sábado, enero 14, 2012

El huevo de la serpiente

Las viejas historias dicen que el mundo surgió de un huevo de serpiente.

En el alba de los tiempos el joven dios Anh-Gupta paseaba por los confines del universo cuando se encontró con la serpiente Khandi, la devoradora de estrellas; se cuenta que esta criatura existía antes del nacimiento del primero de los dioses, y que seguirá reptando por el infinito cuando la última de las criaturas vivas sucumba. Anh-Gupta era curioso y temerario, como todos los niños, aunque incluso en su niñez su poder era inmenso. Se decía que una vez paró el curso del Tiempo, sólo para conseguir ventaja en una carrera con un cometa.

Cuando Gupta vio al gran reptil sintió ganas de cogerlo y estirarlo. La serpiente tenía la piel cubierta de perlas, esmeraldas y rubíes, y brillaba con mil colores a la luz eterna. Sonriendo, y pensando en conocer el secreto de su inmortalidad y su belleza mientras admiraba sus infinitas tonalidades, siguió al gran reptil a través de las estrellas. Después de recorrer gran parte del firmamento, procurando ocultarse a los ojos y al olfato de la sierpe, llegaron a una inmensa cueva, negra como la noche más oscura, en la que Khandi entró y se perdió de vista.

Atrevido y juguetón, el joven dios se adentró en la profunda sima, palpando con sus dedos infantiles las paredes de la caverna para encontrar el camino, hasta que una luz difusa le llegó desde el interior. Tras unos pasos llegó a una gran sala, en la que Khandi dormía, protegiendo con su cuerpo un huevo, sobre el que se enroscaba dejando apenas un pequeño trozo de su cubierta al descubierto.

Gupta vio el huevo y enseguida lo deseó con fuerza. La cáscara estaba cubierta de delicados arabescos, que cambiaban de forma continuamente, mediante una magia que el niño no alcanzaba a entender. Podía vislumbrar mares, formas de animales y plantas, incluso sentir sonidos y olores que procedían de ese objeto maravilloso.

El dios deseó con intensidad el huevo. Sin pensar en las consecuencias, salió del lugar dónde se escondía, recorrió con paso firme la escasa distancia que le separaba del reptil y su preciado tesoro, y extendió sus manitas hacia él, hasta alcanzar rozar su cubierta, justo en la parte que no estaba protegida por la serpiente.

Khandi tenía el sueño inquieto. La devoradora había consumido gran cantidad de estrellas esa noche y tenía el estómago lleno de hirvientes centellas, por lo que su digestión no era muy tranquila. Inquieta, la serpiente sufrió un espasmo muscular en el mismo momento en que Gupta llegaba a su lado, y se desenroscó un poco más, dejando gran parte del huevo desprotegida para que el joven dios pudiera agarrarlo.

Sin embargo, las manos de Gupta eran todavía débiles e inexpertas, y aunque consiguió tocar la cáscara con sus dedos, no tenía fuerza para sacarlo del abrazo de Khandi. Perplejo, tomó a la serpiente por su parte central y tiró con fuerza de ella, logrando que se despegara completamente del maravilloso juguete que deseaba, dejándolo a su merced.

Por desgracia, en ese mismo instante se despertó la gran devoradora, y con un movimiento reflejo de su larga cola golpeó al huevo, haciendo que se saliera de su soporte de piedra negra y cayera al suelo con estrepito. La cubierta, en la que se podían ver miles de formas cambiantes, se resquebrajó y rompió, y su contenido se desparramó por todo el suelo de la gran sala.

La yema, redonda y amarilla, se incendió al contacto con el aire, y comenzó a despedir una gran cantidad de calor y luz, iluminando toda la caverna y creciendo hasta convertirse en el Sol, que nos alumbra el día y calienta nuestro rostro en invierno. El gran ardor que despedía hizo que la clara se solidificara al instante, quedando grandes trozos de la cáscara multicolor pegados en ella. Uno de ellos, el más grande, con el fuego solar se fundió y tomó forma de esfera; las imágenes que estaban en esa parte de la cubierta del huevo divino se convirtieron en las tierras, animales y plantas que conocemos.

¿Y qué pasó con el joven dios Gupta y Khandi? Después de un momento de desconcierto, el dios se puso furioso por haberse quedado sin aquel maravilloso juguete, y con un poderoso movimiento de su mano lanzó a la serpiente hasta el techo de la caverna, donde quedó incrustada. Si te fijas, puedes verla por las noches, como un reguero de luces que recorre todo el firmamento.

Después de tirar al gran reptil, Anh-Gupta se sintió triste por no haber conseguido aquel objeto que tanto le gustaba, y lloró. Lloró de pena, y una de sus lágrimas cayó en el trozo de cáscara del huevo que se convertiría en el mundo, creando los mares, océanos y ríos que vemos actualmente.

Tras un rato, el joven dios se fijó en ese pequeño mundo que estaba a sus pies, enclavado en el tejido del universo y atado para siempre a una gran bola de fuego, y descubrió la vida en él: pájaros, peces, multitud de plantas, formas de vida que se movían, crecían y se reproducían, cubriendo todo el orbe. Incluso atisbó unas diminutas criaturas, que caminaban a dos patas en vez de cuatro, que construían ciudades e imperios, diseminándose por todo el mundo. Y se dice que el niño dios ya no se aburrió nunca más.

Muchas aventuras le ocurrieron al joven dios tras esto, pero eso es otra historia.

3 comentarios:

Rosi dijo...

Me encanta, Huelquén!. Pienso que tienes una creatividad única para este tipo de género, el de las leyendas, y se nota que estás cómodo en él.
Ayyyy, si Stephen Hawking levantase la cabeza!!! :)

PD: para nada me parece 'errático' y 'repetitivo.'

Huelquén dijo...

¿Stephen Hawking ha muerto? :)

Gracias.

Rosi dijo...

NO!, claro que no está muerto!!
Me refería a 'si levantase la cabeza de esa más que imposible postura de vez en cuando'...
:)