jueves, diciembre 30, 2010

Y en Santiago tantas cosas...

Fue el año que llegaron las gaviotas al pueblo. Nadie sabía qué hacían esos pájaros de alas afiladas sobrevolando el pueblo en bandadas hacia el sur, mientras la primera luz del día se filtraba por las ventanas, y que regresaban al anochecer haciendo el camino contrario. Jano, el boticario, las identificó como gaviotas marinas, porque había hecho la mili en Sidi Ifni y era de los pocos en el pueblo que había visto el mar. Doña Blasa enseguida las consideró como una señal del fin de los tiempos, lo que obligó a don Joaquín, el cura párroco, a desmentir tan fasto acontecimiento desde el pulpito de la iglesia.

Fue ese verano cuando, en una tarde más calurosa de lo habitual para las fechas, y mientras todo el pueblo dormía la siesta con las persianas bajadas y huyendo del azote del sol, llegó a la plaza del pueblo un viejo autobús Chevrolet, traqueteando por la carretera desde Valgarrovillas. Algunos de los vecinos luego contaron que se bajaron del mismo varias mujeres, algunas con rabo o con grandes pechos, dependiendo de quién contase la historia. La realidad es que sólo bajó una persona, una mujer de mediana estatura, vestida con una falda tableada de amplio vuelo y una camisa de seda blanca, con el pelo recogido en un moño y tocada con una gran pamela para protegerse del sol. Con la ayuda del conductor y varios de los pasajeros bajó un gran número de maletas y varios arcones, que fueron transportados desde la plaza al interior de una de las casas medio derruidas que estaban entonces en la calle Camino.

Ahora ya no existen, devoradas por el afán constructor que asoló el país hace algunos años, donde cualquier terreno o edificio de alguna edad era pasto inmediato de grúas y andamios, para acabar como hostal, pabellón o edificio de apartamentos. Pero en aquel entonces en la calle Camino había media docena de casas construidas a mediados del siglo pasado y que, aunque aún sólidas y en buen estado, habían visto mejores tiempos: ventanas sin cristales, techos derruidos, basurero de las casas aledañas, criaderos de malas hierbas y matojos, hogar de roedores y lechuzas, en fin, típicas casas abandonadas como hay en muchos pueblos de nuestra España interior.

Después de entrar el último de los baúles, el viejo Chevrolet carraspeó y partió siguiendo la carretera, perdiéndose en la distancia y en la memoria. Cuando los vecinos despertaron de la tórrida siesta, nada quedaba en el pueblo que hiciese sospechar que tenía un habitante más.

Todo eso cambió a la mañana siguiente, cuando, entre una nube de polvo y palabras malsonantes, llegó a la plaza un camión Ford AA con una cuadrilla de hombres subidos a él, que empezaron a gritar y maldecir al calor en voz alta en cuando se bajaron del vehículo. De la carlinga salió un hombre ya mayor, tocado con una boina de franela negra, a pesar del intenso calor. Él fue quien saludó a la mujer que salió a recibirles a la puerta de la casa, mientras el resto de la cuadrilla descargaba aperos y herramientas. Tras una breve charla con la mujer, el hombre comenzó a gritar ordenes y asignar trabajos, y al poco tiempo la calle Camino hervía de actividad: mientras un grupo comenzaba la limpieza de basuras y escombros, otro se encargaba de la preparación de materiales, mientras otro realizaba las primeras labores de estimación del trabajo, bajo la supervisión del hombre de la boina, que consultaba de vez en cuando con la mujer. Ella se había puesto un pantalón de tela negra y una camisa de manga corta roja, junto con un pañuelo blanco al cuello y un sombrero de paja para el calor, que ya comenzaba a hacer mella sobre las piedras de la calle.

2 comentarios:

Rosi dijo...

Bueno, bueno , bueno...
Veo que te han sentado muy, pero que muy bién las vaciones de Navidad Huelquen: Este relato me sabe como el mazapán, uMmMmmm!!!!

Rosi dijo...

... y hoy, como un polvorón!!!