viernes, enero 28, 2011

En tu risa y en tu boca

Le gustaban las historias de amor. Había crecido escuchando las radionovelas en un viejo aparato de válvulas que sus abuelos conservaban en la casa de campo. Durante el año escolar, se entretenía en tejer historias de princesas y príncipes azules con las amigas en el patio del colegio, mientas las monjas vigilaban recelosas, atentas a cualquier atisbo de pecado ajeno.

Con los años, ese gusto por el romance la había hecho empedernida lectora de novela rosa (Danielle Steel, Victoria Holt, Johanna Lindsey…), siempre llevaba un libro en su bolso, de manera que pudiera leer en las paradas de metro, del autobús, en los viajes en tren, cuando llegaba a su pequeño apartamento alquilado, antes de acostarse… Su mente flotaba atraída por esas historias, haciendo que su mundo fuese soportable, que no le importase el vacío que sentía en su alma.

Un día, el viejo tren que la llevaba al suburbio en el que vivía se paró en mitad del camino. El verano había llegado, y los olores de decenas de días de trabajo llenaban el vagón. Ella, mientras, navegaba en los brazos de un apuesto bucanero, mientras su pelo se refrescaba con la brisa del mar…

La avería era grave, y el tren permaneció mucho tiempo varado en mitad de ninguna parte, mientras los pasajeros trataban de pasar el tiempo lo mejor posible. En un momento, a ella se le terminó el libro, había llegado a la última página, la historia acabó; con ella se fueron la pasión y el olvido, le llegaron los olores y ruidos de decenas de viajeros atrapados en un vagón de tren caliente, conversaciones entre amigas de cinco minutos, las voces de un hombre despotricando contra la compañía ferroviaria, las risas de un grupo de colegialas hablando por teléfono.

Sentado frente a ella había un hombre, con un libro en la mano, recién terminado también. Se miraron un momento, y ese momento fue suficiente para que sus ojos se buscaran sin su consentimiento, miradas furtivas que acababan con uno de ellos bajando la cabeza, avergonzado. Sin embargo, al cabo de unos minutos, el hombre ya no apartaba la mirada, sino que la observaba descaradamente, mientras ella hacía esfuerzos para buscar otro lugar donde sus ojos no se encontrases. En un cruce fortuito, el hombre la sonrió, y ella, instintivamente, sin pensar, le devolvió la sonrisa, y parece que ese destello fue lo que hizo que el tren se moviera, entre los gritos de júbilo de los viajeros.

Pronto llegó a su estación. No la sorprendió que el hombre se bajase en el mismo apeadero, “un viaje movido, verdad” inició él la conversación, y como por arte de magia, siguieron las palabras entre ellos, un modo de comunicación en el que ninguno se sentía cómodo, pero que fluyo naturalmente durante los minutos que siguieron. El la acompañó durante un buen trecho, hasta que se despidieron en una esquina, “hasta mañana, entonces” se escuchó decir.

El resto de su camino a casa fue hecho a diez centímetros del suelo, pensando en su voz, en su pelo, en la manera tan delicada de abrirle paso en la estación, en cómo se relajaba su mirada cuando se posaba en sus ojos… Al llegar a casa, dejó el libro sobre la biblioteca, y por automatismo, tomó el siguiente libro que había ya seleccionado la noche anterior, dirigiéndose hacia el comedor para tomar la cena ligera. Todo como era costumbre.

Sin embargo, esa noche, al pasar por el espejo de cuerpo entero que estaba en la entradita, y en el que todas las mañanas se miraba para comprobar, básicamente, que no le faltaba nada, esa noche, sin embargo, se paró y se miró detenidamente. Una mujer aún joven le devolvió la mirada, el pelo recogido y un poco sucio, tez clara, ojos negros intensos, y una nariz que alguna vez había sido demasiado grande para una niña. Se miraron a los ojos durante un momento, y en su mirada, ella creyó encontrar de nuevo la imagen de él, fuerte y amable, y comenzó a pensar en sus manos, en el tono de su voz, en las gotas de sudor que aparecieron en su frente al salir al bochorno de la tarde… El libro, abandonado, ya para siempre, quedó en la repisa de la entrada, mientras ella se abandonaba a su propia historia de amor.

3 comentarios:

Candas dijo...

¿Por qué ese "desarraigo" siempre entre los personajes principales y su propia alma?...

Le agradecería mucho que mi pregunta fuese contestada Huelquen. Gracias.

Huelquen dijo...

Todos los personajes tienen algo de mí, o de la gente que conozco. ¿En qué combinación? Depende del momento, de la historia, de cómo el personaje te pide contarla... Normal, entonces, que esa fractura exista, cuando yo me he sentido muchas veces así.

Candas dijo...

Gracias.
Le deseo entonces momentos felices, menos fracturas y mucho sexo de por medio(creo que eso también ayuda)... Qizás así, algún día, podremos ver un personaje más alegre y vital en sus obras... ... ...