jueves, octubre 04, 2012

De la guerra...

Con un golpe del vaso en la mesa, el maestro terminó su parrafada ante la carcajada general de los que le rodeaban, sólo un poco menos borrachos que él. Ocupaban uno de los rincones de la tasca, donde llevaban bebiendo y fumando ya varias horas, mientras Carlos les servía vino y cerveza sin descanso.

Carlos, el portugués, había llegado al pueblo huyendo de los guardias de Salazar, y había abierto un pequeño bar en una calle lateral, cerca de la carretera. Llegó poco antes de que se abriera el camino hasta Pozonegro, y con él las comunicaciones con los valles del interior y su riqueza minera. Gracias a esta arteria de macadam llegaron a la villa hombres rudos del norte, de Asturias y León, mineros experimentados que abrieron y ensancharon minas que ya eran antiguas cuando los primeros caballeros castellanos llegaron a la zona. Gracias a la sed de estos hombres, y a la buena fama que tenía entre ellos, el portugués pudo prosperar y hacer fortuna, ampliando su negocio y poniendo una fonda con hospedería y comidas.

Durante la guerra la posada sirvió alternativamente de cuartel general de las milicias populares y del ejército nacional, y a ambos bandos sirvió el dueño en ese período. Cuando la contienda se decantó claramente por los sublevados, el portugués hizo gala de su ascendencia y sus contactos al otro lado de la frontera para salvaguardar su negocio y su vida, aprovechando la sintonía entre los salazaristas y el nuevo gobierno. Cuando la guerra terminó era habitual encontrar en la barra de la fonda a la pareja de la Guardia Civil tomando un vino entre ronda y ronda; el sargento de la guarnición local acostumbraba a pasar todas las tardes, para ‘echar la partida’ con el resto de las fuerzas vivas del pueblo: el alcalde, el señor cura y el boticario.

Todo sucedió como en otros muchos pueblos de nuestra geografía en esos tiempos convulsos…

Lo que nadie supo fue que, mientras el sargento tomaba vino jugando a las cartas, en los sótanos de la fonda se ocultaban guerrilleros de paso hacia o desde el vecino país; que en las noches de luna nueva Carlos y otros salían al monte, llevando provisiones y noticias a los que allí se ocultaban; que parte del dinero que el portugués sacaba por vender provisiones al cuartelillo llegaba a la resistencia en forma de pertrechos y asistencia. Con la ayuda del boticario, Carlos salvó de la muerte a decenas de maquis, hasta que las condiciones finalmente convencieron a los que mandaban en el exilio que la resistencia interior era inútil, y los últimos combatientes pasaron por el sótano de la fonda camino de Francia o Argentina…

2 comentarios:

Candas dijo...

Otro hombre valiente...

Huelquén dijo...

Hubo muchos hombres valientes en ese período de nuestra historia, algunos por las razones equivocadas...