multitud, todos apelotonados esperando que llegara el tren para ir a nuestros destinos. Recuerdo haberme preguntado quién sería el afortunado que ocupase su corazón, mientras yo mismo me hundía en el gris de la muchedumbre, como cada mañana.

La veo acercarse a la puerta del café y distingo en su muñeca la pulsera que compramos en el bazar de Asuán, cuando ya llevábamos algunos meses juntos. La había vuelto a ver en el metro en varias ocasiones y un día me armé de valor suficiente para acercarme a ella y entablar una conversación banal, que apenas duró un par de estaciones. Desde entonces la buscaba cada mañana, nuestras palabras fueron pasando de formales a abiertamente amistosas, y al cabo de varias semanas quedamos para tomar un café después del trabajo. No olvidaré ese momento en que, bajo una inesperada lluvia y atascados por un semáforo que se resistía a cambiar, la tomé de la mano para cruzar intempestivamente el paso de cebra y refugiarnos de nuevo en el metro; ella se sorprendió, rió, sus ojos se iluminaron, y no soltó mi mano desde entonces…

No me levanto cuando entra en el local. Quiero aguantar unos segundos más, seguir observando su figura y su belleza desde el anonimato, como sé que hacen la mayoría de los hombres que están en la cafetería. Me busca con la mirada, indecisa, hasta que me ve y de nuevo vuelve la sonrisa a su cara. Esa misma sonrisa que me despertó una madrugada, en un viejo hostal parisino, en el que tuvimos que tomar habitaciones separadas para evitar habladurías. Allí estaba, a mi lado, tocándome con suavidad y sin embargo despertándome de mi suelo profundo: “ven, te espero”, dijo antes de darme un beso y volver a su habitación.

Está radiante cuando se sienta. No puedo apartar la vista de sus ojos, que me hipnotizan desde el primer momento, mientras siento que se me pone la típica expresión idiota de hombre enamorado. Sus manos, cálidas y suaves, toman las mías a través de la mesa, antes siquiera de que haya podido decir nada. “Estoy tan contenta de que hayas podido venir” la escucho decir, y en su voz recuerdo noches de pasión, lágrimas de dolor y pena, un inmenso amor, que se también se derraman por la mía al responder…

“¡Antonio, Antonio! ¡Que te has quedado tonto! Anda, deja de mirar al infinito y paga la cuenta, que los niños quieren ir a la piscina”

Antonio parpadea, como volviendo a la realidad, y con un gesto llama al camarero mientras su mujer ya se ha levantado y camina con los dos niños hacia la salida de la heladería. No ve la lágrima que sale de su ojo derecho, ni el suspiro del hombre, cansado y derrotado, cuando la enjuaga con el dorso de la mano…

4 comentarios:

Candas dijo...

Hombres que lloran por amor.
Eso es ser un hombre.

Aleisa dijo...

Me encanto, lo capte como si el hubiera recordado un antiguo amor, o alomejor el inicio con su pareja. Se puede tomar de varias maneras. Fue lindo.

Huelquén dijo...

Gracias Aleisa por tu comentario

Huelquén dijo...

No hay una única definición de hombre, Candas. Llorar por amor no es privativo de ese sexo...