lunes, octubre 17, 2011

El olor del trueno lejano

Durante la última fase de las Guerras Olímpicas formé parte de un pelotón de exploradores en la Selva Negra. Fueron días de largas caminatas, de ocultarse constantemente, de miedo y dolor, mientras espiábamos los movimientos de tropas del Eje a través de esa inmensa masa forestal que cubría gran parte del centro de Europa. En las noches, ocultos en cuevas o bajo refugios hechos con ramas, conversábamos de nuestros sueños y de lo que haríamos una vez terminara la guerra. Ahí escuché por primera vez el nombre de Pandora.

El mito decía que fue la primera mujer, creada por los dioses como regalo para los hombres, un compendio de todas las virtudes y talentos que uno podría esperar de una mujer. Zeus le había dado como dote en su matrimonio con un mortal una hermosa caja labrada, con la advertencia de que nunca se abriese. Eso fue demasiado para la codicia del hombre, y al abrir la caja todos los males del mundo quedaron libres: hambre, guerra, peste, odio… Se dice que, en un último esfuerzo, Pandora cerró la caja, dejando dentro el más terrible de los males, y que huyó perdiéndose en el tiempo y el espacio.

Era uno de tantos mitos de los que contaba mi sargento, un tipo musculoso y hosco, uno de los que menos se espera que sean capaces de recordar y contar historias antiguas. Tras la guerra me enteré que era descendiente de un largo clan de poetas y narradores, y le perdí la pista. Ahora tenía delante de mí a alguien que reclamaba el nombre de aquella mujer, y a la que yo me resistía a considerar real. La pistola aún permanecía en mis rodillas, mi dedo listo para apretar el gatillo, el seguro ya quitado.

“Necesito un favor” repitió, como si quisiera recalcar la petición de ayuda.

“Yo no hago favores, y menos a alguien a quién no conozco” dije, intentando ganar tiempo para pensar.

Pandora hizo algo que le vi hacer muchas veces después. Sonrió. El efecto de su sonrisa era casi mágico, conseguía eliminar tensiones y hacer que te sintieras bien. Una vez fui testigo de cómo conseguía calmar a un minotauro enfurecido de esa forma, antes de clavarle un cuchillo en la nuca y llevar su alma al otro mundo. Tenía ese efecto en los hombres, pero no en mí. Yo me tensé aún más, y ella notó enseguida esa reacción. Su sonrisa desapareció casi al instante, dejando tras de sí una mirada inquisitiva y curiosa.

“Me habían hablado de ti, Perseo, y no quise creer lo que me contaban. Ahora veo que es cierto,”

“¿Qué es lo que te han dicho, mujer?”

“Que tu corazón es distinto al del resto de mortales.”

Lo admito. En aquel momento sentí que mi escroto se tensaba y que todos mis sentidos se agudizaban. Esa mujer quería algo de mí, y no pararía hasta conseguirlo.

2 comentarios:

Candas dijo...

"So when you feel like hope is gone
Look inside you and be strong
And you'll finally see the truth..."

Huelquén dijo...

Gracias, de corazón, gracias...