jueves, noviembre 24, 2011

Nubes que flotan (I)

Manhú había sido el cazador de hadas del rey desde hacía incontables años. Con su capa gris recorría los bosques del reino tendiendo trampas a aquellos pequeños seres y llevando sus presas a palacio, donde el rey las mantenía prisioneras hasta su muerte. Se decía que tener hadas en palacio traía buena suerte, y prolongaba el vigor y fortaleza de su propietario, y debía ser cierto, ya que el reinado del presente monarca se extendía por los últimos ciento cuarenta y siete años, y no daba muestras de debilidad.

Nadie como Manhú conocía los bosques, nadie como él sabía dónde encontrar a las hadas, nadie tenía su habilidad para colocar los pequeños cepos y cebarlos con polen y miel. Durante años había sido un hombre solitario, un paria entre los suyos a pesar de los privilegios de su cargo, que incluían un lote de tierras en el sur, en los que vivía su familia. Las mujeres del norte no gustaban de los hombres que pasaban gran parte del año en el bosque, siempre en riesgo de muerte, y el cazador real se había acostumbrado a ser rechazado por todos excepto las prostitutas y taberneros, ansiosos por obtener su dinero.

Ese año Manhú se había internado aún más en el bosque de lo que acostumbraba. Los pequeños duendes que acompañaban a las hadas se habían retirado a lo más profundo de la montaña, buscando un refugio contra las inclemencias del invierno, y las hadas les habían seguido, ya que necesitaban de sus alimentos y protección.

2 comentarios:

Rosi dijo...

Hadas? Reyes? Duendes? Palacios? Qué bien escrito, descrito, narrado...
Desearía que fuese un cuento, uno de esos que acaban bien.

Me hacía falta leer algo así hoy.
Gracias.

Huelquén dijo...

Gracias siempre a ti