martes, enero 31, 2012

Camino a la era (II)

Los puestos ya apenas se notan junto al camino, unas pulidas y semiocultas en el barro lajas de pizarra, y muy pocas de las mujeres del pueblo vienen aquí ya; las lavadoras han acabado con ese rito semanal de camaradería entre vecinas. Desde aquí el sendero se angosta y se vuelve apenas una cinta de tierra pisoteada entre jaras y alcornoques, olvidado ya para casi todos excepto para los cabreros de esta tierra. Lo recorro despacio, intentando adaptarme al ritmo de los árboles y las rocas, esperando no espantar con mi presencia las múltiples criaturas que las pueblan: veo saltar a la comadreja intentando atrapar a un pequeño jilguero descuidado, observo como los grandes lagartos toman el sol en los charcos de luz que dejan las frondosas encinas, recorro con la mirada la larga hilera de hormigas, afanosas en el calor de la tarde…

Poco a poco, con pasos cortos y lentos, voy subiendo por la ladera del valle. En el ascenso voy perdiendo a los robles y alcornoques, quejigos y carrascas, a favor de brezos y jaras. Estas tierras estuvieron antaño cubiertas de encinares y robledales, pero fueron diezmadas en los años de la postguerra, cuando el picón era la garantía de un plato en la mesa, y ahora los arbustos son amos y señores.

Dominan los colores del brezo, blanco, rosa, azul, junto con el verde intenso y pegajoso de las jaras, salpicadas aquí y allí por el blanco pintado de sus flores. Abejas, abejorros, mariposas, escarabajos y otros insectos se afanan en extraer el néctar para sus propios propósitos, y yo camino entre ellos intentando encontrar ya la cima. El calor ha hecho mella, y estoy deseando llegar a la cuerda de la montaña, ansioso por la fresca brisa que siempre la recorre.

Ya han pasado las horas de más calor de la tarde. Estoy viendo desde mi altura el pueblo y los campos y huertas de alrededor. Los castañares verdean en la falda de los collados, y allí abajo relumbra la tira de plata del río. Gris y escondida se ve la carretera que lleva hasta el paso, pardo el camino que asciende por el lado contrario hacia la solana.

A pocos metros de la cima se empieza a sentir una fresca brisa, que seca el sudor de mi cuerpo y aleja a los molestos moscardones. Estoy ya entre dos valles, a un lado el valle de mi pueblo, el de Viejas al otro. El camino aquí se junta con una carretera más reciente, hecha hace algunos años para que los habitantes de Viejas pudieran tener un acceso más cómodo y una salida mejor a sus productos: castañas, judías, verduras, leche, queso… Pero hoy no es el camino que elijo. Prefiero seguir por una senda apenas visible ya entre los arbustos, y que me lleva un poco más allá, siguiendo el borde de los collados, hacia el Norte.

Apenas unos minutos después llego a mi destino. Por aquí pasaban no hace tantos años las bestias cargadas con el trigo recién cosechado, los trillos esperando ser alimentados, la parva aventada en los días de trabajo. La vieja era apenas es reconocible ahora, ahogada entre hierbas y arbustos. Solo los bordes de piedra delatan lo que en su tiempo fue uno de los corazones de esta tierra, sus radios simétricos mudos testigos del afán de nuestros padres.

Permanezco a su lado durante un largo rato, mientras fumo uno de los pocos cigarrillos que me permito. El sol se pone frente a mí, y comienzan a aparecer las estrellas. A lo lejos se oye el sonido casi fantasmal de un búho llamando a su compañera, y me doy cuenta de que ha llegado el momento de regresar. La luna surgiendo por la serranía me ilumina el camino, hilos de plata me señalan los lugares de esta tierra que me vio nacer, y de la que tanto tiempo estuve separado.

2 comentarios:

Rosi dijo...

Delibes pensaría que parió un hijo.

Enhorabuena, porque consigues que al leerte, también tengamos la sensación de haber estado lejos de esa tierra durante mucho tiempo, pudiendo, alcanzando hacerla nuestra, logrando que la amemos igual que tú...

Era sabido que la espera daría su fruto.
Todo es cuestión de tiempo...

Huelquén dijo...

Gracias, gracias, gracias...

Ninguna fruta madura sin tener el sol y el suelo adecuado...