domingo, octubre 14, 2012

Ceniza de recuerdos

En el erial que era el jardín trasero había amontonado los últimos rastrojos y ramas muertas, hojas y viejos trapos, cerca de los cuales había puesto una gastada mesa, con una botella de vino y un vaso. El sol comenzaba a ocultarse por el tejado de la casa, iniciando su descenso. Se sirvió una copa y tomó un sorbo, mientras veía cómo las sombras iban creciendo en el terreno.

La mudanza había llegado unos días antes, un gran camión lleno de cajas pulcramente etiquetadas y numeradas. Había contratado una agencia para hacer todo el trabajo, no quería tener que elegir y prefería que alguien ajeno lo empaquetase todo. Mientras los operarios iban sacando muebles, ropa y objetos, rodeándolos con papel y cartón mientras los almacenaban en cajas que luego numeraban, él había permanecido en la terraza, observando a las gentes que cruzaban por la calle, contestando con monosílabos a las preguntas que el capataz le hacía de vez en cuando, ajeno por completo a su significado, hasta que, finalmente, puso una firma donde le dijeron y paseó por lo que había sido su hogar durante varios años, desnudo y sin recuerdos...

Aquello fue meses atrás. Ahora había ido amontonando las cajas en las distintas habitaciones y, poco a poco, con el correr de los días había ido abriendo y desembalando las más grandes: utensilios y vajilla que ahora dormían en los armarios de la cocina, electrodomésticos que ronroneaban por toda la casa, algunas sábanas y ropa de cama, muebles que llenaban los espacios vacios....

Después de tomar otro sorbo de vino, se acercó a una de las cajas que había puesto cerca de la mesa y la abrió con un viejo cuchillo de cocina. De su interior salieron grandes carpetas llenas de papeles: viejos albaranes y facturas, papeles manuscritos con una letra infantil y desvaída por los años, fotocopias grises por el tiempo… Según iba sacando los documentos los observaba un momento y luego los arrojaba a las llamas.

La hoguera iba creciendo conforme el hombre la alimentaba. Devoraba tanto fotocopias en blanco y negro como libros, papeles sueltos o agrupados en carpetas, en cuadernos, en álbumes ajados por el huso. Una segunda caja llena de libros se convirtió en un festín para el fuego, haciendo que el hombre retirase un poco la mesa del calor que emanaba, para después servirse otra copa de vino. Al poco tiempo, la tarea se hacía metódica: las cajas eran abiertas con precisión casi médica, su contenido extraído, las más de las veces sin ni siquiera echarle un vistazo, y lanzado a las llamas, que mantenían una intensidad moderada. Restos ardientes se elevaban en el aire caliente de la tarde, en los que alguien atento podría vislumbrar un número o un logotipo...

La botella ya estaba media cuando llegó a la última caja, la más grande. Tal vez fuese el vino ingerido, el calor producido por la hoguera, o una caja defectuosa, pero cuando el cuchillo abrió el sello, la caja se rompió y todo su contenido se esparció sobre la mesa, cayendo por los lados de la misma hasta el suelo. Grandes fotografías de una mujer joven sonriente, con un niño rubio en brazos; una pareja caminando de la mano, sonriendo al fotógrafo; un joven recibiendo un diploma; un niño feliz ante un juguete... El hombre se agachó y tomó una de las imágenes, en la que una joven aparecía sentada en una playa solitaria, su rostro casi velado por el sol, mirando al objetivo. Con la mano acarició ese rostro cubierto por una pamela y unas gafas negras, mientras una lágrima se asomaba para ver a la mujer.

El hombre envejeció de repente, parecía muy cansado, el retrato aún en la mano y observando largo rato las llamas. Finalmente, recogió todos los papeles que habían caído de la caja y los arrojó al fuego, junto con los restos de cartón de la caja. Con la última copa de vino en la mano, miraba como la hoguera se iba consumiendo, removiendo las restos con un palo para asegurarse de que todo ardiera bien, que no quedaran más que cenizas.

El sol ya se había ocultado cuando finalmente las últimas brasas se apagaron. El hombre se había sentado en la mesa, con la botella ya vacía en el suelo y la copa con un poco de vino en la mano. Parecía soñar.
A la mañana siguiente, bien temprano, apareció de nuevo en el jardín, con una carretilla llena de tierra vegetal y un rastrillo. Con la herramienta dispersó por todo el terreno los residuos de la hoguera, teniendo buen cuidado de que todo hubiera ardido completamente. Una vez esparcidos los restos de la quema, comenzó a cubrir el jardín con la tierra vegetal. Sabía que las cenizas serían un excelente fertilizante, y que ayudarían a crecer las flores que pensaba plantar, por fin sus recuerdos tendrían algo de color…

2 comentarios:

Candas dijo...

Ves como eres único?...: nadie sabe darle color al desamor como tú.

Huelquén dijo...

¿Desamor o derrota, Candas? Aún no lo he decidido.