jueves, julio 21, 2011

A reason for life

Te exiges demasiado…

Se encontraban cómodamente sentados en el parque, en un banco a la sombra de los abedules, mientras los niños corrían y jugaban con los juegos de la zona infantil. Marta intentaba pasar por delante de Marcos en el tobogán, mientras Lucía permanecía en lo alto de la estructura, reina del lugar.

Carlos conocía a María desde hacía mucho tiempo. Habían sido vecinos y compañeros de colegio durante muchos años, e incluso tontearon durante un tiempo en octavo. Perdieron el contacto cuando ella se marchó a la Universidad, mientras él se quedaba trabajando en el taller de uno de sus tíos, aprendiendo el oficio de mecánico. Volvieron a encontrarse años después, los dos ya casados y con niños, y habían retomado la antigua amistad; les gustaba charlar en el parque, los domingos por la tarde, mientras vigilaban a su prole. La mayoría de las veces estaban solos, ya que el marido de María, un policía nacional, solía tener turnos vespertinos durante el fin de semana.

No, no lo creo. Es lo que se espera de mí…

Habían comenzado rememorando recuerdos compartidos, las aulas y compañeros del antiguo colegio, los recreos en un descampado bajo la mirada atenta de los profesores, de los primeros besos bajo los soportales de la plaza de los patos… Con el paso de los días y las semanas parte de la antigua complicidad había vuelto entre ellos, y empezaron a comentar los problemas domésticos que tenían. Carlos se preocupaba mucho por Lucía, una niña morena de ojos oscuros, con un carácter muy expansivo y juguetón, a la que quería con locura. Durante la semana vivía con su madre, y pasaba los fines de semana con su padre, que procuraba que la niña no notara diferencias; la separación con Olga había sido amistosa, y aunque ella había rehecho su vida con otra persona, aún mantenían buenas relaciones y procuraban consensuar las principales decisiones sobre Lucía.

No es lo que espero yo…

María se había casado embarazada de Marcos, y, aunque quería a su marido, no estaba segura de haber tomado la decisión correcta. El tener a Marta no había conseguido disipar sus dudas, a pesar de sus esperanzas. Encontrar a Carlos fue el detonante para que éstas surgieran con toda su fuerza, y los últimos meses habían sido para ella una delicia y un tormento al mismo tiempo. Por fin tenía alguien que la comprendía y valoraba, alguien con el que podía hablar de formas que no se planteaba con su marido. No pasó mucho tiempo antes de que se sorprendiera esperando ver a Carlos aparecer en el parque, con la pequeña de la mano, y poco después tuvo que confesarse que se había enamorado de su antiguo amigo.

Eres demasiado bueno, no te merezco…

Con el paso de las semanas los sentimientos entre ambos llegaron a un punto de no retorno, y, durante una de las guardias del marido de María, Carlos apareció una tarde en la puerta de Lucía, con un ramo de violetas en la mano y el nerviosismo de un chaval de quince años en el cuerpo de un hombre de cuarenta. A esa noche le siguieron otras muchas, siempre con Carlos saliendo de madrugada, con los besos de ella aún calientes, con los recuerdos frescos, con el dulce dolor de la despedida. Las tardes en el parque se convirtieron entonces en horas de charla íntima entre los dos, conversaciones sobre la vida y el futuro mirando cómo jugaban los niños.

Soy yo el que debería estarte agradecido…


La noticia llegó como siempre, inesperada y cortante. Habían trasladado al marido de María a otro lugar, una ciudad más grande y a seiscientos kilómetros. Ese día Carlos recibió la llamada de su amante mientras trasteaba en los bajos de un viejo Chevrolet de coleccionista. “Necesito verte, tengo que hablar contigo”. Quedaron en su casa, a la María no había ido nunca. Quedó preocupado. Ella no le había querido decir nada por teléfono, pero su tono de voz no le engañaba: había estado llorando. Tras balbucear una excusa ante su jefe salió corriendo hacia su coche y llegó a su casa apenas unos minutos más tarde. María ya estaba allí, sentada en un banco frente a su portal, con las manos agarradas a un bolso blanco y la mirada perdida. La abrazó con ternura, mientras ella le explicaba, entre lágrimas, el traslado, la discusión con su marido, el dolor, la sensación de vacío… En todo momento él procuraba ser su fuerza, su coraje, entregarle su apoyo y su amor al mismo tiempo.

Estuve buscándote tanto tiempo…

Marta y Lucía llevan ahora una ropa muy parecida, como si fueran hermanasa, y les gusta jugar juntas a las casitas, mientras Marcos las mira condescendiente desde sus adultos ocho años. Nunca entenderán los juegos de mayores, como él. Busca con la mirada a su madre, y la encuentra en el banco de siempre, junto a Carlos, hablando y riendo. No entiende mucho, pero se encuentra a gusto con la nueva familia: Lucía es muy graciosa y Carlos le cae bien. A veces le lleva al taller y le deja arreglar cosas, dice que tiene buena mano. Marcos sabe que no es su padre, que su papá está trabajando lejos y que viene a verlos cada dos semanas; le gusta que venga, a pesar de que nota a su madre triste durante esos días, pero Carlos siempre consigue que se le pase.

2 comentarios:

Candas dijo...

Leyendo esto, es imposible que un corazón "respire".
¿Alegre? ¿Triste historia?...
...
...

Prefiero las del inspector Gallo.

Huelquén dijo...

Que tú corazón respire tranquilo, Candas. El imspector volverá, ahora está de vacaciones como buen funcionario