sábado, octubre 01, 2011

Mi silencio te hizo salir

Una vez dejé la nereida en los establos de la ciudad, y cobré mi recompensa, me dirigí al puerto, a un bar que frecuento cuando me encuentro entre murallas. El Pireás no es precisamente un lugar recomendable, pero tienen una buena cerveza y los clientes saben dónde encontrarme. Llevaba ya un buen rato sentado en mi rincón, tomando cortos sorbos de mi cerveza fría mientras observaba a la gente pasar por la calle a través de la ventana, calculando cuánto me durarían las ganancias de mi último viaje y qué haría cuando se acabaran, cuando la vi entrar. Botas de cuero de centauro, unos ajustados pantalones que remarcaban sus piernas y su generosa cadera, ceñidos con un cinturón con una hebilla dorada, y un delicado top blanco que relucía en la penumbra del garito, reflejando su pelo dorado y su piel bronceada. Evidentemente, era una dama fuera de sitio, y así lo entendieron varios de los matones que estaban en el local en ese momento.

Al minuto de cruzar la puerta, ya se encontraba rodeada de tres o cuatro tipos grandes y sucios, algunos ya babeando ante el manjar que se presentaba ante ellos. No hice nada. No era mi problema, y había aprendido por las malas a no meterme en luchas en las que no podía ganar. Todavía me dolía la pierna cuando iba a cambiar el tiempo, y mis costillas nunca han vuelto a ser las mismas.

Sin embargo, ella no pareció darse cuenta del peligro. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del lugar, se acercó a la mugrienta barra y le dijo algo al cantinero, aunque éste apenas pudo contestar antes de que el primero de los mirones se acercara a ella y la agarrara del brazo. Se notaba que no estaba acostumbrado a tratar con mujeres de clase. Era un tipo alto, musculoso, más de dos metros y tal vez ciento cincuenta kilos de lujuria desatada. Seguramente tenía algún sátiro en su ascendencia cercana, por lo velludo de sus brazos y lo fuerte que parecían las piernas. Desde mi posición pude ver la mueca de desagrado que hizo la mujer cuando el hombre habló, seguro que su aliento no era mejor que su aspecto.

Su negativa no pareció llegar al cerebro de ese animal y siguió agarrándola del brazo, aunque ella se resistía. Al segundo tirón ella se zafó, y en ese momento él le arreó una bofetada que dejó su linda cara lívida y un hilillo de sangre en sus labios. El mestizo la agarró del brazo sin miramientos, mientras sus amigotes se reían de la situación. Y entonces todo se desató.

Confieso que en aquel momento apenas fui consciente de lo que pasó, pero luego, repasando la escena en mi mente pude llegar a entenderlo. La velocidad con que se movió la mujer fue escalofriante. Con un movimiento suave y fluido aprovechó la inercia del tirón para disparar su pierna contra los testículos del hombre, haciendo que su expresión cambiase en apenas un segundo, y que liberase su brazo. Antes de que el cerebro de aquel dinosaurio fuera consciente del dolor ella ya había sacado un afilado cuchillo de su bota derecha y lo había pasado por la garganta de la bestia, segando tendones, vasos y papada como si fuera mantequilla caliente. Mientras el hombre caía de rodillas, gorgoteando y con una expresión estúpida en su cara, ella se acercó por detrás suyo y le clavó el cuchillo en la base del cráneo. El pobre imbécil estaba muerto antes de caer al suelo entre un charco de sangre y levantando polvo.

En apenas un par de segundos la situación había cambiado completamente. La mujer estaba de pie sobre su víctima, limpiando el cuchillo en la sucia camisa del pobre idiota y guardándolo de nuevo en su bota, mientras miraba a su alrededor, buscando el siguiente contrincante.

Los parroquianos del Pireás no somos estúpidos. Muchos somos veteranos de las Guerras Olímpicas, y sabemos cuándo debemos meternos en nuestros asuntos. Nadie se levantó, nadie acudió en ayuda del muerto, nadie cruzó la mirada con la mujer, que se volvió de nuevo al cantinero, ahora menos arrogante y sonriente que al principio. Preguntó algo en voz baja, que no logré entender, pero sí vi que el barman me señalaba sin ningún disimulo. La mujer miró hacia el rincón en el que seguía tomando mi cerveza, sacó un puñado de monedas de sus bolsillos y las arrojó sobre la barra, diciendo en voz alta “Por los destrozos”, mientras se giraba y se dirigía hacia mí contoneándose como una pantera satisfecha.

Conforme se acercaba yo había puesto mi vieja pistola en mis rodillas, quitando el seguro mientras aparentaba no darme cuenta de nada. Ella se sentó en el lado opuesto, con la luz de la ventana dándole directamente, y pude observar su rostro con claridad. Parecía muy joven, casi una niña, pero al mirar sus ojos dorados comprendí que era una fachada: esa mujer tenía muchos más años que yo, y buscaba algo.

“Hola Perseo. Me llamo Pandora y necesito un favor” 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho, cuando el siguiente capitulo???? un abrazo MaE

Huelquén dijo...

Espero que pronto MaE, espero que pronto...

Candas dijo...

Sigue haciéndonos el favor: es inspiración pura. Bravo!

PD: MaE, tienes el primer capítulo en este mismo blog, unos relatos más abajo: "Háblame de tus abrazos".
Saludos.

Candas dijo...

Hola Pandora, hola Perseo...: os echo de menos.

Huelquén dijo...

Están bien Candas, recuperándose de las heridas y reconstruyendo su viaje...

Gracias por preguntar.