jueves, marzo 31, 2011

Le temps des cerises

Ramón se sentaba en el mismo banco todos los días. Jubilado prematuro, separado poco después, hacía la misma rutina todos los días: se levantaba y se duchaba con agua fría, en invierno o en verano, hiciera frio o calor. Se afeitaba con navaja, una navaja que había sido de su padre antes que él, y que afilaba una o dos veces al año, se vestía normalmente con un pantalón de pana y una chaqueta sobre una camisa blanca, y salía a la calle.

Desayunaba en el bar Maya, lo había estado haciendo los últimos 25 años. Tanto el dueño, Paco, como su hija Myriam, le conocían de toda la vida y sabían lo que le gustaba: café con leche con unas tostadas de jamón y tomate, o unas migas cuando las preparaban en el menú. Siempre decía que esos platos le recordaban su infancia en el campo de Daimiel, los largos meses de invierno o sus primeros días como segador.

Si hacía bueno, bajaba caminando por la carretera Real hasta el parque, junto al río, antes de llegar al puente Viejo. Allí se sentaba en el mismo banco, cerca de la orilla, viendo pasar el agua. En 25 años había visto muchos cambios. Los árboles que antaño cubrían la orilla del río habían sido sustituidos por bloques de cemento y piedra, pavimentando el curso fluvial; ahora no se mojaba los pies cuando el río se desbordaba, pero tampoco le cubrían las hojas del fuerte sol veraniego.

El parque mismo había cambiado mucho también. Inicialmente había sido un pequeño remanso de paz a las afueras de la ciudad, un diminuto laberinto de caminos y zonas arboladas; luego, cuando los gustos cambiaron, las zonas de arbustos se convirtieron en cortas praderas, con arriates de flores que se plantaban en cada estación. La ciudad creció, y pronto el parque quedó rodeado de zonas urbanas, edificios con gente joven en su interior, que demandaban zonas verdes y de esparcimiento para sus hijos. Y el parque cambió de nuevo. Creció con terrenos robados al río y se instaló en él una zona de juegos infantiles, con toboganes y columpios; las madres llevaban a sus hijos, pasando las cálidas tardes de primavera cerca del frescor que llevaba el agua.

Sin embargo, el banco de Ramón no cambió; era el único banco de hierro forjado que quedaba en el parque, abuelo de los actuales de madera y hierro, más grandes y cómodos. Seguía estando en el mismo sitio que cuando se sentó por primera vez. Hacía un par de años le habían puesto una farola cerca, lo que le permitía estar más tiempo por las tardes, observando a los paseantes, viendo como la corriente se iba llevando el agua hacia el mar, pensando en qué ocurriría con todo ese líquido.

Aquella mañana Ramón se había cortado al afeitarse, algo que no le pasaba desde la mili. Mientras caminaba hacia su banco en el parque cavilaba sobre lo que podría significar ese corte. No tenía mal pulso, se conservaba bien para su edad, y el médico le había felicitado por ello. Pensando en ello llegó al parque y alzó la vista, para ver su banco. Se detuvo. Había una persona en él, una anciana de pelo blanco y riguroso luto. Se sintió inquieto. Normalmente evitaba la compañía de otras personas sentándose siempre en el centro del banco, así dejaba claro el mensaje: “No me molesten”. Era muy raro que hubiera alguien ya sentado en el banco cuando él llegaba por la mañana, y en esas ocasiones procuraba echarlos lo antes posible. Le gustaba la soledad. Le gustaba su banco.

Se acercó despacio, intentando hacer todo el ruido posible, pero parecía que la anciana era sorda. Seguía mirando al frente cuando Ramón se sentó en el extremo opuesto al que ella ocupaba. No la saludó. Comenzó a moverse, inquieto, a toser, a carraspear, a hacer sonidos obscenos… No hubo reacción. La anciana seguía mirando la corriente, ajena completamente a su presencia.

Al cabo de un buen rato, Ramón se resignó a la compañía forzosa. No estaba a gusto, pero había intentado todo lo que estuvo en su mano para molestar a la anciana, sin resultado. El sol estaba ahora calentando sus piernas, y pronto se sintió amodorrado.

No había nadie en el parque, ni siquiera oía automóviles corriendo por las calles aledañas. Miró la corriente del río. El agua bajaba turbia, de un color marrón claro producto de los desechos y sedimentos que recibía rio arriba. De vez en cuando una onda o un remolino captaban su atención, pero él sabía que nunca era igual; cada segundo pasaban por su mirada litros y litros de agua, todos distintos, todos diferentes, cada gota un universo dentro de miles de universos diferentes…

Tan distintos y tan iguales…

La voz le sobresaltó. La anciana le estaba mirando con interés, aún sentada en el otro extremo del banco, las manos apoyadas en un bastón de madera y plata. Ramón se removió, indeciso e intranquilo, no iba a entablar conversación con esa desconocida usurpadora, que se atrevía a sentarse en su banco, más le valía que se fuera con viento fresco y le dejara en paz.

Ha llegado el tiempo de las cerezas…

Ramón sintió como un escalofrío le recorría la espalda, y el vello de sus brazos se erizaba. No podía ser. Llevaba muerta más de 50 años… Esa frase, que les recordaba el momento en que se habían dado el primer beso… Se giró hacia la anciana, con miedo, con el corazón palpitando, y vio en su lugar a una joven morena, de delicada piel blanca que contrastaba con el negro intenso de sus ojos, y el rojo húmedo de sus labios; con las manos apoyadas en su regazo, sobre una falda en tela escocesa, le regalaba una media sonrisa mientras le miraba entre avergonzada y deseosa…

Any?

Sus ojos negros se iluminaron al oír su nombre de sus labios, y extendió sus manos hacia él, que las recibió entre las suyas, mientras acercaba su rostro al suyo, aspirando su aroma a limpio, con ese ligero toque a manzana que tanto le gustaba. Se miraron a los ojos, mientras entrelazaban sus manos. ¡¡Tenían tanto que contarse!!

Era el último día de sus vacaciones, y ella regresaría a Madrid al día siguiente; Any no lo sabía, pero iba a pedirle que fuera su novia, que le escribiera desde Madrid. Llevaba en el bolsillo del pantalón un papel con unos pétalos de rosa que había estado secando cuidadosamente la última semana, manteniendo ese aroma que tanto le gustaba a ella. Iba a ser su regalo…


Encontraron a Ramón en su banco de siempre, frente al río, esa noche. Su portera había dado aviso al no verle llegar a la hora acostumbrada. El forense no encontró nada que justificara su muerte, así que fue catalogado como “múltiple fallo orgánico debido a la edad”. En su mano encontraron un papel doblado cuidadosamente; en el papel, envueltos en trozos de periódico de 1942, hallaron cinco pétalos secos de rosa, de un rojo intenso, que perfumaban el aire a su alrededor…

2 comentarios:

Candas dijo...

Huelquén, por qué te empeñas en hacerme llorar a estas horas de la mañana?...

Rosi dijo...

Qué curioso...
Sin saberlo, sin recordar siquiera, el mismo comentario que hace un año.

Son las mismas sensaciones.