lunes, enero 31, 2011

Siete vidas

Vístete

Pero… la muchacha, tapada su desnudez con una sábana, inicio un movimiento lánguido hacia él, melosa.

¡Que te vistas y te largues!

El ladrido la cogió por sorpresa, pero se repuso rápidamente. Agarrando la sábana con fiereza, se levantó de un salto, recogió su ropa y entró en el cuarto de baño, dando un portazo al cerrar la puerta

Augusto se había sentado en la cama, desnudo, y emepezó a liar un cigarrillo. Al segundo intento fallido estrujo con furia papel y tabaco, lanzándolo contra un enemigo imaginario. En ese momento salió la muchacha del baño, ya vestida, con los ojos enrojecidos de llanto, y cruzó la habitación hacia la puerta. Al pasar a su lado le lanzó una palabra, sin detenerse a mirar las consecuencias: “maricón”

Augusto seguìa con la cabeza entre las manos cuando escuchó el portazo de salida. Seguramente llamarían los del hotel, preguntando si todo iba bien, y el respondería que sí, que todo iba bien, se le daba bien mentir. Había mentido aquella noche, para conocer a esa chica, la había mentido con el fin de impresionarla, la había mentido durante la conversación, durante el paseo desde el bar en que se conocieron, la mintió en el ascensor, mientras sus bocas y sus manos recorrían sus cuerpos ansiosos…

Le despertó el sonido del teléfono retumbando en su cabeza. Las siete y cuarto, señor. Dio las gracias automáticamente, con las sienes palpitando se tumbo de nuevo. Tentado estuvo de volver a cerrar los ojos y seguir en la seguridad de la cama, pero el sueño que había tenido seguía dentro de su mente. Se levantó, y abrió la ducha para que corriera el agua caliente. Mientras aparecía, se miró al espejo, intentando adivinar qué enfermedad era la que le atormentaba. Del cajón izquierdo sacó un tubo de pastillas y se tomo dos, entrando en la ducha, tibia y acogedora.

Llevaba tres días en ese hotel. Siempre que venía a la ciudad se hospedaba en ese hotel, no era excesivamente barato ni estaba muy bien situado, pero tenía un excelente servicio de desayuno, la única comida que Augusto se tomaba en serio. Cuando llegó al salón comedor no había nadie aún, lo que le alegró; no le gustaban las multitudes, prefería la soledad. Cogió un plato y comenzó su rutina de desayuno. Primero, una ración de huevos revueltos con salchichas y bacón, junto con un gran vaso de zumo, de pomelo en esta ocasión; unos panecillos integrales acompañaban a los huevos, y cogió una porción de mantequilla para el pan. Después, se dirigió a la mesa de dulces, y tomó varios bollos y panecillos, procurando evitar los de chocolate (le provocaban granos); finalmente, un tercer plato acogió una generosa ración de fruta fresca y jugosa, sandia, melón, pera, kiwi…, terminando todo con una gran taza de café negro.

Se sentó en la mesa que había escogido, en un rincón, y comenzó la lectura del periódico del día, una cortesía del hotel que agradecía siempre, mientras masticaba tranquilamente. Al poco rato comenzaron a llegar otros huéspedes, y cuando Augusto terminó, el salón ya estaba casi lleno de parejas jóvenes, con hijos o sin ellos, ancianos en viaje de placer o viandantes de comercio.

Salió a la calle. Ese día no tenía ninguna cita, y había decidido dedicarlo a descansar de la larga semana precedente. Encendió un cigarrillo y comenzó a bajar la avenida, en dirección al centro, mientras veía como las tiendas a ambos lados de la calle comenzaban su jornada. Hacía años que la avenida era peatonal, pero a esas horas tempranas alguna furgoneta aún estaba haciendo el reparto final.

Miraba sin ver, ensimismado en sus pensamientos, dejando que el humo del cigarrillo se llevara su dolor de cabeza, cuando una sonrisa le hizo bajar a la tierra de golpe. Una muchacha, una adolescente con su uniforme colegial, estaba esperando en el semáforo frente a él. Su falda, demasiado corta para ser legal, el color de su pelo, la suavidad adivinada de sus muslos, esa forma de llevar los libros protegiendo un pecho a todas luces ya suficiente, le llamaron la atención, y le hicieron recordar lo ocurrido la noche anterior.

Se sentó en un banco, mientras veía como la muchacha cruzaba la calle y se reunía con otras amigas, que le esperaban frente a la puerta del colegio, no mucho más allá. Desde su posición podía ver los revuelos de faldas, escuchar las risas, ponderar formas y posibilidades, mientras terminaba su segundo cigarrillo.

Bonitas, eh

Las palabras le sacaron de sus pensamientos. Las había pronunciado un barrendero, mientras sostenía su cuerpo sobre el palo de su cepillo, y miraba en dirección a la entrada del colegio.

Yo también paro un rato a esta hora, para verlas entrar, siempre que el tiempo lo permite

Si, son bonitas. ¿Qué colegio es ese?

El Corazón de María, uno de los mejores de la ciudad

Augusto se quedó pensativo, mientras veía a las últimas niñas entrar por la puerta, corriendo para llegar a tiempo al recuento.

2 comentarios:

Candas dijo...

"La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, si no que esté bien narrada"...

Séneca.

PD: Como tus relatos Huelquen...

Omne dijo...

Me debe confundir con otro, perdone