jueves, marzo 03, 2011

Et il m'aime encore, et moi je t'aime un peu plus fort

¿Podría avisar a la señora de Medina, por favor? Creo que es la habitación 215

Mientras la recepcionista llamaba por teléfono, Carlos se acercó a la sala comedor y localizó una mesa libre, cerca del ventanal que daba al patio, y le pidió al camarero que la reservase.

Enseguida baja, señor

Carlos se miró en el espejo de recepción. No estaba mal. Las huellas de la larga noche no se notaban demasiado, tal vez un apunte de ojeras que una buena taza de café haría desaparecer sin duda. Era evidente que la ducha le había quitado muchas de las señales físicas, aunque aún quedaban las psíquicas.

La vio reflejarse en el espejo antes de que ella le viera. Estaba magnifica. Con el largo pelo castaño recogido en un moño, una falda pantalón gris y una camisa blanca abotonada hasta arriba podría parecer una secretaria cualquiera, aunque él la veía de otra forma: el pelo suelto, libre, la camisa desabotonada y en la silla de la habitación, como la falda y el resto de su ropa, mientras ella se apoyaba en su pecho, elevando un poco la pierna desnuda…

Llegas pronto…

No podía esperar, dijo él mientras la besaba en la mejilla, sintiendo el perfume de su cuerpo por segunda vez en dos días. He reservado mesa, espero que tengas hambre

¡Podría comerme un caballo!

La conversación comenzó con temas banales. Ella pidió un coctel, un margarita, y se rió de la cara que puso él. ¡Me apetece beber! dijo, como si fuera la cosa más natural, y Carlos no tuvo más remedio que sonreír, y pedir un Tom Collins para acompañarla con el aperitivo.

¿Has dormido bien? dijo ella, sonriente, con la burla en sus ojos, sabiendo perfectamente que no. Carlos tomo un sorbo de su bebida, con una media sonrisa, intentando buscar tiempo para responder, mientras las imágenes se agolpaban en su mente: el primer beso en el ascensor, apenas unos minutos después de haberse encontrado, su frenesí para desnudarse, sin poder despegar sus bocas, sus gemidos de placer cuando…

La llegada de la comida los distrajo un instante. Durante unos minutos la conversación decayó, mientras cada uno hacía los honores a sus respectivos platos. Cuando el hambre más urgente se sació, ella volvió a mirarle, ya con la mirada ligeramente vidriosa. Carlos no era un hombre especialmente atractivo, pero su simpatía, sus ganas de vivir, su mundo y su seguridad la habían hechizado casi desde el primer día. No lo habían planeado, pero esta convención lejos de su ciudad les había brindado la oportunidad de ser ellos mismos, de compartir sus cuerpos…

Con el café, las palabras se hicieron susurros, ella se había sentado a su lado y tenía su mano entre las suyas, acariciando su suavidad (tienes manos de artista, le había dicho la noche anterior), mientras él se hundía en sus ojos. De vez en cuando se miraban, y ella bajaba la mirada, avergonzada y agradecida al mismo tiempo, mientras sentía como el vino y el deseo se mezclaban en su sangre. Carlos la besó primero, un beso tierno, que encontró inmediata respuesta en sus labios, hasta que sus lenguas se abrazaron y comenzaron una danza inmemorial, de corazones y manos, de piel contra piel, de suspiros y susurros, sangre y fuego en combinación, de la que salieron varias horas después, exhaustos y empapados en sudor, en la cama de la habitación de ella.

2 comentarios:

Candas dijo...

En este blog ya huele a primavera ( que la sangre altera... )

PD: Entonces, ¿era su secretaria?...
...
...

Huelquén dijo...

Dos cuerpos que se buscaban, dos bocas que se atraían, dos personas que querían fundirse...

Realmente en primavera los títulos no importan, ¿verdad?