sábado, octubre 30, 2010

En un banco de Place des Vosges

El bar Castro fue de los primeros que abrieron en el pueblo. Inicialmente estaba en los bajos de la casa de Castro, el propietario original, un gallego de las rías altas que llegó a Algena a través de Portugal, algunos dicen que huyendo de las deudas de juego. Aquí conoció a una muchacha bonita y amable con la que se casó, poniendo una tienda en la planta baja de la casa, a la que con los años añadió una barra de madera donde servía vino a los lugareños.

El negocio prosperó, y pronto pudieron comprar un terreno en la parte baja del pueblo, cerca del camino principal, donde construyeron una casa más grande. La primera planta siguió siendo el bar, ahora un amplio local, con una barra de alabastro que el propietario mantenía siempre limpia, una sala grande para los bebedores, y un salón lateral, que quedaba casi al aire, gracias a la orografía del lugar. Las grandes ventanas del salón, junto con la chimenea, la hacían ideal para las reuniones sociales y festejos de la gente del pueblo, y durante muchos años el baile semanal de los sábados se realizaba en ese salón. Muchos noviazgos se cimentaron en esas ventanas, abiertas en verano a la brisa de la noche, cerradas a cal y canto durante el invierno.

Con los años, otros bares abrieron, la clientela acabó dividiéndose, y en el bar Castro, ya con su propietario original retirado, ese día sólo estaban los recalcitrantes, los amigos del dueño, y una pareja de ingleses que recorrían la comarca y habían parado a tomar algo.

Las mesas de cuatrola estaban vacías, excepto por una, en la que los jugadores llevaban ya algún tiempo. La partida estaba reñida, como lo estaba casi todas las tardes de la semana, y las exclamaciones y comentarios se iban haciendo cada vez más sonoros. Paco, el camarero, los escuchaba con desgana, ya acostumbrado al ruido y los faroles de cada tarde.

Bueno, ¿y qué me decís de la niña de los Cortijo? Ya sabréis lo que le ha pasado, dijo don Gonzalo, el dueño de la fragua, ahora reconvertida en taller para automóviles y carros.

Yo no he oído nada, respondió Críspulo, eterno estudiante de Medicina, que pasaba largas temporadas en Algena para descansar y estudiar, según su madre, aunque no se le conocían libros.

Sí, hombre, la chiquilla que se perdió en el monte, huyendo de su casa.


¿Y qué hacía una niña en el monte, sola? Nada bueno, seguro.


Señores, a las cartas, dijo el tío Marcial, que era mano y acababa de repartir. Hacía pareja con don Gonzalo, e iban perdiendo. El dueño del molino tenía muy mal perder.

¿Seguro que iba sola? dijo Críspulo, revisando las cartas. ¡Paso!

Hombre, no seamos maledicentes, es una niña de trece años, y con todo lo que le ha pasado… Marcial, ¿me ayudas con algo?


Poco tengo esta vez, pero vamos perdiendo bastante


Me arriesgo entonces, ¡voy solo!

Cuidado Críspulo, que estos van de farol, vamos a ver qué tenemos. Don Manuel era el cura del pueblo, llevaba más de 20 años como capellán de la Virgen de los Milagros, y se preciaba de conocer a todas las familias de Algena. A nadie se le escapaba la gracia de que él y Críspulo, acérrimos enemigos en lo político, fueran actualmente la pareja de más éxito en los torneos de naipe.

1 comentario:

Rosi dijo...

http://www.france-travel-photos.com/tourism-photo-651-es-isla-de-francia-parís-place-des-vosges-place-des-vosges.html