lunes, diciembre 27, 2010

Prólogo

Me gusta viajar en tren, sobre todo saliendo muy temprano. La sensación de ver amanecer sentado cómodamente mientras siento el traqueteo del viaje la he asociado siempre a un tiempo de ocio, de vacaciones. Hoy estoy recorriendo el país para encontrarme con mi familia, en mi hogar natal. El mundo aún no se ha despertado, y el exterior se va aclarando conforme pasan las horas. Es un día gris, lleno de agua, y el reflejo de interior del vagón en el cristal tarda en desaparecer.

Al cabo de un rato, pierdo la mirada en los paisajes de mi tierra: grandes dehesas, con alguna casa solariega escondida entre montes de encinas y alcornoques, vallados con una red de alambradas y carteles de Prohibido cazar. Agua en todas sus manifestaciones: charcos, lagunas, regatos, ríos, pantanos, nubes. El paisaje verde armoniza con mi estado de ánimo, alegre pero cansado. Me siento bien, con nuevos proyectos para el año que comienza, nuevas ideas, nuevos sentimientos...

En cada parada examino cuidadosamente a los pasajeros, personas mayores que van a visitar a los hijos o nietos, jóvenes que marchan de regreso a la universidad o vuelven a casa por vacaciones, militares en tránsito entre dos destinos, jovencitas en viaje de estudios. Todos tienen una característica común, el viaje, somos compañeros durante un tiempo de nuestras vidas y luego nos perderemos de vista

La metáfora resulta clara cuando lo pienso: el viaje en tren es un trasunto de la vida. Partimos de la estación de Nacimiento, atravesamos diversas paradas durante nuestra niñez y adolescencia; en cada estación suben y bajan personas que nos acompañan durante un trecho, algunas por más tiempo, otras solo durante un breve momento. Nuestro tren, como la vida, va recorriendo sus vías y nosotros nos acercamos poco a poco a Término, cómo lo hagamos depende muchas veces de nosotros mismos. Algunos pasajeros, pocos, nos acompañarán hasta que nos bajemos en nuestro destino, a otros los habremos perdido mucho antes. Somos nosotros los que elegimos, los que nos presentamos, hablamos, conversamos, nos reímos, convencemos a cada pasajero de que se quede con nosotros un rato más, les hacemos perder su apeadero y seguirnos en el viaje.

Yo soy afortunado. Conmigo viajan varias personas, todas ellas excepcionales y únicas, algunas han ido en el mismo tren, pero en distinto furgón durante gran parte del camino, otras se acaban de incorporar al viaje; unas pocas se han sentado a mi lado durante algunas estaciones, a esas siempre las recordaré. Pero el tren no para, y en las próximas estaciones puede que encuentre a alguien que se siente conmigo el resto del viaje, ¿quieres ser tú?

1 comentario:

Rosi dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=dQe2hoqAyzM