miércoles, octubre 31, 2012

Primavera

Eusebio se secó el sudor con un viejo pañuelo que llevaba atado a la manga, mientras conducía a las bestias por el terreno. Llevaba rastrillando desde antes de la salida del sol, tenía que terminar de preparar el terreno para la siembra a tiempo, hoy era un día muy especial. Una sonrisa le iluminaba la cara cuando pensaba en María y en su próxima boda, y se ensanchaba aún más cuando lo hacía en la noche de bodas que le seguiría.

Manejaba a las vacas con los ramales, dirigiéndolas para romper la primera capa de tierra, reseca por los tempranos soles primaverales, esponjando y dejando el terreno preparado para la siembra. De pie sobre el rastrillo, añadiendo su peso al de los tablones de madera, para que las púas metálicas pudieran romper el cortezón más eficazmente, Eusebio recordaba cómo había cortejado a María, cómo habían ido juntos a los bailes y romerías del año pasado, y cómo se había finalmente atrevido a hablar a su padre de sus intenciones. Entre las dos familias había habido una larga negociación hasta que la dote fue acordada y pagada.

Al día siguiente se casarían y María iría a vivir a la casa que había estado construyendo todo el invierno. Sería el hogar en el que criarían a sus hijos, formando una familia como habían hecho sus padres, y los padres de sus padres, antes que ellos.

2 comentarios:

Candas dijo...

Cuánta sensibilidad en un rudo hombre de campo.

Huelquén dijo...

Todos somos sensibles al amor, ¿no?