sábado, abril 30, 2011

Un beso es la promesa de lo que vendrá después

Siempre le había gustado ese sitio. La cueva del Moro era una oquedad en lo alto del risco, fresca en verano y bien orientada en invierno, que los pastores de la zona habían usado durante generaciones para guardar el rebaño en las jornadas de tormenta o lluvia intensa. La cueva era básicamente una gran oquedad en el lateral de la montaña, causada por un derrumbamiento en épocas pretéritas; un trozo del techo había caido hacia ya muchos años, y por el agujero entraba la luz del sol y la lluvia, pero la cueva proporcionaba un amplio abrigo en todo tiempo.

A Héctor le gustaba llegar hasta la cueva durante sus paseos; la ascensión al risco era complicada solo en la última parte, y su disposición, justo en la cuerda entre los dos valles, le permitía tener una visión magnífica del pueblo, por un lado, y el pantano y el valle adyacente por el otro. No era el único que pensaba así; durante el verano era punto obligado de excursion de los jóvenes del pueblo, que venían a pasar la tarde en un lugar que se prestaba a acciones escondidas.

Hector ya llevaba un buen rato sentado a la entrada de la cueva, como atestiguaban las numerosas colillas a sus pies. Habia dejado de fumar más de veinte años atrás, pero la tarde anterior, después de salir de casa de Lumia, confundido y aturdido, habia entrado en el estanco de la plaza y comprado papel y un paquete de picadura. No sabía quién se había sorprendido más, la estanquera al ver a un cliente inesperado, o él mismo, al liar el primer cigarrillo y encenderlo, después de tanto tiempo...

Esa noche durmió mal. Inquieto, su cabeza no paraba de dar vueltas e imaginar escenarios imposibles. Su corazón pugnaba por ganar la batalla a su razón, y en el combate él se desveló. No había salido aún el sol cuando se levantó, se puso la primera ropa que encontró, un abrigo liviano, y comenzó a caminar sin rumbo, primero alumbrado por las escasas luces del pueblo, luego por las estrellas al dejar las últimas casas, después por los primeros rayos del sol por encima de los riscos, eliminando poco a poco las estrellas.

El sol ya estaba muy alto en el cielo, y Héctor seguía sin poder decidirse. La tarde anterior se había visto sorprendido por el abrazo de Lumía, al que respondió con alegría y ternura después de un segundo de indecisión. Seguramente su alegría y ternura habrían sido mayores si no hubiese atisbado una mirada de preocupación entre los abuelos de la niña, confusos y sorprendidos al igual que él.

Una lagartija se subió a su zapato, mientras él la miraba sin ver, su cabeza perdida en los recuerdos de la tarde anterior, liando un nuevo cigarrillo: el perfume de Lumia, el brillo de sus ojos al verle, la luz en su rostro cuando saltó a abrazarle… Hector había vivido demasiado como para no reconocer los signos, así como los de su propio corazón: estaba enamorado de la muchacha desde hacía muchos meses, posiblemente desde las primeras horas que pasó con ella en la habitación de la casa del médico, tras su rescate. Nunca olvidaría las lágrimas que la muchacha volcó sobre su hombro cuando la llevaba en brazos a la casa, la fuerza con que se abrazó a él, como si no quisiera volver a caer en la desesperación ni la soledad…

2 comentarios:

Candas dijo...

... y miro a través del agujero de esa oquedad, y me da de lleno la luz del sol y el golpear de la lluvia también en la cara, en el cuerpo...

... y deseo ese beso.

Huelquén dijo...

La puerta esta abierta, no hay necesidad de mirar desde ahí...