miércoles, noviembre 14, 2012

Y se llama soledad

Hoy la he vuelto a ver. Me estaba esperando, sentí su presencia en cuanto abrí la puerta de casa. Estaba sentada en el sillón, mirando cómodamente las luces del televisor. Apenas se volvió a mirarme cuando sintió el ruido de las llaves rebotando en la mesita de entrada. En su rostro pude ver esa sonrisa, esa sonrisa que yo sabía que significaba “te lo dije”.

Me fui a la habitación, cansado, a cambiarme de ropa. En esos momentos no quería hablar con ella, darle la satisfacción de la victoria ni que me viera derrotado. Una vez vestido con ropa de andar por casa, holgada pero abrigada para estos fríos de invierno, regresé al salón, donde ella ya se encontraba preparando la cena, canturreando, contenta...

No nos dijimos nada cuando me puse a su lado, empezando a calentar los restos de la comida. No era necesario. Ella tenía toda la información, sabía que había roto con Inés, mejor, que ella me había echado de su vida, que no quería saber nada más de mí, lo sabía muy bien. Conocía también cómo me sentía. No necesitaba que yo le contara la historia ni sus raíces, a ella sólo le importaba que yo estaba allí, con ella y nadie más.

Tampoco hablamos durante la cena, en la que yo traté de comer intentando no pensar, usando la televisión como una excusa. Ni siquiera cuando las lágrimas salieron de mis ojos, en silencio, dijo una sola palabra. Su sonrisa no cambió ni se movió un ápice cuando por fin me derrumbé, gesto de gata satisfecha que juega con el ratón que no se va a comer, pero tampoco va a dejar escapar.

A pesar de todo, yo sabía que me acostumbraría a su silencio, a sus pasos quedos, a su presencia constante. Siempre había sido así. y ella era consciente de eso.No nos hacía falta hablar para que supiera qué pensaba, el porqué de esa sonrisa constante en su rostro: “has vuelto, eres mío, para siempre, no volverás a irte, no te dejaré nunca”...

Como antes, como muchas noches antes, me acompañó al dormitorio pero no cruzó la puerta. Desde el dintel observó cómo me desnudaba. preparándome para el intento de dormir otra noche más, sabiendo que no lo conseguiré, que es en vano. Apenas unos segundos antes de que apague la luz la veo hacer un gesto, un “hasta mañana” repetido y ansioso. Por primera vez me sorprendo respondiendo “buenas noches, soledad”

2 comentarios:

Candas dijo...

Dan ganas de ponerle música...

Huelquén dijo...

... de Sabina, Candas, de Sabina.